La luz del alba se colaba por el espacio que había entre las cortinas e impactaba directamente en la cara del pelirrojo. Ron se despertó a regañadientes, odiaba despertar antes de lo normal. Sus compañeros de dormitorio aún dormían, podía escuchar los ronquidos de cada uno, en sus respectivas camas. Sabía perfectamente que, aunque tratara, no podría volver a conciliar el sueño. Con gran fuerza de voluntad, se incorporó y terminó sentado en su lecho. Llevaba una sudadera y un pantalón a rayas para dormir, no necesitaba más, ya que su cama era muy calentita y agradable, incluso durante aquel frío en el castillo. Desperezándose y rascándose la cabeza, se levantó al fin de su agradable cama de cuatro plazas.
Mientras se lavaba y se vestía, no pudo parar de pensar en cierta chica. Es que, ¿cómo no pensar en ella? Al estar junto a ella se sentía completo, y cuando no la tenía cerca era como perder una mitad de sí mismo. Sentía que ella lo complementaba a la perfección, lograba que se sintiera absolutamente acompañado y reconfortado, lo hacía mejor persona en todos los sentidos, se sentía entendido y como si fuera el chico más importante del planeta. Todo esto, lo hacía sentir Hermione Granger.
Junto a ella, olvidaba todos sus problemas, olvidaba el sentimiento de ser la sombra del gran Harry Potter, olvidaba el hecho de que provenía de una numerosa familia y no era tan tomado en cuenta de entre sus hermanos, olvidaba que nadie tenía muchas esperanzas puestas en sus logros y aptitudes. Junto a ella, él era simplemente Ron Weasley, el chico a quien la castaña quería.
Pero ¿de qué servía todo ésto si su relación con Hermione se había vuelto tan fría? Harry tenía razón: el pelirrojo TENÍA que hablar con Hermione; confesarle que sin ella, Ron no era Ron Weasley, no era nadie. Por todo ésto, tomó el consejo de su amigo y la invitó a Hogsmeade para el uno de Diciembre. Si tenía suerte, quizás Hermione lo perdonaría por ser tan idiota y sería, al fin, su novia. Pero, ¿y si no? ¿Qué haría Ron si la chica le admitía que ya no sentía nada por él? A lo mejor por eso, ella había actuado tan distante con él desde la noche del baile.
"El baile de Halloween". Otro acontecimiento que quedaría por siempre en la memoria del chico. Había bailado con la castaña, se habían abrazado, se atrevió a confesarle sus sentimientos y por encima de todo, la había besado. Jamás olvidaría ese beso, su primer beso con Hermione, tampoco olvidaría la sensación y el sabor que le habían dejado en la boca los labios de su "mejor amiga". Su perfume, sus ojos almendrados, lo cerca que habían estado uno de otro. Simplemente inolvidable.
Mientras todos éstos pensamientos cruzaban su mente, no pudo evitar que una sonrisa boba de inocente alegría se dibujara en su rostro.
Pudo oír movimiento en una de las camas a sus espaldas, al voltear divisó la cara adormilada de Harry, observándolo desde su atado de sábanas.
- Buenos días - saludó entusiasta Ron, tirándole una almohada al chico.
Harry no pudo esquivarla por estar recién despertando, lo que causó que recibiera un fuerte almohadazo en plena cara.
- Por un demonio, Ron - maldijo el chico, quitándose el cojín de encima y restregándose los ojos - Por lo menos podrías esperar a que estuviera despierto -.
- ¿Y donde estaría la diversión si hiciera eso? - se excusó su amigo con una sonrisa.
- Sí, eso es cierto - admitió Harry, pensativo.
Y ambos chicos echaron a reír. Neville gruñó en sueños debido al interrumpimiento del silencio, los dos amigos se miraron haciendo grandes esfuerzos por no seguir riendo.
Era un lunes seminublado, pero aún así muy frío. Tendrían que abrigarse más de lo normal, ya que tendrían Pociones en las frías mazmorras.
Harry se levantó y comenzó a vestirse lentamente mientras Ron lo esperaba sentado en su cama. Neville y Seamus también comenzaron a despertar, pero los ronquidos de Dean aún se escuchaban por toda la pieza.
- No me digan que es lunes - comenzó a quejarse Seamus con pesar - El peor día de la semana -.
Y sin otra palabra, se inclinó hacia atrás escondiéndose entre sus frazadas, tratando de olvidar que pronto tendría clases.
- Podrías pasarte por enfermo y dormir todo el día - ideó malicioso Ron.
- No creo que sea buena idea - advirtió Neville mientras se dirigía al baño de los chicos - Las clases más importantes las tenemos hoy -.
Seamus lanzó un gemido y siguió acostado tercamente en su lecho. Era cierto, ese día tendrían Transformaciones, Pociones, Encantamientos y Defensa contra las Artes Oscuras. Pensándolo bien, meditó Harry, eran todas las clases necesarias para llegar a ser Auror.
- ¿Listo? - preguntó impaciente Ron a su amigo. Harry se puso la capa, asintió y tomó su mochila. Ambos se encaminaron a la puerta de los dormitorios, antes de salir escucharon cómo Dean ya se despertaba y empezaba a lamentarse junto con Seamus del pesado día que se les venía encima.
En la Sala Común sólo estaba Crookshanks lamiéndose la cola sobre una mesa, al escucharlos llegar les lanzó una repulsiva mirada con su fea cara aplastada, bufó y se volvió en dirección opuesta. Como siempre, toda la basura de la noche anterior había desaparecido y hasta las chimeneas se mostraban limpias de cenizas.
- ¿Esperamos a las chicas? - sugirió Harry, y sin esperar respuesta dejó caer su mochila sobre un sillón.
- Será lo mejor - accedió Ron - Pero ojalá no demoren mucho, estoy muerto de hambre -.
Ambos se sentaron ante una pequeña mesa redonda a esperar. Pocas personas comenzaron a bajar y salían por el retrato de la Dama Gorda, directamente al Gran Salón a desayunar.
- Maldita sea - se quejaba Ron escuchando cómo su estómago rugía - Si no llegan en menos de cinco minutos, me comeré al estúpido gato de Hermione -.
Unos segundos después de sus palabras pudieron escuchar un golpe, risas y voces que provenían de las escaleras de las chicas.
- Hermione, ¿cómo piensas llegar al Gran Salón si con el primer escalón te tropiezas? - se escuchaba la voz de Zabini riendo y atragantándose por la falta de aire.
- Podrías tratar de ayudarme - reclamaba Hermione, aunque se notaba que le costaba contenerse para no reír también.
Su amiga tenía un ataque de risa tan grande que, al parecer, había tenido que tomar asiento en uno de los escalones. Hermione tuvo que levantarse sola, no era la primera vez que tropezaba con su larga túnica; ayudó a su amiga a tranquilizarse y bajaron juntas las escaleras, ahora apoyándose una junta a otra para no caer en otro descuido, debido a la risa.
- Si quieren tomar más tiempo en llegar, no importa. Harry y yo tenemos todo el tiempo del mundo - exclamó Ron irritado.
Las chicas notaron el pesimismo en la voz del pelirrojo y dejaron de sonreír.
- Bueno días a tí también Ron, gracias por tu interés - contestó sarcástica Zabini - Y nadie te pidió que nos esperaras, si tienes tanta hambre puedes bajar tú solo al Gran Salón y comértelo todo -.
- Bueno, ¿qué esperamos? - trató de calmar la situación Harry, previendo la discución que venía, tomó por el brazo a Ron y lo empujó por la salida antes de que pudiera replicar.
Al salir a los pasillos del castillo tuvieron que arreglarse bien las bufandas y abotonarse las chaquetas, el frío era alarmante. Bien podría ser el año más frío que habían tenido en mucho años, y eso que aún no llegaba el invierno. Nadie se entretenía mucho en un lugar o se quedaba parado en los pasillos, todos se dirigían rápidamente hacia sus destinos. Caminaron apresuradamente por escaleras, pasillos y pasadizos en dirección al Gran Comedor. No era un día muy agradable, sin contar el frío que llegaba hasta los huesos, las tediosas clases que tendrían y el hecho de que había un aire de pesimismo y cansancio en el ambiente. Los personajes de los retratos comenzaban a despertar y a cambiar impresiones con sus vecinos, bostezando y mirando pasar a los estudiantes.
Después de unos quince minutos los cuatro chicos llegaron ante las puertas dobles del Gran Salón, a pesar de que no había chimeneas en éste, inmediatamente al entrar se sentía una temperatura más agradable y un aroma a tostadas difícil de resistir. Había algunos profesores ya sentados en su respectiva mesa, comían y hablaban entre ellos con cierto aire de pasividad y una expresión de no querer escuchar bullicios de estudiantes tan temprano en la mañana. El Salón estaba medianamente lleno, las cuatro largas mesas se veían rebosantes de comida y algunos estudiantes ya estaban sentados en ellas. Los cuatro chicos se encaminaron, como siempre, al final del Salón donde estaba la mesa de Gryffindor.
- Harry, ¿terminaste los deberes de McGonagall? Ayer me pareció que los dejabas incompletos en la mañana - insinuó Hermione con un aire de reproche que no lograba disimular, mientras tomaban asiento.
- Ehhhhhh... supongo que no está completamente terminado - comentó Harry como quien no quiere la cosa y, al parecer, muy interesado en los cubiertos que estaban frente a él.
- ¿Por qué no lo terminaste? ¿Sabes que McGonagall es capaz de enviarte el doble? Y no le interesará en lo absoluto que tengas prácticas de Quidditch - se enfadó Hermione, dejando de lado cualquier apariencia de que no le importaba.
Zabini esperaba que Ron se interpusiera y comenzara a defender a su mejor amigo en contra de los sucesivos ataques de Hermione, pero éste no hizo ningún ademán de querer entrometerse en la situación. Suspirando y sintiendo cierta compasión por Harry, decidió ayudarlo ella misma. Definitivamente, Ron no pelearía con Hermione ni por un millón de galleons.
- Hermione, por favor, es lunes en la mañana - le discutió Zabini - Harry ya tiene suficiente con los nervios del partido y con la cantidad de deberes. No creo que no los haya terminado por flojera, sino por falta de tiempo -.
La castaña abrió la boca para argumentar ahora contra su amiga, pero finalmente decidió contenerse. Quizás era verdad. Pero eso no justificaba el hecho de que Harry no mostrara preocupación por sus obligaciones.
El ojiverde le dirigió una mirada de gratitud a Zabini y se sirvió unas tostadas.
- ¿A que no saben qué nos pasó? - preguntó George entusiasmado y tomó asiento entre los chicos. Había aparecido de la nada y su gemelo Fred venía detrás.
- ¿Qué cosa? - preguntó interesado Ron.
Fred venía detrás de George y había tomado asiento junto a Hermione con una sonrisa de felicidad a la que nadie le podía encontrar explicación razonable.
- Pues ... ya saben que éste Sábado es el partido contra Ravenclaw y que los entusiasmos y la competencia se hacen notar entre las distintas casas originando lo que todos conocemos como la sed del triunfo en Hogwarts - comenzó a explicar tranquilamente Fred dando unos rodeos que comenzaban a desesperar a los cuatro amigos.
- Al grano, Fred - replicó exasperada Zabini.
- El tema es - trató de aclarar su mellizo - que no se extrañen si hoy no ven al tonto de Michael Corner dándose aires de campeón por los pasillos -.
- ¿Qué hicieron ahora? - exclamó alarmada Hermione. Todo el mundo sabía que los mellizos Weasley no eran lo que se podría decir un par de blancas palomas, había momentos en que podían pasarse de la raya cuando de romper las reglas se trataba. Ellos mismos lo admitían a veces.
- No le hicimos nada - se excusó Fred con la mejor cara de inocente que era capaz de poner - Él se las buscó solito -.
- ¡¿Qué le hicieron?! - exigió Hermione pareciéndose por unos segundos a la madre de los Weasley en versión adolescente. Ante tan terrible visión Fred y George se acobardaron notablemente.
- Nada que Madam Pompfrey no pueda arreglar - contestó Fred tratando de tranquilizarla pero no había logrado lo esperado con éstas palabras.
- Simplemente le lanzamos un hechizo deformante por la espalda y convencimos a Peeves de que le hiciera creer que era la Muerte quien lo estaba siguiendo por ser tan arrogante. Ya saben que Peeves tiene ciertos habilidades como hacerse invisible y cambiar su tono de voz - explicó rápidamente George al ver que Hermione estaba muy cerca de comenzar a gritarles.
Harry, Ron y Zabini se desternillaron de la risa llamando alarmantemente la atención de los alumnos sentados cerca de ellos. Hermione respiró aliviada y dejó escapar una leve sonrisa que nadie notó, había temido que hubieran hecho algo mucho peor. A veces creía a ese par capaz de cualquier cosa.
- No sufrió tanto físicamente. Fue mas bien una conmoción nerviosa - comentó Fred sirviéndose un par de salchichas asadas y feliz de que Hermione no lo hubiera encontrado tan terrible - Cuando sus amigos lo llevaban a la enfermería tenía una cara de espanto que hacía creer que en verdad había visto a la Muerte. Recuérdame agradecerle a Peeves por su brillante actuación, George -.
- Por supuesto, Fred. Siempre hemos tenido la obligación de amistarnos con aquellos que realizan travesuras inocentes, como Peeves - replicó solemnemente el mellizo.
- Aún así pudo haber sido peligroso - insistió Hermione - Nunca se sabe como puede reaccionar una persona ante ese tipo de bromas. ¿Y si en verdad se trauma y debe ser llevado a San Mungo? -.
- No exageres, Hermione - desechó la idea Ron con tranquilidad y riendo aún - A mí me parece genial enseñarle una lección a ese fanfarrón. Hace tiempo que me estaba volviendo loco con sus charlas de la superioridad del equipo de Ravenclaw. Todos esos son unos malditos tarados que se creen muy inteligentes para el resto del colegio -.
Hermione se mostró ofendida al escuchar aquello. Después de todo, el sombrero casi la había mandado a Ravenclaw.
Un conocido estruendo se escuchó por todo el Gran Salón, los Gryffindor ni se inmutaron. Llegaban los acostumbrados cientos de lechuzas con el correo matutino y paquetes, provenientes de las familias de los estudiantes.
Una lechuza gris y muy vieja se dirigía directamente al grupo de amigos, dejó caer una carta en la cabeza de Ron y emprendió el vuelo para marcharse a descansar a las pajareras, pero en la vuelta chocó ligeramente contra otra lechuza y cayó al suelo entre las mesas, desmayada.
- Estúpida – comentó Ron si un dejo de compasión. Tomó rápidamente la carta y la abrió estruendosamente.
- Siempre le he dicho a papá que deberíamos comprar otra lechuza y sacrificar a ésta – exclamó Fred con amargura – Tenemos a Errol desde antes de que yo naciera. ¿No es cierto, George? -.
- Sí, incluso creo que desde antes de que naciera el tonto de Percy – lo apoyó su mellizo y siguió masticando sus tostadas con mermelada sin preocuparse por su mascota desmayada en medio del Salón - ¿Qué dice la carta, Ron? -.
- Nada importante. Mamá nos invita a pasar las vacaciones de Navidad a la Madriguera y nos desea suerte en el partido contra Ravenclaw – contestó Ron despreocupado – ¡Ah!, también te desea mucha suerte a ti Zabini, en tu primer partido. No tengo la menor idea de cómo se enteró, supongo que Ginny le dijo -.
Zabini sonrió apesadumbrada sin poder ni siquiera darle las gracias. Le habían dado unas terribles ganas de vomitar al acordarse del partido. Pero tuvo que aguantarse al ver que una lechuza le traía "el Profeta". Tomó la periódico, le puso unos knuts en la bolsita a la lechuza y comenzó a leer junto a Hermione.
- ¿Nada interesante? – preguntó Harry a las chicas después de unos cinco minutos.
- No mucho – respondió Hermione, aún concentrada en un titular. Resignada, levantó la vista y se tomó su jugo de calabaza – Zabini, el Profeta ya no publica nada de interés, no dice nada de los mortífagos ni del Innombrable. ¿Para qué sigues recibiendo mi suscripción? -.
La aludida se encogió de hombros y siguió leyendo.
- Me interesa qué está pasando. Siempre hay algunas pistas de lo que pueden estar haciendo los mortífagos y no creo que todo lo que escriban sea mentira – respondió al fin, pero aún leyendo – Nunca se sabe -.
- ¿Qué hora es? – preguntó Harry, tratando de captar la hora en el reloj de George – ¿No deberíamos ir ahora a la clase de McGonagall? Faltan tres minutos -.
Ron y Hermione estuvieron de acuerdo y Zabini tuvo que guardar el periódico en la mochila, resignada, para seguirlos.
Los cuatro amigos tuvieron que despedirse de Fred y George para ir a clases. Era un martirio tener que recorrer los fríos pasillos en esa época. En el aula de Transformaciones el ambiente estaba más cálido con la chimenea encendida y hechizos protectores contra el frío en las ventanas. Los cuatro amigos respiraron aliviados y tomaron asiento en las mesas más cercanas al fuego, sin que les importara que el contacto directo del calor con la piel les quemara y tuvieran que cambiar de posición de vez en cuando.
Minutos después, ya estaba toda la clase sentada y esperando que la profesora McGonagall comenzara.
- Muy bien - dijo la profesora levantándose de su butaca y mirando atentamente a toda la clase - Ya que están todos aquí, podemos comenzar. La semana pasada estuvimos viendo las Transformaciones Deformantes en los libros, pero no las aplicamos. Veremos quién de ustedes ha estudiado. ¿Alguien sabe en qué puede ser útil una de éstas transformaciones? -.
Muchos de la clase alzaron una mano, pero era de esperar que la de Hermione fuera la más rápida.
- ¿Señorita Granger? - le preguntó McGonagall, ya acostumbrada a su rapidez mental.
- Las Transformaciones Deformantes pueden llegar a ser muy útiles en el combate - contestó Hermione rápida y claramente - Te proporciona ventaja si tu oponente no logra moverse o se encuentra imposibilitado por la deformidad con que le hayas hechizado. Pero no es permanente y el hechizo puede acabar en minutos si no es bien ejecutado -.
- Exactamente. Cinco puntos para Gryffindor - comentó orgullosa la profesora - A mucho magos y hechiceros les han sido útiles, especialmente a los Aurores - añadió dirigiendo su mirada exactamente donde estaban Ron y Harry.
Toda la clase escuchaba atentamente sus palabras. No era una profesora muy liviana en cuanto a las reglas y si uno no se comportaba, podía llegar a ser extremadamente pesada.
- Por lo tanto, quiero que todos ustedes presten mucha atención a ésta clase. Puede llegar el día en que éste tipo de hechizos les salven la vida. Ya ven que las Transformaciones también pueden ser útiles al combatir las Artes Oscuras -.
Los cuatro amigos se miraron. Sabían a qué se refería McGonagall, afuera de los terrenos del castillo y por todo el país asolaba el terror y el peligro. Necesitaban hacerse con las mejores armas para poder vencer a Voldemort y a sus mortífagos.
- Por ahora, quiero que cada uno tome uno de éstas tazas y haga que les salga una segunda asa (no se como se diría bien .. orejilla? ..bueno ,XD... lo que sirve para tomar la tasita) al reverso de la ya existente. Empezaremos con lo básico, pero deben saber que la deformación que puedan causarle a lo que esten hechizando depende de ustedes. Por lo tanto necesitan mucha concentración para lograr el efecto esperado -.
Todos se levantaron para ir a la mesa de la profesora y tomar una de las numerosas tazas que estaban sobre su escritorio, al tomar asiento cada uno se quedó mirando la suya sin saber muy bien qué hacer.
- ¿Acaso no han estudiado nada? - preguntó duramente la profesora - El hechizo es Clasiqua Deformis, mientras lo dicen deben visualizar la deformación que esperan.
Todos comenzaron a pronunciar el hechizo, algunos causando desastres, otros logrando mínimos avances. Harry y Ron no lo hacían muy bien, como era de esperarse. El pelirrojo casi parte su taza por la mitad al golpearla con la varita, cuando realizaba erróneamente el movimiento de ésta. Harry había logrado que la asa de la suya desapareciera en vez de que apareciera una segunda. Zabini creía estar haciéndolo bien pero su taza no sufría un cambio en lo absoluto, no causó ningún desastre pero en el fondo no estaba causando nada de nada. Hermione, en cambio, había logrado que una pequeña asa apareciera en su taza, pero era muy débil y al tomarla se deshacía. La castaña trataba de perfeccionar su efecto pero, de todas formas, ya lo había logrado.
- Esto es imposible - murmuraba Harry de vez en cuando, exasperado.
Ahora su taza adoptaba un color rosa chillón cada vez que la hechizaba, la de Ron había terminado por romperse cuando éste se había reído de la taza de Harry y le dió un manotazo a la suya que la estrelló estruendosamente contra la pared de piedra, Zabini ahora lograba que en la suya apareciera una orejilla que desaparecía a los tres segundos, Hermione ya podía realizarlo a la perfección y McGonagall le había dicho que ahora tratara de que la taza cambiara de forma.
Eran clases cómo éstas las que desesperaban a Harry. Por más que tratara de deformar la maldita tasita le era completamente imposible lograr una mínima mejora. Aún así, su desesperación no se podía comparar en nada con la de Neville. El pobre chico despistado ya había destrozado tres tazas completamente y la cuarta que tenía en ese momento había comenzado a hincharse hasta llegar a niveles peligrosos. Al parecer, la taza estallaría en cualquier momento y Neville, desesperado, no sabía que hacer para detenerlo.
- ¡Cuidado! - advirtió Ron al darse cuenta del peligro. Reaccionó tan rápido que muy pocos lo notaron, con su túnica se cubrió a sí mismo y a Hermione, quien estaba a su lado. Harry no alcanzó a reaccionar tan increíblemente rápido.
Como es de esperarse tratándose de Neville, su taza explotó en miles de filosos pedacitos de porcelana que cubrieron toda la clase. El inmenso ruido de la porcelana quebrada los sobresaltó a todos como si hubiera sido un gran fuego artificial que estallaba en medio de la clase. Algunos cayeron al suelo de la sorpresa y la profesora McGonagall dió un respingo que casi la hace llegar al techo.
Neville, Ron, Hermione, Harry y Zabini eran los más cercanos al centro de la conmoción y estaban cubiertos de pies a cabeza por un polvo blanco de la taza. Ron y Hermione no habían sufrido daño alguno al estar protegidos por la túnica del pelirrojo pero Harry tenía la túnica con algunas rasgaduras y un vidrio de sus anteojos completamente trizado por otro pedazo de porcelana que le llegó a la cara. Otro afilado pedazo dañó la mejilla de Zabini, que sangraba levemente. Pero los daños, en general y para ser en Hogwarts, eran mínimos, sólo había sido el susto el que intranquilizó a toda la clase. Y bueno, Neville había sufrido algunos cortes en la cara y en los brazos.
- ¿Estás bien? - preguntó Harry a Zabini, preocupado al ver la mejilla de la chica.
- Sí, no es nada - lo tranquilizó su amiga y se limpió la poca sangre con la manga de la túnica.
La profesora McGonagall hizo desaparecer todos los pedazos de porcelana y el polvo con un movimiento de su varita y tras asegurarse de que ninguno de sus alumnos había sufrido ningún daño grave, respiró tranquila. Tras cinco minutos, el nerviosismo de todos, pasó.
- Bueno señor Longbottom - comentó la profesora con una muy leve sonrisa (cosa que impresionó a toda la clase) - Supongo que las Transformaciones Deformantes no son lo suyo -.
Neville sonrió tímidamente.
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- Eso sí que fue una clase ¿no? - comentó Hermione media hora más tarde, en la mesa del almuerzo.
- ¿Te refieres a que la materia fue interesante o a la explosión nuclear de una taza en la clase de McGonagall? - preguntó Harry, adivinando la respuesta. Conocía a Hermione hace ya muchos años para dudar de su forma de pensar.
- A las clases, por supuesto - contestó Hermione, poniendo sus ojos en blanco.
Ron suspiró. A él le parecía que la explosión de una pequeña taza era muchísimo más interesante que cualquier clase de Transformaciones que pudiera tener en su vida. Se sirvió un poco de papas asadas para no tener que hablar del tema y comenzar una discusión.
Después del almuerzo tendrían Encantamientos con el pequeño profesor Flitwick y Defensa contra las Artes Oscuras con el profesor Blustonberry, por lo que el relajo se veía muy lejano para el cuarteto de amigos.
El Gran Salón estaba atestado del sonido del tintineo de cuchillos y tenedores y de las risas y las voces animadas de los alumnos. Platos rebosantes de guisos, pastas, verduras, papas y otra enorme cantidad de comidas dejaban poco lugar en las largas mesas. El frío se reflejaba por las ventanas en los costados del Gran Salón pero éste tenía una temperatura bastante más soportable. El cielo raso se veía opacado por nubes negras que se movían rápidamente por el cielo.
- Odio los lunes - se quejó Ron otra vez. La emoción y el entusiasmo del desastre de la clase de Transformaciones ya se le había pasado hace rato.
- No es para tanto - comentó Zabini optimista, y con una gran sonrisa - Ahora quedan las clases más divertidas -. Su cara ya no tenía ningún rasguño gracias a la habilidad de Hermione con los hechizos curativos.
- ¿Por qué estás tan feliz? - preguntó Hermione recelosa.
- No lo sé. Supongo que me encantan las clases del profesor Flitwick, ojalá empiecen pronto - comentó Zabini como si nada.
Los demás siguieron comiendo, Harry se sentía un poco mal después de Transformaciones y no podía entender a qué se debía.
- Hola Harry - dijo una voz repentina a sus espaldas.
Los cuatro amigos levantaron la vista de sus platos y no fue poca su sorpresa al ver a Cho Chang saludando al ojiverde como la cosa más normal.
- ... hola - le respondió Harry con un poco de dificultad y completamente atontado por el asombro. ¿No era que la chica no le hablaba desde el año pasado?
- Te ves agotado, ¿tuviste un día difícil? - continuó Cho. Se veía decidida en trabar conversación con Harry.
- Mmmmmm... supongo - fue la estúpida contestación del moreno. Hubiera querido decir algo más pero tenía la cabeza completamente en blanco.
- Te entiendo, el mío tampoco ha sido muy bueno - comentó Cho dirigiéndole una intensa mirada - Bueno, nos vemos Harry - Y sin otra palabra, se marchó.
El silencio que siguió a ésta extraña escena fue total. Los cuatro amigos se miraban sin entender nada.
- ¿Qué fué eso? - preguntó Ron alarmado, como si estuviera en una película de terror muggle.
- ¿Desde cuando volviste a hablar con Cho? - preguntó Hermione extrañada.
- Desde ... ¿hoy? - replicó Harry - Tú eres la que debería explicarme a mí, Hermione. No entiendo más que tú. Tú eres la experta en entender la cabeza de las chicas -.
- ¿Crees que le sigues gustando? - le preguntó Ron a Harry, con una expresión de espanto que llegaba a causar risa.
- No tengo ni idea - Harry se alarmó - ¡Claro que no! - dirigió una mirada nerviosa a sus amigos y se fijó en Zabini.
La extraña alegría que había embargado a la chica hacía tan solo unos minutos se había esfumado repentinamente.
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En la clase de Encantamientos tuvieron que hechizar las sillas para que bailaran breakdance (ya saben, ese tipo de baile urbano en que los tipos dan vueltas en el suelo... bueno, imaginense lo mismo, pero con sillas P). Lo que fué bastante más fácil que las anteriores clases ya que tenían práctica con ese tipo de hechizos: en quinto año habían tenido que lograr que una piña bailara tap. Al término de la clase, Harry estaba de mucho mejor humor que antes, su silla había logrado bailar con más ritmo que muchas de las de sus compañeros (la de Neville parecía no entender la diferencia entre breakdance y ballet, lo que le había valido una nota deficiente). Pero aún no se podía sacar de la cabeza el asunto del extraño comportamiento de Cho Chang con él. Lo pensaría más tarde, cuando estuviera acostado en su cama, por ahora sólo tendría que preocuparse por la clase de Defensa contra las Artes Oscuras que era la próxima y última de ese agotador día, su clase preferida.
Tomó asiento con sus amigos en cuatro bancos al medio de la Sala. El panzón profesor Blustonberry aún no había llegado. El profesor que les había tocado ese sexto año era un viejo amigo de Dumbledore, sus clases eran bastante interesantes aunque no llegaban a superar las de Lupin. Al parecer, Blustonberry sabía bastante de Artes Oscuras y había participado activamente en contra de los mortífagos, a quienes detestaba y no dejaba pasar ninguna oportunidad de enjuiciarlos frente a toda la clase.
- Muy bueno días - saludó a la clase el profesor, saliendo sorpresivamente de una puerta lateral. Hubo un murmullo general de saludo y los alumnos tomaron asiento y se mantuvieron en silencio.
- Vaya día, vaya día - comentó amablemente Narciso Blustonberry - Ojalá estén tan impacientes como yo por empezar la clase. Pues bien, hoy la clase tratará de maleficios. Sé perfectamente que en su cuarto año los vieron a profundidad, quizás más de lo debidamente necesario; pero, como todos saben, fué un mismísimo mortífago el que se los enseñó, por lo que no pensarán que lo hizo debidamente.
La clase asintió un poco avergonzada. Habían estado frente a frente con un mortífago al que todos creían muerto durante todo un año, durante el cual creyeron ciegamente que se trataba de un ex Auror. A nadie le faltaban motivos para avergonzarse después de haber sido tan crédulos.
El profesor caminaba lentamente entre las mesas con su habitual languidez, vestía una túnica gris que parecía bastante vieja, tenía la cabeza descubierta dejando ver su pelo entrecano y la ligera calva de su coronilla; la primera impresión que le dejaba a uno era la de un viejito simpático pero que, en el fondo, no tenía ni un pelo de tonto. Detuvo su lento caminar frente a la ventana y estuvo unos cuantos minutos apreciando la lluvia que mojaba los cristales y deformaba el paisaje de los terrenos. Solía hacer ese tipo de cosas y sus alumnos lo atribuían al hecho de que ya estaba viejo y olvidaba continuamente lo que hacía.
- ¿Profesor? - preguntó tímidamente Lavender.
Narciso Blustonberry dirigió la mirada a la clase con sorpresa. -Sí, por supuesto, los maleficios -.
Ron escondió la cara y trató de acallar una leve risita ante la reprobadora mirada de Hermione. El profesor pareció entrar en razón y se adelantó hasta su escritorio para quedar frente a la clase.
- Supongo que todos sabrán cuáles son los tres maleficios imperdonables y dado que lo doy por hecho, quiero que abran todos sus libros en la página cuarenta y seis. Señor Finnigan, ¿podría leernos en voz alta el primer párrafo de la página?
Hubo un ligero estruendo de mochilas, hojas y sillas mientras cada uno sacaba su libro y lo abría. Seamus comenzó a leer la introdución a los Maleficios Imperdonables mientras toda la clase leía silenciosa. Una vez que hubo terminado, el profesor volvió a incorporarse para hablar.
- Bien. Los maleficios tienen una clara connotación con la magia negra, muy utilizada por mortífagos y otros indeseables - una clara mueca de desagrado apareció en la cara del mago tras decir ésto - No deben confundirse con los Encantamientos, los cuales son usados para situaciones de cualquier tipo exceptuando, claro está, el daño a otra persona. En nuestro mundo mágico ha habido claras manifestaciones de Maleficios Imperdonables en las sociedades a través de la historia. Señor Weasley, ¿me podría dar un ejemplo?
Ron parecía un poco alterado por tener que responder.
-Ehhhhh... supongo que... en los tiempos del Innombrable ¿no?
- Sí, por supuesto. Hace dieciseis años la magia negra tuvo su auge en todo el mundo mágico. Tenemos suerte de que siempre haya una persona que nos libera heroicamente de cosas tan terribles - comentó, dirigiéndole una sonrisa a Harry, toda la clase volteó para mirarlo - Aunque muchos de aquellos magos (si se le puede llamar mago a alguien que utiliza sus poderes para matar y torturar a otros) hayan terminado en Azkaban, aún hay muchos sueltos. Y es contra ésto contra lo que los quiero prevenir. Muchos de esos sinvergüenzas siguen sueltos y quizá estén más cerca de nosotros de lo que imaginamos.
El profesor volvía a salirse del tema para empezar a despotricar en contra de Mortífagos como hacía en cada clase de DCAO. Hermione comenzaba a impacientarse en su asiento, como cada vez que pasaba ésto. Parvati Patil levantó su mano para preguntar algo.
- Profesor, ¿en verdad cree que hay Mortífagos sueltos? - el terror se demostraba en su cara al terminar la pregunta.
Los cuatro amigos se miraron con exasperación. Voldemort había vuelto y aún había gente dispuesta a negarlo y a creer que no pasaba nada.
- Por supuesto - contestó el aludido con total naturalidad - No pensarán que todos los magos que hay en éste mundo son buenos como el pan. Pensé que ya no eran tan ingenuos después de haber descubierto que un profesor de esta misma materia era uno. Hay cientos de ellos por todas partes, tan despreciables como esos Lestrange.
Ante la mención de la familia más oscura de todas, la clase se estremeció. Harry no pudo evitar dirigir su mirada hacia Neville, que trataba de mantener el semblante normal pero sin poder evitar el enrojecimiento de sus mejillas. ¿Acaso el profesor no sabía que una de las indirectas víctimas de los Lestrange estaba sentado en su misma clase? Y hablaba de ello con total normalidad. Harry se sintió un poco enfadado de que el profesor no pudiera seguir con su clase y dejara de atormentar a sus alumnos.
- Pero los Lestrange están en Azkaban ¿no? - comentó Dean Thomas un poco inseguro.
- Eso no deja nada por echo- contestó el profesor con superioridad - Esa prisión que todos llaman terrible e imposible de escapar de la misma no es mas que una mera ilusión. Inclusive ya hay personas que han escapado: el pequeño Bartemius Crouch, ese otro canalla de Sirius Black, entre otros. ¿Quién puede creer que todos los demás que quedan no escaparán también?
Harry sintió un destello de rabia explotar en su interior, sus nudillos se cerraron con fuerza y Ron le puso la mano en el hombro muy levemente para que no cometiera ninguna locura. ¿Qué sabía él de Sirius?
Pero el profesor no pareció notar nada y siguió con su discuro.
- Pienso que lo que hay que hacer con todos ellos es simplemente devolverles el golpe. Si ellos torturaron y mataron gente inocente, ¿por qué no hacer lo mismo con ellos? ¡Ese Black mató a trece muggles de una sola vez! ¿Y qué le pasó? Escapó de Azkaban para correr libre por ahí. Bueno, me parece que está muerto según he escuchado de algunas personas, pero no es suficiente. Murió tranquilo, y a pesar de que no merecía nada menos que eso, debió haber sufrido en vida todo lo que hizo sufrir él a los demás.
Harry no creyó poder soportarlo por más tiempo y se puso de pie bruscamente. Ron, Hermione y Zabini trataron de sentarlo escandalizados ante lo que podía venir. El profesor Blustonberry dirigió, extrañado, la mirada hacia él.
- No me siento bien. Creo que necesito ir a la Enfermería, profesor - declaró rápidamente Harry, haciendo esfuerzos por contenerse y parecer lo más sereno posible. Aun tenía los puños apretados y el estómago contraído de ira.
- Sí, claro. Madam Pomfrey te dará algo - contestó, aún desconcertado, el profesor.
Harry tomó su mochila rápidamente, se dirigió al final de la clase y salió cerrando la puerta con brusquedad. Había hecho uso de todo su control emocional para no gritarle unas cuantas verdades al profesor. Aunque con Umbridge no lo habría logrado, Harry tenía muy claro que Blustonberry no tenía la culpa de no saber la verdad sobre Sirius. Pero eso no evitaba que en esos momentos lo detestara con todas sus fuerzas. El chico caminaba rápidamente por los pasillos tratando de descargarse la rabia. Estaba claro que no iría a la Enfermería, prefería llegar a la Sala Común que seguramente estaría vacía a esa hora. No quería hablar con nadie. Le espetó la contraseña a la Dama Gorda antes de que ésta pudiera abrir la boca; la Dama lo dejó entrar, resentida.
La Sala estaba vacía excepto por dos niñitos de segundo año que estudiaban en una mesa de la esquina. Harry tiró su mochila en el suelo y se dirigió a uno de los mullidos sillones mientras pateaba una silla que se le cruzaba en el camino con violencia. Los dos chicos de la mesa levantaron la cabeza escandalizados y lo miraron con temor.
- Lo siento - murmuró el chico, un poco avergonzado, y tomó asiento en el sillón más cercano al fuego. ¿Cuánto más tendría que seguir soportando que gente hablara en contra del supuesto asesino, padrino suyo? Aún después de muerto era enjuiciado sin pruebas, nadie sabía que en verdad Sirius Black era inocente y que el supuesto asesinato múltiple cometido por él había sido culpa de nada menos que de Peter Petigrew. Su padrino no merecía esa deshonra, Harry debía hacer algo para limpiar su nombre.
El fuego crepitaba alegremente en la chimenea frente a él, pero el calor no ayudó a levantarle el ánimo. Al contrario, lo único que hizo fué recordarle que la cabeza de Sirius le había hablado a través de esa misma chimenea hace unos años. El chico estaba devastado, que no daría porque la cabeza de su padrino volviera a aparecer entre las llamas para darle unas palabras de reconfortación. Algunos niños de cursos menores atravesaban el orificio del retrato haciendo alboroto y mirándolo con curiosidad. Harry hizo caso omiso del barullo, estuvo una hora entera sentado mirando fijamente el fuego con la mirada perdida. Debían de estar todos abajo, en el Gran Salón, cenando; pero lo que menos le apetecía a Harry en esos momentos era comer.
Odiaba la ignorancia del mundo mágico frente a todo lo que estaba pasando, odiaba a Dumbledore por permitir que la gente hablara así de Sirius sin dejar en claro frente a todo el ministerio que éste era inocente, odiaba por sobre todo a Bellatrix Lestrange y sabía perfectamente que lo que tenía pendiente con ella era una pelea hasta la muerte. Si hubiera podido, hubiera roto en gritos histéricos rompiendo todo lo que se cruzara en su camino tal como lo había hecho con el despacho del director al término del año pasado, pero debía controlarse. Con todo eso no ganaría nada, excepto nuevos murmullos sobre su locura e inestabilidad mental.
Lo desesperaba la idea de que Bellatrix estaba libre en algún lugar junto a su abominable amo planeando nuevos asesinatos y sin haber sufrido nada tras asesinar a Sirius. Pero eso acabaría para ella, y Harry se encargaría personalmente de ello.
- Harry -.
El chico levantó la vista, embobado. Ron estaba frente a él y lo flanqueban Hermione con Zabini, los tres con claras expresiones de preocupación. Harry suspiró desalentado y desvió la mirada hacia el resto de la Sala, quedaban muy pocas personas ya que la mayoría se había marchado a los dormitorios y el chico ni siquiera se había dado cuenta.
- ¿Estás bien? - preguntó cautelosamente Hermione inclinándose hacia él.
Harry se encogió de hombros sin mirarla, no tenía ganas de hablar con nadie. Ron miró a las chicas significativamente y Hermione pareció entender el mensaje, ambos se encaminaron hacia las escaleras para dejar a Harry en paz mientras lo deseara.
- ¿Zabini? - la instó Hermione desde el pie de la escalera con una mirada de alarma.
Pero su amiga negó tercamente con la cabeza y se quedó parada donde estaba.
- No quiero hablar con nadie, Zabini - le espetó Harry sin energías - Es en serio.
- Sí. Eso es lo que siempre dices ¿sabes? - comentó su amiga tomando asiento junto a él - Es por Sirius ¿cierto?
Harry levantó la mirada para ver que Zabini estaba sentada a su lado con una expresión muy triste en el rostro. No pudo evitar asentir levemente. La chica no se inmutó y se quedó mirando silenciosamente la oscura ventana sobre la chimenea.
- Harry. Siempre habrá gente que seguirá hablando mal de él. Aunque le expliquemos a todo el mundo que es inocente muy pocos lo creerán, y eso no lo podemos evitar.
El chico no contestó. No era eso lo que lo angustiaba en esos momentos.
- Lo echo de menos - comentó su amiga despacio.
Harry sintió como si su estómago se derritiera de pronto, de angustia. Zabini lo observó detenidamente mientras Harry hacía como que no notaba la mirada de la chica clavada en él, mientras jugaba con una punta de la alfombra.
- ¿No me vas a decir nada? - le espetó repentinamente Zabini con un ligero tono de reproche.
- ¿Qué quieres que te diga? - le contestó al fin Harry - No hay nada que decir.
- Estás haciendo lo mismo que hiciste durante todo el fin del año pasado - le reveló la chica dolida - No me hablas. Extraño a Sirius tanto como tú. Era mi tío por si aún no te has dado cuenta. Y tú no dices nada, te escondes y te alejas. Lo que más necesité después de que murió era hablar con alguien que entendiera por lo que estaba pasando. Pero tú sigues sin querer hablar del tema.
La revelación de todo ésto sorprendió a Harry. No sabía que Zabini lo había necesitado y no se le habría ocurrido en ningún momento.
- ¿De qué sirve que hablemos? - le contradijo el chico - Todo va a seguir como está y Sirius no va a volver. ¿En qué cambiará la situación si hablamos de ello?
- En tener a alguien en quien apoyarse - manisfestó Zabini subiendo el tono de voz - ¡Sirius hubiera querido que nos mantuvieramos unidos! Eramos lo único que le quedaba y nos consideraba a los dos como sus hijos.
La chica rompió en su entereza mientras unas silenciosas lagrimas le recorrían el rostro.
- Estuve allí y lo ví todo. Lo ví caer tras el velo al igual que tú, sin poder hacer nada por ayudarlo. Pero cuando todo terminó y volvimos a Hogwarts ni siquiera me dirigiste la palabra. No me miraste ni una sola vez. Me trataste como una extraña y tuve que pasar todo ese tiempo completamente sola.
Tras todas esas palabras que Zabini no pudo seguir conteniendo, siguió un profundo silencio. Harry se sintió muy arrepentido y avergonzado por su comportamiento tras toda esa declaración. Por supuesto, su amiga estaba compleamente en lo cierto.
- Yo... - Harry trató de manifestar su arrepentimiento con palabras pero se le hacía difícil - Lo... lo siento.
- Eres un idiota - replicó Zabini sollozando mientras se acercaba para abrazarlo.
- De verdad lo siento - se disculpó Harry sinceramente, rodeándola con sus brazos para tratar de reconfortarla en un intento de arreglar su error - Yo también te necesité. Pero... supongo que creí que no querrías hablar de eso inmediatamente después.
Ahora a él también le corrían unas cuantas lagrimas por la cara. Quizás era verdad que lo que más le habría ayudado en esos momentos era un abrazo de aliento. Pero ya había pasado y no podrían hacer nada por cambiarlo.
- Sirius estaría feliz de vernos ahora - comentó Harry para traquilizarla - Estaría feliz de ver que nos apoyamos y que nos acordamos continuamente de él.
La chica levantó la cabeza con sorpresa de escuchar que Harry hablara con tanta madurez. Al ver su cara cubierta de lágrimas sonrió tímidamente.
- Ahora eres tú el que llora como un bebé - lo bromeó con una risita para subirle el ánimo. Se separó de él y se secó las lágrimas con la manga mientras reía entrecortadamente entre cada hipido.
Al verla así, bromeando y tratando de ocultar su flaqueza de la forma más divertida, Harry se sonrió al apreciar lo parecida que llegaba a ser a Sirius.
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chan chan chan... ojala mandaran reviews...
