10- Solo es… ¿sexo?

8 de Diciembre

Noah tosía tumbada en la cama. Ahora que su madre no estaba, había aprovechado para destaparse, tenía calor. Estiró el brazo hasta llegar al vaso de leche de la mesita de noche y bebió un sorbo. Se separó de él haciendo una mueca de asco y lo volvió a dejar en su sitio. Soltó un bufido.

Era leche con miel y, después de las verduras, lo que más odiaba era la miel.

Silvia, por su parte, hablaba por teléfono sentada en el salón.

-Pero estáis bien, ¿verdad?-Preguntó preocupada.

-Que sí tita, que sí.

-Es que no veo que sea seguro un chalet alejado de todo el mundo, Sara.

-Si no fuera seguro no habría decidido celebrar año nuevo aquí ¿no? ¡Deja de preocuparte!-Exclamó con alegría-. Vendrás, ¿verdad?

-Claro que iré. Si no lo hago, Noah me mata.

-A todo esto, ¿cómo está?

-Mejor, la fiebre le está bajando. Ahora iré a verla, seguramente se habrá vuelto a destapar y no se habrá bebido la leche con miel.

Sara soltó una carcajada.

-¡Pobrecita! ¿Cuántos días lleva ya enferma? ¿Dos? ¿Tres?

-¡Cinco! Y lo peor es que, como salga igual que Pepa, aunque se le cure el resfriado, seguirá con las secuelas como mocos o tos durante meses y meses. Y en Pepa no importa tanto, es fuerte, pero ella…

-Claro, el principio de asma. ¿Os ha dicho algo más el médico?

Silvia suspiró.

-Sí. Dice que como siga así, en menos de un año empezará con los problemas al jugar y al hacer deporte. Si fuera más tranquila…

-Pedirle a Noah que sea tranquila es como pedirle a Lucas que suelte su Mágnum.

Las dos rieron.

-Pues por lo menos Lucas no está enfermo. A Pepa parece que Noah le ha pegado el resfriado y también anda con dolores de cabeza y vómitos.

-Anda que… Pues nada, te llamaba para tener un poco de contacto con el mundo exterior. Y hablando del mundo exterior ¿qué sabes de los demás? ¿Y David? Hace mucho que no me cuentan nada de él.

-Porque apenas lo hemos visto este mes. Esta muy ocupado con el nuevo caso y no deja de ir de aquí para allá-Silvia suspiró sonoramente y miró hacia la ventana-. La verdad, mejor para mí. Desde lo del hotel me da vergüenza mirarle.

Sara, al otro lado del teléfono, hizo un ruidito con la boca, extrañada.

-¿Qué pasó en el hotel?

-Ya te contaré, es una historia muy larga. Digamos que fue la gota que colmó el vasito de nuestro divorcio.

-¿Y por qué no me lo has contado?

-Pues porque no me apetecía recordar ese día, la verdad. Ahora que el tiempo ha hecho su trabajo pues…

-…Pues puedes babear detrás de Pepa sin que te sientas mal.

Silvia no borró su sonrisa, pero la bajó de tono.

-Sara…

-Vale, ya. Aún así… No, nada, mejor me callo.

-Sí, mejor, porque ya sé lo que vas a decir.

-¡Es que me da rabia! ¡Es veros y pensar que…!

-Sara, déjalo. Y voy a colgar, creo que Noah me llama. Un besito.

La rubia soltó un bufido de enfado al auricular.

-Vale, adiós. Y cuídalas bien. A las dos.

Silvia suspiró de nuevo y sin despedirse colgó el teléfono, lo dejó encima de la mesa y se frotó la cara. Noah no la llamaba, pero no quería volver a escuchar el discursito de su sobrina. En estos últimos días, tras la noche en el laboratorio, la tregua entre sí mismas se había saltado la norma del "solo hoy" y había pasado a ser "todos los días". Al principio, por las mañanas, la pelirroja decidía que ese día iría directa al laboratorio y no saldría de allí. Nada de pasarse por las mesas de abajo donde estaba Pepa ni la miraría, ni… nada. Pero era imposible. En cuanto entraba a comisaría se transformaba en una estúpida enamoradiza que buscaba a la morena con la mirada. Tras encontrarla, respiraba varias veces y pasaba por su lado, sabiendo que, al saludarla, hablarían un poco.

Tras la corta conversación de saludo, subía las escaleras, entraba al laboratorio, cerraba la puerta y…

-¡Gilipollas!-Se decía mentalmente-. ¡No eres una adolescente! ¡Es tu ex mujer! Estáis divorciadas, ¿qué coño haces?

Efectivamente, tras el divorcio, no se encontraba ni con el derecho de sentir algo hacia Pepa. Si habían tomado una decisión, tenían que ser lo suficientemente responsables para mantenerla.

Aún así, en el descanso, no solo había dejado de encerrarse en el laboratorio, sino que incluso, entre alguna que otra charla y coincidencia, se habían acostumbrado a tomar el café juntas.

Hablaban de cosas banales, sin importancia y, cuando querían decir algo más interesante, sacaban a Noah. La conversación con Paz fue dada por las dos y no les contó algo que no supieran. Que era muy cariñosa, que Dani era su amigo inseparable, así como Lucía, a la que solo veía en el cole; que cada día aprendía más rápido, que pronto cumpliría los cuatro años y cada vez era más independiente… Eso en cuanto a cosas buenas. La parte mala era, por supuesto, la parte de las travesuras. Una niña inquieta, llena de curiosidades, y con ganas de hacer el payaso. Aunque no quería hacer daño, le encantaba asustar a sus compañeros con historias inventadas, esconderle el estuche a alguno de su clase y, a veces, hasta corretear por la clase consiguiendo que todos los niños la imitaran y volvieran loca a la profesora.

Y bueno, en la parte mala entraban también esos momentos que, callada, miraba a un sitio fijo, pensando. Si Paz encontraba un momento para hablar con ella, siempre sacaba el mismo tema: la separación de sus madres y, cómo no, el deseo de verlas juntas de nuevo.

Por ahora así estaba el panorama. Por si fuera poco, Pepa parecía haber cogido un buen resfriado o cualquier virus típico invernal ahora que estaban en diciembre, y Silvia tenía que llamarla casi todos los días para anunciarle las nuevas novedades del caso comentadas en la sala de reuniones. No podía esquivarla, pero es que ya ni quería hacerlo. Las miradas se cruzaban continuamente, las sonrisitas se repetían y los corazones se agitaban con nerviosismo. Quizás por esto Sara estaba segura de que podrían volver a empezar. En realidad eso lo pensaba Sara y media comisaría ya que con solo mirarlas se veía la tensión unas veces y la química otras muchas; aunque claro, era su sobrina la única que era sincera respecto al tema y se lo decía a la cara.

Con estos pensamientos Silvia agitó la cabeza y se levantó del sofá. Se frotó los brazos al notar el frío y, cuando llegó a la habitación de su hija, se apoyó en el marco de la puerta con los brazos cruzados.

-Tápate.

-Es que hace calor…

-No, hace frío pero tú sientes calor. A ver…-Se sentó en la cama, le toco la frente y sonrió-. Estás sudando, eso es bueno. Te está bajando la fiebre.

La niña se frotó los ojos y se quejó un poco cuando su madre volvió a taparla. La pelirroja vio el vaso de leche con miel lleno y volvió los ojos.

-¿Te lo vas a tomar?

La pequeña negó con la cabeza enérgicamente y Silvia suspiró mientras se levantaba.

-Mami, tengo hambre.

-¿Sí?-La sonrisa de la pelirroja aumentó. Eso era buena señal-. ¿Quieres merendar? Pues como estás malita, te voy a hacer un chocolate caliente ¿te apetece?

Los ojos de la niña brillaron.

-¡Sí! ¡Sí! ¡Chocolate!

Noah estiró los brazos pidiendo un abrazo y su madre se inclinó para dárselo. La notaba con más fuerza y mucho más enérgica, por eso se le quitó la preocupación. No, ya no tenía fiebre.

-Venga, si quieres ve al salón a tomártelo mientras ves la tele.

-¡Sí! ¡Porque ya estoy bien! ¡Ya estoy bien!-Comenzó a canturrear mientras se ponía las zapatillas y la bata. Hacía mucho frío por esas fechas-. Le, le, le, ¡ya estoy bien!

Silvia rió y se encaminó a la cocina. Antes de ir al salón, la niña la siguió pegando saltitos. La verdad es que desde el almuerzo se había empezado a sentir mejor y ahora solo le dolía un poco la cabeza. La tos era normal en ella y los vómitos ya no habían vuelto a aparecer desde anoche.

-A ver si mamá tiene la misma suerte y se cura tan pronto.

-¿Mamá está malita?

-Sí, como tú.

-¿Muy, muy, muy, muy, muy malita? ¿Hay que llamar a una amulacia?

-Jajaja, no, no hay que llamar a la ambulancia.

La taza de chocolate ya estaba más que caliente y Silvia la llevó al salón con su hija siguiéndola, como siempre. La pequeña se sentó a su lado y metió un dedo en el chocolate, sin importar que quemara y chupándoselo después. Su madre le dijo que no lo volviera a hacer y luego vio como cogía la taza y le daba sorbos. Estaba ardiendo pero le gustaba tanto el chocolate que no podía esperar, y la pelirroja lo sabía. En eso era como su madre.

-¿Y por qué no vamos a cuidarla?-Dijo Noah de pronto.

-Porque se te puede pegar y otra vez tendrías fiebre, y no podrías levantarte de la cama.

La niña la miró con cara de asombro y negó con la cabeza.

-Entonces no. Pero yo tengo suerte porque me cuidas tú. Ella no te tiene a ti.

Silvia la miró.

"Ya empezamos"-Pensó.

-Ella ya es mayor, sabe cuidarse solita.

-Ya… Pero las personas mayores no lloran y vosotras lloráis, así que también las personas mayores quieren que las cuiden ¿no?

La pelirroja se acomodó en el sofá y se giró dispuesta a hablar seriamente con su hija. No quería hacerlo por miedo a herirla y sobretodo le asustaba el pensar que la estaba obligando a entender demasiadas cosas, pero era necesario hacerle entender que sus madres ya no volverían a estar juntas.

-A ver, mi amor, tú sabes que mamá y yo ya no somos novias ¿verdad?-Noah no la miraba. Se pasaba la lengua por los labios y miraba sus piernas, las cuales movía sin ningún ritmo determinado-. ¿Lo sabes?-La niña asintió aún sin mirarla-. Pues también tienes que comprender que si es así, siempre será así.

-Siempre ibais a estar juntas-Dijo ella mirándola por primera vez-. Y era mentira. Esto también puede serlo.

Silvia tragó saliva. Aquella conversación le estaba haciendo daño y tuvo que respirar profundamente para tranquilizarse. Le quitó la taza de las manos a su hija y la cogió en brazos para sentarla en sus rodillas. Le dio un beso en la frente y empezó a acariciarle el pelo negro carbón.

-Mi vida, mamá y yo también lo pasamos mal con esto. ¿Te acuerdas como lloraba yo por las noches cuando nos separamos?-Noah asintió-. Eso es porque cuando pasa algo muy triste, se te hace una pupita aquí, en el corazón-Dio un pellizquito en el pecho de la pequeña y esta sonrió por las cosquillas-. Y como tú dices, duele. Pero… El tiempo ayuda a curar esa pupa y mamá y yo pues ya la tenemos curada.

Silvia sonrió cuando dijo esto y expandió los brazos, mostrando lo simple que era. Antes esta expresión, Noah la miró pensativa y le miró el pecho.

-¿Y ya no te duele?

-No. Pero mira-Levantó el pantalón del pijama de su hija y le señaló una señal en la rodilla-. Las pupas, si son grandes, cuando se curan, se queda una señal para que te acuerdes de ellas. Se llama cicatriz, y es como si tuviéramos una en el pecho, por eso a veces nos acordamos de ellas y nos ponemos tristes.

Noah pareció pensarlo de nuevo y de pasó su pequeño dedo por la cicatriz. No se acordaba cuando se la había hecho, aunque era normal después de tantas caídas por culpa de los juegos y las carreras.

-Mami…-La llamó-. Yo no quiero que te acuerdes de la pupa. Ni tú, ni mamá.

Silvia sonrió y abrazó a su hija con más fuerza.

-¿Sabes que eres una niña muy buena?

-Sí. Así los reyes me traerán muchas cosas.

-Anda, pues tú no me has dicho lo que quieres para los reyes. ¡Les tenemos que escribir una carta!

-Pues…-Noah se metió el dedo en la boca, pensando. Ya no sabía si era buena la idea de nombrar la reconciliación de sus madres que tanto quería. No quería hacerle daño a Silvia, pero si no lo decía, no habría carta, y si no había carta, no ocurriría. Entonces se le ocurrió una idea mejor-¡Quiero que todos seamos felices!

Un regalo que, en su opinión, no podría fallar, ya que estaba segura de que la felicidad de su mamá Silvia, estaba unida a la felicidad de su mamá Pepa. Si pedía felicidad, es como si pidiera que volvieran juntas, y si volvían juntas, ella también era feliz. Tan solo hacía falta escribir eso, "felicidad". Bueno, eso y una bicicleta, puestos a pedir…

9 de diciembre.

Pepa, tumbada en el sofá, notaba como todo le daba vueltas. Tenía un horrible sabor de boca, un dolor de cabeza intenso y no podía dejar de tiritar. Ayer la había llamado Silvia para decirle que a Noah ya se le había pasado el resfriado por lo que sabía que ahora estaría en el colegio. Eran las once de la mañana y su pequeña, después de siete días, ya estaba saltando por las calles mientras que ella no tenía fuerzas ni para cambiarse de ropa.

Escuchó como llamaban a la puerta y, sin mirar, supo quien era. Solo la pelirroja llamaba así pero le resultaba extraño que no estuviera en comisaría.

Se levantó con la manta encima de los hombros y abrió la puerta estornudando dos veces seguidas. La cara de Silvia, que tenía una sonrisa dibujada, cambió a una de impresión.

-Buf, qué mala cara tienes.

-Gracias, me animas. ¿Qué haces aquí?

-Pero mala, mala ¿eh?-Continuó la chica sin hacerle caso. Le tocó la frente-. Madre mía ¡estás ardiendo! ¿Cuánta fiebre tienes?

-No lo sé, no la he mirado-Respondió con pocas ganas. Verdaderamente se encontraba fatal-. O entras o sales, me estoy muriendo de frío y con la puerta abierta hace aún más.

Silvia enseguida pasó y cerró la puerta-¿Vas a decirme a qué has venido?

La pelirroja soltó una carcajada al ver su mal humor –que ya conocía cuando enfermaba- y se sentó en el sillón al lado del sofá en el que se sentó Pepa.

-Pues he venido a traerte una carpeta con nueva información sobre el caso y de paso ver como estabas, y bien que he hecho. Tienes ojeras y estás pálida. ¡Y no sabes ni la fiebre que tienes! Venga, ponte el termómetro.

-Pelirroja, no me rayes ¿eh? Que estoy muriéndome y no tengo ganas de nada.

-Quejica… ¿Dónde está?

-En el segundo cajón del mueble de mi habitación-Se dejó caer en el sofá y continuó tumbada. Aún debajo de las mantas, tiritaba-. Joder, qué frío.

Silvia vino con rapidez de la habitación y al verla temblar se preocupó bastante.

-Te ha atacado fuerte ¿Eh? Levanta el brazo-Tiró de él antes de que Pepa siguiera la orden y colocó el termómetro en la axila. Volvió a bajarle el brazo-. Te voy a traer las pastillas, ¿has comido algo?

Pepa negó con la cabeza.

-No me tengo en pie, no voy a ponerme a cocinar, además, no tengo hambre.

Silvia le tocó las manos para ver su temperatura. Al hacerlo, notó como Pepa las apretaba y la miró a la cara. Tenía los ojos cerrados y no quiso esperar a que los abriera para no sentir lo que no debía sentir, así que la soltó con rapidez.

-Me tenías que haber llamado.

-Tenías que cuidar de Noah.

-Pues llamas a Sonia que para algo es tu vecina.

-Dani también ha estado enfermo, Sara está en el chalet y Paco está demasiado atareado con el caso, así que me las he apañado yo solita. Y por lo que más quieras, deja de hablar tan alto porque sino la cabeza me va a explotar.

Silvia negó viendo la mala cara de Pepa y se acordó de su embarazo. Lo pasó también muy mal y, aunque apenas le daba fiebre, cuando subían sus décimas, subían a lo grande. Tras coger las pastillas, el termómetro pitó y Silvia lo sacó.

-Treinta y nueve y medio, Pepa. Y yo haciéndote caso cuando me decías por teléfono que estabas bien.

-Y estoy bien…

-Ya, apenas puedes abrir los ojos y carraspeas al hablar. Tómate esto, voy a hacerte un sándwich por lo menos. No es bueno medicarse con el estómago vacío.

Pepa se tomó la pastilla y suspiró cambiando de posición. No supo muy bien cuanto tiempo había pasado ya que se había quedado un poco dormida, pero Silvia la llamó para que se tomara el sándwich, del cual se tomó la mitad y, tras discutir por esto, vomitó, por lo que media hora después tuvo que tomarse la otra mitad y, por fin, quedarse dormida.

Tres horas habían pasado cuando abrió los ojos poco a poco y notó el calorcito que se sentía bajo las mantas. Le dolía la espalda por dormir en el sofá pero no pensó en eso cuando se incorporó un poco. Pensó en el extraño olor familiar que recorría su casa.

Tras un leve mareo, se levantó del sofá y se dirigió a la cocina, donde vio a su ex mujer con el pelo recogido y moviendo lo que parecía un guiso. En cuanto la vio, miró el reloj. Las dos y diez de la tarde.

-¿Sigues aquí?

Silvia se giró sobresaltada.

-¡Qué susto me has dado! Sí, sigo aquí. Quería ver si te ponías mejor, y ya que te niegas a llamar a alguien que te ayude, pues me tendré que quedar yo.

-¿Y Noah?

-Aquí al lado, en casa de Dani. Sonia cuida de ella para que no moleste mucho por aquí. ¿Cómo estás?-La pelirroja se acercó a ella y le tocó la frente. Sonrió-. Parece que ya no tienes fiebre.

-No, ya… ya me encuentro mejor.

Se puso nerviosa al notar ese contacto. Silvia, por la diferencia de estatura, se había pegado mucho a ella para poder llegar mejor a la frente, y sus manos frías la habían estremecido.

-Estoy haciendo el guiso de pollo que tanto le gusta a Noah. Es la única manera de que coma verdura y la verdad es que es muy sano, así que he pensado que…

-En serio, no tienes por qué hacer todo esto.

-Tú habrías hecho lo mismo-Aseguró con naturalidad, encogiéndose de hombros.

-Pues… gracias.

-De nada.

Se miraron a los ojos unos segundos y apartaron la mirada instintivamente. No sabían muy bien donde dirigirse y Silvia encontró una buena vía de escape en el guiso, así que se giró para comenzar a servirlo. Pepa, por su parte, se sintió más tranquila cuando Silvia se giró y ella se quedó ahí, en el marco de la puerta, mirándola. No pudo evitar sonreír.

Hacía mucho que no la veía así, con el delantal, cocinando para ella. En casa solían turnarse y cocinaban unas veces una y otras veces otra. Pero a ella siempre le gustaba más ver cocinar a la pelirroja y notar su sabor en la comida. La disfrutaba más sabiendo que lo habían cocinado sus manos. Y mirarla cocinar era también una locura cuando estaban recién casadas.

Recordaba como, a veces, la pillaba desprevenida pelando ajos o lavando tomates y la abrazaba por detrás, metiendo las manos bajo su camiseta y, sin permiso, tocando sus pechos. Silvia siempre se giraba sonriendo y soltaba lo que estuviera haciendo. A Pepa le encantaba verla con el delantal y a veces se la ingeniaba para quitarle toda la ropa antes de quitarle aquella prenda. Solían acabar haciendo el amor en el sofá del salón y almorzando a las tantas, pero no tenían prisa ninguna.

Con este recuerdo, Pepa se pasó la lengua por los labios y suspiró dirigiéndose al salón. Se sentó en el sofá y comenzó a abanicarse con la mano.

Pepa

(*) Joder, yo que tenía frío… Pero es que está tan sexy con el delantal y… ¿En qué estoy pensando? Buf, es que llevaba más de medio año sin sexo y… Mierda, Aitor. No, pero ese no cuenta. Ni llegué al orgasmo ni me sentí bien después, así que eso no sirve. Es con ella, coño. Mira que hay mujeres en el mundo, pues no, yo me pongo con mi ex mujer.

La vi llegar con dos platos que humeaban y noté que mi estómago se quejaba. Tenía hambre, eso era bueno. Encendí la tele por hacer algo y vi a mi ex mujer tomar la primera cucharada de su plato. El invierno le daba un aspecto precioso. Tenía las mejillas sonrosadas y el pelo parecía más pelirrojo, brillaba más. Desde que me acosté con Aitor me di cuenta de que olvidarla para mí era imposible y ahora que había conseguido aguantar bien como amiga, me daba cuenta de que el deseo sexual va aparte del amor. Pues vaya mierda, así de claro. No me hacía ni puta gracia tener ganas de acostarme con ella, porque si quería acostarme con ella quería besarla, y si quería besarla quería abrazarla, y si quería abrazarla, quería susurrarle al oído que la quería. Y no. No, joder, ya no. Yo me lo busqué y yo me aguanto, es lo que hay.

-Qué rico está-Dijo ella tras tomarse la primera cucharada.

Yo miré el plato. Si ella decía que estaba bueno, es que le faltaba sal. Siempre. Yo lo cocinaba todo demasiado salado porque me gustaba así, pero ella lo odiaba. Y pensándolo bien, no era lo único en lo que nos diferenciábamos. ¿Cómo pueden vivir juntas dos personas con gustos tan diferentes?

Me tomé una cucharada y, la verdad, me encantó. Soso, sí, pero tan… tan Silvia. Añoraba sus platos.

-Le falta sal-Dije segura. Ella puso los ojos en blanco y yo sonreí.

-Pues te aguantas, que la sal es muy mala para el corazón. Y no le falta sal, está buenísimo.

-Si tú lo dices…

Ella me dio un leve empujón y yo reí. Me encantaba hacerla rabiar, se ponía tan mona…

Yo le devolví el empujón y ella me lo volvió a dar. La empujé más fuerte y me miró con cara de "muy fuerte". Yo no sé como fue, pero así estábamos, jugando como dos crías, haciéndonos rabiar para disfrutar de la otra, porque aunque lo negara, a Silvia le encantaba bromear conmigo. Y el juego siempre acababa, en nuestro caso, en la cama o, como mínimo, besándonos con cariño. Pero ahora no podíamos permitir eso, estábamos divorciadas y la regla general era que deberíamos sentirnos al menos incómodas al lado de la otra, pero no, ya nos habíamos saltado esa regla. No podíamos saltarnos la regla más importante después de esa. En ningún caso y bajo ningún concepto, debíamos volver a mantener una relación.

En un último empujón exagerao' –en serio, fue exagerao', mira que es bruta cuando quiere- yo aproveché la caída para agarrarle de la manga de la camisa y tirar de ella. No pensaba ponerla encima de mí, que quede claro, pero pasó.

Después de soltar una carcajada pensé que se levantaría, pero no lo hizo. Ahí, inmóvil, me miraba a los ojos. No sonreía, la verdad es que yo tampoco. Estaba tan concentrada en observarla y admirarla, que no pude hacer más que quedarme ahí, debajo de ella sintiendo su calor. Aquel calor que hacía tantos meses que no sentía.

Estaba notando como mis mejillas ardían, así como todo mi cuerpo. Dios, cómo la deseaba… (*)

Silvia

(*) Fue una caída tonta. Tan tonta que ni supe como actuar. Me quedé pasmada, mirándola, notándola debajo de mí. Y lo peor no era eso, lo peor era que aún estando con ojeras, con cara pálida y ojos rojos, me parecía preciosa. Pero bueno, es que Pepa Miranda era Pepa Miranda, difícilmente alguien la ve fea. Pero yo… yo no podía imaginármela a mi lado, desnuda, besándome, tal y como me la había imaginado ayer, y antes de ayer, y el otro, y todos los días desde la noche en el laboratorio. Se suponía que se acabó ¿no? Pero claro, somos tan inteligentes que decidimos llevar una relación amistosa. ¡Pues vaya mierda! Mira lo que pasa con la maldita amistad, que siempre va a más.

Pero no, yo a Pepa no la quería. ¿Quién quiere a su pareja después del divorcio? Si lo dejamos fue por algo, ya estábamos cansadas, ya no había amor… Porque el hecho de que yo estuviera encima de mi ex mujer con unas ganas locas de besarla y hacerle mía allí mismo no era amor. No, para nada. Aquello era… era… ¿deseo? ¡Claro! Solo sexo. Simplemente sexo. Yo, que estaba acostumbrada a hacer el amor todas las noches con una diosa en la cama –me guste o no, tengo que reconocerlo: Pepa es una diosa en el sexo-, he pasado más de siete meses sin nada, y tengo que satisfacer mis necesidades de mujer.

¿Qué chorradas estaba diciendo? Lo que tenía que hacer era apartarme y punto, era así de fácil, así de simple. Pero es que… es que sus labios me llamaban y… Ufff, qué calor… (*)

Llamaron a la puerta. Como si se hubieran puesto de acuerdo, ambas se separaron a la vez y evitaron mirarse durante unos segundos. Pepa se levantó y se dirigió hacia la puerta, acalorada, pero esta vez no era por la fiebre.

-¡Mami!-Exclamó la niña abrazándola.

Pepa no sabía muy bien qué hacer. Se había quedado tan paralizada por culpa de aquel contacto que tenía miedo de girarse. Agradeció muchísimo la aparición de la pequeña, que había llegado de la mano de Sonia, la cual se despidió de ambas.

-¡Ah! ¡Es mamá!-Gritó de nuevo soltando a la morena y corriendo hacia la pelirroja-. ¡Hola mami! Se tiró encima del sofá y besó la mejilla de su madre. Luego miró el plato-. ¡Sopita! ¡Yo quiero!

Silvia, que miraba a su ex mujer un poco avergonzada, sonrió a su hija y le quitó el abrigo, pidiéndole después que lo dejara en la habitación.

Con la llegada de Noah había llegado también cierta comodidad y familiaridad que las reconfortaba. La pelirroja, sin decir una sola palabra más, se fue a la cocina a servirle el plato de sopa a su hija mientras que Pepa, pensaba en la suerte que habían tenido con que Noah llamase a la puerta. Aún así, sabía de sobras que se habrían separado antes de que ocurriese nada, ya que tenían bastante fuerza de voluntad. O eso pensaba.

Mientras que Pepa se esforzaba en no caer en la tentación admitiendo que la tentación era enorme, Silvia prefería auto engañarse, como había hecho siempre. Se pondría una venda en los ojos y seguiría adelante sin darse cuenta que, las vendas, solo son para los ojos, pero que el que manda es el corazón.

30 de Diciembre.

Un SEAT león negro levantó polvo al frenar en mitad de la carretera. Una carretera en bastante mal estado que todavía no estaba alquitranada. Dentro del coche Pepa miraba a todos lados sujetando el volante. Miró por el espejo retrovisor a su hija que le devolvió la mirada desde su sillita, sin sonreír, solo con una expresión inocente.

Pepa se quitó el cinturón, abrió la puerta, y salió. Echó un vistazo a su alrededor y suspiró. Solo veía aquel camino sin asfaltar, árboles a un lado y monte por el otro. Se puso las manos en las caderas y negó con la cabeza pensando que no podía estar muy lejos.

Volvió a entrar en el coche sin cerrar la puerta y sacó un mapa, el cual empezó a recorrer con el dedo índice.

-Tendría que estar aquí-Aseguró volviendo a levantar la vista.

-¿Nos hemos perdido?-Preguntó Noah moviendo los pies.

Pepa frunció el ceño. ¿Perderse? Ella nunca se perdía.

-No, no nos hemos perdido.

-¿Y dónde estamos?

-Pues… pues no sé, cariño, no sé como se llama esto.

-Entonces nos hemos perdido-Acabó la niña muy segura. Se desabrochó el cinturón y bajó de su sillita.

-Noah, ponte el cinturón que nos vamos ya.

Pero la niña no hizo caso y abrió la puerta, saliendo así del coche y comenzando a correr alrededor de él. Se paró en la derecha del camino y se colocó en cuclillas para curiosear las flores coloridas que allí había.

Pepa suspiró y rodeó el coche. Cuando llegó donde estaba su hija cruzó los brazos.

-¿Qué te he dicho? Venga, entra al coche.

-¡Qué bonitas!-Exclamó la pequeña volviendo a hacer caso omiso de su madre.

-Noah, si queremos llegar a casa de la prima Sara tenemos que irnos ya y…

-¿Se las llevamos a mami?

La expresión de paciencia de Pepa desapareció y miró las flores, pensativa. Una suave brisa helada meció los mechones de pelo de ambas morenas y la madre se encogió bajo un escalofrío.

-Vale, pero rápido, hace mucho frío.

La sonrisa de Noah creció y tiró de las flores, arrancándolas, sí, pero destrozándolas también. Pepa rió y le enseñó como debía hacerlo.

Sin querer pensaba en Silvia. Cogió las flores más bonitas pensando en su sonrisa al ver a la pequeña llegar con ellas en las manos. Se le iluminaría la cara, como siempre le pasaba cuando estaba con su hija. Adoraba esa faceta suya.

Con la cabeza en la sonrisa de la pelirroja, Noah la llamó, despertándola así de la ensoñación. Había conseguido arrancar una flor y se la mostraba con el brazo en alto.

-Una flor sujetando otra flor-Pensó al verla.

La pequeña cada vez crecía más y más rápido. En dos meses tendría cuatro años, lo entendía todo, aprendía a la velocidad de la luz y, si era posible, cada vez estaba más guapa. Sus ojos azules eran muy profundos, su carita suave repetía las facciones de Pepa, el pelo oscuro como el carbón y formando una melenita que llegaba hasta los hombros, su cuerpo delgado y moreno, también como el de su madre, hacían juego con un carácter casi perfecto. Para ella, su hija era una verdadera princesa.

En aquel momento escuchó el móvil sonar y corrió hacia el coche. En la pantallita aparecía el nombre de su sobrina.

-¿Dónde estáis?-Preguntó en cuanto la morena descolgó el móvil.

-Pues… La verdad, no lo sé.

-¡Nos hemos perdido!-Gritó Noah hacia el teléfono.

-¡Que no nos hemos perdido!-Aseguró Pepa.

Sara soltó una carcajada. Detrás de ella podían oírse voces como la de Paco o la de Silvia.

-A ver, ¿qué ves?

-Pues lo que llevo viendo todo el camino. Árboles y monte, ¿te sirve?

-De verdad, tita, más tonta y no naces ¿eh? El camino está bien señalizado.

-Eso lo dirás tú, porque no he visto un cartelito desde que empecé por las afueras de Madrid.

-A ver, céntrate. Y ten cuidado con Noah que se está empezando a alejar del coche.

Pepa frunció el ceño un tanto extrañada y buscó a la niña con la mirada, dándose cuenta de que, mirando las flores, se estaba empezando a alejar.

-¡Noah! ¡Ven aquí! Y tú, Sara, ¿cómo sabías que…?-Entonces Pepa abrió los ojos sorprendida y miró con más ímpetu a su alrededor. Escuchó un grito y miró hacia arriba. Allí, en la mitad del monte, había un chalet. No podía verse muy bien si había alguien asomado en el balcón, pero en cuanto vio un brazo agitarse, volvió a fruncir el ceño-. ¡Tendrá mala leche la jodía! ¡Y yo aquí comiéndome la cabeza!

Sara comenzó a reír y Pepa escuchó también como Silvia, Paco y Rita reían a su alrededor.

-¡Ay mi tía, que le encanta gastar bromas pero odia que se las gasten! Anda, sigue el camino que lleva por mitad del monte y llegarás seguro.

-Prepárate porque en cuanto llegue te tiro a la piscina.

-Pero si está vacía, inútil.

-Por eso mismo, a ver si te rompes un brazo o algo.

-¡Ala! ¡Papá! ¡Mira lo que me ha dicho Pepa!

Al final y tras cinco minutos más de viaje en coche, Pepa llegó al chalet. En cuanto vio el alrededor se sorprendió. Piscina, garaje, porche… Pero la sorpresa fue aún mayor al entrar. Era una casa enorme, con dos pisos, más de cuatro habitaciones, dos cuartos de baño, un salón, una cocina, una pequeña sala de estar arriba… Lucas se las había ingeniado bien comprándola. No era de extrañar que hubiese alrededor de la casa un par de compañeros de comisaría a los que Pepa saludó. Al fin y al cabo estaban siendo protegidos por el caso del primo de Lucas.

En cuanto Noah entró, fue el centro de atención los dos primeros minutos, como siempre. Paco, Sara, Povedilla, Rita, Gonzalo… Todos la saludaron con un buen beso. Aún así, y auque la niña la veía a ella más que a nadie, Noah corrió primero hacia Silvia, quien la cogió en brazos con muchas ganas.

-¡Te hemos traído un regalo!-Exclamó muy contenta.

-¿Sí?

Noah miró a Pepa quien, para que a su hija no se le estropeasen con la carrera, tenía las flores en la mano. La morena se las tendió con naturalidad pero Silvia dudó un poco antes de cogerlas. Ante esto, Pepa se puso un poco nerviosa y pronto dejó las flores en manos de su hija.

-Noah insistió en traerlas. Fue ella.

Sin saber la razón, tenía la necesidad de explicarse y, también sin saber por qué, la pelirroja se decepcionó un poco.

Aquella escena fue vista por los demás de forma bastante carismática, como si de dos crías se tratara.

-Gracias, mi vida.

Silvia

(*)Besé la mejilla de mi hija y la bajé al suelo. Salió corriendo en cuanto vio a Sabina aparecer por las escaleras. Siempre la seguía a todas partes, eran inseparables. La verdad es que al principio pensé que Sabina, al ser más mayor que Noah, no querría estar con ella, pero a falta de un hermanito supongo que era normal que se llevaran tan bien. A veces, cuando Sabina venía a casa, me extrañaba tanto silencio y, aunque no estuviera bien, me acercaba a la habitación de mi hija para saber qué estaban haciendo. Sorprendentemente, me las encontraba hablando. No las entendía mucho, para qué voy a engañar, pero el tema principal solían ser los juguetes, el colegio y, sobretodo, los padres. Esa era otra de las razones por las que ambas se entendían, y era porque, una antes y otra después, estaban viviendo lo mismo. Sabina vivía con Rita y el novio de esta, Montoya. Por lo que me había contado Rita y por lo que yo había visto, Gonzalo y Sabina se llevaban muy bien, pero la niña no lo llamaba papá ni lo haría nunca. Su padre era Jose Luis y siempre sería así.

Eso me daba qué pensar. Yo era la madre de Noah, así como Pepa, pero si ella tuviese una nueva pareja ¿no la llamaría mamá? ¿Y si fuese yo la que encontrara pareja? ¿Cuál sería la reacción de Noah? La verdad, era mejor no pensarlo.

-Bueno, ¿qué hago?-Preguntó Pepa muy dispuesta.

Sara, que estaba cerca de nosotras con una caja, se la dejó en las manos.

-Desliar luces.

La cara de mi ex mujer cambió por completo y, suplicante, negó con la cabeza.

-No me jodas, Sarita, por favor. Va, yo ayudo con el árbol, o sujetando escaleras, o pegando los papeles, pero no me hagas desliar.

-Te pasa por llegar la última. Venga, que hay mucho que hacer.

Pepa se llevó la caja al salón a regañadientes y yo reí.

Mañana sería 31 de Diciembre, nochevieja, y celebraríamos la llegada del año nuevo todos juntos en el chalet. Con todo el lío del nuevo caso, Lucas y Sara no habían tenido tiempo de decorar la casa para navidad, y ahora que celebraríamos año nuevo, requería nuestra ayuda. Todos los que estábamos allí, estábamos para ayudar a decorar, para ver la casa nueva –que a mí me pareció una maravilla- y para cocinar también. Yo, por mi parte, haría las dos cosas, y además, me quedaría allí a dormir. Últimamente el piso vacío me entristecía más de lo normal, pero es que sin Noah era ya un infierno. La niña aún estaría en casa de Pepa dos días más y yo, cuanto más entretenida estuviera, mejor. De todas formas estaba bastante preocupada por mañana, por la fiesta. Primero porque vendría David después de varias semanas exageradamente ocupado. Por Dios, que no me preguntara nada, que no me dijera nada, que no… que no intentara nada, eso sobre todo.

Después por la fiesta en sí. En los momentos festivos era cuando más notaba la falta de Pepa. El no vestirnos juntas, entre juegos, el no llegar de la mano, el no desear que se acabe la fiesta para irnos a casa y desnudarnos en la habitación… Iba resultarme muy difícil, sobretodo porque no podía quitarme la cabeza aquel día, cerca de estas fechas, en que Pepa me pidió que tuviese un hijo con ella. Con qué velocidad cambian las cosas.

-Silvia, que estás dormida-Me dijo Montoya trayéndome a la realidad.

Agité la cabeza un par de veces.

-Sí, la verdad es que estoy en todas partes menos aquí. ¿Qué pasa?

-¿Dónde pongo esto?-Preguntó enseñándome unas estrellitas de colores.

-Pregúntale a Sara o a Lucas, yo no tengo ni idea. A todo esto ¿dónde está Lucas?

-Arriba, arreglando unos cables para la iluminación.

Escuché unas fuertes carcajadas ya conocidas y miré hacia las escaleras. Lucas bajaba haciendo el ruido de un avión mientras llevaba a Noah de la cintura, como si fuese un saco de patatas. La llevaba con facilidad, como si no pesara absolutamente nada.

La dejó a mi lado y se colocó en cuclillas para mirarla mejor. Noah tosió un par de veces antes de seguir riendo. Esa maldita tos…

-Tú, bicho feo, como te vuelva a ver saltando encima de mi cama te arranco los dedos de la mano… ¡Y me los como!

Noah asintió sonriendo y cuando Lucas se giró, le sacó la lengua. El chico volvió a girarse, se acercó a pasos muy lentos y volvió a coger a mi hija en brazos. La subió en lo más alto de una mueble y la dejó ahí. En cuanto Lucas se dispuso a irse, Noah apagó su sonrisa.

-¡Primo!-Gritó, pero él no hizo caso-. ¡Primo, bájame!

Lucas finalmente volvió y la bajó, no sin antes darle un pellizquito en el brazo, por el cual Noah soltó un gritito y volvió a sacarle la lengua.

-¡Idiota!-Gritó Noah consiguiendo que yo frunciera el ceño. Mientras más mayor, más mala.

Aún así no tuve que actuar. Fue Lucas el que le dio un golpecito en la cabeza.

-¡Niña! ¡Eso no se dice!

-Pues tú lo dices.

-Porque soy mayor-Terminó, subiendo las escaleras de nuevo.

Mi hija, de impotencia, pataleó en el suelo y se cruzó de brazos.

Yo veía aquella escena con una sonrisa en los labios. Lucas insistía en que odiaba a los niños pero todos sabíamos que, aunque torpe, sería un buen padre. Con Noah siempre se comportaba igual. Le gastaba bromas pesadas, le asustaba y hasta le enseñaba palabrotas, pero luego era el primero en aceptar un abrazo de la pequeña.

-Mamá, ¿puedo ir a jugar fuera?

-Sí, pero ve con Sabina ¿eh?

-¡Sí!

Mi hija volvió a salir corriendo y yo volteé los ojos.

-No se está quieta ¿verdad?-Afirmó Gonzalo.

-No, es puro nervio. A todo esto, ¿cómo os va a vosotros? ¿No hay manera?

-Nada-Contestó un poco cabizbajo-. Lo llevamos intentando varios meses pero no se queda embarazada.

-Ten paciencia, ya verás como todo sale bien.

Me estiré de brazos y le pedí que me siguiera hasta el porche. Caí un tanto cansada en uno de los bancos y Montoya se sentó a mi lado. Yo llevaba allí desde las once de la mañana, y ya eran las cinco de la tarde. Con tal de no estar en casa habría llegado al amanecer.

-Ya ves lo que nos costó a Pepa y a mí tener a Noah, y mírala, correteando de un lado a otro.

Gonzalo miró a Sabina, que tiraba de la mano de Noah llevándola a la parte de atrás de la casa.

-A ver si es verdad, no querría que se quedara sola.

Yo también las miré. Sabina iba a tener un hermano pronto, o eso esperábamos todos. Sería una decepción para Rita no poder quedarse embarazada de nuevo.

Un hermano… ¿Tendría Noah alguna vez un hermano? La verdad, prefería que no fuera así, porque estaba segura de que Pepa y yo no íbamos a volver, y si no volvíamos y una de las dos se quedase embarazada, la criatura sería un hermanastro. Pues vaya panorama. Cuando mi hija creciese y le contara la vida alguien le contaría que tenía dos madres lesbianas, un hermanastro y que no conocía ni a su verdadero padre. Hermanastro, qué palabra tan fea. Si Pepa o yo nos quedásemos embarazadas el crío sería su hermano, sí o sí. Nada de hermanastro ni otras palabras para denominarlo.

Se me revolvió el estómago al pensar que, en algún momento, Pepa comenzaría una nueva vida, con una nueva pareja y, quizás, con hijos. También yo podría empezarla, claro, pero me era difícil imaginarme a alguien a mi lado.

-Tú estás mejor ¿verdad?-Preguntó Gonzalo volviéndome a sacar de mis pensamientos-. Digo con respecto al momento en que os divorciasteis.

-¡Ni comparación! Ahora ya puedo entrar en casa sin deprimirme y hablar con ella sin ponerme de los nervios.

Bueno… vale, era mentira. Mentira técnicamente hablando porque… A ver, sin contar este último mes, a mí me iba bien. No era mi culpa que mi cuerpo pidiera a gritos una noche de sexo desenfrenado y que, para ayudar, mi cabeza pensase solo en Pepa. Pero mi cabeza pensaba en Pepa solo por sexo ¿eh? Ni amor, ni nada. Ella lo superó y yo también, no quería sufrir más. Simplemente… simplemente una mujer tiene ciertas necesidades. Pero claro, esto último no iba a contárselo a nadie.

-¿Y a qué viene entonces que te tiemble el pulso en cuanto la ves?

Vamos a ver, ¿es que iba a sacármelo por narices? Además… ¡Yo no tiemblo! ¡Sé controlarme!

-A mí no me tiembla el pulso.

-Ya… Será a mí que me tiembla la vista. Venga Silvia, si en el fondo lo sé todo de ti. ¿No me lo vas a contar? Sé que duele, pero contárselo a alguien aliviará ese dolor.

Yo puse cara de incomprensión total.

-¿De qué dolor me estás hablando, Gonzalo?

-Pues del de quererla y no tenerla.

-¡Anda el otro! ¡Pero si yo no la quiero!

Montoya frunció el ceño.

-¿Estás en fase de negación?

-¡¿Pero qué negación?! Gonzalo, que no, que ya está, ya lo superé, es así de fácil.

-Silvia, que son más de cinco años juntas, que eso de "ya está" no puede ser.

Y venga a meter el dedo en la herida…

-Pues sí puede ser, porque a mí me ha pasado. Y si me tiembla el pulso es porque se pone esas… esas camisetas con escote y esos vaqueros pegados y… ¡Coño, que una no es de piedra! Ya me entiendes.

-No, no entiendo ¿Me estas diciendo que Pepa… qué?

Este hombre era torpe de cojones. No me extraña que Rita no se quede embarazada, si es que Montoya no tiene ni que apuntar bien.

-Gonzalo, te estoy diciendo que Pepa me… que me pone.

-¿Qué te pone? ¿Qué te pone qué?

-¡Que me pone cachonda, coño!

Su cara era de foto. Pasó por varios estados en menos de tres segundos. Sorpresa, vergüenza, burla y hasta miedo diría yo. Pero es que era para burlarse. ¿Quién va diciendo por ahí que uno u otro le pone cachondo? Yo, claro. ¡Pero es que me tenía de los nervios! Además, eso me servía de terapia. Mientras más lo decía, más me tranquilizaba saberlo ya que me aseguraba del completo olvido de Pepa.

Finalmente soltó una carcajada, negó con la cabeza y se levantó del banco.

-¿Te crees tus propias mentiras?-Me dijo sin más, entrando de nuevo en la casa.

¿Mis mentiras? ¿Qué mentiras? Ahora era yo la que no entendía nada. O no quería entender… (*)

Pepa

(*) En serio… ¿qué le he hecho yo al mundo? No, porque ya me está jodiendo eso de que me dejen la miel en los labios. Y es que, mi coche, el que nunca ha sufrido una avería, se ha averiado. Pero claro, eso no es nada, eso se puede arreglar. Lo que pasa es que me tengo que quedar a dormir en casa de mi sobrina. ¿Problema? Pues… nada, solo que mi ex mujer, con la que hace más de medio año que no vivo, con la que me tengo que controlar para no tirarme encima suya, también dormirá en casa de mi sobrina. ¡Y en la habitación de al lado!

Definitivamente alguien está jugando conmigo. Me han dicho mil veces que hay que luchar contra las tentaciones, pero joder, si las tentaciones se me pegan como las moscas no es mi problema. Pero si la veo ahora más que cuando vivíamos juntas, coño…

Bueno, tampoco iba a exagerar. Por una noche no iba a pasar nada y Noah estaba encantadísima de quedarse esa noche allí.

Tras despedirnos de todos, Silvia y Sara insistieron en hacer la cena. Noah, reventada ya a las nueve de la noche, veía la tele entre Lucas y yo. Era él quien controlaba el mando y cambiaba de canal cada dos por tres. La verdad, ni mi hija ni yo estábamos centradas en la pantalla. No sé en qué estaría pensando ella, pero tenía la vista en un punto fijo del televisor y el dedo índice metido en la boca. Cuando se ponía en aquella posición, era que estaba en su propio mundo. Yo, por mi parte, estaba absorta acariciando la cabeza de Noah, pensando en lo raro que sería todo mañana. La primera nochevieja a solas, el primer año nuevo sin sujetar la mano de Silvia. Tras las campanadas, ya no habría beso; tras la fiesta, ya no habría sexo; pero sobretodo, tras el día uno, no me esperaba un día dos junto a ella.

Extrañamente esos pensamientos rondaban por mi cabeza. No eran lujuriosos, como los últimos que había tenido. Esa noche la echaba muchísimo de menos. Me notaba más sentimental de lo habitual, con humor cambiante y un estómago totalmente revuelto.

Sabía por lo que era, por supuesto. Desde que me quedé embarazada de Noah, los nervios y las tensiones no pasaban ligeras por mi cuerpo. Cuando Noah nació, si peleaba demasiado fuerte con Silvia, acababa vomitando. El día en que me fui de casa tuve que ir al baño varias veces, y estas últimas semanas, con el acercamiento de mi ex mujer, estaba empezando a sentirme mal de nuevo. Debía relajarme si no quería acabar realmente enferma.

Y lo peor era que aquel dolor de estómago se mezclaba con la horrible presión en el pecho. ¿Tenía ganas de llorar? Suerte que Lucas estaba medio dormido y Noah seguía en su mundo, porque tuve que frotarme los ojos, que me ardían, para tranquilizarme. No quería que llegase mañana, no quería. Ver a Lucas y Sara celebrando un nuevo año que pasarían juntos de nuevo, a Rita y a Montoya que, contra todo pronóstico, eran realmente felices… Y yo sola. Peor aún, yo sola y Silvia también. La conocía, tampoco tendría ganas de que llegase mañana. Y a eso súmale la llegada de David y de Aitor. Como se me ocurriera beber mañana, me tendrían que sujetar para no darle una paliza al primero, no dejarle las cosas claras al segundo… y no abalanzarme sobre Silvia. Buf... Mañana no bebería ni de coña, porque con lo mal que me sentía no sería capaz de controlarme.

-Venga, vamos a cenar que estamos todos reventados-Dijo Sara saliendo de la cocina y empezando a poner platos en la mesa.

Yo besé la cabeza de mi hija, quien levantó la mirada un tanto dudosa. La cogí en brazos y la apreté a mí, dándole un gran abrazo. Necesitaba abrazar a alguien y mi pequeña me lo respondería de la manera más cariñosa sin preguntarme a qué venía. ¿Quién me ha visto y quién me ve? La verdad, tenía que admitir que ser madre era lo mejor que había hecho en mi vida.

Nos sentamos todos y cenamos sin mucha conversación. Yo no tenía hambre y estaba en las nubes, Silvia también parecía ausente, mi hija ya bostezaba y Lucas estaba haciéndole cosquillas a Sara bajo la mesa. Como no tuvieran una buena cama, esta noche Noah se asustaría con el sonido de los muelles. Con solo mirar a la pareja era fácil adivinar cómo acabarían.

Finalmente y con unas ganas enormes de que todo pasara, decidí irme a la cama después de cenar. Noah, que había acabado antes que nadie, ya estaba dormida en el sofá y la cogí en brazos para llevarla a la habitación donde dormiría esa noche. Esperaba que no tuviera pesadillas, porque como se despertara y se viera en una habitación nueva seguro que se asustaría.

Tras arroparle y darle un beso en la frente, entré en mi habitación, cerré la puerta, me tumbé en la cama y, después de varios meses sin hacerlo, lloré levemente. No fue un llanto largo ni profundo, era más bien de desahogo, de miedo. No me encontraba bien ese día y la echaba tanto de menos… (*)

Silvia

(*) Tras mucho mirar al techo pensando en todo, decidí levantarme. Pensar no me hacía bien. Hacía ya un par de horas que nos habíamos subido a las habitaciones, aunque Lucas y Sara se quedaron abajo. Ahora, cuarenta y cinco minutos después de que los escuchara entrar en la habitación, se escuchaba un silencio absoluto. Se lo habían pasado bien esa noche, y me alegro. Siendo sincera, ver a Sara con Aitor en mi boda, pensando que se acabaría todo con Lucas, que ya no habría nada más entre ellos… Me asustaba un poco. En el mismo día en que empezaba un matrimonio, podría romperse otro pero, contra todo pronóstico, ahí estaban los dos, felices, después de más de cinco años juntos. ¿Y nosotras? ¿Por qué nos había ido tan mal? Quizás no supimos discutir bien, como hacen ellos. Quizás la rutina nos ganó, así como el cambio de humor durante el embarazo. Quizás… quizás el amor se evaporó por culpa de una responsabilidad tan grande como era la de un hijo. El amor… ¿dónde había ido? Cada vez lo entendía menos. Yo no había notado su marcha, yo nunca me sentí vacía a su lado, en todo caso muy llena. El vaso se desbordaba entre obligaciones, mentiras, desconfianzas y agobios, por eso no pude más. Pero el amor estaba dentro del vaso. ¿O es que ya se había ido antes?

Suspiré negando con la cabeza y me levanté tapándome con la bata que me había traído. Salí poniéndome las zapatillas no sin antes echar un vistazo a ambos lados del pasillo. Todas las puertas estaban cerradas excepto la de mi hija, a la cual me acerqué. Sonreí al verla acurrucada y pensé que era la chispa que le daba luz a mi vida ahora que, sin Pepa, parecía que se había apagado.

Y es que esa noche pensaba más en mi ex mujer que de costumbre. Bueno, estas últimas semanas la había tenido más en mi cabeza, pero todo era lujuria, deseo. Hoy, por primera vez en mucho tiempo, me sentía fatal recordando todo lo que éramos y dejamos de ser.

Caminé hasta el balcón y salí abrochándome la bata. El aire estaba helado pero me gustaba aquella sensación. Apoyada en la baranda, me fijé en las numerosas luces que se veían a lo lejos, a la derecha. Ahí estaba la transitada ciudad de Madrid con su gente, sus coches y su ruido. No sabía lo que quería. Por una parte necesitaba alejarme de la ciudad, pensar en frío y volver a ser la chica de antes, la que no pensaba en Pepa, la que estaba dispuesta a buscarse una nueva vida. Por otra, pensar estaba haciendo el efecto contrario y deseaba escuchar el barullo urbano para distraerme.

De pronto escuché un ruido a mi espalda y me giré. Pepa, abrazada a una de las batas que le había dejado Sara, me miraba desde dentro de la casa, como pidiéndome permiso para salir al balcón.

Yo sonreí y ella tomó aquello como una invitación. Salió y sin decirme una palabra se apoyó también en la baranda.

-¿No puedes dormir?-Pregunté.

-No.

-Yo tampoco-Volvió a mirarme. La notaba extraña, tenía los ojos vidriosos y su expresión era triste-. ¿Te pasa algo?

Ella negó con la cabeza.

-No, ¿por qué?

-No sé, te veo rara. Tienes los ojos rojos.

-No me encuentro muy bien, me duele el estómago.

Nos dejamos de mirar. Ella miraba la ciudad que yo antes había observado y, aún queriendo evitarlo, la miré. Su pelo oscuro se movía al viento, su cara sonrosada por la brisa helada la hacía más tierna si cabía y esos ojos… Esos ojos no eran los de siempre aunque lo negara. Estaba mal, estaba triste. Y yo, que tampoco estaba para tirar cohetes, me ponía peor al verla. Quizás por eso coloqué mi mano encima de su espalda encorvada consiguiendo que me mirase de nuevo.

-¿Qué te pasa?-Volví a preguntar.

No negó que le pasara algo, simplemente negó con la cabeza, se colocó la mano que antes suportaba su mejilla en la boca y procuró que yo no la viera, girándose de nuevo para ver la ciudad. Tenía ganas de llorar, lo sabía. La conocía mejor que nadie y aquel gesto confirmaba mi teoría. De todas formas Pepa no era de las que se callaban.

-¿No te jode que a todos les vaya bien menos a nosotras?

Yo aparté la mano. Había pensado lo mismo que yo, pero yo nunca lo habría dicho de esa manera.

-Me jode que nos vaya mal a nosotras-Contesté-. Prefiero que ellos sean felices.

-Ellos no han luchado por serlo. Nosotras… nosotras lo hemos hecho todo, joder.

Ya empezaba a titubear. Pronto comenzaría a llorar y yo no sabía si iba a estar preparada para afrontarlo. Era verdad eso de que lo habíamos hecho todo.

-No te vayas ahora al pasado-Dije yo-. Lo que pasó, pasó.

-Me siento… me siento totalmente impotente.

Se giró, me miró y finalmente dejó salir una lágrima. Seguramente una de las pocas porque Pepa lloraba la mitad que yo y menos. De todas formas Pepa era de las que a veces se ponía sensible y no podía aguantarse el llanto. En eso nos diferenciábamos bastante. Yo lloraba más porque me afectaban bastante más las cosas que a ella, pero a ella le resultaba más difícil eso de contenerse. Si tenía que llorar, lloraba, aunque lo hiciera poco.

-Pepa…-Susurré mientras me acercaba a ella para abrazarla.

Aceptó el abrazo con ganas y enseguida agachó su cabeza para ponerla contra mi hombro y llorar.

-No sé lo que me pasa…-Me dijo-. Hoy… hoy me siento una mierda. Sabes que yo no lloro pero es que…

-Shhh…-La intenté tranquilizar mientras le acariciaba la espalda-. Son sentimientos guardados, es normal.

Pensé que era una egoísta al pensarlo, pero es que me sentía tan bien teniéndola abrazada a mí. Hacía muchísimo que no la tenía tan cerca y con solo notar su cuerpo pegado al mío un escalofrío viajaba por mi nuca. Olía tremendamente bien a su lado, olía a Pepa, simplemente. Aún así mi cabeza no podía ponerse a pensar en eso, sino en que estaba llorando.

Se quedó un par de minutos más en mi hombro, aunque ya no lloraba. Estaba abrazada a mí así porque sí, sin razón aparente, y a mí me encantaba. Cuando separó su cabeza de mi hombro, me apresó aún más con los brazos y me miró directamente a los ojos. Estos brillaban debido al llanto ya pasado, pero ahora parecían serenos, tranquilos… y más bonitos que nunca. Ni siquiera hice ademán de apartar la vista de ellos, sabía de antemano que no podría. Eran hipnotizadores, pero no solo ellos. Mis ojos bajaron pronto a sus labios y viajaban de ellos a los ojos de nuevo. Sin saber por qué, mis manos se movieron hasta colocarse en su cintura. La acerqué más a mí y pronto noté que me faltaba aire. Pero había suficiente alrededor, no era eso lo que me faltaba. Lo que yo necesitaba ahora eran esos labios… Y no tuve que pedírselos para que se acercara muy lentamente y, con un leve roce, los besara.

Sentí como si cientos de hormigas viajaran por mi cuerpo entero. Las mariposas en el estómago se habían revolucionado y mis manos temblaban como nunca. No sabía si era felicidad, nerviosismo o alivio, pero me sentía como si, tras salir del fondo del mar, hubiera dado una bocanada enorme de aire. Me encontraba tan bien…

Esta vez, aún mirándola a los ojos, fui yo la que se acercó para devolverle el beso. Esta vez mis labios se quedaron unos segundos cortos más pegados a los suyos. Nos separamos de nuevo y esta vez sí, nos acercamos ambas para darnos un beso de verdad. Cuando entreabrí la boca un poco dándole paso a su lengua, comencé a notar el corazón latir a más velocidad. Nada podía igualarse a aquella sensación. Me sentía completa después de estar vacía, me encontraba de nuevo en marcha después de haber estado parada. Pero sobretodo, estaba muy, muy acalorada (*)

El beso pasó a un segundo grado. Todos los tristes sentimientos de Pepa se habían extinguido, así como la continua lucha de Silvia contra lo que ella llamaba "tentación". Ahora lo que no podría extinguirse era el fuego que empezaba a aparecer entre ambas. Todas las ganas reprimidas, todos los sentimientos profundos, todas las dudas, seguridades y negaciones… Todo se comprimió convirtiéndose en una ardiente pasión que poco a poco iba apareciendo en el cuerpo de ambas.

Por primera vez, el deseo las cegaba, a una más que a otra. Aunque resultara irónico, la que sabía mejor lo que estaba haciendo era la morena. Negarse lo que era evidente no solía ser su forma de actuar. Ella quería lo que quería y no se asustaba de sus sentimientos. A veces se preocupaba, sí, pero ningún miedo iba a echarla hacia atrás.

Los pensamientos de Silvia no eran tan nítidos. De una forma borrosa quería estar con la morena y a la vez no. Cada vez que se preguntaba si sería capaz de volver con ella aparecía el miedo al sufrimiento y, sobretodo, el hecho de la responsabilidad. Ya habían dicho que no, ya había pasado todo y no eran unas crías. El matrimonio, así como el divorcio, era algo serio y no podían jugar con ello de aquella manera.

Eso lo penaba en frío.

Ahora, con la manos de Pepa acariciando su espalda, con los ojos cerrados sintiendo la lengua de su ex mujer jugando con la suya, y con un calor enorme, pensar se le hacía difícil y poco a poco iba actuando más, dejándose llevar por la situación. De todas formas su mecanismo de engaño siempre estaría presente, y si estaba besando a Pepa no era porque la quería –según ella- sino porque estaba necesitada, porque su cuerpo se lo pedía. Era una forma de no sentirse culpable con lo que estaba haciendo.

El beso pasó a un nuevo tercer grado en el que los cuerpos no podían estar más pegados, las manos recorrían con urgencia el cuerpo de la otra e inclinaban sus cabezas para darle más pasión. Cada vez respiraban con más fuerza y ambas se estaban quedando sin aire, pero no podían parar. Solo unos milímetros se separaron para dar una bocanada de oxígeno y volver a unir sus labios.

Sin pensar si iba demasiado rápido o no, Pepa apartó una de sus manos de la espalda de la pelirroja y acarició sus pechos por encima del pijama. No llevaba sujetador, siempre se lo quitaba para dormir. La otra mano se quedó donde estaba, apretando la espalda de Silvia, quien, entre el fogoso beso y aquellas caricias en el pecho, comenzaba a suspirar.

Estaba más excitada de lo normal. Eran solo caricias pero quizás el hecho de no haberlas sentido en tanto tiempo conseguía que ya respirara sonoramente.

Pepa dejó de besar sus labios y pasó al cuello, el cual mordió, chupó, besó y succionó. Las sensaciones de la pelirroja estaban disparadas y dobló la cabeza para dejarle más libertad de movimientos a su ex mujer.

Las manos de Silvia bajaron al trasero de Pepa y lo apretó, haciendo que la morena sonriera y volviera a subir a los labios de la pelirroja. Esta ya se había dado por vencida y no solo se dejaba hacer, sino que enseguida le quitó la bata a Pepa y la dejó caer al suelo. La morena se separó un poco de Silvia y la miró a los ojos. Fue un momento de lucidez que no sabían como acabaría. Ahora, mirándose, podrían dejarlo pasar, alejarse de la otra e irse cada una a su habitación. Pero en menos de cinco segundos poco podían hacer y el deseo era ya incontrolable y no había manera de olvidarlo en una esquina. Silvia colocó sus manos en la nuca de Pepa, la acercó hacia sí con brusquedad y la besó con fiereza de nuevo, como indicándole que ya no podía parar. Por supuesto la morena aceptó aquello e incluso le resultó divertido ver como Silvia le mordía los labios haciéndole incluso un poco de daño, llenándola de sensaciones que parecían nuevas para las dos. Si la pelirroja había abandonado la razón para dejarse llevar por la pasión, Pepa haría lo mismo, incluso más fácilmente. No iba a preguntarse más lo que pasaría después, no sabía si había amor o era solo necesidad, y no quería pensarlo. Ahora solo quería quitarse la ropa, desnudar a la mujer que tenía delante y hacer el amor toda la noche si el cansancio se lo permitía.

Poco a poco la fue empujando hasta dentro de la casa y en cuanto las piernas de Silvia chocaron con el sofá, se dejó caer en él con Pepa encima. El beso, que parecía no poder volverse más fiero, pasó a un último cuarto grado en el que los labios acabarían completamente secos y casi les era imposible respirar. La morena le quitó la camisa del pijama a Silvia y enseguida bajó con una hilera de besos, pasando por el cuello, hasta llegar a los pechos, los que besó con extremado deseo, succionándolos como si fueran el mejor de los manjares. Si no estuviera ocupada en lamerlos, diría en voz alta que los echaba de menos miles de veces, para que la satisfacción de tenerlos de nuevo fuese mayor.

Silvia, por su parte, tenía las manos envueltas en el pelo de Pepa, apretando la cabeza de esta contra el pecho para sentir mejor las sensaciones que poco a poco la llevaban a lanzar suspiros cada vez más sonoros. A la morena esto la excitaba muchísimo y subió hasta su oreja para, sonriendo, decirle algo que no pudo contener:

-No te imaginas lo que deseaba esto.

Fue entonces cuando Silvia supo lo que estaba haciendo y separó un poco a Pepa de sí misma, para mirarla a los ojos llena de dudas. Entonces negó con la cabeza.

-Esto… Esto no... Esto no tiene sentido-Decía entrecortadamente mientras le desabrochaba la camisa-. Yo no quiero hacerlo.

Pepa sonrió, le acarició uno de los pezones consiguiendo que Silvia cerrara los ojos, y volvió a su oreja.

-Tienes las mismas ganas que yo… Me estás desnudando. No puedes negar que me deseas.

-No…

Pepa mordió su lóbulo de la oreja y mediante caricias llegó al pantalón. No se preocupó en quitárselo siquiera, simplemente metió la mano bajo él y ejerció una pequeña presión sobre su vagina. Aquello causó una inmediata contracción de Silvia de puro placer.

-No quieres que pare… Y estás empapada.

Silvia, abrió los ojos y atrajo de nuevo a Pepa hacia ella, besándola con gran pasión, dejando que las lenguas se enroscaran y pegándose más aún a aquella mano que, todavía quieta, le daría gran placer aquella noche. Pero no iba a dejar su orgullo atrás.

-Que sepas…-Comenzó a decirle entre besos-… Que esto es solo sexo.

La incomodidad del sofá ya estaba siendo notable y Pepa se levantó con agilidad, tiró de los brazos de Silvia y la colocó frente a ella, besándola de nuevo.

-Solo sexo-Aceptó Pepa.

Aceptaría eso y más, porque aquello sería solo sexo… pero menudo sexo.

Sin demasiado cuidado por no hacer ruido continuaron besándose a través del pasillo, semidesnudas, dirigiéndose a la primera habitación que encontraran. Precisamente fue la de Silvia.

Antes de entrar en ella se separaron y se volvieron a mirar a los ojos. Unos ojos que no parecían decir nada porque una fina capa de lujuria escondía los sentimientos más profundos detrás. Esos sentimientos que siempre se habían dicho con miradas, con gestos y con apalabras, ahora se confundían con un irremediable deseo que ya no podían parar. Creyéndose la mentira del sexo y teniendo la coartada de que el cuerpo verdaderamente actuaba por ellas, casi sin permiso, Silvia sonrió maliciosamente, tiró de la cintura del pantalón de Pepa, cerró la puerta con la pierna, y apresó a la morena entre su cuerpo y la pared.

Esta vez fue ella la que sujetó sus manos para así inmovilizarla y poder besarle los pechos. Dejó algunas marcas en ellos, incluso mordió levemente sus pezones, consiguiendo que Pepa emitiera pequeños gemidos acallados por la boca de Silvia, quien continuaba sujetando a Pepa de las muñecas.

-¿Hoy vas de dura?-Preguntó la morena con toda la serenidad que pudo mostrar, que no era mucha-. Sabes que en eso te gano.

Se deshizo de las manos de su ex mujer y sin esta esperárselo, la cogió en brazos y la dejó caer en la cama. Silvia se aguantó una sonrisa que quiso salir y disfrutó aquella vista desde la cama: Pepa acalorada, frente a ella y semidesnuda. ¿Cuánto tiempo hacía que no la veía así?

Pepa se tumbó sobre Silvia sin dejar caer todo su peso y se dispuso a dejar salir toda la pasión de golpe, con prisas, "a lo bruto" como decía Silvia. Besó su cuello con desesperación dejándole varios hematomas bastante intensos, mordió sus pechos mientras le bajaba el pantalón y las braguitas, todo de una vez, y sin darle siquiera caricias anteriores, introdujo de golpe dos de sus dedos en el cuerpo de la pelirroja, que cerró los ojos sin esperarse aquel gesto tan pronto, pero eso sí, agradeciéndolo. Cuando Pepa comenzó a mover los dedos en vaivén, Silvia empezó a gemir cada vez más fuerte, por lo que la morena subió a sus labios sin dejar de mover los dedos. Besó aquella boca y dejó actuar a su lengua para acallar así esos constante grititos de placer. Ella estaba empezando a volverse loca también, escuchar a Silvia la llevaba al éxtasis sin necesidad de contacto físico, pero aquella vez no. Aquella vez estaba tan ardiente que necesitaba algo más, aunque ahora estaba ocupada en sacar de la pelirroja esa hermosa melodía para sus oídos.

Cuando se aseguró de que Silvia había captado el mensaje de silencio, dejó de besarla y, aún en su interior, bajó dando besos hasta su entrepierna. La pelirroja pronto notó la placentera sensación de los dedos en vaivén sumados a la lengua en el clítoris y, mientras que con una mano acariciaba el pelo de la morena, con la otra cogía la almohada y se la ponía en la cara, intentando amortiguar los gemidos. Finalmente una descarga convulsionó su cuerpo y ahogó el grito final. Respiraba tan fuerte que casi parecía estar hiperventilando, pero lo que le pareció más increíble era que no se había cansado, que aquello no había acabado ahí.

Dispuesta a hacer llegar al cielo a su ex mujer, cambió de posición y, estando arriba, le empezó a bajar los pantalones. Aún con las braguitas puestas le acarició la vagina y se sorprendió al ver que estas también estaban mojadas. Hasta había sobrepasado la ropa interior.

Sonrió como hacía muchísimo que no sonreía y en cuanto besó el vientre de Pepa, esta supo que no habría preliminares. La morena cerró los ojos dispuesta a disfrutar de aquello que, sin habérselo imaginado, no acabó hasta las cinco de la mañana. Pasaron cinco horas haciendo el amor, y solo porque el cuerpo se lo pidió, sino no habrían ni dormido. Definitivamente aquella noche tocaron el séptimo cielo, y les iba a resultar difícil bajar de él.

31 de Diciembre.

Silvia

(*) Lo último que miré antes de cerrar los ojos por fin fue el reloj. Marcaban las cinco y diez. Yo juro por lo más grande que nunca había hecho algo semejante. Es decir… ¿Qué soy? ¿Incapaz de controlarme?

No, es que habían sido muchos meses, tampoco tenía sueño aquella noche y… Y a la mierda, es que era Pepa. Yo no conozco a esas otras cuarenta mujeres con las que se acostó, pero si les hacía lo que me hacía a mí, habrían tocado el cielo ya tantas veces que no les sería necesario morir para descubrir cómo era.

Pero fue excesivo por dios, casi cinco horas nada más y nada menos. Pero ella no estaría muy acostumbrada tampoco, porque lo primero que vi nada más despertar fue su cuerpo desnudo tapado por las sábanas, agotado, profundamente dormido.

Llegó a mí un sentimiento que no había aparecido en la noche. Era cierta dulzura, cierta ternura mezclada con melancolía. Verla a mi lado al despertar era lo que más echaba de menos desde que nos divorciamos. Más que el sexo.

De pronto me ahogó el sentimiento melancólico y quise estrecharla entre mis brazos, decirle que la quería, que la echaba de menos y que por favor volviera, pero supe controlarme. Ya no, Silvia. Sois adultas, tomasteis una decisión y, a la larga, es lo que os conviene.

Con estos pensamientos "positivos" me giré para mirar la hora. Eran las siete y cuarto y pronto tendríamos que levantarnos. No podían pillarnos durmiendo en la misma cama, además, la ropa estaba abajo y… Me coloqué sobre el costado y aunque me daba la pena más grande despertarla, acaricié su espalda un tanto pegajosa por el sudor.

-Pepa…-La llamé muy bajito-. Pepa, despierta.

Ella se quejó un poco pero entreabrió los ojos. En cuanto lo hizo me sonrió con tanto cariño que consiguió que empezara a derretirme y me tuviera que reponer.

-Hola…-Saludo ella.

-Venga, vete a tu habitación. Son las siete y ya mismo despiertan todos.

Pepa suspiró y se colocó la almohada en la cabeza.

-Bufff… Pelirroja, que estoy reventada.

Sonreí. Probablemente apenas podría moverse, lo cierto es que yo tampoco.

-Va. No puedes quedarte aquí.

-Quieres que me quede aquí.

Lo dijo tan segura de sí misma que incluso me molestó. En primer lugar porque sabía que era verdad, y en segundo lugar porque deseaba que no fuese cierto.

-No, Pepa, ya te lo dije anoche, esto es solo sexo y…

-Qué sí, Silvia, lo que tu digas. Pero a quien se quiere por solo sexo también se le quiere tener al lado a todas horas-Se apartó la almohada con cansancio y me miró, o hizo un intento, porque en cuanto abrió los ojos de más, los volvió a cerrar-. Me parece que no sabes mucho sobre utilizar a la gente.

Eso me enfadó aún más. ¿Pero de qué iba? ¿De engreída prepotente? Pues no, porque si se creía lo más, no lo era. Retiraba lo que dije sobre que Pepa es mucha Pepa. Como ella habría miles, y… ¡Y a la mierda!

-Pepa, sal de mi habitación.

Ella sonrió y se incorporó con dificultad, pero volvió a caer otra vez, suspirando.

-¿Te he dicho que me encanta verte enfadada? Estás muy sexy.

-Pepa-Se lo dije lo más enfadada que pude. La verdad es que sonreí un poco mientras se lo decía, pero fue involuntario. Si no fuera tan mona, la jodida….

-Vale, vale…

Se incorporó de nuevo y sacó por fin los pies de la cama. Buscaba su ropa por la habitación tambaleándose un poco. Le temblaban las piernas, aunque yo estaría igual si me tuvieran que sujetar después de cinco horas moviéndome, la verdad.

Mientras se ponía la ropa interior y el pantalón de pijama no pude dejar de mirarla. Hacía tantísimo que no la veía así y me gustaba tanto. Me gustaba, simplemente. Nada de amor ni cosas raras, yo no iba a sufrir más, ni me iba a atar, ni… Dios, pero qué piernas…

-Que se te cae la baba, pelirroja.

Ella no podía callarse. Pepa Miranda tenía que ser.

Buscó de un lado a otro la parte de arriba del pijama y yo suspiré. Más torpe y no nace.

-Abajo, las camisas están abajo-Le respondí yo aunque no me hubiese hecho ninguna pregunta.

-¿Abajo? ¿Abajo empezamos a…?

-Sí, Pepa, abajo empezamos-Le corté un poco nerviosa solo con acordarme-. ¿Puedes irte de una vez de mi habitación?

Ella sonrió.

-Te has puesto colorada.

Le tiré una almohada y comenzó a reír, por lo que yo la silencié con un silbido y se tuvo que tapar la boca. Juegos mañaneros, cómo los extrañaba.

Al final salió por la puerta dejándome atontada, para variar. Yo no sé como lo hacía pero si no decía la última palabra no estaba contenta, y siempre lo conseguía.

Yo, que estaba sentada en el colchón, me tumbé de nuevo y noté al caer el cansancio de las extremidades y, para qué negarlo, un poco de dolor en la entrepierna. No iba a culparla a ella esta vez, también era culpa mía. Los pocos momentos que nos dábamos de respiro siempre los acababa yo calentándola más si era posible.

Suena irónico, pero ahora que no estaba, me gustaba cerrar los ojos e imaginármela a mi lado. Así, recordando la noche anterior y sonriendo por algunas locuras que hicimos, volví a quedarme profundamente dormida.

Desperté escuchando algunas voces conocidas abajo. Una de ellas era la de mi hija. Noah hablaba en voz alta sobre algo que desde el piso de arriba no se entendía muy bien. Creo que se estaba peleando con Lucas, porque él también ponía el mismo tono de la niña, seguramente para picarla.

Me estiré no demasiado descansada pero sí mucho más activa que a las siete de la mañana y miré el reloj. Me levanté de golpe en cuanto vi el número 11 al lado del número 26.

-¡Joder!-Exclamé.

No iba a llegar tarde a ningún lado, iba a estar allí al fin y al cabo ya que esa noche era nochevieja, pero no era propio de mí levantarme tarde y no quería levantar sospechas. No era nada extraño que quisiera ocultar aquella noche. No estaba bien visto, y Pepa tenía que entenderme. Si se corría el rumor se esperaría mucho más de nosotras, y si se espera, llega, porque el amor llega así porque sí. Y como el amor llegase ya la cagamos del todo. Noah se ilusiona, parece que todo va a ir bien y a la mierda de nuevo, sufrimiento para mí, sufrimiento para Pepa y, sobretodo, sufrimiento para Noah. Además de una increíble muestra de inmadurez de ambas. ¿Qué seriedad era esa de que una pareja se divorcie teniendo una hija y, encima, para rematar, vuelva a enamorarse y vuelva a cagarla?

Menos mal que solo era sexo y no había amor…

Salí de la cama aún desnuda y descubrí mi camisa de pijama al lado de la puerta. Habría sido Pepa, seguramente.

Me duché, a la velocidad de la luz y no fue hasta que, ya vestida con ropa casual, empecé a peinarme frente al espejo, cuando vi unas marcas moradas en el cuello. No, mentira, marcas moradas en el cuello no. Trocitos de color carne entre un cuello morado, eso era. ¡Si no tenía quince marcas no tenía ninguna! y yo, tan tranquila, sonreí al espejo con cara de tonta.

-Qué bruta es…-Dije sin más.

Cuando me di cuenta de que poco podía hacer por ocultarlas, volvía la mochila que había traído con un poco de ropa y me puse un jersey de cuello alto. Menos mal que era invierno. Eso sí… Ya no me podía poner el vestido que me iba a poner en nochevieja, porque otra cosa no, pero escote tenía bastante.

Finalmente salí de la habitación y, antes de bajar, pasé por la de Pepa. Abrí la puerta un poco y la vi totalmente dormida. Volví a sonreír como una tonta –aquel día tendría la cara más cómica del mundo-, suspiré un poco y bajé las escaleras.

-Deja de enseñarle esas cosas a la niña que luego Pepa y Silvia le echan la bronca-Escuché decir a Sara desde el salón.

-Que no, que no, que esto es todo método de supervivencia. Mira Noah, tú cuando estés frente a alguien muy, muy malo, le dices: ¡Gilipollas!

Me apoyé en la puerta del salón aunque no me vieron ya que estaban sentados a la mesa, desayunando y dándome la espalda. Sara reparó en mí porque enseguida me miró y sonrió, disimulando.

-Pero eso es una palabrota-Le dijo mi hija-. Y mamá dice que no se dicen palabrotas.

Asentí orgullosa.

-¿Qué mamá?-Preguntó Lucas.

-Las dos.

-Pues no las dices delante de ellas y punto.

-¡Lucas!-Le riñó Sara.

Él hizo un gesto con la mano como indicándole que no se metiera y Sara volteó los ojos.

Gipollas!

Sara y Lucas rieron y yo abrí la boca sorprendida. Me acerqué a ellos sin hacer ruido y con el ceño fruncido, aunque sonriendo por la gracia que tenía la pequeña aún diciendo palabrotas.

-Esa no te sale, es muy difícil. Utiliza entonces la otra. ¿Cómo es?

-¡Vete a la mieda!

-¡Muy bien!

Les pegué un golpe a los dos en la cabeza y ambos se quejaron. A Lucas se le cambió la cara por completo la cara y miró a Sara esperando que lo defendiera, pero ella se metió su cucharada de cereales en la boca haciendo caso omiso. Mi hija me miró con reproche.

-¡Ay, mamá!-Se quejó acariciándose la cabeza.

-¡Eso no se dice!-La reñí yo.

-¿Ves? Delante suya no-Aconsejó Lucas mirando a la niña como si le enseñara a sumar.

-¡Tú anímala encima! Noah, al primo Lucas ni caso ¿eh?

Ella asintió pero Lucas le guiñó un ojo y mi hija rió.

-¡Santa paciencia!-Exclamé. Todos rieron. (*)

Silvia, aprovechando que los pilló a todos desayunando, se preparó a gran velocidad un café bien cargado y se sentó a la mesa con ellos, al lado de Sara. Bebiéndose el café miraba a su hija y reía alguna de sus gracias, mientras que reñía muchas veces a Lucas y, otras, se limitaba a no interferir en las peleas que tenían. Tampoco podían llamarse peleas ya que Lucas no discutía, se limitaba a tirar del pelo de Noah, darle golpecitos en la nariz o sacarle la lengua.

Aquella mañana, aunque con pocas horas de sueño, estaba resplandeciente. Su sonrisa brillaba tanto como el día de su boda y era tan verdadera que parecía hasta doler. Sara, por su parte, se había fijado bien esto, pero cómo no fijarse después de lo que escuchó anoche. Fueron muy silenciosas, hay que reconocerlo, pero solo lo bastante para no despertar a quien dormía. La rubia, que no se dormía tan rápido como Lucas, lo había escuchado todo desde que entraron a la habitación de Silvia hasta que se quedó dormida. No pudo ni pensar siquiera, solo sonrió y notó mariposas en el estómago de puros nervios. Le parecía casi imposible escuchar lo que había escuchado y, por si empeoraba las cosas, prefirió callarse y no decir nada. Quizás alguna insinuación que otra…

-¿Café solo?-Preguntó levantando una ceja.

-Si, no he dormido muy bien esta noche.

-Oh…

-¡Buenos días por la mañana!-Exclamó entonces Pepa llegado con una enorme sonrisa en la cara. Una sonrisa rejuvenecida que conseguía hacer desaparecer los restos melancólicos que siempre se veían en su mirada. Aquella mañana parecía que había nacido de nuevo, y todos, esta vez sí, se dieron cuenta del cambio.

-Joder, menudo ánimo-Dijo Lucas.

-¡Hola mami! ¡Mira lo que me ha enseñado Lucas! ¡Vete a la mieda!

Pepa abrió los ojos asombrada y miró a todos los allí presente. Le dio un golpe en la cabeza a su hija, que se volvió a quejar.

-¡Eso no se le dice a una madre!-La riñó.

-Gracias-Soltó Silvia tranquila de que alguien le diera la razón.

-Díselo al primo, que para algo es idiota.

-¡Pepa!-Se quejó la pelirroja.

Noah sonrió mirando a Lucas.

Idota! ¡Vete a la mieda!

Tanto Sara como Pepa soltaron una enorme carcajada y Silvia se golpeó la frente con la mano. Lucas miró con cara de asesino a Noah para asustarla y enseguida la cogió en brazos y se dispuso a llevársela al sofá para hacerle cosquillas. Noah chillaba y reía en brazos de su primo mientras que Pepa corría detrás de ambos dispuesta a jugar un rato, protegiendo a su hija. En cuando Lucas dejó caer a Noah al sofá, Pepa se abalanzó sobre él y se tumbó encima de su pecho. Noah le hacía cosquillas mientras su madre lo inmovilizaba.

Desde la mesa, Sara y Silvia veían el espectáculo, la primera entre carcajadas y la segunda con una cara de enorme paciencia.

-¿Te doy un consejo, sobrina?-Dijo muy convencida-. No se te ocurra tener un hijo con ese hombre.

-Jajaja, ¿por qué?

-Porque tendrás que cuidar a dos críos, te lo dice una experta.

Así, entre juegos, gritos y risas, llegó la mañana del último día del año. Sara, viendo aquella escena, ya se imaginaba a su familia, en un futuro no muy lejano, desayunando y peleando como hacía Noah con Lucas. Este, a su vez, se iba dando cada vez más cuenta de que un niño en su vida sería algo nuevo que, aunque no quería ahora en su matrimonio puesto que aún seguía muy vivo, si que querría en un tiempo. Pepa se había despertado con el mayor de los ánimos aquella mañana y tenía energía para tumbar a tres hombres más si era necesario. Por su parte, Silvia se sentía por primera vez como en casa. Viendo a sus dos morenas, juntas, alegres, recordaba con nostalgia aquellos maravillosos días en que Noah llegaba y saltaba en la cama de matrimonio. Sus mañanas siempre habían estados llenas de luz, y tras seis meses apagadas, hoy se había encendido una chispita.

Noah, la más pequeña, la que parecía única y exclusivamente atenta al juego, había visto una sonrisa que no recordaba haber visto nunca en la cara de ambas madres. Una sonrisa brillante, verdadera y, lo más importante, una sonrisa que aún se mantenía. Era como si el regalo de reyes hubiese llegado antes de lo normal.

Fue esa mañana del treinta y uno de diciembre cuando todos despertaron felices. Había empezado bien el último día del año, ¿terminaría de la misma forma? Ninguno lo sabía, eso sí, la esperanza había aparecido para muchos después de estar meses escondida bajo algo que ya casi era inexistente, y es que el miedo se iba haciendo cada vez más y más pequeño a medida que las sonrisas crecían.

-¡Gracias Rita!-Exclamó Pepa por teléfono-. El día de tu cumpleaños te voy a regalar un crucero, te pasas el día haciéndome favores.

-Que no es ná, zanguanga. Nos vemos en un ratillo.

Pepa, sonriendo, apagó el móvil. Al girar la cabeza vio unos ojos muy interesados, mirándola. Su hija casi suplicaba que le dijera de una vez la respuesta.

-Rita te trae el vestido.

La sonrisa de Noah creció y comenzó a dar saltitos.

-¡Bien! ¡Bien!

Rita había accedido a coger el vestido de la pequeña que estaba en casa de Silvia. Su compañera vivía cerca y tenía las llaves desde hacía años.

-Ahora quédate en el salón jugando mientras los demás nos preparamos ¿vale?

-¡Yo quiero venir!

Pepa puso los ojos en blanco y en pocos segundos se inventó una nueva excusa. Tener en el piso de arriba a una niña de tres años haciendo constantes preguntas sobretodo y correteando por ahí era bastante agotador. Tenía ganas de arreglarse junto a Sara y Silvia, como antes, sin más preocupaciones.

-Primero, señorita, se dice "yo voy", no "yo vengo". Y segundo: Si vienes y estamos arriba ¿quién abre la puerta a los invitados?

Noah se colocó el dedo en la boca, como siempre hacía, y asintió decidida. A cualquier crío se le puede entretener mandándole una tarea siempre y cuando se le de a notar que es importante. Que es "de mayores".

Cuando vio a su hija sacar de su mochilita unos muñecos pequeños y su conejito de peluche –aquel que, teniendo la pequeña dos años, le daban para que se olvidara de que tenía que ir a la guardería-, Pepa comenzó a subir las escaleras.

Eran ya las seis y media y quedaba poco para que el resto de los invitados de aquel último día del año llegaran a aquel grandioso chalet. Lucas estaba ya más que arreglado, pero las chicas, que habían comenzado a ducharse a las seis menos cuarto, aún estaban con los preparativos.

Bostezó mientras iba camino a la habitación de Sara y en cuanto entró y vio a Lucas atándole al cuello el vestido, movió la mano pidiéndole al chico que se apartara.

-Tú, fuera de la habitación que nos retrasas.

Lucas apartó las manos indicándole que no hacía nada malo.

-Eh, eh, que se lo estoy poniendo, no quitando.

-Ya, pero Silvia y yo vamos a cambiarnos aquí también, venga largo.

Lucas miró a Sara sin creerse aquello, buscando ayuda de la rubia, pero esta se limitó a sonreír y encogerse de hombros. Finalmente el chico soltó un bufido y salió de la habitación vociferando.

-¡Me echan de mi propia habitación! Esto es increíble… ¡Pues luego no os quejéis si le enseño palabrotas a Noah! ¡Es la única que me escucha en esta casa!

Sara soltó una carcajada y Pepa puso los ojos en blanco dejando salir una sonrisa. Miró a su sobrina y un impulso hizo que le diera un beso en la frente.

-Contenta ¿eh?-Preguntó Sara.

Pepa la miró extrañada. No tenía un pelo de tonta y sabía que su sobrina lo había dicho por algo.

-Pues sí, ¿por?

-No, por nada.

Pepa sonrió y se encogió de hombros, tampoco iba a insistir aunque se imaginaba a que se refería Sara.

Cerró la puerta, comenzó a descalzarse y antes de quitarse el resto de la ropa, vio un pañuelo rojo colocado en la silla donde se maquillaba su sobrina.

-Sara, rojo oscuro y rojo claro no, por favor. ¿Desde cuando pegan?

-No es para mí, es para Silvia-Comentó mientras se recogía el pelo hacia atrás para maquillarse mejor-. Y por cierto, ve a dárselo tú, que sino no termino.

Pepa frunció el ceño primero por ver lo vaga que era su sobrina, y segundo por el hecho de que Silvia esa noche llevase un pañuelo. ¿No iba a llevar el vestido negro?

Cogió el pañuelo y, silbando, llegó a la habitación de la pelirroja. Llamó un par de veces y Silvia la dejó pasar pensando que era Sara.

En cuanto vio a Pepa a través del espejo en que se estaba mirando, se paralizó un poco, al igual que la morena. Pepa, muy confiada y alegre, le llevaba el pañuelo a su ex mujer, pero no se había parado a pensar en que tendría que hablar con ella, cosa que no había hecho en toda la tarde. Se habían limitado a mirarse tímidamente y ahora, sin comerlo ni beberlo, se encontraban en la habitación, solas, y una de ellas con un vestido verdaderamente provocativo, lo que no pasó inadvertido para la morena.

-Wao…-Murmuró mirándola de arriba abajo.

Silvia se sonrojó al instante y volvió a girarse mirándose en el espejo y arreglándose un poco el pelo.

-¿Qué quieres?

-Te traigo el pañuelo. Pero no te lo pongas.

Silvia la miró a través del cristal un tanto extrañada.

-¿Por?

-Por no estropear la obra de arte que estoy viendo ahora mismo. Estás… preciosa.

No, preciosa no era la palabra. Provocadora, sexy… Esas encajaban mejor, aunque no iba a soltárselas así como así.

-Gracias. Y si me pongo el pañuelo es por tu culpa. Mira-Se señaló el cuello un poco indignada y Pepa finalmente se acercó. Empezó a ver las numerosas marcas desde bastante lejos y soltó una carcajada-. A mí no me hace gracia. Mira que eres bruta ¿eh?

-No te molestaba mientras te las hacía.

Silvia la miró a los ojos, profundos. La miraban como ella sabía y se insinuaba con aquellas frases que parecían simples, pero por su tonalidad se las notaban llenas de sensualidad.

-Apenas me di cuenta. No eres tan buena en la cama.

Ahora era la pelirroja la que se insinuaba. En la tarde ambas habían pensado lo mismo, en que tenían que hablarlo, en que no podían volver a caer… Pero la tentación estaba ahí y era una tentación mayor que cualquiera.

Pepa soltó un bufido y se colocó a su espalda, mirándose también en el espejo. Una de sus manos pasó a la cintura de Silvia, la otra acarició su cuello. La piel de la pelirroja se erizó bajo este leve contacto.

Pepa se acercó a la oreja de su ex mujer.

-Con solo esto, ya te hago sentir más que cualquier hombre te haya hecho sentir en tu vida.

-Eres una engreída.

La morena colocó la otra mano también en la cintura y se pegó todo lo que pudo a Silvia, quien notaba el corazón botar lleno de nervios. Sin esperárselo, Pepa besó su cuello levemente, ahogándola en un sinfín de sensaciones.

-Te encanta que sea así… Y a mi me encanta que tú seas así.

-¿Así… cómo?

Ya respiraba entrecortadamente y la morena no dudo en subir de la cintura a su pecho, acariciándole uno por encima del vestido. Silvia cerró los ojos y se pasó la lengua por los labios.

-Así…Mírate-Silvia abrió los ojos para verse a sí misma frente al espejo, con Pepa a su espalda, acariciándola-. Tan ahogada… Tan caliente.

-No…No estoy caliente…

-Y viendo como te engañas… Me encantas.

-Pepa, para. Aún no te has vestido y…

-¿Para qué vestirme si me ibas a quitar la ropa ahora mismo?

-Pepa…-Insistió, pero notó una mano meterse por debajo de la falta del vestido y volvió a cerrar los ojos.

-¡Mamá!-Escucharon exclamar a Noah.

Se separaron bruscamente sabiendo que la puerta, aunque no abierta, sí estaba entornada y su hija andaba cerca por la proximidad de la voz.

Silvia se colocó bien el vestido y, efectivamente, unos segundos después la pequeña apareció por la puerta con cara de enfado.

-¡El primo Lucas me ha quitado a Toni!-Se quejó refiriéndose al peluche.

Pepa volteó los ojos y, tras acariciarle la cabeza a su hija, se dispuso a salir de la habitación.

-Díselo a mamá Silvia, que yo me tengo que dar una ducha en menos de diez minutos-Miró a la pelirroja y sonrió-. Una ducha de agua fría.

Cuando la morena desapareció tras la puerta, Silvia sonrió y parpadeó varias veces sin saber exactamente lo que había pasado ahí. El corazón estaba agitado, así como su respiración, y por si fuera poco ella también necesitaba una ducha fría, aunque ahora no le daría tiempo y se acababa de duchar.

Mirando embobada hacia la puerta descubrió a su hija tirándole del vestido.

-Que sí, mi amor, ahora bajo y le digo que te devuelva a Toni ¿vale?

La niña asintió agradecida y le tendió los brazos a su madre para que la cogiera. Silvia lo hizo y le besó la mejilla. Entonces su hija le señaló el cuello abriendo la boca asombrada. La pelirroja se tensó unos segundos.

-¿Te has hecho pupas?

-Eh… no. Son mosquitos, cariño. Aquí en medio del campo hay muchos.

-Oh…

Se escuchó las ruedas de un coche frenar frente a la casa y Silvia soltó a la niña en el suelo, la cual corrió escaleras abajo, teniendo cuidado de no caerse. Antes de llegar abajo del todo, se dio cuenta de que Lucas le abría la puerta a una mujer que no conocía, por lo que subió las escaleras de nuevo, pero por curiosa que era, volvió a echar un vistazo atrás. No, no sabía quien era esa mujer que, casi llorando, abrazaba a su primo Lucas.

Camino a la habitación de Silvia se encontró con Pepa, quien al escuchar el coche había decido ducharse después. Era tan curiosa como su hija.

-¿Quién es?-Preguntó.

Noah negó con la cabeza y se encogió de hombros. Silvia salió también de la habitación, ya con el vestido y el pañuelo puestos, maquillada y peinada.

-¿Quién ha llegado?

-No sé-Respondió la niña sin moverse del sitio, esperando que sus madres bajaran de una vez.

Silvia y Pepa se miraron extrañadas y comenzaron a bajar las escaleras. A medida que lo hacían iban dándose cuenta de quien era aquella mujer a la que la pequeña no conocía, y era normal, nunca la había visto antes. Silvia se paralizó un poco en cuanto la vio, y es que hacía más de tres años que no veía a su hermana, a Lola, que ahora le sonreía emocionada.

-¡Lola!-Gritó la pelirroja bajando las escaleras a tal velocidad que casi se tropieza.

Se echó a los brazos de su hermana, quien la apretó muchísimo y le dio cientos de besos en la mejilla.

-¡Estás guapísima, hermana!

-¡Y tú! Es… Es increíble, ¿qué haces aquí?

Pero la mujer no contestó a la pregunta, puesto que vio a una morena alta detrás de ellas, sonriendo como siempre.

-¡Pepa!

-¡Cuñada!

Se dieron un abrazo más fuerte si cabía y entre las dos apenas le dejaron espacio para hablar, puesto que la ahogaban entre preguntas.

-No sabíamos que venías.

-¿Por qué no nos has avisado?

-¿Cómo estás?

-¿Por qué has venido?

-¿Cómo has llegado?

-Eh, eh, tranquilas-Las calmó Lola-. Sabéis que las navidades solas me deprimen, y no es lo mismo pasarlas con las amigas que con la familia. Quería que fuese una sorpresa, por eso llamé a Lucas, que me dio las coordenadas para el GPS y listo.

La morena y la pelirroja miraron al chico agradecidas y él sonrió. Intuitivamente miró hacia las escaleras, donde vio a Noah, que sentada en el último escalón observaba con intriga la escena. ¿Quién era esa mujer a las que todos querían? ¿A qué venían tantos abrazos?

La cara de la niña era un poema, y Lucas estuvo a punto de llamarla, pero algo más llamó su atención. Sara, con el vestido rojo que le quedaba increíblemente bien, se asomaba al piso de abajo sin comprender.

-¿Se puede saber qué pasa?

Todos subieron la mirada y Silvia y Pepa se apartaron, dejando ver a Lola. Sara, al principio sin creérselo, fijó más la vista para asegurarse de que era ella, entonces sonrió y bajó las escaleras corriendo con los brazos extendidos. Se tiró encima de su madre, quien la sujetó como si aún tuviera cinco años, con cariño y nostalgia, regalándole mimos con solo abrazarla.

-¡Mamá!

-Mi niña…

Lola se emocionó de más y dejó escapar alguna lagrimilla. Sara comenzó a llorar también y ante esto, Silvia las imitó rodeándolas con los brazos, quedándose así abrazadas las tres.

-Y ahí están todas las Castro-Le dijo Pepa a Lucas, que disfrutaba de la escena tanto como ella.

Tras unos segundos más de abrazo familiar, las tres se separaron secándose las lágrimas y riéndose al ver lo increíblemente sensibles que se habían puesto. Lola miró bien a su hija y a su hermana y volvió a regalarles un cumplido acorde a su vestimenta.

Noah, sin poder aguantarlo más, se levantó del escalón, se acercó a Pepa, y sujetó su pantalón un tanto vergonzosa, con el dedo en la boca, observando, pensando.

Fue entonces cuando Lola, al dirigirse a Pepa, reparó en la niña.

La miró extrañada y de pronto, con los ojos como platos, miró a Silvia.

-No…-Dijo sin creérselo mirando a la pequeña.

-Sí-Respondió su hermana.

-No puede ser… ¿esta es Noah?

La niña, al escuchar su nombre, la miró aún más atenta. Aquella mujer le miraba maravillada, aunque sin detallar bien en sus facetas, simplemente sorprendida por su estatura, por su edad. A Lola no se le había olvidado que tenía una sobrina, simplemente no se la imaginaba así, sino en un carrito, con un año y sin saber decir más de cinco palabras juntas.

Pepa asintió a la pregunta de su cuñada y miró a su hija, a quien empujó un poquito para que se acercara a ella. Lola se colocó en cuclillas, al igual que Pepa.

-Cariño, ¿sabes quien es?-La pequeña negó con la cabeza-. Es la hermana de mamá. La mamá de la prima Sara.

Noah miró a su prima, quien asintió con una sonrisa.

-¿Es la mamá de la prima?

-Sí, se llama Lola. Es tu tía.

-¿Tita?-Preguntó para estar segura. Los nombres de las relaciones familiares la liaban un poco. Hermanos, tíos, abuelos, primos…

-Ajá-Dijo Pepa-. ¿No le dices hola?

Entonces, con la alegría que se conocía a la niña, con esa sonrisa tan bonita y sin una pizca de vergüenza tras comprender que aquella mujer era parte de su familia, agitó la mano.

-¡Hola!-Exclamó sacando una sonrisa amplia a todos los presentes.

-Hola. ¿Cuántos añitos tienes, cielo?

-Tres.

-¡Ala! ¡Qué mayor!-Miró a su hermana y a Pepa aún sonriendo-. Está muy grande-La miró de nuevo y le acarició el pelo-. Y es preciosa, por dios Pepa, es idéntica a ti.

-Ella es más guapa-Dijo la morena, como siempre decía cuando la comparaban con su hija.

Lola se quedó mirando a Noah unos segundos más que pasaron rápidos, en silencio. Entonces se escuchó fuera algún que otro coche entrando en los alrededores del chalet y Silvia se apretó bien el pañuelo. La llegada de su hermana le había trastocado, pero no se le había olvidado esas marcas en el cuello. Precisamente por esto miró a Pepa en un acto reflejo y al verla sin vestir, bufó.

-La gente está llegando y tú sin vestir-Dijo la pelirroja.

-Ah, mierda, es verdad. Voy a prepararme.

Subió las escaleras de dos en dos y su hija se cruzó de brazos.

-¡Has dicho una palabota!-Exclamó consiguiendo que todos rieran.

-Perdón, mi vida. Tú eso no lo digas ¿eh?

Todos volvieron a reír.

Silvia

(*)La fiesta comenzó a animarse en el momento en que todos saludaron a Lola. Durante casi toda la noche fue el centro de atención, aunque al acercarse las doce, cada uno se centró en su propio tema. Lo cierto era que todos vinieron muy guapos. Algunos, como Lucas y Aitor, desentonaban por llevar una camisa semi-desabrochada, una lisa blanca y otra de cuadros azulada. Los demás hombres llevaban traje y corbata, aunque pronto las chaquetas se dejaron encima del perchero y el sofá.

Rita estaba espléndida esa noche, o por lo menos yo lo pensé así. Su sonrisa era sincera, tenía la cara iluminada y un vestido verde junto a las medias negras y las botas. Estuvo toda la noche hablando con mi hermana, quien no parecía creerse lo que le contaba una de sus mejores amigas.

Sara, por su parte, se sentía genial siendo la anfitriona. No había cosa que le gustara más, la conocía lo suficiente para saberlo. Aunque tenía que tener la comida y todo preparado en poco tiempo, cuando la cena estuvo servida, escuchó felicitaciones y comentarios sobre el gran chalet que había comprado Lucas.

Noah, ahora a las once y media, estaba en el sofá junto a Sabina, viendo los programas infantiles que echaban en fin de año. La última vez que las miré, ambas estaban riéndose. Me encantaba ver la unión que había entre ambas. Esa amistad estaba tan llena de inocencia que se podía ver el cariño mutuo que se sentían. Mi hija no se avergonzaba de decir un "te quiero" si lo sentía. Abrazaba y besaba sin miedo a mostrar su cariño, y tenía tan pocos miedos, que a veces me asustaba. Era demasiado valiente.

Sonreí cuando vi a Pepa acercarse al sofá y, sonriendo también con la televisión, se sentó al lado de Noah, comenzando a acariciarle el pelo. Vi a Sabina bostezar y bajarse del sofá. Seguramente tenía sueño, igual que Noah, que bostezó alguna que otra vez.

De vez en cuando la pequeña le decía algo a Pepa, la cual contestaba con exageración. Le encantaba pasar tiempo con su hija, aunque fueran cinco minutos, y la verdad, era algo que valoraba mucho de ella. Lo mejor era que aquella entrega con su hija no solo la percibía yo.

Lola me sacó de mi atontamiento mientras las miraba allí, juntas, Noah apoyada en el cuerpo de su madre mientras esta, con cariño y seguramente esperando a que se quedara dormida, le daba caricias en la cabeza.

-Aún sigo sin creerme lo que estoy viendo-Dijo mi hermana.

-¿El qué?

-Todo. Que Noah esté tan grande, que sea tan guapa, que… que sea tu hija, Silvia-La miré-. ¿Tú te has parado a pensar lo grande que es eso?

-Lo pienso cada día. Esa niña es mi vida, Lola. Es mi vida entera y más. Ser madre es lo mejor que me ha pasado nunca.

-Siempre es lo mejor. Ver que crece, que aprende cosas de ti, que necesita tu apoyo y protección… y que por la noche te diga que te quiere.

-Sí…

Sonreí y volví a girarme para ver a Noah, que finalmente se había quedado dormida.

-Pero aún me creo menos lo de Pepa.

-¿Qué pasa con Pepa?

-¡Mírala! Está junto a su hija, le da cariño, se preocupa por ella… ¡Le adora! ¿Quién nos iba a decir que una chica como ella podría atarse tanto a una niña? No me imaginaba que se implicaría tanto.

-Y lo que te has perdido. Ahora Noah tiene cierta independencia, pero cuando nació se pasaba el día con ella en brazos. A medida que crecía hacía más y más cosas con ella, y aunque de las dos sea la que más la regañe, la quiere más que a nada.

Suspiré. Me dolía un poco el pecho al recordar viejos tiempos, pero me repuse. La herida ya no podría abrirse, estaba totalmente curada, cicatrizada.

-¿Regañarla? ¿Hace falta reñir a esa preciosidad?

Solté una carcajada.

-¡Buf! Será preciosa, pero más traviesa que un demonio.

-¿Noah? ¡Pues no lo parece!

-Pues sí. Es un manojo de nervios, curiosa, muy lista y no le da miedo casi nada. Vamos, un terremoto.

Lola rió y volvió a mirar a Pepa, quien cogía a la niña en brazos y, tras lanzarme una mirada cómplice, la sacó del salón, la llevó a la habitación de arriba y la dejó en su cama.

Parece extraño eso de que no estuviera pensando en Pepa aquella noche, pero es que mi cabeza estaba ocupada en otro asunto. Un asunto llamado David.

Había llegado sobre las nueve, trajeado, muy apuesto. En cuanto lo vi entrar por la puerta tuve que mirar a otra parte. Me era imposible sostenerle la mirada, aun que a él parecía pasarle lo mismo.

Me daba tanta pena perder a un amigo como David… Y supe que a él también le afectaba cuando, unos minutos antes de las doce, mientras estaba en la cocina bebiendo agua, se acercó a mí un poco cabizbajo, como avergonzado. Me giré sonriendo levemente para tranquilizarme y también él relajó sus hombros tensos. Desde en momento en que le vi llegar supe que habría un momento en que tendríamos que hablar, y si ese momento había llegado, hablaríamos. Cuanto antes dejásemos las cosas claras, mejor.

-Hola-Dijo él.

-Hola.

-Estás preciosa.

-Gracias, tú también vienes muy guapo.

-Supongo que hay que empezar el nuevo año arreglado.

Silencio. Me apoyé en la encimera apretando mirando el vaso que tenía entre las manos. Él carraspeó la garganta y tuve que levantar la vista.

-Siento lo que pasó.

Fruncí el ceño sin entender. ¿Lo sentía? Pero si había sido yo la que lo había utilizado como conejillo de indias ¿o es que me confundió? Buf, ocurrió todo tan rápido que ya hasta los recuerdos estaban borrosos.

-No, sería yo la que tiene que disculparse y…

-No Silvia, de verdad, deja que me disculpe. Cada vez que pienso que te besé y encima aseguré que me querías… Me pongo malo solo al recordarlo. No soy nadie para hablar por ti, y mucho menos para besarte sin permiso.

Cierto, me besó sin permiso. Pero yo se lo devolví, soy tan o más culpable que él.

-Vale, las acepto, pero también yo hice mal.

David sonrió y negó con la cabeza, seguramente pensando en lo cabezona que era. Yo sonreí también.

-Me da igual quien tenga la culpa, yo lo único que sé es que odio estar así contigo-Aseguró él-. Te echo de menos, Silvia. No nos hablamos, no nos miramos…

-Ya, la verdad es que es un poco difícil ver que te llevas así con uno de tus grandes amigos.

Entonces su expresión cambió. Me miró serio, seguro, y se rascó la nuca con nervios.

-Eso es otra cosa de la que debemos hablar-Dijo volviéndose a tensar-. Yo no sé como demostrarte que estoy enamorado de ti.

Aquello me llegó totalmente de improvisto. Parpadeé varias veces seguidas intentando analizar esto último, y finalmente acepté que no me estaba enterando de nada.

-No te entiendo.

-Pues que… que yo te quiero de verdad, Silvia. Que lo daría todo por ti, que sería capaz de ir al otro lado del mundo si me lo pidieras. Que no puedo vivir sin ti.

Me puse un poco nerviosa, esta vez no me sentía halagada. Después de lo de anoche tenía que aceptar que la soledad se había esfumado y ni siquiera un cumplido tan halagador como los que me hacía David podría hacerme dudar ahora de mis sentimientos. Simplemente no estaba enamorada de nadie, y la verdad, me tranquilizaba saberlo. E insistía en que lo de Pepa era solo sexo, por muy mal que sonase.

-David… a ver, yo no dudo en que me quieras, Si me lo dices es por algo, pero… pero es que yo ahora no estoy en condiciones de tener pareja.

-Ya… La verdad es que te has divorciado y lo entiendo, pero quiero que me entiendas tú también. Algún día tendrás que rehacer. ¿Vas a estar siempre notando la falta de amor al llegar la noche? Tienes que aceptar que Pepa y tú no volveréis a estar juntas, y si ya lo has aceptado, creo que debes quitarte ese miedo a sufrir de nuevo. Y si es porque no me quieres, podemos probar para ver si funciona, para ver si conmigo dejas de sufrir.

Aquello me dolió un poco. Dijo mucho en muy pocas palabras, pero lo que más me solió fue eso de que Pepa y yo no volveríamos a estar juntas. Eso y la falta de amor me habían llegado al pecho, donde el corazón ahora latía un poco triste.

Amor… si yo misma había dicho que no quería a Pepa, y evidentemente ella no me quería a mí, ¿qué pasó anoche? Vale, yo decía que era solo sexo, pero pensarlo más fríamente lo hacía más duro. ¿Iba a seguir así siempre? ¿Acostándome con una mujer a la que ni amaba? No podía ser, yo misma había iniciado el proceso de divorcio solo por eso, por no quererla. ¿Significaba aquello que la quería? O mejor dicho, ¿significaba que nunca la había dejado de querer?

Y otra vez con las dudas. Dudas que me hacían sufrir y acabar mirando al suelo, pensativa. Fue por David, que esperaba una respuesta, por lo que levanté la cabeza de nuevo.

-Yo no sé si volveré a rehacer o no, pero ahora… Ahora simplemente no puedo-Dije con la mayor sinceridad. Comenzaba a notar un escozor en la boca del estómago-. Te prometo que en el momento en que necesite una pareja, me pensaré la propuesta de salir contigo, de intentar quererte. Pero ahora necesito un amigo, David. Solo un amigo.

Él asintió un poco alicaído y sonrió tristemente acariciándome la mejilla.

-Vale. Yo lo único que quiero es que seas feliz.

No sé si sería verdad o no, pero no se preocupaba demasiado en hacer las cosas bien. No pensaba las cosas antes de decirlas y me hacía un poco de daño con sus palabras, pero eso no era culpa suya.

Suspiré y me aparté de él, despidiéndome con la mano. Estaba comenzando a sentirme triste, sola y un poco agobiada, por lo que, antes de que sonaran las campanadas que anunciarían el nuevo año, me dirigí al porche buscando un poco de aire fresco (*)

Pepa, en cuanto acostó a su hija, miró el reloj. Aún quedaban unos minutos para las doce, y antes de que empezara la fiesta, los aplausos y en definitiva el nuevo año, también ella quería arreglar varios asuntos. Aitor, en cuanto entró, fue abrazado por Noah, a quien cogió en brazos y, tras saludar a unos y a otros, jugó con ella durante un buen rato. Por supuesto, ellos dos ni se miraron. La morena casi había olvidado aquella noche y al verle le tembló el pulso y se sintió asqueada por lo que había hecho. Él, por su parte, no sabía muy bien si lo que había hecho estaba bien o mal y si Pepa lo había hecho por algo en especial.

Entre miradas duras e incómodas en la cena y algunos gestos serios, ambos supieron que debían hablar. Él no quería perderla y ella, en el fondo, lo necesitaba como el mejor amigo que había sido tras la boda.

Ahora, los minutos antes en que todos estaban frente a la tele, viendo el programa que anunciaría el fin de año, vieron los dos una ocasión perfecta para zanjar el tema de una vez por todas. Aitor quería saber la respuesta de Pepa, fuese positiva y negativa, porque estaba que se comía las uñas de los nervios y quería saber por fin sus sentimientos.

Una mirada cómplice los hizo a los dos salir del salón y hablar al principio de las escaleras. Pepa no era como Silvia, y Aitor tampoco era como David, por lo que la conversación fue al grano desde un principio y los nervios no obstruyeron las palabras que querían salir.

-Mira, Aitor, yo hablar no sé, y aclarar cosas mucho menos, yo lo único que sé es que eres mi amigo, tío. Siempre has estado conmigo y ahora después de esto… pues no sé, no quiero que se rompa esa amistad-Fue clara y rápida, aunque se la veía un poco nerviosa.

-Yo lo que quiero saber es qué fue para ti.

Silencio. En parte porque se bloquearon al pensar en aquella noche, en parte porque Pepa necesitaba encontrar una respuesta adecuada.

-Nada.

Fue tan seco que el chico notó que se le rompía el corazón en mil pedazos, pero él era fuerte y supo reponerse sin titubear.

-Entonces siento haberme aprovechado de ti. Sabía que estabas borracha y aún así…-Le pegó un golpe a la barandilla de la escalera-. ¡Si es que soy un gilipollas!

-No, la gilipollas soy yo por no saber controlarme cuando bebo. Joder…-Se sentó en las escaleras con desgana y se pasó las manos por la cara-. Que nos hemos acostado Aitor… me cago en todo…

Aitor la miraba pensando si había sido tan malo. Bueno, también era normal, una mujer recién divorciada, borracha y lesbiana, acostándose con él, que siempre había sido el típico colega. Se sentó a su lado y suspiró.

-¿Sabes qué es lo que más me jode?-Preguntó Aitor. Pepa no lo miró-. Que no sé si lo que hicimos fue solo fruto de la bebida o verdaderamente sientes algo.

La morena levantó entonces la vista y lo miró.

-Fue por la bebida-No tardó en aclarar eso. Mientras antes lo dijera, antes acabaría la conversación.

Aitor sonrió irónico y triste y asintió mirando a la pared. Tampoco él era capaz de mirarla.

-Lo suponía. Eres una chica con cabeza, sabes que si te acuestas con alguien es porque la quieres, porque ella te quiere a ti y porque es importante. No eres de las que te acuestas solo por sexo, por lo menos desde que te conocí.

Pepa fue girando la mirada poco a poco hasta llegar a un punto fijo, el cual se quedó mirando. Sintió de pronto como si le estrujaran el corazón para exprimir toda la culpa y se avergonzó de sí misma. No solo se había acostado con Aitor estando borracha sino que ahora, sin saber si quería a Silvia, sin saber si ella la quería y estando divorciadas, se habían acostado la noche anterior. Apretó los puños, sintió que le entraban ganas de llorar y tuvo que levantarse para salir fuera, al porche, donde tomaría un poco el aire, a ver si así se le quitaban esas ganas de llorar. Por si fuera poco, los nervios le estaban produciendo unas ganas de vomitar considerables.

-Estás sensible, chica-Se dijo en cuanto salió y se apoyó en la barandilla. Cerró los ojos un poco, sin apretarlos, y respiró profundamente varias veces, no solo para hacer desaparecer esas ganas de vomitar que tenía, sino para guardarse el llanto.

Ella, que no era de llorar, llevaba un tiempo bastante nerviosa hormonalmente hablando. Se deprimía con facilidad y lloraba a menudo, aunque solo fueran un par de lágrimas.

Pero esa noche fue capaz de aguantarse. Se había sentido una persona horrible mientras hablaba con Aitor, pero lo peor era que se estaba dando cuenta de que así no podía seguir, de que tenía que hablar con Silvia aunque le diera muchísimo miedo.

Como si el destino estuviera de su lado, la pelirroja apareció paseando por el porche desde el otro lado del chalet. Había salido de la cocina y caminaba mirando al suelo, acurrucada en sí misma, metida en sus pensamientos tras la conversación con David.

En cuanto Pepa la vio, aquellos pensamientos de hablar con Silvia se desvanecieron. Verla ahí, acurrucada en el pañuelo, con las manos entrelazas por el frío y la mirada perdida, la aturdía. No podía hablar con ella. No podía porque si lo hacía se arriesgaba a perder lo que ahora tenían.

Silvia levantó la cabeza y se paró en cuanto notó a alguien cerca suya. Al ver a Pepa apoyada en la barandilla, con aire pensativo, mirándola, todo el agobio se marchó, y aunque se supone que la tensión debería aparecer, pasó todo lo contrario. Una enorme tranquilidad que curaba la soledad las relajaba, haciéndolas sonreír levemente.

-¿Qué haces aquí?-Preguntó la pelirroja.

-Tomar el aire, me he mareado un poco con tanta gente dentro, ya sabes. ¿Y tú? Hace mucho frío.

-Yo también necesitaba tomar el aire, no me encuentro del todo bien.

Un silencio para nada incómodo se interpuso entre ambas y por la cabeza de las dos pasó la misma sensación de nostalgia. Otros años, por esas fechas, estaban abrazadas, o cogidas de las manos, mirando la tele y contando los segundos que quedaban para fin de año. Ahora la distancia entre las mujeres parecía mucho mayor.

-¡Titas!-Exclamó Sara cuando sacó la cabeza por la puerta. Tenía una enorme sonrisa en la cara-. ¡Rápido! ¡Quedan cuarenta segundos!

En cuanto dijo esto se esfumó otra vez hacia dentro, y las chicas la escucharon gritar, advirtiendo a todo el mundo, preparándolos para la cuenta atrás.

Sonrieron para aliviar la sensación de nostalgia y se miraron. Silvia encogió los hombros.

-Pues aquí viene un año más.

-Un año más-Repitió Pepa.

-¿Vamos? Sino no nos va a dar tiempo a llegar para la cuenta atrás.

-Sí, claro.

Se miraron durante unos segundos más. A ambas les apetecía abrazarse y besarse, darse alguna muestra de cariño que hiciera aquel principio de año un poco más llevadero.

Silvia finalmente se giró dispuesta a abrir la puerta bajo la atenta mirada de Pepa, quien, observando a su ex mujer y sintiendo grandes punzadas en el pecho producidas por los nervios, la tristeza y la nostalgia, no pudo contenerse, y sujetó la muñeca de Silvia, que con este leve contacto se giró de nuevo. Pepa tiró suavemente de su mano hasta pegarse a la pelirroja, y en cuanto escuchó las voces de sus amigos y familiares comenzar la cuenta atrás, le acarició la cara, sonriendo tiernamente.

-¡Cinco!

Silvia, hipnotizada por los ojos de Pepa, no hizo ademán de separarse.

-¡Cuatro!

Aún así, la morena la tenía bien cogida de la cintura con una mano, mientras la otra continuaba en la mejilla ahora caliente de la pelirroja.

-¡Tres!

Silvia, nerviosa, cogió aire y se pegó aún más a Pepa.

-¡Dos!

Ella ya no podía más, y aunque Pepa fue la que lo comenzó todo tirando de su muñeca, fue la Silvia la que se colocó de puntillas en sus tacones.

-¡Uno!

Los brazos de la pelirroja se enroscaron en el cuello de Pepa. La morena sujetó con más fuerza la cintura de Silvia y finalmente sus labios se unieron, dándoles a ambas la calidez que tanto necesitaban.

-¡Feliz año nuevo!-Se escuchó gritar a todos los invitados.

Dentro, el escándalo, los aplausos y los gritos lo llenaban todo. Fuera, un beso más romántico y tierno de lo que ambas se habrían imaginado, también lo acaparaba todo. Sentimientos, recuerdos, lágrimas, risas, palabras, engaños, ilusión, esperanza…Todo. Esta vez el beso no pasó a un grado mayor de sensualidad. Ambas se encontraban bien así, con los ojos cerrados, tranquilas, saboreando la boca de la otra, disfrutando de aquel contacto que, sin querer, se estaban regalando. Solo una vez se separó Pepa de Silvia para decirle con muchísimo cariño, lo que tanto se había escuchado esa noche:

-Feliz año nuevo.

Silvia sonrió.

-Feliz año nuevo.

Y volvieron a besarse, sin importarles si lo estaban haciendo bien, si deberían ir con más cuidado, y si estaban enamoradas o no. Solo besándose y dejándose besar, con la brisa fría del invierno pasando por alrededor de ambas, arrastrando con ella aquellas dudas que una vez aparecieron y que las frenaba a hacer lo que verdaderamente les mandaba el corazón.