Draco Malfoy estaba trabajando por primera vez en su vida. Pasante en el departamento Legal de la revista El Quisquilloso. Era oficial. Al inicio se había sentido un tanto cohibido de que, alguien de su estatus, tuviese que trabajar estando en la universidad; pero, pronto se encontró disfrutándolo. No solo eran muy amables con él, sino que no menospreciaban sus aportes y hasta se tomaban el tiempo de enseñarle a hacer las cosas bien. En su departamento solo había cuatro personas más, pero cada una de ellas trabajaban muy duro. Era un ambiente muy ameno.

Como si fuese poco, solía almorzar con Astoria, a quien casi podía llamar su novia. Se veían todos los días de lunes a viernes, y solían mandarse mensajes de texto constantemente. Ella linda y se reía de todas sus bromas. Astoria trabajaba medio tiempo siendo profesora y estudiaba enseñanza musical para niños especiales. A pesar de venir de una familia adinerada, ella trabajaba porque le gustaba mucho lo que hacía. Sus padres no lo aprobaban, pero al menos no impedían que lo hiciera.

Ya había pasado un mes desde que se habían visto fuera del Quisquilloso, y, aunque se consideraba un experto con las chicas, todavía no había besado a Astoria. No es que no tuviera la oportunidad, porque cada día, al despedirse, había unos segundos de silencio. Draco sabía que ella estaba esperando que la besara. Y no es que él no quisiera, pero cuando el momento se daba, había algo dentro suyo que le decía que era mejor esperar.

Justo en ese momento iba en su auto, camino a la casa de los Zabini, llevaba comida chatarra y tenía la esperanza de pasar la noche jugando videojuegos con Blaise. No le había avisado nada, pues quería sorprenderlo. Ahora que trabajaba, le era un tanto difícil sacar tiempo para su mejor amigo y, aunque sonaba cursi, comenzaba a echarlo de menos. Hablaban todos los días y bromeaban constantemente sobre cualquier cosa, pero nunca nada serio.

Tomó el celular para marcar el número de su mejor amigo y avisarle que estaba fuera de su casa, pero estaba apagado, probablemente se había agotado la batería. Se encogió de hombros y siguió. La verdad es que, desde que estaba trabajando, aprovechaba su tiempo libre para estudiar sobre temas de Derecho. No estaba tan interesado en eso, pero sabía que podía ayudarle en un futuro.

Entre las clases, las idas a la biblioteca, los almuerzos con Astoria y el trabajo; los únicos momentos libres eran los sábados, días en los cuales iba al club de los Nott a almorzar con sus padres. Les había comentado que estaba trabajando, pero no les dijo en dónde, dado que sabía que desaprobarían que tuviera relación alguna con Xenophilius Lovegood. Era el único Lovegood con que interactuaba…

Dobló la esquina y divisó la casa de los Zabini. Como siempre, el gran portón estaba abierto, por lo que simplemente se adentró en la gran entrada y estacionó el auto. Tomó sus cosas y la comida y salió del auto. El clima todavía estaba frío y por un segundo deseó llevar una bufanda. Sin embargo, cualquier posible pensamiento que pudo haber tenido se disipó rápidamente: unos segundos después de haber tocado el timbre, la puerta se abrió y por ella se asomó la última persona que pensó ver allí. Abrió la boca con sorpresa.

- ¿Qué pasa? ¿Trajeron mal el pedido? – se escuchó Blaise en el fondo.

Draco miró directo en aquellos ojos café que le devolvían el mismo tipo de expresión. Ambos estaban sorprendidos, incómodos y sin una sola palabra en la boca. No entendía qué sucedía, pero Ginevra Weasley estaba frente a él sin saber reaccionar. No llevaba un abrigo y era claro lo cómoda que estaba: sin zapatos, el cabello en una cola mal hecha y sin una pizca de maquillaje. Ninguno se movió. Los pasos de Blaise sonaron cada vez más cerca y, para cuando se asomó al lado de la pelirroja, nada había cambiado entre ellos dos.

- Mierda… - murmuró el moreno.

Los tres se sentaron en la sala de estar, Blaise al lado de la pelirroja. La mente de Draco trabajaba a mil por hora, como si estuviese armando un rompecabezas a gran velocidad. Era bastante claro lo que estaba sucediendo, pero eso no hacía que tuviese sentido alguno. Se oía la leña quemarse en la chimenea. Draco le levantó las cejas a su mejor amigo y este suspiró.

Al parecer, Blaise y Ginevra estaban saliendo desde la fiesta antes de las vacaciones. En la mente de Draco, Blaise había ido especialmente a verlo el 31 de diciembre, pero la realidad es que el moreno había vuelto al país el día antes y había pasado la tarde con la pelirroja. Él puso al día al rubio, y le explicó todo: el cómo era algo casual, el cómo ninguno de sus padres lo sabía, el cómo estaban tratando de hacer que las cosas funcionaran. Al parecer las únicas personas que sabían eran Luna y el gordo Longbottom. No era de extrañarse que Draco no supiera nada: llevaba semanas sin hablar bien con Blaise y aun más sin hablar con Luna... Se sintió un poco culpable y tan solo se le ocurrió disculparse por llegar sin avisar.

La pelirroja no era mala persona y pronto comenzó a tratar a Draco como a cualquier otra persona. Todavía era un poco extraño y el rubio jamás se imaginó interactuar tanto con un Weasley. Jugaron videojuegos y comieron. Cuando Ginevra le ganó a Blaise en un juego de carreras, y se lo restregó en la cara, Draco entendió porqué al moreno podía gustarle alguien así. En pocas palabras, no lo trataba como si fuese un rey y no caía a sus pies como el resto de personas. Aun así, se sorprendió al ver a su mejor amigo mirar a la chica embobado. Escucharon el teléfono sonar y al poco tiempo uno de los mozos de los Zabini se asomó en la habitación.

- ¿Señor Zabini? – los tres miraron al joven. – Es para usted. Una de sus inquilinas afirma estar teniendo una emergencia. La señorita Lovegood.

Ginevra y Blaise miraron a Draco rápidamente.

Los tres se subieron al auto de Draco y se encaminaron al apartamento de los rubios. Este no quería acelerar tanto, pero iba lo más rápido que podía. Era un día muy extraño y nada tenía sentido. Ni en mil años pensó que aquello podía suceder.

Llegaron al parqueo del apartamento y todos bajaron del auto. Caminaban con prisa y sin decir una palabra. El alma había dejado el cuerpo de ellos tres. Era claro que todos pensaban lo mismo: ¿cómo estaría Luna en ese momento?

Sacó su llave y abrió la puerta de su apartamento, tan solo para encontrarse con una escena bizarra: Luna Lovegood sentada de un lado, tres tazas de té en la mesita, y, Lucius y Narcisa Malfoy sentados del otro.

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tan, tan, taaaaaaaaaan :) Espero les guste.

MeowMuffin, I wish I could answer to you in private so I wont do any spoilers but yeah, soon we'll see Luna's POV of all this but not quite yet. Hope you liked this one