Disclaimer: Los personajes de Inuyasha no me pertenecen, son exclusivos de Rumiko Takahashi. Esta historia está libre de fin de lucro.
Nota: Episodio editado.
La pasión del ángel, la perdición del demonio.
Esa era la segunda vez en que Rin, comía con su jefe en la oficina.
Sesshōmaru le había dicho que no saldría a comer, ya que tenían algunos documentos que checar, los cuales tenían que estar listos ese mismo día. Así que ambos se encontraban en el gran escritorio entre papeles, esperando que las ordenes pedidas a la cafetería llegaran.
Rin lanzaba miradas de vez en vez al hombre albino, que está concentrado en los papeles que revisaba y en la pantalla del ordenador.
Él no cambiaba su apariencia estoica para nada —a menos que se le hiciera enojar—, era como si pasara del mundo que le rodeaba. Andaba a su ritmo, nadie ni nada podía perturbar su manera de proceder.
Su jefe era un hombre llanamente complicado en todo sentido.
—Señor Sesshōmaru… —lo llamó indecisa.
—¿Qué quieres? —La miró de reojo por unos segundos y volvió su atención a los documentos.
—¿El abuelo Jaken se encuentra bien? Tengo mucho tiempo sin verlo.
—Cumple con un trabajo.
—Oh.
Rin suspiró, extrañaba mucho al simpático hombre. Siempre que se aparecía en la oficina, encontraba la manera de hacerlo enojar y eso le divertía, se había vuelto un pasatiempo agradable, aparte que le había tomado aprecio muy rápido al viejo Jaken.
—Señor Sesshōmaru…
Esta vez el nombrado no le habló, sólo le lanzó otra de sus apáticas miradas, dando entender que prosiguiera con lo que planeaba decirle. Pero también pudo notar que, eso le estaba molestando.
—¿Ha platicado con el señor Takashima? —Cuestionó ilusionada, enfocándose totalmente en Sesshōmaru—. Se lo he preguntado al señor Inuyasha, y me ha dicho que no sabe nada de ellos.
El albino viró su atención a ella, alzando su ceja y con su típica expresión apacible. De alguna manera, esa actitud ya no intimidaba a Rin. Extrañamente se había acostumbrado a ella.
—¿Por qué quieres saber?
—Sólo quiero saber si se encuentran bien —bajó la mirada apenada.
—Están bien —respondió secamente y volvió a su trabajo.
La pelinegra ladeó su cabeza a la izquierda e hizo un ligero puchero. Quería saber más que un simple «están bien». Pero que podía esperar de Sesshōmaru Takashima, realmente eso era suficiente viniendo de él.
—Señor Sesshōmaru…
—Honjō —la llamó con tono molesto—, ponte a trabajar —le ordenó tajantemente.
—Sí, señor.
Rin cogió una de las carpetas, sabía que su jefe no estaba de humor para aguantar la avalancha de preguntas que tenía para él. Así que prefirió ya no molestarlo y seguir con lo suyo. Aunque debía admitir que, el hombre ya no la intimidaba como antes, pero, aun así, no era bueno tentar al diablo.
Así pasaron diez largos y tediosos minutos para la secretaria, la cual ya estaba impaciente.
Su estómago pedía un poco de comida, ya que su hora establecida para alimentarse ya había pasado, y más porque esa mañana no tuvo tiempo para desayunar. Algo que parecía ser, no pasó desapercibido para Sesshōmaru, quien ya tenía el teléfono colocado en su oreja.
—Tienen cinco minutos para traer las órdenes, sino dense por despedidos —colgó.
Los ojos marrones siguieron los movimientos de Sesshōmaru, quien ya se encontraba de nuevo perdido en su labor.
Rin no se esperó que su jefe hiciera eso.
—Señor… —Trataba de encontrar la manera para cuestionarlo, pero los ojos ámbares le robaron tal intención.
—Si el darte de comer es la manera de hacerte trabajar, eso hare. Así que calla y espera.
Ante tales palabras, la secretaria no encontró la forma de refutar la manera tan hostil en que trató a la persona que haya contestado en la cafetería. Pero de alguna forma, tal gesto le agradó, aunque el albino lo hizo sólo con el fin de hacerla trabajar.
—Y cuenta los minutos —dijo repentinamente.
Rin no podía creer que la amenaza que lanzó hacia los empleados de la cafetería fuera real. Pero no tuvo más alternativa que ver el reloj de su muñeca, rezando porque se hicieran presentes antes de que pasara el tiempo establecido por su jefe. No quería que nadie perdiera su empleo por su culpa.
Pasando los tres minutos, alguien tocó la puerta del despacho.
Rin no tardó ni un segundo para ir corriendo hacia la puerta. Al abrirla, suspiró aliviada al ver al chico que llevaba los platillos pedidos.
—Pasa —Rin se hizo a un lado y le dio el pase al joven hombre.
Notó el nerviosismo del empleado, a pesar de que Sesshōmaru ni siquiera prestaba atención al recién llegado.
—Lamento la tardanza —se disculpó el hombre, al momento en que dejó los platos en el espacio que le indico Rin—. Provecho.
—Gracias —Rin le sonrió amablemente.
El hombre se sonrojó por la sonrisa de la chica, y con torpeza dio camino hacia la puerta.
—Para la próxima, no habrá tiempo de tolerancia.
Rin volteó a ver a Sesshōmaru, que ya tenía su mirada clavada en el pobre chico, que se mostraba asustado.
—S…s…sí…sí señor… Con su permiso —hizo otra reverencia y salió del lugar tan rápido como sus pies se lo permitieron.
La pelinegra no podía entender como su jefe podía ser tan borde, parecía que nada le agradaba en este mundo.
¿Habrá algo que le gustará?
Podía intuir que tal vez las cosas materiales, no por algo trabaja como si no hubiera un mañana.
Sus trajes de marca, el Audi negro, el pent-house. Que si bien, este último desconocía cómo era, ya se daba una idea de lo grande y caro que le salió a su jefe.
Rin rodeó el escritorio hasta llegar al lado del albino, comenzando a quitar las carpetas y acomodarlas cerca de las orillas del escritorio, dándole espacio necesario para el plato pedido por éste.
—¿Qué haces?
La grave voz llamó su atención, para darse cuenta de que Sesshōmaru la está mirando fijamente. A pesar de que por fuera no mostraba ningún indicio de nerviosismo, la verdad es que internamente parecía que en cualquier momento iba a colapsar.
Se había tomado tal libertad, sin siquiera pensarlo.
—Retiro los papeles para que pueda comer —sonó tranquila—. A menos que quiera que pase un accidente.
—Has lo que quieras.
El alivio llegó al cuerpo de Rin, al escuchar esa frase. Al menos no había provocado la ira de Sesshōmaru. Pero analizándolo un poco, su jefe jamás le había dicho algo así anteriormente.
Podía entenderse que le importaba poco lo que hiciera, pero a la vez, era como dar su autorización a sus acciones. De una forma u otra, le hizo sentir bien, provocando que una sonrisa se le dibujara.
Al terminar de desocupar el espacio, agarró el platillo que pidió el albino y lo acomodó en el escritorio. Lo hizo lo mejor que pedo, guiándose un poco en la manera en que acomodaban los utensilios en las mesas de los restaurantes. Al terminar, se quedó satisfecha por su logró, a pesar de que Sesshōmaru no lo tomaría en cuenta.
Volvió a su lugar, para hacer lo mismo, aunque ella no hizo el arduo trabajo que realizo con los utensilios y plato del hombre. Ella y la etiqueta estaban totalmente peleadas.
—¡Buen provecho! —Dijo con entusiasmo y empezó a comer.
Al momento en que la escuchó, Sesshōmaru dejó de lado los papeles que leía, y prestó su atención a la mujer que ya comía con mucho ánimo.
Se dio cuenta que ésta no tenía un platillo como el suyo, lo que tenía era comida tradicional japonesa. Alzó la ceja, curioso, la secretaria tenía toda una gama de platillos para escoger, para poder probar algo diferente y terminó pidiendo lo que un chico de secundaría llevaría a la hora del almuerzo.
No sabía cómo calificarla, si por tonta, o por mujer con costumbres muy tradicionales.
Sin darle más importancia a tan trivial asunto, prefirió el comer de una vez, ya que no tenía tiempo que perder, quería terminar todo ese trabajo que se les acumuló repentinamente.
—Señor…
Alzó su mirada a la mujer, que se limpia los labios con una servilleta de tonalidad melón.
—¿Ya ha pasado algo entre el señor Inoue y el señor Ootori? —Preguntó con una seriedad poco común en ella.
Sesshōmaru centró su atención en Rin.
Si bien, él ya sabía del primer encuentro entre ambos hombres para la negociación. De la cual, según lo que le dijo Bankotsu, Naraku pareció muy interesado en ello, pero aún no había accedido a dar la firma. Sabía que eso tenía que tomar el tiempo necesario, para que ese tipo terminara cediendo por sus ambiciones.
—Nada relevante —se limitó a decir.
—Ya veo —jugó con los palillos que sujetaban sus dedos—, será un proceso algo lento.
—Concéntrate en lo tuyo, Honjō.
—Ya lo sé, pero no puedo evitar el preocuparme —torció la boca—. El que se vea más gente implicada en esto, no me hace sentir nada bien.
»No me preocupo por nosotros tres, porque sabíamos desde un principio a lo que nos enfrentamos y que lo hacemos por un bien en común —los ojos marrones se opacaron rápidamente, perdiendo su típico brillo—. Pero esas personas que están ajenas a todo…yo… Yo no quiero que nada malo les pase.
—Nadie los obligo a aceptar —habló con acidez—. Pudieron declinar mis ofertas, pero no lo hicieron. Tomar sus acciones de manera samaritana por su parte, es darles mucho crédito.
—Pero…
—Escucha bien, Rin —la nombró con fuerza—. La gente es capaz de hacer cualquier cosa por obtener lo que desean.
»Bankotsu aceptó por la jugosa negociación que pude sacar con la compañía, que le hará ganar mucho dinero.
»Hakudōshi lo hizo para mantener la salud de su hermana.
»Y Midoriko tendrá sus razones para haberme ofrecido su ayuda.
»Pero al final de cuentas, están dejando que los utilice por un propósito en común. El vengarse de Naraku —vio como la secretaria bajó la mirada—. Puedo asegurarte de que las razones que te mencione quedan en segundo plano, ante el deseo de ver cómo Naraku cae de su podio. Incluso el mismo Inuyasha, tiene más presente su odio hacia Ootori, que el proteger a sus padres.
La secretaria no cambió su postura, seguía con la cabeza baja, con el flequillo cubriendo sus ojos marrones, con el rostro ensombrecido y con los brazos tensos, mientras las manos se apoyaban con fuerza sobre las piernas. Algo que lograba poner en conflicto a Sesshōmaru.
No entendía cómo una persona, que había vivido en carne propia la crueldad del ser humano aun creyera que podía encontrar bondad en los demás.
Rin era una paradoja humana, que había podido crear luz a partir de la densa oscuridad en la que se encontraba.
—Tu bondad, no es algo que todos puedan poseer —dijo con voz modula.
Rin lo miró rápidamente, mostrando un asombro repentino. El cual trajo de nuevo el brillo a sus ojos y el color en sus mejillas.
Sin embargo, guardó silenció absoluto, tal vez para no entrar en discusión, o porque había entendido el punto del albino. Lo cual era un alivio para él, ya que no quería volver a tocar el tema.
~O~
Después de aquella platica que tuvo con su jefe, no se dijo más al respecto. Habían terminado de comer y volvieron a centrar su atención en su trabajo. Ninguno habló, más que lo necesario y que fue de la labor que realizaban.
La joven secretaria percibió la incomodidad que emanaba de su jefe, algo que llegaba a expresar con aquel entrecejo fruncido. Pero, aun así, no se animó a cuestionar que era lo que le incomodaba, era mejor dejarlo con sus propios conflictos, los cuales ella también estaba cargando.
Tu bondad, no es algo que todos puedan poseer.
Esa frase no dejaba de repetirse una y otra vez en su cabeza. No sabía cómo tomar dichas palabras. Ya que con su jefe no se podía asegurar absolutamente nada. Pudo haberlo dicho para marcar su bondad como un defecto, o como una virtud en ella. Aunque ciegamente, quería creer que era la última.
Odiaba lo complejo que era Sesshōmaru Takashima.
Agrupó un par de carpetas, dándoles un pequeño golpe contra el escritorio para emparejarlas. Las pegó a su pecho y se levantó de su asiento, lo único que le preocupaba por el momento, era el terminar su trabajo e ir a descansar a casa, aunque nada estaba seguro con el hombre que está encerrado en esa oficina.
Entró al despacho sin pedir autorización —acción que ya era normal—, dando camino hasta quedar en frente del escritorio. Sintió la mirada ámbar por unos instantes sobre su persona, suficiente para que prosiguiera.
—Aquí están los documentos firmados por Inuyasha y Tōtōsai. —Le extendió los folders—. Aparte, también están los informes que fueron mandados desde Francia.
Sesshōmaru cogió las carpetas y las guardó en el primer cajón de la derecha. Acción que fue suficiente para sorprender a Rin, ya que esté siempre revisaba dichos documentos al instante.
—¿No piensa revisarlos, señor? —Preguntó curiosa.
—Supongo que los revisaste antes de traerlos, ¿no es así, Honjō? —Clavó sus dorados ojos en la secretaria.
—Así es, pero…
—Bien, eso es suficiente para mí.
Todo se congeló de golpe para la mujer, que parecía estar clavada en aquel sitió, con el cuerpo petrificado, siendo sólo su constante pestañeo lo que daba a relucir que no era un maniquí.
Su mente era un caos, todo se mezcló entre sí, dejándola en shock. No sabía que decir, su voz murió. Pero aun podía ser consciente de la mirada que le estaba dedicando Sesshōmaru.
¿Sesshōmaru confía en ella?
¿A tal grado cómo para no checar documentos tan importantes?
Rin no podía entenderlo, ya que ni el mismo Inutaishō Takashima, mostró tanta confianza. Él siempre revisaba dichos documentos, a pesar de haber sido revisados anteriormente por ella.
—¡Honjō! —Le llamó alzando su voz.
Rin reaccionó ante la voz de su jefe, que permanecía sentado en su asiento, con sus intensos ojos color oro sobre de ella, y con su tipa expresión serena.
—Lo siento, qué me decía...
Bajó su rostro apenada, detestaba entrar en el limbo cuando estaba frente al hombre albino, era como darle derecho a que le grite. Porque a pesar de que le gritaba a todo el mundo —sobre todo a Inuyasha—, con ella era distinto.
Era verdad que al principio lo hizo, pero con el paso de tiempo dejó de hacerlo. Si tenía que llamar su atención, su voz sólo sonaba un poco más grave, pero no le gritaba. Y quería que eso siguiera así, hasta que el plazo de los seis meses terminara.
—Ya te puedes retirar.
—Ah…sí señor.
Su cuerpo reaccionó por milagro, provocando que saliera disparada del lugar.
Cerró la puerta tras de sí, recargándose en ésta. Aquel nerviosismo que no presentó ante él, lo sacó en ese momento.
Su respiración se aceleró y su cara ardía. Si las cosas seguían así, todo podría ser un caos para Rin. Desde que descubrió que su jefe le atraía sexualmente, las cosas habían cambiado un poco.
Tomó asiento en su silla, dejando caer gran parte de su cuerpo sobre el escritorio, mientras su frente quedó pegada a la madera. Quería encontrar un momento de sosiego, a pesar de que sería imposible.
Ya tenía días en que veía en Sesshōmaru, lo que no vio en un principio. Si bien, al conocerlo admitió que su nuevo jefe era un adonis, entre los hombres atractivos que había conocido en su vida, no fue algo que llegara turbarla, estaba tan centrada más en los problemas que podría tener con dicho sujeto, si no lograban entenderse. Pero ahora que dicho problema se había superado, no podía evitar el ver ese atractivo tan particular en el albino.
Todo en él era perfecto, ante la vista de cualquier mujer, sin importar cuál sea su tipo de hombre, Sesshōmaru era atractivo y punto. Incluso Kagome y Sango le dijeron que también llegaron a sentirse atraídas hacia él, por su actitud de chico serio y porte elegante.
¿Qué se podía esperar de ella?
Y más viviendo en la soltería por un año completo, y sin ningún perro que le ladre. La soledad era muy cruel después de un tiempo.
Tan pérdida se encontraba en sus propios problemas, que no sé dio cuenta de que la gente se despidió de ella, de que el reloj seguía avanzando y ella aún permanecía en la oficina.
—La oficina no es un albergue, Honjō.
Brincó sobre su asiento, provocando que se hiciera hacia atrás y así ver por completo a su jefe, que estaba parado al lado de su escritorio.
Lo vio en todo su esplendor.
Sesshōmaru acostumbraba llevar puesto trajes negros —los cuales le quedaban a la perfección—, pero esta vez traía uno gris oscuro, con una corbata del mismo color y una camisa negra. Vestimenta que lucía muy bien en él, más bien, cualquier cosa que usara lo haría lucir bien.
—Lo siento, yo… —Se fijó en la hora y se levantó de golpe—. Dios, se me va a pasar el metro.
Sesshōmaru la vio moverse a tropezones, apagando el computador, guardando algunas carpetas que aún estaban sobre el escritorio, mientras daba constantes miradas a la bolsa morada que hacía juego con el traje. El cual no paraba de ondearse a los rápidos movimientos de la secretaria.
Había vuelto a usar esa vestimenta que ocultaba sus atractivos y le hacían ver mucho más baja de lo que era.
Cuando parecía que todo estaba en orden, Rin cogió su bolso y chaqueta para ir corriendo al elevador, en donde pico varias veces el botón. Esa mujer sabía cómo armar un show por algo tan simple.
Sesshōmaru levantó su ceja al notar que en el piso se encontraba algo rosado, lo cual identifico rápidamente como el celular de Rin. Lo recogió y lo guardó en el bolso de su saco.
Caminó hasta la pequeña mujer, que esperaba con desesperación que las puertas metálicas se abrieran.
Al llegar al lado de la secretaria, las puertas se abrieron a lo cual ella reacciono al instante y se adentró al cubículo metálico. Algo que el albino imitó, pero con mucha más calma.
Estando los dos solos en dicho lugar, pudo verla con mucha más libertad. Ésta se meneaba de un lado al otro, por el apuro de no alcanzar el transporte. Pero, aun así, era algo que la chica solía hacer estando apurada o no. La diferencia era que, cuando su cuerpo se mecía, lo hacía al son de alguna canción que estaba escuchando o cantando ella misma. Esa era la manera en que le agradaba, y no la que ahora estaba presenciando, le estaba mareando y haciendo enojar.
—Deja de moverte, Honjō.
La chica se detuvo de golpe ante sus palabras.
—Lo siento, señor.
Pero no había sido suficiente, ahora era su pie que golpeaba el piso del ascensor una y otra vez.
—Honjō.
—Lo siento —se volvió a disculpar.
Por qué esa secretaria tenía que ser tan hiperactiva, simplemente no iba de acuerdo con su manera de andar, pero ahí estaban los dos, aguantándose el uno al otro.
Sesshōmaru vio la numeración y estaban a nada de llegaran al primer piso, en donde Rin tomaría su camino, y no supo porque su cuerpo reaccionó tan impulsivamente, pero ya no había marcha atrás.
Había sujetado el brazo de Rin, atrayéndola hacia su costado izquierdo. La secretaria no tardo en verlo, esperando encontrar una respuesta por su acción, pero serían explicaciones que no le daría, ya que ni siquiera el mismo lo entendía.
—No cuestiones nada.
Las puertas se abrieron, pero nadie salió. Las puertas se cerraron y el elevador volvió a descender, iban directamente hacia el aparcamiento subterráneo del edificio.
Al llegar a su destino, ambos salieron. Pudo sentir como los pequeños pasos de la secretaria le seguían. Aun así, los intensos ojos marrones no dejaban de observarlo, como si con eso fuera suficiente para entender porque había actuado así.
Se detuvieron frente al automóvil negro de Sesshōmaru, el cual pilló dos veces al igual que las luces delanteras y traseras parpadearon.
El albino no tardó en abrir la puerta de copiloto y Rin se acercó dudosa, como si fuera la primera vez en que subía al coche.
—Deja el drama y entra.
—Señor, pero no es…
—Entra —dijo con un tono más autoritario.
Rin no replicó, simplemente entró al coche con un puchero bastante marcado en su rostro. Era cómo una niña cuando tomaba esa actitud.
Sesshōmaru caminó hacia el lado del piloto y entró, no sin antes dejar en los asientos traseros su maletín plateado. Se acomodó en el asiento y encendió el auto, vio de reojo a Rin, quien ya tenía el cinturón de seguridad puesto.
Sin esperar nada más, dio marcha.
~O~
El aura que se formó entre los dos fue densa y difícil de asimilar, algo que estaba acrecentando la ira de Sesshōmaru. Detestaba el que la chica se comportara de esa manera, y últimamente esa era la actitud que estaba usando con él.
La observó ligeramente, al estar el semáforo en alto.
Rin no dejaba de morder su labio posterior como el inferior, tanto que ya estaban rojos y algo inflamados. Sus manos no dejaban de moverse, sino era restregándose entre sí, era contra los muslos protegidos por la tela de la falda.
Jamás la había visto nerviosa, como estos últimos días. Ni siquiera cuando la amedrento en el coctel, tomó una actitud de esa índole. Simplemente no entendía a esa mujer.
¿Por qué tenía que ser tan complicada?
Prefirió no indagar por el momento, ya encontraría la forma en que la secretaria hablara, por las buenas o por las malas. No pretendía seguir soportando esa actitud.
Dio arranque al auto, al momento en que cambió la luz del semáforo, y aumento un poco la velocidad. No quería alargar más el recorrido, lo mejor sería llegar cuanto antes a la morada de Rin.
Transcurrieron no más de veinte minutos para llegar al edificio departamental en el cual vivía su acompañante. La cual se le iluminó el rostro, al momento en que se estacionó frente ha dicho lugar.
Salió del auto para abrirle la puerta a la secretaria, que se veía bastante impaciente por salir del carro.
Al abrir la puerta la joven mujer salió a tropezones del auto, lo cual hizo que topara con él de golpe. La pelinegra se echó hacia atrás rápidamente y lo miró asustada. Como si por tan estúpido accidente fuera a molestarse.
—Lo siento.
—Deja de disculparte —ordenó con hastió.
Rin abrió la boca, para después cerrarla rápidamente. Sin duda alguna, pretendía disculparse otra vez.
Sesshōmaru cerró la puerta con fuerza, provocando que Rin se estremeciera y diera camino a mitad de la acera, él simplemente la siguió con la mirada.
—No tenía por qué traerme, pero, aun así, se lo agradezco mucho.
Hizo una reverencia ante él, lo cual estaba de más. Por algún motivo, detestaba que la secretaria hiciera eso.
—Nos vemos mañana, señor —le sonrió.
Esta vez no era una sonrisa a medias, como la que le había dado a Sesshōmaru días atrás, era esa sonrisa sincera que caracterizaba a la pelinegra.
Rin giró sobre sus talones y caminó hacia la entrada del edificio, pero el albino tenía otra idea, no era momento de que la mujer lo dejara.
—¿No olvidas algo, Honjō?
La secretaria se detuvo de golpe y viró su rostro hacia él, con los ojos llenos de intriga ante su cuestión.
—¿Olvidar algo? No lo entiendo, señor.
—Revisa tu bolso —le ordenó.
Rin giró completamente, para encararlo. Abrió el bolso y empezó a hurgar el interior, para después darse cuenta de que le faltaba lo más importante.
—¡Mi celular! —Exclamó asustada—. ¡Oh por Dios, mi celular! No tengo mi celular, y ahí tengo todos los números registrados de las personas de la oficina y de sus contactos…
Su apuro desvaneció, al momento en que vio el celular en la mano de Sesshōmaru, que ya tenía su brazo extendido hacia ella, con su mano ofreciéndole el móvil.
Ella lo agarró con mucho cuidado, evitando de cualquier manera el tocar la mano del albino, el cual se dio cuenta de ello.
—Muchas gracias.
—La próxima vez que pase, no te lo devolveré —le advirtió—. Ya que recuerdo haber sido bastante claro contigo, cuando te dije que odio a las mujeres torpes y olvidadizas.
Sesshōmaru centró su atención en la mano de Rin, que apretó con fuerza el celular, cuando le dijo aquellas palabras.
—Lo sé señor, no volverá a suceder.
Rin tenía su mirada perdida en el suelo, se veía molesta.
El ceño estaba fruncido y los labios torcidos, el cuerpo estaba rígido, la mano derecha apretando el celular y la mano izquierda apretada en un perfecto puño. Está era la primera vez que la veía enojada, situación que el albino podía sacarle provecho.
Velozmente la cogió del brazo y la atrajo hacia él, tomando la pequeña barbilla de la mujer con su mano derecha. Así pudo ver como del enojo paso a la confusión, terminando con la expresión de asombro.
—Cambia tu actitud, Honjō —le dijo con voz firme, pero suave—. No hagas que me arrepienta de la decisión que tome respecto a ti.
—¿Qué decisión? —Indagó sin apartar sus marrones ojos de él.
Sesshōmaru la vio, de nuevo estaba esa actitud serena que le mostró aquella noche en el coctel.
No parecía importarle la cercanía y la manera en que le sostenía del rostro. Era como si esas acciones fueran cotidianas entre los dos. Algo que ya no le molestaría que se volvieran realidad.
Acercó un poco más su rostro al de ella, sus alientos chocaron y se mezclaron rápidamente.
El suave aroma de la mujer le llenó por completo el sentido del olfato. Era dulce, pero nada empalagoso.
La calidez que desprendía la podía sentir, a pesar de que había un pequeño espacio entre los dos. Y, aunque Rin era bastante baja, esa diferencia de tamaño poco importaba en ese instante.
—Lo sabrás a su debido tiempo.
—¿Y cuándo será eso? —Preguntó tranquila.
—Pronto —musitó.
Los labios de ambos se rozaron, un contacto meramente placentero para el albino. Uno que no deseaba sentir, pero ya no podía reprimirlo.
Deseaba a Rin Honjō, como jamás había deseado a otra mujer. Todo en ella era un misterio, desde su pasado, el presente y el futuro que estaba por llegar. Su personalidad dulce, pero aguerrida; su amabilidad y su fortaleza; su inocencia y su pasión.
Quería poseer al ángel que tanto protegía su padre y hermano. Deseaba saciarse de ella, para poder quitarse de una vez por todas el furor por la mujer. Sino lo hacía, no podría sacársela de la cabeza. Debía matar su curiosidad de una vez por todas.
Todos los pensamientos del albino se borraron, al momento en que sintió como los labios de Rin presionaron los suyos.
La pequeña mujer tenía los ojos cerrados, y está parada sobre las puntas de los pies. Había sido ella quien rompió la distancia entre los dos, algo que no desaprovecharía Sesshōmaru.
Su mano se deslizó hacia la nuca de Rin, enredando sus largos dedos con los sedosos cabellos negros. Así profundizando un poco el tacto entre sus labios, los cuales eran suaves, cálidos y dulces. Al momento en que Rin abrió un poco más su boca, sus lenguas se tocaron, provocando una terrible necesidad en ambos. Sin embargo, un suave gemido escapó de los labios de la pelinegra, que hizo que ambos separaran sus bocas, pero no la distancia.
La observó, no estaba nerviosa, ni avergonzada, más bien se le veía ausente, era como si estuviera asimilando lo que acababa de ocurrir. Incluso él, trataba de entenderlo.
—Yo... —calló por unos segundos— …estoy cansada y supongo que usted también. Así que lo mejor será que entre al departamento y usted vaya al suyo. —Lo volvió a encarar—. Nos vemos mañana, y gracias de nuevo por traerme.
Rin se alejó de él y caminó hacia la entrada del edificio sin voltear ni una sola vez.
Sesshōmaru no dejó de verla, hasta que la perdió completamente de vista. No se sentía enojado por el cambio que la mujer mostró, era bastante entendible. Ambos habían cruzado una línea que no debían. Pero si estaba molesto con él mismo, no debía acceder ante una atracción caprichosa, no podía y menos con Rin.
Montó el vehículo y cerró la puerta con fuerza, la furia le llegó abruptamente y todo por un estúpido beso. No debía darle importancia alguna y olvidarlo, era algo que ambos tenían que hacer quisieran o no.
Arrancó el coche haciendo rechinar las llantas en el asfalto, sin importarle el molesto sonido que eso provocó, así partiendo de aquel lugar.
~O~
Rin estaba sentada en el suelo, recargada en la puerta de su apartamento. No se había animado a entrar, por miedo de encontrarse con Ayame y, que ésta le cuestionara por su estado. Y no era para menos, su cuerpo no paraba de temblar, sobre todo sus piernas, las cuales las sentía como dos fideos. Su respiración seguía siendo acelerada y podía sentir el calor recorrerle de pies a cabeza.
—¿Qué hice? —Se preguntó en un susurro—. ¿Por qué lo bese?
Pero no tenía ninguna respuesta clara, todo era un manojo de ideas borrosas que no dejaban entender el arrebato que había cometido al besar a su jefe. Eso no era nada bueno, ni mucho menos correcto. Cómo podría verlo a la cara, después de eso.
Llevó sus dedos a sus labios por puro instinto, los tocó sutilmente. Aun podía sentir el roce, el calor y el sabor de los labios de Sesshōmaru.
Había sido un beso que pretendía ser apasionado, pero que no pudo culminarse al momento en que ella rompió el contacto.
Si hubiera dejado que aquel acto siguiera, hubiera sido el mejor beso que le hubieran dado en su vida.
No había duda, Sesshōmaru Takashima era un excelente besador.
Cubrió su rostro con sus dos manos de sólo pensarlo, esto iba a ser más complicado de lo que pensó.
¡Hola a todos!
Aquí estoy con otro capítulo más. Antes de que sean las doce y marque el inició del sábado.
Bueno, no tengo mucho que decir, sólo espero que les guste el capítulo de hoy, que comenten y opinen sobre este capítulo y lo que esperan del siguiente.
Muchas gracias por seguir la historia, y nos estamos leyendo.
¡Besos a todos!
