¡Hola, mis queridos y queridas!
Ya llegó el último capítulo. Ooooooooooooh. Hace ya casi un año que empecé esta historia (que ya me vale haber tardado tanto, lo sé XD) y por fin ha llegado a su final. Me ha dado mucha pena terminarla, no imagináis las vueltas que he dado a las últimas lineas. Solo espero que la espera haya valido la pena y os guste el final que les he dado a nuestros protagonistas. No me quiero alargar mucho ahora, así que dejaré las despedidas para cuando lleguemos abajo.
Solo me queda decir... ¡a leer! ¡Disfrutad!
Disclaimer: Todo lo que podáis reconocer pertenece a J.K. Rowling.
Capítulo 10: Las lágrimas escondidas
Había llegado la hora de decir adiós a Hogwarts. Era el día de hacer maletas, dar direcciones, prometer escribir, y quedar dos veces al año para hacer una comida, aunque supiesen que irían a una de cada quince, y pasear por cada rincón de ese castillo para reconocer en cada piedra las memorias que habían dejado impresas durante los años en los que aquel lugar había sido su hogar.
Hermione había pasado toda la tarde anterior haciendo la maleta con Ginny. Al principio, su pelirroja amiga y ella habían pensado hacer un sencillo encantamiento que permitía reunir todos los enseres de cada una y meterlos en sus respectivos baúles. Pero hay cosas que es mejor hacerlas a lo muggle. Sacar toda la ropa del armario, y encontrar cosas perdidas en los bolsillos, y entre los jerseys, y al fondo del cajón, y recordar lo que dejaban atrás, y la nueva vida que empieza desde el momento en el que cruzas la puerta, y guardar con mimo todos los libros y pergaminos viejos que, aunque ya no te van a servir para nada, son parte de la memoria que quieres conservar sobre aquel maravilloso colegio.
Nadie durmió aquella noche en la torre de Gryffindor; y, probablemente, en ninguna de las otras casas de Hogwarts. Después de la cena de despedida dedicada a todos los alumnos de último curso, los que ese año eran los que durante muchos años habían pertenecido a dos cursos distintos, se quedaron en la sala común, charlando de los viejos tiempos, de aquella vez que Seamus incendió las cortinas de la clase de Encantamientos y el pobre profesor Flitwick flotó del susto, o aquella otra vez en la que Ginny lanzó su famoso hechizo mocomurciélago por error a un Hufflepuff de primer año.
En medio de todo aquel jaleo, Hermione, sentada en una de las butacas cercanas al fuego, encendido incluso aunque el verano estaba tocando a la puerta, porque era la última noche en el castillo, y la chimenea siempre les había acompañado, y no les importaba pasar calor, sintió las vibraciones que desprendían las paredes de aquella sala, cargadas de alegría, y risas, y lealtad, y amistad, y amor. Todas aquellas emociones que parecían haberse evaporado, desintegrado, durante los últimos dos años volvieron aquella última noche, devolviéndoles un poquito de todo aquello que creían perdido.
Al amanecer, todo Gryffindor seguía en la sala común, algunos dormidos, otros charlando de una forma más tranquila; el ambiente se había vuelto mucho más íntimo. Hermione, sin hacer ruido, sin decir nada a nadie, se levantó de su asiento y salió de la torre. Quería dar un paseo por el castillo, quería volver a recorrer todos aquellos pasillos laberínticos que conocía como la palma de su mano, quería una última cita a solas con Hogwarts, su hogar.
Parecía mentira que, al día siguiente, abandonaría Hogwarts para no volver —porque las cenas de antiguos alumnos cada cinco años no contaban—. Nunca más volvería a esperar la carta de la directora McGonagall invitándoles a un nuevo curso, ni volvería a tomar el Expreso de Hogwarts en el andén 9 y 3/4, ni volvería comer los deliciosos platos preparados por los elfos, ni volvería a estar en una de esas clases aburridas del profesor Binns —porque ella daría cualquier cosa por volver a esa clase otra vez—, ni tampoco volvería a encontrarse por sorpresa con la Sala de los Menesteres. Esa sala donde tantas noches había pasado con Draco, donde nunca había estado tan cerca de ser feliz.
Había sido una tonta por pensar que podría ser casi feliz con Draco fuera de esas cuatro paredes. No es que Hermione se hubiese parado mucho a pensar —tonta, más que tonta— en si tendría o no un futuro con Draco después de decir adiós a Hogwarts y llegase el momento de elegir un camino. Pero lo que sí que no había pensado era que, si lo que fuera que tuviesen terminaba, sería de ese modo.
Aunque quizá era una señal. Lo había pensado mucho durante los últimos días. Quizá era la forma que tenía el destino de decirle que lo que había pasado había sido lo mejor. Al fin y al cabo, era absurdo pensar que Draco y ella podrían tener un futuro juntos. Porque, puede que Voldemort hubiese caído, y que ya no hubiese ningún señor Malfoy que fuese a poner el grito en el cielo, y que nadie condenase en voz alta la sangre que corría por sus venas. Pero, aun así, Draco y ella seguían perteneciendo a mundos distintos.
No, basta, Hermione. Deja de engañarte. Sabes perfectamente que esto no se trata de ser de mundos distintos o de tener el mismo código postal. Draco no te quiere en su vida. Y ya está. Punto. Durante meses no has hecho otra cosa que intentar acercarte a él y te ha dejado claro, en cada intento, que te quiere lejos. Y sino ahí estaba él para mandarte bien lejos si no entendías las señales. Puede que hubiese habido una temporada en la que hubiese bajado la guardia pero estaba claro que eso no iba a durar para siempre. Él acabaría recordando que ella era Hermione Granger y que era ridículo, incluso, el pensar en un "ellos".
Pensándolo bien, era mejor estar sola. En el fondo, siempre lo había sabido. Aunque Draco no lo hubiese terminado, ella tendría que haberlo hecho. No podía permitirse estar con alguien. Estaba hueca por dentro y, en cualquier momento, era posible que la débil estructura sobre la que sostenía los retazos de su vida se viniese abajo. No sería tan egoísta como para echar abajo la vida de alguien a quien quería. Además... así era más difícil que la hiriesen. Ya tenía suficientes cicatrices para el resto de su vida.
El sol la deslumbró unos segundos cuando salió del castillo. La hierba de los terrenos parecía estar salpicada de pequeñas gotas de rocío, como lágrimas tristes que les despedían a todos. Se abrochó los botones de la chaqueta y, tras tomar una bocanada de aire, echó a andar por la gran explanada que se abría ante ella.
La estela de madera con el nombre de Falú estaba levemente torcida. Pero no fue eso lo que le sorprendió de la tumba del dipen. En medio de la tierra revuelta que había justo delante de ésta, descansaba un pastelillo de crema. Frunció el ceño, torció la boca. Aceleró sus pasos. ¿Quién había dejado ese pastel ahí? Ella no había sido, desde luego; se acordaría, obviamente. ¿Habría sido Hagrid? Tenía que ser él. Porque sino solo había otra persona en todo Hogwarts que supiese lo de los pastelillos de crema. Su corazón dio un fuerte latido que retumbó en sus oídos.
—Sabía que vendrías.
Ante el sonido de su voz, Hermione se giró, pastelillo en mano, y clavó sus ojos en las púpilas de Draco. Eso sí que no se lo esperaba. ¿Qué estaba haciendo allí? Parecía tan inescrutable como siempre, con las manos en los bolsillos y una expresión neutra en el rostro. Se sintió intimidada por su mirada, no pudo sostenerla. Mordiéndose los labios, sintiendo el escozor de su garganta, cuadró sus hombros y volvió a mirarle, elevando la mano que sostenía el pastelillo para captar su atención sobre él.
—¿Se lo has dejado tú? —preguntó Hermione.
—Sí —respondió Draco con simpleza. En cualquier otra circunstancia hubiese añadido que no creía que muchas más gente fuese a traer dulces a la tumba de un bicho de cuya existencia casi nadie sabía en el castillo. Pero se abstuvo.
—No tenías por qué.
—Lo sé, por eso quise hacerlo.
—Se dejan cosas en la tumba de alguien que te importa —dijo Hermione con una voz que era todo menos de reproche; lo comentó de forma simple y llana—. Y él ni siquiera te, ¿cómo era? Ni siquiera te caía bien.
—No lo he hecho por él.
Las palabras de Draco estaban constituidas por un aplomo tal que Hermione se vio obligada a apretar sus labios hasta formar una linea con ellos para no dejar escapar un suspiro y no cerrar los ojos. ¿Por qué hacía esto? No debería hacer estas cosas, no después de como habían terminado las cosas entre ellos. Debería decírselo. Debería decirle que no podía dejar el pastel que ella siempre le llevaba a Falú en su tumba y decirle que lo había hecho por ella. Joder. Pero, en lugar de eso, se quedó callada. Asintió con la cabeza, y nada más.
—¿Ya has pensado qué harás cuando salgas de aquí? —preguntó Draco con las manos en los bolsillos.
—Alquilar un apartamento. Poner en orden las cosas de mis padres mientras sigan en San Mungo. Estudiar leyes.
Las comisuras de Draco se curvaron ligeramente en un amago de sonrisa. Lo sabía. Si había alguien que iba a convertirse en alguien al salir de allí sin la ayuda de nadie ésa iba a ser Hermione Granger. Porque ella era uno de esos raros especímenes que mantenían sus principios intactos y poseían una pasión extraordinaria por aquello que hacían.
—Cambiar el mundo parece un buen plan —dijo Draco sin perder ese pequeño brillo de la sonrisa en sus ojos.
—Solo es una idea —musitó Hermione girando su cara, sintiendo lo mucho que le costaba mantenerle la mirada, lo mucho que le costaba mantenerse alejada de él.
Draco tensó sus hombros al ver que Hermione volvía a apartar la mirada, que le esquivaba, que lo único que quería era echar a correr y alejarse de él. Tenía que pensar, rápido, tenía que retenerla hasta que se le ocurriese una forma de pedirle perdón, que le quisiera otra vez, por favor, por favor, porque él la quería tanto. Llevaba días pensando qué hacer y no había encontrado todavía las palabras. Ni siquiera había podido concentrarse en los EXTASIS.
—Blaise va a empezar unas prácticas en Gringotts. Y Pansy quiere especializarse en pociones —explicó Draco tratando de captar la atención de Hermione y ganar tiempo— Yo no sé qué hacer. Lo estoy pensando.
Y era cierto. Eso era exactamente lo que estaba haciendo. Pensar. El silencio que se había instaurado entre ellos después de que Draco se callase solo era roto por el leve rumor de las hojas azotadas por el viento.
—Bien.
El susurro de Hermione fue muy débil, fue un adiós. No quería seguir hablando con él. Era absurdo alargar una conversación sobre nada. Puede que no hubiesen sido novios —no en el sentido estricto de la palabra— pero lo que habían tenido era demasiado fuerte como para fingir que podían tener charlas cordiales y amistosas porque, seamos sinceros, ellos nunca habían sido amigos.
Lo mejor que Hermione podía hacer era dar media vuelta, volver al castillo, terminar de recoger sus cosas y montar en el tren que le llevaría de nuevo a esa vida que no quería comenzar. Pero al menos era una vida lejos de Draco. Eso mejoraba considerablemente la situación. Así que, metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta, Hermione se giró y empezó a andar, a dar un paso tras otro, con toda la intención de no mirar atrás, de no parar, solo seguir adelante, sola.
—He pensado que... tú y yo... —la voz de Draco cortó la respiración de Hermione en cuanto aquellas tres palabras salieron de su boca; hacía mucho que no escuchaba un tú y yo. Sus pies se clavaron en el suelo, aun de espaldas al slytherin— podríamos ir a algún sitio, juntos. Uno de estos días... Hoy, ahora mismo.
El corazón de Hermione latía rápido, muy rápido, y con fuerza, contra sus costillas. Podía sentir los latidos retumbando en su cabeza y el pulso enfurecido en su garganta. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué era lo que Draco acababa de decir? Le había escuchado pero no era capaz de procesar las palabras que había dicho. Porque, simplemente, no era posible que hubiese entendido bien. Hacía unas semanas que ella se había abierto en canal delante de él pidiéndole que se diese cuenta de que estaba allí y Draco no había querido verla. Y, ahora, ahí estaba él.
—Ven conmigo, Hermione —y la voz de Draco sonó tan suplicante que Hermione no supo ni cómo tuvo fuerzas para girarse y mirarle a los ojos.
Se lo prohibía. Hermione le prohibía que le pidiese que se fuese con él. ¿Es que no se daba cuenta de lo que eso significaba para ella ahora? Después de la muerte de Falú, sin tener a Draco, Hermione se había visto obligada a pasar tiempo con ella misma. Desde que había terminado la guerra había estado ocupándose de muchas cosas, de sus padres, de los Weasley, de Harry, de Hogwarts, de Falú, hasta de Draco. Lo que pasaba era que todas esas cosas, todas esas personas, solo habían sido una excusa para mantenerse distraída. Al menos al principio. Porque necesitaba mantenerse distraída, no pensar, estar ocupada para ser capaz de levantarse por las mañanas. Porque no era capaz de soportar sus propios pensamientos.
Pero ahora, los últimos días, había pasado mucho tiempo con ella misma, sola, y se había dado cuenta de que todo eso de lo que había estado intentando escapar, la había atrapado. Solo entonces se había dado cuenta de lo rota que estaba, de lo rota que llevaba estando desde había ya mucho tiempo.
—No, yo... No es una buena idea. No puedo.
La ansiedad que sintió Draco al escucharla le hizo dar un paso adelante y sacar sus manos de los bolsillos. Acababa de jugársela a todo o nada y la partida no parecía estar yendo a su favor. No tenía planeado decirle eso. Aunque, en realidad, no tenía ningún plan. Solo sabía que cuando la había visto girarse y empezar a andar, alejándose de él de esa forma tan dolorosa, las palabras se le habían caído de la boca. Y se dio cuenta de lo que quería. Quería irse de allí, empezar de cero, tener una vida. Pero con ella. Siempre con ella.
—¿Por qué no? —preguntó con la ansiedad creciente en su voz.
Parpadeaba. Hermione parpadeaba mucho. Sentía como algo extrañamente familiar le cubría las ojos. Y la garganta. Le escocía. Las palabras se quedaban enganchadas en sus amígdalas, como si en realidad no quisiesen salir de allí. Tal vez porque no querían. Tal vez porque estaban intentando decirle algo. Pero ella estaba demasiado hecha polvo como para identificarlo.
—Porque si decidiéramos irnos a algún lugar juntos —le tembló la voz ante la sola idea—, me da miedo que, un día, hoy no quizás, quizás mañana tampoco —y también tartamudeó, porque estaba a punto de confesar un miedo que llevaba atormentándola desde hacía ya demasiado tiempo—, pero un día, de repente... Puede que empiece a llorar y llorar y llore tanto que nada ni nadie pueda pararme, y que las lágrimas llenen la habitación, y que me falte el aire, y que te arrastre conmigo, y que nos ahoguemos los dos.
Vomitó las palabras. Directamente. Y se dio medio vuelta y echó a andar. Estaba segura de que seguía allí un solo segundo más se desintegraría y desaparecería. Porque lo que había dicho era verdad. Aun había demasiadas cosas horriblemente dolorosas dentro de ella y sabía que algún día saldrían todas a borbotones por sus ojos de una forma que no podría controlar.
—Aprenderé a nadar, Hermione. Te lo juro.
Esta vez, no es que Hermione se hubiese quedado anclada al suelo, sino que se había convertido en piedra. Y le faltaba el aire, y le picaba la garganta, y sus ojos estaban empañándose. Porque sabía lo que significaban aquellas palabras. Sabía el verdadero significado de esa frase tan simple que acababa de pronunciar.
Recordaba perfectamente aquella noche, junto a la hoguera, allí mismo, con Falú. Ellos se habían peleado y él había ido a pedirle perdón, de la única forma que sabía. Y le había contado que no sabía nadar, y ella se había reído, porque le parecía gracioso, casi ridículo. Y él ahora le estaba diciendo que aprendería a nadar, por ella, para que no se ahogase, para sacarla a la superficie si ella se hundía.
Ella siempre había sido la fuerte del trío dorado. Harry había sido el elegido, el valiente; Ron el amigo más leal que nadie pudiese imaginarse. Pero a ella le había tocado ser la fuerte de los tres. Había sido ella la que había mantenido al grupo unido cuando parecía que nadie más lo haría, la que había aguantado golpes que no le correspondían y la que se había tragado todos sus miedos y penas porque no había tiempo para ocuparse de ellos.
Y, ahora, de repente, venía alguien y le decía, tranquila, que estaba bien no ser siempre fuerte, y caerse, y llorar, y no pasaba nada. Porque él iba a estar allí, fuese fuerte o no, de cualquier forma, aunque estuviese todo lleno de mocos. Nadie le había dicho nada así antes. Nunca nadie había estado dispuesto a hacer por ella nada parecido.
Así que la piel reventó.
Por fin, esa piel que la tenía atrapada había reventado. A sus ojos empezaron a llegar las lágrimas que tanto tiempo habían estaba atrincherándose tras esa piel, porque ya no la oprimía. Se tapó la cara con una mano y contuvo un sollozo. Casi no se acordaba de cómo se lloraba. Pero unos brazos la rodearon y la apretaron fuerte fuerte fuerte. Y se dio cuenta de que era verdad.
No pasaba nada.
Lloró. Lloró, y se abandonó, y volvió a llorar. A borbotones por sus ojos, Hermione evacuó dieciocho años de soledad, y tristeza, y golpes dolorosos. Lloró la adolescencia que no había podido tener, las caricias no recibidas, los recuerdos perdidos de sus padres flotando en algún lugar por encima de sus cabezas. Y la mala vida, y los años sin tregua, y el miedo a perderle, y el vértigo, y el abismo. Y las dudas que nunca supo enfrentar, y su cuerpo escapando, y el pánico a no estar a la altura. Y también lloró a Falú...
Draco se limitó a abrazarla, a mantenerla dentro de su túnica y apoyar su barbilla sobre su cabeza. Sus dedos estaban hundidos en su carne sobre su ropa y, sin embargo, nunca la había sentido tanto.
—Vamos... —murmuró Draco contra su pelo, sin soltarla ni un poquito— Vamos...
Y, mientras lo decía, Draco no supo si quería decirle, vamos, deja de llorar, no llores más, o vamos, llora todo lo que quieras. Que fuese lo que ella quisiera.
Hermione seguía llorando, y le estaba poniendo la capa perdida, de lágrimas y mocos, y era tremendamente feliz. Los brazos de Draco seguían rodeándola. No tenía ninguna intención de soltarla. Quería mantenerla unida a él todo el tiempo que fuese posible. Asegurarse de que estaba bien, de que lloraba todas esas lágrimas que había tenido escondidas desde hacía tanto tiempo.
—Shhh... Vamos, vamos —murmuró Draco mientras conducía sus manos hasta sus mejillas y levantaba su cara—. Hermione. Todo va a salir bien. Lo vamos a conseguir. No sé cómo pero... No lo haremos mejor que los demás, pero tampoco lo vamos a hacer peor. Lo vamos a conseguir.
Los dos habían pasado años hundiéndose, ahogándose en unas aguas demasiado profundas y tormentosas, sin que nadie se diese cuenta. Juntos habían tocado fondo, del todo. Pero también había sido juntos como los dos habían dado ese golpe de talón que tanto necesitaban para salir a la superficie. Aunque, a mitad de camino hubo momentos en los que se perdieron, no se habían abandonado; se habían buscado, encontrado y tirado el uno del otro hacia arriba, con todas sus fuerzas. Y, en ese preciso momento, Hermione supo que Draco decía la verdad, que todo saldría bien, que lo conseguirían, porque eran ellos, y no tenían nada que perder, porque no tenían nada, salvo el uno al otro. Y se querían, y saber eso, tener eso, tenerse, en realidad era lo único que necesitaban para poder enfrentar el resto de sus vidas. Al fin y al cabo, puede que estuviesen más cerca de la felicidad de lo que creían. Quizá la felicidad consistiese en eso.
The End.
Finite Incantatem. Y... colorín, colorado, esta historia se ha acabado.
Éste ha sido el último capítulo y espero, de verdad, de verdad, que os haya gustado. Lo tenía pensado desde hacía mucho tiempo (ahora se entiende a qué venía el guiño que le hice en uno de los capítulos anteriores, estaba todo pensado, chanchan) y solo deseo que no os haya decepcionado, que haya estado a la altura de lo que esperabais y, más importante aun, de lo que queríais.
Con el final, ha llegado la reconciliación de esta pareja y ésta ha sido totalmente acorde a cómo han sido ellos durante toda la historia. No hay te quieros ni grandes palabras porque no es el rollo que ellos han tenido en su relación. Pero la declaración de Draco me parece mucho más significativa que cualquier te quiero. Y Hermione por fin llora, revienta y se deja apoyar, deja que la saquen a flote. Los dos han llegado al mismo punto y están bien, están juntos.
Me da un montón de pena acabar con esta historia, y mira que estaba deseando terminarla para poder seguir con otros fics. Pero a la hora de la verdad me he pasado un buen rato dándole vueltas a las últimas lineas porque no quería dejarla ya. Esta historia me encanta y le tengo un cariño tremendo.
Ahora solo me queda daros las gracias a todas las que me habéis acompañado a lo largo de estos diez capítulos y pediros una última cosa: dejadme un review para saber qué os ha parecido el final, la historia entera, lo que más y lo que menos os ha gustado, sugerencias para fics futuros, lo que queráis. ¡Es la mejor forma de despedir una historia!
Por cierto, ¡se me olvidaba! Me he enterado de que me han nominado por este fic a los Dramione Awards 2012, me hizo mucha ilu y quería compartirlo con vosotras. Puede votar todo el mundo, así que os dejo el link por aquí por si consideráis que esta historia merece vuestro voto (os lo dejo con separaciones para que no se borre): www. docs. google (punto com barra) spreadsheet/ formResponse?formkey =dEdRLXJuNXFZen hMRFR4THRDdkNGclE6MQ& theme=0AX42CRMsmRFbUy04M zExYmE5OS1lOTcyLTRlMDctOGU1Z C 02ZTUwNWM0MmVjNmY&ifqobre
Tengo varios oneshots pensados y el James&Rose con el que llevo pegando el coñazo desde hace ya meses está en marcha, así que vais a saber de mí muy pero que muy prontito. Espero encontraros por allí también y leernos mutuamente. También tengo twitter (arroba basileyas), así que es otra forma de seguir en contacto.
Hasta entonces, sed felices y, otra vez, ¡muchas gracias!
Un beso y un achuchón,
Rose.
