Notas iniciales: Niñas, seré breve.
1° Les quiero agradecer el amor que le dan al fic, mil corazoncitos geis ❤️
2° Este capítulo es muy intenso. Aviso que tiene escenas fuertes, de antemano lo siento si les rompo el kokoro. Les recomiendo tener pañuelos cerca.
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Capítulo 10: ¿Alguien oirá mi plegaria?
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¿Qué día sería?, ¿lunes o sábado?, ¿qué fecha?, ¿primera semana o quincena? No tenía importancia, el tiempo dejó de tener valor desde que despertó. Lo único que sabía era la hora, pues todo el día estaba encendido el televisor en un canal exclusivo de noticias. Hace tiempo que no sentía la diferencia entre el día y noche, ya que la ampolleta que iluminaba su nuevo "hogar" estaba encendida todo el día.
Todos los días iniciaban igual, despertaba cuando escuchaba el crujir de las escaleras de madera. Hace demasiado tiempo que no descansaba bien, así que cada vez que despertaba se sentía más cansado que el día anterior.
–¡Buenos días! –le gritó directamente en los oídos, él intentó apartarse dentro de lo que su estado permitía–. Ya empezó un nuevo día, flacucho.
Le costaba ver, le habían quitado los lentes desde que lo dejaron ahí, así que reconocía las personas por la voz. La grave siempre bajaba a despertarlo. Abrió la boca y extendió el cuello. Ella sonrió mientras sostenía un vaso de leche.
–No, no. Tienes que levantarte. No me dan ganas de agacharme hoy.
Estaba esposado a un poste por una mano, sus piernas estaban libres. Intentó levantarse dándose impulso con las piernas, pero estaba tan fatigado que no resistió.
–Eres un inútil bueno para nada –le lanzó el vaso de leche en la cara, el chico intentó lamer lo más que pudiera, ella le propinó una fuerte cachetada–. Qué patético, pareces un animalito. No eres capaz de mover tus piernas inútiles para comer, ¿qué te vio el grandioso Viktor Nikiforov para perder el tiempo contigo?
Y ahí iba todo de nuevo, como siempre.
La chica comenzó a golpearlo, con lo que pillara cerca. Usaba sus manos, un palo, herramientas de construcción, sogas, lo que fuese. Ese día decidió golpearlo con sus puños, para luego cambiar de herramienta, rompiendo el vaso y así, usando un pedazo de vidrio, empezó a generarle cortes en las piernas.
–Agghh, no, no, aaggh, itai.
Ella sonreía, esos quejidos y gimoteos de dolor eran música para sus oídos. El chico empezó a llorar del dolor.
–Por inútil te mereces esto, piernas inútiles, sin gracia –le propinó diez profundos cortes y al final le sujetó la mandíbula–. Mírate, qué patético, llorando por un par de rasmillones. Me haces enojar. Te daré razones para llorar –dicho eso tomó una fusta que guardaba cerca y comenzó a golpearlo en las piernas con ella, como un látigo.
–Basta… me duele… no más… –estaba tan fatigado que ni fuerzas para gritar tenía.
Ella se quedaba un rato, hasta que se aburría, luego se iba y él se quedaba solo, gimoteando de dolor.
Quería morir...
No tenía ninguna esperanza. Cuando recién lo secuestraron gritó hasta quedar afónico, gritó tres días seguidos, pero nadie acudió en su rescate. Intentó zafarse de las esposas hasta que se rasmilló toda su piel. Tiempo después, en la televisión salía que él mismo había sido encontrado muerto.
Recordaba ese momento. La chica lo estaba torturando quemándole la piel con cigarrillos cuando dieron la noticia.
–Oh, mira, eres famoso. Te encontraron muerto –rio divertida–. ¿Todavía quieres gritar?
–Por favor, déjame ya –como respuesta, ella le enterró con energía el cigarro en el estómago y no lo quitó de ahí, generándole un dolor indescriptible al japonés.
–¡Le quitaste a Rusia su leyenda viviente! ¡Pagarás caro! –le reprochaba en medio de los gritos del japonés. Al terminar de hablar retiró el cigarro, sintiéndose orgullosa de su obra de arte.
El chico lloraba a mares y se retorcía del dolor.
–Por favor, déjame, me duele mucho, basta.
–Eso, suplica, ruega, implora –sonreía maliciosamente, rozaba su labio con su colmillo, gozando el momento. Prendió otro cigarrillo y volvió a enterrárselo en la piel. Ella reía en medio de los gritos de su secuestrado–. Esto es mejor de lo que pensaba, lo pasaremos muy bien nosotros dos.
...
Sin embargo, la vez que realmente se enojó, fue cuando salió la noticia de que tomaron detenido a Viktor como responsable de su muerte. Bajó enojadísima y descargó toda su rabia contra él, dejándole feos moretones en sus piernas por las patadas que le propinó. Del dolor, Yuuri llegó a pensar que le había fracturado algún hueso.
–¡Maldito desgraciado! ¡¿Estás contento ya?! ¡¿Por qué siempre dañas a Viktor?! ¡Maldito bastardo hijo de la gran puta! ¡Eres lo peor que ha pisado esta maldita tierra!
–¡Basta! ¡Por favor! ¡Mátame ya! –le suplicaba en medio de las fuertes patadas.
–¿Tan fácil? ¿Acaso crees que todo es tan fácil? ¡No, hijo de la reverenda puta! ¡Vas a sufrir todo lo que está sufriendo Viktor!
–¡Mátame! ¡Mátame por favor! ¡No aguanto más!
–Ok, ¿eso quieres? –dejó de golpearlo y comenzó a arremangarse las mangas. Yuuri comenzó a temblar del miedo, ¿qué le haría esa loca desquiciada?
Ella se acercó a él y rápidamente colocó sus manos en su garganta. Apretó con fuerza a la vez que lo miraba fijamente a los ojos, enterrándole los dedos en su blanca piel. Yuuri comenzó a desesperarse al sentir cómo se le cortaba el aire, especialmente porque seguía esposado al fierro, no tenía forma de apartar las manos de la secuestradora de su piel. Movía su cabeza con fuerza, buscando así aflojar las manos de la chica, pero ella hacía más presión. Sus gimoteos y los sonidos de sus desesperados intentos por respirar se oían por todo el cuarto. La chica lo miraba divertida, sin embargo, en sus ojos se veía como ardía en ira.
–¿Acaso no era esto lo que querías? –le sonreía inocentemente, sin quitarle la vista de encima–. ¿Ves lo piadosa que soy?
La mirada de Yuuri se fue apagando, sentía que su mirada se nublaba a la vez que varios recuerdos llegaron a su mente. Comenzó a llorar al recordar sus experiencias en el patinaje, aquel hermoso deporte que lo había conducido a esta horrible situación.
Cuando sus labios estaban azulosos, ella lo soltó con brusquedad.
–¡Aaaah! –tomó una gran bocanada de aire para luego toser compulsivamente.
–Ahora dime, ¿qué prefieres? –le preguntó tomándolo con brusquedad de su mentón. Sus ojos llorosos dificultaban más la visión, seguía tosiendo y respirando agitadamente.
–D-déjame ir –susurró como pudo, ella tomó con fuerza la mandíbula y estrelló la cabeza del chico contra el fierro que había en su espalda.
Yuuri perdió el conocimiento por el impacto.
...
Cuando despertó, notó una silueta a la distancia, algo llevaba en las manos.
–No más… no más –susurró apenas mientras negaba con la cabeza.
–Abre la boca, te vengo a dar leche –era una voz un poco más aguda y cantarina, ahí supo que estaba con la otra chica. Ella observaba las torturas o le daba de comer. Él obedeció y sintió el frío vidrio tocando sus labios, ella le ayudó a beberse todo el vaso
–Gracias –siempre le agradecía esas pequeñas acciones, pero esta vez ella le respondió con un golpe en la nariz.
Se quejó de dolor al recibir el impacto, sintió como la sangre corría por sus labios.
–Por tu culpa Viktor está detenido por algo que no hizo, ni siquiera deberíamos darte comida.
Yuuri la miró entristecido, cerró los ojos por la molestia en su nariz.
–Por tu culpa irá a la cárcel, por tu culpa tendrá que dejar el patinaje, por tu culpa ningún ruso podrá ir a la copa NHK, y lo más probable es que Rusia quedará afuera de los juegos olímpicos de Tokio. Todo por tu jodida culpa.
–Y-yo no quería –susurró en medio de los sollozos.
–A nadie le importa lo que tú querías o no, nunca debiste venir a Rusia, nunca debiste elegir a Viktor como tu entrenador. Debiste pensar un poco más.
–Y-yo no…
–¡Cállate! ¿Acaso crees que me importa lo que piensas? –la chica miraba con frialdad las lágrimas del japonés, mientras su sangre escurría por su cara y manchaba su ropa–. Le hubieras evitado todo esto a tanta gente, pero sólo pensaste en ti, egoísta.
–L-lo siento... –gimoteó en medio de sus sollozos.
–Te mereces todo esto y más, basura.
Ella lo miró con enojo y se retiró del lugar. Yuuri intentó acomodarse lo más que pudo, intentando refugiarse de todo lo que le sucedía. Recordó las veces que Viktor se preocupó, no fue la mejor manera claro está, pero entendió que él veía que esto podía suceder.
–Perdóname, perdóname Viktor –lloraba amargamente, sufriendo al imaginar que la persona que más amaba estaba encerrado en la cárcel por un crimen que nunca cometió, sin poder competir, quedando pésimo delante de toda Rusia y todo el mundo–. Viktor… ojalá te saquen de ahí luego… ojalá alguien me encuentre… Viktor… Viktor…
...
Cuando anunciaron que su caso se cerraría entendió que de esa casa jamás saldría con vida. Pensó tantas veces en sus padres, su hermana, sus amigos, el amor de su vida. Lo había perdido todo.
La angustia era tan fuerte que pensó varias veces en suicidarse, pero no tenía los medios para hacerlo. A medida que pasaron los meses su mente se fue desconectando de su cuerpo, sintiéndose como un verdadero muñeco de trapo. A veces no distinguía cuando dormía y cuando estaba despierto, a veces ni siquiera sentía su cuerpo, solo sabía que existía cuando la rusa lo maltrataba. Rogaba internamente que un día lo matara, para poder finalmente descansar de tanto dolor.
Al mediodía de este día volvió a bajar la voz grave, reconocía los pasos. La torturadora bajaba marcando un paso rítmico, en cambio la aguda cantarina bajaba sincrónicamente un pie y luego el otro, suavemente.
–Abre la boca –obedeció rápidamente y sintió algo muy dulce y blando en su lengua, era flan de chocolate–. Si te mueres de hambre sería terrible–. Murmuró con desgano, él sabía que ella quería matarlo, pero suponía que la otra no lo dejaba. Cuando terminó de darle de comer le soltó la esposa.
Como estaba tan debilitado y por el roce se le lastimaba la piel, solo le amarraban un brazo.
–Agghhh –se quejó profundamente, tanto así que sintió su garganta rajarse. La chica estaba curándole las heridas con alcohol.
–¿Acaso quieres povidona? Agradece que te curo. Por mí que te corten la mano o que se te infecte.
Unas odiosas lágrimas cayeron por su rostro, la miró totalmente apaleado.
–¿Por qué haces esto? –le preguntó en un susurro, se cansaba hasta de hablar por las pocas calorías que ingería.
–Porque te odio, el patinaje de Viktor era lo único que me sostenía y tú arruinaste todo.
–L-lo siento –se disculpó a la vez que lloraba–. L-lo siento –ella le pegó una fuerte cachetada.
–Me das asco, agradece que no te mato, porque por mí te clavaría un cuchillo aquí –tocó su hundido estómago–. Y rajaría cada una de las paredes –mientras hablaba movía el dedo para todos lados–. Cada una.
Él se retorcía para intentar apartarse de ella, pero estaba tan débil que no podía.
–Me imagino sosteniendo tu sangre en mis manos, escurriendo como agua. Me imagino ver cómo la luz de tus ojos se apaga mientras mueres poco a poco, no sabes cómo lo anhe…
–¡Lya! ¡Lya!
Escuchó que la llamaban del piso de arriba.
–¡Estoy ocupada!
–¡Ven rápido!– Tatiana jamás la llamaba por nada.
–¿Qué quieres? –dejó todo tirado y subió las escaleras con desgano para llegar al primer piso.
Yuuri miró las escaleras del sótano con la mirada perdida, movió su mano derecha, ahora libre, tratando de sentir el movimiento. Llevaba una semana esposado en esa mano, la sentía tan entumida. De pronto un ruido sordo llamó su atención, habían cerrado la puerta, todo quedó en silencio.
–¿Salieron… las dos? –se preguntó extrañado. Miró sus manos, libres de las esposas. Al desarrollar ese pensamiento una idea surgió en su cabeza.
Escapar.
...
–¿Estás seguro que es por aquí? –preguntó Otabek cuando llegaron a los suburbios de la periferia. Se fueron en la moto del kazajo y el ruso, al ser el más pequeñito, se fue al medio.
–Woaaa, hace tiempo que no andaba en moto –exclamó emocionado el tailandés bajándose de la motocicleta.
–Shhhhh –lo hizo callar el ruso, quién tenía el pulso a mil por hora, al imaginar que moriría aplastado y se caerían de la moto por ser tantos–. Sí, es por aquí.
Los otros se bajaron de la moto. Otabek empujaba la motocicleta para no hacer ruido cuando entraron a la calle, Yuri miraba Google Maps para ubicarse y Phichit leía los números de las casas.
–Esa es –Phichit señaló una casa de dos pisos de color rojo, afuera estaba estacionado el auto plateado.
–¿Cómo la encontraste antes que yo? –se quejó el ruso aun sosteniendo su teléfono con la aplicación de Google Maps abierta.
Pasaron lo más disimuladamente posible, buscando algún punto para esconderse por si veían a alguna de las dos chicas. Se escondieron detrás de un tacho de la basura y la motocicleta.
–Pongan en silencio los teléfonos –murmuró Otabek, los chicos le hicieron caso.
–Tengo una extraña sensación –susurró el tailandés mientras se frotaba los brazos.
–¿Por qué hablamos bajito si estamos a dos casas? –preguntó el ruso.
–Shhhhh –lo hicieron callar al unísono.
Se quedaron un rato mirando.
–¿Cuánto rato tendremos que quedarnos aquí? Esto apesta –preguntó Yuri cubriéndose la nariz.
–Esto no es una película o un cuento –le respondió Phichit–. La loca no saldrá pronto.
–Ya lo sé, idiota –murmuró molesto el ruso.
Pasaban los minutos y nada, estuvieron cuarenta minutos esperando.
–Yo no podría ser stalker –mencionó el ruso.
–Shhhhh.
–¡Ya páren…! –exclamó cabreado, Otabek le tapó la boca para que dejara de meter tanto ruido. Phichit miró a los costados, ya veía que salía alguien o que llamaban a la policía.
–Hey, hey –le pegó codazos a los hablantes de ruso. Otabek y Yuri miraron hacia donde apuntaba el tailandés. Venía una muchacha castaña de cabello largo ondulado por la vereda del frente.
–Ella conducía –susurró el menor. A los tres se les detuvo el corazón.
–Ella es Tatiana entonces –pensó Phichit al verla–. Tan bonita y tan siniestra.
La siguieron con la mirada hasta que ella entró a la casa roja.
–¿Cómo podremos saber si tienen a Yuuri ahí? –preguntó Phichit todavía escondido tras el basurero.
–Tiene que venir la policía –comentó Otabek, el ruso lo miró despectivamente.
–¿Esa manga de inútiles? Deberíamos entrar y sacarlo nosotros –indicó el ruso, saliendo de su escondite. Los dos salieron detrás de él.
–¿Estás loco? Nos van a meter preso –Phichit intentó detenerlo pero el ruso se zafó de un tirón.
–¿Y si el cerdo está ahí y nosotros aquí discutiendo?
–¿Y si no está ahí? –preguntó Otabek.
–No digas esas cosas –espetó aterrado el pequeño ruso, a Phichit se le detuvo el corazón al imaginar esa posibilidad.
–Yuri –habló calmadamente el tailandés–. ¿No escuchaste nada cuando te secuestraron?
–¿Qué iba a oír? Solo quería salir de ese jodido auto –espetó molesto, sin querer demostrar que estaba aterrado ese día.
–¡¿Hey?! ¿Qué hacen aquí? –exclamó Tatiana. Los tres patinadores vieron a las dos chicas con miradas molestas, recién notaron que estaban en medio de la calle. A Phichit se le heló la sangre al ver que la rubia que estaba ahí era igual a la niña con la que habló de hamsters.
–¿M-me siguió? –pensó asustado–. Mierda, sabe quién soy perfectamente y donde vivo... ¡Oh, Dios! Menos mal que no le ha pasado nada malo a Mila.
–Quedamos en pana –Otabek apuntó la motocicleta mientras hablaba en ruso–. ¿Tienen un poco de bencina o no?
–No –espetó Tatiana–. Váyanse antes de que llame a la policía.
–Ok, nos vamos –mencionó el kazajo de lo más normal, intentando no alterar a las chicas ni causar más extrañeza en el barrio.
...
Con mucho esfuerzo logró pararse, pero por la fatiga cayó de rodillas al suelo.
–Vamos cuerpo, solo un poco de esfuerzo.
Volvió a levantarse y trató de caminar hacia las escaleras afirmándose de la pared, pero tropezó a mitad del camino. Intentó levantarse, sin embargo terminó gateando hasta las escaleras, subiéndolas de la misma forma, de manera muy lenta porque su cuerpo no le permitía más.
–Vamos, un poco más.
Levantó con mucho esfuerzo la puerta del sótano, la cual estaba entreabierta, y vio un pasillo al frente suyo. La luz lo cegó, dificultándole la vista. Parpadeó muchas veces, a la derecha estaba la puerta principal.
–Ahora o nunca.
Con ayuda de la pared se levantó y apoyándose en ella caminó lentamente hasta la salida. Hasta que…
–Creo que ya se fueron –la voz de la rubia paralizó sus entrañas. Miró a la izquierda y vio un armario. Rápidamente corrió la puerta corrediza y entró en él, segundos después entraron sus secuestradoras a la casa. Se llevó ambas manos a su boca para que no oyeran sus jadeos de cansancio y nerviosismo.
–No entiendo… ¿qué hacía Yuri Plisetsky afuera de nuestra casa?
Yuuri abrió los ojos al oír el nombre de su amigo, entendió gran parte de la frase. De algo que sirviera oír ruso todos los días y los meses que aprendió con Viktor.
–Yurio está afuera.
Su corazón se paralizó, ¿qué debía hacer?, ¿esperar que las chicas se fueran del pasillo?, ¿gritar con todas sus fuerzas para que Yuri lo escuchara? ¿Lo escuchará? Maldición, todos pensaban que él estaba muerto.
–Ese chino odioso tiene la culpa. No puedo creer que hayan llegado hasta nuestra casa, ese imbécil se las verá conmigo.
–Lya no hagas ninguna estupidez –escuchó cerca de él. Yuuri sentía como se estaba enterrando las uñas en sus mejillas del puro nerviosismo. No entendía mucho de lo que hablaban, algunas palabras sueltas fuera de contexto. Solo quería que se alejaran y poder escapar antes de que Yuri se fuera.
–¡Estoy harta! ¿Entiendes? ¡Harta! Lo voy a matar cuando menos se lo espere, al inútil también.
–Si haces eso nos van a descubrir.
–Los tiramos al lago, listo, y nos mudamos a Moscú. Al ruso ese jamás supieron quién lo mató.
–Cálmate, ¿ya? Tengo que ir a dejar unos pedidos, por favor no hagas nada estúpido, ¿ok? –la rubia la miró molesta, la castaña la miraba decidida–. ¿Entiendes?
–¡Sí! ¡Entiendo! ¡Déjate de joder!
–¿Qué estarán diciendo? Váyanse luego. Yurio por favor, quédate cerca.
–Bien, nada estúpido.
–Ya entendí, agh, voy a terminar mi tarea con el flacucho –sintió como se le heló la sangre al oír que se referían a él. Ya reconocía su "cariñoso" apodo, por lo que la chica bajaría y al no verlo, definitivamente lo mataría.
Escuchó la puerta cerrarse y luego los pasos de la chica perderse, había bajado las escaleras. Era ahora o nunca.
Salió rápidamente del armario y se abalanzó contra la puerta, sin embargo estaba cerrada. Maldición, no, no…
–¡¿Dónde estás flacuchento?! –escuchó el grito en el inglés acentuado de la chica rubia. Con desesperación empezó a buscar alguna llave para poder abrir la puerta, pero estaba tan nervioso, ciego y fatigado que no podía tomar ninguna llave.
–¡Yurioooooooo! ¡Yuriooooooooo! –comenzó a gritar lo más alto que pudiera, rogando que el ruso siguiera cerca, o sino… –¡Yuri…..! –no pudo seguir porque la chica le tapó la boca.
–¡Cállate! –con una mano le tapaba la boca y con la otra lo sujetó del estómago. No se rendiría.
–¡Yuriooooooo! –la chica le metió dos dedos dentro de la boca para intentar ahogarlo.
–¡Qué te cal… ahggg! –se quejó por la fuerte mordida que le propinó el japonés.
El chico intentó acercarse lo más posible a la puerta, mientras Valeriya seguía arrastrándolo hacia el sótano. La garganta le dolía, tanto por los gritos como por los intentos de la rusa de asfixiarlo.
–¡Yurioooooo! ¡Ayudaaaaa! ¡Ayudaaaaaa! ¡Ayu….! –de pronto todo se volvió nubloso y daba vuelvas, sintió como su cabeza rebotaba en el suelo, quedando de medio lado, mirando borrosamente la imagen de la rusa con un florero quebrado en su mano.
–Este es tu fin, flacucho, por fin estamos solos –la imagen empezó a difuminarse y a volverse opaca, hasta que todo se fue a negro.
Quedó inconsciente, esperando la muerte.
...
Se habían apartado un poco de la casa para simular que se iban, pero luego de que la castaña cerrara la puerta Yuri sujetó a los dos chicos para que no se apartaran. Se escondieron detrás de unos árboles para discutir que harían.
–No es una buena idea –murmuró Otabek al oír la descabellada idea del tailandés de tratar de entrar por el patio trasero.
–¿Y qué hacemos? ¿Nos vamos? ¿Traemos refuerzos? –le preguntaba el surasiático desesperado.
–¿Y si Yuuri no está ahí? –Phichit lo miró con pánico.
–No digas eso –se llevó ambas manos a su cabeza.
–Mejor vamos y pensemos un mejor plan, antes de que alguien llame a la policía y nos deporten.
Por alguna razón, el ruso estaba muy atento al ambiente, tenía la extraña sensación de quedarse callado y prestar atención a cualquier ruido. Los chicos discutían cual sería el plan, ya que apenas el tailandés llegó se fueron sin pensar ninguna estrategia, cuando el ruso creyó escuchar su odiado apodo "Yurio". Se paralizó al instante, mientras Otabek y Phichit seguían hablando. Ellos notaron eso.
–¿Yuri, qué pasa? –le preguntó el tailandés.
–¿Oyen eso? –señaló a sus espaldas. Los chicos prestaron atención. Phichit negó.
–No, ¿qué escuchas?
–Parece un grito –comentó Otabek. Yurio volvió hacia la casa de las rusas–. Yura ven –lo llamó preocupado siguiéndolo.
–¡Yurioooooo! –no era fuerte, solo alguien que conocía la palabra podría haberse percatado.
–¡El cerdo! –y en ese momento escucharon claramente la voz de Yuuri pidiendo ayuda.
Los tres corrieron hacia la casa roja. Yuri intentó abrir la puerta jalando de la perilla, pero estaba cerrada. Otabek lo apartó. Dejaron de escuchar la voz, la cual fue reemplazada por un golpe seco.
–¡Ey! ¡Corret…!
Pero en ese momento el kazajo comenzó a propinarle fuertes patadas a la puerta. Phichit, impactado por lo que ocurría, estaba estático. Yuri también comenzó a darle patadas a la puerta hasta que cedió. Lo primero que vieron fue a la rusa con una pistola y con una mirada completamente enloquecida.
...
Luego de noquearlo con el florero, Valeriya fue a buscar la pistola que tenía Tatiana como protección en el cajón del mueble de arrimo que estaba en el pasillo. Estaba aburrida de tanta mierda con él, lo mataría a balazos en el sótano cuando despertara y se terminaría todo, por fin todo terminaría.
Pero de pronto, la puerta sonó fuertemente, como si alguien estuviera pateándola. Cargó el arma y se colocó en posición rígida, dispuesta a cualquier cosa.
La puerta cedió ante los golpes y lo primero que vio la rusa fue al joven patinador kazajo. No se cohibió ante su presencia, pero sí al notar que detrás de él estaban los otros dos patinadores.
–¡Yuuri! –gritaron a la vez Phichit y Yuri al ver al japonés tirado en el suelo, con los ojos cerrados y con la cabeza sangrante.
–¡No se acerquen o disparo! –amenazó Valeriya apuntándolos con el arma con nerviosismo–. Sí, ¿me oyen? Cualquier movimiento y lo mato –apuntó al japonés.
Los tres levantaron sus manos, el kazajo mantenía su postura estoica, mientras Yuri y Phichit temblaban de miedo. Yuri intentaba esconderlo, pero no quería decir nada, tenía miedo de que esa loca de patio les hiciera algo.
El kazajo, aun manteniendo los brazos arriba y su postura imperturbable, caminó a paso seguro hacia la rusa.
–¡Aléjate! –le gritó en inglés.
–No tienes que gritar –le mencionó en ruso, dejando de caminar.
–Das otro paso y te disparo –le apuntó directamente–. Y lo mato a él –apuntó al japonés.
–Tranquila –dio otro paso.
–¡Qué te quedes quieto! –volvió a apuntarle. Quería matarlos, pero con la puerta abierta todos los vecinos oirían los disparos, llamarían a la policía y sería catastrófico.
–Déjanos llevarnos al chico y te dejaremos tranquila.
–¡Jamás! ¡Ese infeliz no se irá nunca de aquí! –Otabek dio otro paso, se había acercado mucho a la chica–. Otro más y te mato infeliz –lo apuntó con decisión. Yuri y Phichit estaban inmóviles, asustados, especialmente Yuri, ¿qué haría si le hacían algo a su amigo?
El kazajo soltó un suspiro, bajando la mirada. Valeriya seguía apuntándolo, ¿por qué diablos su hermana no aparecía cuando más la necesitaba? Phichit soltó un gemido ahogado del miedo y Valeriya lo apuntó, en ese momento Otabek aprovechó la desconcentración y en un rápido movimiento le quitó la pistola hábilmente de las manos.
–¡Quieta! ¡Estoy armado! –le gritó con decisión. Ella levantó los brazos y sonrió siniestramente.
–Ok, anda… ¡Dispárame! Hazlo, ¿o tan solo eres un cobarde con un arma?
–Yura, llama a una ambulancia y a la policía –el pequeño ruso sacó su teléfono, todavía impactado por la valentía de su amigo, se dispuso a llamar a emergencias.
Phichit, al ver que ya no corría peligro su vida, se acercó a su amigo Yuuri para ver si reaccionaba.
–¡Yuuri! ¡Amigo reacciona! Estás a salvo ahora, estoy contigo –le sacudía suavemente el hombro, pero el japonés no reaccionaba. No quiso moverlo más, por si tenía algún daño en la cabeza. Se quedó a su lado, tomándole la muñeca, estaba preocupado al verlo inconsciente.
–Woah, qué miedo –comentó burlescamente–. La policía de aquí es lo más ineficiente que existe, capaz de cerrar un caso para no hacer más trabajo.
Otabek mantenía la pistola con firmeza, Valeriya cambió su tétrica mirada por una de sorpresa y miró hacia la puerta.
–Qué bueno que llegaste, hermana, tenemos visitas –mencionó en ruso.
Yuri y Otabek voltearon a mirar a sus espaldas, pero no había nadie. En ese momento la rusa se abalanzó sobre el kazajo para intentar quitarle la pistola, comenzando un fuerte forcejeo.
–¡Suéltalo estúpida! –gritó Yuri, quien iba a dirigirse donde su amigo para ayudarlo.
–¡Bang! –un fuerte disparo retumbó por toda la casa. Una bala loca había sido eyectada hacia el segundo piso.
–¡Suéltala! –gritó la rusa siguiendo forcejeando con el chico.
–¡Bang! –otra bala salió disparada hacia la pared derecha.
Phichit, temiendo que Yuri resultara herido, se levantó de su lugar y arrastró al hada rusa hacia la puerta, para luego tirarlo al suelo junto a Yuuri y colocarse arriba de los dos, para protegerlos.
Valeriya tenía demasiada fuerza, incluso para Otabek era difícil controlarla. La chica le pegaba patadas para intentar quitarle el arma.
–Suéltame –ordenó el ruso, zafándose del agarre del asiático, para ir donde su amigo a ayudarlo. El tailandés, temiendo que una bala loca le pegara al patinador ruso, se levantó y fue donde él.
–¡Yuri ven! –volvió a gritarle, estiró su brazo derecho para sujetarlo cuando una bala se interpuso.
La bala pegó justo en su brazo derecho.
El ruso volteó al ver al tailandés gritar por el dolor, reaccionando por fin.
–¡Cuida a Yuuri! –le gritó el rubio y fue valientemente donde su amigo para pegarle una fuerte patada a la rusa, apartándolo del kazajo.
La chica cayó al suelo por el impacto, Otabek apuntó con decisión a la chica.
Phichit, en tanto, volvió donde Yuuri. Se colocó al lado de él mientras sujetaba su brazo con su mano izquierda. Dolía horrores, vio cómo su ropa se manchaba con sangre, pero no salía tanta como pensaba, quizás no había afectado a una arteria importante.
–Tienes fuerza para ser tan bajo –espetó burlescamente la rusa mientras se levantaba, sujetándose el estómago por la fuerte patada del ruso.
–Me cansé de este juego de niños, no dejaré que lastimes más a mis amigos. Nos iremos y tú no lo impedirás –la rusa soltó una tétrica risa.
–Me gusta tu determinación –sonrió perversamente, caminando hacia atrás pero sin quitarle la vista al kazajo–. Pero, ¿por qué irse tan luego? El flacuchento estaba cómodo con nosotras –llegó a la puerta de la cocina y rápidamente estiró su brazo para alcanzar una fotografía enmarcada para lanzársela a los patinadores. Otabek se corrió para colocarse delante del cuerpo de Yuuri y, así, evitar que le impactara. La chica aprovechó la situación y corrió a la cocina para tomar un cuchillo carnicero y luego esconderse. Otabek la perdió de vista, lo cual no era nada bueno.
–¡Saquen a Katsuki de aquí! –gritó el kazajo, tomó el arma con fuerza y caminó por el pasillo, pero Yuri lo detuvo.
–¡Vámonos! –le rogó tomándolo del brazo con expresión atemorizada.
–No podemos perderla de vista, los policías tienen que arrestarla.
Phichit se levantó, sujetándose con fuerza el brazo, y se quedó confundido al ver a los chicos discutir, no sabía que hacer ahora.
Lo que no sabían, era que el primer piso de la casa era circular, por lo que ella desde la cocina caminó hasta el otro extremo de la sala, donde esperó su oportunidad. Estaba dispuesta a matarlos a todos, ella no iría presa, no pasaría su vida encerrada tras las rejas por un idiota que le arrebató lo único que la sostenía y la hacía feliz, lo único que adoraba en esta tierra. Claro que no.
Notó que el joven estaba muy distraído discutiendo con el ruso y ninguno miraba hacia el extremo dónde estaba ella. Sonrió perturbadoramente, su primer paso fue cerrar la puerta silenciosamente.
–¡Ahhh!
Los dos chicos que hablaban ruso miraron en dirección al grito ahogado del tailandés, aprisionado bajo los delgados brazos de la rusa, quién presionaba sutilmente un enorme cuchillo carnicero en la garganta del asiático.
–Suelta el arma, guapetón, ¿o quieres ver cómo le corto el cuello? –presionó levemente el afilado cuchillo en la piel morena del chico, cortándosela levemente, gotas de sangre comenzaron a recorrer la piel de su cuello llegando hasta el pecho. Phichit cerró los ojos por el dolor, sintiendo un gran ardor en la zona–. Quédate quieto –le gritoneó en inglés.
Otabek decidió hacerle caso y dejó el arma en el suelo lentamente. Yuri intentó impedírselo, pero al escuchar otro quejido del tailandés por un nuevo corte se quedó quieto.
–Cooperen, o mataré a este asiático también –hizo ese comentario al ver que el japonés no reaccionaba.
¿Qué debían hacer?
–Qué divertido, tengo a tres juguetitos nuevos. Me muero por rasgar sus entrañas y ver su sangre correr entre mis manos –sonrió perturbadoramente. Phichit cerró los ojos y contuvo la respiración, estaba realmente asustado.
–¿Qué quieres? –le preguntó el kazajo.
–Llamen a la policía y nieguen todo.
Phichit vio que su amigo seguía tirado en el suelo, sin reaccionar. Necesitaba urgente una ambulancia, atención médica, no las locuras de una rusa psicópata que le tenía sujeto el brazo derecho atrás de la espalda y el izquierdo aprisionado con el brazo que sostenía el cuchillo, que era su brazo izquierdo. Tomó aire, se tragó el dolor y se armó de valor.
Rápidamente deslizó su brazo izquierdo por debajo del brazo del cuchillo de la rusa y lo colocó sobre él, para apartar el cuchillo de su cuello. Todo fue tan rápido que la rusa no se dio cuenta cuando Phichit le agarró el brazo izquierdo y lo corrió lo suficiente como para pasar debajo del brazo de ella y zafarse del agarre, para luego empujarla hacia donde estaba el kazajo, quién en un rápido movimiento la estrelló contra el suelo, pero no alcanzó a quitarle el cuchillo. Escucharon que a lo lejos se escuchaba la sirena de la ambulancia y de la policía.
No, no podía terminar así. Maldita sea, necesitaba un plan. El kazajo aún la tenía sujeta, pero no se entregaría tan fácilmente. Usando su cabeza le pegó un cabezazo, aturdiéndolo y, rápidamente le clavó el cuchillo en el tórax.
–¡Otabek! –gritó Yuri desesperado.
–¡Policía! –escucharon la voz de los oficiales rusos a sus espaldas, quienes abrieron la puerta a patadas. Valeriya se escabulló debajo del cuerpo del patinador extranjero con gran destreza y corrió hacia la cocina. Los oficiales la siguieron velozmente.
Otabek se colocó de lado, ya que no era capaz de soportar su peso. El dolor era muy fuerte, tanto que se mareaba, miró hacia abajo y vio su pecho lleno de sangre.
–¡No! –Yuri corrió hacia su lado y vio que el cuchillo se había clavado hasta la mitad, lo cual era demasiado. Sin poder evitarlo, comenzó a llorar de la angustia–. ¡Maldita sea! ¡No te vayas!
–¡Paramédico! –gritó un joven vistiendo uniforme sanitario, atrás de él venía un compañero con la camilla. Se dirigieron hacia el kazajo pero él apuntó con lo que tenía de fuerzas al japonés, que seguía inconsciente.
–Él primero –murmuró con esfuerzo con los ojos entrecerrados.
–¡Beka! –le gritó Yuri, llamándolo por primera vez así. Otabek los abrió un poco más.
–¡Otra camilla! –gritó el paramédico que atendía a Yuuri a su compañero, quien salió a buscar el implemento.
–Mantente despierto Beka, no puedes irte.
–Yura –susurró con una leve sonrisa, levantando con dificultad su brazo hasta tocar su cabello–. Es muy sedoso, no lo cortes.
–Beka quédate, quédate conmigo –Yuri hacía todo lo posible por no desarmarse en lágrimas, pero le era imposible.
De pronto escucharon unos disparos y luego un sonido sordo. Yuuri salía en la camilla y Phichit iba a su lado, sujetándose el cuello por el corte que tenía. El paramédico le había colocado un cabestrillo para que pudiera descansar el hombro.
–Te quiero, Yura –le confesó manteniendo la sonrisa, la cual se fue apagando de a poco.
–¡No! ¡Beka no!
En ese momento sintió que alguien lo corría, era el otro paramédico colocándole un respirador artificial y preparándolo para irse al hospital.
–Por favor, ¡déjeme ir con él! –suplicó en medio de sus lágrimas, el paramédico aceptó–. No lo dejen morir, por favor, no.
–Haremos todo lo posible por salvarlo –intentó animarlo el paramédico, pero Yuri no podía tranquilizarse.
Se fue junto con el personal de salud en la ambulancia, abandonando esa horrible casa roja. Estaba la policía afuera y un grupo de periodistas, sin embargo él ignoró todo lo que sucedía a su alrededor. No escuchaba las preguntas de los reporteros, su mente estaba en blanco por el shock. Tenía ojos solo para mirar a su amigo, quien estaba conectado al reanimador manual.
–Beka… Beka…
...
Notas finales: Se me hizo muy intenso escribir este capítulo. Espero haber escrito bien las escenas para que se las hayan imaginado como yo.
Quiero aclarar algo. Originalmente Phichit iba solo a buscar a Yuuri. Después de meses de no ver el auto, él releía las notas y veía que ahí salía que sí había una persona fuera e iba a comprobar la casa de Viktor en vivo. Al comprobar su teoría, se iba donde las rusas sin avisarle a nadie. Tuve que cambiarlo a que Otabek encontraba esta pista porque Phichit jamás le pediría a alguien que lo acompañara si podía hacerlo solo, y por el hecho de ir solo, el final no era nada bonito. Por eso lo cambié. Aclaro esto porque no quiero que quede como que Phichit fue un inútil que perdió el tiempo.
Espero que les haya gustado, gracias por leer!
