Los personajes de Regular Show no me pertenecen, son propiedad de JG Quintel.

*

Observando a su alrededor, no vio más que los árboles meciéndose con la brisa del día; como si se tratase de un pueblo fantasma, el parque está simplemente desolado, ni una cara conocida a él podía ver. Sin decir palabra, la cardenal le tomó una de sus manos llevándolo a lo que era su habitación; nada lucía diferente, su cama estaba intacta y el trampolín del mapache, seguía igual de desordenado, típico de él. Caminó hacía la puerta, asomando su cabeza mirando a cada lado. Nadie estaba tan siquiera en la casa; el arrendajo sólo caminó por los pasillos hasta llegar a las escaleras bajando en ella; la sala era igual, solo reinaba el silencio: ¡Buscó en la cocina, en los dormitorios, e incluso el baño! Empezó a desesperarse.

"¿Dónde están todos?"

El ángel solo se limitó a encogerse de hombros, hasta que la puerta principal se abrió, llamándole la atención al plumífero azul; el mapache con lágrimas en los ojos corrió por las escaleras dando un fuerte portazo.

"No te pongas así, Rigby."

La máquina de chicles subía por las escaleras, mientras que sin darse cuenta, el arrendajo le seguía. Benson estaba intentando abrir la puerta. "¡Rigby! ¡Abre!" El mamífero no contestó.

Escondiéndose entre los trapos sucios de su cama, seguía llorando, pero en silencio; finas y delicadas lágrimas brotaban de sus ojos mientras que apretaba su puño oyendo los gritos de su jefe.

"¡Rigby! Abre la puerta, sólo quiero…hablar contigo."

Casi susurrando, se dio por vencido dando media vuelta, bajando por las escaleras. Sentía que era su culpa.

"¿A dónde vas, Benson?" La enorme paleta interrogó débilmente.

"Necesito pensar…" Mientras desaparecía de la vista dejando a los miembros mirándose ente sí.

*

Hojas caían delicadamente haciendo contacto con el suelo al sentir la mínima presencia de la brisa. Acobijado de la sombra, estaba sentado viendo a la nada inundado en sus pensamientos; parpadeó varias veces antes de reaccionar.

*

Caminaba sin tener rumbo alguno, un escalofrío recorrió su cuerpo; en su mente pasaba una y otra vez las imágenes desde aquel día del incidente hasta el final del aviar. Sentía como su corazón latía rápidamente que podría salirse de su pecho, literalmente. Sólo quería escapar, borrar ese suceso, salirse de allí aunque le costara su propia vida, pero cada vez que lo intentaba, parecía estar en un callejón sin salida, un animal atrapado en su jaula. Solo quería que fuese una pesadilla, un sueño, que no fuese real de la muerte de su empleado, no más no puede retroceder el tiempo: hecho, hecho está.

*

El aviar cerró los ojos mientras que un largo y agudo pitido inundó la habitación; él estaba allí, no podía hacer más nada que lamentarse y sentirse culpable. El día era negro para él, el mapache no le dirigía la palabra; no dejaba de llorar viendo el cuerpo sin vida de su amigo cubierto por una fina sábana blanca. La máquina de chicles solo estaba allí parado, viendo las lágrimas caer del mamífero; bajó un poco la mirada cerrando fuertemente los ojos dejando atrás a los demás tratando de calmar al mapache.

Apretó las manos con fuerza en el volante alargando su suspiro, no podía creer que los había dejados solos mientras intentaba irse a su departamento; se sentía un cobarde lleno de nervios y frustración. Un sonido lo sobresaltó, era su celular; estaba a pocos metros de su departamento, pero decidió regresar, no estaba consciente de sus propios impulsos, ni siquiera buscó el porqué de su ida.

Las puertas automatizadas se abrieron dejando entrar a la máquina reencontrándose con el grupo; el mapache solo le pudo dirigir una mirada llena de ira mientras que Papaleta le daba unos pequeños golpes en la espalda en señal de comprensión; él, al igual que los demás, lucía tristes.

El sol se alzaba dejándose ver en el cielo infinito. Las aves revoloteando cantaban husmeando en los arbustos en busca de pequeños e indefensos insectos.

¡Beeb! ¡Beep! ¡Beep!

Estaba viendo el despertador mientras que aún estaba sonando. Postrado en la cama, apagó el aparato. Las ocho de la mañana marcaba en la pantalla. Decidió dar dos días libres para luego recuperarse de la muerte del arrendajo; sabía que todo iba a cambiar, en especial del mapache que sentía que lo detestaba…¡No!, ¡Que lo odiaba!

Miró su reflejo en el espejo sin parpadear. Abrió el botiquín buscando la pasta de dientes, al cerrarla, sus ojos se abrieron tan grandes como platos, pudo ver el reflejo del arrendajo; se talló los ojos, pero el arrendajo había desaparecido dejando nuevamente su reflejo. Desde que llegó a su departamento, no pudo dormir; pensó que era una cuestión de su propia imaginación por falta de sueño, empezó a asearse sus dientes.

*

El mapache miraba el techo hundido en sus pensamientos, mientras que dejaba aparecer un ceño fruncido. Miró alrededor de su habitación en el cuál, antes compartía con el ave, si darse cuenta, más lágrimas brotaban de sus ojos mientras se acurrucaba en su trampolín; sacudió su cabeza mientras se limpiaba rápidamente las lágrimas cerrando los ojos, acomodándose intentando quedarse dormido. Recuerdos junto al aviar golpeaban en su mente, desde el día que se hicieron amigos hasta que presenció la muerte del plumífero azul; cada recuerdo se quebrantaba mientras caía por un abismo que parecía no tener fin gritando intentando agarrarse de algo.

El mapache cayó contra el suelo, pero no sintió ningún dolor; incorporándose pudo ver la imagen del aviar, que solo estaba parado al final de la habitación, el mapache corrió hacía él, pero la imagen a cada paso que daba el mamífero, este se alejaba; el peludo marrón estaba empezando a desesperar decidiendo correr en sus cuatros patas, pero daba el mismo resultado.

"¿Por qué te fuiste y nos dejaste?"

El aviar ni siquiera se inmutaba en mover sus labios viendo como el mapache intentaba llegar hasta él.

"¡Viejo!"

El arrendajo abandonó la habitación dejándola oscura; el correr del mamífero se detuvo bajando la mirada poniéndose de pie.

Abrió los ojos de golpe, dirigiéndose a la puerta saliendo de la habitación; necesita despejar su mente.