Notas: Es de las pocas veces que he hecho notas a principio. No se asusten, es corto (?) Solo como advertencia. Este capítulo ha terminado por ser un poco más largo (más de lo normal) esto lo digo para que tengan sus precauciones (?) . Es largo, debido a que quise que fuera un regalo por apoyar este fic y no dejar que muera tan fácil.

Muchas gracias por pasar a leerlo ;v;

Sin más que decir, espero que disfruten mucho la lectura. ^^


"̴̻͈̝͎̙̬ͅL͎̲̖̥̪o̧̹̬̼ͅ ̬͔̘n̷i͓̪͠e̢ga̢̫s̖̱̭̟̘͕ͅ,̤͎̘ ̙t̷͍̭̻̲͎͖̳e̖̫͘ s̸͙̼̲o̴̬̦ṃ͎͉̺̠͞ͅͅe̠̹̻͙̺̘̳t̯͎͙̩͎e.̯̪̩̹̼͇̙͡.̳͚̠̪͈.̻̦̼ ̛̥͈̫͖̜̬͙"̰̦̝

Para el momento en que Bakugō despertó, la llamada noche de Silent Hill había llegado de nuevo. Pero esta vez, estaba siendo mucho más implacable que nunca. La lluvia caía con fuerza, el viento soplaba con tanta violencia que hacia retumbar todo lo de cristal, y ni se diga de los truenos y los rayos que seguían a esta orquesta de caos natural.

Katsuki recobro la consciencia cuando un trueno le hizo despertar.

Espero a que sus ojos se adaptaran a la oscuridad, y con la cabeza zumbando por el golpe que lo dejo inconsciente, salió trastabillando de la pequeña cabaña.

Llevaba el hacha en la mano derecha, a la cual apretaba con demasiada fuerza. En un intento casi inútil de calmarse. Bajo la guardia, pagando un precio tan alto que le llenaba el cuerpo entero de rabia y enojo.

Quería e iba a desquitarse del maldito que lo ataco y le despojo de sus cosas.

— ¡Izuku! ¡IZUKU! —Grito una vez que estuvo dentro de la Iglesia de nuevo. Recordaba vagamente que Midoriya le contó sobre que podría haber otras personas por Silent Hill, evidentemente personas malas. Por lo tanto, pensaba que quizá aquellos que los atacaron, fue solamente para robarles lo poco que tenían y que encontraría a su compañero igual de noqueado en medio de la Iglesia donde creía estaría.

— ¿Dónde mierda te has metido? ¡IZUKU, RESPONDE MALDITA SEA! —Grito de nuevo, dejando que su voz hiciera eco por todo el sitio. Cabe decir, que la Iglesia se veía algo tétrica. No había luces, y lo oscuro de las nubes de fuera no ayudaban a darle un mejor ambiente.

Antes de que gritara de nuevo, un trueno y un rayo aparecieron y con ello, el veloz destello de luz que le mostro a Bakugō la escena de aquel lugar.

Un pequeño charco de sangre con algunas gotas que indicaban un camino a seguir, y la abandonada mochila amarilla de Izuku. Todas las piezas encajaron en su cabeza.

— ¡NO PUTAS PUEDE SER! —Y de nuevo grito con coraje. Corriendo hacia la escena. La mancha de sangre le guiaba vagamente hacia la salida/entrada de la Iglesia, y la mochila de Izuku tirada y con algunas cosas esparcidas.

Se habían llevado a Midoriya.

Sí antes tenía motivos para desquitarse a golpes, ahora sin duda alguna, tenía motivos para matar a quienes los atacaron. Sobre todo sí le hicieron daño a su compañero.

No iba a perdonarles.

Guardo las cosas de Izuku en la mochila, se la coloco sobre los hombros y con el nuevo propósito de encontrar a su compañero ardiendo cual fuego del infierno en su interior, salió de la Iglesia como una fiera hambrienta.

Sin embargo, antes de hacer cualquier otro movimiento, palpo el bolsillo de su pantalón, notando el bulto redondo. Saco el talismán de su bolsillo y lo observo. Espero alguna reacción, pero en esta no había nada. Su complejo diseño no brillaba y eso le inquieto.

No quería pensar lo peor. No iba a aceptarlo.

—La última vez me ayudaste a encontrar a Izuku, así que esta vez lo harás también.— Le habla al objeto, ya que decirlo en voz alta siente que le ayuda más que solo pensarlo, puesto que continuaba con sus dudas sobre si aquella cosa de verdad funcionaría.

Espero, debajo del marco de la puerta de la Iglesia, mirando la lluvia caer y el viento moviendo las gotas de agua de modo que dichas gotas quedaran en un plano inclinado. Con la lluvia y la niebla, la oscuridad más notoria y el cielo con sus nubes de aquel gris oscuro, su campo de visión era muy limitado. Apenas podía distinguirse las figuras de los edificios.

Pero no iba a esperar más en moverse. No esperaría a que la lluvia se calmara, o que el clima mejorara un poco.

De nuevo miro el talismán, y este, extrañamente se encendió una sola vez. Su diseño brillando duro aproximadamente veinte segundos en los que Bakugō esperaba alguna señal que lo guiara a su desconocido destino.

Sin embargo, después de los segundos, el talismán volvió a apagarse y la rabia que llevaba el hombre de ceniza cabellera le tentó peligrosamente en arrojarlo. Al menos así estaba pensando hasta que vio una sombra pequeña a lo lejos. Justo a mitad de la calle que caminaba hacia donde estaba él.

Era una sombra pequeña que parecía ser completamente ajena al clima que caía con furia sobre el pueblo. Cierto que la sombra lucía afectada por la lluvia, pero aun así no se mostraba temeroso del clima.

Trato de enfocar y vislumbrar a la sombra pequeña, misma que le saludo a la distancia. Fue ahí que Katsuki noto que no solamente se trata de una sombra pequeña.

— ¿Izuku? —Sí, sin duda reconocería aquella cabellera desordenada, verde y rizada de su compañero en cualquier parte. Pero, no solamente fue eso. Poco a poco, entre más se acercaba la pequeña sombra con él, observo perplejo que se trataba de una versión infantil de Midoriya.

Le calculaba sí acaso unos seis años.

El ahora pequeño Izuku, le saludo de nuevo cuando estuvo más cerca. Con aquella melosa y dulce sonrisa que remarcaba ahora mucho más las abultadas mejillas infantiles. Bakugō dudo. ¿Qué se suponía que hacía una versión así de Midoriya? ¿Por qué apareció? ¿Y qué es lo que quería de él?

Y aunque pudo seguir preguntándose muchas más cosas, el pequeño Izuku comenzó a correr hacia la derecha de la calle.

Katsuki pensó, que sí ya había seguido algo extraño antes, ¿Por qué no seguirlo ahora también?


Despertar fue doloroso. Sus músculos dolían, su cuerpo se quejaba por el mal trato y se sentía ligeramente mareado y débil.

Su último recuerdo fue aquella emoción salvaje y destructiva dentro de él, que quería acabar con dos hombres. Tras ello, no recordaba nada.

El hombro le dolía, más que nada porque sus brazos estaban en una posición para nada favorecedora y que solamente acrecentaban el dolor del hombro. No conforme con eso, sentía sobre sus muñecas algo que las ataba, pero no sabía exactamente qué era lo que las ataba.

No era una soga, ni cinta. Era un material extraño de plástico. Sin embargo, no era la única cosa extraña que tuvo al despertar. No llevaba su playera y sobre su hombro estaba un parche y unas vendas por encima. Alguien trato su herida. Y no había sido alguien que se intuía bien como lo hizo él o lo hacía Bakugō. Aquel trabajo estaba hecho por manos de alguien que sí sabía tratar bien las heridas.

Su cabeza, incluso con dolor, busco maquinar todas las posibilidades que pudiera, pero ese hecho quedo en segundo plano, cuando tres figuras entraron a la habitación donde estaba. Alumbrando con linternas potentes que le cegaron por unos segundos cuando su luz le dio por completo en la cara.

— ¡Yo te conozco!— Dijo una hermosa mujer de cabellos largos y rubios. De gruesos labios y cuerpo escultural. Misma que sostenía un estuche medico improvisado. — ¡Tú eres el conejito! ¡Deku el conejito!—

Apenas escucho su apodo, el peso del mundo cayendo sobre su cuerpo se hizo más presente. Sus orbes verdes trataron de enfocar a la mujer que le había hablado, y maldita sea su suerte, la reconoció.

Camie Utsushimi, era –o fue mejor dicho— una de las enfermeras transferidas a su Hospital cuando el cumplió los dieciocho años. No supo que fue de ella, ya que un año más tarde fue regresada al otro Hospital.

Pero un año era suficiente para conocer muchos de los rumores de donde él estaba.

—Oh. El mundo sí que es un lugar pequeño. —Dijo de nuevo la chica. — ¿Sabes? Sigues siendo tan lindo como la última vez que te vi. —

Las manos de la chica no dudaron nada en acariciar sus mejillas, pellizcarlas y tirar un poco de sus cabellos verdes. Dejando como resultado que ella estuviera muy encima de él.

Esa era una de las cosas que más recordaba Midoriya de ella. Camie no conocía lo que era el llamado espacio personal.

—No sabía que se conocían. —Hablo el hombre de cabello negro, el mismo que le apunto con su arma en la cabeza.

— ¡Claro que lo conozco! ¿Recuerdan que les dije que era una enfermera antes? ¡Pues él es el conejito favorito del Hospital Psiquiátrico a donde me trasladaron antes del escándalo…—Responde Camie. Mientras abría el pequeño estuche médico y comenzaba a revisar la herida. Ya casi todo comenzaba a encajar.

—Eso sí que es interesante. —Añade Shindō, quien junto a Inasa dejan las linternas un poco lejos para alumbrar la habitación. —Bien, escucha con mucha atención… tú…

— ¡Dile Deku! Es su apodo favorito. —Interrumpe la rubia. Haciendo que a Izuku casi le diera un tics en el ojo ante los comentarios de la mujer.

—Bien, Deku. —Dice Shindō de nuevo. —Te he estado siguiendo casi desde que entraste, aunque debo admitir que te has escondido bien de mi algunas veces, pero siempre te he encontrado.— Dijo. E Izuku se quedó mirando al hombre, tratando de mantener su mirada con toda la inexpresión que pudiera. —He notado que eres muy inteligente y bastante intuitivo. Así que creo firmemente que sabes cómo escapar de aquí.

Las miradas de los tres presentes se quedan sobre Midoriya, pero este se niega en decir una sola palabra. Mantiene su rostro calmado y procurando no mostrar ninguna expresión.

—Pareces ser rudo, eh…— Dice Shindō, frotando su cuello con cierto gesto cansado. Para seguido soltarle un fuerte puñetazo que hace que incluso el rostro de Izuku quede ladeado y este deba escupir. Sigue sin decir nada, e incluso mantiene su rostro hacia ese lado. Shindō de nuevo gruñe. — ¿Quieres seguir jugando así?

Los puños del hombre se presionaron con fuerza, clavando sus uñas en la piel de su palma. Estaba listo para darle otro golpe cuando Camie interrumpió.

—A la fuerza no vas a sacarle nada. Fue el conejito favorito de Overhaul y de Sir NightEye, sabe lo que es soportar el dolor… Antes te cansaras tú que él. —Fue la primera vez que la chica no hablaba con aquel tono juguetón y alegre. Era un tono más serio, e incluso el ceño levemente fruncido delataban la gravedad de la situación.

— ¿Y qué sugieres que hagamos?

—Podemos pensar en cómo sacarle información si sigue de necio. —Habla Inasa. —Después de todo, no habrá nadie que lo busque. — Aquel comentario lo suelta con toda la malicia que pueda, esperando ver una reacción en el atado chico, pero este sigue sin hacer o emitir un solo sonido.

Los tres se miran de nuevo entre ellos.

—Te dejaremos pensando un rato más, si sigues sin querer cooperar, te mataremos. —Advierte Shindō, mientras que los tres toman sus cosas y salen de la habitación, dejando que Midoriya se funda de nuevo en la oscuridad.

La lluvia sonando, los truenos y rayos acompañando a la lluvia, ocultan los sollozos de Izuku cuando se encuentra solo de nuevo. Su corazón se sentía desolado, pesado, y su mente solamente enfocaba aquel recuerdo de Katsuki y la única sonrisa que le dio. Un recuerdo que ahora atesoraba en su cabeza con tanto cariño que provoca que las demás emociones negativas se vuelvan más fuertes ante la teoría que vagaba por su cabeza.

¿Realmente Katsuki estaba muerto? ¿Realmente ya no quedaba nadie que lo buscaría?

Se negaba en creer que había muerto. Y no lo creería. Llego al grado de decirse que no lo aceptaría hasta que viese el cuerpo del cenizo sin pulso, tieso y completamente frío en sus brazos.

Pero sí algo le había parecido difícil durante toda su vida, era conservar la esperanza en casos graves.


Bakugō continuaba corriendo por las calles. Mojado hasta el alma y con nuevas heridas que presumir. Durante su camino siguiendo a la sombra del pequeño Izuku, fue atacado por dos monstruos oni que salieron casi de la mismísima nada. Uno de ellos le dejo un corte en la mejilla y el pecho, y el otro logro enterrar su cuchillo en el hombro izquierdo. Gracias a sus reflejos la profundidad de la herida no es grave.

De alguna manera se las arregló para pelear y ganar.

Ahora entendía excelentemente por qué Izuku no quería salir cuando llovía por Silent Hill. El ambiente era incluso más frío, más peligroso y la sensación del miedo era casi palpable. Pero incluso así, él estaba dispuesto a seguir fuera en búsqueda de su compañero.

Katsuki sentía miedo e impotencia. A pesar de no querer pensarlo, de querer solamente enfocar su atención en seguir moviéndose, en perseguir a la sombra del pequeño y tratar de mantener sus sentidos alerta, el pensamiento de que a Izuku le podrían estar haciendo daño no abandonaba su cabeza.

Pensaba en que quizás estaba siendo golpeado, torturado, violado. Y sí algo le había pasado, o sí aquellos idiotas lo lastimaban así, él cobraría venganza. Mataría de nuevo y se sumergiría de nuevo en la pútrida oscuridad donde ha vivido desde los quince años.

Puesto que si había algo que Katsuki odiaba con toda la fuerza de su alma, era a los abusivos. Odiaba a esos sujetos con tanta violencia, que recordó aquella vez en su trabajo de mecánico, cuando una joven llego y dos de sus compañeros se volvieron insoportables.

Llegando al grado en el que Bakugō les amenazo con una llave de cruz, diciendo que se las metería por el ano y le daría tantas vueltas que cambiaría sus entrañas de lugar y defecarían por la boca. Sí, había sido muy gráfico y explicito con su amenaza, pero solo así esos dos imbéciles se comportaron con la dama y con el resto de mujeres que llegaron a ir.

En momentos así, se preguntaba sí el ser humano estaba hecho para aprender por las malas. Ya que no ha visto a nadie que no aprenda la lección después de un muy mal momento.

En su caso, él aprendió muchas cosas a la fuerza y por las malas.

Aprendió que la justicia solo existe sí decidimos tomarla con nuestras propias manos; que no se puede confiar en – casi— nadie, y que en lo único que debes creer es en ti y en nadie más. Esas eran las verdades universales que aprendió y que jamás ha olvidado.

Ya que no puedes olvidar algo que has aprendido por las malas.

—No quiero que lastimen más a mi Mami. Por favor. — Su carrera y su momento de reflexión se ven interrumpidos cuando escucho aquella chillona voz. Mejor dicho, su voz de pequeño.

Se detuvo en medio de la calle, mirando a su alrededor, esperando ver algo. Y para su mala suerte, lo vio.

Un poco alejado de él, mientras la lluvia se aligeraba un poco y la densa neblina se suavizaba, vio cuatro masas negras que estaban adoptando poco a poco distintas formas. Una de ellas tomaba su forma de niño y las otras tomaban las formas de adultos. Su cuerpo quedo petrificado con la escena que estaban haciendo aquellas masas.

Su yo pequeño estaba de rodillas, mientras que uno de los hombres tenía su mano sobre sus cabellos y tiraba de ellos. Mientras que él seguía pidiendo que no lastimaran a su Madre.

— ¿Alguien te ha dicho que eres igual a tu Madre?— La voz de aquel desgraciado sonó con burla.

—Estoy seguro que será igual de rico que su Madre. — Otra voz de esos desgraciados se escuchó. Y después vinieron las risas y los fuertes sollozos.

Las risas parecían resonar de todas partes del pueblo, al igual que sus propios sollozos y la voz de su Madre gritando que no le hicieran daño.

Soltó el hacha, y llevo sus manos a sus oídos, tratando de no escuchar nada. La risas sonaban más y más fuertes, las suplicas de su Madre también y sus propios sollozos. Sus piernas fallaron, haciendo que cayera de rodillas. Una extraña sensación de debilidad lleno hasta la última de sus células provocando que su cuerpo temblara sin control alguno. Sus ojos lagrimearon y casi podría decir que sus oídos sangraban. Cerró los ojos con fuerza, mientras continuaba aferrando sus manos a su cabeza.

El pecho le dolía, el cuerpo le dolía y ese sentimiento de fragilidad extrema lo tenían como un hilo. Pocas veces experimento un momento llamado "ataque de pánico", y a juzgar por cómo se sentía, estaba seguro que caería en uno de nuevo.

—Ya basta… —Pide, aferrando sus manos a sus oídos. —Basta… —

— ¡No toquen a mi hijo por favor! ¡Lo que quieran hacerle háganmelo a mí! —Esa frase de su Madre resalto, y el corazón de Bakugō se comprimió más. Ya que los recuerdos amenazaban con ser revividos y atormentar mucho más su cabeza.

—Es muy tentador, señora Bakugō. —La voz masculina que respondió a la súplica de Mitsuki se escuchó distorsionada, siendo un tono de voz más grave y con extraños ecos que le acompañaron. Parecida a la voz de un demonio.

¡Kacchan! — El pequeño Izuku grito, como una señal de alerta que Bakugō escucho con tanta claridad que abrió los ojos y vio de nuevo su entorno, esta vez, para ver a una masa negra, que oscilaba en una forma humanoide y babosa, de largos brazos y manos grandes. Sin ojos, y con una redonda boca de la que salía una lengua larga que le llegaba casi hasta el pecho.

Sus piernas no podían notarse debido a todo el líquido del que estaba hecho. Su piel se reflejaba rostros de agonía que sobresalían y añadían a la orquesta de gruñidos raros de la criatura, sus propios sollozos.

Katsuki tomo el hacha y corto con suma facilidad a aquella cosa. Su respiración estaba acelerada, sus ojos llorosos y el miedo ahogado en su garganta. Sintió dos manitas pequeñas jalarlo de su playera, y de inmediato vio al pequeño Izuku con su rostro pálido y asustado.

Observo de nuevo hacia donde estaba aquel charco de la asquerosidad negra, mismo que burbujeaba cual alquitrán.

—Es mejor irnos. —Bakugō ni siquiera lo pensó más y tomo al pequeño de la mano para llevárselo corriendo una vez más por las calles de Silent Hill.


Si las cosas antes estaban mal, fueron empeorando con la salida y aparición de aquellos nuevos monstruos que lo perseguían por las calles. Cada uno con forma humanoide y que representaba a una distinta persona de su pasado.

Lo "bueno", era que estos monstruos eran eliminados con suma facilidad, pero el lago negativo que siempre hay en estos lugares, era que, una vez eliminados los monstruos, quedaban charcos negros y burbujeantes. Aquellos charcos se quedaban ahí, sin la intención de evaporarse o desaparecer como lo hacían los otros monstruos.

El pequeño Izuku que buscaba cruzar para seguir guiando a Bakugō, paso por un charco que en el acto le atrapo con todas las manos que salían de él. Aquellas manos grandes que lastimaban al pequeño, rasguñando, golpeando y tirando de su cabello y ropas.

Katsuki cortó las manos apenas las vio. Cortando tan fácil como si fueran flores de un jardín.

Esto ocasiono que en cierto punto, fuera imposible avanzar por la calle llena de charcos. Cargo al pequeño en sus brazos, y comenzó a buscar otro callejón por el cual pasar. Ya que sí algo ha aprendido de Silent Hill, es que la mayoría de sus callejones conectan siempre con otras calles y caminos principales. Claro, se rodeaba más, pero en esas alturas era mejor tardar un poco más en llegar que ser atrapados y herirse más.

—Por ese callejón. —Señala el pequeño, justo a un camino que estaba a la izquierda. Bakugō se maniobra por los charcos hasta llegar al callejón y seguir avanzando con el pequeño en sus brazos quien se aferraba a su cuello.

Podía sentir como ese Izuku temblaba en sus brazos. No podía ofrecerle algo para cubrirlo del frío o de la lluvia, misma que ya estaba desapareciendo de los cielos. Igual no era que marcara una diferencia después de todo el tiempo que paso bajo la torrencial lluvia de antes.

Avanzaron con calma por el callejón, y unos cinco minutos después, Izuku pidió que lo bajara.

— ¿Y ahora hacia dónde?—Pregunta Bakugō ante la nueva intersección que se han encontrado. Pero, esta vez, Izuku le pide que entren a un edificio. — ¿Qué? ¿Es ahí donde estás?

—No.

— ¿Y por qué putas debería entrar?

—Tú debes entrar.

La respuesta del pequeño, quien seguía manteniendo su inocente y dulce mirada sobre él, deja a Bakugō inquieto y mirando con mucha desconfianza la puerta trasera de ese edificio.

— ¿Se trata de una trampa?

—No. —Dice el pequeño. — Él* no dejara que te acerques a Izuku tan fácil. Debes darle lo que quiere y te permitirá reunirte con Izuku de nuevo. —

Bakugō de nuevo se extraña. Confundido mira al pequeño, pero este sigue reflejando tanta inocencia y que se muestra tan ajeno al posible peligro que hay detrás de esa puerta, que Katsuki de verdad no sabe cómo más reaccionar.

Se queda pensando en ese tal "él" que menciono el niño. ¿Es acaso el poder del pueblo al que se está refiriendo? ¿O se trata de otra cosa?

— ¿Así que debo entrar para poder hacer algo?

—H-Honestamente no estoy muy seguro. —Sincera el niño. — Solo sé que debes entrar y pasar ese edificio para llegar a Izuku. —

— ¿Y qué si quiero rodearlo?

—A-Así no funcionan las cosas. —El pequeño infla sus mejillas y encoge sus hombros. —Dentro encontraras algo que te ayudara. Eso dijo él.

—Tenemos el puto talismán, ¿qué otra estupidez necesito?

—Pero el talismán no funciona contigo como si lo tuviera yo.

Bakugō se queda callado.

—S-Sí pasas el edificio, podrás usarlo.

—Espera… —Dijo Katsuki mientras frotaba sus cienes, sintiéndose mucho más hastiado por la situación. — Tú has aparecido aquí después de que pedí ayuda al talismán para encontrarte, ¿eso no significa que el talismán me reconoce como un usuario igual de bueno que Izuku?

Nop. —Y antes de que el hombre hablara de nuevo, el pequeño se adelanta. — La razón de que estoy aquí, es por Izuku. Él te necesita. Y el talismán reconoce a Izuku como su poseedor. Así que usa el deseo y su fuerte creencia, para llevarte con él incluso sin tener el talismán consigo.

Los carmesís ojos del otro se enfocan en el pequeño y la manera tan clara con la que explico su aparición. Sinceramente pensaba que aquel pequeño Izuku no sería tan consciente de que estaba haciendo ahí. Pensaba incluso que aquel niño creería que estaba en algún sueño. Pero no, estaba hablando y expresándose sobre sí mismo como una alucinación.

El niño se mostraba con una madurez impresionante ante los ojos de Katsuki.

—Eres algo así como… Nacido del deseo de Izuku para que yo este con él. ¿O me equivoco?

—Sí, algo así.

Sí ya las cosas estaban extrañas antes, ahora Katsuki sentía una terrible jaqueca por todo el lio mental que estaba envolviéndolo. Sabía que Silent Hill usaba trucos mentales para hacerlo caer, pero no espero que el talismán hiciera lo mismo y de un modo bastante peculiar.

Una parte suena bastante hermosa y romántica si lo piensa. Izuku desea y quiere que este con él. Algo que agradece y le avergüenza. Porque él también quiere estar con Izuku. Claro, Midoriya es un poco más sincero que él. Sin embargo, eso no explicaba por qué había una manifestación de Midoriya a esa edad tan pequeña, pudiendo mandar a un Izuku de la edad que lo conoce.

Katsuki suspira una vez más, mirando la fachada trasera del edificio. Una puerta en color azul que estaba entre abierta, con paredes de ladrillo desgastados por el tiempo y un par de ventanas con cortinas sucias y rotas desde los extremos. No se podía ver más, puesto que dentro del lugar se notaba la aplastante oscuridad de la que nadie era fan.

Observo al pequeño Izuku de nuevo.

— ¿Entraras conmigo?

— ¡Claro que sí! Debo cuidarte. —La sonrisa que dedica el pequeño, amplia, que mostraba sus dientes con un pequeño vació donde faltaba un diente y que resaltaba sus mejillas abultadas. Y como si eso no fuera suficiente para el pobre corazón de Katsuki, un pequeño rojo se instaló en las mejillas del menor.

Era demasiada ternura para el mayor.

De verdad que no quería entrar. Pero sí con eso lograba llegar a Midoriya y que el jodido talismán lo reconociera como un poseedor también, lo haría.

—No te apartes de mí, niño. —Advierte Katsuki. Sujeta el hacha con firmeza de nuevo, tomando una gran bocanada de aire.

El pequeño se sujeta de la playera de Bakugō, y después de que el adulto suelta todo el aire que tomo, avanza para entrar al misterioso edificio.


Midoriya había dejado de llorar en algún momento. Aunque no sabría decir cual exactamente, ya que se había quedado dormido. A esas alturas el clima de fuera estaba mortalmente tranquilo, que significaba que la noche de Silent Hill había llegado a su final.

Durante su sueño. Tuvo una pesadilla o un extraño sueño que parecía ser profético.

Soñó con Katsuki.

En su sueño, Bakugō estaba sobre el piso, desangrándose por una herida en el cuello. Él tenía sus manos sobre la herida en un inútil intento por salvarlo. Veía a sus tres captores con el talismán y escuchaba sus risas, burlándose de él. Vio la vida escapar de los ojos rojos de Katsuki y como una fuerza animal y salvaje lo atrapaba a él.

Convirtiéndose en un auténtico monstruo que termino por matar a los otros tres y al final… Con su arma en su boca, se dio un tiro.

Despertó sobre saltado y jadeando. Con todo su cuerpo adolorido y la incómoda posición en que durmió. La oscuridad que lo rodeaba, lo hizo alucinar que veía algo en ella. Una sombra que lo observaba con aquellos ojos amarillos brillosos.

—Nunca me canso de verte sometido de esa manera, Deku.

La voz del Sir Nighteye, siempre le causaba escalofríos. Y su figura saliendo de las sombras como el fantasma en turno, lo empeoro más. Aquel hombre que llevaba su impecable bata blanca, sus finos y siempre limpios lentes, así como el último de sus cabellos controlados hacía su aparición especial.

Se fue acercando a él, con calma y un peculiar deleite.

—Las cadenas siempre te han pertenecido, Midoriya. —Habla de nuevo, mientras se pone de cuclillas para sujetar a Izuku por el mentón. —Eras un conejillo hermoso.

Izuku cerró los ojos con fuerza, luchando contra sí mismo para calmarse y no agitarse. No iba a dejarse intimidar, no por un fantasma como lo era aquel hombre. Ya no tenía control sobre él.

—No sé qué es lo que siempre te está impulsando a seguir viviendo. Antes creía que se trataba por tu Familia… pero al ver que te abandonaron como un perro a nuestro cuidado, me dejo claro que no era por ellos. Entonces me pregunte: ¿Qué es lo que nos mantiene con vida realmente a los humanos?— Dijo el Sir. — ¿Nuestras creencias? ¿Las absurdas ideas sobre que nacimos para algo en especial? ¿Nuestros deseos? ¿Las metas? ¿La ciencia? ¿Las promesas vacías? ¿Aquel llamado destino?

El impecable hombre que resaltaba dentro del ambiente de la habitación, comenzó a dar vueltas, dándole a Midoriya un sentimiento de nostalgia tan puro que hacía que su cuerpo entero temblara y quisiera romperse ante lo que sabía que siempre venía después de su monologo de ideas y reflexiones dignas de los villanos o los desquiciados científicos que buscaban respuesta a todo.

—No… Debía haber algo más que nos mantuviera con vida. Y sí lo encontraba, podría arrebatarlo de su usuario y convertirlo en una marioneta perfecta. Una marioneta viva, pero muerta al mismo tiempo. Digo, la vida es un caos con dramas innecesarios, sentimientos, pensamientos y con gente que desperdicia sus neuronas y su fuerza en cosas banales y estúpidas que nunca harán bien. Porque esta llamada vida, fue hecha solamente para los que deseamos conocer más allá de nuestra propia existencia. Y yo, mi querido conejito verde, he encontrado él por qué estoy aquí. Gracias a ti y al resto de los locos de este lugar. — El Sir se acerca de nuevo, con aquella sonrisa tan extraña para su rostro estoico. Le sujeta por las mejillas, presionando hasta lastimarlo. — Yo estoy aquí, vivo, para arrebatar esa vida a las personas sin matarlas y usar sus cuerpos útiles para mis avances científicos. Un cuerpo así no da problemas. No piensa, no razona, no habla y no tiene su estúpida fuerza de voluntad. Esa era mi misión… Pero tú… Tú mi querido conejito, nunca te rendiste.

El agarre en las mejillas del pecoso aumento y un pequeño quejido escapo de sus labios.

—Tú destruiste mi teoría. Mis notas. Tú y tu estúpida voluntad lo arruinaron todo. No pude matarte. —El hombre pareció triste por un segundo. — No solo destruiste mi carrera y mis notas, también me arrebataste todo.

—Es una pena que nunca te arrebate la vida. —Habla Midoriya por primera vez, atreviendo no solo a contestar, sino también en ver a los ojos a su verdugo. El verde contra el dorado en una fiera batalla de miradas.

Incluso si Izuku sentía que el cuerpo entero se quebraba por la presión y el miedo, se negó a sí mismo a rehuir de la mirada del Sir. Nunca pudo enfrentarlo de esa manera, pero en ese momento, donde su dolor mostraba ser más grande que su miedo, pudo hacerlo. Pudo enfrentarse a su castigador.

Poco antes de que el Sir dijera algo de nuevo, la puerta de su habitación se abrió, mostrando a una encantadora y sonriente Camie que llevaba unas galletas y una botella de agua.

La manifestación del Sir desapareció y Midoriya pudo respirar por fin. La chica de inmediato percibió no solamente un ambiente frío y pesado, sino también cierto aroma a desinfectante.

Hizo una mueca ante el olor, y trato de buscar sutilmente de donde venía aquello, pero nunca encontró su origen.

—Anda, debes comer algo sí quieres recuperar energía. —Decía la mujer con las galletas en su mano. Tomo un lugar delante de Izuku, sentándose en posición de loto. —Shindō no te hará más daño por ahora, pero, creo que deberías pensar seriamente en ayudarnos.

El silencio de Midoriya era inquietante para alguien como lo era la chica. Quizá ella tampoco era muy parlanchina, pero le gustaba tener una buena plática de vez en cuando.

—Sé que el Sir y Overhaul no fueron buenos contigo. Bueno, nadie lo era dentro del psiquiátrico… Pero nosotros somos buenas personas y no te haremos daño si cooperas. — Continuaba hablando Camie mientras le ayudaba a comer la galleta.

Izuku mastica la galleta, rindiéndose al hambre que tenía. La mastica en silencio, antes de ver a la rubia mujer de nuevo.

—Nadie que esté en Silent Hill es buena persona. —Habla por fin Izuku. —Sí estamos aquí, es para ser castigados. Es imposible salir. —

Un intercambio de miradas se permite entre la joven mujer y él. Aquellos ojos tan vacíos que Camie vio muchas veces en Izuku aparecieron y le llenaron de escalofríos. Siempre había sentido aquellos ojos como los de un muerto.

—Eres algo pesimista, ¿no lo crees?—Camie sonríe.

—Soy realista.

Ambos se miran de nuevo, en pleno silencio. La mujer rubia no sabe que más decir y solamente se limita en darle agua antes de salir de la alcoba de nuevo. Ya que, aunque ella misma no quisiera admitirlo, esa forma en la que Izuku le respondió, tan sincera y convincente, de verdad que la dejo inquieta.

Camie llega de nuevo hasta la sala donde estaban sus dos compañeros revisando un desgastado y roto mapa.

— ¿Te dijo algo?—Pregunta Shindō.

—Que es un realista que sabe que no escaparemos de aquí. —Responde ella soltando un largo suspiro. — ¿De verdad no creen poder resolver esto solos?

— ¿Crees que de verdad no podemos sacarle nada de información a la fuerza?—Contra pregunta Inasa. — Shindō y yo podemos ser muy imaginativos para las torturas.

—No. Ese chico estuvo en el infierno de lo que fue el Psiquiátrico Primer Precepto. —Responde Camie, dejándose caer sobre el sofá. Mirando a sus compañeros que no habían entendido porque tanta importancia al nombre. — Ese era parte de otros ocho hospitales que dirigía el Dr. Overhaul. Pero fue cerrado después de un incendio y las investigaciones que se hicieron. Era un lugar horrible para cualquiera que fuera un paciente. Abusos, drogas, torturas, violaciones, experimentación. Era un infierno.

Los otros dos varones se miran y una extraña idea surge de ambos. Sobre todo cuando la sonrisa de Yo se amplia y muestra sus dientes blancos.

—Creo que sé cómo podemos hacerlo hablar entonces. —Sonríe, mirando a Camie y después a Inasa. —Comeremos algo y después le refrescaremos la memoria al pequeño Deku.

No había que ser un genio para saber qué era lo que Shindō estaba planeando para hacer hablar a Midoriya.


No le tenemos miedo a la oscuridad realmente. Le tenemos miedo a lo que hay dentro de ella.

Nos asusta lo que pueda salir de la esquina oscura de la habitación, lo que hay dentro de un armario oscuro, lo que se oculta bajo la cama, lo que hay al final de un pasillo o lo que pueda estar dentro de una habitación.

No nos asusta la oscuridad como tal. Nos asusta no saber qué es lo que se oculta dentro de ella.

Ya que nuestra imaginación es la que se encarga de hacer todo el trabajo por nosotros. Nos asume que debe haber algo dentro de aquella habitación, esperando por nosotros. Un monstruo, un asesino, un fantasma o lo que sea que nos cause miedo.

Katsuki descubrió esa misma verdad a una edad tan corta e inocente. Descubrió que la oscuridad no le asustaba, sin embargo a él le asustaba lo que pasaba dentro de ella.

En sus pesadillas, siempre escuchaba gritos, sollozos y suplicas. Siempre escuchaba una voz rota por el llanto, que rezaba y decía que todo estaría bien. En eso se resumían sus pesadillas.

Y esta vez, no era muy diferente a esas pesadillas. Solo que no escuchaba nada. No había gritos, no había sollozos, ni suplicas. Y sinceramente no sabía que era lo que más le asustaba.

Justo cuando se internó dentro de aquel edificio, la aplastante oscuridad lo gobernó todo por algunos momentos antes de que sus ojos se adaptaran a ella. Tuvo una pequeña muestra de luz natural que se filtraba por algunas ventanas, pero no era suficiente. La oscuridad era tan espesa, que parecía tragarse la luz y mantenía todo en oscuridad.

El silencio dentro era agobiante. Sus pasos sonando, su respiración y la pequeña compañía que llevaba con él, si bien calmaba un poco su estrés, la latente sensación de amenaza seguía presente conforme pasaba el tiempo.

El hacha en sus manos le lastimaba por la fuerza con la que la estaba sosteniendo.

—Debemos subir. —Dijo el pequeño Izuku. —Usa el elevador.

— ¿Qué? Es más seguro usar las escaleras.

—No. Debe ser el elevador. —Insistió el pequeño, jalando a Katsuki por la playera para llevarlo hasta donde decía.

Bakugō gruñe, y antes de tratar de hablar para oponerse de nuevo. Sus ojos miran hacia el elevador. El tintineo de sus puertas abriéndose, la luz por dentro y un sentimiento hipnótico que lo llama, provocan que sus piernas se muevan solas.

No puede controlarlo, y aunque lucha contra aquella sensación, entre más resistencia pone, más atrapado se siente. Cual arenas movedizas que lo han atrapado y no piensan dejarlo ir hasta ahogarlo.

Ambos suben al elevador, y una vez dentro, Izuku presiona un botón. El elevador sube y baja, se atasca y finalmente lo que debía ocurrir, ocurre. Algo sale mal y el elevador se agita y estremece con violencia. Bakugō por fin sale del ensueño donde estaba y abraza al pequeño para protegerle.

La luz del interior se va. El tintineo y algo rompiéndose, así como un estruendo que ensordece sus oídos y apresa su cuerpo en la oscuridad, dejando que sea la pequeña melena verde lo último que Bakugō vea antes de desmayarse… o morir.


Bakugō despertó. Esta vez estaba en cierto lugar, demasiado conocido para él.

Una habitación pequeña, con muchos juguetes y posters pegados a las paredes. Con papel tapiz de color crema y piso de madera. Las sabanas de su cama tenían estampados de súper héroes y a su lado estaba un peluche de un dragón rojo que usaba para dormir. Las ventanas de su habitación filtraban algo de luz y una suave y fresca brisa movía las cortinas blancas. Incluso escuchaba algunos pajarillos cantar.

Estaba en su habitación.

— ¡Katsuki, a desayunar! —Esa voz tan conocida para él, le llamo y a su vez, un exquisito aroma de huevos con tocino le inundo provocando que su estómago rugiera de hambre.

Ni siquiera lo pensó dos veces cuando salto de la cama y corrió fuera de su habitación, bajando las escaleras, todo para llegar hasta la cocina donde su Padre estaba sirviendo algo de café y su Madre terminaba de poner los platos con la comida.

—Al fin despiertas dormilón. —Dice Mitsuki. — ¡Te dije que no te desvelaras jugando!

— ¿Quieres jugo o prefieres leche con chocolate para el desayuno, hijo?—Dijo Masaru.

Katsuki sentía aquella escena tan irreal de sus Padres. Verlos felices, tranquilos y tan cotidianos.

—Es un hermoso recuerdo, Bakugō. —Y era cierto. Aquello tan irreal y uno de sus mejores sueños, realmente lo era y fue roto por la voz de Tsunagu. Quien sentado en su sillón pequeño y giratorio, atrajo la atención de Katsuki.

Bakugō giro a él y repentinamente su entorno cambio. No había más casa, ni Familia feliz, solo una habitación sin chiste, con un sofá amplio, una alfombra y una mesita auxiliar al lado de Hakamata. Las ventanas estaban selladas con tablones de madera, las paredes de aquel tono oscuro color azul y el piso de madera. Había libreros detrás de Hakamata, así como un enorme espejo y una lámpara de techo con su impecable tono blanco.

—Has llegado temprano a tu cita. ¿Quieres comenzar?

"҉͎̣̳ͅL̷̤̠̞̼̯o͢ ̧͚̠̹̫q̨̹u̧e̕ ̵͍̘̖̖a̧̦̤͉̺c̖̩̻̪̹e̻̺͔̟p͓̱͈̣͡t̬̤͍͡ͅa̙̗͡s̭,̭̼͔͝ ̻̬̩̟̭͝ͅt͓͚̰̦̘e͇͚͇̟̫ ͍̪̳͚ṯ̮̲̭r̞̜̘̗̮̩a͙͍̫̭n̶͍s̴͈̙̟̩ͅf̫̭̹̫̖̝o̯̯͕r̖͓͙̻͖̟ͅm̺a͟.̸̫"̬

Tsunagu Hakamata era un psicólogo. Muchas personas siempre hablaban bien de él y su excelente trabajo que garantizaba resultados maravillosos.

Amado por muchos y odiado por una sola persona.

Bakugō Katsuki. Su hijo adoptivo.

La historia entre estos dos era corta. Hakamata buscaba a un hijo que pudiera hacer feliz a su esposa, y Katsuki fue el niño ideal, para ese trabajo. Era un niño encantador, educado y reservado que ocultaba mucho detrás de esa faceta silenciosa y sumisa que mostraba casi siempre en casa.

Huérfano de una Madre suicida y un Padre que parecía ir por el mismo camino que su esposa, pero que al final falleció por un accidente donde solamente Katsuki sobrevivió. Sin embargo, aún quedaba mucho por descubrir de aquel hermoso jovencito de piel clara y ojos rojos que cuando Tsunagu descubrió la verdad, supo que había encontrado no solo al hijo perfecto, sino también a un arma ideal.

—Tú no puedes darme terapia. —Responde Bakugō, mirando al hombre con el ceño fruncido.

— ¿Y eso sería…?

—No puedes tratar a tu Familia.

—Tú y yo no somos familia, Bakugō. Tú y yo éramos extraños habitando una casa y después fuimos dos socios. Tú me dabas lo que quería, y yo te cumplía tus deseos. —Dijo el rubio hombre. —Vamos, toma asiento.

Pero Katsuki odiaba que le dieran órdenes. Lo mando al diablo como siempre, y trato de salir por la única puerta que había, pero esta nunca se abrió. Y aunque su experiencia con puertas era que podía echarlas abajo, esta sin embargo no podía. No llevaba un hacha, ni la mochila de Midoriya y el material de dicha puerta no parecían ser la convencional madera aunque esta luciera exactamente como madera. Ni siquiera había notado que no llevaba sus cosas ahora que lo pensaba con más calma.

— ¿Dónde carajo están mis putas cosas?—Gira hacia el hombre, quien pacientemente suspira.

—Esta inconsciente ahora mismo, por eso no tienes tus cosas. —Responde Tsunagu. — ¿Recuerdas el elevador? Caíste y has quedado inconsciente. Atrapado bajo madera, metal y alguna otra cosa. No estás muerto, pero tienes algunos hematomas.

Katsuki hace memoria, y hasta donde el recordaba, en efecto algo había pasado. Pero no recordaba el qué exactamente paso.

—Sí estas preocupado por tu pequeño y adorable compañero, está aquí, jugando. —Hakamata señala con su bolígrafo hacia su derecha, justo al lado del sofá donde el pequeño Izuku jugaba alegremente con unos muñecos de acción.

Bakugō ve a Midoriya, y este le regresa la mirada. Le sonríe. De nuevo la mirada de Katsuki se va hacia Hakamata, quien de nuevo señala el sofá delante de él.

Derrotado, confundido y sin más opciones que dar, acepta sentarse.

Se deja caer sobre el sofá, permitiendo a su cuerpo descansar en un cómodo lugar. Se regocija un poco y después ve al rubio hombre quien al parecer no había despegado su vista de él.

— ¿Qué? —Habla Katsuki ante el repentino silencio que hay entre ellos.

—Esto es una terapia, Bakugō. ¿No hay nada de lo que quieras hablar?

—No contigo.

— ¿Hablarías conmigo si fuera otra persona?

—No.

El silencio regresa a la estancia, y este es roto muy sutilmente por los soniditos del niño jugando con las figuras. Bakugō le presta atención, y su corazón se retuerce en adoración. Esa dulce y tierna inocencia que rodea al pequeño Izuku le hace extrañamente feliz.

— ¿Por qué buscas tanto a este chico? Aún conservas el talismán. Puedes usarlo para salir y- —Sin embargo, los comentarios del hombre rubio son frenados por el gruñido de Bakugō.

—No pienso abandonarlo.

— ¿Te interesa el muchacho?

— ¿A qué viene esa pregunta?

—Desde aquella vez que te conocí, nunca vi que mostraras un interés genuino en otras personas. Siempre estabas fingiendo. —Justamente, mientras Tsunagu terminaba de hablar, en el espejo que estaba detrás de él, que ocupaba una gran parte de la pared, mostro a Bakugō parte de sus recuerdos.

Pudo verse de pequeño, sonriendo con tanta falsedad que se dio asco a sí mismo.

—Siempre estuviste detrás de tus propios intereses. —insistió en seguir hablando el rubio hombre, mientras más recuerdos de Katsuki seguían apareciendo en el espejo.

Bakugō gruñe y evita mirar el espejo, concentrando su atención a sus manos y sus pies.

—Nunca vi que quisieras usar a las personas.

— ¡¿HAH?! ¡JAMÁS HE USADO A LAS PERSONAS! ¡Usarlas es lo mismo que abusar de ellas y yo odio a los putos abusadores!— Aquello sin duda le hizo reaccionar de manera violenta, gritando e incluso poniéndose de pie.

— ¿Por qué estás con este chico entonces? ¿Acaso no lo estas usando para escapar de este lugar?

— ¡Eso jamás! ¡Izuku y yo firmamos un contrato donde ambos trabajamos juntos para salir!

— ¿Pero hay más interés de por medio, no es cierto?—Era la primera vez que le veía sonreír. Y justo en el espejo, se mostró aquel recuadro romántico donde Katsuki e Izuku se besaron en aquella cabaña. —Lo buscas porque realmente te interesa, ¿no es cierto?

—Y que sí así fuera… —Gruñe el cenizo, sentándose de nuevo, rendido.

—La sinceridad es vital en estas sesiones, Bakugō. — El silencio regresa de nuevo, antes de que las miradas de ambos se volvieran a encontrar. — Quiero que seas sincero en esta sesión, y te permitiré salir.

En ese único instante, Katsuki fue capaz de saber, que no era realmente una sesión con Hakamata, sino, una sesión con él mismo la que lo mantendría atrapado.


Izuku no sabía a donde es que se lo estaban llevando ahora. Venía sobre el hombro del gigante Inasa, quien seguía a Camie y Shindō. Él solo estaba enfocando su vista al concreto de la calle, y cuantas grietas iba contando.

Sus manos seguían atadas con lo que supo se trataba de un cable. Ahora se explicaba porque era tan malditamente molesto.

No estaba prestando atención hacia donde iban ni de donde habían salido realmente. Pero pronto descubrió que de saber a dónde iban, se habría opuesto con todas las fuerzas que tenía.

—Puedes bajar a nuestro amigo aquí, Inasa, estoy seguro que le gustara ver a donde lo hemos traído. —La sonrisa y alegre voz de Shindō hizo que por fin Midoriya prestara atención a su entorno.

Y la sorpresa hizo que sus ojos se abrieran del horror una vez más.

Estaban delante del Hospital Alchemilla de nuevo.

— ¡Sabia que te gustaría venir aquí otra vez!—Le habla Shindō, con esa sonrisa que le pareció tan perturbadora y macabra que lo hizo retroceder un paso. —Pensaba que si continuabas negándote en ayudarnos… tal vez debíamos de darte una buena lección.

—No… No pueden… por favor… No. —Izuku comenzó a temblar de miedo, a negar con la cabeza y a respirar con dificultad. —No quiero… No…

— ¡Será divertido! — Insistió el joven de negruzco cabello.

Inasa volvió a cargarlo, pero esta vez Midoriya sí que comenzó a luchar. Pataleaba y gritaba con tanta fuerza que seguramente por el silencio de Silent Hill se escucharía por todo el pequeño pueblo.

Se removía, se agitaba, hacía todo lo que estaba a su alcance para que lo soltaran. Pero Inasa estaba haciendo muy bien su trabajo en sostenerlo y evitar que se cayera.

Camie le veía con curiosidad y sorpresa, ya que no había visto ese lado tan desesperado del pequeño conejito. Sin duda se notaba muy trastornado por entrar a esos lugares. Shindō de su parte, estaba contento y orgulloso de que su plan estuviera funcionando, estaba seguro que un poco más de presión sobre Midoriya y lo rompería para que hablara con ellos y les dijera como salir.

Su plan era perfecto y sin fallos. E incluso se tomó el tiempo que tardaron en subir hasta el cuarto piso, para planear que otras cosas podría usar para torturar un poquito más al chico de verdoso cabello.

—Camie, busca un carrito de esos de instrumental y trae consigo cualquier cosa que gustes y que creas nos ayudara. —Ordena Shindō una vez que han llegado hasta el último piso.

— ¡A la orden!—La chica sonríe y alegremente se va a explorar los pasillos.

— ¿Para dónde vamos nosotros?—Habla Inasa.

—A una habitación especial para nuestro querido amigo. —Shindō le sonríe a su alto amigo, quien responde al gesto para moverse de nuevo con Izuku quien retorciéndose entre gritos y pataleos.


—Háblame sobre el suicidio de tu Madre. ¿Cómo es que lo manejaste?—Cuestiona Tsunagu.

—Mal. —Es lo único que responde Katsuki. Mientras su mirada sigue observando los movimientos de Izuku al jugar.

— ¿Sabes que debes ser más sincero, cierto?

— ¿Qué acaso decir que la pase mal no es suficiente?

—Deberías ser un poquito más específico.

Bakugō gruñe, y su gruñido atrae la atención del pequeño quien lo mira bastante curioso. Katsuki deja de verlo y enfoca su vista a la alfombra que hay entre Hakamata y él. Aquella alfombra con diseños abstractos y hechos de distintos tonos de rojo.

—Puedes ser tan sincero como gustes Katsuki… nada de lo que digas va a salir de aquí-

—Sí, sí. Nada de lo que diga sale de aquí. Conozco esas palabras. Siempre las dices.

— ¿Y por qué sigues con miedo?

Aquella pregunta sin duda hace que Bakugō de nuevo se ponga de pie y grite:

— ¡YO NO TENGO PUTO MIEDO!

— ¿Y por qué no eres sincero? ¿Le temes a la sinceridad?

— ¡CLARO QUE NO! —Bakugō bufa, queriendo darse calma, pero no lo consigue. — ¿Qué quieres que diga? ¿Qué no me mato ver a mi propia Madre en el piso del baño con las muñecas cortadas? ¿Qué no he llorado suficiente por ella o por mi Padre?

—Sí eso es lo que sientes. Debes sacarlo.

—Llorar a los muertos no sirve de nada. — Se deja caer de nuevo en el sofá. Recargando toda su espalda contra el respaldo y echando la cabeza hacía atrás para mirar el techo. —De nada sirve llorar.

—Llorar libera nuestras emociones. —Dice Tsunagu. — ¿Aun llorarías por ellos sí pudieras?

—No.

La respuesta de Katsuki titubea en su mente, a pesar de que la ha soltado con tanta naturalidad y una falsa sinceridad, sabe que no ha llorado suficiente por ellos. Porque se prohibió a si mismo llorar.

Desde aquella vez en el funeral de su Padre, se prohibió llorar. Se negó a los sentimientos que lo agobiaban y se formó aquella perfecta armadura en la cual se ha protegido todos esos años. Usando su objetivo de vida como motor para seguir vivo.

—Las sesiones no pueden avanzar si no estás dispuesto a cooperar. —Advierte el rubio hombre. Bakugō lo ignora, como todas las últimas veces, centrando su atención en el pequeño niño que sigue jugando, muy ajeno a toda la plática entre ellos.

Hakamata lo nota, y decide usar su última carta con la esperanza de hacerle hablar. Se arriesga a que pasen dos cosas: la primera sería que Bakugō se niegue mucho más en hablar y trate desesperadamente de romperse la cabeza para huir, o la segunda y menos probable, que decida hablar.

Da un chasquido que hace que Katsuki lo vea de nuevo, sin embargo, no es él a quien ve, sino a la imagen que se presenta en el espejo. En ella, se ve a Midoriya siendo cargado por un enorme hombre. Pero no solamente un hombre cualquiera, sino aquel que había dejado a Bakugō inconsciente.

— ¿Qué? —Aquella pregunta que sale de Bakugō, lo deja ver tan frágil que Tsunagu casi se sentía culpable.

—Es tu amigo. Mientras tú estás "descansando" aquí, él está siendo llevado a quien sabe dónde. —Dice Hakamata. — No sé qué vayan a hacerle, pero no creo que sea algo bueno.

La mirada rojiza de Bakugō se concentra en él. Aquellos ojos que brillaban inyectados en sangre. Su rabia era casi palpable.

—La única manera en la que saldrás de aquí, es sí yo te doy el alta. Así que, o hablas y respondes todo lo que te pida, o sigues perdiendo el tiempo y dejando que tú amigo sufra en manos de esos tres. Tú elijes, Bakugō. —Finaliza Tsunagu, permitiendo una fiera batalla de miradas con quien fue su hijo. Sabe que presionar a Katsuki nunca es bueno, ya que este siempre tiende a volverse mucho más agresivo.

El silencio se esparce en ambos lados. Bakugō se lleva ambas manos a la frente, las pasa por su cabello y bufa tan frustrado consigo mismo, que después gruñe y maldice.

Se deja caer sobre el sofá de nuevo, ocultando su rostro con ambas manos.

—Pregunta. —Gruñe Katsuki, notando el poderoso nudo en su garganta que lo quema.

— ¿Cómo fue la relación con tu Padre después de lo que paso?

Bakugō medita lo que va a decir. Algo que pocas veces hacía.

—Distante. —Responde. — Él trabajaba y yo me quedaba en casa fingiendo que nada malo pasaba. Fingía que no me rompía por dentro…

— ¿Lo odiabas?

—Nunca podría odiarlo. Ambos luchábamos con el hecho de que ella ya no estaba. Él me ayudaba y lucho mucho por darme una vida normal… pero ya no podía ser normal. Nunca más.

Tsunagu hace algunas anotaciones en su libreta antes de seguir.

— ¿Hablaron de eso?

—Lo intentamos, pero al final yo… —Katsuki siente una mezcla extraña dentro de su pecho. Siente vergüenza, enfado y aquella profunda tristeza que siempre buscaba comérselo y arrastrarlo a la depresión de la cual le costó salir antes. —Yo termine llorando hasta dormir esa vez…

—No deberías avergonzarte por llorar. — El comentario de Hakamata hace que Bakugō se quede callado y gruña de nuevo. —Llorar ayuda a liberar la presión que nos agobia. Sí no lo haces, esa presión se queda atascada o se convierte en una bomba de tiempo que poco después estalla.

Katsuki se mantiene callado de nuevo, mirando de nuevo a donde está el pequeño que sigue jugando. Tsunagu toma aquello como una manera de continuar con su sesión.

— ¿Llegaste a tenerle miedo a tu Padre?

—No.

— ¿Por qué?

—Porque era mi Padre. Era el hombre más amable y cariñoso que conocía. Era el hombre más fuerte por cargar con un hijo depresivo y el suicidio de una esposa, y que sin importar lo difícil que fueran las cosas él siempre estuvo dispuesto a pelear. Era un hombre maravilloso que no merecería morir así…

El silencio vuelve a expandirse. Hakamata le estaba dando tiempo antes de que continuara hablando y Bakugō estaba procesando lo que dijo. Aquellas palabras que salieron tan naturales de él, lo dejaban confuso. Aquellos pensamientos que llevaba de su Padre, siempre fueron un tesoro tan preciado en su corazón, tan oculto y bien guardado, y que terminaran por salir tan fácil de él fue algo que lo descoloco.

—Háblame de tú Madre.

— ¿Qué quieres saber?

— ¿Cómo era para ti?

—Una bruja.

Tsunagu deja escapar una pequeña risa ante tal respuesta. Bakugō no lo nota, pero él también sonríe un poco al recordar aquel nombre con el que siempre le llamaba a su Madre y las broncas en las que siempre terminaba por meterse. Los pleitos que al final terminaban siendo detenidos por su Padre.

—Mi Madre era… una guerrera. —Define Katsuki antes de seguir añadiendo. — Era hermosa. Era valiente y muy inteligente. Talentosa en su trabajo y siempre conseguía lo que quería… Incluso hacerme comer mis malditas verduras. —De nuevo, otra sonrisa aflora en sus labios al recordarla. — Siempre sabía cómo afrontar una situación…

—Supongo que debió ser difícil verla derrotada…

—Lo fue.

— ¿Tu perspectiva cambio tras su suicidio?

—No. —Pero la respuesta titubea en sus labios. — No lo sé.

— ¿Por qué?

—Tuve… —Aclara su garganta antes de seguir. — Sentí un resentimiento hacía ella. Después de todo lo que habíamos pasado… ella… ella opto por la salida fácil y me obligo a pelear cuando yo…

—También pensaste en eso, ¿verdad?

— ¿En qué?

—En suicidarte.

La charla se ve interrumpida cuando el pequeño Izuku deja caer al muñeco de acción que termina por romperse su brazo. Se escucha al niño suspirar y tratar de arreglarlo por su cuenta.

—Lo pensé. —Responde Bakugō sin despegar su atención de lo que hacía Izuku. — Pero no quería hacerle eso a mi Padre…

Katsuki se pone de pie y va hacia donde está el niño. Midoriya lo observa y Bakugō le tiende la mano para que le dé el muñeco. Izuku se lo da y mantiene su curiosa mirada sobre él.

—Pero cuando tú Padre murió, pudiste hacerlo. —Habla Tsunagu. —Cuando viviste con mi esposa y conmigo como nuestro hijo, recuerdo que robaste un cuchillo de la cocina y te atrape haciendo unos cortes en tus brazos.

Bakugō no responde, puesto que sigue ocupado arreglando el brazo del muñeco.

—Pasaste un tiempo deprimido y fingiendo que eras feliz. Hasta cierto día en el centro comercial, aquella vez que te perdiste.

—Ya está mocoso. —Responde Bakugō entregando el juguete al Izuku que le dedica una sonrisa amplia y un tierno "Gracias". Katsuki regresa al sofá y vuelve a ver a su psicólogo.

—Llegaste esa vez, diciendo que querías aprender artes marciales. Tiempo después pediste libros extraños, entrar a cursos y por primera vez desde que te conocí, ese niño deprimido se había ido. Dejando al embrión del monstruo en el que te convertirías años después. —Tsunagu busca alguna reacción en Bakugō, algo que le indique que se arrepiente de todas las atrocidad de las que fue capaz. Busca remordimiento en su mirada al ser comparado con un monstruo.

Pero no hay nada en esos ojos. Katsuki no siente remordimientos de lo que hizo, y hasta cierto punto le resulta admirable su convicción.

Bakugō aceptaba y quería de cierta manera ese lado casi inhumano que lo adopto cuando era solo un chico de 14 años[MD1] .

—Esa vez definí mi meta de vida. —La pesada mirada de Bakugō se fijó en Hakamata, quien ante ese gesto se reacomodo sobre su asiento luciendo incómodo. — ¿Por qué no me preguntas sobre eso? Sobre mi meta y como la cumplí.

—Esta sesión es para hablar de lo que más te pesa en tú vida, Bakugō. Tus Padres. —El rubio hombre cierra su libreta. — Puedes hablar de tus asesinatos sin cargos de consciencia. No temes darme detalles sobre ellos y aceptar casi de manera enferma, tú orgullo por lo que has hecho. Y ese no es el punto de este lugar…

—Habría sido más divertido hablar de eso que de mis Padres.

—Por esa razón no hablamos de ello. —Tsunagu observa la hora en su reloj de muñeca. —Nuestra sesión está casi por terminar. Haz dado un gran avance hablando de ellos, y te felicito por eso.

Katsuki se sintió ansioso de poder despertar o salir de donde quiera que estaba apenas termino de escuchar esas palabras. Un segundo más hablando de sus Padres, abriendo esas profundas heridas y estaba seguro que estallaría.

Realmente Bakugō no estaba seguro de porque estando en ese lugar no sentía aquel desolador vació y profunda tristeza que siempre lo envolvía cada que pensaba en sus Padres. Extrañamente se sintió tranquilo, cómodo. Cómo sí todos esos sentimientos se deslizaran de él.

—Siento que es una lástima que no hablaras más sobre tu pasado conmigo. Espero que él, valga la pena para que le cuentes todo. Aún les queda un poco más por recorrer…

— ¿Él? —Bakugō encarna una ceja, sin entender. Espera que Tsunagu le aclare la duda, pero este continúa hablando de otra cosa.

—Antes de que esto termine… Quiero que hagas una última cosa. —El silencio que responde Bakugō permite proseguir al rubio hombre. —Quiero que seas honesto contigo mismo, y que con esa honestidad respondas. —Hubo una pausa. — Sí pudieras decirle algo a tus Padres, ¿Qué sería?

Una pregunta que Bakugō no se esperó, es capaz de romperlo. Porque ahora sí que sentía todos los sentimientos que antes no. Tal cual como si la barrera que antes lo protegía lo dejara a total merced de los atacantes. Tal y como un golpe al pecho que incluso lo hace sentirse sofocado. Siente el pesado nudo en su garganta que le quema. Tanto pesar en su corazón que le es difícil responder. Un pesar que Hakamata predijo. Una bomba de tiempo dentro de su corazón que lo rompe en ese mismo momento. Siendo la gota que rebasaba sus límites.

Era una caja de pandora. Toda su mente y su corazón. Que apenas abrir un poco esta estallaría como la bomba que era y lo derrumbaría a niveles que la fragilidad de su cuerpo se vuelve peor que un delgado vidrio.

Hay silencio que se expande por varios minutos. Un silencio tan espeso y ambiente que hace que el pequeño Izuku deje de jugar y vea a Katsuki.

¿Decirles? Jamás pensó en esa clase de cosas. Jamás pensaba en sus Padres más que en momentos donde su insomnio se convertía en recuerdos dolorosos que buscaban atormentarlo. No puede pensar, no puede analizar, no puede formular nada en su cabeza.

Todo es tan… doloroso. ¿Qué es lo que podría decirles? ¿Pedirles perdón por ser un monstruo? ¿Por no ser el hijo que ellos esperaban que fuera? ¿Qué se volviera todo aquello que la sociedad odia y teme? Pero al final, lo único que nunca en su vida llego a imaginar decir en voz alta, sale. Escapa de sus labios como un suspiro puro.

—Que los extraño. —Dijo.

— ¿Sólo eso?

Antes de que Bakugō dijera algo más, siente dos pesos sobre sus hombros. Al girar un poco la cabeza para ver de qué se trataba, ve a su Padre sentado a su izquierda y a su Madre a la derecha. Verlos como él los recordaba, como en su fantasía antes de su terapia, es que termina por romperse un poco más.

Ver la sonrisa alegre y carismática de su Madre; la sonrisa tranquila y amable de su Padre. Sentirlos ahí, con él, en ese momento es capaz de llora. Llora de nuevo sin evitarlo.

—Les diría que… los amo. Que me hacen falta… que los necesito mucho. —Oculta su rostro con ambas manos, incapaz de poder reconoce todo lo que salía de sus labios. Incapaz de reconocerse a sí mismo y ese peso en su corazón que amenaza con sofocarlo sí se prohíbe llorar.

No puede conocer a esa persona que está sentada. Comienza a dar hipitos por el llanto. A gimotear y negar con la cabeza.

Odiando de nuevo a ese ser tan débil que era. Porque él mismo se percibía tan débil, tan frágil. Y ahí estaba esa prueba. Un llorón y cobarde que no pudo proteger a nadie.

El odio comenzó a crecer dentro de él, queriendo estallar a la par que su dolor y sus lágrimas, volviéndose de nuevo otra bomba de emociones que estallarían sin control alguno dentro de él.

—No quiero esto… No más. —Pide, sujetando su cabeza. Negando y jalando su cabello. Se hiperventilaba y seguía sin parar de llorar. Podía sentir latido a latido como todas sus emociones subían por su garganta, desde el estómago y la cabeza. Como un vomito verbal que quemaba y ardía como el mismísimo infierno.

No podía controlarlo, no podía retenerlo. No podía más.

Y de repente, hubo silencio. Fue sentir al vacío atraparlo en sus brazos, acentuando más toda la presión que llevaba en el pecho.

Se mordió el labio inferior, queriendo controlar lo que estaba por salir de su boca. Creía que era vómito, y por esa razón trato de controlarlo, pero, su cuerpo simplemente no obedeció y lo que termino por salir de sus labios fue un grito.

Un grito tan fuerte, tan alto. Que bien estaba seguro que se lastimaría la garganta. Grito hasta quedar afónico, hasta que dolió y sus pulmones así como su cuerpo, se sintieran satisfechos.

Y de repente, un sonido ensordecedor, un agudo sonido que perforo sus oídos y que finalmente le hizo despertar.

Estaba fuera del edificio. Acostado en la banqueta. El cielo gris de Silent Hill lo recibió. No conforme, por unos instantes donde las nubes se aligeraron y se movieron, pudo ver y sentir poco de la luz del sol.

Era la primera vez desde hacía días, que sentía aquel ligero calor que golpeaba su rostro. Se sintió tan bien, tan placentero que sus ojos volvieron a cerrarse una vez más. Estaba agotado, mental y emocionalmente desgastado, que lo que más deseaba en ese momento fue simplemente dormir.

—"Lo que niegas te somete, Katsuki. Lo que aceptamos te transforma. Una persona puede cambiar por muchas cuestiones. A los que el amor les ha lastimado y su dolor los convierte en seres desconfiados que no pueden amar con tanta facilidad de nuevo. A los que los traicionan y su confianza llega a ser casi imposible de ganarse, y terminan por privarse de cualquier amistad. Y después están los seres como tú. Seres tan terriblemente dañados, tan rotos, que una vez que aceptan lo que les ha pasado, se transforman. Pero, hay dos versiones de esta transformación. Una es que usan ese pesar y trauma para seguir adelante y ayudar a otros… Y la otra, es que se convierten en seres mucho peores para castigar. Elijas el camino que elijas, espero que te la paz que tanto estás desesperado por recuperar. "

Bakugō recuerda esas últimas palabras que le dijo Hakamata poco antes de que este se fuera de casa. Y así como ha terminado de recordar, aquel calor que golpeaba su rostro se fue extinguiendo y de nuevo el clima frio de Silent Hill, así como algunas gotas de lluvia, le recordaron justamente donde es que estaba.

Se sentó y abrió los ojos de golpe, palpando cada parte de él en busca de alguna herida, pero no había nada. Ni siquiera le dolía el cuerpo. No más de lo normal con sus antiguas heridas. El hacha estaba a su costado junto a la mochila amarrilla de Izuku. El talismán continuaba en su bolsillo y él estaba completamente intacto salvo por una cosa.

Sus mejillas estaban empapadas.

Al llevar ambas manos para limpiar y tallar un poco sus ojos, percibió los restos de las lágrimas que quedaban ahí. Sus manos se detuvieron, y su mirada quedo perdida por algunos segundos en el concreto de la banqueta.

Se percibía como un fantasma. No podía procesar todo lo que le había pasado. ¿Qué fue realmente lo que ocurrió? Sabía que Silent Hill hacía cosas extrañas, y si bien lo que vivió no fue quizá lo más bizarro que ha visto, sin duda ha sido lo más fuerte emocionalmente que le ha pasado. A un grado tan elevado, que comienza a dejar de sentirse capaz de identificar cuando es realidad o un sueño.

Sus Padres… ¿Habían estado con él? La respuesta fue un No, claramente. Pero en ese momento, en aquel momento donde los vio, donde los sintió con él, fue tan real que su cabeza continuaba dando vueltas a ello. Tal y como una droga que no ha terminado de abandonar su sistema e insiste en seguir presente para causarle estragos por todo el cuerpo.

— ¿Es difícil, no?— Escucho una voz, de inmediato se puso en guardia, pero simplemente se encontró con aquel vagabundo rubio de la vez pasada.

— ¿De nuevo usted?— Contra pregunta Katsuki. Pero no puede si quiera ponerse en guardia. Sabe que no le hará daño, -o él espera que no lo haga-, ya que por el momento se sigue sintiendo tan malditamente débil que ni siquiera puede hilar los pensamientos correctos. Cubre su rostro de nuevo. Se permite suspirar y gruñir. ¿Cómo podía estar seguro ahora de que era real y que estaba siendo una simple ilusión? Antes sabía que estaba siendo real cuando Izuku estaba con él. Pero ahora que no estaba… ¿Qué le aseguraba que todo lo que estaba viviendo no era un simple sueño bien hecho?

Llegando a más extremos, que tal sí todo lo que estaba viviendo era el purgatorio que debía cruzar antes de morir completamente. La posibilidad lo asalto y se sintió mucho más vulnerable que antes.

¿Qué tal sí había muerto y no lo sabía?

—Sí estas buscando a tu amigo, está en el Hospital Alchemilla. —Habla de nuevo el hombre de rubia cabellera. — Sí hay alguien que puede ponerte los pies sobre la tierra, es él.

Katsuki descubre su rostro para ver al hombre de nuevo. Le observa directamente a sus hundidos ojos azules, pero su mente sigue sin ser capaz de procesar algo. Como si las palabras del vagabundo entraran por uno de sus oídos y saliera por el otro.

—Encuentra a tu compañero, Bakugō Katsuki. —La voz del vagabundo se hizo mucho más grave, haciendo que de nuevo toda la atención de Katsuki regresara a él de nuevo.

El encuentro entre las miradas azul y roja permitió a Bakugō una especie de respiro o descompresión emocional.

—Respira. — Dijo Yagi, y Bakugō obedeció. Dando una respiración profunda que lleno a tope sus pulmones. —Ahora deja salir ese aire.

Bakugō soltó el aire, y por primera vez desde que despertó, sintió que por fin podía pensar. Tal cual como un reinicio o una bofetada que tranquilizaba a aquellas almas alteradas.

—Encuentra a Midoriya Izuku… y salgan de aquí. — Fue quizá lo último que iba a decir Toshinori antes de irse como antes.

— ¿Por qué nos ayuda?—Cuestiona Katsuki sin verlo directamente.

—No son los únicos que han tratado de escapar de Silent Hill. —Responde y sin más comienza a caminar. —Procura no separarte de él de nuevo, delo contrario ahora si morirán. Les deseo suerte, mis niños.

Los pasos de Toshinori se fueron perdiendo en el silencio del pueblo, dejando a un hombre de ceniza cabellera sobre la acera.

Katsuki continúo meditando un poco más, mirando las palmas de sus manos dañadas por el sostener rudo del hacha antes. Por algunos segundos, fue capaz de verlas llenas de sangre. ¿De verdad no sentía culpa por lo que había hecho? ¿No sentía culpa por sus asesinatos?

El silencio en su mente, sin ninguna voz de conciencia le hizo entender varias cosas de sí mismo.

No. No sentía remordimientos por lo que había hecho. Estaba orgulloso de ello. ¿Y eso estaba mal? No lo sabía y muy seguramente no aceptaría nunca que aquello que cometió estaba mal.

Jamás.

—Sí así vas a atacarme, pueblo de mierda… ¡VOY A DISFRUTAR CUANDO ROMPA TU MALDITA MALDICION! —Grito a los cuatro vientos a la par que terminaba de ponerse de pie. Es bien sabido que no debemos tentar más a la suerte que llevamos encima. Retar al destino o en este caso a Silent Hill, no traería nada bueno.

Pero Bakugō había superado a media una de sus pruebas. Así que sentía que podía darse ese lujo de gritar a lo que sea que habitaba el pueblo.

Sin más y ahora con la adrenalina comenzando a gotear en su sistema, busco entre las cosas de Izuku el improvisado mapa que este había hecho. Tras ubicarse y memorizar el camino más pronto al Hospital, Bakugō se puso en marcha a rescatar a su compañero.

Continuaba sintiendo aquella fragilidad en su cuerpo, aquel vacío que seguía dando vueltas por su cabeza y la continua inseguridad, pero no dejaría que aquellos sentimientos lo doblegaran más. Se opondría a ellos tal y como antes.

Sin importar nada, seguiría adelante.


Sentado, en medio de la semi oscuridad de aquella habitación, Izuku esperaba. No sabía realmente que estaba esperando. Esperaba la muerte, una salvación, una brecha para escapar… No lo sabía. Después de que estuvo luchando y retorciéndose como gusano para que Inasa lo soltara, le dejaron en esa habitación.

Lo encerraron y casi de inmediato se pudo de pie para golpear la puerta y suplicar salir. Pero no importaba que tanto alboroto estuviera haciendo, solo escuchaba las risas de los otros tres, alejándose de donde estaba él.

Pidió y suplico que lo sacaran. Pidió y golpeo la puerta con las pocas fuerzas que le quedaban. Y sin embargo, al final se cansó y termino por irse al fondo de la alcoba.

Creía que Bakugō llegaría como todas las otras veces a salvarlo. Que aparecería con aquella hacha en sus manos, blandiendo la misma como si fuera una espada que se aseguraría que mataría a todos sus captores. Pero… Nada. No quería sonar tan depresivo consigo, pero aquella pequeña esperanza que luchaba por mantener con vida se estaba muriendo dentro de él.

Tal vez… ¿Mal interpreto a Bakugō? Quizá este no sentía algo por él, tal vez no estaba interesado en él como persona. Incluso tal vez pudo haber estado jugando con él todo ese tiempo, esperando a que encontraran el talismán para por fin abandonarlo a su suerte.

Tal vez…

Negó lentamente con el movimiento de su cabeza. No, simplemente no podía ser cierto. Katsuki no le dejaría como lo hizo el resto. Bakugō no era igual a ninguno de esos asquerosos tipos.

Él era diferente, ¿cierto?

Él no me dejaría… ¿o sí? —Piensa Izuku, mordisqueando su labio inferior. —Pero pensé eso mismo de mi Padre… de mi Madre, de los que considere amigos… todos… todos ellos me abandonaron. ¿Katsuki también?

Su corazón peso en ese momento. ¿De verdad era tan desechable? ¿Tan fácil de olvidar? ¿De verdad no le importaba a nadie?

La oscuridad era agobiante y se convertía en el peor enemigo de las almas solitarias como lo era la suya. Ya que su imaginación cobraba una inusual vida que lo hacía alucinar con sobras que se movían de un lado a otro.

Gracias a las heridas y los dolores de su cuerpo, eran suficientes para mantener su mente ocupada. Cada que su cabeza empezaba a desviarse o a escuchar las voces de su propio infierno gritando y tratando de hacerlo regresar al abismo, presionaba las heridas de su pierna, presionaba las heridas de su hombro, y comenzaba a repetirse mentalmente toda la información consumida de Silent Hill.

—Los 21 Sacramentos para el Descenso de la Madre Sagrada… —Decía en voz alta para sí mismo, mientras presionaba las heridas de su pierna. — Es un ritual enseñado por la Orden, en concreto en la secta de la Madre Sagrada. Este ritual requiere realizar 21 sacrificios específicos que el culto cree que crearían un "paraíso"…

Cualquiera que lo viera en ese momento, inmediatamente pensaría que está delirando. Y él también pensaba que deliraba. Al menos el dolor le recordaba que todo eso era real, que él no estaba muerto… no al menos aún.

—Te ves patético. —Una voz, proveniente de la cama de la habitación llamo su atención. Pero Izuku se negó en verlo y mantener su atención en lo que hacía. — ¿Por qué me ignoras a mí? Fui tu único y maldito amigo en ese lugar… bueno, yo y la mujer esa de cola de caballo…

—No es muy respetuoso de tu parte referirte a mí de esa manera, Dabi. —Regaña otra voz que hay en la habitación, pero de igual modo Izuku se niega en verlos.

—Oh, disculpe usted. No me gusta recordar los nombres de todos ustedes, abusivos de mierda. —Dice. —Bueno, quizá tú no eras mierda, pero eras una enfermera.

—Jamás trate mal a nadie.

—Sólo seguías sus estúpidas reglas, y eso igual te hace una persona de mierda.

— ¡Ya basta los dos!—Eleva la voz Izuku, dejando por fin de jugar con sus heridas. Su vista primero se enfoca en aquel hombre que está sentado en la cama, mirándole desde lejos. Aquellos ojos azul turquesa que parecían brillar. Lo observo ponerse de pie y caminar hasta ponerse de pie cerca de él. Mostrando todas las quemaduras que portaba, y esa extraña sonrisa maliciosa que siempre le hace pensar que está tramando hacer algo.

Después, observa hacia el lado contrario de la cama, ahí de pie y recargada contra la pared estaba Yaoyorozu, una de las enfermeras del Psiquiátrico. La mujer se acercó a la par que él otro hombre, mirando con aquella dulzura hacía él.

Midoriya los observa, saltando su mirada de uno a otro.

—No deberías evitar vernos. —Habla Dabi.

—Concuerdo con él. Nosotros jamás te hicimos daño, Midoriya. —Apoya Momo. — ¿Por qué nos evitas?

Izuku no quería verlos por distintas razones. Pero la más importante de ellas era que no quería verlos por la simple razón de que no quería que lo vieran así. No quería que vieran aquel estado tan lamentable en el que se encontraba.

Un estado en el que debía de recordarse lo adolorido de su cuerpo y recitar cual mantra información que había memorizado.

Dabi y Yaoyorozu le enseñaron en cierta parte de su vida que no todas las personas son malas. Que en la vida hay razones para vivir. Ellos fueron cadenas importantes en su vida para mantenerse cuerdo y resistir las torturas de sus supuestos Doctores y los abusos de los enfermeros.

Permitir que lo vean tan derrotado… No era algo que deseaba. Incluso si sabía que ellos no eran reales.

Izuku se abraza o intenta abrazarse a sí mismo pese a sus heridas, ignorando de nuevo a aquellos dos que seguían mirándolo.

Se negó a confrontarlos y continúo repitiendo toda la información del ritual de la Madre Sagrada. Mantuvo los ojos cerrados, y simplemente se dejó arrullar por su propia voz y la oscuridad.

—No vamos a irnos a ningún lado, Midoriya. —Habla Dabi. —Ellos no vendrán aquí en un rato, deben conseguir todos sus materiales para hacerte hablar.

—Midoriya, por favor, habla con nosotros. —Dijo Momo.

—Deja de actuar como un maldito debilucho. —Refunfuña Dabi de nuevo.

—Te dijimos que no te haremos daño. Deja de ignorarnos por favor. —Habla Momo una vez más.

Ante el silencio del chico de verdosa cabellera, los otros dos proceden a sentarse delante de él. Esperando a que se resignara en hablarles.

Minutos pasan, y el silencio roto brevemente por las palabras que reza Izuku, se van haciendo cada vez más y más pesados. A tal grado que debe abrir los ojos para cerciorarse de que ellos ya no están más, pero lo están. Siguen y continúan ahí, mirándolo.

— ¿Por qué están aquí?—Murmura Izuku, casi rindiéndose ante la presencia de los otros dos.

—Tú debes saberlo. ¿No?—Contra argumenta Dabi. — Has estudiado mucho este sitio y el poder que maneja. Debes saber que se supone que hacemos contigo.

— ¿No van a castigarme?

Dabi y Yaoyorozu niegan.

—Somos parte de tu pasado, Izuku. —Habla Momo, colocando una mano sobre el hombro sano de Midoriya. Le sonríe. — Recuerdo que días antes de que me despidieran, me dijiste que veías en mí una especie de soporte. ¿Era cierto?

—Y a mí me dijiste que yo era esa bofetada que te calmaba cuando te alterabas. —Añade Dabi.

Midoriya los observa, saltando su mirada de uno a otro. Toma una bocanada de aire profunda, y poco después deja salir ese aire. No quiere recordar más sus días del psiquiátrico. No quiere hundirse de nuevo en la podredumbre de su pasado.

—Deben estar aquí para… —Izuku piensa antes de continuar hablando. —No lo sé. —Sincera, ya que su mente no es capaz de hilar las cosas correctamente.

No sabe si se debe a la pérdida de sangre y lo poco que ha comido para recuperar energía; si se deba a la presión, la ansiedad y ese vacío terrible de abandono que lo estaba devorando, o sí es una mezcla de todo lo que provoca que se sienta tan desorientado y que si único método para evitar caer a la locura de un ataque, era recordarse que sigue vivo mediante el dolor de sus heridas.

Estaba cansado de luchar. De querer mantenerse con vida si siempre terminaría sufriendo. Sí terminaría siempre por ser desechado, ¿Qué caso tenía vivir?

—Quiero morir. —Dijo con sentimiento. Sus ojos verdes se perdieron por un momento en los ojos de Yaoyorozu. Perdiéndose en el negro y queriendo que por fin la muerte lo consumiera y dejara de jugar con las falsas esperanzas de vida que le dan.

— ¿De verdad quieres morir?—Habla Dabi. — ¿Quieres ser un maldito cobarde? ¡¿Quieres lanzar a la mierda todo lo que hicimos por ti?! ¡¿Eso quieres maldito malagradecido de mierda?!

— ¡Dabi! —Regaña Momo.

— ¡¿Quieres morir?! ¡MUERE ENTONCES! —El hombre de azabache cabello se lanzó sobre él, apretando su cuello con fuerza. Privando poco a poco su oxígeno para arrebatarle la vida.

Yaoyorozu quiere detenerlo, pero no puede hacer mucho.

Izuku ni siquiera se esfuerza en detener el ataque del otro. Simplemente deja que sus ojos se claven en el azul del otro. Esperando que los fríos brazos de la muerte por fin le arropen.

No emite sonidos, no mueve sus brazos. Solo se queda así, mirando a Dabi asfixiarlo.

Sus ojos se cierran y se abren de manera lenta. Como si tuviera la eternidad para parpadear. La imagen de Dabi pasa a ser la de su Madre. Otro parpadeo, la imagen ahora era de su Padre. Otro parpadeo, la imagen ahora era de Kirishima. Otro parpadeo, y fue de Uraraka la imagen. Otro parpadeo, fue Kaminari la imagen. Otro parpadeo, fue Overhaul. Otro parpadeo más, fue el Sir y finalmente, el último parpadeo que pensaba daría, mostro a Katsuki.

Sus ojos se abrieron un poquito más ante la imagen de aquel hombre, por primera vez su brazo fue capaz de moverse. Simplemente con la idea de tocarlo una vez más. Sí iba a morir, quería cuan menos llevarse aquella sensación de la piel del otro en sus manos.

Pero su brazo no llego hasta Bakugō, y este simplemente cayo como peso muerto. Sus ojos se fueron cerrando y mientras el último respiro salía de su cuerpo, las manos que aprensaban su garganta se detuvieron.

Se golpeó contra la pared de su espalda, lastimando su hombro y provocando que respirara a largas bocanadas de aire e incluso tosiera para tratar de regular su respiración.

— ¿No creíste que morir sería tan fácil, o sí? —Hablo el Sir, mirándolo con asco desde su lugar. —Solo eres un patético vertedero de semen y un conejo de pruebas. Ni siquiera la muerte te querría.

El Sir se alejó hacía la oscuridad, dejando a Midoriya ahí. Respirando desesperado y con un nudo en su garganta que se fue haciendo cada vez más y más grande que le hizo llorar.

Con una mano en su garganta que buscaba aliviar el dolor, comenzó a llorar de nuevo. ¿De verdad no podía ni siquiera morir? ¿No podía Silent Hill dejarlo morir por fin? ¿Qué tanto más sufrimiento necesitaba darle para por fin matarlo?

No lo sabía.

— ¿Por qué no solo me matas? —Pidió en voz baja. — ¿Qué más necesitas de mí? Soy una basura y un miserable… ¿Qué más quieres torturarme?— Pregunta a la nada, mientras sigue llorando y dando incluso pequeños hipitos.

Estaba cansado. Estaba harto.

Y solo deseaba morir sino tenía nada más por que luchar.


Minutos después, Shindō, Camie e Inasa entraron a la habitación.

Shindō fue el primero en acercarse y hablar con él, pero como siempre, Izuku respondía con silencio y una mirada perdida.

—Tu comportamiento está comenzando a impacientarme. —Amenaza. — ¿Sabes? Hemos estado pensando mucho en cómo podemos hacerte hablar. Pensamos en la tortura… pero Camie dice que te han torturado bastante antes y que no conseguiremos nada. —Shindō comienza a dar vueltas por la habitación. —Pensé en violarte… —Añade y observa hacia donde esta Izuku, pero este sigue sin mostrar una sola expresión o reacción a lo que dice. —He pensado en amputarte alguna extremidad, pero eso podría matarte y la muerte es demasiado misericordiosa.

Shindō se detiene, se acerca de nuevo a Izuku y le sujeta por las mejillas, pero la mirada perdida del otro hace enfurecer más al hombre de negruzco cabello, quien presiona las mejillas esperando verle reaccionar al dolor, pero nada.

—Así que vamos a atacarte con todo lo que pensamos. Pero, principalmente te atacare con algo de lo que me siento deseoso. —Se intercambia una mirada con Inasa, mismo que se acerca hasta ellos y levanta a Izuku del piso con brusquedad, para acto seguido arrojarlo sobre la cama. —Vamos a divertirnos con tu cuerpecito primero y después empezara la tortura. De esa manera, sino vas a ayudarnos a salir, al menos nos aseguraremos de que nos ayudes en otra cosa.

Midoriya puede escuchar el rechinido de la cama. El sonido de una bragueta bajándose y la puerta de aquella habitación siendo cerrada. Sus ojos perciben a Camie quien cierra la puerta con ella fuera de la alcoba, dejando a Inasa y a Shindō con él.

Su mente se desconectó de su cuerpo. Y simplemente los sonidos inundaron todo lo que quedaba de aquella habitación.

Dejando a su cuerpo convertirse en una muñeca para dar placer una vez más.