Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son propiedad de Stephanie Meyer. La historia es mía y está protegida en Save creative.
Música recomendada: concierto número tres en Sol Mayor - Antonio Vivaldi/ Love - John Lennon
Capítulo 9: Vivaldi
Forks, dos años y algunos meses atrás
- Mike – llamó en voz baja el moreno – Mike – dijo un poco más fuerte.
Mike volteó extrañado y con algo de miedo. La última vez que Jake había estado cerca casi le vuela la cara de un puñetazo.
-Quería pedirte disculpas por… - dudó – bueno por todo lo que te he causado – agregó.
El rubio ladeó la cabeza levemente, intentando ver la trampa tras esas palabras. No vio más que la sonrisa sincera de Jake y supuso que Bella había hablado con él.
- No te preocupes, ya lo he olvidado – sonrió también y caminó otra vez.
- Valla, pensé que te afectaría más. Creí que la querías – se detuvo otra vez, sin entender las palabras de Jake.
- Claro que la quiero, es por eso que no puedo pelear contigo, sabiendo lo que significas para ella – dijo seriamente.
- Eres bueno Mike, estoy seguro que tú también encontrarás a alguien que te quiera, Bella estaba tan preocupada de cómo ibas a reaccionar…-
- Para, para – detuvo Mike – No te entiendo - Jake se puso serio – a qué se supone que debo reaccionar…-
- ¿Ella aún no te lo dice? – preguntó inocente.
- Qué tendría que decirme –
- Lo siento tanto Mike, pensé que ella había hablado contigo – murmuró apenado – ella y yo nos hemos declarado, nos amamos y ahora estaremos juntos – aclaró finalmente.
Mike se quedó en silencio, sopesando la verdad de las palabras. Él había notado, desde siempre, que Jacob sentía algo más por Bella, pero jamás sospechó que ella correspondería a esos sentimientos.
Ella estaba con él, era verdad que no llevaban mucho tiempo, pero él la quería y estaba convencido que ella también a él.
- Eso no es cierto…-
- Cree lo que quieras, pero pregúntate entonces por qué ella se ha hecho la enferma toda la semana y no ha querido ni responder tus llamadas – le retó.
- La señora Swan dijo que tenía fiebre…-
- Sí, es verdad, pero está aterrada por tener que enfrentarse contigo – agachó la mirada – dijo que hoy te llamaría, por eso creí que ya había hablado contigo y me pareció correcto disculparme…-
- ¡Mentira! – Gritó – Estas diciendo esto para yo pelee con ella y así tengas tú el camino libre – rió – ya entiendo a qué estás jugando, eres muy sucio Black – volteó y siguió caminando unos pasos más.
- Sé que soy poco caballero al decirte esto, pero si no me amara no se habría entregado a mí como lo hizo…-
- ¡Deja de mentir! – le atizó un golpe que lo dejó en el suelo.
- Sabes por qué salía contigo – le cuestionó Jake desde el suelo – no me perdonaba que yo hubiese perdido mi virginidad con Lauren y no con ella, quería hacer lo mismo contigo, pero no fue capaz – Mike recordó entonces la única vez que estuvieron a punto de hacerlo y ella repentinamente había cambiado de opinión.
No dijo nada. Había una sola persona que podía sacarlo de la duda y aunque tuviese miedo a lo que ella diría, no podía quedarse con la duda y seguir como si nada hubiese pasado.
Jake a su vez, rió desde el suelo, seguro que Mike iría a ver a Bella y ella, una concienzuda de primera, no se atrevería a negarle nada.
Presente
La castaña sonreía y le miraba inocente con esos gestos de niña que aún lo cautivaban. El sonreía como ya no podía hacerlo, la miraba orgulloso e incluso, se atrevía a decir, un poco enamorado. Sabía que era una farsa, pero se negaba a deshacerse de ella.
La fotografía estaba quebrajada, amarillenta y con los colores desteñidos, señal de cada uno de los sentimientos que torturaban al joven de ojos grises cada vez que la tenía en sus manos.
La volteó. "Feliz primer mes"… la letra casi ilegible escrita con lápiz grafito de esos oscuros que ella usaba para dibujar y borrones que mostraban que había escrito y borrado varias veces su mensaje.
Esos momentos felices nunca habían sido reales, ella jugó con él y se aprovechó de su corazón y su mente inocente para derribar su interior y hacer de él un cascarón vacío lleno de rencor. Ni lo que había hecho su madre le afectó tanto.
- Otra vez Mike – murmuró su prima Lauren desde la puerta de la habitación – Deberías tirar eso, no te hace bien – se acercó y se sentó a su lado en la cama.
- A veces, cuando la miro, pienso que me equivoco con ella – sonrió tristemente – se ve tan frágil, tan triste, tan arrepentida, tan entregada a su suerte que siento deseos de abrazarla y arrullarla y quererla sin condiciones – volvió a dejar la fotografía en el libro y este regresó al cajón del velador.
- Ella no merece la pena – le recordó Lauren - O tú crees que permitiría siquiera un abrazo tuyo – murmuró con saña.
- Primero Black, ahora Cullen… ¿Por qué yo no? ¿Por qué nunca he podido estar a su altura si la he querido desde que la vi por primera vez? – miró a su prima en busca de una explicación – No quiero herirla, pero cada vez que sé que está con Cullen, algo ajeno se apodera de mí y es como si ella lo esperara, es como si ella estuviera pidiendo ser castigada – afirmo sus codos en las rodillas y escondió su cabeza entre ellos.
- Ella no merece, siquiera, que te lamentes. Si paramos ahora, no habrá nadie que la haga pagar por todo lo que nos hizo – bufó – Te engañó a ti, a mí, y ya ves como terminó Jake. Yo lo quería y ella fue incapaz de hacerse un lado – Lauren sollozó - ella no sentía nada y fue incapaz de dejarlo en paz – respiró un par de veces y tragó el nudo de su garganta – No merece nada, yo prometí que pagaría y no voy a descansar hasta verla hundida…-
- ¿Más aún? – Preguntó Mike – ¿no crees que ya es suficiente? – ella negó con la cabeza.
- No es suficiente – miró con odio a la nada – La alejaré de Edward cueste lo que cueste, haré con ella exactamente lo mismo que ella hizo conmigo – se levantó – Y tú – apuntó a su primo – Deja de lloriquear como las niñas y haz algo de una buena vez, ella necesita saber que no se librará de nosotros tan pronto – salió del cuarto y él intentó calmar la tristeza que lo asolaba.
Lauren, la fría y calculadora chica de dieciocho años caminó hasta su habitación. A pesar de siempre demostrarse fuerte, no era ni por asomo lo que todos conocían. Huérfana de padre y madre, se vio obligada a vivir en casa de su tía Lily, la madre de Mike, cuando aún ni siquiera sabía hablar bien. De eso hacían más de quince años.
A los siete años, en una noche de tormenta, perdió su inocencia en las manos asquerosas de Roger, ese que decía quererla como una hija. A los diez, consecuencia de lo mismo, su tío murió extrañamente envenenado, razón por la que su tía estaba pagando un crimen del que era inocente.
Sentía pena por Mike, pero no mucha tampoco, después de todo ella siempre vivió sin sus padres y eso sólo la había ayudado a ser más fuerte y a comprender que la vida no era un jardín de rosas.
Tuvieron que mudarse a casa de su tía Joliet, la solterona y recatada Joliet, a ese pueblo sin vida, verde y húmedo más que ningún otro sitio, pero era lo mejor, las cosas por fin habían vuelto a su cauce normal.
No creía en la justicia divina, menos en el karma. Bella la había alejado del único hombre que ella había querido, del único que había sido distinto a todos los otros, y sería ella misma quien la hiciera pagar.
No había otro sentimiento en su corazón, sólo la envidia y la venganza. Lo peor es que su venganza no era contra una persona, era contra el mundo y la injusticia que siempre se había apegado a ella.
Mike, él podría ser un obstáculo en sus planes. Sabía que su primo, en el fondo, era una buena persona, y que era la rabia el motor de sus acciones, esa misma rabia que ahora parecía estar disminuyendo. Rabia, debía hacer que Mike volviera a sentir rabia por Bella, ella sola no podría con todo lo que tenía planeado. Si ella no podía tener una vida perfecta, Isabella Swan tampoco la tendría.
Si había podido con Jacob, Mike no supondría un problema mayor.
Secó la última lágrima y sonrió segura otra vez.
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Luces, colores, sonrisas, miradas, miedo, incertidumbre, añoranza, desesperanza.
Respiraba agitada subiendo al desván en el tercer piso de su casa. No se asomaba al lugar desde que había ocurrido aquello... incluso le hacía daño recordarlo, pero eran tantas las cosas que tenía en la cabeza que necesitaba, de alguna forma, eliminar un poco el peso de sus pensamientos, necesitaba liberar aquello que le gritaba y rogaba por ayuda dentro de su cabeza.
Frente a ella la puerta de color ámbar. Se detuvo dudosa. Entrar a ese lugar era volver a encontrar parte de sí misma, y ella no estaba segura querer volverla a ver. No estaba segura de querer recordar aquellos momentos felices y darse cuenta cual había sido su error para dar pie a tantas desgracias y eventos desastrosos.
Siempre escuchaba a su padre decir que los artistas eran extraños y poderosos seres que terminan volviéndose locos, que sus obras terminan consumiéndolos, pero que él los admiraba por la capacidad de poder plasmar la realidad, por dejar ver a los demás los matices del mundo que ellos ven.
Su padre, sus ojos.
Sonrió. Su padre siempre la había mirado con orgullo. Fue a cada concierto, aunque ella por años hubiese estado renegada a la última fila de violines segundos. Su viejo, aquel que sin entender nada de arte iba todos los días después de un largo día en la oficina a la galería en la que durante un mes expuso sus trabajos, hacían ya cuatro años.
Metió la llave en su sitio y la giró. La puerta crujió levemente mientras se abría. Bella cerró los ojos y avanzó unos pasos. Sintió los pasos de Edward tras ella y como cerró la puerta.
Había olor a encierro, a tierra seca, a nostalgia.
Sintió la respiración de Edward en su cuello y sus manos en la cintura. Abrió los ojos.
El cuarto estaba igual que la última vez que lo había visitado. Sus paredes blancas con flores lilas, que parecían estrellas luminosas. En un costado, la repisa, lila también, que albergaba los tubos, los pinceles, las telas. El atril frente a la ventana y algunas obras inconclusas en el suelo completaban ese lado del paisaje del pintor.
Al otro extremo, en un mueble del mismo color lila, descansaban sus libros con partituras, discos, un reproductor de Cd y su violín. Un poco más adelante un atril metálico para poner partituras completaba el paisaje del músico.
Al frente, convergían ambas Bellas en un diván color azul y sobre este otra repisa con libros de arte y de música, listos para ser consultados ante cualquier duda de la artista.
- ¿Qué es este lugar? – volteó para ver la mirada curiosa de Edward.
- Este lugar soy yo – respondió ella y él sonrió y se apartó para observar mejor el sitio.
Se acercó a la ventana y peleó con la pesada cortina púrpura, dejando que la poca claridad de la tarde llenase la habitación.
- Así está mejor – murmuró – No me gusta cuando estas oscura – se acercó a ella y la abrazó otra vez, dejando un beso fugaz en sus labios y la tomó de la mano para sentarse en el diván.
- Conoces las obras de Vivaldi – preguntó ella mientras acomodaba la cabeza en sus piernas. Él asintió acariciándole los cabellos– cuando te conocí creí que eras como el concierto número tres en Sol Mayor…-
- Comparas a la gente con un concierto de Vivaldi – preguntó divertido.
- No siempre, pero tiendo a asociar la personalidad de la gente con la música que escucho – respondió avergonzada – ¿Me dejarás terminar la idea? – Preguntó y él asintió en silencio – Te vi alegre, despreocupado, vivaz, lúdico. Me fue muy fácil catalogarte con un allegro permanente, pero me equivoque. Hoy sé que eres como un La menor – él frunció el ceño – Intentas parecer igual de vivaz que un Sol mayor, pero en el fondo tienes una tristeza permanente, una historia difícil tras de ti y las notas menores terminan delatándote en el segundo movimiento – se sentó de lado y acarició su rostro abatido.
- Eres maravillosa, Bella – tomó su mano y la besó levemente – Te quiero – declaró con convicción haciéndola detenerse y separarse levemente.
- No sabes lo que dices – murmuró asustada.
- Claro que lo sé – ella intento ponerse de pié pero él no lo permitió y tomó su rostro con ambas manos – Desde el primer momento que te vi supe que te quería en mi vida para cuidarte, ayudarte y quererte. No me vas a impedir hacerlo por ese miedo a no sé qué que estoy viendo en tus ojos - Acercó su rostro y la besó.
Ella intentó levantarse, pero él pasó una de sus manos por su cintura y la apresó aún con sus labios sobre los de ella.
No quería que las cosas llegaran tan lejos. Edward no merecía querer a alguien como ella. Ella no se merecía una persona tan buena como él, ella sólo le aportaría más tristezas y él ya había tenido suficiente.
Aún así, no era capaz de decirle que no cuando la besaba de esa forma, cuando la tocaba como si fuera una fina pieza de cristal, cuando la miraba como nadie lo había hecho, cuando le hablaba como si fuera la persona más importante de su mundo.
- No puedo condenarte a mi mundo Edward, no puedo porque sé que te haré daño…-
- Shiit – él puso un dedo sobre sus labios – Sólo déjame quererte. Nunca nadie me ha dejado hacerlo. Sé que es egoísta pero lo necesito - se le partió algo dentro tras escuchar esas palabras cargadas de dolor.
- Quiero que lo hagas – murmuró derrotada – pero no quiero que sufras las consecuencias luego – lo besó – Te quiero demasiado y no deseo condenarte a mi mundo – lo abrazó.
Ya podía acabarse el mundo, sufrir una invasión extraterrestre o explotar una bomba atómica, pero ella sólo podía pensar en Edward abrazándola y haciéndola sentir segura de que nada malo podía ocurrir mientras él estuviese con ella.
¿Era posible sentir muchas cosas a la vez?
No lo creía, pero en esos momentos tenía una lucha interna de proporciones catastróficas para su perturbada mente. Con los sentimientos a flor de piel listos para luchar, listos para hacerse de la victoria y dominarla eternamente.
Miedo. Estaba aterrada del futuro incierto de esta naciente relación. El pánico que la asechaba a diario, se estaba multiplicando por miles ahora que también Edward podría ser víctima de sus errores.
Tristeza. Sentía una pena por Edward, pena porque, de todas las mujeres del mundo, él tuvo que quererla a ella y no era justo. La vida no estaba siendo justa con él.
Alegría. Extraña y contrariamente a todos, se sentía feliz de ser ella la elegida, de que esas manos la tocaran a ella y esos labios besaran los suyos. Tenía ganas de volver a tocar, de volver a pintar, de volver a sonreír y volver a ser la Bella que un día había sido.
Pero ella, menos que nadie, merecía ser feliz. Ella se lo debía a su amigo, ella se lo debía a todas las personas que sufrieron por su culpa. No había hecho nada antes, no haría nada después. Soportaría hasta que su deuda fuera pagada. Edward sería un oasis en el camino, oasis que desaparecía en cuanto él se diera cuenta que ella no le convenía.
Y respiró los colores, y escuchó las formas, y no pudo hacer más que hacer lo que su corazón le estaba pidiendo.
Expresarse, necesitaba expresarse para no volverse loca.
- Necesito hacer algo – se separó de él – podrías sentarte y quedarte quieto un momento – él asintió regalándole una sonrisa y mirándola con una intensidad que le ponía la piel de gallina.
Caminó hasta el mueble con discos y sacó uno de Vivaldi. Lo puso en el reproductor y escogió el concierto que le recordaría siempre a este joven que había apostado a quererla y que perseveraba día a día por sacarla adelante a pesar de la cruz que él también cargaba en sus espaldas. Lo miró y él seguía sonriendo y mirándola embobado.
Se acercó al otro sector, a su otra parte. Preparó en silencio los materiales. Sacó de una caja una tela blanca de lino. La sacudió un poco y la acomodó en el bastidor. Se acercó a la ventana donde descansaba el caballete y la puso sobre él.
Volvió el andar de sus pasos y sacó de otra caja algunos carboncillos de diferentes grosores. Luego se paró frente a la tela y se encontró con la mirada curiosa de su príncipe de ojos verdes.
- Sólo lo intentaré – murmuró – hace tiempo que no pinto nada y no sé cómo saldrá esto – se disculpó – ¿puedes quedarte tal como estas por algunos minutos más? – miró suplicante.
- Lo intentaré, pero no puedo prometerlo – se mordió su labio inferior para evitar expresar lo que sentía cuando Edward se avergonzaba y ese leve rubor teñía sus blancas mejillas.
Le miró a los ojos. Esos grandes ojos, felinos a veces, tiernos y preocupados también. Tomó un carboncillo delgado y empezó por ellos. Uno primero, otro después. Simétricos, ovalados, sonrientes, brillantes, uno al lado del otro. Sus iris, sus pupilas, sus largas pestañas y sobre ellos sus espesas cejas. Remarcó una y otra vez, asombrada por lo precisa que había sido.
Lo miró otra vez. Estaba quieto con los puños cerrados sobre sus muslos, en un esfuerzo sobrehumano por mantenerse erguido en su lugar, pero su rostro estaba tranquilo, pacífico, tan hermoso como una escultura renacentista.
Trazó las líneas de su nariz. Respingada e imperceptiblemente ladeada hacia la derecha, producto seguramente de algún golpe cuando niño. El pliegue de la izquierda, luego el de la derecha, un orificio, otro. Casi podía sentir su respiración sobre la piel y sonrió conforme.
Rápidamente fue el turno del canalillo pronunciado sobre su boca y la pequeña cicatriz sobre su labio superior. Remarcó los rasgos ya trazados y respiró profundo para dibujar su parte favorita.
Su labio superior, sobresaliente como el de un patito, fue definido con delicadeza. Comenzó en el centro hacia la izquierda y repitió la acción con un pulso de hierro hasta la derecha y luego abajo, dejando un pequeño espacio para su sonrisa cálida.
Al mirarlo, parecía como si él estuviera frente a ella invitándola a besarlo, a reír, a quererlo.
La línea, casi recta, de su mandíbula fue una pequeña transición, al igual que sus orejas.
Cambió el carboncillo por uno más grueso y comenzó la ardua tarea de dibujar sus abultados y desordenados cabellos.
Cuando iba en la mitad, las manos de él en su cintura y el jadeo que emitió cerca de su oído la sobresaltaron. Volteó para regañarlo, pero se quedó quieta cuando vio los ojos llorosos y emocionados de Edward.
- No te gusta – se sintió decepcionada al notar la molestia de Edward y se giró para guardar todo, pero sus manos la detuvieron.
- Y así no quieres que te quiera – tomó su rostro y la beso levemente – No quieres que te quiera y no dejas de hacer cosas para haga lo contrario – Lo miró dudosa – es lo más maravilloso que alguien ha hecho por mí – volvió a besarla – Creo que me estoy enamorando de ti total e incondicionalmente y no hay nada que ya podamos hacer – confesó y la abrazó – gracias - susurró casi imperceptible exhalando su aliento en el cuello.
- Edward – Susurró. Ella sabía que tampoco podría hacer nada para dejar de quererle como lo hacía.
Como imán y metal, sus cuerpos eran unidos por una fuerza sobrenatural, sus labios se llamaban sin voz, sus ojos se miraban como si no existiera más luz que la que irradiaban los ojos del otro.
El crepúsculo los saludaba desde la ventana y la oscuridad se tomaba el protagonismo. Ella apoyaba el rostro en su pecho. Él descansaba su mejilla en su cabeza.
El momento debía terminar y ella ya no sabía que haría sin él.
