Capítulo IX: El Infierno
De modo que hay una planta gigantesca creciendo sin parar que va a adueñarse del mundo entero... ¿Es un juego nuevo?
Yamamoto, como de costumbre, no llegaba a tomarse muy en serio los asuntos de la mafia.
-Sí, y tenemos la misión de encargarnos de ella -respondió Reborn, que sí que iba en serio.
Los principales componentes de la Famiglia de Tsuna estaban en la habitación de la posada discutiendo el "plan de ataque", por llamarlo de alguna forma.
-¡Suena divertido!
-¡Yo me apunto! -gritó Ryôhei-. ¡No tuve ocasión de lucirme en el primer asalto, pero esa plantucha se va a cagar cuando me vea venir la próxima vez!
-¡Décimo, yo por usted haré lo que sea!
Tsuna no se podía creer que sus... "soldados" estuvieran dispuestos a enfrentarse a esa cosa. ¡Ojalá no fueran tan inconscientes! Pero él tendría que ir con ellos... y quizás no volviera a tener tanta suerte.
-¿Qué hay de mi hermana y la otra? Y la niña nueva esa también, claro… -preguntó Ryôhei con su habitual falta de tacto-. ¿Vienen a luchar también?
Tsuna se apresuró a intervenir.
-No creo que sea buena idea que las chic...
-Vendrán con nosotros -anunció Reborn, con un tono que no admitía discusión-. Será mejor no separarnos, la Gecolis Casiopea está literalmente en todas partes y puede salir del subsuelo para atacarnos.
-¿Pero esa cosa piensa?
Reborn asintió. La Gecolis Casiopea había demostrado ser una forma de vida lo bastante inteligente como para intentar erradicar una posible amenaza de raíz.
-Si nos separamos, irá a por nosotros. Un buen capofamiglia sabe que siempre es mejor mantener juntos a los suyos.
-¡Pero pueden acabar mal paradas!
Tsuna se quejó sin éxito, pues todo estaba ya decidido.
-Déjalo, Tsuna -dijo un sonriente Yamamoto-. Si pasa algo ya nos encargaremos nosotros.
-¡Para eso somos hombres! -dijo Ryôhei, aunque a Tsuna el argumento no le pareció muy convincente.
-Si la cosa se pone fea, yo mismo me encargaré de participar en la lucha –volvió a repetir Reborn, como una especie de mantra para que Tsuna no se volviera loco.
-¡Claro que sí! -rió Yamamoto.
-Al menos eso es un alivi... ¡atchús! -Gokudera volvió a sonarse y frunció el ceño de inmediato-. Esa planta va a cagarse, os lo aseguro... ¡Esto peor de la alergia desde que luchamos contra ella!
-Supongo que... ya no hay vuelta atrás...
-¡Mañana a primera hora iremos a por esa cosa y le enseñaré de primera mano lo que es el poder del boxeo! -proclamó Ryôhei-. ¡Que se quite la Madre Naturaleza esa!
-Aún no estamos listos -dijo Reborn, haciendo que todos se volvieran hacia él-. Antes de actuar, hay que buscar al hombre del traje azul. Luchará a nuestro lado.
No era una sugerencia ni un deseo. Era una verdad incuestionable.
En las profundidades de la isla invadida por la raíces de la Gecolis Casiopea, algo acaba de moverse. Se deslizó suavemente abriéndose camino por la dura roca hasta encontrar un resquicio por el que salir a la superficie.
Iba a haber fuego... lo olía en el aire. La cosa sonrió como le fue posible dadas sus extrañas facciones. Iban a llevarse una desagradable sorpresa en cuanto lo intentaran.
Apenas faltaban unos minutos para el alba cuando todo el pueblo fue despertado por un estruendo ensordecedor. Muchos fueron a asegurarse de que sus corrales para cabras estuvieran en su sitio, pues nunca se sabía cuando podía repetirse un extraño e inexplicable fenómeno de la naturaleza. Pero esta vez, no había sido la naturaleza.
-¿Qué es esa cosa? -preguntó Yako, quien, como casi todo el mundo, había acabado en la playa atraída por lo que se veía a la lejanía.
-¡La aurora boreal! -gritó Ryôhei.
-¡Qué va a ser eso la aurora boreal! -dijo Gokudera-. ¡Eso es una explosión! Yo entiendo de esas cosas.
-Pues da miedo -intervino Haru.
Reborn se había adelantado y observaba el horizonte con los brazos cruzados. Ese siniestro resplandor que quebraba la oscuridad no presagiaba nada bueno.
-Es napalm -dijo al fin-. Están bombardeando el lugar del impacto.
-¡Pero eso es una noticia estupenda! Ya no tendremos que ir a luchar -se alegró Tsuna.
-No cantes victoria tan pronto.
El bebé señaló hacía el punto luminoso y Tsuna creyó ver algo... que desentonaba.
-El ataque cesó hace poco, no debería continuar ardiendo -continuó-. Eso es porque no hay nada ardiendo.
-¡Pero es una planta!
-Es una planta muy lista.
El pueblo entero se estremeció cuando una columna de fuego se divisó en la lejanía, alzándose desde el punto en el que debería estar la isla para perderse en la inmensidad del cielo nocturno. Si había alguien sobrevolando la zona, ahora estaba carbonizado. Tsuna se quedó sin palabras.
-¡Ha... ha... ha devuelto el ataque!
-¿Qué demonios es esa cosa? -Gokudera encendió un cigarrillo y miró con el ceño fruncido al horizonte.
-Es terrible -dijo Kyôko-. ¡Jamás imaginé que vería algo así!
Quizás fueran la palabras de Kyôko, quizás la expresión a medio camino entre la sorpresa, la ira y el miedo de los presentes, o quizás simplemente el viejo Instinto Vongola; pero Tsuna notó algo. Estaba muy enfadado.
-Te... -dijo, armándose con el poco valor que le quedaba-. ¡Tenemos que hacer algo!
Reborn sonrió.
-No volverán a atacar la isla en al menos veinticuatro horas tras el chasco que se han llevado -dijo-. Tenemos ese tiempo para encontrar un medio de transporte e ir al encuentro de la Gecolis Casiopea -miró a Tsuna-. Tú te encargarás de organizarlo todo mientras yo voy a atender un asunto. Si no está todo listo a mi regreso, te pegaré un tiro.
Tsuna miró con mala cara al bebé, algo molesto por la amenaza. Pero este ya se había marchado a toda prisa en dirección al pueblo.
