Disclaimer: Twilight no es mío. La historia y Jasper, sí.


The Bad Guy

por MrsValensi


Parte II, Capítulo II.

«I'm betting that, when we collide, the universe will shift into a low».

Sábado, 06 de febrero del 2010.

Estaba estática en mi lugar, incapaz de moverme, pensando que podría desmayarme de un momento para el otro. Sólo éramos Edward, yo y los tipos que habían estado merodeando a mi alrededor, que habían terminado tendidos sobre el pavimento a unos metros de nosotros… y Dios sabía que no quería averiguar exactamente de qué manera. Los ojos olivo de Cullen seguían fijos en los míos, y aún me costaba respirar. Después de unos buenos instantes de susto y respiración contenida, tuve que hacer un gran esfuerzo por coger suficientes bocanadas de aire que me permitieran regularizar mi ritmo cardíaco.

Estuvimos mirándonos por minutos, hasta que él decidió irse de allí, caminando velozmente y con su cabeza oculta bajo la capucha de su sudadera. Ni siquiera tuve tiempo de procesar la orden en mi mente que ya me encontraba siguiéndolo tan rápido como mis piernas y mi torpeza me lo permitían. La penumbra de las calles no facilitaba la marcha, por lo que comencé a gritar su nombre. Le pedí que no se fuera, que me esperara. Él, de cualquier modo, parecía estar ignorándome de una forma totalmente deliberada.

Por lo menos así fue, hasta que tropecé y caí sobre mis rodillas. Sólo en aquel momento lo vi volverse, sus ojos ocultos por su cabello desordenado.

—Edward… por favor… espera.

Él no se movió de su lugar. A duras penas me puse de pie, sintiendo el escozor en mis piernas y en las palmas de mis manos. Caminé lentamente hacia él, teniendo miedo que fuera sólo una ilusión de mi cabeza. Temía acercarme demasiado y que el desapareciera entre la bruma.

—¿Me acompañarías a casa? —pregunté en un susurro. Tenía un punto allí.

Él siguió andando sin decir nada. Tan sólo me hizo un gesto con la cabeza antes de volverse, que interpreté voluntariamente como una respuesta afirmativa. Comencé a caminar rumbo a mi casa, sintiendo como él seguía los pasos detrás de mí. Se hundió un poco más bajo su capucha cuando comenzamos a andar por la avenida y no se deshizo de ella hasta que nos encontramos dentro de mi edificio. Quizás hice mi caminata un poco más lastimera para que me creyera, pero lo cierto es que no se opuso a seguirme en ningún momento. De alguna forma, parecía que Edward Cullen era un caballero después de todo.

Ingresamos a mi apartamento y cerré la puerta, incluso cuando algo dentro de mí me decía que, si él se lo proponía, algo tan mundano como una cerradura no lo detendría para escaparse. Mandé un rápido texto para avisarles a los chicos que ya estaba en mi casa, sana y a salvo, y que me había ido porque no me estaba sintiendo bien. No era mucho, pero…

—Debería irme —susurró Edward, haciendo que mi vista se alzara rápidamente.

—Quédate —pedí al instante, ambos de pie en la sala—. Yo… no te llevaré de nuevo al hospital, si eso es lo que deseas.

Sólo después que salieran de mi boca conseguí analizar mis palabras.

¿Qué estaba diciendo?

—¿Realmente me estás sugiriendo que planeas dejarme aquí, bajo tu mismo techo? —se mofó él, recobrando su compostura—. ¿Todavía no entiendes que puedo hacer lo que quiera contigo?

Me sentí levemente ofendida por sus palabras, pero no me dejé intimidar. Era uno de esos momentos en los que me sentía tan dominada por mis sentimientos que ningún pensamiento lógico pasaba por mi cabeza. Todo había sido tan repentino, tan fortuitamente inesperado que me sentía una presa de la tensión del momento. De alguna forma particularmente complicada, las cosas estaban yendo para el sitio que yo deseaba.

—Exacto, no me importa lo que puedas hacer —confirmé seriamente—. Confío en ti.

—Estás tan equivocada sobre mí.

Me quedé levemente sorprendida por sus palabras, pero en ningún momento conseguí despegar mis ojos de los suyos. Como había pensado ya, al parecer todas las situaciones problemáticas tenían un imán para venir a mí. O quizás era yo quien las buscaba de forma inconsciente.

—Pero tú me has salvado —musité, entrecerrando los ojos y contrayendo mi rostro—. Yo tengo razón, eres más bueno de lo que aparentas…

—Estás tan ciega —susurró él, casi con desprecio.

No comprendí y quise replicar, pero Edward prosiguió:

—¿Qué tal si no soy lo que crees? —preguntó, con voz ronca y marcado acento—. ¿Qué tal si no soy más que una mentira?

—No creo que sea así.

Él no respondió, simplemente se pasó una mano por el rostro, con cierta frustración violenta. Sus ojos volvieron a quedar ocultos por los cabellos rebeldes que le bañaban la frente mientras yo seguía allí sobre mis pies, como una idiota, esperando ansiosamente una respuesta. Estaba tan trastornada por él y su situación, que pensé que en cualquier momento podría saltar ágilmente y realizar su huída, como si se tratara del hombre araña o algo parecido.

¿Estaba perdiendo la cabeza?

—Estar cerca de mí es peligroso, Isabella —habló él, nuevamente en tono susurrante—. ¿Qué tengo que hacer para que comprendas eso?

Edward salió al balcón por su cuenta y me sorprendí a mi misma siguiendo sus pasos, tan absorta en su fantasía como él. Me quedé en la entrada que conectaba el exterior con la sala, del lado de adentro, mientras él se encontraba firmemente aferrado a la barandilla. Los músculos de sus manos se encontraban marcados por la fuerza y parecía que en cualquier momento podría sacar el barrote de hierro y tirarlo al demonio. Él realmente lucía como si estuviera conteniendo su furia, y me pregunté si yo era la causante de ella.

Suspiré. Era difícil distinguir que era realidad y qué era fantasía dentro de aquella compleja historia.

—¿No deberías irte a dormir? —preguntó él secamente—. Es tarde.

—He dormido una larga siesta —repliqué desafiante—. No te dejaré el camino libre para que huyas.

Él se volvió lentamente, apoyándose contra la barandilla y cruzando los brazos sobre su pecho. Me pregunté cómo no estaba muriéndose de frío, si tan sólo traía puesta una camisa negra algo raída y con un par de botones abiertos. La sudadera que antes tenía puesta había acabado tirada sobre mi sofá.

—¿Crees que, si tuviese intenciones de escapar, no podría haberlo hecho ya? —preguntó, con una ceja alzada.

—¿Eso quiere decir que te quedarás?

Mi acompañante permaneció unos cuantos segundos sin responder, y creí que incluso podrían oírse los latidos de mi corazón entre tanto silencio.

—Necesito quedarme oculto en algún lugar, pero no contigo…

—Quédate aquí, por favor —rogué—. No deberías andar sólo por ahí…

—¿Tanto te importa lo que haga?

Asentí fervorosamente, sorprendiéndome incluso a mí misma ante mi determinación. Edward Cullen se había vuelto una de mis prioridades en algún momento, aunque difícilmente podría decirle aquello… Sobre todo porque yo tampoco terminaba de comprenderlo.

—Nadie puede saber que estoy aquí. Eso sería peligroso. ¿De acuerdo, Isabella?

Después de un leve estremecimiento, asentí. Él me estaba siguiendo la corriente y yo haría lo mismo con él. Quería que se sintiera en confianza conmigo y con mis intenciones de creerme su plan; quería que pudiéramos hablar como dos personas civilizadas, sin todo ese misterio que nos rodeaba en cada una de nuestras charlas. Quería, por sobre todas las cosas, que Edward Cullen abandonara esa fachada dura y agresiva y me permitiera ayudarlo con sus problemas. La confidencia era el primer paso, y era todo lo que tenía para darle.

—Debes prometerme, a cambio, que no te irás —pedí.

—No puedo prometer eso.

—¿Al menos lo intentarás?

Al no obtener respuesta, intuí que su silencio contaba como una afirmación.

Demás estaba decir que no dormí mucho aquella noche, sobre todo al saber que tan sólo una fina pared me separaba de Edward, que se encontraba durmiendo en el sofá de mi sala. No podía dejar de pensar en la gran ironía que encerraba toda esa situación. Tantas noches en vela había pasado yo pensando en Edward Cullen y sus misteriosos ojos, en todos los peligros que implicaba, en todos sus amenazantes secretos… y él había terminado durmiendo en mi sala, escondido del mundo. En algún nuevo universo paralelo, parecía ser que podía estar en el mismo ambiente que aquel joven e intentar convivir con él como si fuéramos conocidos, como si realmente su bienestar fuera vital para mí, más allá de la relación doctor-paciente.

No hacía falta decir que no había sido una buena noche.

La mañana me recibió de forma inesperada. No tenía ganas de salir de la cama, pero la curiosidad mató al gato y yo no fui la excepción. Sólo quería ver a Edward y saber si él seguía en donde lo había dejado, cumpliendo con su promesa. Había algo en mí que se encontraba alerta, algo que se tranquilizó en el instante en el que vi a Edward apoyado en un rincón del sofá. Su codo descansaba sobre el apoyabrazos y su cabeza estaba recargada sobre su mano, sus piernas colgando grácilmente sobre los extremos del mueble. Un suspiro de alivio escapó de mis labios. Verlo así, tan normal…

Él ya se encontraba mirándome incluso antes de hacerme notar. Su rostro estaba contraído en una mueca que se parecía mucho al asco. De alguna forma, aquella expresión era muy común en su rostro.

—¿Has dormido bien?

—¿Tienes idea lo descabellado que es esto?

—Lo sé.

—Bien.

Esa fue toda la conversación que Edward me dio aquella mañana. Con una obstinación que incluso llegó a cansarme a mí misma, le pedí que por favor no se moviera de mi apartamento, que tenía comida en la heladera, una baño bien equipado y demás cosas que podría necesitar. No respondió a ninguno de mis pedidos de juramento pero su posición en el sofá no se había modificado ni un ápice. No era difícil ver, después de su huída del hospital, que si él hubiese deseado irse lo habría hecho por su cuenta.

Tener que ir al trabajo ese día fue un suplicio, especialmente porque mi cabeza se había quedado en mi apartamento y dudaba que se moviera de allí en lo que restaba del día. Era bueno, por lo menos, el saber que era domingo y mi agenda estaba mucho menos cargada que en la semana. Intenté, con aquel incentivo, enfocarme en mis obligaciones y tratar de terminar todo lo antes posible. Si el sueño o la desesperación no se llevaban lo mejor de mí primero, claro.

—¡No puedo creerlo!

Me sorprendí ante la repentina entrada de Jasper a la cafetería. Yo estaba tomándome un café e intentando relajarme, mientras Emmett y Seth seguían comentando el concierto de la noche anterior y reprendiéndome por dejarlos tan sólo con un simple mensaje de texto. Nuestro rubio compañero se dejó caer en una silla a nuestro lado, lanzando un periódico sobre la mesa. Una gran foto del hospital llenaba una de las páginas, con un titular en letras oscuras y grandes:

«Paciente escapa de prestigiosa clínica psiquiátrica local».

Alcé los ojos, sorprendida.

—¿Cómo…?

—No lo sé —susurró Jasper, con impotencia—. No sé cómo se enteraron.

—Era algo de esperarse —apuntó Emmett—. Ya sabéis que aquí dentro las noticias vuelan.

Aquello era cierto. Comentar algo en el hospital era como encender tímidamente la mecha de una bomba: tarde o temprano, las cosas explotarían y todo el mundo sería consciente de ello. No me había detenido a pensarlo, pero era evidente que una noticia como la de Edward traspasaría fácilmente las paredes del hospital.

Y yo debía callarme. Mis habilidades para mentir eran terribles, y nadie podía sospechar que tenía a Edward Cullen cautivo en mi apartamento.

Emmett y Seth se retiraron temprano aquel día. Jasper estaba evitando claramente a Alice y se había quedado todo el resto de la jornada encerrado en su oficina, después de explicarme durante un rato que ya habían dejado a la policía encargándose de la desaparición de Cullen. La pequeña doctora Brandon estaba demasiado ocupada adaptándose a su trabajo y buscando alguna forma de molestar al joven Whitlock. Todo el hospital estaba en silencio… ¿Y yo? Yo seguía de los nervios, sentada en mi oficina y apresurando el trabajo.

Me quedé con el periódico que Jasper me había mostrado. Afortunadamente no hacía grandes menciones del paciente, habiéndonos quedado nosotros con la información como confidencial, y la nota era bastante superficial. Era un informe bastante malo, aunque creía no estar equivocada al pensar que nadie había reparado de ello.

Todo el mundo estaba tan desconectado aquel día que, cuando pensé que era hora de regresar a casa, ni siquiera tuve que anunciarme: ni Rosalie ni Angela estaban en la recepción, y la sala se encontraba completamente vacía, a excepción del oficial de seguridad que cuidaba la puerta. Con un encogimiento de hombros para mí misma, abandoné el hospital y busqué mi automóvil. Cuando me subí y arranqué, por primera vez en mi vida deseé que mi viejo automóvil funcionara un poco más rápido. Quería llegar a casa, y quería hacerlo pronto.

Después de maldecir cada una de las veces que tuve que esperar a que las luces cambiaran y a los lentos transeúntes que cruzaban la calle, llegué al edificio en el que vivía y subí, con el corazón en un puño y la respiración mortalmente pesada.

Abrí la puerta, haciendo quizás más ruido del usual. Y como una aparición divina, como un retrato vívido de un Adonis, Edward Cullen seguía sentado en mi sofá. Su cabeza se encontraba echada hacia atrás, con la nuca apoyada sobre el respaldo. Sus ojos, antes fijos en el techo, se volvieron para mirarme con una expresión indiferente. La frialdad se conservaba en el tono olivo, tan intacta como una pintura de finos trazos. Su cabello y el color sobre su piel, más pálida de lo usual, evidenciaban que había tomado una ducha.

—Hola —saludé tontamente.

Él no respondió. De alguna forma, me estaba acostumbrando a ello.

—¿Has comido algo?

—No.

—¿Quieres algo?

—No.

Genial. Hablar con Edward era tan productivo y didáctico como hablar con una pared.

Con frustración me dirigí a la cocina, ya que yo no estaba negada a comer tan sólo porque él no deseara hacerlo. Me preparé un café y saqué algunas galletas de la alacena. Después prepararía algo para cenar, pero realmente estaba ansiosa por hablar con Edward… si exponer mis ideas mientras él me miraba perspicazmente podía ser considerado conversación. Todo el día me había parecido eterno y, de alguna forma particularmente tortuosa, me las había ingeniado para trabajar y pensar en él al mismo tiempo.

Me senté a su lado en el sofá y me quedé observándolo. Seguía con aquella camisa desgastada y unos tejanos con algunas roturas. A cualquier persona la hubiesen hecho lucir como un pobre diablo, pero Edward simplemente se veía como un rebelde sin causa. Supuse que la genética era demasiado generosa con algunas personas. El baño había dejado sus cabellos cobrizos esponjosos, y la palidez en su piel, incluso con las pequeñas cicatrices sobre ella, parecía increíblemente delicada.

—Deberíamos comprarte algo de ropa.

—Estoy bien —replicó él—. No tienes que gastar dinero en mí.

Por lo menos me hablaba. Eso era bueno.

—Quiero hacerlo.

Otra vez con el silencio incómodo, que se extendió sobre nosotros con velocidad y nos dejó en vilo por unos cuantos minutos. ¿Acaso sólo respondería a lo que él quería o algo así, o se mosquearía cada vez que le llevara la contra?

—¿Cómo has escapado del hospital? —pregunté de repente.

Una de sus cejas cobrizas se alzó lentamente, exteriorizando la reacción que esperaba. Auténticamente, no era tan ilusa. Sabía que no me respondería directamente algo así.

—Tienen mala seguridad —comentó rápidamente. Ya comenzaba a acostumbrarme a su cerrado acento británico, incluso cuando murmuraba de forma veloz.

—Eres el primero que se escapa.

—Oh, ¿me vais a dar un premio por ello?

Lo fulminé con la mirada. Si sólo iba a usar la ironía, quizás era mejor que se mantuviera callado.

—No vas a responderme como escapaste, ¿cierto?

Su fachada imperturbable fue la simple respuesta que necesitaba. Había comenzado a interpretar sus silencios como afirmaciones innecesarias.

—Teniendo en cuenta que estás viviendo bajo mi mismo techo, ¿podrías decirme, por lo menos, cuántos años tienes?

—Veinticuatro.

—No los aparentas —susurré.

Él no respondió de nuevo, posiblemente sin encontrarlo necesario. Edward, claramente, era un hombre de pocas palabras. Pensando en mis posibilidades para seguir hablando sobre ello, una idea vino a mi mente, como una fotografía fugaz. El pequeño cartel de promoción del 2008 ocupó todos mis pensamientos súbitamente, haciéndome imposible el no soltar con frialdad:

—¿Y qué hacías en el instituto de Concrete a los veintidós años, entonces?

Él sonrió de una forma irónica a la que ya me encontraba familiarizada. Sus ojos eran castos posos de cambiante color almendrado. Inexpresivo, completamente indiferente.

—¿Qué te hace pensar que yo he ido al instituto de Concrete?

—Tengo una foto —respondí rápidamente—. Tú estás en ella.

—¿Y crees que una foto es prueba suficiente para tal acusación?

Corrí a mi portafolio y cogí la fotografía rápidamente. Se la mostré y señalé su rostro, sin dudar un segundo que era él. Con un rápido movimiento, después de mostrarme una expresión socarrona, Edward intentó arrebatármela de la mano y yo me moví hacia atrás, retirando conmigo la foto posesivamente. Al hacer aquel movimiento, el papel fotográfico rozó mi cuello y un escozor se extendió por la zona donde había pasado. Llevé mi mano hacia allí y, al volver a verla, percibí el color rojo en ella.

Sangre.

Antes de conseguir alzar la mirada, sentí el movimiento a mi alrededor. En cuestión de segundos, fui empujada hacia atrás por el peso del cuerpo de Edward y no pude mantenerme en pie, cayendo inevitablemente sobre él sofá y arrastrándolo a él conmigo. Su pecho chocó contra el mío y pude ver el fuego en sus ojos de variados matices oscurecidos. Las aletas de su nariz se dilataron con fuerza, y por primera vez tuve auténtico miedo corriendo por mis venas. Él parecía una representación de la desesperación, una divina forma para el deseo descontrolado.

Su cuerpo contra el mío volvió a generarme aquella sensación de asfixie, de encontrarme en el ambiente delimitado por su anatomía. Cuando Edward Cullen estaba cerca, toda mi atmósfera se reducía a él y al poco aire que quedaba entre nosotros. Su presencia me absorbía de una forma enferma y extraña.

—¿No te das cuenta que estás en peligro? —susurró él, pasando su mano por mi cuello. Parecía que no estaba respirando—. Yo… podría matarte. Justo ahora.

Sus dedos manchados por mi sangre pasaron fugazmente frente a mis ojos. Tuve que buscar mi voz por unos segundos antes de conseguir hablar de forma coherente:

—No harás que cambie de opinión —presioné rápidamente, temiendo que mis palabras se quebraran debido al pavor—. Tengo mi fe puesta en ti, Edward.

—¿Por qué eres tan testaruda? —gruñó él, hablando bajo su aliento—. Es tan molesto que…

Hubo un largo silencio interpuesto entre nosotros. Sus ojos se encontraban unidos a los míos por una escalofriante conexión que me resultaba imposible de romper. Me sentía tan sobrecogida como atraída por su presencia; otra sensación contradictoria que me apresaba ante la cercanía de Edward Cullen, otra ironía en mi vida desde que él había aparecido en ella. Su cuerpo se sentía extrañamente cálido contra él mío. No deseaba que se apartara.

Él no dijo nada y siguió observándome de aquel modo casi violento. Simplemente esperé, sintiendo una sensación parecida a la asfixie cuando sus manos tomaron mi cintura y sus labios se acercaron con determinación a mi cuello. Su fresca boca rozó suavemente mi piel y se mantuvo unos segundos allí, haciéndome sentir su respiración en la clavícula. Su húmedo aliento hizo un camino por mi cuello, obligándome a cerrar los ojos y a esperar impacientemente por su ataque, sin haber llegado aún a la zona de la herida. Mi sueño de algunas semanas atrás pareció una disparatada premonición cercana a cumplirse. Sentí el filo de sus dientes superficialmente sobre mi mentón y apreté mis ojos con fuerza, aguardando por lo inevitable…

Grande fue mi sorpresa cuando, en un rápido movimiento, su rostro se alzó levemente hasta que sus labios alcanzaron los míos. Sentí la misma caricia ardiente sobre mi boca, mientras sus dientes atrapaban mi labio inferior.

Estaba estática y ningún pensamiento coherente pasaba por mi cerebro. Aquello era totalmente absurdo y descabellado.

Un simple roce había parecido convertirse en el beso más peligroso que había recibido en mi vida.


Playlist: Wet Sand - Red Hot Chili Peppers.


Tengo que volar. Pasé a dejar el capítulo nomás, aprovechando que tenía un ratito. ¿Qué les pareció? Realmente volver a editar esta historia me está entreteniendo bastante. No sólo me di cuenta fallos que había tenido mientras la escribía, sino que además sabiendo exactamente cómo siguen las cosas, parece mucho más fácil hacer que todo cobre sentido :)

Muchísimas gracias por los reviews, así como de las nuevas alertas y favoritos. Durante el transcurso de la tarde intentaré responder los comentarios si tengo un ratito, pero sepan que les agradezco honestamente por ellos. Estoy ansiosa por seguir publicando la historia, y los reviews no hacen más que alimentar un poquito la emoción jaja. Gracias a todas. Es repetitivo, lo sé, pero es así.

Nos estamos leyendo pronto, el fin de semana probablemente. Espero ansiosa sus comentarios.

Besitos.

MrsV.