Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías. Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.
Kuroko se enamoró de Daiki, vivió la sensación del primer amor, bonito, agradable y a la vez terrible. Cuando vio que esa relación destruía su vida y quiso terminarla, comenzó el verdadero infierno.
Por que recuperar tu vida cuando la persona a la que amas te arranca cruelmente el corazón, no es precisamente sencillo.
Al menos hasta que aparece alguien que puede acunar un corazón roto entre sus dedos y amarlo tanto como para que nazca de nuevo la confianza en el amor mas puro y dulce que jamás ha existido.
Aokuro... Kaga Kuro...
00000000000000000000000000000
Uno mas en el equipo.
El origen de todo.
Capítulo 10: Número Dos.
00000000000000000000000000000
Midorima Shintarô era un monstruo. Su habilidad innata para encestar desde cualquier punto le había convertido en un enemigo terrible. Pero todo enemigo terrible tiene un punto débil, y solo hay que buscarlo...
Kagami le demostró con trabajo duro, muy duro que podía vencerle, aunque lo lograra con Kuroko y engañándole como un pardillo...
En el restaurante tras el partido, la cosa se tornó casi divertida. La tortilla escurría por su pelo, viscosa y caliente, arrancando a mas de uno una risita traviesa.
Takao lo sabía, cuando le llevó fuera del bullicio del restaurante.
Estaba mal, jodido. Midorima no estaba acostumbrado a perder y mucho menos por una jugarreta en la que había caído como un pardillo de primera.
Y por esa misma razón se dejó pegar por él... pero solo un par de cachetes. Tampoco era tan estúpido como para dejarse dar una paliza solo por que Shin kun no supiera perder.
Pedaleando con ganas subió por su calle, en silencio. Usó la frustración por no haber podido ayudarle como fuente de energía con la que pedalear rápido, para llegar cuanto antes a su casa.
Aunque ya llevaba un par de minutos parado, ninguno de los dos se movió ni un milímetro. Shin seguía sentado en la parte trasera del carro, sin decir nada, sin hacer nada. Solo la mirada seguía las líneas del conductor con cierto interés.
Takao no quiso decir nada. Sabía que estaba dolido, y enfadado, y posiblemente no querría hablarle en los próximos días por el tema de la tortilla, a si que, se limitó a dejarle en la puerta de su casa y esperó que se bajara sin mas.
Durante el camino habían hablado, de cosas sin importancia, con toda normalidad, aunque él sabía que esa normalidad no tenía nada de normal.
Le conocía, conocía a Midorima de sobra como para saber que estaba enfadado, y frustrado, y posiblemente deprimido, aunque eso último no lo pudiera asegurar con certeza.
Estaba tan perdido en sus pensamientos que hasta que no sintió la mano del otro chico en su hombro no se dio cuenta de que se había bajado. Sobresaltado dio un respingo, que le hizo quitar el pie del pedal y bajarlo de un golpe.
– Quédate. – Ni siquiera le estaba mirando cuando lo dijo, su mirada estaba posada en la puerta de su casa.
En la casa de Takao había luz, a si que, sus padres estaban, en la de Midorima reinaba una oscuridad que indicaba que la vivienda estaba del todo vacía.
Lo que le estaba pidiendo iba mas allá de la simple idea de quedarse y aún no sabía si estaba realmente preparado para pasar de los besos y algún que otro roce ocasional, a la siguiente base.
No quería ser el culpable de una nueva decepción el mismo día, si le rechazaba en lo de quedarse con él, pero un polvo por compromiso o por pena sería mucho peor, y eso es lo que temía.
Eran amigos desde que tenía uso de razón, le gustaba su amistad tal y como estaba en ese momento... además eran unos mocosos... alguna vez habían descargado la adrenalina tras un partido ganado toqueteándose mas íntimamente de lo que lo harían un par de amigos, pero …
No iba a quedarse, no y punto. No para hacer algo de lo que se arrepentiría al día siguiente... además tampoco tenía muy claro que excusa darle a sus padres para no dormir en casa entre semana... por que si decía que era por que Midorima estaba solo, su madre le daría la vuelta, invitando al peli verde a quedarse, y Takao se quedaría sin escapatoria posible.
Midorima suspiró frustrado. En el fondo había descubierto que Kagami era un buen tío, un poco simple pero buena gente... y también había notado que sus sospechas sobre que a Kuroko le había pasado algo eran ciertas.
En realidad no estaba enfadado, si no todo lo contrario, pero tenía que mantener las apariencias delante de todos, por eso, Takao no lo vio venir.
Le besó, con las gafas aferradas en su mano formando un puño, y después, cuando estaba mas que seguro de que el chico no podía alucinar mas, le dedicó una sonrisa que casi le tira al suelo de culo.
– Quédate, por favor. – Repitió, al tiempo que se ponía las gafas de nuevo, disimulando así el sonrojo que adornaba su rostro tímidamente.
Takao asintió, mudo de repente.
Todos sus cálculos estaban errados, por eso no era bueno en matemáticas...
00000000000000000000000000000
– Pasa. – Se apartó a un lado, dejando la puerta abierta. – Voy a hacer palomitas... mi cuarto al final del pasillo, los dvds están en la mesa, elige tú...
Kuroko miraba a todas partes con curiosidad. Extrañamente estaba todo limpio y ordenado. No sabía por qué esperaba una montaña de suciedad y cosas tiradas por todas partes, casi estaba decepcionado... seguramente no había ni cucarachas...
Dejó su mochila en el suelo y se arrodilló junto a la mesa. Los dvds que le había dicho, con los entrenamientos en Estados Unidos, estaban marcados y etiquetados con la fecha y el sitio. Puso el mas antiguo en su portátil, después de sacarlo de la mochila, y se quitó la chaqueta del uniforme para estar mas cómodo.
Reconoció a Himuro en cuanto salió, y a Taiga, mas pequeño, con la carita infantil, redonda, y regordeta. El mismo anillo ya colgaba de su cuello.
La camiseta roja de tirantes que vestía, graciosamente a juego con su pelo, dejaba al aire unos enclenques bracitos que no tenían nada que ver con los preciosos y elegantemente musculados que lucía en ese preciso momento.
Estaba claro que el estirón le había sentado estupendamente al pelirrojo.
Los tiros que hacía daban pena. En los minutos que pudo ver Kuroko, falló todos ellos, se cayó varias veces, de un modo aparatoso y cómico. En una de ellas acabó con el trasero en pompa, y una zapatilla voló por encima de su cabeza, dándole de nuevo en la nuca, soltando a Himuro a reír como un loco desquiciado.
El Kagami pequeño, enfurruñado con los mofletes inflados por la rabia, recogió su zapatilla y la lanzó a la cara del otro chico, dándole de lleno en la frente. La persona que sostenía la cámara les regañó para que dejaran de pelearse, pero eso solo sirvió para que acabaran rodando por la cancha, dándose de golpes por todas partes.
Kuroko no podía dejar de reír. Era tan gracioso verles pegarse tan tontamente que era imposible no reírse. Imposible.
– No era eso lo que quería que vieras. – Dejó el bol de palomitas en la mesa antes de agacharse a su lado.
Rebuscó entre las cajas que habían quedado y abrió dos de ellas, las mas cercanas en el tiempo, posando uno de los cds sobre el otro. El otro chico no paraba de reír a carcajadas. La pelea había pasado a ser totalmente épica cuando habían empezado con los ataques especiales... tal y como eran, dos niños enfadados por una tontería.
Kuroko le miró, con la lagrimita colgando de sus pestañas, rojo de tanto reír.
– Lo siento, es que jajajajaj. – Sacudió la mano por delante de la cara para disculparse.
Kagami se sentó a su lado, sin decir nada, solo mirándole reír.
Su sonrisa era preciosa, era lo único en lo que podía pensar, a su lado.
Y en que quería verla siempre, adornando sus labios.
Las cajas quedaron abiertas sobre la mesa, de un extraño modo. Número dos seguía dormidito dentro de la caja de cartón en la que le habían traído hasta ahí, en el pasillo.
Nada de eso parecía ser importante.
– ¿Puedo besarte?. – Se inclinó hacia él, en un susurro, casi como dejándose caer.
Le miró, hasta que la última de sus risas murió en su pecho. Esperaba otra cosa, la verdad, pero esa pregunta, precisamente esa, le dejó con una sonrisita en la boca. Una dulce y adorable.
Asintió, esperando que fuera el otro el que se moviera. Pero no ocurría. Kagami esperaba su respuesta, ansioso. Podía notar por la cercanía el nerviosismo que emanaba el enorme cuerpo a su lado, su calor, su expectación.
Su amor.
Tan simple, claro y evidente.
Kagami estaba enamorado de él, aunque aún no lo supiera, ni pudiera clasificar dicho sentimiento, Kuroko lo reconocía con claridad.
Él también lo estaba de ese torpe gigantón.
Tiempo atrás, cuando pensó que lo estaba de Daiki, cuando justificaba sus actos crueles en nombre del amor, estaba mas que seguro de que le amaba, y ahora, ahí, en ese cuarto, Frente a ese chico que le preguntaba realmente afectado si podía besarle, se dio cuenta de que lo que sentía por Daiki no era amor, no con el significado completo de la palabra.
Kagami era la definición exacta de amor.
Dulce, amoroso, entregado. Preocupado hasta el extremo de él, de cada uno de sus gestos y reacciones.
Kuroko le indicó que se sentara en la cama, y le despojó de la chaqueta del uniforme.
Tomó sus manos, con dulzura, guiándolas por su propio cuerpo, notando como el tacto de Kagami era lo que su piel había estado necesitando desde siempre.
Desde que nació, esa persona era la que había estado esperando. Su mitad, su vida...
Kagami era suyo y era justo que él se entregara en igual medida.
Asintió a la pregunta de los besos, y su chico le respondió con una docena de ellos. Sus besos eran lentos, pausados, pensados íntimamente para complacerle.
Kagami era una criatura concebida para complacerle en todo.
Y era hermoso, y su cuerpo era perfecto para amar. Kuroko se moría por mordisquear ese cuello, por que sus manos pasearan sin tara alguna por esos costados duros, y ese vientre que se encogía en cada caricia.
Arrodillado entre sus piernas; Kuroko le enseñó el cielo.
Era la primera vez que disfrutaba realmente de esa práctica. Antes solo pensaba en terminar cuanto antes, en tragar lo que Daiki quisiera hasta dejarle libre, hasta que sus dedos convertidos en garras soltaban su cráneo, liberando sus cabellos de su doloroso agarre.
Ahí, solo quería escucharle una vez mas. Un gemido, bajito, avergonzado, erótico, arrancado inocentemente de sus labios, tan hermoso, tan enorme como él mismo.
Kuroko quiso escucharlo de nuevo... no una, mil veces mas.
Ese chico hacía su pulso acelerarse. Quería tocarle mas, por todas partes. Quería saborear cada centímetro de esa piel tan suave, que cubría duros músculos que transformaban ese perfecto cuerpo en un conjunto de maravillosas obras de arte que debían ser contempladas.
Kuroko quería mas, mucho mas... lo quería todo.
Kagami no sabía donde poner las manos, a los lados de sus caderas, aferrando la colcha con cuidado. Un gemido contenido en su pecho, por poco tiempo. Miró hacia abajo, no debía hacerlo, por que la visión del amor de su vida complaciéndole de ese modo, le hizo estallar sin pretenderlo.
Quiso apartar a Kuroko de ahí, pero no lo consiguió. Su novio tenía otros planes, planes mas atractivos que apartarse de golpe de ese dulce manjar tanto tiempo esperado.
Kagami se fue hacia atrás, avergonzado hasta la punta de las orejas. Le había gustado, mucho... pero era la primera vez que se sentía así, no quería faltarle al respeto a su novio diciendo algo inadecuado.
Con los ojos cerrados escuchó el siseo de la ropa, que Kuroko fue sacando de su cuerpo, también avergonzado.
Por un momento su seguridad se fue por la ventana. Pensó en que a lo mejor a Kagami no le gustaba su cuerpo... menudo, tan poca cosa.
Y las cicatrices... y que se notaba que ya lo había hecho antes...
No podía estar mas equivocado. Ya le amaba mucho antes de entrar en su cuarto. Para él estar así, íntimamente con su novio era mucho mas que un sueño... mucho mas.
Cuando se alzó sobre sus caderas estuvo a punto de tener un orgasmo solo de mirarle.
Kuroko tomó sus manos, indicándole como tocarle, donde, con que fuerza y velocidad.
Se enterneció al notar el temblor en sus dedos, una mezcla perfecta entre miedo y ansiedad.
Se prepararon mutuamente para hacer el amor, sin prisa alguna, sin tiempo, sin miedo.
Kagami se enamoró de todo lo que veía, de lo que había soñado que sería, de él. De sus suspiros, sus gemidos, sus lamentos... amó su piel cubierta de sudor, sus músculos tensos, relajándose a sus avances. Su cálido interior quemando la yema de sus dedos primero, para abrasarle los dedos enteros al completo, después.
Amó su voz pidiéndole que le tocara. Sus labios curvándose en eróticas muecas al recibir sus caricias...
Kagami le sintió con todo el cuerpo cuando se acomodó sobre sus muslos, engulléndole a su interior, rodeándole con un calor que le era desconocido hasta ese momento.
La música llenaba el cuarto en tono bajo, pero no era ni de lejos la canción que estaban bailando.
No duró mucho, no necesitaron mas tiempo.
Era la primera vez de los dos en muchos sentidos.
Fue rápido.
Amoroso, sincero, brutal... adorable.
– ¿Estás bien?, ¿Te he hecho mucho daño?. – Su voz suplicante sonó por encima de los jadeos de Kuroko tratando de recuperar el ritmo normal de su respiración.
– Sí, tranquilo. – Enfocó a su lado, con una media sonrisa en sus labios. El flequillo pegado a la frente y la sien por el sudor. Aún así, llevó la mano hacia atrás, para comprobarlo con la punta de los dedos. – No me has hecho nada de daño.
Kagami le miró, unos segundos, esperando algo que le indicara lo contrario. Al ver que no era así, se inclinó para besarle, pasando su brazo por el menudo cuerpo de su novio, atrayéndole en un amoroso abrazo a su pecho, donde le besó una y mil veces.
Se levantó de golpe, tomando a Kuroko en brazos, sin preguntarle.
– Vamos a darnos un baño. – Su sonrisa era tan grande que casi parecía imposible.
Kuroko contempló la posibilidad de confesarse en ese momento, pero … tal vez era muy pronto aún.
– Te quiero. – Alto y claro, Kagami le miró directamente a los ojos mientras lo decía. – De verdad, lo juro.
– Yo también. – Kagami abrió mucho los ojos, sorprendido por la respuesta. – Yo también te quiero... lo juro.
Estalló en risas, con Kuroko aún en sus brazos, desnudos y satisfechos...
Número dos cambió de postura dentro de la caja, pero siguió durmiendo ajeno a todo.
00000000000000000000000000000
– Es aquí, señora. – El taxista, un joven con la cabeza cubierta de rastas se giró abrazando el cabecero del asiento del acompañante para decirlo.
– Espera aquí, no se te ocurra irte a ninguna parte. – La mujer le pidió, mas bien le ordenó, antes de bajar del vehículo y entrar en el bloque de apartamentos.
El barrio no era muy recomendable para una señora de su edad, pero eso no era de lo que echara para atrás a una mujer como ella.
Se paró frente a los buzones buscando el nombre adecuado y dibujó una sonrisita cuando lo encontró.
Dejó atrás el ascensor y subió por las escaleras, hasta el cuarto piso. El hedor era insoportable. El edificio era viejo, y estaba cubierto de moho, cacas de rata y cosas con las que una mujer de campo como ella estaba mas que familiarizada.
Se paró frente a la puerta que mostraba la última carta que había recibido y llamó, golpeando con ganas con los nudillos.
Himuro abrió la puerta pensando que era el casero, y se llevó la sorpresa de su vida al ver ahí a la abuelita de Kuroko, con los labios apretados en una línea tensa.
– ¿Abuela?... ¿Qué está usted haciendo aquí?. – Se asomó al rellano, mirando a ambos lados, preocupado de lo que podía pasarle a una ancianita como ella en un sitio de mala muerte como ese.
La mujer le arreó una colleja con todas sus ganas que le hizo dar unos pasos fuera de su apartamento aturdido.
– ¿Yo que te dije antes de irte, eh?... ¿Qué pasa, hablo chino?. – Los brazos en jarras, en sus caderas, desafiante. – ¿Sabes lo preocupada que me tienes? La última carta que mandaste a esta vieja es de ¿Cuándo?... ¿Un mes?... debería darte vergüenza... malditos mocosos desagradecidos... les dices las cosas ¿Y que hacen ellos?... tomarlo todo a risa...Aparta anda, ¿No piensas invitarme a entrar?.
Himuro se quitó del medio, dejándola entrar.
En el pequeño apartamento no había nada. Estaba limpio, pero no tenía nada, solo una pequeña mochila con sus cosas, nada mas, aún así la mujer miró dentro de unos cuantos cajones y armarios, negando al tiempo que caminaba.
Se paró un momento frente a él y le tomó la cara con las dos manos.
– Por todos los cielos... ¿Desde cuando estás preñado criatura?. – Himuro se sorprendió tanto que se quedó sin palabras. – No intentes engañarme, en mi juventud fui matrona, sé cuando alguien está esperando y tu lo estás...
Himuro no dijo nada, se limitó a ir hasta la mesa y apartar la silla en la que se sentó, pesadamente.
– ¿Por eso has dejado de escribirme?. – El chico asintió, haciendo a la mujer fruncir el ceño, molesta. – Ese chico, ¿Lo sabe?. – Negó sin mirarla.
– Abuela, yo... – Quiso decirle tantas cosas, que todas quedaron atrancadas en su garganta, al mismo tiempo.
– Está bien, está bien. – Sacudió las manos caminando en círculos a su alrededor. – Recoge tus cosas, te vienes con la abuela. – Himuro se levantó para protestar, pero la cara de esa mujer le indicaba que era mejor que no lo hiciera. – Ni se te ocurra replicarme jovencito. No estoy de humor para tonterías.
Hizo lo que le pidió, y no llenó mas que una pequeña maleta y su mochila.
– Tengo que decirle al casero que me voy... y mis clases … y tengo una entrevista de trabajo mañana y...
– Escucha bien, por que solo voy a decirlo una vez. – Le agarró de la oreja, tirando de ella para bajarle a su altura. – He pasado horas en un avión enano pensando que te había pasado algo terrible... y no me gusta volar, eso es para los pájaros, la gente por el suelo... llego a este... este cuchitril de mala muerte, solo para descubrir que vives como un tirado, y encima con una criatura en camino...
– Abuela...me haces daño. – Se quejó, pero lejos de soltarle la oreja, tiró con mas fuerza.
– Abajo hay un amable jovencito esperando en su taxi. – Su sonrisa le decía al chico que si volvía a interrumpirla se arrepentiría, y mucho. – Recoge tus cosas, ya. La abuela se ocupará de ti y de tu pequeño... nadie se enterará, pero no voy a consentir que estés aquí, solo y sin nadie... pero no será gratis, ya conoces a esta vieja... tendremos que adecuar la granja para tu pequeño, pero para eso tienes fuertes brazos... trabajando se consigue la gloria...
Himuro no dijo nada. Escribió una nota a su casero, dejando sus llaves en el buzón, y echando un último vistazo a su "hogar" subió al taxi y aferró la mano de esa mujer entre las suyas.
– Abuela, puedo hacerte una pregunta. – Murmuró mientras el coche navegaba por el tráfico de la ciudad dirección al aeropuerto. – ¿De donde has sacado la pasta para el billete de avión?
– Fácil. – Le sonrió perversa. – Vendí tu moto.
00000000000000000000000000000
Wiiiii este me ha quedado, genial, en todos los sentidos
Gracias por todo, y espero que os guste.
Besitos y mordiskitos
shiga san
