Ya estoy aquí, sorpresa! Bueno, tengo la costumbre de compensar a los que demuestran paciencia, y vosotras queridas, la habéis demostrado de sobra. Este es un capítulo mucho más largo de lo normal y un punto de inflexión muy importante en la historia. Espero y deseo que os guste porque he puesto mucho de mí en él. Esta vez quiero hacer alguna mención muy especial. Las primeras, a Sandy y a Merlita, por estar a mi lado en momentos duros como los que atravesamos, a Laura Brooks y a Fanclere, porque nos vemos la semana que viene jajajaja. A Invento Chino, porque me haces los días muy fáciles con tu presencia y a Rebe/Ruby, simplemente por existir. LIZ039, Evazqueen, Su, Piluka75, Pelanito, Erpmeis, Andreja, SnixRegal, Gencastrom09, 15mardy, Hawaiana, Diana9915, Leylay, Ruah, Vnat07 , Lucyft013, Franchiulla, UnicornStickers, AleaRachel y a un par de anónimas que siempre están, me encantaría saber quienes sois, y una cosa, espero no defraudar a nadie jajaja. Y por supuesto, gracias a las que la hacen favorita y la siguen, no os olvido, gracias y besos mil a todas.
Y aunque los sienta muy míos, los personajes no me pertenecen, pero la historia, sí.
CAPÍTULO X
Llegamos a casa, hicimos las tareas, cenamos y muy cortésmente nos despedimos. Llegué a mi habitación y comencé a preparar todas las cosas que llevaría esa noche conmigo. Una linterna, ropa oscura, y una carta, una carta en la que decirle a Regina todo lo que sentía. Podía llegar a ser una idea suicida, porque podía ser que ella, no sintiera lo mismo, que se enfadara, que no quisiera saber más de mí, pero necesitaba hacerlo. Así pues, lo primero que hice fue sentarme en mi escritorio e intentar redactar la carta más difícil a la que me había enfrentado jamás. Tener mil cosas que decir y enfrentarte a una hoja en blanco, es siempre una tarea difícil. Comprobé mi pluma, apunté al papel y... Volví a levantarla. Era extraño no poder acometer tan simple tarea. Me levantaba de la silla, me tocaba la cabeza, miraba por la ventana, paseaba. De haber sido fumadora, me hubiera fumado una cajetilla entera en busca de la esquiva inspiración. Sabía lo que quería decir, pero en ese momento, no sabía cómo.
"Estimada Regina:..."
Nada, ninguna fórmula para comenzar me parecía lo suficientemente buena. Caían los folios uno tras otro con dos o tres palabras como mucho.
"Hola Regina: ..."
"Buenas noches Regina:..."
Qué forma utilizar, qué palabras y qué verbos conjugar. Mi paciencia y mi tiempo empezaban a escasear, tenía que escribir algo, tenía que centrarme y redactar esa carta. Decidí parar un momento, colocar mis ideas con cierto orden y respirar profundamente. Entonces, y sólo entonces, sucedió.
"Mi querida Regina:
No sé si estas son las palabras que esperabas leer. No soy una experta en esto, nunca he escrito a nadie más allá de una postal o cartas a amigas en la distancia. Pero esta no es una de ellas, esta es de las que se escriben muy rara vez y que las dicta el corazón.
Desde el primer instante en que te intuí como una silueta en una ventana, algo me arrastró hasta ti. Cuando mis ojos se cruzaron por primera vez con los tuyos, supe que tendría una misión en la vida, y no es otra que hacerte feliz. Nunca en mi vida me había planteado que una mujer me pudiera causar tales sensaciones, pero debo rendirme a la evidencia y comprender que no puedo luchar contra mí misma. Mi miedo reside en el hecho de ignorar lo que tú puedes sentir o lo que mi presencia pueda provocarte. Lo que sí sé, es que he sentido algo que no puedo explicar bien, que no poder verte me produce dolor, que mi apetito es menor y que una terrible impotencia me invade al sentirme tan pequeña contra el mundo. Tengo la sensación de que el destino nos quiere separar, que no quiere que seamos amigas, o lo que en un futuro podríamos ser. Puede que me equivoque en todo, y yo solo haya sido una sorprendente distracción y que para ti no tenga la menor importancia, pero para mí es otra cosa. Quiero que sepas, que aunque me tenga que ir, o tú tengas que marcharte, eres tan importante para mí, que te buscaré y te encontraré. No sé el tiempo que eso me llevará, no sé los kilómetros que tendré que recorrer o cuanto debo crecer para poder rescatarte de tu encierro, pero lo haré, lo haré si tu quieres que lo haga.
Hoy me he escapado de uno de los sitios más vigilados de este país y arrastrado por un pasillo peligroso, solo para poder darte esto (espero conseguirlo) Bueno, eso no es del todo cierto. Necesitaba verte una vez más, abrazarte si es posible y hacerte esta promesa mirándote a los ojos, NO TE ABANDONARÉ, NO ME RENDIRÉ Y SIEMPRE ESTARÁS EN MI CORAZÓN, EN MI ALMA Y EN MI MENTE, SIEMPRE. Regina, espero no haberte incomodado, no haberme confundido del todo, no hacer el ridículo y haber interpretado bien tus miradas, y las pocas palabras que nos hemos cruzado. Pero si sólo fui una distracción, un juego o una novedad que se pasa con el tiempo... Bueno, supongo que eso nunca lo sabré si no me respondes, así que guardaré cada imagen en mi cabeza como el álbum de recuerdos más agridulce de mi existencia. No he conocido jamás a nadie como tú, así que si no soy nada, puede que prefiera no saberlo.
Si al final las circunstancias nos separan, esta es la dirección de la Embajada donde trabaja mi padre, y aunque no sé durante cuanto tiempo, me harán llegar las cartas esté dónde esté, C/ Serrano 75 –28006 Madrid. Espero recibir algún día noticias tuyas, saber dónde estás y así poder ir a buscarte.
No me olvides, porque yo no te olvidaré jamás, eres mucho más importante de lo que puedes imaginar, mi vida ha cambiado desde el primer segundo en que te vi.
Con todo el cariño del que soy capaz y puedo expresar.
Emma Swan"
Releí la carta unas cinco o seis veces, todo me parecía mal, todo me parecía poco, todo me parecía pobre y sin sentido. Pero qué demonios, una vez más me repetí que no tenía absolutamente nada que perder, porque de algún modo, ya la estaba perdiendo. Así que la doblé con esmero y cariño, ese papel contenía la confesión más valiente que había hecho nunca a nadie. La introduje en uno de los sobres que tenía guardados para cartas especiales, y fue entonces cuando me di cuenta de que nunca los había usado, lo que concedía a esta carta el rango de "la primera carta especial". La guardé en mi mochila. Nuevo repaso de la breve lista de imprescindibles.
1. Ropa negra (Para no ser vista)
2. Linterna (Para ver)
3. Agua (Nunca se sabe)
4. Galletas (A saber cuanto tendía que estar en esa pared)
5. Carta (Lo más importante de la misión)
6. ...
La misión, ¿debería ponerle un nombre? Ciertamente, no hay misión que se precie sin un buen nombre, pero tampoco sabía qué palabra definiría esta total majadería. Como aún se oían ruidos por la casa, decidí que no era momento de salir, por tanto, invertí mi tiempo en pensar un buen nombre. Cuando tengo que buscar ideas algo más delirantes de lo normal, juego con mi mente a enlazar sin sentidos hasta tejer una buena alfombra de ideas, que aunque parezca absurdo, bien unidas, acaban conformando un lindo tapiz.
Mi cabeza comenzó a funcionar, todo empezó como empiezan las grandes ideas, con un simple... "Veamos, mmmmmm, a ver... Regina, Regina Coeli, o lo que es lo mismo, Reina del cielo, al menos del mío. Es decir, viene del latín. Vale, Reina, en inglés, Queen, my Queen, osea, la reina y yo, yo soy Swan, Swan y la reina, esto es, Swan and The Queen, en otras palabras... YA LO TENGO! Será la operación SWANQUEEN! Dios, que buena soy cuando me pongo"
Contado así, da la sensación de que me llevó poco tiempo, pero puedo asegurar que tarde un buen rato en tejer todo esto. El caso es que para cuando terminé mi tapiz, ya no se escuchaba ruido alguno en la casa. Era el momento, ponía en marcha "La Operación SwanQueen".
El plan era sencillo, entrar, subir, entregar la carta y salir sigilosamente. No era lo más sofisticado del mundo, no llevaba visión nocturna, ni equipos de apoyo, ni plan de contingencia. Solo mi mochila, mis ganas, mi miedo, mis sueños, mis pesadillas, mi valor, mi cobardía, mi desbocado corazón, mi descerebrado cerebro y sobre todas las cosas, mi carta y mi amor del bueno. Puede parecer ligero, pero pesaba, pesaba el sueño, el temor, el recelo, pesaba el desasosiego. Hice acopio de todo ello, saqué las fuerzas que en ocasiones parecen abandonarnos, y en mi mente solo una palabra, una palabra que sería mantra para el resto de mi vida "SwanQueen".
Me posicioné frente a la puerta de mi habitación, inspiré profundamente para llenar mis pulmones de aire y mi mente de valentía. Sujeté el pomo de la puerta, lo giré despacio, muy despacio, no podía permitirme ningún fallo, ningún ruido. Solo abrí un par de centímetros la puerta. Nada, ni luz, ni movimiento, nada, era el momento de avanzar. Unos pasos, penúltimo obstáculo, la puerta trasera, ella me conduciría a la salida de servicio. Conocía los rincones, conocía las salidas. "Vamos Emma, por la operación SwanQueen" Me repetía una y otra vez. Última puerta, último giro de pomo, últimos metros. "Para Emma por Dios, un guardia", me hablaba a mi misma para no sentir esa soledad que me abrumaba. "No respires, no te muevas, si nos pillan... a la mierda la operación sin haber salido siquiera de aquí". Pasó cerca, pero pasó. Podía continuar, allí estaba, la salida, la calle Serrano, primera parte de la "Operación SwanQueen", completada.
Madrid es una ciudad grande y viva, siempre hay gente pisando sus suelos, pero esa noche, ese lunes, parecía desierto. En ningún momento me paré a pensar si habría alguien a quien llamase la atención una jovenzuela paseando de noche, sola y a paso ligero. Pero pronto comprendí, que en las urbes casi nadie mira a nadie, por no ofender, por no molestar o por individualismo puro. Así que alguien vestido de negro, con una capucha ceñida hasta las cejas, y que no levantaba la vista, por lo visto, no era algo que llamase la atención, más aún, si no había a quién llamársela. Llegué sin mayores problemas al muro posterior del Palacete. Esta vez no paré frete a él, no quería arriesgarme a ser vista por quién no debía. Una nueva y profunda inspiración. Mis manos se aferraron al muro, "No lo pienses Em, o no lo harás nunca", mi autoconvencimiento flojeaba de vez en cuando, mi autoestima me empujaba, "Tu puedes Em, vamos, hazlo o no lo hagas, pero no te quedes en el intento", "Si, voy, no hay nada más que pensar, he llegado hasta aquí, que salga el sol por donde quiera". Salté, me quedé quieta un segundo, agachada, esperando alguna reacción a mi alrededor, por fortuna y como es costumbre en ese lugar, no se movió ni el viento. A punto estuve de encender mi linterna, pero de pronto caí, ¿No sería demasiada luz? Puede, mejor intentar avanzar así, poco a poco, paso a paso, por el momento, la luna llena sería mi faro. Había recorrido ese espacio tantas veces en mi cabeza, que casi no necesitaba mirar. Llegué al árbol, ese majestuoso manzano. Sus letras marcadas en el tronco "R" y "Z", Regina y Zelena, y una de las historias más tristes del mundo. Mi mano en él, una inconsciente despedida. Giré medio cuerpo, la ventana, ¿estaría abierta? Pronto lo averiguaría. Unos pasos, apenas tres o cuatro y me encontraba frente a ella, agazapada, para no ser vista si alguien miraba hacia el exterior. Me fui levantando lentamente, mis ojos llegaron al borde del cristal. No había luz, ni movimiento alguno, pero ya no me sorprendía, ni me asustaba. Como la primera vez, mi dedo índice se posó levemente sobre la madera, uno, dos, tres empujoncitos y la hoja se empezó a abrir. Desde luego no era el lugar más seguro del mundo, eso, o que cuentan con que nadie se atrevería jamás a traspasar esos muros. La ventana se abrió, un ligero chirrido, apenas audible, pero hizo parar mis movimientos. No hay problema, si yo apenas lo había oído, era imposible que nadie más lo escuchase. Como un ninja me colé dentro, era tal mi nivel de adrenalina, que no necesité ayuda, ni saltos, ni empuje, simplemente, me deslicé. Ya estaba dentro, comencé a transpirar, el sudor perlaba mi frente, pero no era el momento de quitarme la capucha. Recordé el ruido del suelo al pisar sobre él, así pues, decidí arrastrarme hasta llegar al borde de la falsa puerta. "Mierda, ¿dónde está el pomo, el tirador, el chisme, la manivela, lo que acciona esto? ¿Cómo leches lo abrió Regina?, Houston, tenemos un problema", pero evidentemente, yo no tenía ninguna estación de apoyo, nadie a quién revelar mis peores temores, ¿abortar misión? Ni de coña, ni en broma, nunca, solo tenía que pensar, y buscar con calma, calma, calma y mis dedos comenzaron a palpar los marcos, los burletes, las hendiduras de la vieja y sucia madera. De pronto un "clic" y una parte estrecha de la pared, se hundió. "¡Bingo!" Casi la lío, a punto estuve de gritarlo, pero como un milagro, me contuve. Solo rezaba para que no sonase, no recordaba que lo hubiera hecho, pero a saber. Por tanto, mi índice salió a pasear de nuevo, la punta de mi lengua se dirigió a la comisura de mis labios, y la estampa de ridícula concentración me vino a la mente como un flash, "¿Por qué siempre saco la lengua cuando hago algo que requiera una mínima concentración? Si Rub estuviera aquí, ya se estaba riendo de mí" Me faltaba Rub, mi Sancho fiel en esta Quijotada mía. No sonó, ni un poco "puede que Regina la mantenga así para que nadie la oiga subir ni bajar, si, seguramente sea eso".
Y ante mí, de nuevo las puertas del infierno. No sabía si sentirme Ícaro y saber que mis alas se derretirían nada más llegar al sol, o el Ave Fénix que saldrá indemne aunque muera a causa del fuego. El caso es que si en el infierno hay llamas, yo me dirigía hacia ellas sin traje ignifugo, ni extintores.
Se abría frente a mí, la oscuridad total, no podía usar la linterna, un peso en mi mochila que podía haber evitado. No importaba lo mucho que abriese los ojos, no lograba ver nada. Daba igual, decidí guiarme por los insititos. Pegué mi espalada a la pared, notaba sus arañazos como garras intentando detener mis avances. Poco importaba si me desgarraba la ropa, había llegado hasta allí, ya nada me detendría. Progresaba muy lentamente, ya puestos, la prisa era mi peor aliado. Tenía que evitar a toda costa los crujidos de la madera. De pronto algo me frenó en seco, alguien me había cogido de la chaqueta "Mierda, mierda, mierda, joder, joder, que me suelte de una vez. No mires Emma, no mires... joder, joder" ¿Mirar? ¿A qué? No se veía nada, pero notaba como tiraba de mi chaqueta, ¿qué podía hacer, qué salida tenía? "Pero seré idiota, ¿Qué leches hago aquí?, Creo que me han vuelto locas los puñeteros cuentos de mi madre, qué amor verdadero ni que leches, debería salir corriendo de aquí" Mi aguerrida pose se esfumó en menos que canta un gallo, sólo un pequeño tropiezo y me volví de cera, pero yo no quería ser Ícaro, todo caso Fénix. Hasta ahora me había funcionado bien, así que repetí una nueva inspiración. "Para Emma, palpa y observa qué te está frenando, que eres una cobarde de libro" Y así lo hice, era tan simple como una de las maderas perfectamente enganchada a mi chaqueta. Lógico, si uno se restriega por una pared llena de salientes y tablas afiladas, lo normal es que pague algún peaje. Recompuesto mi ego lastimado ante tan patética reacción, retomé el camino hasta detenerme, la pared llegó a su fin. Había llegado a mi destino, fase dos de la "Operación SwanQueen", completada.
Una vez más, saqué la llave que abría todas las puertas, mi consabido dedo índice, y para mi sorpresa, no encontré ninguna oposición, se abrió delicadamente. Daba la impresión de que la hubieran dejado abierta, como si me esperasen. Pero no me pare mucho a pensar en ello, simplemente me alegré de no tener que ponerme a buscar interruptores, ni resortes. Al otro lado había cierta claridad, lo achaqué a la hermosa luna llena que pendía en el cielo, o quizás, a que cualquier ápice de luz era celebrada por mis ojos. En realidad, no era lo uno ni lo otro, la ventana clausurada no permitía a la luna dar la luz suficiente como para iluminar una estancia, y lo que mi vista percibió, era una pequeña vela encendida en un rincón de la habitación. Sobre el lecho, una figura descansaba ajena a mi osada intrusión. Cuando salí de mi agujero infernal, tropecé levemente, y al sujetarme, no puede evitar que el desvencijado suelo crujiese, con ese chirrido incómodo que delató mi presencia. La serena silueta se incorporó, "Oh Dios mío, que sea Regina, por favor, por favor, por favor" Yo tenía las manos entrelazadas y los ojos cerrados, mientras mentalmente repetía mi oración espontánea.
-¿Emma? –Esa voz, era inconfundible, era ella, no tenía ninguna duda. –Has venido, lo sabía, sabía que vendrías.
-¡Regina! –Contuvimos la alegría que nos embargaba. No podíamos dar saltos, ni celebrar el encuentro, pero se notaba a la legua la sensación de felicidad que sentíamos. Se levantó de la cama sin hacer ruido, yo me puse en pié. Fue inevitable el abrazo en el que nos fundimos, de esos que te reconfortan, de los que duran lo suficiente como para sentir un millón de cosas, los que dicen sin decir nada todo lo que necesitas oír, esos que te sostienen y de revitalizan. –Pues claro que he venido ¿acaso lo dudabas?
-No ha debido de ser nada fácil. No sabes cómo me alegra que estés aquí, pero ¿por qué te has arriesgado tanto?
-Por qué no, por quién.
-¿Por mí?, No merece la pena. –Un halo de tristeza la invadió por un instante.
-Pues claro que merece la pena. No sé cuanto tiempo tenemos, pero quería darte esto. –Abrí despacio mi mochila, saqué el agua, la linterna, las galletas, y al fondo, la carta. –Toma, léela cuando me marche, guárdala o tirala, pero es lo que pienso y lo que siento, yo solo... Solo quería que lo supieras pase lo que pase.
-¿También me traes una linterna, galletas y agua? De momento me alimentan y me hidratan, y mira, tengo una vela.
-... Esto... –Me quedé en blanco, porque no esperaba una broma suya, y menos en ese momento.
-Es broma jajaja. Emma, en serio, no sé que hace que vuelvas aquí una y otra vez, yo acepto mi destino, no sé dónde terminaré, pero si sé una cosa, tú siempre serás alguien especial y diferente en mi vida.
-¿Tan especial como tu primera bicicleta, la que no olvidas pero que pronto tienes muchas más, mejores y más veloces? ¿O tan especial como esa canción que siempre recuerdas y que cuando suena, no puedes evitar sonreír?
-Nunca tuve una bicicleta, ni escucho mucha música, pero tan especial como la persona que tiene la capacidad de marcar un punto de inflexión en tu existencia. Eres mi amiga, mi única amiga.
-Ya, soy única porque no hay nadie más. –Ahora la decepción se instaló en mi rostro, tenía la sensación de haberlo mal interpretado todo, de no entender que era única, no por mi exuberancia, sino porque era, literalmente, la única.
-No Emma, no sé si tendré muchos o pocos amigos en un futuro, pero siempre serás la persona que me hizo sonreír, la que se paró frente a mi ventana y subió la vista por encima de la primera planta. –Me tomó la cara con ambas manos y levantó mi rostro. –Mírame, nunca olvidaré tu mirada, nunca.
-Ni a la loca que te hacía señales al otro lado de la calle y a la que tú saludabas con un pañuelo. –De pronto me soltó.
-¿Un pañuelo? ¿De qué hablas Emma? Yo nunca he agitado un pañuelo por la ventana. –Me soltó de repente, se distanció de mí, estuve tan cerca de sus labios, y sentí tanto frío en ese momento.
-¿Entonces...quién...? ¿Regina, tienes mi libreta?
-Lo siento Emma, desapareció el mismo día que te sacaron de aquí. Supongo que mi madre o...
-Gold, ha sido esa serpiente.
-¿Conoces a Gold? Emma, ¿De qué le conoces? –Todo comenzó a cambiar.
-Estuvo ayer cenando en mi casa, quiere mandarnos lejos, a nosotros y a ti. Lo sabe, sabe quién soy, sabe que he venido.
-Emma, escúchame, ¿desde cuando le conoces?
-Mis padres le conocen hace tiempo, le conocimos en Londres, y él fue el responsable de que acabásemos en España. Supongo que creía que nos estaba fastidiando, pero mira, gracias a él te conocí.
-Emma, con él nada es casual, todo está planeado y parece saber lo que hacemos todos en todo momento. Si nos hemos conocido, es porque de algún modo, así lo quiere él.
-Pero para qué, ¿qué sentido tiene eso?
-Para que sepa lo que jamás tendré, y para que tú sepas lo que es perder.
-Pero eso es cruel y mezquino. Nadie es tan malvado ¿verdad?
-Si Emma, si lo es. Quiere quitármelo todo, él y mi madre. Siempre pagaré lo de Zelena aunque no sea mi culpa.
-Era su hija ¿verdad?
-Nunca lo han dicho en voz alta, pero si, creo que sí.
-Regina, ven conmigo, escapa de aquí. Nos marcharemos lejos, muy lejos, estoy segura de que alguien nos ayudará. En la embajada no pueden ir a por ti. Aquí solo encontrarás dolor.
-No puedo Emma, no puedo. Vete ahora, antes de que te pillen, vete. –Su expresión se transformaba, era dura, se iba enfriando poco a poco.
-Pero Regina, yo solo quiero...
-¿Salvarme? De qué, no necesito tu ayuda, sé cuidarme sola, siempre lo he hecho.
-Regina, no lo entiendo, ¿qué he hecho? –No reconocía sus gestos, sus labios apretados, su ceja alzada, una soberbia que no conocía. Mi reina se transformaba frente a mí y mi confusión aumentaba.
-No hay nada que entender, todo esto ha sido un error, un terrible error. Si lo pienso fríamente, no me aportas nada, ni como conocida, ni como amiga, todo caso, me has traído problemas y me los buscarás siempre. No te necesito, ni necesito de tu lástima. Será mejor que te marches, ya, ahora mismo.
-¿Pero de qué hablas? No entiendo nada Regina, no lo entiendo, ¿Qué ha pasado, qué he dicho o hecho que tan imperdonable te parece? –Notaba como se derrumbaba mi interior, un ligero mareo, y una terrible sensación de haberme equivocado en todo. Me sentía ridícula, dolida, dañada, utilizada como mera distracción.
-Márchate, mi madre tiene razón, el amor es debilidad, y no puedo permitirme debilidad alguna. Gold y ella tienen muchos planes para mí, algún día seré alguien poderoso, y no necesito a gente como tú. Fue divertido mientras duró. –Levantó la mano, extendió el dedo y me indicó la salida. –No hace falta que te arrastres, estoy sola, supongo que mi madre y Gold ya imaginaban que vendrías y que yo me daría cuenta de que no pintas nada aquí. Puedes salir por la puerta y no volver jamás.
-No puede ser cierto, no puede... –Mi cabeza era un tiovivo, hasta el punto de no sentir las piernas, ni los brazos. Recogí mis cosas, las guardé en la mochila. Todo menos la carta, ya no estaba a la vista y lo cierto es que ni siquiera pensé en ella. –Está bien, no quiero estar donde no soy bien recibida, pero que sepas una cosa, pierdes tú. –Mi Regina Coeli, se transformo en una Evil Queen innecesariamente cruel.
No hubo palabras, solo me giré una vez más, todo me parecía surrealista, absurdo y fuera de toda lógica. Al girarme percibí un pequeño detalle que casi me detiene, sus ojos. Sus ojos brillaban a la luz de la vela, pero yo ya no sabía si había algún tipo de dolor, o era ira, rabia u odio. Ya no me importaba. Salí de allí, abatida, desconsolada y sobre todo, contrariada. No entendía como en un solo minuto, una frase equivocada o malinterpretada, una palabra mal dicha o un gesto sin aparente importancia, podían arrastrar toda la magia de un plumazo. Como si nunca hubiera sido importante, como si todo hubiera sido un sueño tornado pesadilla. No sé qué hora era, no sé cómo logre colarme en casa sin ningún impedimento. ¿Dónde estaba todo el mundo? Ya no buscaba explicación alguna, simplemente quería meterme en la cama y no salir de allí jamás.
A la mañana siguiente el mundo giraba igual que siempre. El tiempo no se paró, el despertador sonó, Ruby vino a buscarme y se fijó en mi demacrado rostro, en los arañazos y en los signos evidentes de haber llorado por alguien que en ese momento pensé, que ya no merecía más desvelos.
-Emma, ¿estás bien? ¿Qué ha pasado? No me lo digas, ayer te escapaste. –Mi silencio fue la mejor de mis respuestas. –No quieres hablar, ¿tan malo fue?
-Peor Rub, mucho peor. No quiero volver a oír hablar de ella, no quiero pasar más por el Palacete. Es más, estoy deseando largarme de este país.
-Pero Em, ¿no me lo vas a contar? –Ruby estaba realmente preocupada, vio como me encerraba en una cocha de la que tardaría años en salir.
-No, no quiero hablar de ello, porque no sabría ni como explicarlo. Solo sé, que la vida es una mierda, que a veces crees que alguien es especial y no es más que un vulgar trilero timador. Que la belleza es un cascarón que acabará por caerse y que los monstruos saben camuflarse muy bien en ellos. Hay gente que debe creer que el mundo es su patio de recreo y los demás, simples juguetes que pueden romper a placer.
-Wow Em, si que estás dolida. ¿Sabes qué? Creo que algo no estás viendo, nadie cambia así de un instante a otro. O realmente es un monstruo, o te ha echado de su lado por algún buen motivo, porque está muy claro que estás así porque te ha echado, ¿no?
-Me importa una mierda, no tenía derecho a decir todo lo que dijo. Se acabó, esto ya no hay quien lo arregle. No quiero saber nada más. –Me levanté, me vestí y me dirigí a la puerta, solo quería escapar de la Santa Inquisición.
-Ya ya, nunca digas nunca amiga mía. Supongo que algún día sabrás toda la verdad. Y quizás, solo quizás, estés equivocada y juzgando erróneamente.
-Si claro, quizás, ya, fijo.
A partir de esa noche, de ese día, comprendí dos cosas. Una, que los cuentos de hadas no existen. Dos, que el ser humano tiende a ser más cruel con quienes más quiere. Puede que sea porque creen que todo les será perdonado, o por puro instinto de protección. El caso es que este cuento adolescente no encontró su final feliz. Que no hubo salvación, ni rescate, ni heroicidades más allá de las que podemos encontrar tras nuestras pequeñas victorias diarias.
Colorín, colorado, este cuento se ha acabado.
¿Qué, no os parece bien, no os ha gustado, no es el cuento que esperabais leer? No es que me sorprenda, a mí tampoco. Pero quería que entendieseis una cosa, la importancia del pasado, de los recuerdos y del modo en el que vemos el mundo en diferentes etapas de nuestras vidas. La terrible importancia que le damos a ciertas cosas y lo que nos define en la edad adulta. Ahora ya sabéis qué paso en mi adolescencia, de este modo, podréis entender todo lo que pasó a continuación. Para comprender una historia en toda su dimensión, siempre debemos saber, de dónde viene, dónde está y a dónde quiere llegar. ¿Continuamos con nuestra... Perdón, la historia?
Os preguntareis qué paso después de aquello. Huelga decir, que nunca volví a pisar el Palacete, es más, lo evitaba a toda costa. El curso terminó, y al final, Gold se salió con la suya. Volvimos a casa y mi padre fue presentado a Gobernador. Nos establecimos de nuevo y recuperamos cierta normalidad. Nunca supe qué fue de Regina, nunca recibí noticias suyas, y poco a poco se fue desdibujando en mi memoria. Continúe mis días y mis años recordando de vez en cuando, las estupideces que uno puede cometer por amor, y la falta total de perspectiva de la que hacía gala. Ruby decidió volver a España unos años más tarde, después de acabar los estudios y demás menesteres. Yo viajaba mucho, pero nunca allí, hasta que un día...
-¿Hola? –Respondí al teléfono sin fijarme en la pantalla.
-EEEEMMMM ¿Qué pasa?
-RUBY! Te echo de menos, ¿por dónde andas?
-No te lo vas a creer, estoy frente al Palacete, ¿y sabes qué? Lo han restaurando y ¿sabes qué mas? ¡Está a la venta!
-¿Cómo? ¿El Palacete de...? –No pude pronunciar su nombre, no podía y eso no tenía sentido. Era una mujer hecha y derecha, y aquello, aquello había sucedido hacía mucho. Algo se despertó en mi, algo dormido pero no muerto. Así que decidí llamarlo curiosidad.
-Vente tía, vente y lo ves. Total, no tienes nada mejor que hacer, vas a ser la más rica del cementerio, ven a pasar unos días, o años, quien sabe jajajaja. –Me quedé pensando, solo unos segundos, ni se percibió en la conversación. No me costó nada tomar mi decisión.
-Vale Rub, voy.
