Bajo el sol
Esta es una adaptación
Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.
Capítulo 9
Rosalie ya llevaba un par de días de vacaciones y, en lugar de sentirse relajada y recuperada, estaba tan inquieta, irritable, excitada y caliente que ne cesitaba poner remedio a su situación. Con una patada, tiró al suelo la colcha de la cama y lanzó una maldición en voz baja.
Unas horas antes se había quedado dormida. Pero había sido un sueño irregular, intermitente, repleto de sueños con carga sexual que hacían que se despertara sobresaltada y al borde del or gasmo. Se sentía cachonda e insatisfecha al mismo tiempo. El cuerpo le pedía que acabara con esa agonía.
Rosalie se metió la mano entre las piernas, se abrió los labios vaginales y acarició su húmedo clí toris, Estaba muy excitada; las lentas caricias se aceleraron más y más. Sus dedos se movían con rapi dez; la respiración era cada vez más rápida y, en poco tiempo, consiguió llegar al orgasmo. Un gemi do en voz baja le subió por la garganta. Se retorció sobre la cama disfrutando al máximo de su orgasmo. Tras dejar de temblar, respiró profundamente y se estiró los músculos. Se desesperó al comprobar que, a pesar de sus esfuerzos, todavía estaba inquieta y tenía la necesidad de mantener relaciones sexuales... de sentir las manos de un hombre en su cuerpo.
¡Mierda! Esta isla mágica estaba causando es tragos en su libido. ¡Y no digamos Emmett McCarty! Estaba segura de que el pene que la penetraba en sus sueños era el de Emmett. Se estremeció al pensar en él. Le sorprendía que un hombre al que acaba ba de conocer y a quien casi no había visto duran te los últimos dos días pudiera despertar tal furor sexual en ella.
¡Dios! ¡El sueño que había tenido era muy real! Muy crudo, salvaje y delicioso. Se ruborizó al pen sar en Emmett. Se moría de ganas de descubrir si era tan bueno en la vida real como en su sueño.
Seguro que había sido la atracción magnética y animal que ejercía Emmett sobre ella la causante de que hubiera reaccionado como una mujer lasciva. O era eso o bien era que hacía mucho, demasiado tiempo, que no mantenía relaciones sexuales y, por eso, al ver a un tío bueno se había puesto como una moto. Pensó en cómo sería el mantener una relación intensa y decadente con él.
Con el cuerpo todavía caliente y anhelante, Rosalie dejó escapar un suspiro de sufrimiento y se secó con la mano la húmeda frente. El aire acondicionado de la cabaña no era un remedio eficaz para calmar ese tipo de fiebre. Inclinó la cabeza con el fin de mirar la hora y soltó un gruñido. Ahí estaba, totalmente desvelada, y todavía quedaban varias horas para el amanecer.
Decidió que sería mejor levantarse de la cama y pasear para calmar sus frustraciones sexuales y evitar acabar con un fuerte dolor de cabeza. Con que le doliera otra parte del cuerpo ya tenía sufi ciente.
De un brinco saltó de la cama, se puso los pan talones cortos y el top sin tirantes, se calzó las chancletas y salió de la habitación, sin olvidarse de coger su gorra favorita de los Chicago Bears de color rosa para cubrir su larga y despeinada mele na. No creía que fuera muy probable encontrarse con nadie a aquellas horas de la madrugada, pero por si acaso...
Se dirigió hacia la playa, segura de que un cha puzón en el mar le ayudaría a bajar la calentura. Con la luz de la luna creciente, el rocío de la ma drugada relucía e iluminaba el camino que condu cía al mar. Probó el agua del Pacífico con los de dos de los pies y se quedó ahí admirando la belleza natural que se extendía frente a ella. Las olas le acariciaban los pies y rompían en las rocas, unos metros más atrás. Cuando miró hacia la luna, una ráfaga de viento se llevó su gorra.
Intentó alcanzarla pero ya era demasiado tarde. Se la había llevado la brisa y había aterrizado en uno de los muchos senderos que conducían a lo alto de la montaña.
Rosalie se cruzó de brazos y apretó los labios. No sabía qué hacer. Podía esperar hasta el amane cer para entrar en la jungla, que en aquel momen to estaba oscura por completo, pero para entonces ya sería demasiado tarde, la gorra ya no estaría ahí. ¡Mierda! ¡Le encantaba esa gorra!
Hizo de tripas corazón y avanzó hacia la espesa vegetación. Ojalá tuviera con ella uno de esos lá pices linterna como el que Bella siempre llevaba en la bolsa de la playa.
Entornó los ojos para poder ver mejor y se adentró por el oscuro camino que conducía a la jungla. Miró a su alrededor pero el manto de hojas de la espesa vegetación no permitía que entrara la luz de la luna.
-¿Dónde diablos estará? -maldijo.
Avanzó un poco más por el camino, con miedo, y miró hacia arriba al ver la silueta de alguien que le bloqueaba el paso. Alguien muy grande.
El corazón le dio un brinco. Trataba de ver en la oscuridad de la jungla, pero no podía.
Las sombras ocultaban la identidad de aquella persona. Era imposible poder ver sus facciones. Sólo conseguía discernir la silueta en la oscuridad. Pero su olor y su impresionante estatura y corpu lencia le indicaron que se trataba sin duda de un hombre.
Y ella sólo conocía a un hombre que tuviera un cuerpo tan sólido como el que tenía enfrente. Trató de controlar el repentino nerviosismo que se apoderó de ella.
-Buenas noches -dijo-, he perdido mi go rra de béisbol y como es mi gorra favorita no quería esperar hasta el amanecer para buscarla. He pensado que, para entonces, ya habría desa parecido. -Era consciente de que estaba divagando, pero no podía parar de hablar.
Él gruñó algo incoherente y avanzó hacia ella con decisión. Su actitud la tomó por sorpresa. A los pocos segundos estaba junto a ella, con las ma nos sobre su cintura. El hombre se inclinó hacía ella bruscamente, puso la nariz junto al cuello de la joven e inspiró con profundidad. Un suave gru ñido de deseo se escapó de la garganta de aquel hombre. Ella se tambaleó y se echó hacia atrás, con el cuerpo muy rígido.
El hombre rodeó la cintura de Rosalie con el brazo para acercarla a su cuerpo y ayudarla a recu perar el equilibrio.
-Tranquila -le susurró al oído. Ella sintió que su cálido aliento le quemaba en la piel.
A pesar del hecho de que él había hablado con una voz más grave que de costumbre, esa simple palabra delató su identidad. Era Emmett. Ahora ya no le cabía la menor duda. Su cuerpo seguía rígi do. Se preguntó a qué estaba jugando Emmett. -Qué...
Él la interrumpió.
-Shh... No tengas miedo. -Su voz era tran quilizadora, engatusadora y tan increíblemente hipnótica que despertó un ardiente deseo en Rosalie. Emmett rozó con los nudillos la mejilla de la mu chacha-. Estás en buenas manos. -Su voz pro funda resonó en todo su cuerpo y le aceleró el pulso. Poco a poco se empezó a relajar. Emmett la apretó hacia sí hasta que estuvieron piel contra piel. Ella notó el calor corporal del joven y la cre ciente excitación en él.
Emmett volvió a oler a Rosalie en el cuello, como si se tratara de un animal hembra en celo, y luego gruñó otra vez. Ella no podía negar que había algo muy sensual y primitivo en sus acciones.
El soldado se inclinó hacia ella.
-Puedo oler tu deseo, pequeña, y voy a ocupar me de ti -le dijo con tono suave y autoritario al mismo tiempo.
Rosalie tragó saliva. Sabía que él no estaba pi diendo permiso. Lo que hacía era afirmar que iba a encargarse de poner solución a sus deseos sexua les. Todos y cada uno de ellos.
¡Qué fuerte!
No podía negarse a sí misma que era lo que es taba deseando. Lo deseaba a él, pero también era lo bastante inteligente como para saber que estaba camuflando su identidad a propósito. ¿Por qué lo hacía?
-Voy a explorar todo tu cuerpo y proporcio narte un placer como nunca antes has experimentado. Voy a hacer que te corras una y otra vez y, cuando creas que ya no puedes soportarlo más, te follaré hasta que caigas destrozada en mis brazos.
Ella empezó a temblar, pero no de miedo, sino de excitación. Deseaba que aquel hombre le reco rriera todo el cuerpo con las manos. Al notar el roce de su piel, los pezones se le pusieron duros y sintió una gran euforia. De pronto, el aire que los rodeaba se cargó de electricidad sexual.
Estaba muy excitada y no tenía miedo. Decidió seguirle el juego para ver hacia adónde conducía todo aquello. Respiró con profundidad para coger fuerzas e inclinó la cabeza.
-No tengo miedo -murmuró. Al mirarlo se dio cuenta de que llevaba puesta su gorra de béisbol. Él empezó a caminar, rodeándola. Se movía con nerviosismo, como un animal que rodea a una pre sa. Rosalie podía sentir el ansia animal que emana ba de Emmett.
Emmett caminaba despacio, de forma deliberada, muy cerca de ella. Colocó la boca tan cerca del cuerpo de Rosalie que ella podía sentir en el cuello el calor de su aliento. Le quemaba la piel y ese ca lor se le extendía de la cabeza a los pies.
Ella se quedó mirándolo fascinada, incapaz de pronunciar palabra. Sus movimientos primitivos hacían que pareciera más un animal que un hom bre. No lograba entender por qué ese hecho la ex citaba tanto. Como si adivinara sus necesidades, él actuaba como si estuviera a punto de lanzarse sobre su presa, de devorarla como si fuera un hombre de las cavernas. El deseo nublaba los pensamientos de Rosalie y todo su cuerpo reaccionaba y se hu medecía.
De pronto, se dio cuenta de que Emmett había adoptado el rol del dios de la jungla con el que tan to había soñado, de su Tarzán. El corazón le latía con fuerza. ¿Cómo lo había sabido? ¿Las habría oído charlar cuando estaban en la laguna del placer?
Ella se deleitó mirando su imponente estatura y respiró profundamente.
Cuando Emmett gruñó y frotó su cuerpo contra el de ella, su olor corporal la dejó abrumada, inca paz de moverse. Incapaz de protestar; bueno, ¡eso en el caso cíe que quisiera protestar! Pero no tenía ninguna intención de hacerlo.
Entornó los ojos y trató desesperadamente de ver su rostro. Deseaba con toda su alma haber co gido una linterna para poder usarla ahora. Pero no había sido lo bastante precavida.
Con aquellas manos cálidas y fuertes la agarró por los hombros y la obligó a avanzar por el escabroso sendero. De forma protectora, la cogió de la mano y la estrechó con fuerza para que ella viera que sus intenciones eran buenas. Aunque Rosalie se daba cuenta de que estaba actuando de un modo que no era propio de ella, la necesidad pri mitiva la impelía a caminar hacia delante. Dejó a un lado toda forma de pensamiento racional. Lo siguió a ciegas, sin saber muy bien cómo avanzar por aquel bosque, porque la oscuridad era total. O bien Emmett tenía una excelente visión nocturna o bien se conocía aquella jungla como la palma de la mano.
No intercambiaron palabra alguna mientras él la guiaba por un camino desconocido, en todos los sentidos. Con un movimiento que parecía resul tarle muy familiar, Emmett la colocó detrás de él para protegerla con su propio cuerpo. Esa actitud tan considerada indicó a Rosalie que aquel hombre salvaje tenía una gran integridad y fortaleza de ca rácter. Era muy distinto a la fauna de ciudad a la que estaba acostumbrada.
Rosalie oía el susurro de las hojas mientras Emmett se abría paso apartando las ramas. Poco después, se detuvo y se dio la vuelta para mirarla. Su olor animal la impactó; era un poderoso afrodisíaco.
Las manos de Emmett agarraron los rizos de Rosalie. Le echó la cabeza hacia atrás, dejando expues to su largo y hermoso cuello. Un gruñido extraño, primitivo y posesivo salió de los pulmones del jo ven. De forma brusca, la atrajo hacia sí y la besó en la boca. Luego, fue bajando la boca y con la lengua le lamió el cuello, hacia abajo hasta llegar a la altu ra de los pechos de la muchacha. Respiró profun damente para percibir mejor el olor de Rosalie y le chupó los pezones a través de la camiseta.
El cuerpo de Rosalie se estremecía de placer. Notó un fuerte calor en su interior; deseaba lo que estaba sucediendo tanto como él.
Cuando la joven fue incapaz de reprimir por más tiempo sus instintos carnales, alargó los brazos hacia él. Posó una mano sobre el sólido pecho de Emmett y gimió al notar la dureza de sus músculos. Sintió un fuerte escalofrío.
Era muy alto. Colocó las piernas de forma que inmovilizaba las de ella. Rosalie pudo sentir la pre sión de su pene contra su cuerpo. Casi mareada por el ansia, inclinó la cabeza hacia arriba. Necesi taba que él la besara en la boca con la misma pa sión que sus fuertes manos recorrían su cuerpo.
Cuando los labios hambrientos de Emmett presio naron los de ella, Rosalie notó una explosión de los sentidos que casi la hace caer de rodillas. Las rodillas le fallaban y se esforzó por mantenerse en pie. La dulce lengua del soldado salió al encuentro de la de ella. La besaba con exigencia, tomando lo que deseaba, sin preguntar. ¡Dios! ¡Nunca había experimentado algo tan salvaje y estimulante!
Cuando Emmett concluyó el beso, Rosalie se había quedado sin aliento. Se lamió la humedad de los voluptuosos labios recién besados y saboreó el dulce sabor que la boca de Emmett le había dejado.
En busca del placer, ella dejó que sus manos recorrieran el musculoso cuerpo del joven, cuya piel se estremecía al sentir el tacto de Rosalie. Las manos de la muchacha bajaron hasta el abdomen del joven. Se dio cuenta de que llevaba vaqueros. Desabrochó el botón de la cintura y metió dentro una mano.
-¡Oh, Dios! -exclamó cuando tocó el duro miembro de Emmett-. Quiero verte -murmuró ella acariciándole el pene.
Él tomó aire y deslizó la mano bajo la camiseta de Rosalie. Ella quedó desconcertada. Gimió y se frotó contra él.
En un movimiento fluido, él le arrancó la cami seta y la tiró al suelo.
-Siente, no pienses -dijo con un gruñido. Y con esas palabras empezó a moverlas caderas hacia de lante y hacia atrás. Ella podía notar que el pene, con cada movimiento, se endurecía cada vez más.
Decidió abandonarse, dejar a un lado el racioci nio. Se entregó por completo a sus deseos y se concentró sólo en los placeres eróticos que él le ofrecía.
Emmett rozó la piel de Rosalie con la punta de los dedos y palpó sus curvas. Los pezones de la chica se estremecieron. Quería más. La mano de Rosalie salió de sus pantalones cuando él se dejó caer de rodillas en el suelo. Presionó la nariz contra el cuerpo de la joven y volvió a disfrutar de su olor. Ese olor a excitación femenina saturaba el aire. El dulce aroma abocó a ambos a un intenso frenesí sexual. Ella rodeó el cuello de Emmett con los brazos y lo atrajo hacia sí.
Su dios de la jungla, su Tarzán, colocó la boca entre sus pechos. Sacó la lengua y la pasó por en cima de ambos. La lengua se aproximaba cada vez más a los duros pezones de la joven.
-Pruébame -murmuró ella, sacando los pe chos hacia fuera. Ese primer contacto entre lengua y pezón sacudió el cuerpo de Rosalie con lujuria. Él soltó su cálido aliento sobre el humedecido pe zón y luego se lo metió en la boca para probarlo más a fondo. Lo mordisqueó hasta que ella gritó de dolor y de placer. Luego, él cambió de táctica para darle un alivio temporal. Besó con suavidad los pezones de la joven y los lamió para calmar un poco las fuertes sensaciones. Ella gimió y se estre meció de placer. Emmett volvió a palpar el suave contorno de la joven. Disfrutaba de todos los re covecos del cuerpo de la muchacha. Era como si estuviera marcando a su hembra.
-¡Sí! -gritó ella con voz grave a causa del an helo y del calor que le quemaba las venas-. ¡Quie ro más! -El ansia se le clavaba en las entrañas y su cuerpo era cada vez más flexible bajo las manos de Emmett. Estaba casi asustada por el modo en que necesitaba que él la consumiera.
De forma un poco ruda, él le bajó los pantalo nes y dejó expuesto su sexo, húmedo y desnudo. Con las manos, recorrió la espalda de la muchacha y le acarició las nalgas. Cuando él masajeó su cuer po, Rosalie empujó las caderas hacia delante y se paró las piernas. Era una clara y silenciosa invita ción. Él soltó un gruñido de aprobación, con las manos siguió el contorno de las curvas de la joven; luego las pasó por encima de sus pechos y sobre su plano abdomen hasta llegar a la entrepierna de la muchacha. Le separó los labios vaginales y hundió el dedo en su húmedo interior. Los músculos de la muchacha empezaron a hacer movimientos ondu latorios. Deseaba que la acariciara más adentro, donde más lo necesitaba.
Él separó aún más los labios y metió el dedo hasta el fondo, notando el intenso calor y la hu medad. Quería avivar el fuego que ardía dentro de ella. Al meter el dedo dentro le rozó el clítoris y ella se estremeció con fuerza. Estaba muy hú meda y se mareó un poco al percibir en el aire el olor de la excitación. Emmett introdujo otro dedo hasta llegar al punto U de Rosalie, de forma ins tintiva. Sabía a la perfección dónde y cómo tenía que tocarla.
Un ruido extraño surgió de la garganta de Emmett y ella notó que él estaba en plena lucha con la fiera primitiva que habitaba dentro de él; una bestia que ardía en deseos de penetrarla y poseerla.
El cuerpo de Rosalie se convulsionó; el ansia la consumía. Su calor húmedo lubricaba la mano de Emmett. Ella tuvo una sensación salvaje. Estaba casi fuera de control cuando él hundió los dedos den tro de ella.
El corazón le palpitaba con una fuerza desbo cada. El olor de Emmett la envolvía y jugaba con su libido, ya sobre estimulada por aquella situación tan erótica. Todo aquello estaba causando estra gos en sus cinco sentidos. La boca caliente de Emmett recorrió su cuerpo como si fuera incapaz de sa ciarse. El calor de su aliento y de su tacto marcaba cada zona que tocaba. La intensidad de la química entre ambos casi asustó a Rosalie.
Él metió los dedos más adentro, provocando en ella un deseo aún mayor. Rosalie gimió; le faltaba poco para llegar al orgasmo. Las sensaciones eró ticas recorrían todo su cuerpo mientras los dedos mágicos de Emmett ejercían movimientos rítmicos dentro de ella. La entrepierna le ardía, estaba muy a punto...
-Por favor... -suplicó ella.
Él penetró los dedos con más fuerza y profun didad. La acariciaba, despertaba en ella un deseo salvaje, hasta que se produjo una explosión de color ante los ojos de Rosalie.
Él jadeaba y gruñía mientras con el pulgar apli caba la presión ideal sobre su clítoris. Introdujo un tercer dedo y la sensación la volvió loca.
Su cuerpo comenzó a temblar con fuerza y se tiró a sus brazos. Él no se detuvo y empezó a la merle el clítoris. Su dulce jugo le cayó en la boca. Ella se entregó a su orgasmo y movió las caderas hacia delante, mientras los dedos y la lengua de Emmett seguían haciéndola disfrutar. Ella hundió las uñas en los hombros del joven, pero a él no pare ció importarle el dolor. De hecho, los graves soni dos guturales que emitía parecían indicar que sen tía todo lo contrario. Ella respiró aceleradamente cuando sus músculos se tensaron y apretaron bajo el efecto de un exquisito éxtasis.
Cuando Rosalie dejó de temblar, Emmett se puso en pie sin dejar que sus cuerpos dejaran de estar en contacto en todo momento. Ella le acarició los labios con la lengua y probó su propio sabor.
Rosalie estaba ansiosa por sentir su pene en la boca. Quería chuparlo, acariciarlo y proporcio narle placer como él había hecho con ella.
-Quiero probarte -le dijo con atrevimiento. Su voz temblaba de deseo.
Su Tarzán la cogió por los hombros y la empujó hacia abajo para que se arrodillara. Con dedos an siosos, el joven se abrió los pantalones bruscamen te y dejó que su enorme pene quedara a la vista. Ella respiró su olor y luego respiró jadeante.
Rosalie gimió de placer y se inclinó hacia ade lante para meterse el miembro del joven en la boca. Retorció la lengua sobre la superficie de aquel enorme pene y luego abrió más la boca para po dérselo introducir. Pero era imposible, no le cabía en la boca. Los dedos de Rosalie se deslizaron en tre las piernas del soldado y le acarició los testícu los. Los apretó con delicadeza y él gruñó. Los so nidos salvajes que salían de la garganta de Emmett la excitaron mucho.
Siguió haciéndole la felación con ansia. Notaba cómo sus testículos se comprimían y se dio cuenta de que él intentaba no correrse.
Con extrema suavidad, ella los acarició y desli zó los dedos hacia detrás. Jugueteó acariciando la piel alrededor de su ano y el suave gruñido que emitió Emmett le indicó lo mucho que eso le gustaba. Despacio, con gran sensualidad, ella introdujo la punta de un dedo en su sensible agujero.
-Ya basta -susurró él con brusquedad, como si ya no pudiera resistir por más tiempo. Su voz sonó áspera, ahogada, irreconocible. La agarró de los pelos y se la quitó de encima. Ella sintió la pa sión indomable del joven y su necesidad urgente de dejar su marca en el cuerpo de ella, de poseerla.
Comenzó a jadear con fuerza. Una fiereza se apoderó de él y ella sentía cómo reverberaba en su cuerpo. Rosalie escuchó el sonido que hizo al colocarse el preservativo. Luego, Emmett la empujó contra un árbol y agarró uno de sus muslos. Le levantó la pierna y la colocó rodeando su propia cadera. Esa postura hizo que la vagina de la joven quedara completamente abierta. Ella presionó contra él ofreciéndole su cuerpo.
Gruñendo de placer, él la penetró. Hundió su boca en la de ella y absorbió el erótico gemido de la joven. Emmett introdujo la lengua en la boca de Rosalie y ella se retorció de placer. Al sentir su pene tan dentro de ella se le abrieron todos los sentidos. Pensó que iba a morir de éxtasis.
Los músculos de la vagina de la muchacha se contrajeron y presionaron el pene del soldado. Él empujaba cada vez con más fuerza, más y más rápi do, hasta que sus pelotas le golpearon el trasero. Le separó las nalgas con las manos y, con un dedo, le penetró el ano. Emmett emitió un pequeño gruñido de satisfacción al comprobar que ella apretaba el ano invitando a que metiera el dedo más adentro.
La penetraba con el pene mientras con el dedo entraba cada vez más dentro de su ano. Ella tensó los músculos y luego los relajó cuando Emmett, con el pene, acarició su sensible punto G. Estaba a punto de tener su segundo orgasmo. ¡Nunca ha bía sentido algo tan increíble! Su cuerpo entero se humedeció al entregarse a todas las sensaciones que estaba viviendo. La musculatura de su vagina se contrajo y vibró como consecuencia del orgas mo. Rodeó el cuello de Emmett con los brazos mien tras experimentaba aquella maravillosa sensación.
Cuando los músculos vaginales de Rosalie se contrajeron, él echó la cabeza hacia atrás, lanzó un grito de Tarzán y se corrió dentro de ella. Le temblaba todo el cuerpo.
Rosalie apretó los músculos aún más y mantuvo el pene en su interior el máximo de tiempo posi ble. Quería sostener esa conexión mágica y erótica que existía entre ellos. En ese momento temió no volver a experimentar nunca más una fantasía sexual tan conmovedora, explosiva y salvaje.
Emmett resollaba con fuerza. Trataba de recuperar el aliento de forma desesperada. Sostuvo a Rosalie apretada contra su cuerpo. Al soldado le encantaba el calor y la intimidad que había entre ellos en el momento en que sacó el pene de la va gina de Rosalie.
Ella recorrió con las manos el cuerpo desnudo de Emmett con gran ansia. Él fue consciente del modo primitivo en que su cuerpo reaccionaba a las cari cias de aquella mujer. Eso no era algo frecuente en él. Nunca se había dejado llevar de aquella forma, sin reprimirse, con ninguna otra mujer.
El ansia y la determinación de penetrarla, de sentir su calor más íntimo, de fundirse con ella en una sola persona era lo que lo había impulsado a soltarse y desinhibirse. ¡Dios! ¡No hacía falta que simulara comportarse como un animal! En cuanto sintió el cálido cuerpo de Rosalie junto al de él se convirtió en una fiera. Se recriminó a sí mismo su comportamiento. Delirante de placer y perdido en la neblina de la lujuria, había sucumbido a los ins tintos más básicos y se había abalanzado a ella como un animal en celo.
Un suave gemido de Rosalie le hizo volver al presente. Emmett la estrechó entre sus brazos con más fuerza y le rozó la mejilla con los labios.
No podía negarse a sí mismo que había disfruta do follándosela, y sabía que ella también se lo había pasado bien por la forma en que había respondido. Pero algo en sus entrañas lo atormentaba. Estaba claro que ella quería vivir la fantasía de hacer el amor con su Tarzán particular, pero en lo más hondo de su corazón Emmett sabía que aquella mujer se merecía mucho más que tan sólo vivir la experiencia de tener un encuentro erótico con un hombre salvaje.
-Oye -murmuró Rosalie. Él se estremeció al sentir en la cara el tacto de sus suaves manos. Se preguntó si habría notado las cicatrices que tenía debajo de los ojos. Se había quitado las gafas de sol desde el principio, ya que no quería llevar nada que pudiera revelar su identidad. Y se había ase gurado de hablar con un tono más grave que de cos tumbre cuando se dirigía a ella. Las manos de Rosalie le rozaron los labios y la mandíbula y luego siguieron el contorno de su rostro-. Quiero verte -le susurró en la boca.
¡Mierda! Él también quería verla. Quería verle la cara, los ojos, el cuerpo. Quería observar cómo se le ruborizaban las mejillas cuando se corría Deseaba abrir sus suaves labios vaginales para mirarla con detenimiento. Quería ver cómo su clítoris se hinchaba bajo su lengua. Anhelaba dejar una lluvia de besos sobre todo su cuerpo, sobre todos y cada uno de sus rincones, y tratarla del modo en que hay que tratar a una mujer, en lugar de abalanzarse sobre ella como un maldito animal en celo.
Emmett quería muchas cosas. Todas aquellas cosas que sabía que nunca más iba a poder tener. No podía jugársela demasiado si no estaba dispuesto a perder más de la cuenta. Y no estaba dispuesto a arriesgarse a que Rosalie lo rechazara porque era «mercancía dañada».
Ella se puso de puntillas. Le pasó la lengua por el labio inferior.
-¿Por qué no regresamos...?
Emmett le puso el índice sobre los labios y retroce dió un poco.
-Shh -le susurró. Luego le cogió las manos y las apartó de su cara. Recordó que todavía llevaba puesta la gorra de Rosalie; se la quitó y la colocó sobre la cabeza de la joven.
Ella se la apretó contra el pecho.
-No. Quiero que te la quedes tú -dijo. Su voz revelaba una intensa emoción. Por algún mo tivo inexplicable ese pequeño gesto conmovió a Emmett intensamente. Tal vez porque ella le había contado lo importante que era esa gorra para ella y por el hecho de que estaba dispuesta a separarse de ella para entregársela a él. Se dio cuenta de que Rosalie quería que él se quedara con un recuerdo suyo, con algo que mantuviera vivo el recuerdo de la noche salvaje que habían vivido juntos.
Emmett necesitaba abrazarla durante unos ins tantes más. La besó con suavidad en la boca y jugó con su lengua. Era un beso lleno de prome sas sensuales. Las manos del joven recorrieron con rapidez el cuerpo de Rosalie. Trataba de me morizar cada deliciosa curva, de forma que luego pudiera recurrir a ese recuerdo cuando cerrara los ojos. Al oír su suave y sexy gemido, tuvo una rápida erección, pero enseguida apartó a un lado sus deseos.
Él sabía que pronto iba a amanecer. Soltó a Rosalie y palpó el suelo para encontrar la ropa de ambos. Tras vestirse, él la guió hasta el camino que conducía a la cabaña de la joven.
-¿Te volveré a ver? -susurró ella. Su voz se ductora y sensual bombardeó la mente del solda do y despertó una docena de fantasías sexuales que se moría de ganas de poner en práctica con ella. Rosalie le puso la mano en la mejilla y él sintió un repentino sentimiento de posesión. Todo su cuerpo se estremeció. A decir verdad, no se había parado a pensar en lo mucho que su íntimo tacto o su sexy encuentro lo iban a afectar.
Él dudó unos instantes. Sabía que no podía ofrecerle nada más y no quería engañarse a si mismo con la idea de que podían tener un futuro juntos.
-Sólo cuando cierres los ojos.
bueno aki les dejo otro capi
espero ke les haya gustado :)
me regalan review?
los kiero se kuidan =D
