CAPITULO 10
(Pov Halyna)
Caminé intentando ocultarme de la gente, en ese momento me sentía de lo más observada pero no me sirvió de mucho, al final de la calle dos hombres de negro con gafas del mismo color. Me detuve en seco y cuando giré Hannival Casannova estaba detrás de mí, retrocedí un par de pasos pero no me sirvió de mucho.
-Hannival- susurré-.
-¿Donde ibas?-.
-Yo...-.
-No me montes ningún número y sube al coche, tienes suerte de que sea yo el que venga por ti y no tu futuro esposo. Maluk no tiene ninguna paciencia ahora mismo y lo que quiere es atarte y castigarte pero no lo permitiré, serás entregada en matrimonio íntegramente como mandan las normas de mi familia-.
¿Qué coño se supone que debía decir? ya estaba todo escrito.
Me tomó del brazo e hizo que entrase en el coche que había custodiado por esos dos hombres de negro, allí solo estábamos él y yo, ese hombre no parecía una bueno, desde luego que no.
Cuando bajamos del coche subimos rápidamente a un jet privado.
Y allí estaba Maluk, su padre y el hombre de los tatuajes, Maluk no me miraba, solo se mantenía quieto mirando a la ventana y encendiendo un cigarrillo.
-Nos has dado un susto de muerte- dijo de forma retórica el de los tatuajes-.
-Menos cachondeo marica, está asustada, así que dejémosla con su espacio-.
Una mujer con uniforme me dijo con acento francés que la siguiese y así lo hice, me llevó a la otra parte de jet donde había un cómodo sofá de piel clara y una mini cocina, además de un baño privado.
-Si necesita cualquier cosa dígamelo- dijo amable y se fue no sin antes correr una cortina azul oscuro para darme intimidad-.
Cosa que agradecí mucho. Al menos el vuelo sería tranquilo, no quería enfrentarme a mi destino.
(Pov Maluk)
Después de tantas horas de viaje necesitaba una cama estable, ahora entendía al papa cuando besaba el suelo después de volar, mierda, que poquito me gustaban los aviones.
No quería ver a mi futura esposa y mi abuelo me aconsejó que no lo hiciese hasta el día de la boda, no quería pasarme con ella... no todavía.
Encendí el cigarro número... no sé, y me subí a la limusina, en la que iba con mi padre, los demás irían con ella en otra limusina.
Las puertas de la casa se abrieron y respiré hondo, en ningún sitio como en casa.
