UTOPÍA DE AMOR

He pensado mucho en este capítulo ya que quería que quede casi "Perfecto". Por supuesto, no lo conseguí pero a mi modo de ver no quedó tan mal.


Ninguno de los personajes de Harry Potter me pertenece.


CAPÍTULO DIEZ:

LA PROFECÍA DE TRELAWNEY

Aquel día no podía ser mejor. En el ambiente se respiraba un aire cálido, emitido por el sol radiante que brillaba con intensidad en el celeste del cielo. Una suave brisa del este ayudaba a mitigar el calor. Había risas por donde fuesen. Todos se sentían de excelente humor; todos, excepto Severus. Él sabía muy bien que días como esos los alumnos se volvían más revoltosos, especialmente si había un viaje a Hogsmeade en vez de tener que pasar horas encerrados en un aula.

Por eso allí estaba, caminando por el pueblo, viendo que todos esos mocosos se comportasen correctamente. Otros profesores se habían reunido a tomar cerveza de mantequilla y a charlar juntos pero él no deseaba tener esa clase de compañía. Hermione lo había invitado a acompañarlos pero él se había negado rotundamente. Recordaba perfectamente la mirada herida que ella le había lanzado antes de dar media vuelta y marcharse para dejarlo tranquilo como tanto quería. Ahora se arrepentía. No había querido ser brusco, no había querido herirla porque, después de todo, era una de las pocas personas que lo soportaba. Y era la única mujer que había tenido el valor necesario para acercársele y acabar besándolo. ¡Merlín! Aun no podía evitar ruborizarse al recordar las cosas que habían hecho la semana anterior en la cama, besándose, dejándose abrazar… No había sido indecente, en absoluto, pero había sido absolutamente íntimo para él porque nunca nadie antes había logrado hacerle derrumbar sus murallas protectoras.

Era ridículo y sonaba cursi a sus oídos pero Hermione le aceleraba el corazón, le ponía nervioso, lo asustaba con sus sonrisas, sus caricias y sus besos. ¡Oh, benditos besos! Desde aquel día ella parecía buscar cada oportunidad que tenían a solas para plantarle uno de esos adictivos besos en la boca. Cortos, firmes, llenos de un cariño que no creía merecer. Y a ella parecía no importarle que él no fuera un experto en eso, ni que nunca se atreviera a tocarla más de lo absolutamente necesario. Siempre siguiendo sus reglas. ¿Quién más estaría dispuesto a eso? No podía pensar en nadie. ¿Pero por cuanto tiempo seguiría así? Sabía que tenía que poner un poco más de sí mismo para que ese simulacro de relación que tenían funcionase pero le costaba horrores abrirse a Hermione y dejarle ver qué era lo que realmente pensaba.

Tuvo que contener un suspiro que empujaba por su boca cuando volvió a recordar el modo en que Hermione le sonreía. ¡No entendía! Simplemente no entendía cómo era que había acabado así, tan… tan… Ni siquiera sabía qué nombre darle a todo lo que le estaba sucediendo. Era obvio que sentía una inequívoca atracción hacia Hermione, que adoraba besarla y había descubierto que cuando ella estaba ocupada y no podían verse, la extrañaba. Sus recintos se sentían demasiado vacíos. Se había acostumbrado tanto a su presencia que cuando no la tenía la añoraba.

Esta vez el suspiro salió de lleno de su boca.

—¿Estás bien?—oyó que le preguntaba alguien.

Alzó la mirada y vio aquel rostro que tanto le gustaba, con esos ojos castaños tan expresivos.

—¿Qué haces aquí?—le preguntó sin responderle—¿No tenías que ir a beber con Minerva?

No quería haber soltado la pregunta tan bruscamente pero verla irse con ellos lo había herido. No había programado nada pero una parte de él, la más posesiva y egoísta, había esperado que ella quisiera quedarse a su lado.

Para su fortuna, Hermione soltó un bufido poco femenino.

—Lo dices como si hubiésemos tenido intenciones de emborracharnos.

Severus sonrió levemente ante la imagen mental. Hermione y Minerva, abrazadas a ellas mismas para no caerse en el suelo, porque no podían dar ni un paso recto sin tambalear.

—Sería interesante de ver—indicó.

Hermione rodó los ojos.

—Sólo tomé una cerveza y vine. No quería dejarte solo en un día cómo éste.

Severus la contempló de mala manera. No quería su compasión.

—¿Un día cómo éste? ¿Qué quiere decir?

—¡Que es un día espléndido!—aclaró acercándose más a él—No debería estar solo… Es perfecto para tener una nueva cita.

—Estamos trabajando, señorita Granger—la reprendió aunque la idea de disfrutar el día junto a ella lo tentaba demasiado—No debería descuidar de sus funciones de ese modo.

—No vamos a descuidar nada, profesor, porque antes de salir le dije a Minerva que necesitaba su ayuda para un proyecto personal.

—¿Un proyecto personal? ¡Vaya! No sabía que usted podría ser tan convincente…—murmuró con cierto humor.

Hermione entrecerró los ojos y se le acercó más. Poco a poco fue formándose en su boca una sonrisa coqueta que dejó a Severus sin respiración.

—¿Quieres que te enseñe que tan convincente puedo ser?—le preguntó sugerente.

Severus quedó con la boca abierta, sin poder respirar y con ideas poco caballerosas en su cabeza. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no lanzarse sobre ella y besarla delante de todos esos ojos curiosos. Si lo hacía, los rumores que confirmaban su romance no tardarían en invadir todo el colegio. Así que se aclaró la garganta e intentó hacer como si el comentario no le hubiera afectado.

—En otra ocasión, quizás…—indicó suavemente—Ahora, ya que estamos libres, ¿Me acompaña al castillo?

—¿Podemos quedarnos cerca del lago?—preguntó ella a su vez, mirándolo implorante—Es un lindo día como para estar encerrados.

Quiso negarse. Realmente lo intentó. Incluso en su boca comenzó a formarse un rotundo no. Pero después su mirada se volvió a tomar con esos ojos castaños y sintió que algo calentaba su corazón… Rayos, ella era mala para su reputación.

—Sólo unos momentos—murmuró.

Hermione sonrió y asintió vigorosamente con la cabeza. Ambos comenzaron a caminar a la par en completo silencio. Le hubiera gustado poder extender su mano y rosar su brazo descubierto con la punta de sus dedos pero se abstuvo. Que ella llevase ropa muggle, unos jean y una blusa mangas cortas no significaba que lo invitaba a tocarla sino que simplemente tenía calor con la usual ropa de trabajo.

Decidido a distraerse para no cometer alguna tontería propia de un adolescente, se dedicó a entablar una conversación.

—¿Qué sucede entre usted y la profesora Trelawney?

Hermione volteó el rostro para verlo como si la pregunta estaría de más.

—Pensé que ya lo sabía, nuestras opiniones con respecto a la Adivinación difieren bastante. Ella cree en esas tonter… esas cosas—se corrigió rápidamente—y yo no.

—Pero hay algo que ella pudo predecir—indicó.

La vio apretar los labios.

—Claro, la profecía de Voldemort y Harry.

—No. Algo más y usted sabe a lo que me refiero.

Ahora los labios de Hermione se volvieron blancos. Ella no lo miró cuando contestó, lo que le dijo que estaba tocando un punto sensible. No debía presionarla, lo sabía, pero quería saber…

—No, no lo sé, profesor Snape.

—En el bosque, cuando fuimos a buscar a los Centauros, Trelawney le dijo que el año pasado le había hecho una predicción y le preguntó si había acertado. Usted no lo negó en ningún momento—explicó—por lo que puedo suponer que "el ojo interior" ha estado en lo correcto esta vez.

Hermione rodó los ojos.

—No creo que realmente haya sido así—lo contradijo rápidamente—La adivinación es una ciencia muy inexacta. Pudo haber sido pura casualidad…

—¿Cree en las casualidades?

—Son más posibles que las predicciones—y agregó en voz baja por temor a ofenderlo— Incluso en el caso de la gran profecía de Voldemort.

Severus entendió sin mayores explicaciones. Podría tomarse como una casualidad que aquel día él haya oído aquello y se lo haya contado a su Señor; incluso podría haber sido una trágica casualidad que Voldemort haya creído que se trataba de los Potter en vez de cualquier otro niño nacido en ese mes…

—Aun no me ha dicho qué predicción hizo—comentó, dejando el tema anterior en paz.

—No creo que quiera saber—susurró.

Severus la miró fijamente. Sus mejillas se habían ruborizado y miraba a todos lados menos a él. ¿Qué podría ser que le causara tanta vergüenza?

—Sí, quiero—aseguró.

Hermione se mordió el labio inferior y miró al cielo como pidiendo piedad. Finalmente, bajó los ojos a él y se detuvo. Severus la imitó, quedando frente a ella.

—El año pasado, cuando vine a hablar con Minerva, me topé con la profesora Trelawney—comenzó a explicar—La saludé como correspondía porque, después de todo, pronto seríamos colegas. Incluso intenté charlar con ella y salimos juntas conversando del despacho de la directora. No sé si recordará, pero nos topamos con usted aquella mañana.

Severus hizo memoria pero realmente no podía recordarlo.

—Lo saludamos, pero parecía estar demasiado apurado como para oírnos o simplemente no quería detenerse a hablarnos y siguió su camino como si nada.

—Lo siento—se disculpó de prisa sin saber muy bien porqué lo hacía.

Últimamente parecía disculparse por todas las cosas que parecían molestar u ofender a la joven que tenía delante.

Ella le sonrió tranquilizadoramente pero en su mirada aun navegaba esa sensación de preocupación y vergüenza. Más que nunca quería saber qué era lo que le había dicho la profesora de Adivinación.

—No se preocupe, entiendo—lo excusó y continuó con su relato—Yo… hacía tiempo que no lo veía y me asombró descubrir que… que… usted… se viera… así.

Severus frunció el ceño, sin entender a qué se refería.

—¿Así?—inquirió—¿Así cómo?

Las mejillas de ella se volvieron rojas y él esperó con paciencia porque parecía que se había trabado con sus propias palabras.

—Usted… me pareció… muy… atractivo.

Severus no pudo más que quedarse de piedra, anonadado por las palabras que oía. Hermione seguía sonrojada y algo apenada alzaba la mirada para verlo a los ojos.

—Eso es imposible—dijo tajantemente al recuperarse.

Él no era atractivo. Nunca lo había sido. Siempre con las mismas ropas, el mismo pelo largo y grasiento, esa nariz ganchuda. Era pálido y delgado. ¿Quién, en su sano juicio, lo vería como un hombre deseable?

—¿Imposible?—la timidez había desaparecido, habiendo sido reemplazada por incredulidad—¿Por qué dice eso?

—No soy… atractivo. Siempre vestí y me vi de la misma manera.

—Yo no estoy de acuerdo—lo contradijo—Siempre he admirado su mente, profesor, su inteligencia y durante los años en que yo fui una estudiante me sentí atraída por usted gracias a eso… Puedo ser joven pero ya no soy una niña, mucho menos una adolescente. Cambié y, cuando el año pasado lo vi yo… lo encontré sumamente atractivo. Y… por favor, cierre la boca, profesor, estoy hablando completamente en serio.

Severus rápidamente cerró la boca. No había sido completamente consciente de que había caído en aquel gesto pero estaba absolutamente asombrado. Le parecía ridículo y casi irracional que él pudiera haber llamado su atención incluso cuando era una estudiante. Pero después, cuando una nueva idea entró en su mente, se sintió terriblemente desdichado. Ahora todo tenía sentido. Se suponía que debía de haber una razón coherente que explicase el porqué de esos supuestos sentimientos.

—Entonces, esto no es más que un flechazo adolescente—murmuró.

Su voz había sonado tan amarga como se sentía por dentro. No debía de sentirse así porque, después de todo, lo había estado esperando. Dio un paso atrás, teniendo la necesidad de crear alguna distancia mayor entre ellos.

—¿Qué? ¡No!—exclamó con prisa, mirándolo a los ojos con cierto temor—Profesor, yo… ¡Demonios, Severus! ¿Cómo puedes decir eso? ¿A caso no me has oído? ¿A caso no te lo dejé en claro la otra vez? ¡No soy una ridícula adolescente enamoradiza! Nunca lo fui y estoy agradecida por eso. ¡Te amo! Amo tu inteligencia, tu sarcasmo, tu casi inexistente sentido del humor… me encantas de un modo irracional, que no entiendo pero que estoy dispuesta a aceptar sin importar nada.

Él comenzó a negar de modo automático pero se detuvo bruscamente cuando notó que los ojos de Hermione brillaban peligrosamente, llenos de lágrimas que intentaba contener.

¿Así se sentía saberse amado por alguien? Era tan confuso, tan terrible y tan emocionante al mismo tiempo. Todo este tiempo había estado esperando alguna muestra que dijera que ella simplemente había estado jugando con sus sentimientos o que la atracción que decía sentir ya no existía, que se había evaporado como agua hirviendo. Era un tumulto de alegría y miedo que se confundían peligrosamente.

Se acercó a ella. No importaba que alguien los viera. Que dijeran lo que quisieran. Con suavidad, alzó sus manos y rosó su rostro con cuidado, con delicadeza. Su pulgar acarició su mejilla y fue en ese momento en que un par de lágrimas traicionaron la fuerza de voluntad de la joven y cayeron. Severus las atrapó y las secó. Era una imagen terrible, que lo llenaba de culpa y desesperación. No, no quería volver a verla llorar nunca más y menos, sabiendo que él era la causa de ese sufrimiento.

Inclinó el rostro con lentitud y la besó. Sus labios apenas acariciaron los suyos pero esto fue suficiente como para hacerlo estremecer de pies a cabeza. Era casi tonto el modo en que ella lo afectaba, especialmente cuando le devolvía los besos.

Hermione abrió la boca para tomar aire y él aprovechó para profundizar el beso. Era la primera vez que tomaba la iniciativa y ella no parecía quejarse. Por el contrario, se apretó aún más a él y lo abrazó, sin dejar de besarlo. Las manos de Severus se desviaron hacia su cuello con suavidad. Por unos instantes sintió bajo ellas su pulso acelerado. Un rayo de orgullo lo invadió al saber que él era el que hacía que su corazón latiera de tal modo. Con cuidado, casi temiendo a que ella protestase, dejó que las yemas de sus dedos trazaran un camino invisible en su piel pasado de allí hasta su cabello, para enredar sus dedos en ellos mientras mordisqueaban su labio inferior para luego acariciarlo con la punta de su lengua. La oyó gemir y él estuvo a punto de imitarla cuando la sintió presionar aún más contra su cuerpo. Era casi inexistente el espacio que había entre ambos pero la urgente necesidad de sentirla aún más cerca era apremiante y bastante aterradora.

Se apartó con brusquedad, con la respiración acelerada, sin dejar de mirarla. Hermione también lo contemplaba pero en su boca había una sonrisa enorme. Y allí, justo en ese momento, al ver que el rastro de lágrimas había desaparecido, se dio cuenta que ya podía darle un nombre preciso a todo lo que ella le hacía sentir: amor. La amaba, tan simple y complicado como eso era. Porque amarla lo hacía sentir tan vulnerable, pero saberse correspondido lo llenaba de una felicidad casi ridícula.

—¡¿Se puede saber qué sucede aquí?!

Ambos parpadearon confundidos al oír aquella voz que gritaba por una respuesta. Apartaron la mirada el uno del otro y por primera vez observaron a su alrededor. La pequeña burbuja de privacidad que habían creado para ellos mismo no había sido tan privada después de todo. Por una fracción de segundo, Severus quiso maldecir a todos los que los observaban con incredulidad pero rápidamente pensó que, después de todo, aquello era lo mejor. Ya no había secretos. El grupo de alumnos que lo rodeaban en un semicírculo no tardarían en ir corriendo a contarle a sus compañeros que el viejo murciélago de las mazmorras había estado besándose como si todo le importara una mierda a la joven Hermione Granger. Incluso podía escuchar los rumores que se crearían a partir de eso… ¿Alguno podía pensar incluso que le había dado alguna poción para poder tenerla a su merced? No importaba demasiado.

Pero luego estaba Minerva. Ella había aparecido allí, seguramente atraída por el bullicio de alumnos que curioseaban a la extraña pareja. Ahora, la anciana mujer, los observaba fijamente con el ceño fruncido, casi adivinando lo que habían podido estar haciendo. Intentó separarse para negar cualquier acusación. Por más que quería que Hermione estuviera a su lado no la obligaría a soportar las malas miradas y las lenguas venenosas que comentarían su falta de juicio por andar con un hombre como él. Pero Hermione no se lo permitió. Entrelazó su brazo con el suyo y miró con la barbilla alzada a Minerva.

—Minerva, me disculpo—la oyó decir con firmeza a su lado—Sólo quería besar a Severus, no causarle una apoplejía a los alumnos.

Tuvo que hacer un leve esfuerzo para reprimir una sonrisa que amenazó con aparecer en su boca cuando oyó eso. Si muchos alumnos parecían tener expresiones de daño cerebral con sólo verlo besar a Hermione no quería pensar qué sucedería cuando lo vieran sonreír.

Minerva, abrió los ojos graciosamente tras posar la mirada primero en uno y luego en el otro.

—¿Finalmente están juntos?—preguntó.

Severus la contempló con confusión.

—¿No le molesta?

—¡Claro que no! Ya estaban alterando mi paciencia… No me estoy haciendo cada día más joven, Severus, y quería verte feliz por una vez en la vida—indicó.

La directora se volvió a todos los alumnos que aún permanecían allí, escuchando con atención la conversación que mantenían.

—Pueden seguir con el recorrido—les dijo con voz firme, que no admitía ningún tipo de comentario—Salvo que prefieran volver al castillo y tener clases.

Todos comenzaron a desaparecer inmediatamente, encaminándose a diferentes tiendas o simplemente andando por la calle, pero sin dejar de murmurar sobre lo que acababan de ver.

—Simplemente les pido—dijo Minerva cuando ya no quedaba nadie—Que sean responsables.

Ambos asintieron con formalidad; Severus algo ofendido por la reprimenda implícita. Él siempre era responsable. Haberle dado un nombre a sus sentimientos o, más claramente, haberse dado cuenta que tenía dichos sentimientos, no lo haría comportarse como un ridículo crío. Era un hombre adulto, serio y muy consciente de su posición.

Minerva los contempló una última vez a ambos para luego inclinar la cabeza a modo de despedida. Ambos vieron como ella giraba sobre sus pies y se alejaba.

—¿Qué crees que dirán de nosotros, profesor?—oyó que le preguntaba Hermione a su lado.

Severus giró la cabeza y la contempló. Se maravilló con su rostro.

—No creo que importe mucho… Hermione. Y puedes llamarme Severus.

Ya estaba, lo había dicho: había utilizado su nombre abiertamente, aceptándola como su igual y le había dado un pase definitorio que le permitía tutearlo.

Como recompensa recibió una nueva e inmensa sonrisa que hizo que sintiera un tirón de deseo en la boca de su estómago. Para su fortuna, logró recomponerse antes de que ese deseo viajara a su ingle.

—Aun no me has dicho qué era lo que te dijo Trelawney—recordó cuando comenzaban a caminar de nuevo al castillo.

Hermione enredó su brazo alrededor del suyo. El gesto lo tomó desprevenido pero no hizo ningún movimiento para apartarla. Le costaba mucho aceptar su proximidad; no porque le desagradara sino porque le gustaba mucho más de lo que cualquiera pudiera entender.

—Me dijo que acabaría amándote—murmuró sin mirarlo.

Siguieron caminando con calma y en silencio. Pero cuando Hermione volteó el rostro a verlo momentos después, Severus sabía que había podido ver la misteriosa sonrisa que se había formado en sus labios.