Ignoraban cuantas de las esferas les estaban siguiendo mientras corrían por los pasillos de la nave en una loca carrera. Descubrieron que no sólo eran letales a corta distancia, sino que también estaban provistas de armas láser que disparaban aleatoriamente y sin importar hacia dónde, como si estuvieran más interesadas en atemorizar que en acertar.
Ocasionalmente, alguno de los disparos impactaba en el techo, provocando diversos desprendimientos. Placas del falso techo, luces, o cables, caían al suelo o quedaban colgando a media altura, dificultando aún más la huida. Los antiguos androides de la nave, tirados por el suelo en cualquier rincón, constituían una dificultad extra.
Cuando cruzaban una puerta intentaban sellarla usando los destornilladores sónicos, pero eso sólo les garantizaba unos momentos de calma. Las puertas eran finalmente atravesadas por aquellas esferas ávidas de destrucción; si querían mantenerse a salvo tenían que llegar a la TARDIS.
Finalmente, después de cerrar la enésima puerta, entraron en una habitación lateral, bloqueando la entrada con un armario y confiando en que el tiempo ganado hasta que las esferas cruzaran les bastaría para parapetarse mientras trazaban un plan de escape.
Durante un rato estuvieron escuchando cómo aquellas esferas trabajaban para abrir la puerta sellada. A tenor del ruido, pareció que lo conseguían, pero luego no escucharon ningún ruido más. Si las esferas habían pasado de largo o estaban esperándolos tras la puerta era algo que desconocían en aquellos momentos.
Se encontraban agazapados, con las espaldas pegadas al armario que habían usado para bloquear la puerta. El armario también bloqueaba la mirilla, lo que imposibilitaba ver qué sucedía fuera de la habitación, así que se quedaron como estaban, silenciosos y a la escucha.
Pasó el rato, mientras permanecían expectantes, con sus respiraciones como único ruido y furtivas miradas hacia arriba por si veían aparecer alguno de esos seres. Tras una larga espera, nada sucedió.
– ¿Qué son esas cosas? – se animó a preguntar el Doctor, aunque con una voz casi susurrante.
– Se llaman Toclafane – respondió el Último Doctor.
– ¿Toclafane? Nunca había oído hablar de ellos.
– Porque nunca has estado en esta época. Son de este tiempo; una forma de vida dura para estos tiempos duros.
– Y tan dura… ¿Todo es un enemigo para ellos?
– No… Todo es diversión para ellos.
– Imagino qué clase de diversión…
– Chicos… – interrumpió Clara de repente, dándose cuenta de que algo iba mal – ¿No falta alguien?
