Vriska Serket y una larga conversación

Las horas pasaron, y ninguno de los dos advirtió cómo la noche iba cerrándose sobre sus cabezas, demasiado ensimismados en su conversación como para prestarle atención a cualquier otra cosa.

Curiosamente, Vriska se había sentido por primera vez cómoda hablando con alguien durante tanto tiempo. No podía decir que compartiese mucho con los de la pandilla, al menos no de aquella forma. La tranquilidad, la facilidad para que le saliesen las palabras, la confianza repentina con la que había empezado a soltar todo lo que tenía en la cabeza sin un ápice de arrepentimiento aunque no hubiese dicho nada importante en realidad le fascinaba.
Los pensamientos, gustos, ideas, principios, planes... esas cosas que tan solo se compartían normalmente con un amigo estaban saliendo sin esfuerzo.

Terezi era su amiga, pero recordaba tener que gastar años en poder contarle tan siquiera una tontería con la libertad suficiente para no sentirse incómoda. Por otra parte, con Eridan no solo no tenía ese problema, si no que su propia mente le incitaba a decir más, a contar y a escuchar. Porque a pesar de que ella había dicho más aquella tarde que lo que había contado en varios años frente a una sola persona, el chico tampoco había cerrado la boca.

Vriska había averiguado tanto cosas interesantes como cosas sumamente aburridas de él. Su interés por las armas en un principio era lo primero que le había llamado la atención, y contra todo pronóstico también había intentado curiosear sobre su aburrida rutina de estudiante modelo y sobre por qué había sido así.
Pero cuando Eridan se ponía a hablar de sus cosas de moda, páginas y grupos que nadie conocía y en definitiva toda aquella mierda moderna, la pobre rezaba para poder taponarse los oídos y dejar de escucharle.

No obstante ahí estaba ella, pasando las horas con un hipster con el que hace apenas una semana estaba haciéndose la vida imposible. Y la situación no le disgustaba, si no que al contrario, le gustaba más de lo que había podido esperar.
Otro de sus grandes descubrimientos había sido que la voz del chico tenía un efecto calmante, que parecía masajear todos sus músculos desde los oídos hasta el resto del cuerpo y le quitaba la tensión en lugares en los que ni siquiera sabía que la tenía. Daba igual si le estaba hablando de lo complicadas que eran algunas de sus asignaturas con aburrimiento como si le estaba hablando de alguno de sus acontecimientos bélicos favoritos emocionado y gesticulando. Era su timbre, aquella voz grave pero a la vez suave y confortable, la que le tenía embelesada. Tendría que empezar a plantearse el llevárselo a su habitación para que le contase una historia antes de ir a dormir y así decir adiós de una vez por todas a su insomnio. Si, sonaba como un buen plan.

Pero llegó un punto en el que la conversación comenzó a derivar cada dos minutos en quejarse del frío que hacía allí. Fue entonces cuando se fijaron no solo en lo vacío que estaba el campus, si no en la hora que era. Maldiciendo, se levantaron de allí a regañadientes y frotándose las piernas entumecidas por el tiempo sentados en el suelo.

-¿Te apetece ir a cenar? -preguntó el chico de repente.

Vriska se quedó pasmada unos segundos. Su estómago rugió con fuerza. No sabía que tenía tantísima hambre.

-Por favor -casi suplicó, haciendo un sonido con la garganta que no sabía que era capaz de hacer como queja-. ¿Pagas tú?

Eridan frunció el ceño fingiendo estar disgustado.

-Qué remedio.

Lo de la cena había parecido una buena idea en un principio, al menos hasta el momento en el que se habían subido al coche de Eridan (el cual era una auténtica pijada) y habían tenido que discutir sobre dónde iban a cenar. Vriska no era una persona de paladar exquisito, y con el hambre que tenía se habría comido hasta las piedras de un parque. Pero el príncipe necesitaba que sus exigencias fuesen concedidas y al parecer no podía comer nada de ningún sitio en el que no le cobrasen al menos veinte euros por cabeza. Ella no iba a pagar y debería darle igual, pero con las ganas que tenía de llevarse algo consistente a la boca no iba a permitirse acabar en alguna mariconada de sitio en el que solo le diesen poca comida o platos llenos de verde. No, ella necesitaba un maldito trozo de carne, así que después de varios minutos replicándose el uno al otro habían acabado en un Foster's Hollywood porque así al menos Eridan sabía "que la comida tenía algo de calidad y no esa mierda que te ponen en cualquier restaurante de comida rápida".

Se sentaron y cuando el camarero fue a tomarles nota su compañero tuvo que pararla porque parecía que iba a pedir todas los malditos platos del menú.

La comida transcurrió mayormente en silencio, especialmente porque Vriska no hablaba mientras comía, y mucho menos mientras se comía unas costillas como si no hubiese probado bocado en semanas. Cuando hubieron terminado con los platos principales decidieron pasar a un postre compartido ya que ninguno tenía estómago para uno individual.
Fue entonces cuando Eridan sacó "ese tema".

-Así que, Vris... -comenzó.

Ella se tragó el trozo de pastel que tenía en la boca con rapidez para poder responder lo antes posible, sabiendo por dónde iban los tiros.

-Ooooooooh no, Eridan. Ni se te ocurra ir por ahí -le advirtió amenazándole con el dedo.

-¿Qué? -preguntó extrañado-. Ni siquiera sabes lo que iba a...

-Claro que lo se, y no -le cortó de nuevo-. Puedo tragar con casi todo lo que me digas, pero como toques el tema amoroso te juro por dios que...

-Vale, vale, calma -contestó él, tratando de hacerle bajar la voz a base de gestos-. Joder, pensé que tenías un poco más de sensibilidad después de la charla de esta tarde, estúpida. No veo por qué después de la agradable conversación y de la confianza desplegada aquí no puedo comentarte al menos una de mis inquietudes sentimentales.

Vriska no pudo más que masajearse las sienes con un suspiro aburrido y concederle la palabra.

-Bien, gracias -se aclaró la voz con un carraspeo. Oh no, aquello sonaba a discurso-. Supongo que habrás notado que tengo cierto interés en Fef, ¿verdad?

De repente todo había perdido el sentido. Levantó la mirada con sorpresa y miró a Eridan a los ojos con el ceño fruncido.

-¿Fef? ¿Te refieres a Feferi? -el chico asintió con la cabeza, sin comprender-. ¿Pero tu no eras gay?

Al parecer indignado, Eridan hizo un gesto hacia atrás y abrió los ojos al máximo.

-¿Disculpa? -dijo como si no hubiese escuchado correctamente.

-Vamos, Ampora, no me puedo creer que seas más de pescado que de carne. ¡Mírate! Eres el prototipo de homosexual perfecto -una carcajada estaba empezando a salir de su boca sin querer.

-Esta claro que tienes una mente cerrada, Vris. Que tenga dotes en la moda, me cuide y tenga un aspecto más andrógino no implica que me gusten los chicos. Es más, me siento completamente heterosexual ya que lo mencionas, al cien por cien, y me ofende que pienses lo contrario solo por mi aspecto.

Vriska todavía seguía riéndose cuando terminó aquella frase. Heterosexual, vaya, no se lo habría planteado jamás.

-No se qué es tan gracioso.

-Nada, nada -intentó controlar las carcajadas-. Bueno, pues... -vale, vale, ya se dejaba de reír-. Cuéntame. Te gusta la tal Feferi, ¿verdad?

-Si, y a pesar de tener un encanto innato, tengo cierta dificultad a la hora de tratar con ella en general, no se si sabes a qué me refiero.

Esta vez le tocó sacar una de sus medias sonrisas de suficiencia.

-Claro, se exáaaaaaaactamente a qué te refieres. Aunque he de romper tu burbuja de esperanza, porque en realidad no tengo ni idea de esas cosas.

Fue Eridan quien empezó a reírse aquella vez.

-No me extraña viniendo de ti.

-¿Cómo que no te extraña, malnacido? -respondió ella.

Discutieron sobre el tema un rato más. La cena terminó sin muchos más percances que aquel, porque al final Eridan se disculpó y porque al final Vriska le acabó dando algún consejo antes de volver hacia la residencia y despedirse.

Estando ya en la cama, la chica se dio cuenta de que la semana iba a volver a comenzar, y se le hizo extraño pensar que había pasado el fin de semana entero con él y por ello ahora no quería volver a la rutina.