Capítulo 9

Sumerge su cabeza una vez. Pasan un par de segundos. Resurge, toma aire y vuelve a sumergirla.

Sus brazos se mecen suavemente en la corriente que ella misma crea en el agua de la bañera cuando se mueve. Su pelo flota detrás de su nuca, sus piernas levitan sobre la superficie y, cuando cierra los ojos, se siente volando. Y el olor es otra cosa. Volando sobre aroma a lavanda. Casi parece un sueño.

Si quedaba algo de tensión contenida en sus músculos, se deshace sobre la espuma. Se da permiso para mantener su mente en blanco durante un par de segundos más y luego amueblarla. Y las dudas cobraron autonomía.

Dudas con nombre y apellidos. Dudas con vida propia. Dudas tridimensionales. Dudas que más bien son seres humanos. Dudas que son él, Richard Castle. Beckett se imagina meciéndose sobre el agua de la bañera. Beckett se imagina su espalda deslizándose por el pecho del escritor mientras lo hace. Lo que sería estar en esa misma posición y oler su jabón entremezclado con el del escritor.

Sonríe.

Podría ser algo bonito. Dejarse hacer por una vez. Quitarse la placa, las esposas y la pistola. Quitarse el rango de policía dura y el motivo personal que la llevó hasta el punto en el que ahora se encuentra. Sería algo bonito poder ser ella misma por una vez sin sentir al cabo de un par de horas el más pesado cargo de conciencia.

Se imagina a Castle bailoteando por su cuello con sus labios. Se imagina sus brazos alrededor de su cuerpo; sus manos bajando por su abdomen, con una dulzura erótica y…

Beckett se escurre por la porcelana y se sienta, usando sus manos a modo de cazo y enjuagándose la cara con el agua. Lleva cerca de media hora y todavía sigue caliente. Sonríe, inhalando un poco más la fragancia y quita el tapón de la bañera.

Vuelve a sonreír.

Se imagina que deja de imaginar y no tiene miedo de llevar todo eso a la realidad. Al plano tangible. Y quizá, quizá no sea tan malo como pudo parecer en un pasado.


La detective pasa sus dedos por su cabello húmedo, peinándolo con suavidad y apartándoselo hacia su hombro. Enreda su dedo índice en las puntas y ladea su cabeza mientras contempla su fondo de armario. Suspira. Arruga sus labios. Sigue jugueteando con su pelo. Vuelve a suspirar.

No es un fondo de armario precisamente escaso. Es todo un abanico de tendencias consistente, panorámico y como si estuviera confeccionado a su propia medida —medida emocional, todo lo que hay ahí podría representar cada uno de sus estado anímicos—, pero ahora le parece insuficiente. Le parece estrecho, monocromático e insulso en cierta manera.

Se cruza de brazos y adquiere su tan típica pose; esa que pone inconscientemente cuando está enfrente de su pizarra blanca. Totalmente insulso. Suspira una vez más. Hace una semana habría sido demasiado sencillo.

Hoy se está convirtiendo en la epopeya de la moda del año.

Le ha dicho a Castle que la sorprenda y ella, como moneda de cambio, quiere sorprenderle a él. Su gran problema es saber el fin, pero no el medio y más al ser consciente de que ha habido un punto de inflexión en cierto momento, y eso ha hecho que cambie todo. No quiere que Castle se la quede mirando con la boca abierta. No quiere que no parpadee. No quiere que la devore con los ojos. No exactamente. Tiene su morbo, pero no exactamente.

No se trata de jugar al póker con indumentaria sugerente. Ya no lo ve como un desafío entre el escritor y ella. Lo ve como un desafío consigo misma.

Cierra la corredera del armario, encorvando su espalda hacia el suelo con cansancio. A lo mejor el problema no es la escasez de ropa en general, sino la escasez de un tipo de ropa en concreto. Ese nuevo pliegue del abanico; esa nueva emoción para la que no tiene ni camisa ni pantalones.

—Dicen que los caminos del Señor son inescrutables, pero ojo con vosotras —da un suave respingo y se da la vuelta, Castle está tan cerca que sus pechos casi se rozan. Ella contiene el aliento ante esa pequeña invasión—, no te lo pienses tanto, Beckett. No te hará falta, de verdad.

—Imagina que llego a estar desnuda —el escritor arruga sus labios, mirando al techo pensativo. Después acaba sonriéndola con manifiesto erotismo. Y esa mirada pícara. Ella le mira con los ojos en blanco, pero poco arrepentida—. No, mejor no lo imagines.

—Tarde —ella suspira, haciendo un amago de girarse sobre sus talones y darle la espalda. Antes de que se mueva un centímetro más, el novelista le agarra la muñeca—, vale, perdóname.

—Tranquilo, Castle, estoy curada en salud contigo. Y si me disculpas, tengo que vestirme.

—Ya te lo he dicho, no te hará falta —repite. Ella le mira con el ceño fruncido—. Y sinceramente, estás mucho más guapa cuando vas así, con ropa cómoda.

Ella se medio ruboriza por el comentario. Mira a Castle con intensidad, sin poder contener su sonrisa y él se rasca la nuca, con nerviosismo como si acabara de reparar en lo que ha soltado por la boca. Él esquiva su mirada, suelta el aire cuando se da cuenta de que sigue agarrando a Beckett por la muñeca y deshace el contacto, removiéndose.

Esa timidez esporádica e inocente, ese fenómeno que cualquiera supondría inexistente en el carácter de alguien como el escritor es lo que hace que la detective pierda un poco más el sentido del raciocinio. Esa debilidad oculta; esa historia no contada.

Una sonrisa traviesa nace en los labios de Castle. Ella se derrite más.

—Entonces dime —Castle vuelve a mirarla—, ¿dónde vamos a ir con estas pintas?

Castle sigue observándola con esa sonrisa. Ella se muestra receptiva, se relame los labios y se fija en cómo el escritor mete la mano en el bolsillo de su pantalón corto, rebusca dentro y saca de él un pañuelo negro que reconoce al instante. Respira hondo y finge que su corazón no ha dado un vuelco y está a punto de salirse por su pecho. Finge leve desconfianza.

Finge no tener esa chispa dentro de ella, multiplicándose y haciendo que su piel ardiera. Suelta el aire.

—¿Sabes? A estas alturas la duda ofende, Beckett.

—Todavía no he dicho nada.

—Entonces, si usted me lo permite, detective… —ella se muerde el labio, vuelve a apartarse el pelo y se da la vuelta, dejando que Castle le ate el pañuelo y cubra sus ojos— Me dijiste que te sorprendiera —le susurra, Beckett percibe su aliento chocando contra el lóbulo de su oreja. Un escalofrío le recorre la espina dorsal—. Que se me daba bien.

—Sí, lo dije —contiene un poco de aire en busca de algo de aplomo—. Has dejado el listón alto, Castle. Espero que no lo bajes ahora.

Castle se ríe en silencio detrás de ella. Sus manos le agarran suavemente los hombros y la guían a través de la habitación. Siguen caminando despacio por lo que supone que es el pasillo y un agradable olor a comida se extiende cuando cruzan lo que cree que es el salón. Siguen andando, ella tiembla levemente y Castle debe de haberlo notado porque le empieza a frotar los brazos con delicadeza.

—Tranquila, ni que te fuera a meter en el maletero del coche y dejarte tirada en alguna cuneta.

—¿Seguro? —cuestiona Beckett, agradeciendo que Castle haya sido comprensivo.

Deduce que salen al porche por la suave brisa que ha empezado a acariciar sus brazos y piernas desnudas. Ahí el olor a comida se intensifica. Ella sigue temblando.

—Siéntate, con cuidado —le hace caso, cruzando sus piernas cuando se acomoda sobre el suelo—. Vale, ¿lista?

Ella inspira con fuerza, asintiendo con lentitud, como si la velocidad a la que va el mundo fuera inmanejable. Castle le afloja el nudo al pañuelo, este cae sobre su cuello, ella abre sus ojos. Y Kate Beckett pierde el don del habla.

El listón flota con magia propia y se eleva a un nuevo nivel.

—Dime, ¿qué tal lo he hecho?

Todo está a oscuras. Todo. El interior de su casa. Las luces del porche. A excepción de la luna y las estrellas, estarían en una ceguera teórica. Pero Castle se las ha apañado para colocar con suma paciencia velas alrededor de ellos. Velas pequeñas, haciendo un círculo en el suelo del porche. Velas que iluminan platos de comida colocados sobre pequeñas bandejas de madera. Además, son aromáticas; huelen a canela.

Suponía que Castle sabía cocinar, pero esto es estirar demasiado la cuerda.

—Bueno, no es el Rigoletto ni ninguno de estos restaurantes de menús experimentales del Roppongi Hills, pero…

—Pero nada. Es perfecto, Castle —traga saliva. La luz de las velas juega con el color azul de los ojos del escritor y parece que baila. Ella se deja magnetizar por ese encanto fuera de lo común—. Perfecto.

—¿He mantenido el listón?

—Sí, pero me estás malcriando Si vuelvo a Nueva York siendo una niñata mimada entonces e insoportable diré a todos que es culpa tuya.

—Me parece justo —se inclina hacia el otro lado, sosteniendo una botella de vino y llenando dos copas. Toma una y tiende la otra hacia su compañera—. Eh, míranos. Llevamos ya dos semanas en Japón —alza su copa y la brinda con la de Beckett—. Quién lo iba a decir, ¿eh, Beckett?

—Lo dices como si te hubieras esperado muchísimo menos.

—¿Quieres que te diga la verdad? —ella da un sorbo a su copa de vino, la deja a un lado y le escucha con atención— Después de haber sido todo un mezquino contigo durante cuatro meses no me esperaba ni que acabáramos aquí.

Su sonrisa se torna amarga y deja de mirarla para mirar al monte Fuji. La de Beckett también. Es como si esos cuatro meses volvieran en forma de fantasmas del pasado. Ella decide que no quiere que vuelvan a aparecer.

—Ey —lleva una mano a su mejilla, empujando su rostro suavemente hasta que sus mirada se cruzan—, ya pasó, ¿vale? Olvidémoslo.

Inconscientemente, la duda también inquiere en ella. Golpea contra sus dientes, pero decide morderse la lengua y dejarlo para otro momento. Pasa su dedo pulgar por su mandíbula, con cariño y sus labios se despliegan sin ningún rastro de rencor. Él asiente, sonriendo de la misma manera.

—Y vamos a comer antes de que se enfríe todo esto. Por cierto, qué pinta tiene. Te estás luciendo, Castle.

—Por favor, ¿te esperabas menos? —pregunta, dándose aires de grandeza. Beckett le da una tregua y deja que se eche flores.

Esa noche se lo merece.


La comida estaba deliciosa.

—En serio, Castle. Has dejado el listón altísimo —él se encoge de brazos, sentándose a su lado.

—No sueles piropearme tanto. ¿Te ha sentado algo mal, Beckett? —ella arruga su nariz en un gesto de burla. Él suelta una carcajada antes eso.

—No seas tan desconfiado, anda. Pero no te malacostumbres, ¿vale?

Sus hombros se rozan por lo cerca que están. Ella se toma el privilegio desautorizado para acercarse más hacia su cuerpo, apoyando su costado sobre el del escritor. Él se mueve ligeramente para dejarle más espacio y que se acomode sobre él. Beckett lo agradece.

—¿Te encuentras mejor? —ella lo mira confusa— Lo de la pesadilla.

Ella abre la boca levemente al entenderlo. Después eleva sus hombros y ladea su cabeza.

—El baño me ha ayudado bastante, ¿sabes?

—Castle sabe —dice, presuntuoso, mientras se da unos toquecitos con el dedo índice sobre su sien—. Dejando eso a un lado, sé que estás deseando volver a soñar conmigo.

—Oh sí, Castle, me muero por hacerlo. Qué bien me conoces —replica, con falsa ironía. Él finge estar ofendido con melodramatismo.

—No seas así de cínica, por dios. Me vas a romper el corazón.

Beckett suelta una carcajada. Se relame los labios y saca a relucir mentalmente lo que meditó en la bañera. Seriedad. Estabilidad. No está segura de lo que hace, pero Castle ha dejado el listón alto y ahora es su turno.

—Lo que dije anoche —Castle escucha con interés— era verdad. Lo de que tenía miedo.

—¿Sólo en ese momento?

—Y siempre.

—Siempre ¿cuándo?

—Cada vez que tenemos un caso y soy consciente de que vas detrás de mí sin una pistola.

Castle ladea su cabeza con confusión.

—¿Después de todos estos años? —ella asiente— ¿Por qué?

Se aparta un mechón de su cara y se lo coloca detrás de su oreja, titubeando. Aparta su mirada buscando las palabras y luego vuelve a mirarle. Él la observa inquisitivo; más de lo que a ella le gustaría.

—¿Y tú qué crees? —tuerce su sonrisa— Puede que no lo manifieste como debiera, pero me importas, Castle. Me importas y bastante más de lo que dejo ver.

Él desvía inconscientemente su vista hacia sus labios. Rápidamente vuelve a sus ojos. Beckett intercepta ese gesto y percibe cómo su pecho se encoge. Toma aire y lo suelta lentamente, luego vuelve a hablar.

—Hay veces que sueño que eres tú el que recibe el disparo en el cementerio y no yo.

Él se agita con nerviosismo. Beckett lleva una mano hacia la de Castle, que descansa sobre el entarimado, tanteando su piel con inseguridad y luego cerrando la palma de su mano sobre el dorso de la de Castle. No está segura de a dónde quiere llevar esa conversación; lo único que sabe es que quiere seguir hacia delante. Y progresar.

—No te deberían haber dicho que intenté salvarte —responde, entrelazando sus dedos con los de ella, justo como la noche anterior.

—Habría dado igual —suelta Beckett. Le sonríe con acidez, Castle la escucha dudoso como si no quisiera conocer el rumbo de todo eso.

La mirada del escritor se torna consciente cuando termina de analizar el significado de lo que Beckett quiso decir, y cuando ella lo nota, cuando se le hace obvio que Castle tiene toda una visión panorámica y puede diseccionar cada una de las intenciones de todo aquello, su corazón se acelera como una bomba.

A pesar de ello, no se echa atrás. Por primera vez, decide dejar de prestar atención a su instinto de alerta, desbastado con demasiada equivocación. Decide ser sincera. Decide ser ella misma y apostar por lo que ella cree que es lo correcto.

—Castle —él traga saliva. Con solo analizar su mirada puede presenciar el debate emocional que está viviendo y no sabe si seguir con todo eso. Pero también es cosa suya, así que decide seguir—, me acuerdo de todo.

Él parece meditarlo, pero no se muestra sorprendido. Lo que Beckett había deducido superficialmente —y se había negado todas las noches— acaba tomando el protagonismo de todo aquello. Y contiene el aire cuando le ve abrir la boca:

—Lo sé —confiesa, y su corazón explota. Castle no parece decepcionado ni resignado, solo expectante. No está sorprendido, pero sí nervioso. Tanto como ella lo está.

Otra duda cobra vida entre ellos. Castle y Beckett se miran como si ambos supieran qué es lo siguiente. No están muy seguros de quién es el que lleva la batuta en todo eso, pero Beckett decide ser la que pone las cartas boca arriba en primer lugar.

—¿Por qué te fuiste? —se aventura a preguntar. Castle parece querer decirlo, pero no deja de haber un trasfondo de resignación en sus ojos.

—Reciprocidad.

—¿Por qué me has llevado aquí?

—Reciprocidad —repite.

Y la exasperación se diluye en el ambiente. Beckett aprieta el puño contra su pierna; ha enseñado sus cartas y Castle sigue tanteando eso con pies de plomo. La excesiva cautela nunca ha sido una virtud. Ella no aparta su mirada de él, con la boca entreabierta y el ceño fruncido, se imagina la cara que tendrá ahora mismo.

Y ve algo inusual en Castle. Algo excepcional en su expresión, o al menos algo que no está demasiado acostumbrada a ver. Es pánico.

Pánico hacia lo trascendental. Hacia las emociones. Nunca se había imaginado que el carácter impulsivo de Castle podría difuminarse hasta quedar reducido al temor de un niño. Esa inocencia adulta. Ese muro emocional. Beckett casi se había olvidado de que ella no era la única.

—Castle —susurra inconscientemente, como si necesitara tener su nombre llenando su boca.

Castle no deja de mirarla. Ella aprieta su mandíbula. Cuenta: uno, dos, tres. Pone la mente en blanco. Deja de pensar. Permite que el mundo vuelva a alcanzar su velocidad inicial. Avanza. Progresa. Choca contra el muro de Castle.

Y manda al carajo el intuitivo sentido humano para lo peligroso y decide establecer sus propios límites. Y se atreve a embestir con toda la caballería el muro del escritor.

Lleva su mano a su mejilla, la acaricia con una sugerente suavidad que hace que su compañero entrecierre los ojos. Su dedo pulgar se desliza hasta rozar la comisura de sus labios, y se atreve a saltar esa línea y palpar el labio inferior del escritor, mientras ella se muerde el suyo cuando lo hace. Castle parece adquirir rigidez ante la brusquedad de todo eso y lo oye musitar algo que no llega a entender.

—¿Puedo besarte? —suelta, en un sonido suave, casi rozando el susurro, pero firme como si fuera lo más verídico que ha articulado desde que está en Japón.

El escritor abre los ojos. La observa inmóvil durante dos o tres segundos que se hacen eternos. Beckett sigue tocando sus labios, mente en blanco, expresión suplicante. Castle inspira, cierra los ojos, expulsa el aire y, cuando vuelve a mirarla, la sonríe con soberbia desafiante. Ella se muerde el labio.

—Reciprocidad —murmura.

Sus pupilas están dilatadas, sus ojos adquieren una magia inherente y esa burbuja a la que se resistía Beckett hace no demasiado es recibida como agua de mayo. Se deja envolver por aquel magnetismo, se miran durante otro rato más, intentando saborear un poco más esa restricción a la que se habían acostumbrado. Cuando esa ley física particular empieza a convertirse en una tortura, deciden despedirse de aquella barrera emocional entre ambos.

Suspiran a la vez, Beckett deja de agarrar la mano de Castle y la lleva a su otra mejilla, acercando su rostro hacia el suyo con ansiedad. Los brazos del escritor envuelven su cintura y el deseado momento se hace tangible cuando sus bocas se unen como si fuera una cálida bienvenida. Y dios, los labios de Castle son más deliciosos de lo que ella había imaginado.

El primer contacto es suave. Paso a paso, tanteando el camino con delicadeza, pero prudente impaciencia. La prudente impaciencia da paso a la desesperación y la desesperación se materializa en forma de gemidos. El estómago de la detective se calienta cuando oye los quejidos guturales del escritor cuando su lengua encuentra la suya.

Su pecho estalla. Sus bocas se separan, pero no demasiado. Sus labios se siguen rozando. La frente de Castle apoyada contra la suya y su flequillo haciéndole cosquillas. Se imaginó que debía de ser algo mágico. Se imaginó que Castle la haría soñar. Se imaginó aquel momento como algo idílico y casi celestial.

Pero eso era, imaginación. Suponer algo, hacer una hipótesis emocional. Sentirlo sobre su piel era otro nivel. Se lo imaginó adictivo, pero no necesario.

Se yergue sobre una rodilla mientras pasa la otra por encima de las piernas del escritor hasta estar a horcajadas sobre él. Cierra sus brazos alrededor de su cuello y vuelve a unir sus labios. Siente las manos de Castle presionando sobre la piel de su espalda y hundiendo sus dedos en su espina dorsal, descendiéndola como si estuviera contando las vertebras. Ella le muerde el labio. Otro gemido se escapa de la boca del escritor. Ella tiembla. Este roza su mejilla y mandíbula con sus labios y su nariz y nota como su aliento recorre su piel hasta descansar sobre su cuello. Lo siguiente es notar sus dientes mordisqueando con erótica ternura su piel. Ahora es ella la que gime.

Las manos de Castle siguen descendiendo al mismo ritmo que sus dientes y lengua pulen esa zona que va desde el cuello al hombro de la detective. Suspira, se remueve, sus uñas se clavan en los hombros de su compañero. Siente la brisa entrar por debajo de su camiseta y los dedos del escritor acariciar con tentación sus lumbares desnudos. La aprieta contra él, ella cede y gruñe cuando nota su incipiente erección frotándose lentamente contra su clítoris por debajo de sus pantalones.

Y el teórico instinto de supervivencia enciende las alarmas. Deja de hundir sus uñas en sus hombros y se tensa. Castle desciende desde su clavícula hasta la parte donde empiezan sus pechos. Ella se encoge y toma y expulsa aire frenéticamente. Separa sus brazos con esfuerzo; está tiritando.

—¿Kate? —el escritor se detiene, indagando con preocupación. Ella lo mira con pánico— Kate, ¿qué te pasa?

Beckett pone sus manos abiertas sobre su pecho, separando sus cuerpos. Castle observa el panorama con confusión y cierto ápice de arrepentimiento en sus ojos. Su aguante psicológico desborda por algún lado, las manos del novelista abandonan la espalda para agarrarla por sus mejillas. Las acaricia, las alarmas vuelven a activarse. Ella hiperventila.

—Estás temblando. ¿Estás bien? —ella niega. Él la mira inquisitivo, pero se queda en silencio— Kate, dime algo.

—No —murmura. Se arrastra hasta dejar de estar encima de él, poniéndose en pie—. No, Castle.

—¿Qué?

—No —repite. Traga saliva y se maldice a sí misma por no ser capaz de articular más de tres palabras seguidas—. No podemos.

—Pero Kate —él también se pone en pie, alejándose un poco de ella para proporcionarle ese espacio que él considera necesitar. Ella agacha su cabeza, rompiendo el contacto visual—. Joder, al menos dime qué pasa.

Lo mira por el rabillo del ojo. Las velas le iluminan la mitad del rostro y se ondean haciendo las sombras jueguen un papel sensual en su físico. Ella traga saliva. Sus ojos han empezado a humedecerse.

Y adiós a la preparación psicológica. Adiós a las sesiones y dobles sesiones con Burke y a mirarse al espejo diciéndose a sí misma que va a un paso por delante de su atormentado pasado. Adiós a la bonita fogata con el cuaderno. Castle sigue mirándola a la expectativa de algo que justificara algo.

Su muro levanta unos cuantos ladrillos más mientras se ríe de ella. El barco vuelve a estar a la deriva. Lo que parecía una necesidad se convierte en una bomba de relojería. Ahora Beckett solo tiene ganas de vomitar.

No puede. No es valiente. No es inteligente. No es luchadora, no al mismo nivel que ella creía que era.

—Kate, por favor —la ronca voz de Castle suena a súplica. Ella nota como en su espalda empiezan a condensarse pequeñas gotas de sudor. Se lleva una mano a su frente, apartando su pelo mientras suspira.

—Es culpa mía, ¿vale? No tendría que haber empezado todo esto, pero no… —desliza su mano hasta sus ojos, quitándose las primeras lágrimas con su dedo índice. Luego inspira intentando recomponerse y sigue—: no podemos hacer esto.

—¿Por qué?

Ella no responde, pero lo sabe.

Sabe que no quiere jugar a un juego al que van a perder. Sabe que no quiere arriesgar su progreso para acabar regresando hacia la casilla de salida. Que en el momento de la verdad, surge esa clásica pregunta que ha omitido desde que llegaron a esa casa por miedo a no querer saber la respuesta. Que hoy es en Japón y es como un sueño, pero mañana será en Nueva York, la dura realidad.

No sobrevives en la jungla de asfalto cuando tienes demasiados secretos.

En la vida real no se deshacen los hechos. Y no puede; no sabe cómo cargar con ese tipo de responsabilidad cuando nunca lo ha hecho. No en el plano emocional.

—Lo siento —se limita a responder.

Se muerde la lengua, mirándole intensamente antes de darse la vuelta. Parece negar con la cabeza lentamente, con la respiración contenida y los nervios a flor de piel. Y sus ojos. Se hunde levemente en ese misticismo y surge una telepatía innecesaria para ella.

La detective traga saliva y deja de mirarle. Se da la vuelta, dirigiéndose hacia el interior de la casa. A punto de atravesar el umbral de la puerta y con un pie prácticamente dentro, Castle le agarra la muñeca.

—Kate, quédate conmigo.

Se ve a ella y a Castle con esa expresión y se recordaron al día en que él apareció por comisaria. Sus dedos enroscados alrededor de su muñeca, rozando la palma de su mano. Él castigándose por algo que hizo en algún momento, con sus ojos clavados sobre los suyos y ella a punto del colapso emocional.

Se queda inmóvil. Los labios de Castle tiemblan cuando se entreabren para decirle algo e incluso parece que titubea, pero acaba recuperando el impulso necesario para eso y le susurra:

—No me dejes. No te vayas.

Y se vio tumbada en el césped del cementerio. Y a la mierda todo, piensa, ese día está destinado al desequilibrio desde que el sol decidió colarse por el horizonte.

Beckett sigue en su posición, debatiéndose entre pasar el pie izquierdo, cruzar la línea y dejar la magnífica oportunidad de coronarse y terminar de subir el último escalón en la superación personal, y así haber quemado ese cuaderno —precioso, por cierto— no habría sido en vano. Y la leve contaminación echada al medio ambiente, tampoco. Y este mal trago solo sería algo anecdótico, no permanente.

Su pie izquierdo tiembla como si quisiera levantarse y dejar el anticipado calvario. Los dedos de Castle siguen rozando su piel. Un pie fuera, otro dentro. Lo malo conocido. Lo bueno por conocer.

Castle vuelve a abrir la boca.

—Kate, confía en mí. Por favor.

Mira su pie izquierdo. Está casi de puntillas, en tensión y perdiendo fuerza. Sus rodillas parecen hechas de mantequilla. Luego mira a Castle, esporádicamente y con la mayor brevedad con la que es capaz de actuar. Y en esos dos segundos, ese leve contacto visual hace que su mundo se vuelva del revés.

Miedo, angustia, soledad, necesidad… ¿esperanza? No sabe qué ha visto, pero cuando vuelve a mirar su pie izquierdo este empieza a temblar menos, y Beckett no sabe si reír y llorar.


Actualidad

—Y ahí fue donde empezó todo —murmura la detective, balanceándose sobre el columpio.

Ve a Castle asentir, mirando sus pies mientras juega con sus dedos. No se le ve incómodo. No se le ve nervioso. Solo se le ve desorientado. Inseguro. Y se pregunta si ninguno de los dos necesitará una brújula emocional o algo para combatir eso.

Mira su café. El vaso ya está frío y ni siquiera ha acabado de bebérselo. Genial, Castle ha tirado su dinero a la basura. Ella resopla, con resignación.

—O bueno, no —replica Castle, dejando de mirar hacia abajo para mirarla a ella—. Empezó cuando decidiste venir conmigo a Japón.

—Tú ya me entiendes —dice, poniendo los ojos en blanco. Ambos sueltan una carcajada y Beckett se lo refuta a sí misma—. Bueno, no. Realmente empezó cuando apareciste en comisaría.

—No, empezó cuando me fui —corrige, ella se calla.

Castle sonríe con amargura, mirando a ninguna parte en concreto. Ella se sigue balanceando. La nieve cae y se imagina su pelo tan blanco como el de Castle. Si no sale de ahí con una neumonía, debería dedicarse a predicar la palabra del señor.

—¿Te puedo preguntar algo? —Beckett asiente, no muy seguro de ello, pero tampoco tiene mucho sentido dar una respuesta negativa. No ese día. No en esos columpios— ¿Por qué me besaste?

Ella sonríe de medio lado. Se pone nerviosa durante un par de segundos, pero se termina relajando con relativa facilidad. Ni siquiera se sorprende. En el día en que la mierda sale a relucir, oír algo así es sentir una pequeña caricia verbal.

—Reciprocidad —dice, sonriendo rebelada. Él la mira con los ojos entrecerrados y frunciendo los labios. Ella suelta una carcajada.

—¿En serio?

—Sí, Castle. Y eso es todo. Reciprocidad.

Él parece atar cabos en cuanto ella repite la palabra. Alza las cejas, abre la boca en forma de "o" y luego encorva su espalda, volviendo a mirar al suelo. Beckett observa su café con un interés fingido. Ni siquiera sirve para calentarle las manos. Aunque poco importa.

No es demasiado consciente en ese momento de la sensación térmica. Lo es porque echa vapor por la boca y nariz cuando respira, pero esa es la única señal natural. El resto pasa desapercibido.

El silencio se prolonga incómodamente. Ella recurre al método desesperado para romperlo.

—El café se me ha enfriado. Qué maravilla.

—¿Qué pensabas en ese momento?

—¿Perdón?

—Cuando te pedí que confiaras en mí.

Eso la pilla por sorpresa.

Sí, quizás ese momento en el que decidió dejar de ir a la comisaría fue la chispa que dio paso al fuego. Que la vida es una constante sucesión de hechos que se desencadenan uno a partir del otro. Del principio de acción y reacción. El efecto dominó hecho calendario. Primero el acto, luego la consecuencia. Y puede que el que Castle se hubiera ido sin motivo aparente de la comisaría fuera el acto.

Pero todo había empezado en el momento en que Castle le pidió que confiara en ella.

—Que ojalá no tuvieras unos ojos tan preciosos.

Él suelta una carcajada.

—¿Y ese fue tu único motivo?

—No. Claro que no. Pero en ese momento iba cuesta abajo y sin frenos. No sabía cuál echaría todo a perder; o ninguna o las dos.

—¿Y ahora te arrepientes?

Ella se rasca la nuca. Vacila un poco antes de contestar, pero están sobre los columpios —sus columpios— y es el día en el que van a alcanzar la Meca y tienen que estar libre de pecado. Así que ella da el primer paso.

—Si te soy sincera, no —gesticula una "u" invertida con sus labios, indiferente—. Puede que en ese momento lo hiciera. Pero ahora no. Y la verdad, creo que nunca lo haré.

—Nunca son palabras mayores —ella se encoge de hombros, sin inmutarse—. De todos modos, me alegro. Pensaba que era el único.

Se miran como si estuvieran bromeando. Como si jugar con fuego no fuera tan peligroso, pero la mirada se torna solemne al cabo de poco y ambos parecen echar de menos algo. La nostalgia se diluye en el ambiente y suspiran a la vez.

—Solo que en ese momento tampoco me arrepentí. Nunca lo he hecho. Ni lo haré —confiesa Castle.

—Nunca son palabras mayores —Beckett le imita tras tragar saliva. Él tuerce su sonrisa.

—Lo sé.


Cuando vuelve a mirar a Castle, lo hace por más de dos segundos. A los cinco segundos, siente que su pie derecho retrocede solo. Y su pie izquierdo deja de temblar, quedándose inmóvil donde estaba.


N/A: sí, he cambiado el ratign a T porque me parecía bastante apropiado xdd. Y el futón? Es a lo que yo llamaba saco de dormir xddddd. No es un saco de polideportivo como tal, es la típica cama tradicional japonesa. Que es como un saco de dormir, vamos, pero más en plan cama. Buscando en imagenes por si queréis despejad la duda de cómo es :P

Bueno, muchas gracias por leer! *_* (sisi, vale, no me mateis, pleeeeeease, se que he sido muy putasa con ese final pero relaaaaaax! ;) queda bastante de historia todavia). Y como ya dije antes: si este capi es un poco más fumable es porque tengo a dos betas maravillsosos :). Agradecimientos a ellos tambien!