Arciria Mills
Me sentía bien. Anastasia era una compañera formidable. Estaba claro que había escogido bien, y que faltaba muy poco para que tomase definitivamente su lugar. Me era difícil ocultar una sonrisa de suficiencia mientras avanzaba por mi palacio. Me sentía orgullosa de mi trabajo con ella, de lo sorprendentemente sencillo que había sido convencerla de que estaba tomando sus propias decisiones al rendirse a mis encantos. Me acerqué a la sala del trono y me encontré con que ya había alguien sentado en él. De ser cualquier otra persona, probablemente lo hubiese reducido a cenizas, pero en este caso, no hizo desaparecer mi sonrisa.
_ Buenos días, Regina. ¿Qué puedo hacer por ti? ¿Estás cómoda?
_ Este trono es exactamente igual que el que tenía en mi palacio. ¿Tú qué crees?
_ Voy a suponer qué lo estás, entonces. ¿Has venido hasta aquí sólo para sentarte en mi trono?_ Le pregunté.
_ Lo cierto, es que venía a darte las gracias._ Dijo, poniéndose en pie.
La había observado durante toda mi vida, y sin embargo, seguía produciéndome una extraña sensación que una persona con mis mismas facciones caminase delante de mí. A ella no parecía importarle en lo más mínimo, sin embargo. La veía diferente, casi radiante. No parecía tan imponente desde hace mucho tiempo. Y, sin poder evitarlo, me volví a sentir empequeñecida en su presencia, casi asustada. Regina tenía algo que siempre me hacía sentir así.
_ De entre todas las muchas cosas que he hecho por ti… ¿Por cuál me das las gracias?_ Pregunté.
_ Me has permitido recuperar a mi hijo._ me dijo, con calma. Y entonces entendí por qué parecía tan radiante._ Y por ello quiero darte un consejo.
_ ¿Un consejo?_ Pregunté, confusa. No creía necesitar ninguno. Pero a pesar de todo, parecía ser la primera conversación que mi hermana y yo teníamos sin palabras ofensivas._ Te escucho, hermana.
_ ¿Quién eres, Arciria?
_ La reina_ Contesté, de inmediato.
_ No, Arciria. Yo soy la reina… o solía serlo._ Dijo, mirándome._ Durante todo este tiempo, has intentado ser yo. ¿No es cierto?
_ Soy mejor de lo que tú eras._ La desafié, porque no me gustaba el rumbo que la conversación estaba tomando.
_ Quizá._ Dijo, sin alterarse._ Pero eso, no es lo más importante.
_ ¿Qué lo es?_ Pregunté, seca.
_ ¿Eres feliz, Arciria?_ me preguntó. Yo no pude responder, me negaba a decirle que no._ Dudas. Y si dudas, es que no estás haciendo las cosas como debes. Mi consejo, es que dejes de intentar ser la reina malvada, e intentes ser tú misma. Sé que llevas toda tu vida intentando ser mejor que yo. Pues bien, lo has conseguido. Nuestra madre estaría orgullosa de ti.
_ ¿A dónde quieres llegar?
_ Abandona esta locura. Deja a un lado tu rabia.
_ No me quedaría nada si lo hiciera. No tengo nada salvo esto.
_ Podrías tenerme a mí, si lo dejases. Podríamos ser una familia. Sé que es lo que de verdad quieres.
_ ¡Basta!_ Exclamé, provocando que todo el castillo temblara._ ¡Lárgate, Regina!
_ Arciria…
_ ¡Vete! ¡Fuera de mi vista!
Pestañeé y Regina ya no estaba. Me dejé caer al suelo y me eché a llorar, llevando mis manos al rostro. No era feliz, eso era cierto, pero había llegado demasiado lejos. Ahora no podía dar marcha atrás. Había elegido un camino y ahora no podía echarme atrás. Yo era la reina, y no iba a dejar mi trono, era todo lo que tenía.
Esmeralda
No lograba localizar a Anzu. Era como si hubiese volado, como si hubiese desaparecido de la faz de la tierra, y empezaba a sentir que así era. Los sentidos que Arciria me había concedido eran infalibles, de modo que tenía que encontrarla en algún momento. Si bien, fue algo repentino. Hubo un segundo en que no era capaz de encontrarla, y al siguiente su olor se me metía en la nariz porque estaba aspirando demasiado fuerte. Ese hedor casi me destroza los pulmones. No hizo falta centrarme en seguirlo, porque fue ella la que se acercó a mí en primer lugar.
Era como Arciria me había descrito, y sin embargo había un par de detalles que me resultaban distintos. Tenía una cicatriz que le atravesaba el ojo izquierdo. Habría jurado que a un vampiro no se le podían hacer cicatrices. Iba vestida con una túnica blanca, con adornos dorados, en los que podía apreciarse varias veces la talla de un ojo, de estilo que, de haber tenido algo más de conocimiento habría catalogado de egipcio.
_ Tú debes ser el nuevo juguete de Arciria._ me dijo, con calma.
_ Yo no soy ningún juguete._ dije, poniéndome en pie.
_ ¿Prefieres que me dirija a ti como títere, entonces?
_ No me importa cómo me llames. No vas a durar lo bastante como para que lo recuerdes.
Anzu sonrió, como si llevase tiempo esperando un desafío y llevó sus manos a la espalda, de la que sacó un cetro que hacía juego con su atuendo, incluido el ojo. Eso me extraño, pues Arciria me había preparado para un combate a espada. Desenvainé la mía y la encaré. Ella movió el cetro, aferrándolo con sus guantes blancos, y perdí la visión por un instante debido al resplandor que este objeto produjo. Sentí calor, y como una poderosa fuerza me empujaba. Cuando recuperé la vista me encontré con el mango de la espada en mi mano. Y frente a mí, un charco humeante de color metálico, que no tardó en solidificarse de nuevo.
_ Ahora dime… ¿A quién ha usado Arciria para crearte?
_ No tengo ni idea de lo que me estás hablando._ le espeté, poniéndome en pie.
Solté el mango de la espada y la miré. Ella sonreía, confiada. No parecía la mujer que Arciria me había descrito. Tendría que emplearme a fondo con ella. Me concentré, y mis manos se convirtieron en garras. Anzu agitó el cetro, que convirtió en una espada, y sentí como me atravesaba el vientre, usando mi propia inercia en mi contra.
_ Dale un mensaje a Arci de mi parte._ Me susurró._ Puedes decirle que su reinado está acabado, y que no voy a tener piedad con ella, ni con nadie que la respalde.
Grace Valentine
Cuando Regina apareció en la entrada me pregunté donde habría estado. No me lo quiso aclarar, sólo me dijo que tenía asuntos que tratar con Emma, y que todo iría bien. Yo estaba sentada en el tejado de casa, mirando al horizonte. Me preguntaba dónde estaría mi madre, como casi cada minuto de cada día. Escuché un sonido curioso que me llamó la atención. Era el rugido de un motor. Aquello era sencillamente imposible. No había un solo vehículo que funcionase en la ciudad. Arciria se había encargado de ello.
Sin embargo, no tardé en verla. Desde la distancia era difícil apreciar alguna figura, pero veía una estela de polvo y sangre que se estaba formando cuando el vehículo pasaba por encima de cadáveres y muertos en vida, como si de simple asfalto se tratara. Venía directamente hacia la barrera, y pensé que se iba a estrellar. Pero la atravesó limpiamente. Me bajé del tejado como pude y fui a su encuentro. La única explicación que se me ocurría era que se trataba de mi madre.
Pero no era ella. Se trataba de una joven de más o menos mi edad. Iba vestida de cuero de arriba abajo, su rostro cubierto por unas gafas de sol. Su cinturón, con remaches plateados, servía de sujeción a tres espadas, dos por el lado izquierdo y una por el lado derecho. Me llamó la atención que una de ellas aparecía oxidada, o al menos es lo que se apreciaba en la empuñadura, del arma. Se levantó de la moto, una clásica chopper teñida de negro, y me sonrió, como si fuese una vieja amiga que no veía desde hace mucho.
_ Hola Grace. Ha pasado mucho tiempo. Para mí, al menos.
_ ¿Te conozco, acaso?_ Pregunté, mirándola.
Ella sonrió y se llevó las manos a las gafas de sol, que se retiró para mirarme a los ojos. Unos ojos de un tono azul brillante como el mar. Uno podía perderse en ellos, quedarse embelesado mirándolos. Sólo había conocido a dos personas durante mi vida que tenían esa mirada. Y una de ellas ya había muerto.
_ ¿Lianne?_ Pregunté, confusa.
_ La que viste y calza.
_ Pero… ¿Qué te ha pasado?_ Le pregunté, visiblemente alterada._ Es como si hubieran pasado…
_ Unos diez años. Tu madre y yo hemos estado atrapadas en el limbo. Pero ahora ya estoy preparada._ Me dijo.
_ ¿Preparada para qué?_ Pregunté.
_ Para derrotar a Arciria. He venido por el colgante de Christina. Lo necesito para vencerla.
_ ¿Y mi madre? ¿Dónde está? No seguirá…
_ ¿Atrapada? No, salimos juntas. Debe estar al caer, quería ocuparse de un asunto.
Me costaba creer que la chica que tenía delante de mí fuera Lianne. Parecía tan mayor, tan madura. Incluso mayor que yo. Siempre la había visto como una niña pequeña a la que cuidar, a la que proteger. Había sido la hermana menor que nunca había tenido. Y ahora, parecía capaz de vencer a un ejército ella sola. No dudaba que fuese capaz de hacer tal cosa.
_ Grace_ me dijo, mirándome._ Quiero que me prometas una cosa.
_ ¿Qué quieres, Lianne?
_ Prométeme que vas a darle otra oportunidad a tu madre, se lo merece.
Anzu Stealer
Para alguien como yo, diez años no deberían ser nada. Sin embargo, aquellos habían sido más significativos de lo que me cabía esperar. Apartada de todo y de todos, se tenía otra perspectiva de las cosas. Aunque lo más probable es que si Lianne no hubiese estado conmigo, hubiese terminado completamente loca. Había cumplido la promesa que le hice a su madre, y la había cuidado. Pero ahora me sentía culpable por Grace, por cómo la había dado de lado por mi propia rabia durante aquellos años. Sé que Jefferson no me podría perdonar aquello si siguiese con vida. En cualquier caso, yo jamás volvería a verlo. Era mi condena. Viviría eternamente, y si llegase a morir alguna vez, mi destino no sería el suyo, eso lo sabía.
Había mucho trabajo por hacer, eso lo sabía. Arciria no se habría vuelto para nada menos amenazadora en el tiempo que Lianne y yo habíamos estado ausentes que, a ojos de los demás, debían ser unas horas, o incluso unos minutos. No me gustaban las consecuencias de haber hecho que Lianne jugase con el tiempo, pero no habíamos tenido demasiada elección. Una niña no habría podido desafiar a Arciria.
Una leve sonrisa apareció en mi rostro cuando llegue ante la cúpula. Me alegraba comprobar que todo seguía donde lo había dejado. Posé la mano sobre aquella fina capa y comprobé que aún podía atravesarla. Una vez dentro, pude escuchar voces familiares. Aunque hubo una que me llamó particularmente la atención. Un acento, un acento italiano y juguetón que no podría olvidar. Traté de serenarme, pues aquello era imposible, y me acerqué al origen de aquella voz. Se me cayó el cetro que estaba sujetando, provocando un sonoro ruido metálico.
_ Lucrezia…_ murmuré, pestañeando rápidamente.
La rubia se volvió y me miró, sonriendo. Quise gritarle. Una no puede resucitar de entre los muertos y sencillamente presentarse con una sonrisa. Una tiene que dar explicaciones. Pero no lo hice, simplemente me acerqué corriendo, con tal deseo que tropecé y caí en sus brazos. Creo que nunca había estado tan contenta de ver a alguien.
_ Yo también me alegro de verte, mamá._ me susurró al oído.
Mamá. Aquella palabra era un bálsamo para mis sentidos. Hacía tanto que no la escuchaba. Grace ya nunca me llamaba mamá. Tendría que esforzarme por volver a ganarme ese derecho. Vi llegar a Grace, probablemente alertada por el ruido que había hecho, me saludó con la mano. Aquello me dolió un poco, pero no podía borrar los últimos diez años. A pesar de todo, me separé lentamente de Lucrezia y me acerqué a Grace.
_ Hola…_ dije, con más timidez de la que me gustaría.
_ Hola, Anzu._ Me saludó, mirándome de arriba abajo, estudiándome. Pero no había cambios en mí que pudiese apreciar a simple vista, salvo el corte que me cruzaba el ojo._ Lianne cree que te mereces otra oportunidad.
_ ¿Y qué es lo que crees tú?
_ Yo creo que no soportaría que me hicieras daño otra vez. Y que no me puedo fiar de ti.
Asentí, con intención de decir algo, pero entonces un sonido metálico llamó mi atención. ¡El cetro! Me volví y vi a Selennaya recogiéndolo del suelo, observándolo. Ella sabía tan bien como yo el poder que encerraba. Y a quién pertenecía en realidad. También por qué no podía devolvérselo. No obstante, tenía otros motivos para querer ver a la diosa que aquel objeto. Me acerqué y se lo quité suavemente de las manos. Ella no opuso resistencia, pero me miró con frustración.
_ Esto no es para ti, Selenna._ Le dije, en un susurro._ No te hace falta.
Ella suspiró. Estoy segura de que pensaba que con el cetro en la mano podría derrotar a Arciria. Pero yo sabía que no. No se trataba de una cuestión de poder, ese había sido nuestro error desde el principio. Cuanto más poderosos habían sido nuestros ataques, más fuerte se había vuelto ella. Ahora lo entendía, y por eso sabía que usar aquel cetro con ella, era una idea nefasta.
_ Pero sí que tengo otra cosa para ti, Selenna. Algo que te gustará más que el cetro.
_ ¿Y qué puede ser eso?_ Preguntó, incrédula.
Me acerqué, como si fuese a susurrarle algo, y repentinamente giré mi rostro y uní mis labios a los suyos. Yo había cerrado los ojos, pero pude sentir como abría los suyos con sorpresa antes de reaccionar. Noté sus manos rodeándome, su lengua encontrarse con la mía. Yo la acerqué más a mí. Sabía que ella estaba confusa, y eso le daba un encanto especial a aquel beso. Pude notar que lo prolongaba todo lo que le era posible. Yo sabía que podíamos seguir así toda la eternidad, pues ninguna de las dos necesitaba respirar, pero consideré que debía explicarme, por lo que me separé muy despacio, y la miré a los ojos.
_ ¿Por qué?_ Preguntó.
Parecía una pregunta simple, pero encerraba muchas otras que ambas sabíamos. Ella había albergado la esperanza de que volviese con ella durante mucho tiempo, y no entendía por qué lo hacía ahora. La había rechazado muchas veces, pero ella siempre parecía estar esperándome.
_ He tenido tiempo para reflexionar, Selenna. Y me he dado cuenta de que Jefferson no habría querido que estuviese siempre enfadada. No hubiese querido que estuviese sola.
_ Yo nunca le caí bien._ Me dijo, mirando hacia Grace, que tenía la vista clavada en las dos.
Lucrezia en cambio, parecía divertida, como si lo hubiese estado esperando. Ella nos había visto juntas, cuando la maldición cayó, y sabía la química que había entre nosotras. En cambio Grace, debía estar aún más enfadada conmigo. Y no se lo reprochaba. Había pasado años dejándola a un lado para vengar a su padre. Y ahora le hacía esto. No habían cambiado mis intenciones para Arciria, pero sí que había dejado mi rabia a un lado, y ahora veía las cosas con más claridad. Grace también lo haría, cuando se parase a pensarlo.
_ Él sabía que una vez te había amado._ Le dije, provocando que me mirase de nuevo._ Una parte de mí nunca dejó de hacerlo. Quiero ser feliz, me lo merezco. Ambas lo merecemos.
_ Es lo que siempre he querido._ Me dijo, en un susurro._ Pero temo que te eches atrás.
_ No lo haré._ Le prometí.
