Amor y Valentía.

La Madame y yo nos encontrábamos cocinando, bueno, si se puede llamar a lo que hacia cocinar. Tan solo le pasaba los ingredientes que me pedía.

No se si la Madame adivino, que mis "habilidades culinarias" eran tan poderosas, que donde tocaba un pastel, este se desinflaba; si preparaba un guiso, este se incendiaba; la leche… se cortaba y así.

Supongo que por ello, me limitaba a pasarle los ingredientes que pedía y a probar lo que hacia de vez en cuando.

—Necesito más azúcar miel —asentí y volé hasta un estante, agarre con fuerza el frasco que tenía en la etiqueta el nombre que creí haber escuchado, luego se lo pase a la Madame.

—Tebe —interrumpió de pronto la Madame, yo me asuste, creí haber hecho algo malo—. ¿Por qué les dices Mr. Berry y Barolo a Amor y Valentía?

—¿Amor y Valentía? —miré a Madame muy confundida—. ¿Quiénes son esos?

—Amor es el pequeño ratoncito y Valentía es el perro.

—¡Oh! —exclamé asombrada.

—¿Por qué les llama así? —pregunté intrigada.

—Es el nombre con el cual los llamaba tía Malva.

—¡Oh! —dije sorprendida.

—Por eso se me hizo raro que los llamaras de otra forma. Barolo y Mr. Berry.

—Tú también les dijiste así —sin darme cuenta, había empezado a "tutear" a mi Madame.

—Pero lo hice, porque tú los empezaste a llamar de esa forma.

—¿Ah si? —me puse a pensar muy confundida, no recordaba haber dicho sus nombres en voz alta. O cuando menos, no en el idioma de los humanos.

—Sí, cuando hablaban en la cocina.

Me puse a recordar, después de todo, soy un hada olvidadiza, pero algo que paso hace diez minutos debía de recordarlo sin problema. Por desgracia… no recordaba nada más que me había puesto a conversar con ambos animales.

—¡Espera un poco! —grité para mis adentros—. Era verdad, conversaba con ellos, pero en idioma animal, no en el de los humanos.

—Sí, recién te das cuenta.

La expresión en mi cara, pareció alegrar a la Madame.

—Por el amor de Plateadagotadegentilsabiduría. La Madame puede entender el idioma de los animales —pensé sumamente asombrada y al parecer, ella ya se había dado cuenta.

—De verdad eres muy lenta Tebe. Pásame más espadas de sal.

—¿Espadas de Sal? —en mi vida había oído ese nombre, ella sonrió.

De verdad, a veces pienso que la Madame hacia todo eso al drede. Le encantaba hacerme nudos la cabeza y confundirme lo más que podía. Luego reía viendo como yo sola trataba de desenredar las marañas que me había creado.

—Espadas de Sal… Espadas de Sal… —volé buscando por cada uno de los estantes, nada. ¿Qué era una Espada de Sal?

—Ay mi querida Tebe.

La Madame sonrío, luego, se movió por toda la cocina buscando entre frascos escondidos. Sacó varios de ellos "Espadas de Sal", "Trozos de Cielo", "Agujas de Hielo", "Azúcar de Nubes", "Polvo de Hada".

El último ingrediente llamo mi atención.

—¿Polvo de Hada? —me puse a pensar, las hadas somos luz, como se saca polvo de algo. ¿Acaso se lo machacaba y luego se lo molía?

Comencé a imaginar cosas muy raras, el por qué, aunque la Madame era una Bruja, no había tenido un Hada antes. Qui-quizás, ella ya la tu-tuvo, pero se porto ma-mal y la hizo polvo.

Trague difícilmente.

Alarmada vi a la Madame a los ojos y muy sería debía preguntarle.

—¿Pasa algo hadita? —yo asentí nerviosa—. Vamos, prometo responder todo lo que preguntes.

Yo suspiré, este era el momento para preguntarle todo lo que había estado preguntándome y quizás, mucho más.

—Tu-tu-viste ha-hada ni-niñera.

Ella solo asintió.

—Cu-cu-cu…

—¿Pato?

No es que me estaba burlando, realmente estaba muy nerviosa y sentía como si mi lengua no me entrara en la boca.

—N-no.

—Vamos, respira hondo Tebe. Yo no muerdo… el que muerde es Valentía o Barolo, como le dijiste.

Eso me hizo sentir mejor, me dio más ánimos para preguntar todo lo que quería saber.

—¿De verdad puedo preguntar lo que desee?

—Claro y aprovecha, ocasiones como esta son muy pocas.

Ella sonrió, su largo cabello rojo cubrió uno de sus ojos, ella se lo quitó con la mano llena de harina. Su rostro quedó blanco por la harina, aun así, se veía hermosa, como una princesa o una reina.

—Que bueno, quería preguntar muchas cosas, pero lo primero…

Tenía miles y miles de dudas, pero ya con más confianza, le preguntaría aquello que más curiosidad me daba.

—Vamos. ¿Qué es eso tan importante?

Empecé… de muy mala manera, por cierto.

—Aberdeen —dije muy sería, el rostro de la Madame cambio completamente, su rostro siempre alegre desapareció para dar paso a una mirada muy sería.

—No me gusta hacer esto, pero no tengo otra alterativa —la Madame me vio con una mezcla de tristeza y algo de resignación.

—¿Hacer qué? —pregunte asustada.

—Sitristetúestáisdecírmeloquerríasentoncesyotebesaríaparadartepartedemialegría nunca más, me vuelvas a llamar de esa forma —habló seriamente la Madame—. Es una orden.

—S-Sí —yo asentí, no podía hacer nada más. ¡Era una orden!

El resto de la tarde, la Madame y yo, no cruzamos palabra alguna, salvo en ocasiones para pedir uno u otro ingrediente para la comida de ambos animalitos. Fue el día más horrible para mí, pero descubrí algo más ese mismo día, algo más duro, que el haber llamado a mi Madame por su nombre.