¡BUH! Buenas y aburridas tardes, no es miércoles pero como me aburro y acabo de terminar el capítulo, aquí me tenéis. Llega con retraso porque estuve algo ocupada ((aunque no os interese, lol, os cuento mi vida)) y no me dio tiempo a acabarlo a tiempo. Peeeeeeeeeeeero para recompensar os diré que es bastante larguillo y que, a mi parecer, no es una caquita como el anterior, de hecho me gusta bastante, sobre todo el final, JE JE JEJEJEJEJE.

Hope you like it :D


Parte IX.

Lo que más le sorprendía siempre a Dougie de su familia era lo unidos que parecían, tanto que cualquiera que los hubiera visto habría asegurado que no podían ser más modélicos: desayunaban, comían y cenaban juntos, pasaban horas juntos en las zonas comunes de la casa como el salón, el comedor, o el jardincillo de la parte trasera cuando el tiempo lo permitía, incluso los dos hermanos compartían horas y horas de confesiones en la biblioteca, o en el dormitorio de alguno de ellos. La cercanía era tal, que parecía no haber secretos, tiranteces o rencores flotando en el ambiente. Como si hubiera un código ético que marcara qué y qué no debe haber en una familia, y ellos parecían cumplirlo a rajatabla. Y era curioso, porque todo, y eso bien lo sabía Dougie, era una simple fachada. Las sonrisas que la familia Poynter esbozaba ante el fotógrafo que se encargaba de retratar año tras año a los escasos cuatro miembros que la formaba, o la ausencia de problemas, la felicidad y positivismo que su madre solía mostrar ante los vecinos y los compañeros de trabajo de su marido. Como si todo fuera idílico.

Como una gran mentira.

La magdalena resbala, o más bien, maniobra vertiginosamente sobre la cuchara hasta caer con estrépito contra el tazón de chocolate caliente que Dougie tiene justo delante. El líquido salta de la taza ante la intrusión del pequeño bollo y se plasma contra cualquier superficie que encuentra a su paso: el mantel, la servilleta y la pechera de la blanca y pulcra camisa del hijo menor de los Poynter. Dougie cierra los ojos para que el chocolate no le entre también a ellos y echa un tanto la cabeza hacia atrás en un acto reflejo que no logra impedir que termine todo salpicado y que su madre bufe, como si su hijo tuviera cinco años en vez de casi diecisiete, que hace que su hermana ría porque su enano rubio no va a cambiar nunca, y que provoca que Gary, su padre, levante la mirada del periódico con el cuello rígido como un lagarto y la mirada encendida como el más feroz de los demonios. A su vez, Dougie mira a toda su familia con un gesto inocente en el rostro que parece decir "se me ha caído sin querer", y bota en la silla cuando su progenitor pega un golpe a la mesa con la mano abierta.

- ¡Puedes ser más patoso!- le espeta, mirando con enfado las manchas de su camisa.- ¡Mira cómo te has puesto el uniforme!

- Tiene más camisas en su cuarto, papá. Sólo es chocolate- aporta Jazzie saliendo en su defensa. No mentía cuando decía que para ella siempre sería el niño asustadizo que no podía dormir si no era a su lado.

- ¡Y son las ocho de la mañana y no ha empezado ni el desayuno! ¿Cuándo vas a comportarte como un hombre, eh? Anda, ve a cambiarte, ve, corre- le insta el patriarca, señalando la puerta de la cocina sin mirarle, con un gesto que sobrepasa el enfado, más bien es cansado.- Y espérame directamente en el coche, hoy tenemos mucho que hacer.

- Pero si no he terminado de desay...

- ¡Al coche he dicho!

Y Dougie obedece. Sale de la cocina con paso arrastrado, los hombros hundidos y la mirada vacía y tiene que soportar la mirada compasiva que le lanza la señora que se encarga de limpiar y cocinar hasta que puede desaparecer escaleras arriba y entrar a su cuarto a por una camisa limpia.

Rebusca en el armario hasta encontrar una blanca, y se quita la que tiene sucia, sintiendo que aún no ha llenado su estómago del todo y que hasta que pueda comer a la una (y sólo son las ocho de la mañana), va a pasar un mundo. Y si, tal y como su padre le ha dicho, les espera un día de duro trabajo, más le vale hacer acopio de fuerzas.

Se cierra los botones uno a uno y se coloca de nuevo la corbata, que probablemente también esté salpicada de chocolate pero al ser negra, decide que las manchas quedan disimuladas, y se mete la prenda en los pantalones, recuperando ese aspecto elegante, duro y adulto que tenía antes del incidente con su desayuno.

Justo cuando va a salir del dormitorio para bajar al coche y esperar a su padre, unos golpecitos suenan en la puerta y le detienen junto a la cama, esperando que quien quiera que haya al otro lado abra por su cuenta y diga lo que tenga que decir.

- ¿Se puede?- la cabecilla rubia de su madre se cuela por el resquicio que la hoja de madera ha dejado al abrirse y no espera a que su hijo le de una contestación para entrar al cuarto, cerrando de nuevo la puerta tras su espalda y suspirando con nostalgia.- Apenas puedo creer que hayas crecido tanto, hijo...

- Mamá, tengo prisa, papá me está esperando...

- Está hablando con tu hermana un momento- e insinua de un modo sutil que ellos podrían hacer lo mismo. Dougie se resigna y se deja caer en la cama con un bufido al tiempo que pone los ojos en blanco. No le gusta hablar con su madre, ni pasar tiempo con ella. No le malinterpretéis, no es una mala madre, y sabe que le quiere y que daría la vida por él, pero ya no es un niño, y es capaz de darse cuenta de las cosas que ocurren a su alrededor, es capaz de ver que esa mujer, al igual que su padre, quiere para él algo que él no quiere para sí mismo, y lo peor, lo peor de todo, es que todo el mundo podría pensar que, al ser la mujer, el sexo débil como se suele decir, ella podría ponerse de parte de su hijo, entenderle, comprender que no quiere ser soldado y asesino igual que su padre, que sólo quiere estudiar herpetología, como tantas veces les ha repetido. Pero nada de eso es real, y aunque ahora se siente a su lado, y pasee sus manos entre el pelo corto y repeinado de su rubia cabecita en un gesto cargado de cariño y melancolía, sabe que entre los dos, la más radical es ella.- Deberías cortarte el pelo, te están creciendo greñas por la nuca.

- Mamá...

- Vale... He venido a darte esto. Has debido quedarte con hambre en el desayuno- extiende la mano libre, que hasta ese momento se ha mantenido oculta tras su espalda, y le entrega uno de esos panecillos de leche, como los que él le entregó a los Jones, relleno de mantequilla de cacahuete.- Teniendo en cuenta el horario de tu padre, hoy vas a pasar hambre.

Le muestra una sonrisa cariñosa y él se ve obligado a esbozar otra a modo de respuesta sin saber qué decir o hacer. Toma el panecillo, que se encuentra envuelto en uno de esos papeles transparentes que aíslan en olor, y se lo guarda en el bolsillo de los pantalones con cierto cuidado de no aplastarlo demasiado mientras su madre sigue acariciándole el cuero cabelludo y despeinándole por completo. Le va tocar peinarse otra vez, a su padre no le gusta verle con un pelo fuera de su sitio. Según él es indisciplinado.

- Tu padre y yo estamos muy orgullosos de ti, Dougie- le dice, ante la evidente sorpresa del crío.- Sabemos que vas a ser un buen militar. Te espera una gran carrera por delante.

- Y no voy a ser capaz de acabarla si no voy todos los días al cuartel, mamá. Nos vemos a la hora de la cena.

Deposita un beso en su frente y sale raudo y veloz de su propio dormitorio, cruzándose de nuevo con la asistenta y tirándole la montaña de toallas que lleva en los brazos, que se extienden por el suelo más como si fueran alfombras.

- Discúlpeme, señorito- dice ella.- No le he visto.

- Es culpa mía, Bertha. Te ayudo a recogerlo.

La asistenta le mira durante un segundo a los ojos y después asiente y se agacha al suelo con la mirada cohibida, como si tuviera más miedo que respeto al chiquillo de dieciséis años que tiene delante aunque le saque más de treinta.

Dougie se acuclilla a su lado y va recogiendo una a una las toallas, pensando en que las palabras de su madre han conseguido alterarle y revolverle las entrañas. "Estamos orgullosos de ti", le ha dicho. ¿Orgullosos de qué? Orgulloso se está de alguien que encuentre la cura del cáncer, de alguien que consiga salvar a una familia de una casa en llamas, o de impedir que un perro muera ahogado. ¿Pero de él? ¿Orgulloso de alguien que va todos los días a una oficina a aprender tácticas de ataque, funcionamiento de artillería pesada y de estrategias militares? Eso es como estar orgulloso de un suicida, y por más que su entorno se empeñe en convertirlo en ello, él está seguro de que no lo es. Que ni lo es, ni lo será nunca. ¿De verdad están sus padres orgullosos de él? ¿Acaso le ven como una proyección o una especie de extensión del patriarca de los Poynter? ¿Ven en él alguna, por más mínima que sea, característica en común con su padre? Por que si es así... Si es así entonces Dougie se está convirtiendo en lo que más odia.

- Bertha- la asistenta levanta la mirada del suelo, recogiendo la última de las toallas, y clava sus ojos oscuros en los fríos y claros ojillos del muchacho que tiene delante.- ¿Tú crees que me parezco a mi padre?

- Claro que sí. Tiene usted sus mismos...

- No, no me refiero a eso. ¿Crees... crees que yo sería capaz de...?

Deja la pregunta en el aire porque de repente no sabe qué mierdas hace preguntándole eso a la asistenta, una mujer que va a su casa una vez cada dos días y que no les conoce en absoluto. Así que niega con la cabeza, poniéndose en pie y culminando la nueva torre de toallas con una pequeñita de color lila que le llega a Bertha casi a la altura de los ojos, lo justo para no ocultarlos y ver cómo le sonríe con ellos.

- Para nada, señorito- musita ella en voz baja, arriesgándose.- Usted tiene buen corazón.

Y dicha afirmación consigue hacerle sentir un poco menos mezquino.

Cuando cierra la puerta del coche al entrar, su padre aún no ha bajado. Supone que debe seguir hablando con Jazzie de la boda que "oh, que felices nos hace a todos", porque al parecer, sus asuntos si que le incumben. "Vamos, ¿vas a ponerte celoso porque papi le haga más caso a Jazz que a ti?", le dice una vocecilla en su cabeza que acalla poniéndose el cinturón e indicándole al chofer que trate de sintonizar una radio que no emita otra cosa que música, así no tendrá que oír muertes hasta por una vía por la que antes salía vida.

"El show de Frank Sinatra" llena el breve interior del Volkswagen Sedan negro cuando algo, más allá de la luna del coche, logra captar su atención. En primera instancia cuanto ve es uno de esos enormes camiones blindados de las SS, con las puertas abiertas y uno de los hombres de su padre armado con una automática (que cuelga de su costado derecho como si fuera una parte extensible de su cuerpo), esperando a que su compañero se acerque a él con un posible rehén. Dougie se queda algo paralizado, clavado en el sitio con las cortas uñas de sus dedos incrustadas en el cuero del asiento de delante ya que nunca ha presenciado una detención de un judío. Su trabajo no es trabajo de campo, gracias a Dios jamás ha visto cómo le meten una bala a alguien en la cabeza o fusilan a un niño delante suyo; está seguro que si lo viera, no sería capaz de volver a dormir ni en cien años.

En un segundo golpe de vista, sus ojos verdes atinan a ver cómo otro de los hombres de Gary, al cuál reconoce porque le ha visto varias veces por el cuartel, agarra a un chiquillo de unos veinte años del pelo y le empuja en medio de un violento forcejeo contra el camión. Una de sus manos se enreda con fuerza en su largo y rizado cabello, tirando de él sin piedad haciendo que sus pies apenas toquen el suelo y la conducción se convierta en un arrastre por el suelo de la calle que le rasga incluso las rodillas. Las ventanillas del coche están subidas y la música algo alta, por lo cual Dougie no logra escuchar los gritos de auxilio que profiere el desesperado judío que va a encontrar la muerte en probablemente menos de lo que él mismo se espera.

- Mire, mire cómo se resisten- se mofa el chófer, señalando la escena que se está desarrollando ante sus ojos. Una risilla irónica y dañina escapa de sus labios al tiempo que tamborilea con los pulgares en el volante, como si estuviera viendo una película.- Ojalá existiera un método más rápido para matarlos a todos, ¿no cree?

Y a Dougie le gustaría contestar, tal vez un "por supuesto" para acabar con esa conversación, quizás un "porqué no cierra la maldita boca", que es lo que desea, incluso podría bromear si no tuviera la lengua seca. Pero todo cuanto es capaz de hacer es dejar que su boca se abra y el aire escape de sus pulmones súbitamente cuando su mirada se clava a través de más de veinte metros en la del judío. Una mirada de auxilio, desesperación y súplica que logra revolverle las entrañas porque él conoce esos ojos azules. Los conoce muy bien.

Son los ojos del judío que le sacó del lago, de Danny.

Sin embargo, no puede decir nada en absoluto porque la puerta del copiloto se abre haciendo chirriar las bisagras y su padre aparece por fin para dirigirse a la oficina. El chófer arranca mientras Gary comenta algo sobre lo bien que trabaja Judd, el soldado que en esos momentos mete al judío al camión a base de patadas y puñetazos, y cierra las puertas sumiendo a Danny en la oscuridad definitiva. De un modo u otro, mientras el molesto parloteo de su padre se superpone a la relajante voz de Sinatra hasta matarla, Dougie siente que se ahoga y que las ganas de vomitar van a hacerle enfermar. Y en ese momento da las gracias por no haber podido apenas desayunar.

Algo más de nueve horas después, su espalda reposa contra el colchón de su mullida cama y de verdad, de verdad de la buena, Dougie está convencido de que va a morir de agotamiento. Su padre no mentía al decir que les esperaba un día cargado de trabajo, porque ha podido comprobarlo en sus propias carnes.

Al llegar a la oficina han estado reunidos un par de minutos en una de las salas del cuartel ya que habían recibido órdenes de arriba, de más arriba, mucho más arriba que su padre, órdenes que decían que debían mover no sé qué ejército y destinarlo a no se qué ciudad ya que corrían rumores de que los rusos se estuvieran acercando. Después de ello, que no ha llegado a media hora, ha pasado algo así como tres horas aprendiendo cómo cargar, desbloquear, manejar, sujetar, apuntar, disparar, limpiar y golpear con un rifle de cerrojo que pesaba casi tanto cómo él y que le ha dejado los brazos completamente destrozados.

Más tarde ha llegado el momento de testarlas, por lo que se han dirigido al apartado de tiro y han practicado disparando hasta que sus oídos han dicho "basta", quejándose pese a la protección que le habían entregado para que el estallido no le dejase sordo.

Luego, pese a que ya había comenzado su hora dedicada a comer, ha tenido que visitar un cuartel amigo, a un par de kilómetros a entregar no se qué papeles que contenían no se qué orden emitida por su padre, y sólo ha podido preguntarse por qué cojones no los llevaba él, y ha pasado allí la tarde haciendo más pruebas de tiro para finalmente regresar con uno de los soldados al cuartel de su padre y volver a casa los dos juntos con el insufrible del chófer.

¿El resultado? Más de seis horas haciendo prácticas, ni un solo minuto libre para poder comer y el bocadillito que su madre le ha entregado antes de salir, esperando en su bolsillo a ser desenvuelto.

Así que, cuando finalmente posa la espalda en el colchón, está seguro que el dolor de todo el cuerpo va a desaparecer porque directamente va a ascender al cielo.

Permanece en esa postura – brazos estirados, hombros un tanto contraídos, desentumeciéndose de a poco, las piernas muertas y los ojos cerrados - hasta que unos golpes vuelven a sonar contra su puerta, esta vez esperando a recibir una orden, por lo que deduce que no se trata de nadie de su familia.

- Adelante- gime, tan cansado que incluso hablar le duele.

La puerta se abre y él se incorpora, haciendo crujir todos sus huesos como si fuera un viejo decrépito, y contempla como Bertha le trae toallas nuevas, parte de la montaña que han estado doblando nueve horas atrás. Y cuando la buena mujer le mira a la cara, no puede evitar reírse.

- Debería darse un buen baño, señorito- le aconseja. - ¿Quiere que se lo prepare?

- ¿Te importa?

- Por supuesto que no.

Dougie deja que la asistenta entre a su baño individual y oye cómo el grifo del agua comienza a correr, chisporroteando a medida que la bañera se va llenando y un par de minutos después vuelve a plantarse frente a él.

- Le he dejado las toallas en la silla y el agua está caliente.

- Muchas gracias, Bertha.

- No hay de qué- la mujer le sonríe agradecida por algo de amabilidad, y abandona el dormitorio para dejarle a solas.

Cuando su cuerpo entra en contacto con el agua, siente que cada miembro de éste arde. El agua lo cubre todo, hasta la barbilla, y muerde sus terminaciones nerviosas, los muslos, los espacios entre los dedos de los pies, la piel de su pecho y los pliegues de su espalda. Cada mínimo poro arde, y hace un esfuerzo por no moverse o sentirá que esa misma agua le desgarrará de alguna manera, como si eso fuera posible. Ni siquiera se trata de que el líquido esté demasiado caliente, de hecho, está perfecto, es su cuerpo el que lo siente como si fueran golpes. Agua en las costillas, puñetazos en el corazón.

Cierra los ojos y respira hondo, sintiendo la presión en el pecho, como aquella vez en el lago, y este pensamiento hace que, tras sus párpados, como si fueran unas de esas películas de 8 milímetros, empiece a sucederse la imagen que ha contemplado antes de dirigirse a la oficina, aquel judío luchando por su vida. Agradece que Sinatra no le dejara escuchar nada, pero probablemente lo que Jones gritara fueran alaridos de auxilio. Es entonces cuando esa mirada vuelve a clavarse en la suya, casi de un modo mágico y real, viéndola tras sus párpados. Sabe que no es un pensamiento muy ortodoxo ni muy gentil por su parte, pero ojalá hubiera sido otra persona la que se hubiera visto en esa situación, ojalá no hubiera sido él porque no puede dejar de pensar en esos ojos, en esa mirada azul que parece taladrarle el cerebro, y sentirse metido de lleno en una deuda que no va a poder saldar nunca. Cuando él se estaba ahogando, Jones se zambulló en el agua sin pensárselo un minuto para sacarle de allí, y él... Todo lo que ha hecho ha sido quedarse mirando cómo se lo llevaban en un furgón blindado cuyo destino final es uno de esos campos de concentración que pueblan el país de arriba abajo.

Del mismo modo que el aire ha huido de él al verle entrar a aquel camión, en esta ocasión entra a trompicones a sus pulmones, alzándole de la bañera al tiempo que una bombilla imaginaria se enciende sobre su cabeza.

¿Y si ha conseguido escapar?

Sale inmediatamente de la bañera y se frota todo el cuerpo con una de esas toallas, vistiéndose con rapidez y olvidándose por completo del dolor que le acucia las articulaciones. Pantalones, camisa y zapatos y la chaqueta mal agarrada en una mano cuando ya está bajando los escalones hacia el recibidor como alma que lleva el diablo. Tiene que comprobar si está vivo y a salvo; conoce perfectamente a Judd y sabe que es altamente improbable que deje escapar a alguien como él, y que lo más seguro es que le haya metido una bala en el cráneo sin ningún miramiento, pero ¿no dicen que la esperanza es lo último que se pierde? ¿Se puede conservar ese sentimiento en una situación tan extrema como esa?

- ¡Eh!- le detiene una voz un instante antes de que pueda abandonar la casa.- ¿Dónde te crees que vas, pillín?

- Jazz, no tengo tiempo...

- ¿Vas a ver a una chica?

Su hermana se acerca a él en tono confidencial y le alza las cejas con picardía, pidiendo respuestas con los ojos.

- ¿Cómo se llama? ¿Es guapa?

- ¿Qué?- sacude la cabeza y piensa en Danny, y en los ojos del judío que ha visto a punto de morir en la calle.- Sí, la verdad es que es muy guapa.

- No me puedo creer que tengas novia, Dougs- dice ella, emocionada ya y probablemente pensando incluso en matrimonio. – Por un momento empezaba a pensar que eras... ya sabes, de esos desviados...

- Jazz, eso no lo digas ni en broma, ¿me estás oyendo?

Su hermana sonríe ante el indudable gesto de repugnancia de su hermano pequeño y le cierra un botón más de la camisa, adecentándole un poco antes de dejarle salir.

- Llévale una flor o algo similar, a las mujeres se nos conquista con los pequeños detalles.

Deposita un beso en su mejilla y desaparece camino al salón, habiendo sembrado una semilla en la cabecita de Dougie. "Alimentos de primera necesidad", había dicho Danny. ¿Qué mierdas es eso?

Corre hacia la cocina, donde espera encontrar a la asistenta preparando la cena antes de irse (a menos que esté doblando más toallas...), y la encuentra cortando algo de color morado que parece lechuga pero mustia.

- ¡Bertha!- la aborda, tirándose a su lado sin ningún decoro o cuidado. - ¿Alimentos de primera necesidad?

- ¿Disculpe?

- Alimentos de primera necesidad, ¿cuáles son?

- Pues...- la mujer se seca las manos en un trapo y le mira, como si se hubiera vuelto loco.- Supongo que los que cubran las necesidades básicas y mantengan las defensas a tono- el gesto apremiante de las cejas del rubio le indican que siga.- Carnes rojas, leche, zanahorias, tomates, brócoli, fruta...

- ¿Tenemos?

- ¿Le ha mandado su madre hacer la lista de la compra?

- ¿Tenemos sí o no?

Un breve asentimiento de su cabeza es suficiente para que Dougie vaya corriendo hacia la despensa, y salga de ella algo más de diez minutos después con un saco que abulta más que él. Le muestra una sonrisa inocente a la sirvienta, como si quisiera decirle "tú no has visto nada de nada", y sale disparado contra la puerta de entrada, montándose en la bici de Jazzie y pedaleando a toda velocidad, convirtiéndose en un puntito en el horizonte.

A cada pedalada que realiza, nota que su cuerpo se resiente un poquito más. Verdaderamente, necesita descansar, postrase en la cama y dormir al menos 48 horas pero, y aunque sabe que su viaje es en vano, necesita comprobarlo. Necesita comprobar si aquellos ojos que penetraron en los suyos en la distancia de aquella calle eran los de Danny, necesita comprobar si esa familia ha perdido otro miembro, y si lo ha hecho justo a manos del ejército de su padre. Y si lo ha hecho, si lo ha hecho y él ha sido incapaz de salir de ese maldito coche y ponerle a salvo... En ese caso no sabe qué va a hacer.

Algo más de media hora después, porque los Jones viven condenadamente lejos, puede aparcar la bicicleta en la verja de madera que delimita su terreno y tomar una honda bocanada de aire. ¿Con qué cara se va a presentar allí? ¿Cómo va a tocar al timbre cuando esa familia debe estar llorando la muerte del pecoso? "Hola, vengo a comprobar si tu hijo ha muerto". Sencillamente no. No es capaz de imaginarse la expresión de su madre o su hermana, personas con las que ha estado cenando cara a cara, por Dios. No quiere imaginarse por lo que están pasando en esos momentos, pero tiene que hacerlo.

Sus pies se arrastran contra la arenilla del suelo hasta llevarle frente a la puerta de madera de la entrada, y siente que las piernas no le sostienen. El reloj de su muñeca indica las seis y media de la tarde y la noche parece querer adueñarse de la situación, rivalizando aún con el sol. Finalmente, extrae el valor de ningún sitio, y golpea con firmeza la hoja de madera hasta tres veces, con sequedad y respeto, casi como si ya les estuviera dando sus condolencias.

Pasan unos cuantos segundos hasta que oye movimiento al otro lado, algunos cuchicheos que sólo consiguen acelerar su corazón y hacer que fogonazos con la mirada de Danny antes de entrar al camión a empujones se adueñen de su mente, como una condena.

La puerta se abre de golpe, chirriando contra el suelo y él alza la mirada de sus zapatos, formando una disculpa a toda prisa aunque las palabras se le atraganten en la garganta, y cruza sus ojos con dos faros azules rodeados de pecas.

- Virgen santísima...- exclama el hijo menor de los Jones, apoyándose en la hoja de madera con un gesto cansado tras poner los ojos en blanco.

- Estás...- murmura el rubio, mirándole de arriba abajo, esperando encontrar algún órgano mutilado, algún brazo fuera de su sitio, la pierna a la virulé... Algo que le indique que ha conseguido salir sano y salvo y que su mente no le está jugando una mala pasada para no hacerle sentir culpable.

- ¿Estoy? Estoy en mi puta casa y tú no deberías estar aquí, cojones.

- Estás vivo...

- ¿Qué...?- le mira alzando la comisura de su labio superior como si fuera un bicho y cierra un tanto la puerta tras su espalda. Su madre se encuentra en casa y no puede verle allí, o rodarán cabezas.- Mira, no sé qué mierdas pintas aquí, pero ya te estás yendo. No tengo hoy el día como para aguantar gilipolleces. ¡Eh! ¡¿Me estás escuchando?!

Dougie pega un pequeño brinco en el sitio y regresa sus ojos a los de Danny, algo más abiertos de lo normal y que expresan verdadero enfado. Sin embargo, el pequeño no puede evitar sonreír, una sensación liviana y pura extendiéndose por su pecho y matando la agonía y opresión que se había fijado en él al pensar que su salvador hubiera muerto delante de sus narices. Y la sonrisa poco a poco va mostrando el alivio que domina su cuerpo, y consigue relajar la tensión de los hombros o de sus cejas fruncidas, todo bajo la atenta mirada del judío, que parece pensar que el chiquillo se ha vuelto loco.

- Dios, no sabes cómo me alegro de que no fueras tú...

- ¿Pero se puede saber de qué me estás hablando?

- Esta mañana... Esta mañana te he visto, y te estaban cogiendo, y te... te estaban metiendo en un furgón... Y he visto tus ojos, y tus gritos y... Pensaba que te habían matado.

- A ver, a ver... ¿Has visto cómo mataban a alguien parecido a mí?

- ¡He visto cómo te mataban a ti!- Danny opta por cerrar del todo la puerta antes de que sus voces entren en el interior de la vivienda, y mira fijamente la expresión aún algo descompuesta y tremenda y profundamente preocupada que decora el rostro pálido del alemán. Y algo en su propio interior parece hacerse chiquitito cuando observa el modo en que el pecho de Dougie sube y baja tratando de controlar una respiración que está totalmente fuera de sus manos. Casi en contra de sus deseos, da un paso adelante y duda un instante antes de posar una de sus enormes y pecosas manos sobre el hombre del crío, mirándole fijamente a los ojos.

- Eh, que estoy bien- le asegura, tratando al mismo tiempo de sonreírle.- ¿No me ves? Estoy entero.

- ¿Entonces por qué dices que has tenido un día de mierda?

- Me han echado del trabajo- informa, y aunque cuando su jefe le ha informado de que no era necesario que volviera a pasarse por allí le parecía el fin del mundo, el hecho de haber estado muerto durante un par de horas (según Poynter), le hace ver las cosas desde otra perspectiva.

- Vaya... Lo siento.

- Es igual, para la porquería que me pagaba...

- ¿Qué vas a hacer ahora?

- No lo sé- cruza los brazos sobre su pecho y se balancea sobre la planta de sus zapatos, sin ninguna idea en la recamara. Su familia se alimenta de lo poco que él trae a casa, ¿qué va a pasar ahora con ellos?

Es entonces cuando a Dougie vuelve a encendérsele la bombilla. Está tan feliz de ver que el judío está vivo que casi se le olvida lo que lleva para ellos. De hecho, está tan feliz, que podría haberle abrazado fruto del alivio.

- Danny...- comienza, tanteando el terreno y mirándole a los ojos casi con miedo.- ¿Recuerdas lo que te dije cuando tu madre me invitó a cenar? Que yo podía...

- ¿... ayudarnos?

- Sí- asiente, al menos parece que sí le escucha.- Vuelvo a repetírtelo. No sé lo que haríais con lo que os traje el otro día pero... Ahora que no tienes trabajo y que la comida no cae del cielo...

- ¿Has traído más chocolate?- se burla él.

- No, imbécil. Ven conmigo.

Se aleja del porche seguido por Danny, como si la casa fuera de Poynter y no al revés, y le conduce junto a la bicicleta de su hermana, esa que tan ridículo le hace parecer, y recoge el enorme saco con comida que ha llevado a duras penas con él.

- ¿De dónde has robado todo eso?- pregunta un Danny estupefacto. Sólo con lo que hay ahí, su familia podría comer un mes entero...

- De ningún sitio, estaba en la despensa de mi casa.

- No me jodas que tenéis toda esa comida en tu casa. ¿Luego quieres hacerme creer que no eres un niño de papá?

- Es que no lo soy, ¿te enteras? ¿No querías alimentos de primera necesidad? Pues aquí los tienes. Ahora si quieres te metes los pepinos por el culo.

Suelta el saco junto a sus pies y éste se abre, dejado que el brócoli se esparza por el suelo y que un Danny pillado en falta por el ataque de genio del pequeño se quede un par de segundos quieto y en silencio contemplando cómo el rubio hace ademán de montarse en la bici de nuevo.

- ¡Espera, joder!- Dougie desobedece, y es Danny quien tiene que obligarle a parar. Sujeta con fuerza el manillar de esa bici de chica y enfrentan sus ojos durante unos segundos que parecen hacerse eternos y detener el tiempo en aquel agreste lugar. El verde de Dougie opuesto al azul de Danny, como aquél día en el lago, colores vivos y salvajes tiñendo cada pequeño resquicio de naturaleza. Como si quisieran leerse lo que hay más allá de toda fachada, más allá de las palabras y las apariencias. – Escúchame bien porque no te lo voy a volver a repetir en la vida.

- Ya, ya, no hace falta que me devolváis el saco. Lo he pillado, ¿vale? Una vez pase, dos incluso, pero tres... No soy bienvenido aquí, lo cojo. Ahora quita de en medio o te paso la bici por encima.

- Iba a darte las gracias.

Las pequeñas orbes verdosas del rubio se abren de un modo desmesurado otorgándole el aspecto de un muñeco de trapo con ojos demasiado grandes para su pequeña cabeza. Al mismo tiempo que intenta por todos los medios no sentirse halagado y agradecido por ese leve e inesperado cambio en el humor de Jones, prohíbe que una sonrisa se extienda por sus labios recordándose a sí mismo que debe haber trampa por algún lado, que no es fiable que el rizoso se pueda comportar así con él.

Clavando sus ojos en los azules de Danny, Dougie se acuerda de su tía. Ésta solía decir que hay dos cosas que no se pueden ocultar por mucho que una persona lo intente. Una de ellas es el miedo. Y la otra... La otra es tan improbable que Doug está seguro de que lo que siente en ese momento es miedo.

- De nada- musita, viendo cómo Danny recoge el saco del suelo y se lo carga a la espalda sin ningún esfuerzo y reemprende el camino hacia su casa.

- ¿Quieres...? – duda, y señala la puerta por ver si no es necesario que formule la pregunta y quedar en ridículo, pero el cerebro del pequeño no trabaja bien tras tantas horas de esfuerzo. - ¿Quieres... entrar... entrar un rato?

Y podría haberle recordado que su madre no le quiere allí y que puede meterse en problemas por su culpa, pero algo en su cabecita rubia le chista y le fuerza a esbozar la sonrisa que antes estaba matando y que quizás no sea del todo forzada. Por lo que sólo asiente, ahogando las ansias de sonreír plenamente, y se posiciona a su lado para entrar con él en su casa por primera vez como invitado y no como prófugo de su hogar.

Y Dougie está seguro, está más seguro que nunca jamás en su vida de que eso que siente es miedo. Por que la otra opción que planteaba su tía era amor, y el alemán sabe que ese sentimiento entre dos hombres no existe, así que es miedo. Tiene que ser miedo.

Y si es miedo, ¿entonces por qué sigue sonriendo?


MUAHAHAHAHAHA. ¿No pensaríais que iba a matar a Jones tan pronto, no?

Ña. Llenadme de reviews y alegradme la semana, anda, gente monosa, y os regalo un Danny Jones *soltero y entero para vosotras *.

Sed felices :D