¡Hola!

¡Capítulo diez!

En el capítulo anterior Autumn y Dean acordaron visitar las casas antiguas de la zona para encontrar la casa donde se encuentran los vampiros que, según Bobby, son los causantes de la muerte de tantas personas en Richmond. Y... solo les quedaba una casa que registrar.


Agradezco comentarios (en la caja de comentarios) constructivos sobre qué os parece la historia. ¡Muchas gracias!

Disclaimer: El personaje de Dean Winchester pertenece a la cadena televisiva "The CW Network" y a los creadores.

Pero la historia es original y totalmente inventada por nosotras, aunque tomando referencias e ideas de ambas series de televisión

-AutumnVBlonde y Dean_Winches_ -


"Nothing but a tear, that's all for breakfast
Watching you pretend you're unaffected
You're pulling our connections, expecting me to let you go
But I won't

No, you don't need my protection
But I'm in love, can't blame me for checking
I look in your direction, hoping that the message goes"

10

Las cartas sobre la mesa

Autumn:

Autumn se desesperaba por momentos, desde el mismo instante en que comenzaron la travesía por el epicentro de los lugares donde habían encontrado a las víctimas que la policía les había proporcionado. Las horas que habían invertido en repasar la información y plasmarla en el mapa habían sido tranquilas para la vampira, pero en el momento en que se pusieron en marcha, Autumn se ponía cada vez más nerviosa. Estaba tensa. Muy tensa. Por que cada casa que veían podía ser la última. Y no sabría qué hacer con Dean. ¿Cómo parar esos ochenta kilos de testosterona? Sería imposible. Y estaba preocupada. muy preocupada por que temía verle morir. No podría con eso. Iban de casa en casa, descartando una tras otra y acercándoles cada vez más al epicentro. Al verdadero epicentro. Y aunque a pesar de que Autumn no hacía más que repetir lo mismo: Dean... No sabes cuantos son. Debes tener paciencia... No actúes por impulso, pueden matarte... A pesar de todo eso, Dean trataba de convencerla de que todo iría bien, pero no podría. Autumn les había visto en acción. Sabía lo que le harían como entrara ahí. Estaría muerto antes de traspasar el umbral. Por ello, Autumn no podía estar calmada. Y lo estuvo menos aún cuando Dean aparcó el Impala delante de la última casa. Estaban ahí. Autumn pudo olerles a distancia. Reconocía su olor. Lo reconocería por muchos siglos que pasasen. Esa era la casa. Aquel era el lugar y Dean estaba empeñado en entrar por voluntad propia en la boca del lobo y ofrecerse como carnaza. Por ello bordeó corriendo el Impala y puso sus manos en el pecho del cazador.

-Dean, por favor... Escúchame... Pueden hacerte picadillo. Deberíamos estudiarlos un poco más. No sabes quiénes son. No sabes cuantos son. No sabes sus habilidades... Pero Dean pareció distraerse con algo. Y antes de que la rubia pudiera saber qué, él la obligó a agacharse, con un grito de advertencia. Y entonces escuchó las balas golpear contra la carrocería del Impala. Vale. Aquello era bueno. Dentro de lo que cabe. Eso le daba unos minutos más de ventaja... Vio como Dean sacaba su arma y se levantaba unos centímetros para responder al fuego enemigo. Y entonces él cayó hacia atrás con un gruñido de dolor. El primer impulso de ella fue lanzarse sobre él para socorrerlo. Pero entonces lo olió. Sangre. Le habían alcanzado casi a la altura del hombro. Su chaqueta americana tenía una brecha ensangrentada abierta en su hombro. Y la sangre no dejaba de manar. Sangre. No recordaba la ultima vez que se alimentó. ¿Cuando fue? No podía pensar. El olor de la sangre de Dean entraba por sus fosas nasales y comenzaba a nublarle el juicio. Comenzaba a sentir ese instinto vampírico suyo abrirse paso por cada una de las células de su cuerpo. Sed. Se moría de sed. Le quemaba la garganta.

-Dean...- dijo, apartándose de él- Dean... Vete. Súbete en el coche y lárgate...- dijo, antes de apartarse de él todo cuanto pudo.- Por favor, vete... - Esa última vez sonó a autentica orden. No a una petición.

Dean:

Las palabras de Autumn rompían el silencio de la noche y él, obcecado con demostrar que ese caso era uno más y que saldrían victoriosos como siempre, salió del vehículo. Antes de poder llegar al maletero se vio interceptado por la vampiresa quien seguía preocupada y no dejaba de intentar que no entrase. Dean por su parte no entendía por qué ella estaba tan nerviosa. Lo único que se le ocurría era la posibilidad de que, al no haberse enfrentado nunca contra vampiros, les temiese. Aunque le había explicado en más de una ocasión como funcionaban y cómo matarlos . El problema era que Autumn sabía mas de lo que Dean jamás hubiese imaginado y si eso no era suficiente, otro hecho más importante dejaba atrás a los demás, ella sabía tanto porque era uno. No uno como a los que se había enfrentado hasta ese momento, no. Era otro tipo de vampiro y tenían mayor fuerza, velocidad y se mataban de forma diferente. él tenía en mente entrar con machete en mano y dedicarse a ir uno por uno mientras Autumn prendía fuego a la casa. Ese era el plan que maquinaba y que quería comentarle a la mujer cuando ella intentaba que él desistiese de entrar allí.

Apenas le dio tiempo a decir nada cuando el ruido de un motor llegó a sus oídos. Un ruido que reconoció a la legua, pues lo escuchó hacía un par de días atrás. Un 4x4 apareció a la vista de Dean y en ese momento cogió a Autumn por el brazo a la par que gritaba que se echase al suelo, y la hizo agacharse con él justo a tiempo para no recibir un impacto de bala. Echando mano a la parte trasera de su cinturón sacó el arma que siempre le acompañaba y con el que había conseguido salir de más de una situación de peligro. Intentó asomarse para disparar y defenderse cuando una bala rozó su hombro haciéndole caer al suelo.

-Serán hijos de... - no llegó a completar la frase pues en ese momento Autumn le pedía que se fuese. Se encontraba confuso e indeciso sin entender qué sucedía pero su última frase fue contundente. No sólo fue la frase, algo más. Le pareció vislumbrar como la piel cercana a los ojos de Autumn se marcaba por un montón de venas de color negro. Frunció el ceño y sacudió la cabeza haciendo caso a su orden. Arrastrándose por el suelo entró al coche por la puerta del copiloto y, una vez en el asiento, pasó al del conductor. Los disparos ya no golpeaban el coche y él podía arrancar para salir de allí a toda velocidad. Miró el retrovisor en cuanto pudo pero ella ya no estaba allí.

Al llegar al motel, entró cerrando la puerta a su espalda con un portazo. Se quitó la chaqueta sin saber qué hacer, sin comprender lo que había sucedido... Se le escapaba algo. No era capaz de unir las piezas para ver lo que le rodeaba, para entender lo que ocurría. Confuso y sintiéndose como un animal enjaulado, se echó las manos a la cabeza frotándose la nuca y cogiendo el móvil para llamar a Autumn. Daba tono de llamada pero no le respondía y él se sentía desesperado. No sabía dónde ir a buscarla, por lo que consideró que sería mejor quedarse allí y esperarla. Su preocupación era tal que ni siquiera se acordó de la herida hasta unos minutos después. Se la limpió y pudo comprobar que era mucho menos de lo que parecía. Un simple raspón.

Autumn:

El cazador pareció reaccionar a las palabras de Autumn y se arrastró por el suelo para llegar a la puerta del copiloto. Eso fue lo último que Autumn vio de él, pues se obligó a no mirar atrás. A no verle marchar. No podía verle marchar. Pero sí podría cubrir su huida. ¿Cómo? Exponiéndose como cebo. Se lo pondría en bandeja a aquellos cazadores. Mientras él estaba ocupado llegando a la puerta del copiloto la rubia se puso en pie para salir de allí, y una vez en pie, corrió calle abajo, a velocidad humana para que los cazadores cargasen contra ella.

Haciendo gala de sus habilidades vampíricas esquivaba balas como podía, pero no pudo evitar que más de una impactase contra su cuerpo. Apretó los dientes conteniendo un grito de dolor. Y solo cuando escuchó el motor del Impala apretó el paso y salió de allí a velocidad vampírica. Y corrió. Corrió todo cuanto pudo. A la velocidad del rayo. A la velocidad que su naturaleza le confería. Corrió lejos de los ochenta kilómetros cuadrados de superficie de Richmond. Corrió durante casi media hora, cubriendo cerca de cincuenta kilómetros, hasta llegar a un pueblo llamado Williamsburg, o eso le pareció cuando atravesaba a la carrera la noche de Virginia. Y una vez allí, paró. Tuvo que parar porque la situación la superó por completo. Le dolían los impactos de bala, se moría de sed y sentía un enorme vacío. ¿Por qué? Porque sabía que no podría volver a la vida normal que había llevado hasta ahora con Dean Winchester. Sería imposible. Dean era un chico listo. Era demasiado listo y la descubriría. Y entonces querría matarla. Y eso la destrozaba por dentro. Pero en ese momento, lo primero era lo primero. Quitarse las balas, y alimentarse. Alimentarse a la manera en que un vampiro lo hace.

Dean:

Esa noche fue un verdadero infierno para él. No sabía donde estaba ella, o si le había sucedido algo. Llamaba y solo obtenía el tedioso sonido de la línea por respuesta. Caminaba en círculos por la habitación mirando cada dos por tres a la calle por si la veía aparecer. Nada. Las horas pasaban y su desesperación aumentaba.

-¡¿Dónde coño estás?!- gritó en una de las ocasiones que la llamo y el resultado fue igual, o no del todo. Pues el teléfono terminó contra una de las paredes y hecho añicos en el suelo. No sabía qué podía hacer por lo que decidió que lo mejor sería entretenerse. Miró la televisión, reposiciones de partidos de basket y de fútbol americano, películas e incluso porno... y ninguna de esas cosas conseguía apagar esa preocupación que sentía. Comenzó a asolarle un sentimiento de que algo se había roto y, en cierto modo, le daba igual mientras no fuese ella. Al final, sin poder más, encendió el ordenador y comenzó a mirar noticias.

Viejas noticias relacionadas con lo que estaba pasando en ese pueblo. Algo más de información sobre el caso. Algo que ella le había pedido y quizás así, si hacia lo que ella quería, apareciera cumpliendo lo que él deseaba. Quid pro quo. Respecto a los dos tipos, se juró que cuando los viese terminaría con sus desgraciadas y asquerosas vidas. Le daba igual si eran humanos... Al menos, eso era de lo que intentaba convencerse ya que él no actuaba de esa forma. Las horas pasaban y el sol empezaba a iluminar la habitación mientras él continuaba inmerso en Internet, mirando viejos casos importantes que hubiesen sucedido en el pueblo. Lo único que encontraba eran viejos accidentes que habían sumido al pueblo en el luto y el pesar:

Alguna casa incendiada por accidente provocando la muerte de una familia entre las llamas, un camión que se llevó por delante el coche de un matrimonio. Otro caso de un hombre que se suicidó tras perder todo su dinero...

Las noticias iban apareciendo una tras otra pero ninguna le servía de ayuda. Ya que había destrozado el teléfono, decidió meter la recién salvada tarjeta SIM de este en otro terminal, solo por si acaso la rubia decidía ponerse en contacto con él. Varias horas más tarde, terminó quedándose dormido sobre el ordenador por el cansancio.

Una llamada de teléfono lo sacó precipitadamente de ese pesado pero turbio sueño en el que se encontraba. Cogió el móvil con toda la rapidez que podía, abrió la tapa pero al ver que no se trataba de Autumn, ni siquiera se preocupó de atenderlo. Simplemente, volvió a cerrar la tapa del teléfono para que se colgase y lo tiro sobre la mesa. Sabía que si ella no respondía a sus llamadas era porque no deseaba ser localizada, y por una vez en su vida, Dean respetó la decisión de la mujer.

Una hora más tarde y con algo en el estomago pensó en que si no encontraba nada en Internet quizás en la comisaría sí. Había estado el día anterior y se interesó por los casos actuales sin darse cuenta de que podría haber precedentes. Dentro de ese barato traje, volvió a la comisaría con la intención de que le dieran alguna pista. La más mínima, algo. Necesitaba algo para no volverse loco en esa desesperante espera. Al llegar a la comisaría le atendió John, el policía del día anterior y, como si el mundo le jugase una nueva mala pasada, el hombre le preguntó, sin intención de ofender, por su compañera. Tuvo que inventarse una excusa barata y su estómago se revolvió solo con la idea de que ella no estaba a su lado. Tampoco en esa ocasión encontró nada. Por lo que le contó John, hacía más de doscientos años un incendio en el archivo se encargó de no dejar huella de los casos antiguos y a día de hoy no quedaba nadie que recordase una situación similar a la que se estaba dando. Parecía que el destino se burlaba claramente de él, y su humor empeoraba a cada minuto que pasaba. Hasta estar casi enloqueciendo o eso era lo que creía. Solo le quedaba una opción más, ir a la biblioteca. No era un devoto de esos lugares pero si no le quedaba más opción lo haría. Todo por mantenerse ocupado.

Autumn:

Tenía tiempo para pensar qué hacer. Tenía todo el tiempo del mundo para pensar qué hacer... O eso se decía a si misma mientras daba vueltas y más vueltas por la habitación del hotel que se había alquilado. Y no era un motel. No. Era un hotel de cuatro estrellas. El más caro que pudo encontrar en Williamsburg. Ese era su estilo. Aunque en ese momento en que se hallaba mirando por la ventana de la habitación trescientos nueve del hotel Pointe Plaza se daba cuenta de que echaba de menos a Dean Winchester. Le echaba de menos. Tanto que hasta podía llegar a notar un vacío en su corazón inerte. Echaba de menos cenar hamburguesa grasienta o tener que recoger del suelo la ropa del cazador. Echaba de menos verle sentado en la mesa limpiando su arma. Hasta echaba de menos el sonido de la corredera deslizándose por el carril cuando él desarmaba su pistola. Ahora todo eso había desaparecido. Para siempre. Era un hecho. Estaba segura de ello.

A esas alturas, Dean habría descubierto quien era ella. O lo haría muy pronto. No sabía las horas que habían pasado desde que llegó a aquel pueblo. Pero el reloj de pared ya marcaba las doce del mediodía. Y ella estaba a punto de volverse loca. Loca de dolor, de miedo, de pánico. Si Dean era tan buen rastreador como Autumn sabía que era, el rastro le llevaría hasta la antigua mansión donde había vivido con Mattheus, Summer y el aquelarre. Y le bastaría solo con husmear un poco para descubrir todo lo que necesitaba sobre ella para atravesarle el corazón con una estaca en cuanto la viera. Y si conocía a Dean solo un poquito, que así era, lo haría. No dudaba de ello.

Pero contemos algo acerca de las horas que habían pasado entre la llegada de Autumn a Williamsburg y el momento en que había llegado a la habitación de aquel maravilloso hotel. Algo del estilo de la antigua Autumn. Había tenido que alimentarse de varias personas. Pues ni siquiera toda la cantidad de sangre de un ser humano era capaz de calmar la sed de un vampiro sediento de sangre como era Autumn en aquel momento. Y, como ella se había jurado hacía mucho tiempo no matar seres humanos, se vio obligada a alimentarse de varios humanos. Más concretamente seis personas que salían de bares, cerraban sus negocios o volvían a casa. Pero siempre con cuidado de no matarlos y viendo como, tras borrarles la memoria, volvían a casa por su propio pie, aunque algo confusos. Ahora, con la sed calmada, su única necesidad era encontrar un lugar en el que esconderse. No pasaron desapercibidas para ella las insistentes llamadas de teléfono de Dean. Ni durante la noche... Ni durante el día. Pero no se atrevía a contestar. Dejaba el teléfono sonar y sonar. Viendo el nombre de Dean en el identificador de llamadas.

Dean:

Pasó las horas siguientes entre libros y más libros, recortes antiguos de periódico, viejas leyendas del pueblo, cartas antiguas... Todo lo que había encontrado sobre el pueblo estaba sobre una de las mesas de la biblioteca donde se encontraba. Todo ese material esparcido, sin ningún tipo de orden. El cazador leía sin parar y cuando el cansancio parecía hacer estragos en él se levantaba para ir a la vieja maquina de café que estaba en uno de los pasillos, al otro lado de la sala. La biblioteca cerraba y él no encontraba nada, y todavía le quedaban varios libros por leer. Consiguió convencer a la bibliotecaria, una joven atractiva, con unas cuantas palabras bonitas, unos halagos y esa sonrisa suya que sabía que conseguiría conquistar a cualquier mujer ( a excepción de Autumn) para que se pudiese llevar algunos libros con él con la promesa de que la llamaría uno de esos días para tomar algo y que al día siguiente volvería a devolver lo que se llevase.

Ya en el motel, siguió con su labor de buscar algo que le llevase a algún lugar. Donde fuese. E incluso estuvo a punto de darse por vencido e ir directamente a donde vio a Autumn por última vez. Lo único que evitó que lo hiciese fue que sabía que, si lo hacía, ella se enfadaría con él. Tras media noche sumido entre los libros terminó por caer dormido en la cama con uno de ellos sobre el regazo.

Al día siguiente, su búsqueda dio los resultados que deseaba. Una vieja leyenda narraba una época, muchos siglos atrás, en la que la gente desaparecía sin volver a saberse nada de ellos. La leyenda se convirtió en una historia para atemorizar a los niños cuando estos se portaban mal. Se hablaba de una mansión a las afueras del pueblo, dentro del bosque, donde se decía que había unos monstruos sedientos de sangre, de piel clara, y fuerza sobrehumana que mataban a su placer diezmando la población y la única manera de refrenarlos durante un tiempo eran las ofrendas humanas que se les entregaba.

Autumn:

A pesar de que el hotel era espléndido y el servicio de habitaciones era maravilloso, Autumn se consumía poco a poco. Se consumía minuto a minuto mientras pensaba qué hacer. Mientras reunía valor y hablaba consigo misma. Sí. Una mala costumbre. -Tengo que volver... Tengo que volver y explicarle a Dean que yo no soy quién él piensa que soy. Tengo que contarle qué clase de vampiro soy. Y lo más importante de todo... Que no mato personas. Que soy... buena...

Y ella misma se respondía.

-¿Lo eres? ¿Eres buena?- esa voz sarcástica en su cabeza se reía de ella- Piénsalo bien... Eres un vampiro. Eres una aberración de la naturaleza. Pero a la vez eres el ser más peligroso. Eres el mayor depredador que ha conocido el ser humano desde que el mundo es mundo. Y Dean lo sabe. Te matará.

-No... No si le hago entrar en razón. No me matará.

-¿Acaso te estás escuchando? Dean es un cazador. Está acostumbrado a matar seres como tú. Y no dudará en matarte si tiene la oportunidad. Y tú quieres servírsela en bandeja...

Mierda. Esa odiosa voz en su cabeza tenía razón.

-Pero la pregunta es...- proseguía esa parte envenenada de sí misma- ¿Por qué quieres hacerle ver que eres buena persona? ¿Qué esperas sacar de todo esto?

Autumn seguía dando vueltas a la habitación jugueteando con el móvil en su mano mientras no dejaba de sonar. Esa era la pregunta. ¿Por qué necesitaba explicarse delante de Dean? ¿Por qué creía que le debía una explicación? ¿Por qué no dejaba de pensar en él? ¿Por qué no podía dejar de ver la cara de Dean haciendo cualquier cosa? ¿Por qué necesitaba volver a ver la sonrisa de Dean justo en ese preciso momento...? Y ¿por qué cada vez que pensaba en él casi podía volver a sentir como latía su corazón de nuevo? Solo había una respuesta para eso. Una respuesta que Autumn no quería admitirse. Por que una parte de ella sabía que lo que ella sentía era honestamente recíproco. Aunque ninguno de los dos se lo hubiera admitido. En el fondo los dos sentían lo mismo aunque nadie lo reconociera. Y a eso era a lo que tenía miedo verdaderamente. A que Dean se viera obligado a matarla. A que se viera obligado a matarla y a que acarrease con ese sentimiento para siempre. No podía consentir aquello.

La noche fue dura. Muy dura. Tan dura que no pudo siquiera dormir y salió de la cama para darse una ducha y salir a alimentarse de nuevo. Y correr. Quizás volver a estirar las piernas con una carrera vampírica. Necesitaba desfogarse.

Eran más de las diez de la mañana del día siguiente cuando volvía a la habitación del hotel. Y desde hacía varias horas Dean ya no la llamaba por teléfono. Aun así, la rubia se pasó horas con el móvil en la mano pensando en llamarle... ¿Querría hablar con ella? ¿Lo habría descubierto ya?

Dean:

Todas sus respuestas estaban en esa antigua mansión a menos de veinte kilómetros de donde se encontraba. Solo tenía que coger su coche e ir allí. Inspeccionarla y ver qué encontraba. Pero, ¿por qué no lo hacía? ¿Por qué seguía sujetando ese libro? ¿Por qué no podía moverse de su asiento? ¿Por qué tenía miedo? Y lo más importante de todo, ¿a qué tenía miedo?

Preguntas que una tras otra iban apareciendo en su mente y que no era capaz de responder. No porque no conociese la respuesta cada una de ellas si no porque no quería responderlas. Como se suele decir "la ignorancia nos da la felicidad" y la situación de Autumn y Dean era el ejemplo más claro. Dean era feliz sin saber que Autumn era uno de esos seres a los que se dedicaba a buscar y exterminar.
Era más sencillo negarse a ver la realidad, a no tener que afrontar eso que, en lo más profundo de su raciocinio, sabía. No querer unir las piezas era menos doloroso que saber lo que pasaba, saber por qué no le cogía el teléfono o por qué le dijo que se fuese... Tenía todas las pistas para saber la verdad y prefería no verlas, no unirlas hasta que la vida le diese esa bofetada que le obligaría a ver a Autumn como en realidad era.

Así estuvo varias horas hasta que anocheció y reunió el valor suficiente para coger el coche e ir hasta la mansión. No tardó demasiado en encontrarla y cuando se vio frente a esta con el coche parado y las luces apagadas, la observaba con miedo y con pesar. Intentando que su corazón dejase de latir.

Al final, sin más opción, decidió romper con una cizalla las cadenas de la verja. Esa casa daba escalofríos. Parecía sacada de una de esas películas antiguas. Daba la impresión de que, en alguna época lejana, la fachada de madera fue de un puro color blanco, el césped estuvo bien cuidado y la vieja puerta de madera no chirriaría al abrirse. Tampoco el mueble de la entrada estaría lleno de polvo, ni siquiera el espejo que se encontraba en un lado de la pared hubiese perdido su reflejo, tampoco los muebles de madera estarían cubiertos por telas blancas ocultando el valor de la madera y las finas lineas de los grabados de estos. Las sillas, todas situadas sobre una gran mesa en el salón, descansarían sobre sus cuatro patas y no sobre el asiento. Tampoco las grandes lámparas de araña estarían cubiertas de telarañas y polvo, ni los cuadros hubieran perdido el color. Tampoco se oiría el crujido de la madera a su paso conforme avanzaba por el salón y las estanterías de un despacho aledaño estarían cubiertas de libros y no vacías como la propia casa.

Sus dedos se llevaban consigo el polvo de un escritorio cuando un cuadro llamó su atención. Varias figuras le miraban con atención, vestidos de época, de una época lejana. Se acercó hasta este y su linterna iluminó lo que las pinceladas ofrecían. No reconocía a nadie o eso era lo que creía hasta que un dulce rostro le miraba, uno que conocía a la perfección, el de Autumn. Aunque, en la placa dorada en el marco no ponía Autumn. Esta rezaba el nombre de "Evangeline. I .Rosemont"

Aquello descuadró por completo toda su realidad e incluso sintió como algo dentro de él se rompía al descubrir que la persona con la que había compartido los últimos tres meses no era quien decía ser. Al ver que seguramente estaba persiguiendo a su antiguo aquelarre, al ver que había sido engañado. su rabia creció. Pero aún más cuando notó como una lágrima resbalar por su mejilla al ver su realidad. Necesitaba soltar toda la rabia que sentía y ni siquiera pensó en lo que hacía, simplemente cogió una silla y la rompió contra el cuadro que le mostraba quién , en realidad, era la mujer que... ¿qué? ¿quería?.

Sin poder aguantar un minuto más dentro de esa casa, y notando como su pecho le oprimía, salió a toda prisa hasta el coche. Condujo a toda velocidad hasta el motel y cuando llegó a la habitación se sentó en a cama con una estaca entre sus manos.

Su cabeza trabajaba a toda velocidad y, poco a poco, cada pieza iba ocupando su lugar. Ahora sí era capaz de verlo todo. Ahora que estaba obligado a que esa venda que él mismo se había puesto para no ver, cayese era capaz de ver toda su realidad.

Y entonces tomó una decisión. Debía matarla. No había grises. O eres un vampiro o no lo eres. Aún así, a pesar de haber tomado la determinación de matarla cuando la volviese a ver no podía apartar ese sentimiento de preocupación por ella. No podía dejar de sentirse contradicho y en un remolino de pensamientos y sentimientos que le invadían por completo, haciéndole pensar hasta que casi sentir que su cabeza echaba humo. Fue entonces cuando unos golpes en la puerta le sacaron de su ensimismamiento.

Autumn:

Desistió. Decidió dejar de pensar en si debía llamarle por teléfono o no. Estaba claro que si quería hacer aquello debía ser en persona. Lo único que debía hacer era presentarse en el motel. En Richmond. Pero debía reunir el valor suficiente para eso. Y por ello se hallaba como un animal enjaulado. A pesar de haberse dedicado durante ochocientos años a enfrentarse a una cosa tras otra. Vampiros, brujas, hombres lobo, más vampiros... Y había sido valiente para salir con vida y exitosamente una y otra vez. Y ahora... Ahora no era capaz de enfrentarse a su destino y dejar que Dean hiciera lo que tenía que hacer.

Era ya por la tarde, ya casi atardecía. Es más... Autumn se hallaba mirando la puesta de sol mientras un cigarrillo se consumía entre sus labios. No es que se dedicase a fumar asiduamente. Pero en fin, el tabaco no iba a matarla a final de cuentas. Observaba el humo escaparse de sus labios y fundirse en los colores rojizos del atardecer, y mientras tanto pensaba en diferentes desenlaces para aquello que se traía entre manos. Cada cual más extraña y dolorosa que la anterior:

Una versión en la que Autumn llamaba por teléfono y no obtenía respuesta y al ir a la habitación del motel esta estaba vacía. Otra versión en la que Autumn iba hasta el motel solo para que Dean la encontrara por la espalda y le atravesara el corazón. Otra versión en la que debía enfrentarse a la mirada de Dean. Esa mirada de odio. Esa mirada de odio que le rompía el corazón con solo imaginarlo.

Cada versión le hacía más daño que la anterior, pero en resumen... Ella acabaría dolida, destrozada. Los dos lo harían. Los dos sufrirían. No quedaba más remedio... Al final, se decidió. Tiró la colilla a la calle y respiró hondo antes de entrar en la habitación y coger su teléfono móvil. Una vez se hubo cambiado de ropa con algo que había conseguido gracias al servicio de habitaciones, consistente en unos pantalones vaqueros, unas botas de piel de color negro, una camisa blanca de botones y una chaqueta de cuero, se decidió a salir de aquel hotel. Y aprovechando que la noche caía podría correr sin ser vista. Correr de vuelta a Richmond. Aunque fuera para verle una última vez.

De nuevo media hora hasta llegar frente a la puerta del motel, donde tragó saliva pesadamente antes de dar con sus nudillos en la puerta de la habitación. No le parecía justo entrar con su propia llave. Tras unos segundos que a la muchacha se le hicieron eternos, al final la puerta se abrió y la fría mirada de Dean Winchester la recibió. Una mirada que le hizo temblar. Pero de dolor. Casi pudo escuchar su corazón partirse en dos cuando vio ese odio, esa rabia y también dolor concentrados en solo una mirada que iba solo dedicada hacia ella. Jamás pensó que algún día Dean la miraría así. Y eso le hizo sentir que había descubierto el pastel, que ahora todas las cartas estaban sobre la mesa y que seguramente no le quedasen más de unos minutos de vida. Pero moriría viendo el rostro de Dean. Eso era lo único que quería en ese momento. No iba a defenderse. No. Ya no.