Naruto y sus personajes no me pertenecen.
Recuerdos.
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Capítulo 9
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Una lágrima oculta un sentimiento. Dos lágrimas o tres transcienden en sufrimiento. Un llanto, culmina en caos.
A mis dieciocho años, mi vida fue cubierta por un manto insipiente de oscuridad. Todas las personas que más amaba me abandonaron una a una, y al final, no tenía a nadie con quién compartir un poco de mí.
Las salidas, donde gastaba bromas sin sentido junto a Naruto, terminaron. Las sonrisas amables de Itachi, fueron gestos de mal genio. El amor y la felicidad que Ino me brindaba, se esfumaron.
Me encontraba en un punto en donde deseaba no levantarme de mi cama, o abrir los ojos tan siquiera. Tenía miedo de enfrentarme a la realidad y no saber cómo actuar ante todos esos rostros que buscaban burlarse de mí.
La soledad nunca me abrigó de manera tan cruda como en ese momento. Irónico; la soledad fue mi única acompañante, me abrazaba cada noche y cada instante. La soledad se sentía… tan sola.
En lo profundo de mi ser anhelaba morir, no tenía el valor para hacer nada contra mí mismo. Involuntariamente seguía con vida, y mi vida se convirtió en una rutina ordinaria.
Caminaba todos los días hacia el instituto, de ida y regreso, cabizbajo y perdido en pensamientos que ideaban un plan en el cual pudiera sucumbir a mi existencia. Cada día tenía un nuevo método que aseguraba mi muerte de cualquier forma, pero nunca fui capaz de llevarlo a cabo.
Sakura pretendía alentarme de distintos modos, sin embargo yo siempre la ignoré, fingiendo que su voz era lejana a la distancia, hasta que ella se dio por vencida y no volvió a acercarse.
Y en poco tiempo, tuve que presentar el examen para ingresar a la universidad. Pensé que nada podría ser peor; desgraciadamente, aprobé el examen. Entré a una facultad de mierda, en una universidad todavía más apestosa. Yo no quería estudiar Economía, no quería trabajar en los negocios de Fugaku. Yo aborrecía todo eso.
Pero era mi destino. ¿Cómo luchar contra ello? No podía.
Entonces el invierno concluyó pronto. Me gradué del bachillerato y en Abril comencé una nueva rutina, que a fin de cuentas era lo mismo, pero mis pasos era dirigidos en otra dirección.
La Universidad fue rotundamente insignificante y cruel. En ese lugar existía una fuerte hegemonía, las clases sociales no valían de nada, estar allí era exactamente lo mismo para una persona pobre que para una rica; lo que te hacía destacar era tu intelecto.
Sabía que mi coeficiente no era tan bajo, que podría llegar a ser una persona más o menos brillante, quizá no un total cerebrito como muchos de los que deambulaban por ahí, pero todo me resultaba tan mórbido como para probarlo. La Universidad fue otra especie de dimensión y no terminé por adaptarme jamás a ella.
Se notaba la alegría y el entusiasmo en los rostros de los novatos, supongo que para los que llevaban años de carrera resultaba fácil identificar a los de nuevo ingreso, todos tenían esa aura refrescante y juvenil. En cambio yo, creo que podría pasar como un veterano. Ceño fruncido. Delgado por un mal hábito de alimentación. Ojeras bajo los ojos. Cansancio acumulado. De lejos parecía como si llevara cinco años estudiando.
Sí asistía a las clases, sí tomaba cada maldita hora de clase, fue porque el edificio contiguo era el de arte, que contaba con un gran salón que se usaba para los estudiantes de música. De vez en cuando me colaba para escucharlos tocar.
A veces yo llevaba mi violín y hacía vibrar las cuerdas chapadas en oro con alguna melodía que reconociera de memoria. A veces tocaba la canción que compuse para Ino.
Era inevitable no pensar en ella.
Mi violín fue lo único bueno que me ayudó un poco a no sentirme tan miserable. Así que me olvidé completamente de toda disciplina y empecé a componer canciones como loco, unas mejores que otras, otras no valían la pena. Eso desvanecía los pensamientos suicidas. Se me hallaba pues, tan distraído construyendo y tocando música que tenía poco tiempo como para preocuparme por matarme.
Y sucedió lo que yo ya imaginaba. El primer semestre duró lo mismo que un año entero, o eso me pareció. No obstante, los exámenes finales llegaron demasiado pronto.
Con la menta totalmente en blanco fue que me presenté a las pruebas. No recordaba gran cosa de las clases, ni tampoco me puse a estudiar como muchos lo hacían. Contesté a la suerte; en algunas otras materias, dejé las hojas a la mitad sin responder.
Reprobé cuatro asignaturas en total. En las vacaciones de verano se abrieron un tipo curso especial con el objetivo de preparar a los estudiantes y reproducir los exámenes extraordinarios, como un derecho a una segunda oportunidad para quienes se encontraban igual que yo. Sin embargo, yo no tenía ninguna intención de asistir, ni de volver a hacer las estúpidas pruebas.
El resultado sería el mismo. No me iba a poner a estudiar de todos modos.
Mas pasé por alto la astucia de Fugaku. Una vez más, me demostró que vigilaba mis pasos. Se enteró de mi lamentable desempeño en la Universidad, y quiso reprenderme.
Observé a Fugaku sentado al frente del comedor. Tenía una botella de vodka a lado y un vaso pequeño donde se servía grandes sorbos. Apestaba a alcohol, e incluso de lejos se le veía borracho.
—Ven, hijo. Siéntate —formó un ademán con la mano para indicar que me aproximara. Su voz se escuchó turbia—. ¿Un trago?
Negué y él carcajeó. Luego chasqueó la lengua, empinándome la botella a la cara.
—Anda, bebe.
Sentí el aroma en la punta de mi nariz y un respingo me caló. Se me crisparon las manos.
—¿Sucede algo, padre? —le pregunté mientras sostenía el envase, titubeando sobre si tomar o no.
Él gruñó.
Bajo presión, me decidí a darle una pequeña bocanada. Sentí la sustancia pastosa arder en mi garganta, quemándome como fuego y cerrándola. La piel se me enchinó y mis ojos se nublaron un poco.
Comencé a toser con fuerza, por medio del sabor amargo todavía. Era espantoso, no entendía cómo es que él podía beberlo como si fuese agua. Aparté la botella y Fugaku rió extasiado.
—Tks. Pasa que me voy a morir y ninguno de mis hijos quiere tomarse un trago conmigo.
De una sola estocada, ingirió todo el líquido de su vaso.
—¿Morir?
Él se palmeó el pecho, justo en el corazón.
—Estoy enfermo —se volvió a servir—. Me moriré.
Bajé la cabeza sin saber qué decir exactamente. Cualquier cosa que dijera para tratar de alentarlo sería falsa.
Él me miró de soslayo y tomó de nuevo.
—Me haría muy feliz verte terminando la universidad, con un traje elegante y dirigiendo la empresa con tu hermano.
Mi espalda se tensó solamente al escuchar sus palabras. Decirle que pensaba abandonar la Universidad era invitarlo a que me golpeará. Muy arriesgado.
Tragué saliva, esperando disolver los estragos del alcohol en mi boca.
—Sé que reprobaste —levantó su mano y revolvió mis cabellos—. No te preocupes, sólo tienes que repetir los exámenes y ya.
Los segundos se oían en el reloj del pasillo. Los dos inmersos a oscuras con la tenue luz de las llamas en la chimenea, bajo un ambiente deprimente.
—No voy a hacerlos —aclaré.
Mi padre apretó con fuerza el vaso, llegué a creer que el vidrio estallaría en sus manos, pero no fue así. Arrugó la frente y juntó sus cejas, mirándome con inmensa frialdad.
—Te han visto mezclándote con los musiquillos.
Estiré la cabeza para hacerle frente. Había desprecio en la mirada de mi padre; me fue imposible reprimir mi molestia. Al igual que él, fruncí el ceño.
—Sólo los escucho tocar.
—Es intolerable —habló con dificultad, escupiendo gotas de saliva que llegaron a salpicar en mis dedos—. Tú lugar no es con esos muertos de hambre.
—Hmp.
Arremetí contra mi propio puño, evitando perder la calma, pero confrontando firmemente a sus ojos.
—Nunca debí dejar que escogieras tú la Universidad —las palabras salían cortadas, como si la lengua se le hubiera hecho nudo. Quizá porque estaba muy ebrio—. Te trasladaré a una escuela especial, así te olvidas de esas tonterías de la música.
Abrí mis ojos, apretando con más fuerza los nudillos a mis manos.
—No. Yo no quiero…
Él bufó, esbozando una sonrisa de medio lado.
—¿Qué?, ¿me vas a decir que no quieres estudiar Economía y que prefieres ser músico? ¡Hmp!
Crují mis dientes. Me armé de valor, levándoteme del asiento para verlo hacia abajo.
—No puedes controlar toda mi vida.
Sentí que temblaba, pero no me importó. Algo en mí se encendió y no sabía cómo apagar esa mecha.
Fugaku tomó otra vez de la botella, un poco de vodka corrió por la comisura de los labios, enseguida se limpió con la manga de la camisa. Se puso de pie, tambaleándose al momento.
—Hijo… yo sólo quiero lo mejor para ti.
Hijo. Odiaba esa palabra.
—Hijo. Tienes, sin duda, talento genuino para tocar, pero… ése no es tu lugar —dejó caer las manos sobre la mesa, haciendo un estruendo por la fuerza—. La familia Uchiha no tendrá un músico.
Esperé decir algo, abrí la boca para hablar, pero no pude emitir ningún sonido.
Le dirigí una mirada desafiante, para expresarle que me oponía a continuar siendo su juguete. Por fin me di cuenta que él no podía ejercer poder sobre mí, que no me convertiría en Itachi. Yo lucharía por mis sueños.
Caminé enojado rumbo a mi habitación y escuché que Fugaku me seguía por detrás.
—Si piensas que te saldrás con la tuya estás… estás equivocado.
Fugaku vomitó encima del piso de madera, largando quejidos asquerosos. Sentí náuseas y subí los primeros tres escalones.
—¿No te has dado cuenta que tengo tu violín?
Se paró con movimientos torpes junto a la chimenea, con los ojos perdidos y apariencia deplorable.
Giré para comprobar, entre alarmado y preocupado. Descubrí que efectivamente Fugaku poseía en sus manos mi violín. Lo tomaba sin cuidado por el mango.
Mi corazón se estrujó. Mi cara se deformó por el pavor y bajé de un solo salto, esperando llegar antes de que él cometiera la peor locura.
—Olvídate de estas cosas de niñas.
—¡No!
Grité y todo pareció detenerse en un minuto, el universo pareció funcionar en cámara lenta. Él aventó el instrumento al fuego, riendo con infinita crueldad.
La frente se me empapó de sudor, y mis ojos se llenaron de horror, completamente cristalinos. Al llegar ya no podía hacer nada, la madera crujía envuelta por las llamas y las cuerdas se rompieron con un ruido similar al de una tragedia.
Tumbado de rodillas a milímetros del fogón, metí mis manos al fuego pero sólo conseguí quemarlas, haciéndome una herida intensa que pronto comenzó a sangrar.
Me llené de odio. Palpitando por la furia.
Arrebaté en dirección al cuello de la camisa de Fugaku, apreté el puño y lo golpeé en la mejilla.
Él cayó al suelo por el impacto y no se movió. Cuando me aceerqué vi que estaba dormido.
Mi golpe no fue lo suficientemente fuerte como para ocasionar que se desmayara. Fue su estado de ebriedad lo que provocó que durmiera.
—¡Vaya escena de telenovela!
La voz ronca de Itachi llenó el silencio, recargado en una pared y con una expresión sarcástica.
Gruñí. Subí a mi cuarto abstraído, sin sentir que tocaba el piso, es como si después de éso, estuviera levitando.
La herida se convirtió en una cicatriz que cruza en diagonal por la palma izquierda de mi mano. Recordándome cada vez que la veo, que jamás podré volver a tocar.
Ya no tenía ningún sueño por el cuál luchar. Mi motivación, ilusiones y esperanzas, todo desapareció; al igual que mis fuerzas para continuar.
No existía ya nada que pudiera salvarme de la desesperación, y aunque sentí las insipientes lágrimas deseando salir de mis ojos, no lo permití.
Llorar a cuestas de la atención de Itachi, era permitir que me humillaran más.
Supe que una muchacha de la servidumbre corrió para auxiliar a Fugaku, subiéndolo a su habitación para curar el golpe y aliviar su resaca.
Itachi y yo, los dos sabíamos desde niños que Fugaku se acostaba con cada una de las sirvientas, por eso no me alteré al escuchar gemidos desbordantes de aquella joven mujer, cuyo nombre no recuerdo.
Y quise mandar todo al carajo. A Fugaku, a Itachi, a la maldita perra que se acostaba con mi padre en ese momento.
Evidente fue el hecho que a nadie le importó lo que acababa de ocurrir. Ninguno se preocupó si yo estaría bien después.
Me estremecía por la furia, el odio y el rencor.
Alcancé una mochila del clóset, la abrí con impotencia y comencé a meter mi ropa, sin doblar y echa bola. Después me detuve y suspiré un breve segundo.
¿De verdad me atrevería a escapar de casa? No tenía un lugar a dónde ir. Ningún pariente que pudiera acogerme o algún amigo.
Entonces los gemidos se intensificaron desde la habitación y me tapé los oídos con fuerza intentando bloquearlos.
¿Si mi madre estuviera con nosotros sería algo diferente de ahora?
No quise quedarme para descubrirlo.
Noté que la carga era mucha y que la mochila estaba demasiado robusta, así que saqué toda la ropa y metí únicamente una sudadera azul y una linterna. No sabía si necesitaría el suéter, ya que en verano el calor se sentía incluso de noche, pero de todas formas lo llevé.
Bajé a la cocina, todo estaba apagado. Me convencí de que Itachi salió de fiesta con un conocido o una mujer. Fugaku estaba muy ocupado metiéndose entre las piernas de la criada como para notar mi ausencia.
Un escalofrío me recorrió al imaginar a mi padre intimar.
Arrugué el entrecejo y guardé algunas cosas de comida. Barritas de proteínas, galletas y una manzana.
Cuando pasé por la chimenea, ésta yacía completamente quieta y sin ningún rastro de mi violín. Encontré cenizas, pero llegué fácilmente a la conclusión de que Itachi se encargó de retirar los escombros del instrumento y tirarlos a la basura.
Sentí un hueco en el vientre y mi corazón estrujarse. De nuevo tuve que obligarme a ahogar el llanto.
Revolví mi cabeza para despejarme y salí por la puerta trasera. No miré hacia atrás, incluso después de haber avanzado por una hora.
La Luna se posaba brillante en el cielo y las estrellas parecían hacerle competencia. Ninguna nube trataba de ocultarlas, y las cigarras y los grillos cantaban en conjunto sin cesar.
Me dio pena que en esa noche tan hermosa, mi vida se hubiera destruido por completo.
Era de madrugada, las 3:32 a.m., para ser exactos. El amanecer no se miraba ni remotamente, todavía quedaban horas del anochecer.
Tomé asiento en un parque cercano. A esas alturas no sabía bien en qué parte de la ciudad me encontraba o si me había alejado mucho de mi hogar.
¿Y ahora qué?
Saqué el celular y comprobé mi ubicación. La estación Yodoyabashi estaba a dos kilómetros de distancia y abría a las 5 en punto.
Cerré mis ojos para pensar. La tintineante luz de la lámpara encima de mí, me provocó un leve dolor de cabeza. Masajeé el puente de mi nariz y me dispuse a contemplar otra vez el mapa en mi dispositivo.
Sapporo.
Abstraído observé la pantalla, leyendo con seriedad el nombre de la localidad donde vivía Ino. ¿Y si viajaba a Sapporo?
Encontraría personalmente a Ino. Conversaríamos por horas, ella me abrigaría entre sus brazos, me consolaría y contaría un mal chiste para hacerme reír.
No me importaban las razones por las cuales me dejó. Ya no. Solamente anhelaba volver a escuchar su voz.
Desde ese punto de vista, no era tan mala idea.
Ajusté mis cosas al hombro, guardando el móvil en el bolsillo de mi pantalón.
Las calles estaban desiertas. Poco a poco el cielo tomaba otro tipo de tono y los perros ladraban desde un punto en específico. Pronto las casas se iluminaron desde dentro con las primeras luces eléctricas de la mañana.
Cuando llegué a la Estación, todavía estaba cerrada. Faltaba media hora para que comenzaran las labores.
A pesar de que la brisa matutina era sumamente refrescante, yo aún tenía calor. Estaba transpirando por las axilas gracias a la larga caminata.
Luego, con un estrepitoso sonido las máquinas comenzaron a funcionar. Todo fue movimiento y ruido.
Las puertas se abrieron y me dispuse a entrar. Pagué con mi tarjeta de estudiante, obteniendo un descuento, aunque sinceramente el dinero era lo de menos.
Creo que fui el primero en penetrar a la Estación y después de varios minutos, que me parecieron eternos, las personas comenzaron a llegar. En su mayoría se trataba de hombres adultos con corbata y trajes formales; cada uno se situó detrás de la línea amarilla en el carril, haciendo una doble fila.
Para ser la primera vez que usaba ese tipo de transporte, me encontraba realmente anonado. Yo no sabía bien hacia dónde caminar para tomar el tren, de acuerdo a lo que vi en el mapa tenía que llegar primero a la Estación de Shin-Osaka.
Estuve dando vueltas en círculos por toda la terminal. La intemperie clareaba y con ello mi impaciencia se hacía mayor.
Me tomó casi una hora encontrar el camino a la línea que iba a tomar y a las 6:00 a.m., abordé. Tardé nueve minutos en llegar a Shin-Osaka y nuevamente, me demoré más buscando la ruta hacia la otra parada.
Subí por unas escaleras y me di cuenta que en vez de subir debería estar bajando. Afuera se sintió una pequeña llovizna que disipó un poco el calor.
El aire húmedo no era suficientemente fresco todavía como para colocarme la sudadera.
Vi en los enormes letreros las indicaciones. Mi próximo destino era a Tokyo y el tren pasaba cada veinte minutos. Por lo que había visto, se acababa de ir y tuve que aguardar por el siguiente.
A las 6:50 a.m., trasbordé a Tokyo.
El tren era directo y no había mucha gente, por lo que varios asientos quedaron vacíos. Mi estómago crujió levemente, recordándome que no había ingerido nada de alimento aún. Saqué una barrita de proteínas y la degusté mientras observaba el paisaje borroso por el cristal, escuchando música a través de los auriculares.
A las 10:20 a.m. arribé en Tokyo. Antes había estado en Tokyo una vez, cuando era pequeño; sencillamente nunca me gustó. La gente siempre parecía tener prisa para todo, a simple vista se notaba ese ambiente acelerado en cada individuo. Mientras avanzaba fue imposible salvarme de chocar los hombros con más de un sujeto.
La muchedumbre era digna de un laberinto.
Antes de tomar el desplazamiento consecutivo, devoré un paquete entero de galletas. Hice mal cara cuando noté las chispas de chocolate, no es que me desagradaran las cosas dulces, en realidad me encantaban, pero el cremoso sabor me recordaban a los pasteles que Itachi me obsequiaba cuando niños. No obstante, tenía demasiada hambre como para importunarme.
Mi siguiente travesía tendría residía en Hakodate y el tren salía hasta las 11:30 a.m.
Enderecé las piernas agarrotadas para desperezarme. Sentía los ojos abultados por la falta de sueño, además que tenía la boca reseca. Me maldije por haber llevado una sudadera y una linterna que no había podido utilizar en nada, y no una botella de agua.
Quedaba mucho tiempo libre, el suficiente al menos como para salir a comer algo en una cafetería antes de viajar otra larga cantidad de horas.
No obstante, temía perder el tren.
Esta vez encendí el GPS y me tomó menos tiempo encontrar la vía correcta. Mentalmente me aborrecí por no haber hecho eso desde un principio.
Me senté frente a la cabina y comencé a cabecear. Cerré los ojos un momento y me concentré en el chirriante sonido de las vías, en los murmullos de las personas y en el eco que hacían los tacones de las mujeres al chocar con el concreto.
Tokyo era una masa de estrés inquebrantable. Sin duda.
Y cuando abrí los ojos miré el reloj. Eran las 12:04 p.m.
El tren había salido desde hace rato. Me enfurecí conmigo mismo al tal grado que me jalé de los cabellos y gruñí. Haberme quedado dormido fue un grave error, no deducía en cómo pudo suceder.
Suspiré, no serviría de nada quejarme, con eso no lograría que el tren regresara para transportarme.
Calculé el nuevo horario de salida, noté que sería alrededor de las 2:30 p.m. Me alejé de mi sitio y caminé hacia la calle. El entorno se hallaba nublado, ya había dejado de llover, pero aún así, una fuerte nube gris se posaba a lo alto, amenazante.
Sentí una corriente fría por toda la piel y me vi forzado a utilizar la sudadera, ya que el viento se volvió poco soportable. En la Estación todo era mucho más cálido y afuera se tornaba diferente, aunque la gente seguía yendo de un lugar a otro con pasos veloces, y eran un tumulto más escandaloso.
Me dirigí a una cafetería casual de fachada poco llamativa. Revisé mi billetera; tomando en cuenta los gastos que quedaban del viaje y los de regreso, apenas y tenía suficiente para tomar algo sencillo. Quise arrancarme la cabeza por no haber prevenido más dinero.
Ordené un jugo de naranja y un sándwich con queso y jamón. Clásico.
Lo comí como si hubieran pasado años sin probar alimento. Los sabores se me antojaban mucho más deleitantes que todo lo que llegué a comer en mi vida. Intensamente delicioso; y el jugo, aunque amargo, ayudó a hidratarme.
Compré una botella de agua, también.
Regresé a la Estación justo a tiempo. El viaje duró cuatro horas y media. Intentaba con gran esfuerzo mantener mis ojos abiertos, pero parecía que la travesía y el calmado vaivén del tren me arrullaba sobre mi asiento, y cada vez se me dificultaba estar despierto. Era como si tuviera un pesado bloque de hierro en cada parpado y me forzaran a cerrarlos. Fui capaz de sentir las ojeras prominentes crecer en mi rostro.
Me quedé dormido espontáneamente en todo el trayecto, recargando la cabeza sobre la ventanilla.
Desperté cuando escuché por el altavoz el nombre de la Estación donde tendría que bajar. Bostecé somnoliento y los ojos se me hacían pequeños como si fueran únicamente dos diminutas líneas horizontales.
Percibí el atardecer pintarse de naranja y más arriba ya se apreciaba un azul oscuro. Las nubes desaparecieron parcialmente.
Descendí del vagón a las 7 de la tarde. Estiré y moví discretamente los músculos de las piernas hacia los lados.
El celular indicaba que estaba dentro de la Estación Shin-Hakodate-Hokuto, en Hakodate. Y en esa estancia me quedaba solamente un viaje más para llegar a Sapporo.
Fui a preguntar por el siguiente tren. Salía a las 7:30 p.m., y era el último del día. Así que corrí lo más rápido posible para alcanzarlo.
Con el corazón desbordante creí que no lo conseguiría cuando vi el tren a punto de abordar. No obstante, fui capaz de llegar y en cuanto entré las puertas se cerraron detrás de mí.
Respiré con dificultad y me dolía el pecho al hacerlo. Con trabajos pude recobrar una postura normal y tranquila. Observé descuidadamente el sitio, conté unas cinco personas sentadas.
Me desparramé, literalmente, en el mullido sillón.
Ya era noche cuando llegué. Las 10:33 p.m., y la Central cerraba a las 11.
No creí correcto salir en ese momento, a un lugar que no conocía y a dónde no tenía idea a lo que me enfrentaría.
Tomé asiento en un banco cerca de una máquina de café. Comí dos barritas de proteínas y percibí como las luces del edificio se apagan una a una hasta quedar en perpetua tiniebla. Ya no había nadie, solamente yo.
Encendí la linterna y al ver el celular noté que quedaba 10% de batería, preferí no usarlo para ahorrar lo que quedaba en caso de necesitarlo.
Si le hubiera mandado un correo a Ino avisándole de mi repentina visita, ¿habría ido a recibirme a la Estación?
Lo más probable es que ni siquiera lo leyera. Froté mis ojos cansados con el dorso. Seguramente tenía un aspecto poco atractivo como para tener el atrevimiento de mostrar la cara frente a Ino. Sentía los ojos rojos e hinchados, el pelo grasoso y olía a sudor.
Era una completa tontería dejar que Ino me viera en ese estado. No porque me importara cómo lucía físicamente, sino porque no quería mostrarme vulnerable ante ella, no quería causar lástima o algo parecido.
A pesar del cansancio fue imposible dormir. Había algo en las sombras que se formaban en las paredes y en los locales, que no me dejaban reposar.
El amanecer llegó más pronto de lo que imaginé. En tal caso, yo ya me había engullido todas las galletas y la manzana. El resto sólo eran tres barritas de proteínas de frutas.
Fui al baño para peinarme un poco y lavarme la cara. Sentir el agua en el rostro me hizo volver a tomar energías.
Consideré oportuno salir a las calles de Sapporo alrededor de las 9. Los rayos del Sol ya iluminaban cada pasillo y los pájaros cantaban por todo alrededor.
El aroma a flores de cerezo llegaba por doquier. Contemplé el paisaje, Sapporo tenía enormes montañas y la temperatura me pareció muy amena.
¿Adónde tenía que ir ahora?
Estuve vagando por un par de calles, sin perder de vista la dirección de partida. Doblé por una avenida que me condujo hasta lo que creí que sería el distrito comercial, puesto que casi todos los rincones se hallaban atiborrados de enormes rascacielos y departamentos comerciales.
De entre todo el tumulto de personas, distinguí una cabellera rubia a lo lejos y sentí un golpeteó gracioso dentro del pecho. Podría ser ella, podría ser Ino.
Me abrí paso en medio de la gente, fijando mis pupilas en la minuciosa figura femenina que marchaba a grandes zancadas.
Me acerqué lo suficiente para tocarle el hombro.
—¡Ino! —la voz se me quebró en una especie de susurro. Clavé mis dedos en su omóplato e hice que diera la vuelta hacia mí. Enmudecí—. Lo siento. Me equivoqué.
La chica me miró como diciendo: no hay problema. Y continúo como si nada.
No era ella.
Los pies ardían de tanto caminar. Podía sentir las ampollas en la planta. Pero aún así, nada de eso me detuvo para culminar con mi búsqueda. Me metí por calles, corrí por los lugares turísticos, me dirigí a diferentes sitios que no demostraron una pequeña señal de que Ino estuviera allí.
La noche cayó y ya no sabía que más hacer.
Era una estupidez, jamás debí viajar a Sapporo. Yo ya sabía que no la encontraría, que era muy complicado y que la posibilidad de toparme con ella en la calle era mínima. Una en un millón.
Ir fue una tortura que sirvió para empeorar mi desbaratado autoestima.
Regresé a la Estación de Sapporo. Con el alma prendiendo de mi cuerpo y la mirada baja. No era capaz de mover ninguna extremidad de mi organismo y apenas tenía la suficiente fuerza como para llegar a la terminal.
El celular se apagó en ese momento y ni siquiera me inmuté por no haber recibido ninguna llamada o mensaje. Llevaba una noche y un día entero desaparecido y ningún Uchiha de mi familia tuvo la delicadeza de contactarme.
No le importaba a nadie.
Me senté en la misma banca cerca de la máquina expendedora. Me incliné para adelante y sostuve mi cara entre las palmas de mis manos.
No, no podía estar pasándome aquello.
Examiné la herida burbujeante todavía, y todo en el cerebro me golpeó.
Comencé a hipar y los ojos se me crisparon, vidriosos y acuosos. Sorbí la nariz. Ya no podía controlar la sensación que apetecía desbordar.
Cuando la primera lágrima rodó por la mejilla, las demás la siguieron, cayendo con violencia. Por primera vez estaba llorando con tanto sentimiento que limpiarme no servía de nada. Mi llanto fluía con tal amargura que al principio reía para convencerme que no era cierto, pero después las risas se deformaron en sollozos que ya no pude calmar.
La gente me veía raro, pero qué más daba.
Las gruesas gotas salinas se derrumbaron en mis pies. Lloré tanto que absurdamente pensé que me secaría.
Solamente deseaba morir.
.
Continuará
.
N/A:
Espero que el capítulo no resulte tedioso de leer ya que es un capítulo más extenso que los anteriores. Con éste, solamente quedará un capítulo más para que los recuerdos de Sasuke terminen y llegar por fin al presente, donde Ino estará involucrada en cada uno.
Traté de investigar lo más que pude sobre distancias, horas y viajes en Japón. Fue una tarea muy complicada y desgastante xD puede que muchos datos sea erróneos, pero puse mi mayor empeño.
Mi computadora está fallando. Está sumamente lenta y eso es algo que me desespera un montón. No la usaré hasta que la lleve arreglar, así que es posible que la continuación tarde un poco más en salir.
Muchas gracias por sus bellos y hermosos comentarios. En verdad estoy muy feliz: Gracias a AS'Shadow, Espiritu Salvaje, Juvia, Clary, ALE-SAN KATYCAT, Ana de Uchiha y Proxy57.
Respondiendo comentarios
. Juvia: Hoola! sí recuerdo que me leías :C es muy bueno para mí volver a leerte. ¿Has estado bien? Qué emoción tener noticias tuyas de nuevo. Me hiciste muy feliz :D Ya casi llegó a esa parte donde están en París. Ojalá sigas leyendo, sería muy grato para mí.
.Clary: Sí, todavía faltan un par de cosillas de la fic anterior. Pero poco a poco se irán dando. De todas formas, ya falta casi nada para llegar al presente. Sólo un capítulo. Mil gracias por leer!
