Hola, ya seque no suelo comentar, pero en este me siento obligada.
He de darle las gracias a Ushio, que si no fuese por ella aún estaría con el título xD, y a Laura, por animarme a colgarlo.
También quiero agracecérselo a todos lo que leen mis fics, tanto que si comentan como si no.
Muchas gracias.
Solos
Era un día como cualquier otro, rutinario, la gente estaba en sus trabajos y los estudiantes en sus escuelas llenando sus mentes de conocimientos. Eso mismo ocurría en cierto instituto de un joven de ojos azules y cabello alborotado, quien envés de estar poniendo atención a las clases, miraba el paisaje que le ofrecía la ventana, dando algunos bostezos de aburrimiento.
De repente, se sobresaltó al escuchar un ruido cerca. Ascendió la vista y se percató que el centro de atención de la clase. Su profesora estaba ante él, con el ceño fruncido. El chico sonrió nervioso. – Ya veo que es más interesante lo que ocurre en la calle que lo que estoy impartiendo, señor Kuroba.
- Ya… Bueno yo…
- Seguro que estaba pensando en la ropa interior de Nakamori. – Dijo uno de sus compañeros sin preocuparse de que no se le escuchase.
Toda la clase se empezó a reír, excepto la aludida, que se sonrojó de sobremanera. - ¿Por qué iba a estar pensando en eso, Kojima? - Preguntó el mago. – La veo todos los días. – Dijo cruzándose de brazos.
La clase rió mucho más, se podían escuchar las risas hasta la entrada del instituto.
El rostro de la joven estaba tapado por su alborotado cabello. Se levantó arrastrando sonoramente la silla, pero nadie se percató. Se acercó al mago y levantó el brazo.
El sonido de la palma de la mano chocando contra la cara del chico se escuchó más fuerte que las risas de sus compañeros.
Todos del aula se quedaron con la boca abierta de la impresión. Kaito estaba tirado en el suelo y tenía la mano cubriendo la zona golpeada. - ¡Eres un cerdo Kaito! – Gritó sonrojada y con los ojos cerrados.
Se dio la vuelta con los puños cerrados y salió de la clase.
La profesora no se había movido del sitio durante ese tiempo. Puso los ojos en blanco y se dirigió a la pizarra para seguir con su clase. – Por favor Kuroba, levántese y vallase a refrescar la cara. – No se viró para ver que el chico salía del aula, aún con la mano en la cara.
Una estudiante de ojos azules caminaba por los alrededores del patio, donde algunos compañeros jugaban a fútbol. Tenía la mirada agachada. – "No entiendo… que me haya puesto así… Siempre me hace rabiar, pero nunca a este extremo." ¿Qué me pasa? – Se preguntó a sí misma en voz alta.
- ¡Cuidado! – Pero ella no se dio cuenta, seguía en su ensimismamiento.
El mago, que había ido a refrescarse, escuchó la alarma y se viró. Corrió hasta su amiga. - ¡Aoko quítate de ahí!
La aludida miró hacia donde venía su amigo, y de repente, sintió un gran dolor en la cabeza, haciéndola caer hacia delante. Aún, con la vista borrosa, pudo notar que se congregaban alrededor suya. Antes de perder el conocimiento, escuchó claramente la voz de su mejor amigo. – Aoko… - Luego, oscuridad y silencio.
La chica abrió los ojos algo aturdida y se deslumbró. Cerró de nuevo los párpados, cansada. Después de un tiempo los volvió a abrir. Cuando pudo ver bien, se fijó que estaba en un cuarto. – Esto es la enfermería. – Se dijo a sí misma. Se llevó una mano a la cabeza, aún le dolía un poco. - ¿Qué ha pasado?
- Te han dado un balonazo en la cabeza. – Escuchó a su lado.
Aoko se incorporó sobre la cama agitada, mareándose por levantarse tan rápido, y buscó a quien le había hablado. Sentado en una silla, al lado de la cama, estaba su amigo de ojos azules. – Kaito… - Sus facciones se endurecieron y le miró con el ceño fruncido. - ¿Qué haces aquí?
- Pues cuidarte. – Sonrió dulcemente, haciendo que la chica se sonrojase levemente. – Te has sonrojado. – Se acercó a ella hasta estar frente a frente. – Acaso… ¿No será que te gusto? – Susurró.
La joven abrió los ojos desmesuradamente y se sonrojó aún más. - ¿Pero qué dices¿Has esnifado tiza? Atrofia el cerebro¿sabías?
- Puede que si… o no… - Se separó de ella y le tendió la mano sonriente. – Vamos. Ya han terminado las clases. – Ella se levantó sin ayuda. – A veces eres muy fría Aoko.
- Y tú muy pervertido. El mundo no es perfecto.
Los dos se encaminaron hasta su clase a recoger sus cosas. Estuvieron todo el trayecto en silencio. Aoko no paraba de darle vueltas a lo que pasó en la enfermería, y de vez en cuando miraba fugazmente al chico que caminaba a su lado.
Caminaban hacia sus casas cuando el mago habló por primera vez desde que salieron de la enfermería. - ¿No crees que se está muy tranquilo?
- Si. – Afirmó ella. – Y es raro estando contigo. – Levantó la cabeza burlona.
Kaito la miró con el ceño fruncido. – Me refiero a que no hay gente en la calle. Ni siquiera coches.
Aoko miró por todas partes y se fijó que tenía razón. – Estarán almorzando…
- Vamos Aoko… Hemos regresado otras veces a esta hora y esto está a rebosar.
- ¿Y qué crees que pasa? – Preguntó algo temerosa.
- No lo sé. – Contestó dubitativo. – Te acompaño a tu casa.
Se encaminaron a la casa del policía. – Hola. – Dijo ella desde la entrada. – Papá ya he llegado¿estás? – Se adentró a la casa, dejando al chico sólo, en la entrada. Recorrió toda la casa, pero ni rastro de su padre. Fue al salón, donde encontró al mago delante de la televisión. – Mi padre no está en casa, imagino que estará en la comisaría.
- Lo dudo. – Dijo sin más. – Mira.
La chica se acercó y miró hacia donde señalaba el mago. La televisión estaba encendida. - ¿Qué quieres que mire?
- No hay nadie. Ni presentadores, ni periodistas, ni invitados… nadie. – Dijo mientras cambiaba los canales. - Las cadenas están con las imágenes de los decorados de los programas, pero no hay nadie en ellos. – El chico apagó la televisión con el mando y suspiró. – Es como si fuésemos los únicos en la faz de la tierra. – Miró a su amiga y vio que estaba blanca. Intentó enmendar su error. – Eh… Pero no te preocupes. – Sonrió. – Seguro que son paranoias mías. ¿Qué tal si me invitas a comer y después vamos a hacerle una visita a tu padre? Seguro que tendrá hambre, podríamos llevarle algo de comer.
Algo de color volvió a la piel de la chica. – Si, claro. – Se dirigió hacia la cocina. – Ponte cómodo.
Estuvieron comiendo en silencio. A Kaito se le ocurrió encender la radio, pero lo único que se escuchaba eran melodías, la letra había desaparecido. Y las emisoras de noticias estaban en silencio, excepto del hilo musical cuando se anunciaba algún suceso. La apagó y se giró a ver a su amiga. La chica estaba en mutismo.
Cuando terminaron de comer, la chica cogió unas cajas de comida y las colocó en una bolsa.
Como no circulaba ningún coche, tuvieron que ir a la comisaría dando un paseo. Aoko miraba nerviosa por los alrededores. No veía a nadie, ni siquiera a animales. Sólo se podía escuchar el viento correr entre los edificios. Sintió que algo la agarraba de la mano y descendió la vista para ver que el mago la había cogido la mano. – Tranquilízate Aoko. – Le dijo para darle ánimos. La sonrisa que tenía calmaban los miedos de la chica.
El mago giró la cabeza apresuradamente, la chica pensó que se le caería en cualquier momento. - ¿Qué pasa?
Él siguió escudriñando tras de ellos. – Nada. – Dio otra visualizada y volvió la vista al frente.
Llegaron a la comisaría, pero no había ni un alma. – ¡Papá! – Gritó Aoko empezando a correr hacia su despacho. Abrió la puerta y no encontró a nadie.
La chica se abrazó a sí misma y sus azules ojos se volvieron cristalinos. – Aoko… - Kaito la llamó. – Está anocheciendo, debemos irnos. – Apoyó una mano en su hombro.
- ¿A dónde? – Dijo cohibida. – No hay nadie. Estamos solos.
- Seguro que hay una buena razón para todo lo que está ocurriendo. – La hizo virarse y la levantó la cabeza suavemente por el mentón. – Yo estoy contigo, y no te dejaré.
Sus miradas azules se quedaron viéndose el uno al otro. Ella notó una sombra extraña y miró tras el mago. - ¿Quién anda ahí¿Papá?
Pero nadie contestó. - ¿Qué pasa? – El chico se viró para poder ver algo.
Ella negó y bajó la cabeza apesadumbrada. – Nada. Habrá sido mi imaginación.
Los dos amigos iban de regreso a la casa de la chica. – Kaito, no tienes porqué quedarte. – Dijo algo sonrojada sólo con pensar que dormiría bajo el mismo techo que el mago.
- No voy a dejarte sola Aoko. No sabemos lo que está pasado.
- Gracias. – Le sonrió agradecida. - ¡Ay no! – Se detuvo de pronto.
- ¿Qué pasa? – Se detuvo también y miró por todos lados. - ¿Has visto algo?
- No tengo nada para cenar. – Dijo apenada.
Su amigo la miró sonriente. - ¿Y cuál es el problema?
Ella lo miró fruncidamente. - ¿Me estás vacilando?
- Ven. – Le propuso que le siguiera, y ella accedió resignada.
Se detuvieron ante un escaparate de un supermercado y Aoko miró a Kaito de reojo. - ¿Qué pretendes hacer?
- ¿No necesitabas comida? – Sonrió inocente.
- Si. Pero si no te das cuenta no hay nadie y está cerrado. – Dijo señalando con la cabeza el cartel de la puerta.
- Eso tiene solución. – Se acercó a la puerta y la abrió sin problemas.
La chica de mirada azul se quedó sin habla. - ¿Cómo has hecho eso?
- Un mago nunca revela sus trucos. – Y entró en el establecimiento, con la joven aún sorprendida pisándole los talones. Se quedaron parados en la entrada. - ¿No tenías que comprar?
- Si, pero a esto se le llama robar. – Dijo algo cohibida. Con sólo pensar en la palabra "robar", a la chica se le vino en ese instante la imagen de un hombre con chistera vestido completamente de blanco, excepto la camisa azul y la corbata roja, y con su monóculo imposibilitando su identificación. Se llevó una mano a la cabeza y la sacudió de un lado a otro para poder borrar al ladrón de su mente.
- ¿Te pasa algo? – Preguntó con preocupación el mago.
- No, nada. – Se giró. – Vámonos.
- ¿No vamos a cenar hoy? – Preguntó con pena.
Ella se detuvo y suspiró. – Kaito, no pienso robar.
- ¿Quién te ha dicho que vamos a hacer eso? – Ella se giró a mirarle sin entender muy bien el significado de sus palabras. – Vamos a pagar todo lo que cojamos. ¿Por quién me tomas?
- No sé. – Subió los hombros. – Has abierto la entrada de una tienda sin esfuerzo alguno. ¿Qué es lo que tengo que pensar?
- Venga vamos, que te ayudo. – Dijo intentando cambiar de tema. – Vamos a aprovechar la poca luz que tenemos antes de que se ponga el sol.
La chica lo miró con el ceño fruncido, pero no insistió.
Cuando lo tuvieron todo, fueron al mostrador. – Vale genio¿y ahora qué?
Él no contestó y se fue tras el mostrador. Tecleó un par de veces en la caja registradora y empezó a pasar los productos por el identificador de códigos bajo la atónita mirada de su amiga.
- ¿Desde cuándo sabes usar la caja?
- Desde ahora. – Sonrió divertido por el rostro de ella. Terminó de pasar los productos. – Son 2.500 ¥ por favor. – Ella le miró amenazante y le dio el dinero. El chico pulsó un botón y el cajón del dinero se abrió. El "dependiente" cogió el recibo y se lo dio junto con el cambio. – Gracias por su compra en El pez dorado, esperamos que regrese pronto.
Aoko no pudo evitar reír ante la actuación de su amigo, pero se dio cuenta que él estaba serio mirando a la calle. - ¿Qué pasa? – Miró la calle, pero sólo se veía oscuridad, a parte de un poco de luz proyectadas por las farolas, y creando sombras macabras.
El mago saltó sobre el mostrador y salió de la tienda, deteniéndose ante la entrada, escudriñando entre la oscuridad.
Aoko se quedó estática, la tienda estaba en penumbra. Escuchó a algo moverse tras suya y cerró los ojos asustada. Tragó y se giró rápidamente abriendo los ojos. No podía ver mucho con la claridad de las farolas de la calle.
Tan ensimismada estaba, que cuando algo se puso sobre su hombro gritó aterrada, intentando escapar. Pero no pudo ir muy lejos porque algo la agarraba por la cintura. Se resistió todo lo que pudo, pero el agarre no cesaba. Cerró los ojos, esperando lo que venía a continuación.
Sintió que algo se le acercaba al oído y escuchó un susurro. – Tranquila, Aoko, no pasa nada.
Ella suspiró tranquila. Intentó respirar normal, pero le fue imposible por una razón. El mago la estaba abrazando por la espalda. Sus brazos la estaban rodeando su cintura, y sus labios estaban casi rozando su oído.
Las mejillas de la chica se tiñeron de rojo, y dio gracias a la oscuridad y a estar de espaldas al joven. – Eh… Kaito… Ya puedes soltarme.
- ¿Prometes que no vas a salir corriendo?
- ¡Kaito! – Le reclamó.
- Prométeme que no te vas a separar de mí.
La joven sonrió, su sonrojo no bajaba, sino que iba a más. – Lo prometo.
Sintió que el abrazo cesaba y se separó de él. Se dirigió al mostrador, no se atrevía a mirarle a los ojos, porque la vería sonrojada y estaba segura que se burlaría de ella.
Cogió las bolsas y se fue junto con el mago, que la esperaba en la entrada.
Iban caminando hasta la casa de ella. Todo estaba muy silencioso. – No hay ni grillos. – Dijo la chica en un susurro casi inaudible, pero por el silencio que les inundaba, llegó al mago.
Le cogió una mano para transmitirle fuerzas y miró hacia las farolas. – Ni siquiera polillas.
- ¿Cómo es posible que las farolas estén encendidas?
- Son automáticas. A una cierta hora se encienden sin que accione nadie nada.
Estuvieron de nuevo en silencio. Kaito agarró más fuerte la mano de la chica, haciendo que ella le mirase sonrojada. Vio que él estaba muy serio.
De repente, el mago la tiró hacia él, haciendo que se le cayesen las bolsas de la compra, y la puso frente a él. - ¿Kaito? – Preguntó temerosa.
El joven tenía su característica cara de póquer y los ojos cerrados. – Habéis estado persiguiéndonos todo este tiempo. – Aoko miró tras el mago y vio que unas sombras salían de sus escondrijos. Él se viró, anteponiendo su cuerpo para proteger a la chica.
En pocos instantes, estuvieron rodeados de personas con capuchas negras que les cubrían todo el cuerpo y el rostro. Aoko los miraba aterrada. – Kaito…
Él miraba fijamente a sus atacantes. – Aoko, éstos no tienen buenas intenciones.
- No¿en serio? – No pudo evitar ironizar.
El mago se giró para verla de frente. - ¿Confías en mí?
Ella le miró a los ojos y vio en sus azules ojos determinación. Asintió con la cabeza y se agarró fuerte a la mano de su amigo.
De repente, una luz muy intensa los bañó. Aoko no pudo evitar cerrar los ojos. Sintió un tirón y siguió a su amigo. Corrieron durante un tiempo. – ¡Kaito! – Gritó ella al abrir los ojos. - ¡No puedo ver nada!
El efecto se irá dentro de poco, sigue corriendo. Y ten cuidado que vamos a subir unas escaleras.
Llegaron a un lugar donde corría el viento, por lo que supuso que estaban en alguna azotea. Su amigo la ayudó a sentar en el suelo, apoyándose en una pared. - ¿Los hemos despistado? – Preguntó casi sin respiración.
- Parece que si.
- Kaito… ¿Por qué has usado una bomba de luz como lo hace Kid?
- Ya puedes abrir los ojos.
- ¡No me cambies de tema! – Abrió los ojos enfurecida por los cambios de tema de su amigo, y lo que vio la dejó transpuesta. Ante ella se encontraba el hombre que tanto dolor de cabeza le acaecía cuando aparecía.
- Creo que ya tienes la respuesta. – Sonrió.
- ¿T… Tú eres… Kid?
- Soy quien tú quieras que sea. – Ella lo miró confundida. – Aoko, aún no has despertado. – La chica abrió los ojos desmesuradamente. – Todo esto. – Dijo elevando los brazos a los lados. – Es producto de tu imaginación. Y te muestra lo que más deseas.
- ¿Yo quiero que el mundo desaparezca? – Aún seguía confusa.
- No. – Siguió sonriendo. – Lo que quieres es que Kaito sea Kid. – Vio que ella seguía confusa. – Ya lo entenderás. – Se acercó a ella y la levantó. – Ahora debes despertar.
En ese momento, la chica sintió un gran dolor en al cabeza, que la hizo ver todo oscuro, haciendo que lo último que viese fuese al mago ladrón.
- ¡Aoko¡Aoko! – Escuchaba que la llamaban. Abrió levemente los ojos y pudo distinguir unos ojos azules muy conocidos. - ¿Estás bien?
Pudo notar en su voz preocupación. Ella se intentó incorporar y él la ayudó. - ¿Qué ha pasado?
- Se me escapó la pelota. – Dijo uno de los chicos que estaban en el círculo. – Avisé pero no te quitaste.
- Si tanto te gustan los balones habérmelo dicho, que yo encantado te empiezo a tirar. – Dijo burlón su amigo.
La chica le miró furibundamente, pero recordó el sueño que había tenido. – "Lo que quieres es que Kaito sea Kid" – En ese momento creyó comprender lo que significaba y se sonrojó.
- Si que tienes que estar mal.
- No me pasa nada Kaito. – Se levantó.
- Creo que deberías ir a la enfermería.
- He dicho que estoy bien.
- ¿De verdad señorita rosita?
- ¿Por qué me llamas rosita? – Cuestionó curiosa.
Él sonrió burlonamente. – Es el color de tu ropa interior de hoy.
Ella de sonrojó de sobremanera. Sus compañeros sonrieron burlones, pero no se atrevían a reír muy fuerte, todos conocían el mal genio de la hija del inspector.
- Kaito… - Sus puños se cerraron. - ¡Estás muerto!
Él había conseguido tomar ventaja en su huída, y la chica corrió hacia él.
FIN
