El castigo
Asami estaba enojada consigo misma, ¡hace tiempo que no estaba tan alterada por algo!
- No debiste haber bajado la guardia – decía mientras iba y volvía en línea recta desde la puerta de su habitación hasta su ventana. – Tantos años cuidándote y solo por descuidarte, y por pensar en que Azula no te iba a engañar sucedió esto, casi… casi… ¡demonios Sato! ¡menos mal que no sucedió nada más! –. Se detuvo a medio camino, frente a su chimenea, mientras cubría con rabia su rostro con ambas manos, avergonzada a la vez consigo misma.
Fue Korra… ella sabía que el pensamiento de ella la hizo detenerse allá en la biblioteca. Tan sólo imaginar su rostro adolorido por la "supuesta infidelidad" ya le oprimía el pecho. Un momento – pensó mientras lentamente quitaba sus manos de su rostro - ¿infidelidad? ¿te estas escuchando a ti misma Sato? ¿Por qué siquiera le debes fidelidad a Korra? Ella es tu vasalla, tu puedes hacer lo que quieras con ella, además ¡Eres la maldita Princesa y heredera de este castillo! ¡¿por qué estás actuando así?!... ¿la amas acaso? – le dijo una voz en su cabeza en tono burlón.
La heredera observó el fuego un momento mientras dejaba que las voces en su cabeza se agotaran y finalmente callaran. Su infancia, sus años adiestrando y castigando vasallos eran los que hablaban, pero no eran quien realmente ella era, ni menos la representación de sus sentimientos. El fuego bailaba libre en aquel saliente de piedra de la pared, tiñendo las paredes de colores cálidos, haciendo bailar sombras a través de la habitación, mientras ante él los ojos de Asami se volvían violeta ante el hechizo que este brindaba. Ella era como ése fuego, ésa llama en aquella habitación era el perfecto ejemplo de cómo ella era: alguien que creía actuar libre, poderosa y peligrosa, cuando en realidad estaba encerrada en unas paredes que se encargaban de mantenerla viva, las paredes de piedra del Castillo Rojo, de su madre, de toda su vida.
¿Cuándo fue libre? Quizás cuando salió de allí, cuando ocurrió todo el incidente con Kuvira, ella la había liberado. Gracias a eso pudo irse, hacia la ciudad, donde se centró en la empresa de su padre, llevándola al éxito y reconocimiento casi mundial, trabajando día y noche para no tener tiempo pensar en todo lo que sucedió en el reino.
De pronto detuvo sus pensamientos. Pero… ¿allá había sido libre? No. Eran ahora las paredes de la empresa y de su cargo administrativo lo que ahí la encerraron, pero a la vez la mantuvieron viva.
Mirando atenta el fuego sonrió con amargura. Entonces, nunca he sido libre… siempre he vivido conforme a las expectativas que tienen de mí, o que yo tengo de mí – sentenció, cerrando los ojos por haber estado ciega tanto tiempo.
Pocos minutos pasaron mientras ella se hundía en su propio dolor cuando una voz conocida la hizo abrir los ojos.
- ¿Y Korra? – escuchó alarmada al tiempo en que su vista se dirigía a la puerta, para ver frente a ella nuevamente a aquella mujer -. ... Ella es especial ¿no? ¿por qué lo crees así?
- No lo sé. Al principio ni siquiera me llamaba la atención, sólo lo hizo cuando fui a buscarla
- ¿Y por qué fuiste tú en vez de mandar a alguien?
- Porque su padre me lo pidió
- Oh, que excusa más pobre me das, Sato – dijo cruzándose de brazos.
Asami lo sabía, su propia excusa ni siquiera la convencía a ella, pero no tenía otra manera de responder las cosas.
- ¿Y? ¿por qué fuiste a buscarla? Es un tremendo honor que la mismísima heredera fuera a buscar a una simple princesa en el sur y luego la haga romper un montón de leyes y, además, como broche de oro, la reclame como suya. Ni yo logré eso.
- No compares nuestro castigo con eso – dijo amargamente Asami -, eso no fue decisión nuestra, nos obligaron.
- Por supuesto, nos obligaron. Pero nadie te obligó a ir a buscar a Korra ¿o me equivoco?
Nuevamente la tenía entre la espada y la pared. Esto la hizo sonreír, era justamente como en los viejos tiempos, cuando su amiga, a través de terapia de shock la hacía darse cuenta de todos sus errores. Un método un tanto cruel y poco femenino de ayudarla, pero siempre funcionaba.
- ¿Por qué sonríes? – le preguntó molesta
- Solo recordaba… como en los viejos tiempos
- No me vengas con sentimentalismos, aún espero tu respuesta. Me enfadaré si no me la da pronto.
- ¿Por qué la fui a buscar?... Porque quería volver a tener el control sobre mi misma. Si eso salía bien me serviría como entrenamiento para volver de nuevo al Castillo y recuperar la confianza que antes tenía. Ya sabes, comportarme como la heredera que debo ser.
- ¿Y eso es lo que tú quieres? ¿quieres heredar el reino?
- Eso quería – dijo Asami lentamente, dándose cuenta de la realidad -. Ya no - susurró -. Es Korra… quiero estar con Korra.
- ¡Ja! Tú sabes que eso no es posible – rió ella
- ¡Por supuesto que lo sé! Pero… puedo esperar ¿sabes? Ya te he dicho que yo… yo la amo, Kuvira.
- Tsk – dijo observando enfadada a otro lado – a tu madre no le gustará nada de esto –. Y cuando acabó de decirlo levantó la mirada sonriéndole divertidamente.
- Lo sé, pero me quedan muchos años para convencerla. Aun así, Korra debe pasar por el vasallaje, es lo que le prometí a su padre.
- Y vaya que ha cambiado, ya no es aquella salvaje y caprichosa princesita – aquel comentario hizo sonreír a Asami -. ¿Tú crees que eso sea por ti?
- ¿Cómo? – le respondió con sorpresa
- Ya sabes ¿cambió porque eres una buena ama, o porque eres una buena amante? – le preguntó burlándose
- Yo que sé… siento que no he sido buena en ninguna de las dos. Con el tiempo, cuando ella tenga más confianza en mí podrá decirme. Ahí te lo haré saber.
- No es necesario, siento que ya lo sé. Pero no importa qué tanto me castigues y me humilles, no me hará hablar milady – dijo divertida, haciendo reír a ambas.
Pasaron unos momentos en que ambas estaban disfrutando del ambiente, hasta que Asami cerró los ojos y una súbita intranquilidad y anhelo se apoderó de ella.
- Quiero verla… - dijo casi en un susurro, aun con los ojos cerrados. Nunca supo que estar enamorada le provocara tanto dolor espontáneo. Su cuerpo la pedía, y su mente no pensaba en nada más. Hubiera sido terrible si la hubiese conocido en Ciudad República en condiciones "normales" en vez de en el Castillo. No podría haberse concentrado en sus proyectos.
Cuando Asami abrió los ojos Kuvira ya no estaba. Se estaba acostumbrando al aparecer y desaparecer a voluntad de ésta, pero por lo menos seguía siendo su amiga, aunque sea en la locura de su mente. Sonrió y lentamente se volteó, encaminándose a su cama, mientras se despojaba de su ropa hasta quedar completamente desnuda. Cuando lo hizo se debatió en si ir a tomar un baño o solo acostarse. Pensó en que haría en el baño, y cerró los ojos enojada consigo misma ante la visión de que probablemente terminaría ocupándose de sí misma, como debió haberlo hecho antes de visitar a Azula. No quería eso, probablemente la asaltaran pensamientos inadecuados si hacía eso, por lo que optó por ponerse su camisón de seda y acostarse en la cama. Muchas cosas habían sucedido ese día, y solo quería cerrar los ojos y olvidarse de ellos un momento. Además, así mataría tiempo, y pronto quedaría menos para ver a su morena vasalla de ojos azules temprano en su habitación.
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Era otro día, otra primaveral mañana en aquel castillo y Korra estaba durmiendo cuando la acción de un paje liberándola la despertó. Como siempre ellos no decían nada, sólo se limitaban a cumplir órdenes que sus amos demandaban y en silencio las ejecutaban. A Korra le dolían las muñecas. Todo su peso había recaído en ellas cuando se quedó dormida, y ahora, libre, recién era consciente de lo sensibles que estaban. El paje la cargó al hombro, como éstos solían hacer y la llevaba devuelta al Castillo. ¿Asami me mandó a llamar? – pensó, pero de inmediato desechó esa idea cuando vio como el paje la llevaba escaleras abajo, ingresándola en la sala de los vasallos.
Sintió el calor en el ambiente; el olor de los distintos aceites que sus criados frotaban en sus cuerpos; las fragancias de las sales de baño, de jabones y champús. Murmullos de escasas conversaciones, pero muchos soliloquios de los criados hacia sus vasallos, a los cuales pocas veces se les permitía hablar. Aquel lugar era cómodo para Korra, sabía que ahí estaría a salvo, a pesar de toda la incomodidad que seguía sintiendo cuando Katara se ocupaba muy a fondo de ella, evaluándola hasta en lugares que ni ella misma alcanzaba a verse.
El paje la condujo hasta la zona de los baños, encontrando a esa mujer de cálidos ojos azules, esa princesa secreta que esperaba al regreso de su príncipe. Korra la observó embelesada, llena de secreto placer al ser la única vasalla en conocer la vida de su criado ¡más aún cuando su criada era extraordinaria! Y llena de júbilo fue depositada en una bañera, junto a Katara. Ésta se percató de la infantil alegría que Korra profesaba y preguntándole qué es lo que le pasaba Korra sólo pudo sonreír inocentemente.
Katara la bañó con dedicación. Masajeó sus adoloridos músculos con cuidado, palpando y deshaciendo cada contractura muscular causada por el sobreesfuerzo de ejecutar las tareas pedidas. Acarició su pelo y le permitió tener un momento de relajo. Lo merecía, después de todo lo que había pasado necesitaba hacerlo, además de que así podría presentarse renovada ante Asami. Ella podría oler su aromático cabello, saborear su cuello… su cuello marcado – la asaltó el pensamiento provocando que esta abriera los ojos, perdiendo su momento de relajación.
- ¿Korra? ¿qué sucede? – le preguntó Katara ubicada en su espalda
- No es nada – dijo mordiendo su labio inferior, intentando no demostrar ningún sentimiento.
- Tu sabes que, aunque no pueda verte, el cuerpo no miente. Te has puesto tensa. Casi diría que volviste a llenarte de nudos ante cual sea que haya sido el pensamiento que te haya asaltado.
Ella lo sabía, no podía ocultarle nada.
- Dime qué sucede – volvió a repetirle – quizás yo pueda ayudarte.
- Siento una opresión en mi pecho, mi señora – dijo respetuosamente, dando un rodeo a lo que en verdad sentía.
- ¿Opresión? ¿por qué?
- Por la Princesa
- ¿Asami? ¿Qué sucede con ella?
- Estoy celosa… - confesó hundiéndose en su baño, ocultando su rostro entre las burbujas.
Katara rió ruidosamente ante tan infantil confesión avergonzando aún más a Korra.
- ¿Estás celosa de la Princesa? – dijo aun riendo
- ¡No! No es de ella de quien estoy celosa ¡sino que es por ella que lo estoy! – dijo defendiéndose, y al instante su rostro se ruborizó alcanzando un nuevo nivel de color, aumentando la risa de Katara.
- Oh Korra… ¿la Princesa al fin conquistó tu salvaje corazón? – rió
Korra tomó eso como una ofensa. Ella nunca había demostrado ser salvaje, de hecho, intentaba obedecer en todo lo que le habían mandado, y lo hacía. Quizás era la salvaje libertad de la que le había hablado Mako, esa que le impedía aun rendirse completamente ante los delirios del Castillo Rojo y del vasallaje por el que recién estaba atravesando. Aun así, eso no era motivo de burla. Había expuesto una de sus inquietudes y en vez de consuelo había encontrado burla.
Pero aun así ella tenía razón. Asami la había conquistado, y era ella la única causante de sus penurias sentimentales, de aquellas que jamás había padecido.
Katara había parado de reír y ahora observaba a Korra con ternura, llamando su atención por el repentino cambio.
- La amas, Korra
- ¡¿Qué?! – exclamó alterada, apartándose de su lado hacia el otro extremo de esa bañera de madera, como si Katara le hubiese quemado con un fierro al rojo vivo la carne de su espalda.
- La amas – repitió, cerrando un poco más los ojos, enfrentándola sonriente.
Korra bajó la mirada. Culpable. Como si hubiese cometido un error, y esperaba la charla moral y amenazante de su criada, que siempre quería lo mejor para ella.
- Mi pequeña Korra ¡Oh! ¡Qué feliz me haces! – dijo eufórica levantándose y abrazando a Korra desde el cuello.
- ¿Qué? ¿por qué? – preguntó confusa, dejándose abrazar sin entender nada
- Estás camino a la rendición ¿no es cierto? Amas a tu ama, la amas como debes amarla, sometiéndote a ella… Quiero decir – dijo con palabras atropelladas, excitada - ¡Te estás rindiendo!
- ¿Rindiendo?
- Así es, eso es lo que los vasallos normalmente tardan años en sentir. El abandono, la sumisión en su máxima expresión. La rendición completa, no solo ante sus amos sino ante el Castillo mismo. El amor al vasallaje… - continuó explicando mientras Korra fruncía el entrecejo sorprendida del rumbo que había tomado la conversación, perdiendo el hilo de sus ideas.
Lo ha malentendido todo completamente.
- ¿Es eso, querida? – preguntó llamando su atención
- … Creo que ya sé lo que tengo que lograr, mi señora – dijo omitiendo la respuesta
- Por supuesto, esto no es más que sólo el primer paso
Korra prefirió disfrutar el baño. No, no era eso a lo que se refería con sentir celos por Asami. No era esa clase de rendición que estaba experimentando y dudaba hacerlo en un futuro cercano. La rendición que sentía era sentimental, amorosa, cursi como ella misma, como nunca imaginó hacerlo y sólo pensar eso la hacía sentirse estúpida y adolescente. Infantil.
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El día y el sol que no alcanzó a disfrutar estaba por llegar a su fin. Pasó toda la tarde descansando en la sala de vasallos, adormecida y a ratos despertaba, para sentir un vacío en el pecho al saber que aún no era llamada por su ama. Estaba enloqueciendo. Estaba por pedirle alguna pastilla a Katara para que pudiera dormir y descansar libremente, para desconectarse del presente y respirar por fin de los agónicos celos que atormentaban burlones su mente, llenándola de todos los escenarios en donde posiblemente Asami no la había mandado a llamar porque aún estaba entretenida con Lady Azula.
- ¡Mierda! – expulsó con rabia ante lo masoquista que estaba siendo. Revolviéndose entre sus mantas, esperando que alguien apareciera para que le diese la bendita pastilla.
- Korra – la llamó Katara desde el otro lado de la sala
La enunciada se sentó en la cama, observando como Katara atravesaba el espacio de los vasallos destinado para dormir, hasta que estuvo a solo centímetros de su cama, mirándola con aquellos joviales ojos.
- Es la hora, la Princesa manda a llamarte.
Solo el escuchar ese majestuoso título con el que todos se referían a ella, hizo que su corazón saltara de alegría en su pecho y que sus piernas se tensaran, ansiosas de ir a su encuentro, ansiosas de saber por qué es que había tardado tanto en llamarla.
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- Adelante – escuchó aquella voz dominante al otro lado de la puerta, en donde ella aguardaba junto al paje que la había escoltado hacia la habitación de la Princesa.
El paje con cuidado abrió una de las puertas, haciendo una reverencia ante la heredera y de inmediato se hizo a un lado para dar espacio a Korra. Esta ingresó despacio, intentando contener las apremiantes ganas que tenía de volver a estar en su presencia. Asami no la observó, parecía concentrada en el libro que sostenía entre sus manos mientras permanecía semi acostada en su cama, apoyada entre los almohadones, con sus piernas cruzadas, y aquellos lentes de marco rojo que reposaban sensualmente en el puente de su nariz, enmarcando aún más esas hermosas joyas esmeraldas que ostentaban sus ojos.
Mátame ahora dios mío. Prefiero que lo hagas tú que después me dejes a mi suerte, en las manos de esta irreal y tortuosa mujer.
La vista baja que mantuvo Korra no le impidió observar y estremecerse ante los atributos de su ama. Aun así, debía comportarse en presencia de los demás, como una obediente y ejemplar vasalla.
- Gracias por traerla. Puedes irte – le dijo al paje aun sin despegar la vista de su libro.
Apenas el paje abandonó la estancia, Korra con el rabillo del ojo se aseguró de observar, de manera imperceptible, todos los rincones oscuros de la habitación, iluminada apenas por el eterno fuego encendido a los pies de la cama y por una lámpara de velador la cual tenía encendida Asami para su lectura. Las palabras de Mako resonaban en su cabeza: - "Quizás te encuentres en una habitación enorme, débilmente iluminada, a solas con una dama o un lord. Es posible que creas que eres libre en el momento en que caiga dormido con su copa de vino. Entonces intentarás levantarte y escapar, pero de inmediato aparecerán pajes que te reducirán" -. Nunca se había sentido tan perseguida. En esa misma habitación había sido atrevida en severas ocasiones con su ama, pero nunca había aparecido un paje para reprenderla y castigarla.
Estoy siendo demasiado perseguida – se dijo, cerrando con tranquilidad los ojos. Sabía que estaba sola con Asami, ella no permitía que otros más estuvieran en la habitación. Pero no estaba de más confirmarlo.
Escuchó el cambio de peso sobre el colchón, levantando la vista para ver como Asami se sacaba sus anteojos de lectura, cerraba tranquilamente el libro, depositándolo en su velador y se apoyaba con ambas manos en la cama, a cada lado de su torso. Lentamente observó cómo se volvía hacia ella, dedicándole por primera vez una mirada, por primera vez en casi un día completo.
- ¿Me extrañaste? – le dijo con su sensual y característico tono de voz.
Korra levantó la vista, perdiéndose en esos hambrientos ojos, deleitando su mirar hasta que se fijó en su vestimenta. Nada fuera de lo normal: unos botines de cuero negro, jeans ajustados que demarcaban sus provocadoras curvas, una blusa blanca con finos diseños de hilo y una cadena de plata cuyo centro no alcanzaba a ver, perdido en aquel escote. Pero había algo que le molestaba, un pañuelo de seda azul que se envolvía delicadamente en su cuello, privándola de observar su blanca piel que brillaba ante el fuego, o el palpitar de sus venas cuando la veía excitada. ¿Por qué estaba usando eso?
De inmediato lo supo.
Asami la observaba aun esperando su respuesta. Sentada en la cama, alejada de Korra, quien seguía de pie junto a la puerta.
- ¿Por qué tardaste tanto en llamarme? – le preguntó la morena seria, sin darle respuesta a su pregunta.
- ¿Disculpa? – se asombró Asami, levantándose de la cama, enfrentándola directamente con el porte de su cuerpo. Intimidándola.
Eso no pareció funcionar esta vez.
- ¿Qué estuviste haciendo que te mantenía tan entretenida, tanto así que hacía que tú no me extrañases a mí?
Asami calló. No esperaba esa reacción de Korra. Esperaba que ella viniese feliz y sumisa a sus pies, donde la atormentaría dulcemente para después poseerla. Ése era su plan, pero desde que observó a Korra, algo en su mirada decía que estaba molesta.
¿Por qué? ¿Por qué no la mandé a llamar antes? ¿Porque la dejé sola todo un día sin darle explicaciones?... ¡Nunca le he dado explicaciones! No tengo por qué hacerlo.
Korra se acercó decididamente hasta quedar a solo unos pasos de donde aún se encontraba parada Asami. Vio la molestia reflejada en sus ojos azules, en la tensión de sus músculos ocultos bajo su blusa, en su entrecejo fruncido. Eso la preocupó.
- Korra ¿qué tienes?
- Contéstame, Asami – le dijo fríamente, sin dejar de mirarla a los ojos.
- ¿Asami? – sonrió nerviosa - ¿No te comportarás primero como mi servil vasalla? – se burló
- ¡No estoy jugando! – gritó Korra, haciendo que la heredera se sobresaltara en su lugar.
Sus morenas manos temblaban ¡todo el cuerpo de Korra lo estaba haciendo! Asami se preocupó aún más. Por un segundo pensó que Korra estaba enferma, un cuadro viral probablemente la estaba haciendo delirar y temblar de esa forma. Levantó su mano hasta su frente, para palpar la temperatura, pero, cuando estaba a centímetros de depositarla en la piel de su vasalla, Korra la detuvo, agarrando con fuerza su muñeca, casi lastimándola.
- ¿Korra?
- Contesta a mis preguntas – dijo roncamente
- ¿Estás enferma? ¿quieres que llame a alguien? – dijo protectora
- ¿Enferma? – escuchó decir casi en un susurro – tú me tienes así, Asami
- ¿Qué?
Y de repente Korra quitó en un solo movimiento el frío pañuelo que llevaba Asami, rebelando el camino de marcas moradas esparcidas en su cuello. Tanto los ojos de Korra como de Asami se dilataron. Miedo, sorpresa y culpa se mezclaban. La Princesa quería explicárselo, aunque no sonara propio de su título, necesitaba hacerlo, no por ser quien era sino simplemente porque quería explicárselo a Korra, decir que fue un malentendido, que no pasó a más, y que por eso la había mandado a llamar. Pero Korra no la dejó.
- Quién… - dijo a duras penas. Su voz se quebraba – ¿Quién… te hizo eso?
- Korra, yo quiero expli- alcanzó a decir
- ¡¿Fue Azula?! – aquello hizo que Asami abriera más los ojos. Nunca esperó que Korra supiera ni que actuara así - ¡Respóndeme Asami! ¿Fue ella?
- Si – dijo culpable – pero no te confundas, yo no- y de nuevo no alcanzó a terminar. Korra la había empujado hacia la cama, cayendo sin poder evitarlo en su espalda, observando cómo la morena, invadida por los celos estaba malentendiendo todo eso. Ya no reconocía a su vasalla, no, allí estaba ante alguien de igual título que ella: orgullosa y posesiva, la Princesa del Sur.
Asami rápidamente se sentó, observando como Korra se posicionaba a horcajadas sobre sus piernas, entreabriendo sin querer la blusa que vestía, mostrando todo su abdomen desnudo, todo el tonificado y bien proporcionado cuerpo que se posicionaba dominante sobre ella. Asami tragó pesado, no solamente por la gloriosa vista que tenía delante de ello, sino porque, por primera vez en su vida, estaba nerviosa al no saber qué iba a ocurrir.
Sus ojos violetas por la cálida luz ascendieron hasta encontrarse con los escurecidos tristes ojos de Korra, quien después de esa explosión ahora mantenía agachada la cabeza. Mirando la nada, perdida. Aquello le rompió el corazón. Justamente eso quería evitar.
- No pasó nada – le dijo dulcemente, levantando una mano para depositarla en su mejilla -. Hey, esto fue lo único que hizo – dijo indicó con una mano las marcas moradas mientras que con la otra levantaba su rostro, obligándola a que la mirara, a que la reconociera.
- ¿Nada? – preguntó casi en un susurro, recuperando lentamente el brillo en sus ojos.
- Nada. Nunca he dejado que me hiciera algo.
- Ahora lo hizo – dijo mientras su cuerpo se acercaba más a su torso, colocando vacilante las manos sobre sus hombros, permitiendo que sus dedos acariciaran despreocupados su cuello, indicando las marcas que delataban su mentira.
- Fue mi error. Me tomó desprevenida.
- Desprevenida… - repitió Korra - ¿por qué?
- Estaba excitada – confesó, sorprendiendo a Korra -. Observaba a Azula jugar con la princesa Ty Lee, hasta que las cosas se descontrolaron y, cuando pretendía abandonar la habitación, Azula me tomó por sorpresa y jugó conmigo – dijo avergonzada de sus acciones -, y bueno, ya viste lo que hizo.
- Ella vino a mí esa noche, y me dijo que estabas exhausta porque ella te había dejado así y me mostró lo mismo que tú tienes como su recuerdo en tu piel… - se detuvo un momento, como queriendo buscar fuerzas para dejar salir lo que continuaba, sin volver a perder la razón -. Dime la verdad Asami ¿tú se las hiciste?
- ¿Dices que ella tenía chupones en su cuello?
- Igual a los tuyos
Asami sonrió aliviada – Así que eso fue – dijo
- ¿Qué?
- Esas marcas probablemente se las hizo su vasalla – respondió regalándole una sincera sonrisa – Korra, ella te engañó – dijo aliviada esperando que todo eso se solucionase. Pero el semblante de Korra solo se había ablandado un poco, pero la culpa pasó a carcomerle el alma.
- Eso no significa que no te encontró con la guardia baja, permitiéndole tener acceso a tu cuello – le dijo distraída.
- Ya te lo dije, estaba excitada – se defendió, observando cómo se volvía a entristecer el semblante de Korra –… pero no por ellas – agregó rápidamente, dándole una esperanza a Korra -. Mientras ellas hacían todo eso, yo solo podía pensar en ti. De hecho, tu recuerdo hizo que yo volviese a recuperar la cordura, deteniendo a Azula con su juego. No quería ver que pusieras esa expresión que estas poniendo ahora – intentó decirlo dulcemente, ablandando finalmente el rostro de Korra.
Korra cerró aliviada los ojos, afirmándose del cuello de la blusa de Asami.
Por momentos pensaba de verdad ella la amaba, cuando decía tantas cosas dulces que conmovían su corazón. Pero las palabras venenosas de Azula seguían dando vuelta por su cabeza. Si, ella podía amarla, pero no creía que lo hacía de la misma entregada forma en que ella la amaba. Korra solo la amaba a ella, pero no estaba segura de que Asami entendiera ese profundo y enredado sentimiento.
- ¿La amas?... A Azula
Aquella repentina pregunta confundió a Asami. Esperaba ablandarla y que todo volviese a la normalidad, pero Korra no se daba por vencida. Así que optó por satisfacer su curiosidad, hasta que a ella misma se le pasara.
- Por supuesto – le respondió, dañando a Korra – La amo como se supone que debo amar a todos aquí en el castillo. Pero eso no significa que tendré sexo con todos ni que los castigaré. No… yo decido a quien amar de esa forma. Lo demás es solo un juego.
Un juego…
- Todo es un juego para ti ¿no, Princesa? – dijo
- ¿Cómo? – soltó abrumada ante el cambio tan repentino de voz
- Yo te mostraré un juego que tú me enseñaste
Korra la besó violentamente, sin darle tiempo a Asami para reaccionar. Sus demandantes labios tomaron posesión de los carnosos cubiertos de carmín, despojándolos de su delineado color, esparciéndolo sin cuidado por los alrededores de su boca.
Sentía como Korra succionaba, besaba y mordía casi con delirio sus labios. Los sentía calientes, palpitantes, hinchados. Su pecho la molestaba interrumpiéndola, demandando que tomara aire. Casi con torpeza logró quedar libre por unos segundos, llenando sus pulmones con oxígeno, casi a penas cuando Korra de nuevo atacó.
Asami no entendió a lo que se refirió Korra, y honestamente no le importó pensarlo en ese momento. Tenía a su otrora sumisa vasalla encima de ella, apremiante, exigente y dominante; enredada a su ropa, pegada a sus maltratados labios.
La lengua de Korra no se hizo esperar, esta entró sin permiso a su boca, liberando un lujurioso jadeo que parecía contenido por sus dientes. La exploró a la totalidad. Lamió su lengua, danzando con ella, permitiéndole solo esa oportunidad de poder defenderse de su beso. Pero no lo consiguió. Ante la avidez de ese inexperto músculo, la experiencia de Asami ganada en años pareció esfumarse, rindiéndose ante este nuevo placer.
Recorría tortuosamente el dorso de su boca, saboreando su saliva, gruñendo suavemente cuando las manos de Asami se posaban en su cuerpo. No, ella quería tener el dominio de ese juego.
Korra supo de masajeando algunos puntos de su boca con la punta de su lengua hacían que Asami gimiera ahogadamente en su boca, pero enloquecía cuando deslizaba libidinosamente su lengua por la suya, llenándola de saliva, lubricando sus labios. Oh, solo mentía. Eso también la excitaba a ella.
Asami fue empujada a recostarse en la cama, y Korra con ayuda de sus caderas y apoyándose con ambas manos en el colchón por sobre los hombros de la heredera, ayudó a enderezar su cuerpo tendido sobre la cama, colocándolo correctamente: con la cabeza de la heredera descansando sobre las almohadas, bajo el respaldo de la cama, en vez de que estuviera paralelo a este.
Asami no se sorprendió ante la muestra de fuerza y rapidez que hizo Korra enderezándola. Ella aún estaba perdida entre los cálidos y ardientes besos que esta le propinaba. Ahora en esa posición podía observar cómo los músculos se contraían en el moreno abdomen de su vasalla, marcando el canal hasta su ombligo. Detuvo el beso, e hipnótica levantó su mano hasta colocarla en aquel juego de músculos, sintiendo la dureza, la suavidad y la calidez de aquella piel que contrastaba con su siempre fría mano. Pero al instante todo se apagó.
Una risa altanera llenó el aire, aquello fue música para sus oídos. Korra había colocado una mano sobre sus ojos, cegándola por un momento, disfrutando el control que poseía sobre su antes inalcanzable Princesa.
- No abras los ojos, Princesa. O te castigaré – le dijo seductoramente al oído, liberando una corriente eléctrica que bajó por el pecho de Asami repercutiendo directamente entre el centro alojado entre sus piernas.
Enseguida Korra quitó la mano de sus ojos, pero Asami no los abrió, aunque la promesa de ser castigada ciertamente la excitaba. Sintió el peso de Korra moverse sobre su abdomen, y con su mano aún depositada en los abdominales de la morena, sintió como esta estiraba su torso, hacia la derecha, hacia su velador. Quizás quería apagar la luz, pero todo se confundió cuando sintió levemente como algo se movía.
- ¿Korra?
- Shh – la calló, depositando tres dedos en sus labios, volviendo a centrar su peso sobre ella – No abras los ojos, Asami.
Su nombre sonó tan sensual en su voz cargada de deseo. El solo escucharla ya hacía que mojara completamente su prenda allá abajo.
Korra tomó la mano apoyada en su abdomen, la elevó hasta su boca y la besó, y lentamente dibujo con ella un recorrido por su moreno cuerpo. Bajando por su garganta, internándose lentamente por su pecho, por entre sus senos, haciendo que bajara por el canal de su abdomen hasta detenerse un poco más debajo de su ombligo.
- Dime, ama… ¿todo esto te gusta? – le dijo mientras obligaba a Asami agarrar uno de sus pechos.
- Si – dijo en un débil jadeo
Korra sonrió, apartando la mano de Asami de su cuerpo, agachándose hasta llegar a su rostro. Asami sentía la dulce respiración de Korra encima de ella, sentía el fuerte agarre de su muñeca y ella aún estaba obligada a cerrar los ojos. Korra la volvió a besar y llevó su mano asida hasta la pared, hasta el gran anillo ubicada un poco más arriba de los almohadones. Envolvió sus dedos entre los de ella, indicándole silenciosamente que tenía que agarrarse de aquella fría pieza de metal muy bien ubicada. Así lo hizo, expectante a lo que sucedería a continuación.
- Agárrate de ella, con ambas manos. No te sueltes
- ¿Puedo abrir los ojos? – preguntó después de asentir a la instrucción que le daba Korra. Esta rió tranquilamente ante la petición hecha por su ama.
- Ya te dije, si los abres tendré que castigarte.
Asami tragó pesadamente saliva. Aquel juego la estaba entusiasmando, mucho más de lo que podía admitir. Sentía su torso estirado, a merced de su vasalla, quien estaba haciendo todo lo que no debía hacer con ella. De hecho, debía ser Korra quien tuviese que estar agarrada de aquel anillo, bajo su cuerpo, degustando su calor y maltratando su piel. Pero esto no estaba nada mal.
Korra se enderezó, sentándose un poco más abajo, justo en la entrepierna de Asami, presionando más de lo que debía hacer. Sintió sus manos ascender por ambos lados de su cintura, contornear sus pechos, perderse en el hueco bajo sus brazos y luego ascender lentamente con ellos. Ella elevaba su pecho controlando infructuosamente sus suspiros y jadeos, sintiendo la presión que hacia Korra por donde pasase, hasta que su vasalla comenzó a mecerse, rítmicamente allí, justo sobre el centro de dónde provenía su excitación. Apretó con fuerza el anillo. Se imaginaba a Korra bailando sobre ella, apoyando sus manos en sus muñecas, estirando todo su torso sobre ella, observando casi justo sobre su rostro sus senos mecerse por el movimiento que generaba su cadera allá abajo. Quería soltarse, quería bajar por ella y depositar sus manos en la parte baja de su espalda, sintiendo el movimiento, guiándolo, deleitándose con aquella exótica mujer que cumplía con todas y cada una de sus expectativas, que la había embrujado desde el primer momento en que la vio.
Así imaginaba a Korra y no estaba muy lejos de la realidad. Sólo omitió el pequeño sonido metálico que había escuchado salir de su velador, y ya fue muy tarde cuando sintió las frías argollas rodear sus muñecas, seguido del horrible "clic" que la hizo abrir los ojos para elevar su cabeza y observar con terror cómo había sido esposada y amarrada a aquel anillo sin siquiera percibirlo.
- ¡Korra! – protestó - ¡Suéltame inmediatamente!
Korra sonrió satisfecha y orgullosa a horcajadas de Asami. Ya sabía por qué a su ama le gustaba tanto atormentarla. La imagen de Asami tan sumisa bajo de ella estaba haciendo que ésta elevara sus caderas para que así no mojara la ropa de Asami con su caliente humedad. Desde allá arriba, ella suspiró teatralmente cerrando los ojos y luego de unos momentos los abrió.
- Eres testaruda, Princesa. Ahora tendré que castigarte por abrir los ojos.
Asami jadeó excitada. El estar inmovilizada le regaló un nuevo grado de sumisión al cual nunca había estado familiarizada. Pero tener a aquella princesa como instructora, enseñándole nuevas sensaciones, era exquisito.
Korra relamió sus labios. Tantas veces había desvestido a Asami en sus sueños, atormentado su protegido sexo, impidiéndole satisfacerse a sí misma pensando en el cuerpo de su ama, solo pudiendo revolverse entre las humedecidas sabanas; que, ahora sobre ella no sabía cómo actuar. Controlando su sed de ella comenzó desbotonando su blusa, lentamente, sin perder detalle de los esmeraldas ojos desbordantes de deseo con que la miraba su Princesa. Lentamente lo hizo, sin tocar ni distraerse en nada, controlando sus impulsos, descubriendo completamente aquel marmoleo torso. Observó cómo sus pechos subían y bajaban irregulares y oprimidos de libertad en aquel brasier de encaje azul. Entre ambos reposaba una hermosa piedra que se unía al collar de plata que esta portaba. Aquella piedra era un reflejo de sus ojos, de sus tierras, de ella.
Azul… Todo lo que lleva Asami puesto es azul
- Aquella vez en el Sendero de Caballos, cuando mi criada me estaba arreglando, trenzó parte de mi pelo y lo amarró a unas cintas verdes – comentó Korra sosteniendo el zafiro entre sus manos -. Le dije que mejor fuera azul, ya que ve venía; pero ella dijo que ése era tu color, y querías que yo combinara contigo. Ahora parece ser todo lo contrario. Tú, quería Princesa mía, eres la que quiere combinar conmigo.
Korra soltó el collar y se levantó de Asami, parándose en el piso junto a la cama, bordeándola hasta ubicarse entre sus pies. Allí observó divertida a su ama, pero no por mucho. Le quedaba bastante por disfrutar.
Sus manos buscaron el cierre de sus botines y rápidamente, sin perder delicadeza, despojó sus pies de éstos.
Apoyó sus rodillas sobre el colchón, para estirar sus manos y alcanzar el botón de su jeans, bajando también el cierre y deslizándolo lentamente por su cintura, hasta que se detuvo abruptamente.
- Me estaba preguntando, Princesa, si querías que te desvistiese como tú me enseñaste a hacerlo.
Asami supo exactamente a qué se refería y no pudo evitar imaginarse a Korra desvistiéndola con los dientes mientras ella estaba en aquel estado. Avergonzada cerró los ojos, evitando su mirada.
- Como quieras - emitió
- Muy bien
De inmediato Korra despojó con ambas manos el pantalón de Asami, deslizándolo por sus definidas y largas piernas. Cuando estuvo sin ellos, Korra se percató de que vestía en sus pies unas medias unas poco traslúcidas color café. Korra esta vez quiso jugar. Descendió de la cama, se arrodilló a sus pies y con los dientes cogió con delicadeza el borde de la media de su pie derecho para sacarlo. Hizo lo mismo con el pie izquierdo y fue en ese momento, que, por primera vez, se percató de que bajo su tobillo había escondido un pequeño tatuaje de una flor púrpura. Igual a la que había visto en su espalda, tras su hombro izquierdo, y en su clavícula también izquierda. Eso le hizo preguntarse a Korra cuántos más ella no había visto, y quiso saber.
- Asami – la llamó por su nombre - ¿Cuántos tatuajes tienes?
Aquello la sorprendió. No esperaba que esta le preguntase por ello, como tampoco había pensado en la posibilidad de decírselo tan pronto. Pero quizás eso abriera un nuevo camino aquella noche.
- Siete – susurró con debilidad, y al instante aclaró su voz, ocultando su error -. Son siete.
- ¿Dónde están?
- No te lo diré – dijo queriendo recuperar el control de algo.
- ¿Hmm? – ronroneó divertida -. Entonces me queda mucho trabajo por hacer – terminó diciendo, depositando un cálido beso en aquel tobillo, sobre la púrpura flor tatuada, estremeciendo a Asami.
Besó el tatuaje, y un pensamiento salvaje cruzó por su cabeza. Debía dejar constancia de que había dominado cada uno de ellos, así que, sin demorar, envolvió sus labios alrededor de la flor y comenzó a succionar aquella piel, delineando con la lengua los finos pétalos, mientras hacía presión. Asami jadeó pesadamente, levantando su cintura extasiada. Korra sonrió, retrocedió solo un poco para observar la marca púrpura más concentrada e irregular ubicada justo al centro de la flor y relamió sus labios. Tenía trabajo que hacer y sin demorar pasó a su otro pie, volteándolo con suavidad, besando cada centímetro de su piel mientras que con sus concentrados ojos azules buscaba otra flor escondida en su cuerpo.
- Así demorarás – demandó dominante, recobrando el aliento.
- No me quieres decir, no tengo otro método de hacerlo
- Lo sabrás, yo te daré pistas – le dijo con un tono más erótico del que Korra pudo soportar, asintiendo mientras sentía la sequedad en su garganta.
Subió por sus piernas, besando, recordando lo que había sentido en esa misma habitación la vez que su ama le había permitido hacerlo. Esta vez era diferente, seguía dirigiéndose a ella como tal, aunque los roles habían cambiado. Ella era su sureña princesa, no Asami. Aquella mujer sólo era a quien deseaba con locura desde que la había conquistado.
Complacida se internó entre la suave piel que había en la cara interna de sus piernas, por sobre la rodilla. Cerró los ojos, quiso degustar ese momento, atenta a las sensaciones que daba su ama ante cada mojado beso que ella le brindara. No importa si estaba lejos de su colorido objetivo, le encantaba sentir en su rostro la calidez de entre sus piernas, rozando con sus mejillas su piel, haciéndole costillas, aumentando más la sed que sentía. Pronto Asami comenzó a impacientarse – estoy cerca -. Abrió los ojos y con ayuda de sus manos abrió más las piernas de Asami, permitiendo que más luz la ayudara en su búsqueda. Y lo hizo.
Allá arriba, casi justo bajo la íntima prenda de ropa interior azul, escondido en la caliente piel de su muslo derecho había otra flor púrpura. El dolor de haberse hecho en aquella zona tan sensible vino a la mente de la morena, pero había valido la pena. Era endemoniadamente provocador. Tan cerca de su centro, tan escondido y prohibido como él mismo. Korra tragó saliva, preocupada de que su cercanía con la calidez y el aroma propio de Asami le nublaran la razón y desertara en su conquista de los tatuajes faltantes.
Reuniendo toda la fuerza de voluntad, se acercó lentamente a éste, sintiendo como el calor de la prenda de Asami irradiaba y calentaba su mejilla. Acercó sus labios hasta aquella piel tan distinta de la demás, más suave y delicada, más deliciosa y, envolviendo sus labios alrededor de la flor comenzó a succionar, pero la sensación era distinta. Asami gimió casi al instante y Korra tuvo que afirmar con fuerza su pelvis, para que esta no se moviera tanto. La temperatura comenzó a aumentar más allá abajo, y su mejilla no sólo sentía calor, sino humedad, aquella humedad que demandaba su garganta, de la que nunca había probado, ni con ella, ni antes con otra mujer.
Debía ser fuerte, debía controlarse sólo en dejar un chupón sobre cada flor que encontrase. Pero esa también era una flor ¿no? y una que estaba viva, demandando ser atendida.
Apenas terminó, ni siquiera corroboró que su trabajo hubiera sido bien hecho, cuando sin poder evitarlo, hundió su rostro entre sus piernas, tomando entre sus dientes aquellos pliegues escondidos bajo la tela, saboreando a través de la prenda el secreto de su Princesa, haciéndola gritar de placer, agarrando con más fuerza sus caderas contraídas y sus piernas tensadas, abiertas, invitándola a pasar.
Aquel gemido la llevó al cielo. La voz de Asami, dura, inalcanzable, demandante, cambiaba completamente cuando era ella la que estaba debajo. Aquel tono de perdición tan agudo y sensual dañaba cada fibra nerviosa de su cuerpo. La enloquecía. Era como heroína, quería escuchar más de ella, quería verla bañada de sudor, mojada completamente, revolcándose de placer y éxtasis pidiéndole más. Oh, quería ver qué era lo que sentiría cuando se internara entre sus suaves paredes, lamiendo toda su esencia, degustándola.
Por Dios, sólo esos pensamientos podrían mandar todo su trabajo a la basura. Aún tenía que hacer, aún no encontraba las flores, aún tenía que castigarla, y aún era temprano. Tenía toda la noche por delante.
Se alejó de ella, casi con violencia, excitada y acalorada. Observó a Asami, sus ojos vidriosos y sus mejillas enrojecidas. Aquella diosa que tantas veces la habían castigado, ahora estaba siendo castigada por ella, torturándola sexualmente. Merecía eso y más, todo por haber jugado con ella.
Siguió con su tarea, pasando sin tocar su prenda azul, depositando su boca un poco más abajo de su ombligo y de allí siguió ascendiendo. Su abdomen era fuerte y suave, no tan marcado como el de ella, pero si demostraba que Asami lo trabajaba – Debe de hacer algún deporte – pensaba mientras seguía dejando mojados besos por su blanca piel, atenta de lo que despertaba en Asami.
No había otro cambio más que el de excitación. No encontraba ese hormigueo que le provocaba a Asami cuando parecía estar cerca de su objetivo. Quizás está escondido bajo alguna prenda – se dijo ya a las puertas de su brasier. Korra tembló. Estaba frente a otro de los atributos que ella desconocía, y moría por arrancarlos de inmediato.
- ¿Sientes apego por este brasier? ¿tienes otros iguales?
- ¿Por qué? – respondió con dificultad Asami
- Tomaré eso como un no.
Nuevamente estiró su cuerpo, abriendo el velador de la Princesa, y Asami recordó cual era el contenido de éste. Pronto lo confirmó, cuando observó a Korra sacar unas plateadas tijeras, mordiendo provocadoramente su labio.
El frío metal erizó su piel en el momento en que contactó con ella, ubicada en el puente de su brasier, listas para cortarlo. Asami cerró los ojos cuando sintió el sonido que sentenciaba que desde ese momento su brasier dejaba de ser útil en un futuro. Al sentir la liberación de sus pechos de aquella prenda abrió los ojos, encontrándose con una anonadada Korra.
Era más de lo que esperaba.
Allí en el castillo había visto tantos pechos desnudos. Nunca antes había pensado en cuan distintas variedades podrían existir ni le interesaba, hasta que había empezado a fantasear con Asami. Ahora los tenía frente a ella, los reales, no los que imaginaba. Aquello se perdió ante la gloriosa imagen.
Blancos, redondos, endurecidos y erizados por la excitación le parecieron irresistibles. En serio, si antes había tenido dudas de que le gustaban las chicas, ahora se pregunta cómo había sido tan tonta de gastar su tiempo con hombres, privándose de aquellas prohibidas sensaciones, de aquel hermoso y curvilíneo cuerpo. Con razón les gustaba tanto a ellos saborear su piel. Era verdaderamente embriagador.
Regocijaba su vista en aquellos dos grandes montes. Ella quería conquistarlos, tomarlos por aquellos rosados, duros y sensibles puntos, y relamiendo sus labios los acercó hasta su pezón izquierdo. El encuentro fue breve, depositó un casto beso sobre él para ver la reacción de Asami, el placentero éxtasis estallando entre sus piernas. Solo basto eso para enseguida envolver aquel nódulo entre sus labios, y al instante lo masajeo con su lengua, dando pequeños círculos a su alrededor, presionando con cuidado aquella delicada carne mientras mandaba oleadas de excitación por todo su cuerpo.
Estaba abrumada. La suavidad de su piel bajo sus labios, la turgencia de sus pechos mecerse ante las succiones que ella daba y ante las dificultosas respiraciones que la misma Asami emitía la deseaba querer más. Hambrienta de deseo con su otra mano apretujó su pecho derecho, intentando juntarlo con el izquierdo, para así poder lamer ambos a la vez, sin dejar a ninguno con ganas de más. Tan hambrienta estaba Korra, pero en su avidez una mancha púrpura la trajo de vuelta a la realidad, la rescató de no convertirse solo en un animal en celo. Es cierto, estaba escondido bajo la prenda, y si no hubiese actuado así probablemente nunca lo hubiera visto. Allí, en el costado derecho de su pecho, justo al lado de éste se encontraba la otra flor, burlándose de ella. Solo accesible para aquellos que despojaran a Asami de su prenda.
Se sintió halagada. Allí estaba, solo para ella. Aquel tatuaje ubicado estratégicamente solo para que los elegidos por la diosa Asami pudieran encontrarlo. Ella esperaba ser la única, y quiso saberlo.
- Alguien… - dijo vacilante -… ¿alguien más ha visto este?
Asami pensó en hacerla sufrir, pero no pudo, no ante aquella tímida chica que segundos antes había sido literalmente una máquina de lujuria y deseo desenfrenado.
- Sólo el tatuador – le respondió
- Soy – dijo tragando saliva mientras sus ojos brillaban - ¿soy la primera? – Asami sonrió, respondiendo con aquella hermosa sonrisa la pregunta, pero de inmediato un pensamiento atacó a Korra -. ¿Y Kuvira?
Asami rodó los ojos. Tan cerca…
- ¿En verdad quieres hablar de Kuvira ahora, que estoy completamente dispuesta ante ti? – le respondió un poco molesta, pero Korra parecía no creerle, y un indicio de tristeza amenazaba con llevarse aquel brillo de sus ojos -. No, Korra – dijo cerrando los ojos -, nunca permití que Kuvira me tocara. Ella nunca supo dónde se ubicaban dos de mis tatuajes, que son los que siempre estarían ocultos de los demás.
Aquella fue una pista, ya sabía dónde podría encontrarse el siguiente, y cuando sus ojos alegres e infantiles se posicionaron sobre los de Asami, ésta lo supo.
- Mierda… no debí hablar tanto.
Korra estaba rebosante de alegría y seguridad. Ella era la primera de Asami, lo acababa de confesar implícitamente. No podía creer que fuera posible y tampoco quería decepcionarla.
Ya estaba lejos de su otro objetivo, pero sabía dónde se encontraba, deliciosamente custodiado cerca de su premio. Optó por continuar. Marcar su conquista, no solo por rastros de saliva y mordiscos.
Acercó sus labios a la flor, sin dejar de masajear con sus dedos su pecho más cercano y rápidamente succionó con fuerza su piel, masajeando aquella sensible zona para que no sufriera ningún dolor que no fuese placentero. Cuando terminó observó satisfecha su tarea. Aquella flor purpura oscurecida en el centro, era el inicio del frenesí por el que había pasado Korra cuando se encontró en los pechos de Asami. Éstos brillaban a la luz, una mezcla de sudor y saliva que enorgullecían a la morena, única dueña de su Princesa Asami.
Era tiempo de seguir, solo un poco más hasta su clavícula izquierda, haciendo rápidamente un chupón, oyendo extasiada los gemidos de Asami casi justo en su oreja. Subió hasta su hombro, mordiendo la piel de éste, intentando borrar las sucias marcas que habían osado marcar el cuerpo de su ama. Cada chupón de Azula fue marcado y mejorado por los de Korra, pero no todo había sido dolor para Asami, no, aquello fue una bendita tortura. Demasiadas veces había imaginado a Korra así, dominante sobre su ella, marcando su cuello, aprisionando sus pechos con rudeza y dominio, torturando su entrepierna con la rodilla.
Subió hasta su oído izquierdo, envolviéndolo entre sus labios, respirando pesadamente dentro de él, erizando toda la piel de Asami que sólo pudo jadear agudamente.
- Ahora es tiempo de tu castigo, Princesa.
De un momento a otro Asami estaba volteada, apoyada con las rodillas sobre la cama, mientras su torso se mantenía recto y afirmado gracias al agarre de sus manos aprisionadas en aquel anillo de la pared. Literalmente estaba posicionada en cuatro sobre sus sábanas, y desde aquella posición no podía ver a Korra detrás de ella.
Sintió el frío metal ascender por su espalda, cortando la blusa que tanto le gustaba. La pelvis de Korra estaba firmemente apretada a su trasero. Podía sentir el monte de venus siendo frotado directamente sobre sus nalgas, mientras cortaba en dos su blusa. Asami gimió derrotada.
Korra siguió cortando la tela por los brazos de Asami, destruyéndola completamente, liberándola de ella. La arrojó lejos de la cama, y luego cortó los tirantes del brasier de Asami. Ahora sí, estaba desnuda, sintiendo el peso de sus pechos caer por la gravedad, la humedad crecer dentro de su panties, amenazando con desbordarse entre sus piernas, delatándole a su vasalla lo extremadamente bien que lo estaba pasando.
A continuación, sintió el peso de Korra sobre el de ella. Acercando su ávida boca hasta su escápula izquierda, marcando la primera flor que ella había visto de Asami, así que la besó con ternura en honor de aquel lejano recuerdo, en donde ella había sido despojada de todo cuanto conocía. Todo lo que había sacrificado para encontrarse ahora así, y recién ahora lo agradecía. Todo había valido la pena.
Cuando terminó de marcarla se despegó de su cuerpo, haciendo sentir a Asami la ausencia de su calor. Pero al momento la tuvo de nuevo con ella. No fue consciente de lo que ocurrió a continuación. Al contrario de lo que sucedía en las tormentas eléctricas, el sonido fue más rápido que la luz de dolor que sintió después en su trasero. El sonido fue lo que llenó su cabeza, nublando su razonamiento, recordando la familiaridad de éste, hasta que sintió el calor del dolor. A pesar de eso ella había gemido.
La mano de Korra tomó impulso, rápidamente para luego descender directamente sobre su trasero, excitándose tremendamente ante el agudo sonido que salía producto del contacto. Los fuertes músculos de Asami rebotaban rítmicamente ante cada azote, embobando hipnóticos los ojos de la morena.
Siguió azotándola, dos, tres veces, haciendo que Asami gimiera cada vez más.
Pero no fue suficiente.
Lentamente bajó con tormento la delicada prenda de encaje azul por aquel redondo y brillante trasero, dejándolo a medio camino entre sus piernas. Delatando la latente humedad albergada en la tela, mostrando un fino y brillante rastro plateado que unía su mojada prenda con sus pliegues interiores, provocadores y brillantes, invitándola a probarla. Korra gimió ante la escena, y sintió como sus propios fluidos comenzaban a descender por sus morenas prendas al solo haber visto lo mojada que estaba Asami.
Una nueva oleada de energía la embargó. Levantó su mano y azotó con la palma de la mano aquella piel. El nuevo sonido fue majestuoso. Fue como una cuchilla que cortó agudamente todo el ambiente, seguido de un fuerte jadeo de su Princesa. Mierda – quería más.
Cada azote provocaba que la heredera jadeara una octava más alto. Cada azote había que sus pechos ondearan en sincronía con su cintura, que intentaba escapar de su castigo. Cada azote encendía el calor en la palma de su mano, quemándola y excitándola. A los minutos Asami gritaba y lloraba, pidiendo que se detuviera, mientras en contra de ella sus propias piernas estaban bañadas de su propia excitación.
Eso era lo que sentía Korra y no era la única. Asami sería una estupenda vasalla, que se humedecería con facilidad ante cualquier castigo que ella dispusiera para ella, torturándola, haciéndola llorar y gritar que se detuviera, todo eso para después sólo hacer más dulce su recompensa, entre sus brazos, entre sus piernas.
La voz de Asami se quebraba ante cada azote, y Korra sentía como su inocencia hace tiempo había quedado atrás, pero esta vez la sepultaba. El sonido del llanto de Asami no hacía otra cosa más que alimentar su lívido, entendiendo el secreto del castillo. Yo sería una estupenda cortesana sirviendo acá. Oh, con gusto me quedaría aquí si Asami fuera mi vasalla.
Cada movimiento que daba Asami provocaba que ondeara su cabello. Movía su cabeza, la sostenía y luego la hacía caer entre sus hombros, mientras que con su boca abierta jadeaba, gemía y lloraba sin cesar y sin decoro. Korra estaba pendiente de su boca, como sus labios se juntaban y se abrían, dejando escapar saliva.
Cesó su tormento, liberando el enrojecido y sensible trasero de su castigo. Acercó su rostro hasta la parte baja de su espalda y desde ahí la lamió, saboreando la sal de su piel, besando y recompensándola por su esfuerzo. Asami tembló bajo ella, y gracias a un movimiento que hizo con su cuello, ordenando todo su cabello hacia la izquierda, dejando su lado derecho sin nada, fue cuando lo vio. Aquella flor púrpura escondida detrás de su pabellón, siempre oculta por su pelo. Fue como si Asami quisiera que la encontrase.
Acercó su pelvis contra su caliente trasero, sintiendo su agitado cuerpo bajo de ella, exhausto y sudoroso. Asami sintió como los pechos de Korra se apoyaban y desplegaban por su espalda, mientras esta ascendía hasta su oído.
- Lo encontré – le susurró eróticamente.
No lo había visto. Había besado el oído equivocado y lo lamentaba. Mordisqueó su pabellón mientras deslizaba su lengua hacia dentro, soplando y gimiendo en él, provocando que Asami juntara las piernas, como si eso menguara el acrecentado deseo que albergaba. Se retiró lentamente hacia atrás, depositando un beso sobre el tatuaje y luego succionó, continuando con las descargas eléctricas que recorrían sin cesar el cuerpo de Asami desde que habían iniciado ese juego.
Solo falta uno, y sé muy bien donde está.
Volvió a dar vuelta a Asami, descansado su agotado y perlado cuerpo entre las almohadas. Limpió sus calientes y saladas lagrimas con finos besos de consuelo, transmitiendo todo el amor que sentía a través de esa acción, lo cual hizo sonreír a Asami.
- No puedo creer que haya llorado – dijo ésta, escondiendo su enrojecido rostro entre uno de sus brazos alzados.
- Esta bien. Debes hacer saber a tu ama todo lo que sientes cuando eres castigada – dijo complacida Korra, usando sus mismas palabras en su contra, lo que hizo a Asami emitir un murmullo de protesta. Eso no importó, Korra depositó un beso en sus aun hinchados labios, desprovistos de todo maquillaje y lo profundizó.
Cuando terminó, era momento de ir a por el último tatuaje. Se sentó sobre la pelvis de la Princesa, sonriente, provocadora y se estiró hasta agarrar una de las esposas, liberando una de las blancas manos de su ama. A continuación, se enderezó en su puesto, elevó la mano hasta su boca y lentamente besó sus dedos, sacándole suspiros. Besó con devoción cada uno de sus largos y delicados dedos, hasta que, sin prepararla, metió dos dedos a su boca, envolviéndolos en el calor de su boca, succionándolos y acariciándolos con sus calientes paredes, como si le diese sexo oral. Asami gimió sin proponérselo. La lengua de Korra bailaba en espiral en sus dedos, y su pelvis se mecía tortuosamente sobre la suya. Sentía como sus sábanas estaban completamente húmedas bajo ella, al igual que sus piernas, solo que ésta no sabía si albergaban solo su deseo o el de Korra que cada vez más mojaba su piel.
Los ojos de Korra estaban oscurecidos de placer. Se levantó de ella, mostrando lo húmeda que también estaba y se posicionó entre sus piernas, observando el último tatuaje, el cual también se había escondido bajo la prenda azul. Allí estaba, mojado, en la línea que unía su pierna con su abdomen, bajo su iliaco izquierdo. Korra relamió sus labios, lista para finalizar la tarea. Mordió su hueso, intentó demorar el proceso, torturándola ante la cercanía de su sexo, pero eso era demasiado hasta para ella. Asami gemía a más no poder, sus ojos la miraban deseosa, su boca entreabierta se tornaba enloquecedora. No podía concentrarse, no cuando sentía la esencia de Asami tan fuerte y cerca de ella.
- Korra… por favor, tómame – dijo entre jadeos, moviendo su cintura, para aumentar el contacto y mitigar su hambre.
Y todo se fue a la mierda.
Korra terminó de quitar la prenda que había bajado a medias por las piernas de Asami, y bajó hasta posicionar su rostro de nuevo entre ellas, pero ahora, por primera vez observaba aquella última flor escondida. Ahí estaba, apetitosa, lubricada, enrojecida, hinchada y demandante. La garganta de Korra ardía ante el deseo, una nueva sensación ya que esta sería su primera vez degustando a una mujer, y vaya que mujer tenía ante ella. Pero no quería ir tan apurada.
Besó la cara interna de sus muslos, provocando que Asami protestara moviendo sus caderas. Si, si sabía lo que ella quería, pero quería aumentar la agonía. Ella también estaba sufriendo ante la espera.
Lamió y degustó aquel liquido impregnado en su piel, pero no supo a quién pertenecía, ella también había contribuido. Con sus dientes marcó un camino hasta su centro, hasta que su nariz sintió el aroma propio de Asami. Su pecho se convirtió en agua, agua que bajó hasta su estómago y fue liberado en sus piernas. Su boca salivó, a la espera de probar aquel néctar. Y no demoró.
Caliente, espeso, dulce y salado, parecía desbordarse de su boca. Su lengua masajeó aquel nódulo de igual manera como sabía que Asami lo hacía consigo, lo apretó entre sus labios, acariciándolo apenas con la punta de la lengua. La Princesa arqueaba sus caderas sin importarle los gritos de placer que ella daba, indicándole a Korra que estaba haciéndolo realmente bien a pesar de ser su primera vez.
Podía sentir como este crecía y se contraía bajo sus labios y no pudo resistir a morderlo ligeramente, enviando un leve dolor y placer por todo el cuerpo de Asami, que solo supo responder desbordando más de su dulce jugo. Korra estaba extasiada, no esperaba sentir aquello, ni provocar tanto placer en Asami. Pronto ingresó su lengua hasta aquella cavidad, metiendo solo la punta, captando el calor y la contracción de sus paredes internas. Solo eso necesitaba saber, ahora sin detenerse la deslizó lo más que pudo en su interior, hasta que la base de su lengua dolió. La movió internamente por aquellas calientes paredes llevándolas a ambas hacia nuevos niveles de excitación, lo hizo hasta que su mandíbula agotó exhausta, llenándose de más fluidos de ella. Ella necesitaba liberarse, y no era la única.
Salió de sus piernas, limpiando su rostro con la manga de su blusa. A continuación, se recostó sobre su abdomen, quedando cara a cara, apoyándose en su codo izquierdo, y la otra mano la fue a depositar a puertas de la entrada de Asami, y con dos dedos la penetró.
Ingresó lentamente en ella, descubriendo su extensión, sintiendo como sus paredes se adherían deseosas a sus dedos. Al final sintió un nódulo, lo acarició tiernamente con las yemas de sus dedos, haciendo gritar a Asami quien respondió clavando los dedos de su única mano libre en la espalda de Korra. Había encontrado un punto sensible, uno que no estaba tatuado. Su trabajo continuaba, a pesar de que este no podía verlo.
Sus dedos exploraron su interior, con cada embestida recorría otro trecho, danzando entre aquel calor, fundiéndose con el cuerpo de su amada Princesa. Pronto encontró lo que buscaba, justo arriba, cuando arqueó los dedos dio con una parte aún más suave, difícil de describir. Asami abrió sorprendida los ojos y dirigió su rostro hacia el techo. Korra supo que era el punto correcto, así que solo quedaba estimularlo.
Entró y salió numerosas veces, siempre con los dedos arqueados, ganándose más rasguños por en espalda. Marcas de guerra, de la vez que conquistó a un gigante, a su princesa encantada.
- Korra… suéltame – le pidió débilmente. Ella aceptó.
Estaba cerca, eso lo delató.
Asami se afirmó con ambas manos de su cintura, estrechándola casi con fuerza. Korra descendió un poco más su torso para besarla, sin dejar de hacer lo suyo. De pronto sintió una de las manos descender por su abdomen, mientras abría más sus piernas para permitirle a Korra hacer lo mismo. Así lo hizo, permitiéndole la entrada a Asami, disfrutando la plenitud.
Ahí estaban, ambas dándose mutuo placer, conociendo exactamente cuáles eran sus puntos débiles al deseo, tensando sus músculos ante cada entrada y salida, sin dejar de gemir en sus bocas, hasta que Korra sintió el cuerpo de Asami tensarse más de lo normal. La mano de esta comenzó a trabajar más rápido. No quería venirse sola, quería hacerlo con ella. Y en un paroxismo de placer que las liberó de aquella tortura física ambas cayeron desplomadas a las húmedas sabanas, exhaustas, sintiendo sus agitados pechos.
Korra apoyó su rostro en la frente acalorada de Asami, mirándola sonriente a los ojos, mientras una gota de sudor corría por su sien.
- Te amo, Princesa – le confesó, provocando que los ojos esmeraldas de Asami se dilataran
- ¿Qué?
- Te amo. Esa es mi respuesta. Pero no lo hago como un vasallo, lo hago como una mujer a quién has cautivado. En verdad te amo Asami.
- Oh Korra – murmuró, escondiendo su rostro en su cuello, abrazándola con fuerza.
Korra esperó unos momentos, pero Asami parecía no querer salir de ahí. Se estaba inquietando, quizás si era lo que había dicho Azula, y una ola de terror bajó por su columna.
- ¿Asami? – le preguntó preocupada, sintiendo como esta se estremecía bajo su peso - ¿estás bien? – esta asintió, aún escondida - ¿entonces por qué no sales? ¿Qué tienes?... Tú… ¿tú no me amas?
Fue cuando Asami salió preocupada, dándole la mirada, sorprendiendo a Korra. Sus ojos estaban brillosos y enrojecidos, y su rostro estaba surcado por lágrimas. Korra se alarmó.
- Asami…
- No… Korra – dijo limpiando su rostro -, no me malinterpretes. Solo es que… estoy muy feliz – dijo mientras nuevas lágrimas brotaban de sus ojos –. Tu sabes que yo también te amo, de la misma manera.
Ante esto Korra se alegró, acompañando sus lágrimas con las suyas. Ella tenía razón ¡la tenía! ¡Asami no la amaba como vasalla, solamente, sino que de la misma enfermiza manera!
Ya lo sabían. Y disfrutaron toda la noche acariciando sus rostros, besándose, sintiendo este nuevo y prohibido sentimiento que había nacido entre ellas, interponiéndose con la relación ama-vasalla que debían tener. Eso no era impedimento, así lo harían a los demás, pero en secreto seguirían con eso. No había problema.
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Los siguientes días, que en realidad fueron pocos, pasaron tan rápidamente para Korra como los anteriores, pero ahora ella estaba más feliz que nunca. La tarde siguiente a su encuentro Asami la había mandado a llamar para decirle que se había ganado la aprobación de su madre, diciendo que no las molestaría más con su instrucción. Si, con la secreta instrucción.
La mañana siguiente a esa, solo llevaba una hora de descanso después de ser limpiada por Katara en la sala de vasallos, luego de otra extensa noche de "instrucción" de Asami cuando Azula se presentó a buscarla.
- No es que yo lo apruebe del todo - dijo Lady Azula mientras obligaba a Korra a salir al jardín - pero su majestad tiene que mostrarles, a todos los vasallos, a aquellas pobres criaturas que son enviadas al pueblo.
El pueblo. Korra intentó esconder su curiosidad hasta que finalmente llegaron al jardín cercado lleno de árboles florecientes de cortas ramas. En un banco de piedra, Korra observó a la Princesa, y junto a él un guapo y joven lord conversaba animadamente con ella.
- Es lord Chow - le confió Lady Azula en voz baja -. Hoy se siente bastante desgraciado a causa de que su preciosa y desobediente princesa Opal. Tú la conoces Korra, ella se ha portado realmente muy mal.
Korra tomó nota de su presencia, de su fuerte cuerpo y su pelo negro, hasta el éste posó su mirada en ella durante un único segundo, reconociéndola, permitiendo a Asami conocer su presencia y se volteó a observarla y a sonreírle solo a ella, liberando mariposas en su estómago.
- Sientes demasiado amor por ella, al igual que me sucede a mí con la princesa que ves ante ti – dijo volviéndose seria, apuntando a Korra -. Debes reprimir tu amor como yo debo dominar el mío. Créeme, te entiendo, pero no puedo apoyarte, ya que ella es incorregible - refiriéndose a Opal.
- Pero el pueblo... - murmuró el joven lord.
- Debe ir ¡y será lo mejor para ella! - intervino Azula
- Oh, pero pasará todo el verano allá... debo preguntarte - comentó tembloroso lord Chow - ¿enviarías a la princesa Korra al pueblo si estuviese convencida de que se lo merecía?
Asami observó con seriedad los ojos de Korra y esta supo su destino si osaba contrariarla, aunque era improbable, ya que estaba loca de amor por ella.
- Por supuesto que lo haría - contestó finalmente la Princesa, aunque en ese momento su voz no sonaba muy convincente.
- ¡Oh, pero no puedes! - protestó Lady Azula
- No se lo merece, así que no importa - dijo zanjando el tema -. Además, estamos hablando de la princesa Opal, y lo cierto es que ella, pese a todos los tratos y castigos que ha recibido, continúa siendo testaruda con todo el mundo. Necesita los rigores del pueblo al igual que el príncipe Mako necesitó ir a la cocina para aprender humildad.
Lord Chow estaba profundamente preocupado y pareció que las palabras rigor y humildad desgarraban sus entrañas. Se levantó y rogó a la Princesa que lo acompañara y reflexionara.
- Se van mañana. Ya hace bastante calor y los lugareños han empezado a prepararse para la subasta. La he enviado al patio de los prisioneros para que esperara allí.
- Ven, Korra - dijo Asami levantándose -. Será bueno que veas esto y puedas entenderlo.
Korra se sentía intrigada y les siguió con interés. Pero la frialdad y severidad de Asami la inquietaron. Era un acto, debían mantener la relación ama-vasalla frente a los demás, ella lo sabía, pero no podía evitar que eso punzara su corazón. Intentó permanecer cerca de Lady Azula mientras emprendían el camino que salía de los jardines, pasaban junto a la cocina y los establos, y, finalmente, llegaba a un simple y polvoriento patio en el que vio un gran carro, sin caballo, que se sostenía sobre cuatro ruedas apoyado contra los muros que rodeaban en castillo.
Allí había soldados rasos y criados y, aterrorizada observó un pequeño corral con una valla formada por toscas estacas, en el que un puñado de príncipes y princesas se hallaban de pie, con las manos atadas tras su espalda mientras circulaban en grupo, como si caminar fuera menos agotador que permanecer de pie durante horas.
Un soldado raso con una gruesa correa de cuero soltó en aquel instante un latigazo desde el otro lado de la cerca gritándole a una princesa que corría hacia el centro del grupo para buscar cobijo. A Korra le indignó ver que ese soldado abusara de ellos, no obstante, no podía apartar la mirada de los vasallos que retrocedían del cercado y eran atormentados, desde el otro lado, por otro muchacho más grande y malvado que los azotaba con más fuerza y peores intenciones.
En aquel instante los soldados vieron a la Princesa y le rindieron honores, poniéndose rápidamente en posiciones firmes. Los vasallos también vieron acercarse al pequeño grupo, y comenzaron a oírse gemidos y quejidos de aquellos quienes, pese a sus mordazas, se esforzaron en hacer oír sus súplicas. Sus gritos amortiguados sonaban como un coro de lamentos.
La mirada de Asami era fría y distante, pero a lord Chow se le veía tembloroso. Korra reparó en que miraba fijamente a una princesa digna que no gemía ni se inclinaba, en ningún modo suplicaba clemencia. Era Opal, serena como la había visto en el sur, pero con la llama viva de rebelión en sus ojos.
De repente lord Chow se volvió de espaldas, como si no fuera capaz de dominarse.
- No seas tan sentimental. Se merece pasar un tiempo en el pueblo - dijo la Princesa con frialdad.
Ahí estaba de nuevo su distancia. Korra se estremeció al escuchar tan frías palabras y de inmediato supo que lo decía por Kuvira.
- Korra - la llamó - observa a estos desdichados. Van al pueblo de la reina, que es el más grande y próspero de la nación del fuego. Acoge a las familias de todos los que sirven aquí, los artesanos que elaboran nuestras mantelerías, nuestros muebles, los que nos suministran de vino, comida, leche. Allí está la lechería, y crían las aves de corral en sus pequeñas grajas. También se encuentra todo lo que en cualquier lugar constituye una ciudad.
Korra observaba fijamente a los príncipes y princesas cautivas que, aunque no suplicaban con sus gemidos y gritos, todavía se inclinaban ante Asami cuya indiferencia hacia ellos era palpable.
- Es quizás el pueblo más bonito de la nación, aunque no es una ciudad. Debe mantenerse oculto - continuó la Princesa -, con un alcalde severo, y muchas posadas y tabernas que son las favoritas de los soldados. Pero también disfruta de un privilegio especial que no se concede a todos, y éste es el de comprar, en subastas que se celebran durante los meses cálidos de verano, a aquellos vasallos que necesitan de un horrible castigo. Cualquiera de allí puede adquirir a uno de ellos si dispone de suficientes yuanes para hacerlo.
- Es un vasallaje horrible - continuó Lady Azula -. La subasta en sí tiene lugar cuando los vasallos llegan al pueblo. Puedes imaginarte perfectamente que hasta los mendigos y los patanes habituales están allí para presenciarlo. Como no, todo el pueblo declara una jornada festiva. Y cada amo se lleva a su pobre vasallo no solo para degradarlo y castigarlo, sino para realizar penosos trabajos.
Korra reconoció el doble sentido de las palabras, le estaba recordando por lo que había pasado su antigua impuesta vasalla. Poniendo directamente su dedo sobre la herida.
- Pero pese a toda la brutalidad y crueldad - añadió Asami, intentando ignorar las palabras de Azula - es un castigo sublime. Pocos vasallos pueden aprender durante un año de castigos lo que asimilan durante el verano en el pueblo. Además, naturalmente, no se les puede lastimar, al igual que sucede aquí en el castillo. Se aplican las mismas normas estrictas: ni cortes, ni quemaduras, ni lesiones serias. Asimismo, cada semana los reúnen en una sala para vasallos donde los bañan y les aplican ungüentos. Así que, a su regreso al castillo no son sólo más dulces o dóciles, sino que han vuelto a nacer con una fuerza y belleza incomparables.
- Aunque hay de algunos que no vuelven - agregó Azula.
- Pero ¿enviarías allí a tu propia vasalla? ¿a Korra? - apeló de nuevo lord Chow a Asami - ¡No quiero que ella vaya! - murmuró - aunque he condenado su actitud incluso ante la reina.
- Entonces no tienes elección; y sí, enviaría a Korra si es que tuviera que castigarla severamente.
Asami dio la espalda a los vasallos casi con desprecio. Pero Korra siguió observándolos, advirtiendo que Opal se abría camino entre el grupo de cautivos. Llegó hasta el cercado y de ahí no se movió.
- Oh, apela a ti - suspiró Lady Azula e, inmediatamente lord Chow se volvió y los dos jóvenes se encontraron cara a cara.
Korra observó, como si estuviera sumida en un trance, a la princesa Opal, que en ese momento se arrodillaba con gran lentitud y elegancia y besaba el suelo ante su amo.
- Es demasiado tarde - dijo Asami -. Este pequeño gesto de afecto y humildad no cuentan para nada.
Opal se levantó y permaneció con la mirada baja haciendo gala de una paciencia extraordinaria. Lord Chow se adelantó y estirándose por encima del cercado la abrazó apresuradamente. Apretó a la princesa Opal contra su pecho y la besó por toda la cara y el pelo. La princesa cautiva, con las manos ligadas a su espalda, le devolvía serenamente los besos.
Asami estaba furiosa. Lady Azula se reía y apartó ante una severa mirada de la Princesa al lord diciéndole que debían alejarse de esas desgraciadas criaturas que al día siguiente estarían en la ciudad.
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Más tarde, Korra estaba echada en su cama y todavía era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera el pequeño grupo de príncipes cautivos que había visto en el patio para prisioneros.
No pudo dormir. Un nuevo y extraño terror la invadió.
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Casi había amanecido cuando la obligaron a despertarse. Lord Iroh chasqueó los dedos para que los pajes la levantaran y fue ahí donde sintió el azote de su correa.
- ¡Princesa consentida y despreciable! - masculló sonriendo entre dientes, pero ella estaba demasiado confundida para entender. Soltó un gritito cuando sintió los golpes furiosos del noble, pero se asombró de que los pajes la amordazaran y le ligaran las manos bruscamente detrás de la espalda.
¿Qué está pasando?
- ¡Oh Korra, Korra! - le llegó la voz de Lady Azula que lloraba a su lado -. ¿Por qué lo hiciste? Oh dios... era una broma y tú habías sido tan buena y fuerte, querida mía...
- Consentida, arrogante - decía Lord Iroh otra vez mientras la conducía a la entrada cuya puerta estaba abierta. Korra podía ver el cielo de la mañana por encima de las copas de los árboles -. Lo hiciste deliberadamente - le susurró al oído mientras la fustigaba para que se moviera por el sendero del jardín -. Pero no puedes escapar de mí. Te arrepentirás de esto y llorarás con amargura y nadie te escuchará.
- Oh Korra ¿cómo voy a soportarlo? ¿Y Asami? ¡De nuevo Asami!
Las estrellas aún no habían desaparecido del cielo, pero el aire ya era cálido y agradable. Después de pasar entre las grandes puertas y el puente elevadizo del castillo, cruzaron al patio vacío de los prisioneros. Allí estaba el enorme carro de vasallos, enganchado a las enormes yeguas blancas que tirarían de él para hacer el recorrido de bajada hasta el pueblo.
Por un momento Korra supo a ciencia cierta lo que era el terror.
Los esclavos gemían mientras se apretujaban tras la barandilla. El carretero ya ocupaba su puesto en el carro que empezaba a rodear los soldados montados.
- ¡Una más! - gritó Lord Iroh al capitán de guardia. Korra oyó como los gritos de los vasallos subían de volumen.
- ¡Asami! - llamó acongojada Lady Azula, haciendo voltear a Korra cuyos ojos desbordaron inmediatamente lágrimas.
Ella se acercó a paso rápido con el rostro descompuesto, ojerosa y con sus ojos enrojecidos e hinchados. Había estado llorando, pero ahora tenía los ojos secos y la mirada endurecida. De un rápido y brusco movimiento le quitó la mordaza que le habían puesto a Korra, dañándola, pero eso no fue nada para el dolor que ya sentía en su pecho.
- ¿Es cierto? - dijo mostrando por un microsegundo el titubeo en su voz
- Asami yo no...
- ¡¿Es cierto?! - gritó cerrando los ojos, gritando y acallando a todos.
Lady Azula tapaba con su mano su rostro ante el descaro de Korra de llamarla por su nombre y por la actitud de Asami; y Iroh sonreía, destapando la verdad.
- Lo siento - susurró mientras lágrimas caían a raudales por su rostro.
- Yo... tú... - intentó decir Asami, controlando sus quejidos - dijiste que me amabas - susurró, dejando caer finalmente lágrimas.
- ¡Lo hago! ¡Por Dios que lo hago! - imploró desesperada la princesa
- ¡Haz cambiar de parecer a tu madre! ¡Dile que no es justo este castigo! - le pidió Lady Azula a la Princesa
- Ya está hecho, la reina misma la condenó a esto, y hasta el padre de Asami estuvo de acuerdo antes de abandonar el Castillo Rojo hacia la ciudad - respondió Iroh en su lugar
- Asami – la llamó Korra suplicante, acercándose hacia ella, intentado unir sus cuerpos.
- No... ¡aléjate! - le dijo alterada, y de inmediato fue apartada y contenida por Lady Azula, mientras Iroh se llevaba a Korra devuelta al carro.
- De acuerdo, princesita - rió complaciente.
Korra sintió la áspera madera debajo de los pies mientras forcejeaba por mantener el equilibrio. Se volteó destruida observando como Asami intentaba mantener la compostura, apretando los puños y los ojos mientras no podía impedir como lágrimas de amargura y tristeza abandonaban sus ojos.
Korra cerró los suyos, devastada por ser la causante de tanto dolor a su amada Princesa.
La carroza comenzó a moverse. Las grandes ruedas crujieron y los cascos de los caballos repicaron en las piedras. A su alrededor, los frenéticos vasallos daban tumbos unos contra otros. Miró ante ella y casi de inmediato vio los entristecidos ojos ámbares del príncipe Mako, que iba con dificultad hacia ella. Korra sorprendida lo observó, pero no lograba pensar en nada de tan sumida en la depresión que estaba.
- Korra, discúlpame. Lo intenté ¡créeme que lo hice!
- ¿Qué? - logró apenas articular
- Fue Iroh, él nos vio esa noche. No puede convencer a la reina de lo contrario, él se empeñó en culparnos.
Ya veo... fue Iroh
- Vamos al pueblo ¿cierto? - comentó desganada
- Korra - la llamó Mako acercándose más a su cuerpo – Tengo un hermano menor, no lo había mencionado porque contaba con que aún estuviera a salvo en nuestras tierras, pero hace poco escuché que lo habían capturado mientras escapaba de casa, al igual que yo. Lo llevarán directamente al pueblo - dijo dándole nueva información a Korra, quien apenas lograba comprender por todo lo que estaba pasando tan rápido - Korra... necesito encontrarlo. Y tú… necesitas recuperarte.
- No.… no puedo - dijo nuevamente estallando en llantos, ocultando su rostro en el pecho de Mako
- Lo sé. Pero no estás sola. Yo te encontraré Korra, encontraré a mi hermano y juntos saldremos de esto.
Korra no pensó en el futuro, ni en la gente ni en el pueblo. El carro se alejó, internándose bosque abajo, y lo único que ocupó la mente e Korra era de Asami, de su hermoso rostro confesándole que la amaba, de lo feliz que lucía, pensando que iban a estar juntas; pero ahora lo último que vio de ella fue su dolida mirada mientras escondía su rostro en el cuello de Lady Azula, que también lloraba por su prima, por su querida Princesa y por la mala suerte que había tenido.
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~FIN~
Creo que nunca había tardado tanto tiempo en escribir un capítulo, y nunca había disfrutado tanto haciéndolo. Es el fin, queridos lectores. No me lapiden ni juzguen, la historia es así y yo solo no hice otra cosa más que adornarla con bonitas confesiones, palabras de amor y escenas sucias. Es lo que Korra debía sufrir, el Pueblo estaba escrito y tatuado en su piel y es por lo que ahora le toca pasar.
Obvié nuevamente la historia de Kuvira. No es necesario que nadie explique lo que le sucedió, ella misma se encargará de hacerlo en la segunda parte de la historia.
Si, fue un final triste, pero en sí el capítulo tuvo muchas cosas. ¿Querían a una Korra explosiva y dominante? Pues ahí tienen, y hasta a Asami le encantó. El juego de los tatuajes se me ocurrió allá en el capítulo 2 de la historia, donde Asami mostró por casualidad uno de ellos mientras se quitaba la prenda que Korra usaría por toda la historia (Dobby es libre! hahaha, no acá), y luego lo completé en el capítulo 6. Si, mi gran y olvidadiza mente olvidó tatuar en ese cap. las flores en el cuerpo de Asami mientras era desvestida por Korra, pero hace algún tiempo lo modifiqué, así que si ahora van a ése juego encontrarán alguna de las flores púrpuras de la Princesa.
¡Y fue Iroh! Felicidades a los que adivinaron en quién había descubierto la sucia juerga entre Korra y Mako. Aquel personaje es imprescindible en la continuación, el malo siempre debe estar, jojojo.
Ahora con respecto a la continuación no sé cuando la haré. Tengo muchos otros planes en mi cabeza (hasta una historia contenido "T" que tengo lista para escribir, si, no seré yo misma) y como siempre llorona muñeca no me acompaña, así que descansaré un tiempo, pero no se aflijan, no puedo permanecer quieta mucho tiempo sin hacer nada.
Así que, gracias a todos por leer y seguir esta historia. Espero hayan aprendido algún par de cosas que puedan practicar con sus parejas (hablo de palabras de amor, claramente. Hahahaha) o si no por lo menos haber entretenido sus mentes sexys (hahahaha, dios, esa frase cambió mi vida). Pronto nos volveremos a ver. Les deseo suerte en sus cosas, y de nuevo gracias por la recepción.
Ahora, agradeciendo a las personas que me alentaron, y recordaron cosas. A ustedes les enviaré un vasallo como modo especial de agradecimiento:
Tc99: No fuí cruel, a ellas las amo, pero tienen que pasar por todo esto. Por lo menos tuvieron un momento feliz. Lo que sucederá ahora es lo que debes relacionarlo con lo que padeció Mako en la cocina, pero intentaré suavizarlo un poco. kykyo-chan: Hahahahah, era un poke-Iroh salvaje que había aparecido entre los matorrales. El titulo "castigo" se puede interpretar como el que recibió (y que disfrutó) Asami por parte de Korra o el Pueblo mismo. Hmm... pensándolo bien fue el Pueblo, no se puede llamar castigo a lo que sucedió en la habitación de la Princesa, o sino con gusto dejaría que me castigaran así. TENSHINOKIRA: No sé que es peor, odiar o aborrecer, pobre Makario, aunque bueno, en la historia es un imbécil como pareja, pero como amigui debe ser lindi hahaha. Si, este es el último capítulo. Muchas cosas quedan en el tintero, con Opal, Mako, Korra, Asami, Kuvira y ahora Bolin (chucha, ¡con todos quedó algo pendiente!) pero para eso es la continuación jojojo. Ruha: ¡Pero si así es el amor! Pelearse de la nada y por todo, que relación más sana y hermosa te has perdido. Hahahah. Nah, pero si, makorra jamás, solo como amigo. Korra es de Asami y nadie me puede decir lo contrario. Erraste, Azula nunca quiso perjudicar a Korra, solo la quería molestar. Ella también la amaba (a su loca manera). Iroh es el culpable. Como sufriré cuando lapiden a este personaje, pero era necesario. Y si, ardió troya, pero entre las piernas de Asami, wahahaha. Tenshi Hikari: ¡Tú eres quien cambió mi vida con aquella frase! hahaha, gracias. ¿Ya sabes quién tendrá poder sobre Mako? jojojo, me gustaría saberlo. Azulalovers ¿cómo osaste desconfiar de ella? ella no es mala, solo la dibujaron así. Ahora acompañará y apapachará a Asami con su dolor. Silvia Godoy: ¿Estoy leyendo una yaoísta? hahaha, yo no lo soy, pero no me contendré en escribir de ello si es necesario, satisfaciendo tus gustos. Quizás fuí cruel con el final, pero era necesario. Ahora tu tarea será más enriquecedora si esperas la segunda parte, eso si es educativo. DjPuMa13g: Wahahahaha "tómame mi rey" me imaginé a tí diciéndole. Como todas parecen odiarlo con gusto te lo enviaría para que le entregues amor. Después me lo devuelves, mira que le falta mucho por aprender y padecer. Ah chucha... ¿o quieres a Yasuko?... ¡¿y a Asami?!. Insaciable. El mal de la lagartija: la madre y la hija hahaha. Hmm, veo que te has preguntado sobre lo que tiene que lograr Korra ¡muy bien! eso significa que sí prestas atención. Korra tiene sentir todo sin rechazo, si siente miedo, que lo disfrute, si siente dolor, que lo haga saber, si siente vergüenza que se pierda en ella. Ella tiene que lograr ser un títere de sus sentimientos, sin negar nada, y cuando ella lo haga encontrará la ansiada libertad del crecimiento interno. Nada le parecerá demasiado difícil o vergonzoso, eso es lo que logran allí para salir con "mas sabiduría y belleza". Te dí una pista de lo que viene a continuación, pero eso no quiere decir que Korra lo encontrará tan fácilmente, o que Mako ya lo hizo. No, él se fue al otro extremo: no lo siente pero los acepta. No no no... a ese chiquillo le falta mucho. Espero haber satisfacido la escena de "castigo" entre Asami y Korra. Yo me divertí mucho. Y no sabes cómo me reía al imaginar la escena de Hiroshi, hahaha. catching RE: No me gusta el Kuv-*inserte aquí tanto a Korra como Asami* No, ella solo atormentará y será una buena amiga (o enemiga) pero jamás una pareja. Sexo para el estrés, dicen que es bueno, pero tienes que elegir bien tu pareja, no como Korra. Ahí la embarró y mira el castigo que recibió. yohennysiso: Esta bien, me gustó saber que vas comparando la historia con el libro, aunque mi mandíbula casi se desencajó aquella vez cuando mencionaste las rosas, hahaha. ¿Tu peor miedo realidad te referías al pueblo? Pero si sabías que sucedería, pero no debes entristecerte, tengo sorpresas para la siguiente parte. Isabel Guzman: Ahora ya sabes que no estará en el castillo, pero si Korra no logra dar ese giro sufrirá mucho en el Pueblo. Oh que sucia, prefieres que haya puro sexo y castigos, sin drama... ¿que sería la vida sin drama? condimenta el encuentro sexual, como en este capitulo hahaha. El Pueblo está lleno de castigos, ahí tu mente se regodeara encantada en ellos. Shizuma94: Nopes ¿por qué culpan a Azula ;O;? y oh, eso para mi fue lo mejor, que Mako fuera doblegado por Iroh, aunque poco sabemos de la parada que tiene este malvado personaje. Hahahaha, tuviste una epifanía de ideas en tu comentario, y creo que las respondí en el capitulo. Hahaha, gracias, me halagas pero en realidad sólo tomé la idea de la historia de Anne Rice, ella es mi genio supremo, ella es la culpable de mi comportamiento. HanelBlumaTanu: Ñee... Kuvira apareció, pero ella contará su propio castigo. Te aseguro que se encontrará con alguien y ahí se destaparan todas tus dudas. Debes ser paciente jojojo. Guest: Último capítulo. Ahora tienes que esperar la segunda parte~
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Nos vemos más tarde~
