los personajes de esta historia no me perteneces son creacion de Rumiko Takahashi, la historia tampoco me pertenece solo la adapto a inuyasha (no hay fines de lucro en esta historia):D
Hola bueno aqui esta otro capi la verdad es que no me he sentido muy entusiasmada por subir mas capitulos ya que no hay casi reviews entonces no se si les gusta o no asi que ya no voy a subir capitulos tan seguidos, los subire caeda vez que sus reviews me den animos...
§:§:§ Capitulo 9 §:§:§
¿Había salido de sus labios aquella súplica ronca o de los de él? Kagome no lo sabía ni tampoco le importaba mientras sus labios grandes y sensuales cubrían los de ella con una dulzura mareante. Se agarró a él y le deslizó las manos por los hombros amplios al tiempo que se pegaba a su cuerpo.
Aquello era lo que había estado esperando, lo que tanto había deseado. Instantáneamente notó que la tensión de esos últimos días la abandonaba, que se sentía de pronto amparada, segura entre los brazos de su dueño después de tantos años de odio. Y entonces él la besó más apasionadamente, y su cuerpo se tornó tenso y exigente, dragándola con una pericia erótica que armonizaba con la calidez sensual de la noche.
§:§:§:§:§:§: ok aqui hay un poquito de lemmon no es muy explicito pero igual informo para aquellas personas que son sensibles en este tema §:§:§:§:§:§:
Bajo sus manos curiosas sintió que él se estremecía. Y mientras él atacaba con avidez sus labios receptivos y mojados, le retiró los tirantes del vestido y siguió deslizándole las manos por el escote con impaciencia apenas contenida, hasta acariciarle los pechos desnudos.
Un deseo puro y libre la arrastró en una oleada ardiente y salvaje. - ¡Bésame!
Esa vez supo que la melosa exigencia había salido de sus labios, supo de la intoxicación provocada por una dicha pura e incandescente al tiempo que él agachaba la cabeza para tomar entre sus labios uno de sus pezones duros y después el otro. Arqueó la espalda y echó la cabeza hacia atrás mientras enterraba sus dedos entre los cabellos sedosos. Mientras le murmuraba palabras apasionadas en su propio idioma, Inuyasha dio con la cremallera del vestido, que a los pocos segundos caía a sus pies. Le colocó las manos a ambos lados de su cintura estrecha, levantó la cabeza y se retiró un momento de ella para empaparse de su belleza.
Unas diminutas braguitas blancas ocultaban su sexo. Su piel brillaba como las perlas a la luz de la luna. Sus ojos, oscurecidos por el deseo que latía entre los dos, brillaban por él.
Sólo por él...
Tenía que creer eso...
Con un gemido entrecortado le retiró los brazos del cuello y la levantó en brazos; la abrazó con fuerza contra su pecho y la llevó hasta su cama, donde hacía tiempo que quería llevarla.
La pálida luz de la luna bañaba el cuerpo precioso de Kagome mientras él la colocaba sobre la cama. La colcha oscura acentuaba el encanto marfileño de sus piernas y la cascada de cabello azabache teñido de plata que se esparcía alrededor de su rostro.
Con el corazón latiéndole a toda prisa, Inuyasha temblaba por ella, sólo por ella. Siempre por ella. Por su ángel pálido y glorioso. Había esperado tanto tiempo.
¡Demasiado!
Una brisa suave que entraba por una de las muchas ventanas de las antiguas paredes de piedra le acarició la piel cuando dejó caer la camisa en el suelo. Todo ello sin dejar de mirarla ni un sólo momento.
La luz de la luna la envolvía en un halo de misterio. Aspiró hondo y sintió una presión en el pecho. Estaba a punto de resolver ese misterio. ¡Por fin sería suya!
Un leve gemido lo alertó de que su mirada había abandonado el control hipnótico de sus ojos, e Inuyasha vio cómo Kagome se lo comía con los ojos, paseando lentamente la mirada por sus hombros amplios, por sus abdominales fuertes. Entonces ella levantó sus brazos pálidos y esbeltos y entreabrió los labios.
Sin pensárselo dos veces, él le tomó las manos y le rozó los dedos con los labios, dándoles la vuelta para besar con suavidad las delicadas palmas de sus manos, tal y como había hecho en el pasado cada vez que la había saludado, cuando el amor había sido joven e infinitamente precioso, lo más precioso en el mundo para él.
- Inuyasha...
Pronunció tan sólo su nombre, que salió de sus labios con un suspiro ronco que podría haber sido el ruego desesperado que había estado esperando. El corazón se le colmó de amor y le dejó sin aliento, mientras sus manos impacientes y temblorosas encontraban la cinturilla de sus pantalones y bajaban la cremallera en un abrir y cerrar de ojos. ¡Madre de Dios! ¿Sabía acaso lo que sus ojos, dos lagos límpidos llenos de deseo, le estaban diciendo al clavarse en los suyos?
Se inclinó sobre ella y le rozó los labios con la punta de los dedos. Ella los separó inmediatamente mientras sus largas pestañas se cerraban lentamente sobre aquellos ojos preciosos y sensuales.
Inuyasha extendió su cuerpo apretado y palpitante sobre la cama al lado de Kagome, mientras un placer ardiente y masculino lo extasiaba en una oleada salvaje e imparable al tiempo que ella se volvía, lo abrazaba con brazos y piernas y levantaba su boca sensual hacia él. Quería perderse en esa boca, en ese cuerpo exquisito. La necesidad era básica y primitiva, pero también deseaba saborear el momento, el preludio al clímax que lo había obsesionado durante demasiado tiempo; saborear aquel momento intemporal antes de liberar las pesadillas, la rabia y la frustración de tantas y tantas noches.
Aun así no pudo evitar deslizarle las manos por todo el cuerpo, y fue entonces cuando le quitó las braguitas, que era lo único que los separaba ya.
Sintió que ella aspiraba con suavidad, sintió los leves temblores que sacudieron su cuerpo mientras arqueaba las caderas instintivamente y con urgencia para recibir su potente erección; e Inuyasha comprendió que el fuego del deseo ardía en ella con fuerza y se igualaba al suyo.
Le puso la mano en la curva sensual de la cadera y la estrechó contra su cuerpo. Cuando ella se movió pegada a él y empezó a besarlo apasionadamente en el cuello, un relámpago de fuego le estalló en las entrañas.
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Inuyasha aspiró con fuerza. Aquello era lo que había deseado, ¿o no? El cuerpo libertino y receptivo de Kagome en su cama, dándole placer, llevándose los años de amargura y rabia.
Y, sin embargo, él deseaba más. Quería mucho más que unir sus cuerpos. No tenía ni idea de dónde había salido esa necesidad repentina, pero su poder era como un ritmo incesante en su mente.
Al sentir su piel sobre la suya desnuda, la urgencia ardiente que los fundía en un sólo ser, se había obrado un cambio en él, una variación de sus emociones. Aquello, el camino a la venganza que había seguido, había vuelto a unirlos.
Sabiendo que podría perderlo todo si se dejaba llevar por la necesidad y la frustración, Inuyasha se apoyó sobre un codo y observó su bello rostro con suspicacia.
Sin saber cómo iba a reaccionar ella, le habló en tono rotundo.
- El juego ha terminado, Kagome. Tú has cumplido tu parte del trato al que te obligué a entrar, el venir a mi cama por tu propio pie, y yo cumpliré la mía - se movió ligeramente y dejó entre ellos un espacio detestable para él, un espacio que le hizo anhelar inmediatamente la proximidad de la que tal vez jamás volviera a gozar - La revista está a salvo. Tu padre no tendrá ocasión de variar la opinión que acaba de formarse de ti - aspiró hondo - Y tú eres libre de volver a tu dormitorio ahora mismo, si eso es lo que deseas, y a Londres en cuanto podamos reservar un vuelo. Sólo tienes que decirlo.
La impresión dejó a Kagome helada y muda. ¡Inuyasha no la deseaba! ¡Ella se estaba ofreciendo a él y él no la quería! Su única y despreciable intención había sido la de humillarla.
Mientras se esforzaba desconsoladamente por averiguar lo que había ocurrido allí, su mirada recorrió su rostro ensombrecido, pero no encontró ninguna respuesta allí, meramente un enigma. Su humor podía cambiar con la misma rapidez que el de un adolescente. Esa mañana en Matera... Y de pronto eso.
Una vez que se había demostrado a sí mismo que era capaz de hacer que se retorciera de placer entre sus brazos, desnuda y frenética porque él le hiciera el amor, la despreciaba como el objeto inservible que había decidido que era.
- ¡Eres el ser humano más vil de la tierra! ¿Lo sabías? - explotó con odio.
Llena de humillación, Kagome intentó salirse de la cama, alejarse de aquel monstruo todo lo posible, lo más rápidamente posible.
- Tranquila - unas manos firmes se curvaron sobre sus hombros y la empujaron de nuevo sobre los almohadones - Permite que este vil ser humano termine - añadió con una sonrisa.
Al ver su explosión de rabia y su forcejeo inútil la sonrisa se desvaneció, y sólo quedó la rabia en su voz.
- Quiero que te quedes. Créeme, lo deseo más que nada en el mundo. Pero sólo si tú lo quieres también. Sin amenazas planeando sobre ti, Kagome. No me debes nada, y si te quedas conmigo debe ser por voluntad propia. De otro modo, no tendrá sentido que hagamos el amor. ¿Entiendes lo que estoy diciéndote?
Muda de asombro, Kagome levantó las manos para agarrar su precioso rostro. De pronto sentía tanto amor por él que estaba segura de que el corazón le iba a estallar. Quería que se quedara con él; se lo había dicho con tanta sinceridad. Quería hacer el amor con ella, no sólo practicar el sexo. ¡Y deseaba que significara algo para los dos!
La quería de verdad. Estaba claro, ¿o no? Exhaló un suspiro de emoción. Se adelantó y salvó el espacio que los separaba. Tal vez estuviera recordando los momentos mágicos y maravillosos que habían compartido cinco años atrás, tal vez se arrepintiera de haber jugado con una chica por la mañana, otra por la tarde - Tal vez - Kagome tiró de él y lo besó con una avidez salvaje que inmediatamente provocó en Inuyasha una respuesta ardiente. Sólo cuando la necesidad de respirar se hizo imperativa pudo ella decirle lo que sentía en su corazón.
- Quiero quedarme - le susurró - Te deseo, Inuyasha; quiero que todo vuelva a ser como era.
- Eso no es posible, ángel mío - le negó Inuyasha con pesar mientras le acariciaba un hombro menudo - El pasado no puede volver, por mucho que lo intentemos. Los dos somos más maduros y esperemos que más sabios. Lo único que podemos hacer - dijo con voz ronca - es concentrarnos en el presente.
Deslizó la mano que descansó posesivamente sobre uno de sus pechos para pasar a acariciar el otro, y a ella experimentó un deseo tan ardiente que se quedó sin aliento. - ¡Eres tan bella! ¡Te deseo tanto! - exclamó en tono ronco de emoción - He soñado con esto - confesó mientras exploraba su cuerpo con lentitud y sensualidad, provocando en ella una respuesta salvaje - Paciencia, ángel mío - le susurró mientras le sostenía ambas manos por encima de la cabeza - Soy un hombre posesivo y te daré un placer que jamás habrás conocido - en sus ojos dorados ardía el deseo masculino - Después de esta noche no habrá en tu pensamiento lugar para ningún otro hombre.
Nunca había habido otro hombre en su vida, pensaba Kagome con aturdimiento mientras se preguntaba si debería decírselo. Pero decidió dejar de pensar cuando sus labios sensuales siguieron el mismo camino que sus manos curiosas.
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Había sido virgen antes de tomarla; de eso estaba seguro. Tal vez hubiera sido coqueta y provocadora, pero no había sido promiscua. Ni siquiera se había acostado con Wolf; se apostaría el cuello.
Miró su cuerpo menudo que por fin dormía, y una emoción que no sabía describir le colmó el corazón. ¿El triunfo de la posesión masculina? ¿La liberación de los demonios del pasado?
¿Amor?
Amor... apretó los labios con pesar. En el pasado la había amado, adorado, había puesto a aquel ángel sobre un pedestal de oro. ¡Y dónde había terminado! Hacía tiempo que había dejado de enamorarse del género femenino.
Sin embargo ella era sin duda especial; era demasiado honesto para negar eso.
Con ternura, con cuidado de no despertarla, echó la colcha de seda sobre su cuerpo, tan grácil durmiendo como despierto, y se levantó de la cama. Empezaba a amanecer. Cada clímax había sido más sorprendente que el anterior. Jamás había conocido nada igual, pero, a pesar de toda aquella carga sensual, se sentía lleno de vitalidad.
Le hacía falta un buen paseo. Algo para calmar su cuerpo y despejarle la mente; algo que le ayudara a ver el futuro, si acaso podía haber un futuro para los dos, con mayor claridad.
Kagome se despertó con la inmensa luminosidad del sol. Oyó el canto suave de las palomas en el patio de abajo, un sonido dulce y apacible que coincidía perfectamente con su estado de ánimo. Se liberó del enredo de la colcha de seda y se volvió a mirar el hueco vacío a su lado.
Inuyasha ya se había levantado. No importaba que la hubiera dejado dormir sola. Suspiró con ensoñación. Cambiaba de humor con la misma facilidad que cambiaba de calcetines, pero eso tampoco le importaba. Sabía lo que sabía, y eso era suficiente. Lo que él sentía por ella iba más allá de un simple deseo masculino; sabía que era así. ¿Acaso no se había ofrecido a dejarla marchar antes de continuar avanzando, acaso no había reconocido que quería que se quedara, pero sólo si ella deseaba también lo mismo? ¡Y durante toda la larga y gozosa noche había hecho el amor con ella con tanta pasión y ternura, como si ella fuera el bien más preciado del mundo! Sus verdaderos sentimientos hacia ella no podrían ser más reveladores. ¿O sí?
Se levantó de la cama y se abrazó. Estaba loca de alegría por dentro; una alegría que la intoxicaba. A pesar de lo que había dicho, podrían recuperar el pasado. Y si él seguía negándolo, entonces tendría que asegurarse de que le hacía cambiar de opinión.
El problema de volver a su dormitorio desnuda, sin que ni Rin ni Seshomaru la vieran, quedó resuelto cuando Inuyasha entró en el dormitorio momentos después. Llevaba algo echado sobre el brazo; pero ella no lo vio porque sólo tenía ojos para él, para su belleza desgarradora.
Sus ojos oscuros tenían una expresión ardiente e íntima, y el modo en que su camisa sin mangas de algodón fino se ceñía a sus hombros amplios y los pantalones vaqueros color tierra a sus piernas largas provocó una sensación en sus entrañas, causa de un deseo incontrolable.
Sintió que las cumbres rosadas de sus senos se hinchaban y sensibilizaban, que su tez pálida florecía en un rubor mientras él paseaba su mirada con languidez por cada centímetro de su piel desnuda.
Ella bajó la vista, apenas podía mirarlo, y su respiración se tornó agitada. Lo amaba tanto, lo deseaba de tal modo que se sentía débil y sin fuerzas de la cabeza a los pies.
Inuyasha avanzó hacia ella, pero pasó delante de ella sin tocarla. Kagome se quedó momentáneamente azorada, pero su disgusto cayó en el olvido cuando él dejó las prendas de ropa sobre la cama y se volvió hacia ella con una sonrisa picara en los labios.
- He estado recogiendo la ropa que anoche tiramos con tanto descuido - se puso derecho y se plantó delante de ella; tenía el cabello ligeramente revuelto, resplandeciente al sol que entraba por las ventanas, y sus ojos le sonreían - Nos dejamos tu vestido y una fortuna en diamantes en el patio, ¿te acuerdas? - arqueó una ceja - No me importa que el servicio haga cabalas, pero pensé que a ti tal vez te importara - sonrió - Los diamantes están de vuelta en la caja fuerte y tu vestido está en tu dormitorio.
Inuyasha había estado caminando por las colinas que rodeaban el monasterio, intentando aclararse y terminando por rechazar su comportamiento. Le había dado una rabieta repentina y sin precedentes después de que ella reconociera que la aprobación de su padre era la única razón que le había llevado a acceder a su horrible proposición. De ese modo, como no había querido reconocer lo que le estaba ocurriendo cuando en realidad lo tenía delante, se había empeñado en castigarla.
Lo que le había pasado era que se había enamorado de ella otra vez, pero había sido demasiado obstinado como para reconocerlo. No le importaba si en el pasado se había comportado mal. ¡Madre de Dios! ¡Entonces no era más que una adolescente!
- Y esto - le indicó la ropa que había dejado sobre la cama - es para que te vistas después de ducharte - la miró con curiosidad- ¿Te parece bien el desayuno dentro de media hora?
Ante su asentimiento mudo, agachó la cabeza y se acercó a ella con las manos embutidas firmemente en los bolsillos de sus pantalones.
- Lo sé - bajó la voz, su tono ronco y comprensivo - Pero si te toco no saldremos de la cama en todo el día. Y tengo planes para hoy. Hay una cala que conozco a menos de una hora de camino. Nadie va nunca allí. Estaremos los dos solos.
Deseaba tomarla entre sus brazos, sentir aquel cuerpo precioso temblando de necesidad sobre el suyo, besarla hasta que los dos se olvidaran del planeta en el que estaban. Y la deseó tanto que minutos después se preguntó cómo había conseguido salir de aquella habitación sin echarse encima de ella.
¿Pero cómo hablar con ella racionalmente si estaban haciendo el amor, que sería lo que ocurriría si se quedaba en la intimidad del dormitorio, estando ella desnuda y totalmente deseable? No podría.
Recuerden dejar sus RW Gracias...
