Mil perdones a todos aquellos que siguen leyendo este fic. M efue imposible seguir escribiendo y subiendo capitulos hasta ahora. Espero compensarlos en un futuro próximo :)
LOS ESPEJOS ROTOS DE LA MEMORIA (10)
Picadilly Circus, Soho
Decir que estaba nervioso sería usar un eufemismo. Aunque ridículo, Mycroft Holmes sentía que estaba a punto de sufrir un infarto. ¿La razón? Greg Lestrade.
Hacía más o menos quince minutos que restaba inmóvil al lado de la eterna estatua de Cupido, rodeado de turistas y jóvenes algo andrajosos, que no paraban de hacerse fotos en las escalinatas. La verdad es que el haber quedado justo en ese punto no dejaba de gustarle. Ese pequeño querubín era el símbolo del amor verdadero, el destino, y no podía dejar de pensar que, en algún punto de su prolífica imaginación, había deseado que su hombre destinado fuera Greg. Revolvió entre sus bolsillos para sacar un cigarro. Empezaba a hacer frío, más de lo normal, lo que anunciaba que se avecinaba un invierno bastante cruento. Posó el cigarro en sus labios y lo encendió, dejando escapar el humo y adoptando una expresión casi melancólica.
¿Cuántas cosas habían pasado en su vida hasta llegar a ese momento? Porque debía reconocer que, para estar ahí justo para esperar por Greg, la vida se lo había puesto algo complicado. Él mismo se lo había puesto, y por ello estaba en esa cruzada personal por arreglar todo lo que había hecho para alejar a ese hombre de él. Sólo esperaba que no lo dejara plantado ahora.
- ¡Myc! – gritó alguien a su espalda, bufando mientras apoyaba sus manos en sus rodillas, intentando recuperar el aliento - ¡Perdona! La cosa se complicó con un interrogatorio y… - Greg suspiró, dibujando una simple sonrisa que llenó de calidez el pecho de Mycroft. Se acercó a él, sonriendo casi como si fuera un reflejo del policía, para levantarle el mentón y mirarlo a los ojos.
- No importa – y el moreno observó la tierna expresión que le dedicaba el pelirrojo, una mirada que jamás había visto y que le hacía sentir increíblemente bien - ¿Estás mejor? – Greg asintió, incorporándose para ponerse a su lado y empezar a caminar en dirección al restaurante en el que había reservado.
Lo cierto era que iba a ciegas. Sabía exactamente dónde estaba, pero nunca antes había ido. La elección, tanto del restaurante como de la propia ropa que llevaba ese día, había sido obra de su hija Abby con la aprobación del que debería empezar a considerar como su yerno, Scott. Ambos habían insistido mucho en que un cambio de estilo, más moderno y con un toque elegante, podría conseguir muchas cosas. Le había dado miedo preguntar a qué cosas se referían exactamente, aunque tenía una ligera idea. Era más que evidente que esos dos se habían unido, quizás más de lo que él habría querido, para encontrarle un interés amoroso, o algo parecido a un compañero de vida. Era bastante gracioso que justamente hubieran focalizado su atención en ese hombre, sin sospechar mínimamente la historia que los unía.
Mycroft, a su lado, seguía fumando visiblemente tranquilo, aunque con la cabeza llena de preguntas y dudas. Esa comida iba a ser completamente distinta a la primera, pues las cartas estaban sobre la mesa y, junto a ellas, un montón de puntos de los que hablar. Nunca una noche de juventud le había supuesto tanto como la que vivieron juntos.
- ¿Has tenido algún contratiempo por la herida? – el pelirrojo negó con la cabeza, acabándose el cigarro justo a tiempo, antes de entrar al restaurante.
- La herida era más escandalosa que el daño en sí, aunque supongo que tú tienes más experiencia que yo en ese campo – Greg asintió levemente, abriéndole la puerta para que pasara y recordando cómo había sido su primera herida de bala. Apenas había salido de la academia, cuando se vio envuelto en el típico tiroteo en que una bala perdida impactó contra su brazo izquierdo. Sí, había sentido un dolor punzante casi inaguantable durante las tres semanas que siguieron.
- Mesa para dos. A nombre de Lestrade – el mâitre los buscó en el libro de reservas y les dedicó una afable sonrisa, pidiéndoles que le siguieran hasta su mesa que, al parecer, estaba bastante retirada del resto del comedor.
- No quieres que nos molesten – apreció Myc, quitándose el abrigo para colgarlo de su asiento.
- No sé si te molestaría si te dijera la verdad – el pelirrojo alzó una ceja, apoyando su mentón en sus dedos entrecruzados, una vez ya estuvo sentado – Fue Abby. Quiso encargarse de todo, pues según ella, podría meter la pata – Mycroft asintió, bajando su mirada – Lo siento, la próxima vez lo escogeré personalmente – y el hombre lo miró de nuevo.
- ¿Próxima vez? – sentía como el pulso se le aceleraba y sus mejillas se tornaban algo sonrosadas, pero no le importó.
- Si tú quieres, claro está - ¡Por supuesto que quería! ¿Acaso no le había quedado claro que se moría por él?
- Me encantaría, Greg – y bajó su mirada, a la vez que tragaba saliva para controlar sus emociones, disparadas en esos momentos – Igualmente, dile a tu hija que es un sitio muy agradable. Tiene buen gusto – el moreno amplió su sonrisa, pues cualquier piropo que dijeran de su pequeña, lo henchía de orgullo. Pero ahí estaban para otra cosa, para hablar. Lo cierto era que se había pasado la noche anterior dándole vueltas a lo que le quería decir, las palabras que debía usar, pero nada de lo que se le había ocurrido parecía lo suficientemente bueno como para dar inicio a una conversación fluida donde aclarar los asuntos que los habían separado hasta ahora. Así que simplemente había optado por ir directamente al problema.
- Myc… me gustaría que pudiéramos hablar con franqueza – y cruzó sus manos sobre la mesa – Siento haberme comportado como idiota. Somos mayorcitos y cada uno tiene una vida con sus relaciones y sus historias, por lo que no debía tratarte tan fríamente después de… ya sabes, lo que dijo Sherlock – el pelirrojo bajó su mirada hacia las manos de Greg, sintiendo el deseo de entrelazar sus dedos con los de él.
- Eso ya no importa, de verdad. Sólo me dolió que no creyeras en mi palabra cuando te dije que no… - y suspiró – Jerry era mi asistente y sí, me acostaba con él, pero no de la manera que Sherlock lo dijo. Hace tiempo que seguíamos la pista del chico, de sus idas y venidas, de la firme sospecha del robo o la copia de una serie de documentos con información confidencial. La verdad es que sospechamos que él, más bien las personas que están detrás él, son los responsables del intento de asesinato hacia mi persona – Greg se quedó mudo. Jamás había pensado que la vida de Mycroft pudiera ser tan peligrosa, todo lo contrario. Pero tras ver esa frenética persecución por el corazón de Londres, la intervención del propio MI6, ¿alguna vez conocería del todo la verdadera vida de ese hombre?
- ¿Has pensado en reforzar tu seguridad personal? – preguntó alarmado.
- Tengo a Anthea – respondió con media sonrisa – Ella es más que suficiente para procurar mi seguridad. Además, no creo que se atrevan a hacer algo semejante de nuevo – el moreno lo miró fijamente, esperando que siguiera hablando, pero ahí quedó la cosa. La verdad, poco le importaba lo que hiciera, pues lo único que de verdad le preocupaba era que estuviera a salvo - ¿Y tú? ¿Qué tal has estado? – dijo cambiando de tema, pues recordar a Jerry, o cualquier cosa relacionada con él, le hervía la sangre - Sherlock se la pasa gruñendo aburrido porque no tiene ningún caso…
- ¿Por qué te fuiste? – preguntó de golpe, mirándolo a los ojos, pues las pataletas de su hermano le importaban muy poco en esos momentos - ¿Por qué desapareciste? No volví a verte el resto del curso. Era como si se te hubiera tragado la tierra – Mycroft desvió su mirada, algo incómodo. No pensaba que la conversación se desviara tan rápido. Había pensado en tentar un poco el terreno antes, pero parecía que Greg estaba ansioso por respuestas.
- Creí que sólo había sido un polvo, así que no creí que quisieras nada más – mintió. Lo sabía, mentía, pero tampoco del todo. Quería ser sincero con él, pero no de la forma en que pudiera ponerse barreras a una futura relación y, decir que había preferido un futuro brillante a estar con él, lo habría arruinado todo. Greg se mordió el labio, incómodo por lo que había dicho, aunque no distaba mucho de la realidad. Lo cierto era que, en un principio, había ido tras él por puro capricho, acabar su carrera universitaria tirándose a un chico como Myc. Así era de idiota en aquella época, pero de alguna manera las cosas habían cambiado justo cuando lo había tenido jadeando en su cama. ¿Qué habría sido de ellos si hubieran seguido juntos?
- Eso ya no lo sabremos – susurró, respondiendo esa pregunta que hacía tiempo circulaba por su mente, sin encontrar una respuesta que lo satisficiera. Acabó por alzar el rostro ante la aparición de uno de los camareros para tomar nota de sus pedidos. Mycroft oyó claramente aquello, aferrándose al menú para escoger qué podía comer, manteniendo una expresión neutra en su rostro como un escudo. Y el silencio se instaló entre ellos, centrándose en la comida que tenían delante de ellos y creando una atmósfera lejos de la deseada. De nuevo lo habían hecho, de nuevo habían dejado que las malas vibraciones los atraparan y los cegaran, provocando que no fueran capaces de avanzar.
- Mira Greg, hablemos claro – dijo al fin el pelirrojo, dejando los cubiertos a un lado – Me gustas, la verdad es que me gustas mucho y no tengo ni idea de si esto puede funcionar, pero si hay una mínima posibilidad, me gustaría mucho intentarlo – el moreno lo miró fijamente, escuchando con serenidad lo que le decía, sorprendiéndole que fuera tan vehemente.
- Estoy casado – dijo Greg sin pensar, dejando a Mycroft de piedra – Técnicamente no, pero oficialmente aun lo estoy – bajó su mirada, tocándose la zona donde usualmente había llevado la alianza – Mi esposa, Connie…
- Lo sé – dijo de golpe el pelirrojo – Lo sé todo, así que no tienes por qué explicármelo – el moreno lo observó, algo desubicado – Es parte de mi trabajo, Greg. En el momento en que Sherlock entró en tu vida, tu entraste en mi círculo de interés, aunque hasta que no revisé los informes no me di cuenta de que eras tú – la verdad es que lo último que quería hacer en esos momentos era hablar de una mujer, de su mujer. Le horrorizaba pensar en él y en la señora de la fotografía que acompañaba su informe en cualquier actitud amorosa, acelerando su pulso hasta casi hacerle perder el sentido de la orientación. Por su parte, el inspector relajó su expresión al escucharle hablar así, sirviendo un par de copas de vino tinto para relajar el ambiente.
- Hagamos un brindis – Myc agarró su copa, mirándolo fijamente – Por un nuevo inicio – sus ojos brillaron ante esas palabras, cargadas de simbolismo y casi una promesa entre los dos. Sintió un escalofrío y chocó su copa con la de él, bebiendo un buen sorbo dentro de ese ambiente tan íntimo que, al fin, habían podido crear.
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Sheffield University, Sheffield
Le encantaba cómo la besaba, las caricias que le dedicaba y lo mimoso que podía ser ese hombre tan rudo que empezaba a volverla loca. ¿Quién iba a figurarse que ese policía tan testarudo y malhumorado se convertiría en alguien tan importante en su vida? Gimió un poco más alto, tapándose la boca levemente para que nadie los descubriera, aunque sabía que era una tarea inútil. Las paredes de la residencia eran demasiado finas y, si ella misma escuchaba con claridad las discusiones y sesiones de sexo de la gente que vivía arriba y abajo, bien podrían ser ellos testigos de su pasión. Aquella idea la excitó, provocando una tímida risa, justo al sentir su orgasmo, por lo que Scott no sabía si era algo bueno o malo. Con esa chica nunca se sabía.
- Pareces feliz, aunque ya no sé si es por mí, por lo que acabamos de hacer o por cualquiera de las muchas ideas locas que pasan por tu cabeza últimamente – Abby lo miró, tapándose media cara con la sábana sin dejar de mirarle, dándole la respuesta que menos le gustaba de todas. El chico resopló fastidiado, saliendo de ella para darse la vuelta.
- Lo soy, soy muy feliz y gran parte es por tu culpa, pero… - Scott odiaba sus peros – no puedo evitar pensar en papá y en si nos habrá hecho caso – el chico rodó los ojos, mirando el techo sin dejar de negar con la cabeza. Aquello era increíble – Te parecerá una tontería, pero el señor Holmes me cae bien y quiero que sea su novio – Scott la miró frunciendo el ceño.
- Dios, Abby… ¿por qué no te preocupas más en lo que pasa aquí, en esta cama entre nosotros, y no tanto en tu padre? – se incorporó y acarició su pelo, atrayéndola hacia él – Hacía días que no te veía y te echaba de menos – la joven se mordió el labio inferior, dejando caer la sábana para que la viera mejor. Le gustaba mucho cómo Scott la miraba, dedicándose a atender cada trozo de su piel, como si debiera venerarla. La hacía sentir muy especial. Se incorporó y rompió la distancia entre ellos, iniciando un beso cálido y pausado.
- Perdona, pero… entiéndeme. La última vez que vi a mi madre y a su chulo… no me dieron buenas vibraciones y quiero que mi padre tenga las espaldas cubiertas – Scott asintió derrotado, siempre lo derrotaba en situaciones así, por lo que la abrazó por la cintura para apoyar su mejilla sobre su pecho turgente. Le encantaba escuchar sus latidos acelerándose ante su cercanía.
- Y las tendrá. ¿O crees que el departamento de policía se quedaría con los brazos cruzados? – Abby sonrió, peinando como podía el pelo desordenado de Scott – Jamás dejamos a un compañero atrás, mucho menos si quieren joderle. Es una lealtad que aprendes en la academia – la chica amplió su sonrisa, atrayéndolo para besarlo una vez más, agradecida por sus palabras.
- Creo que por eso mereces un premio especial, por eso y por la paciencia que has tenido durante estas semanas – Scott asintió conforme, pues nadie mejor que él sabía lo mucho que merecía tal premio. Abigail era encantadora, protectora con su padre, pero muy cabezota, rasgos que hacían que cada día que pasaba le gustara más y más – Más cuando voy a requerirte a que me sigas ayudando para que ellos sean felices…
- Y lo serán, te lo aseguro, pero ahora… ¿Podrías volver a hacernos felices a nosotros? –
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- ¿Qué piensa Abigail de todo esto? – preguntó Mycroft, saliendo del restaurante y con las manos en sus bolsillos. Habían podido hablar largo y tendido de lo que les había llevado hasta ese momento, dejando en claro parte de sus sentimientos respecto a lo que habían vivido últimamente. Greg no dudó en verbalizar todos sus temores acerca del futuro, de lo inseguro que se sentía después de fracasar como marido y lo frustrado que era saber que Connie lo había engañado durante tantos años. Al escuchar aquello, el pelirrojo no pudo evitar sentir un gran rencor por la mujer, por no valorar al hombre que había tenido a su lado durante 20 años y haciéndole sentir a él mismo aún más miserable. Porque estaba seguro que, si no hubiera sido tan egoísta, Greg jamás la habría conocido.
- Abby es una chica fuerte, siempre lo ha sido, pero ahora lo es mucho más – el moreno se tapó mejor con el abrigo – Connie no nos está poniendo las cosas fáciles – Mycroft se paró en seco, provocando que él también se parara.
- Puedo ayudarte, si lo deseas – Greg lo observó atentamente – Sólo dame dos días – aquello le hizo gracia, pues no se esperaba que pudiera ofrecerle algo así.
- Gracias, pero aún quiero hacer las cosas limpiamente. Además, confío plenamente en Colin – y miró a Myc de reojo – es el novio de Jeff, ¿recuerdas a Jeff? – el pelirrojo frunció levemente el ceño, acordándose de golpe del chico bajito e inseguro que intentó ligar con él.
- Sí, sí… - dijo formando una tímida sonrisa, volviendo a moverse hasta pasar por delante de él, llegando de nuevo a Picadilly Circus – Recuerdo que zanjé el asunto antes de que pudiera hacer nada – Greg rió sin vergüenza.
- Lo hundiste, Myc. Pobre, sólo quería ligar con el chico más guapo del local – el pelirrojo se sonrojó, teniendo algún que otro problema para vocalizar, no queriendo aceptar la evidencia.
- No lo hundí, le aconsejé que debía actuar de otra manera si de verdad quería prosperar –
- Y lo hizo – Greg siguió riendo ante la expresión de absoluto asombro de su acompañante – El resto de curso se la pasó sin beber y trabajando hasta el siguiente semestre en una tienda de comestibles. Le fue muy bien tu consejo – el moreno se acercó más a él – Y sí, eras el chico más guapo de todo el bar. ¿Aun te sorprende que quisiéramos ligar contigo? – Myc desvió su mirada, realmente incómodo por sus palabras. Nunca había aceptado que alguien le halagara, mucho menos Greg, aunque el brillo de su mirada y su sonrisa irresistible le hicieran dudar.
- De todas formas, me gustaría ayudarte en lo que fuera posible durante tu divorcio – dijo cambiando de tema rápidamente, abrumado por las circunstancias.
- En ese caso, lo tendré en cuenta – Greg sonrió y siguió caminando, esta vez hacia Regent Street, por lo que Mycroft lo siguió en silencio, disfrutando de su compañía.
- ¿Quieres venir al club? – dijo al cabo de un rato, sin mirarlo, pues si seguían caminando hacia esa dirección llegarían al Pall Mall, donde se asentaba el Diógenes Club. El moreno lo observó, dudando si debía o no aceptar. Era algo evidente que ambos pertenecían a mundos muy distintos. Mientras él se movía con facilidad entre los suburbios de Londres, Myc era asiduo de los lugares más exclusivos, teniendo contacto directo con las altas esferas del país. Entrar en cualquiera de esos clubs de la élite podría ser una oportunidad, así como un error. Aun así era Mycroft Holmes quién le ofrecía tal entrada, por lo que estaba seguro que haría lo que fuera para demostrarle que podía hallar comodidad en un lugar tan hostil como ese.
- Sólo si vamos a un sitio privado – dijo sin medias tintas – No creo que sea buena compañía para los demás miembros del club – el pelirrojo frunció levemente el ceño, aceptando sus condiciones pues, la verdad, le favorecían. ¿Acaso en algún universo preferiría compartir a Greg con alguien que estar a solas con él?
Fue en ese instante en que el teléfono móvil del inspector sonó, rompiendo de nuevo su pequeña burbuja de tranquilidad. Metió su mano en el bolsillo interior y contestó, frotándose profusamente la frente algo descolocado. Parecía que no podía tomarse ni una tarde libre. Al colgar, miró a Mycroft.
- Sherlock ha vuelto a meterse en problemas – el pelirrojo rodó los ojos, sacando esta vez su teléfono móvil y marcando un número de memoria.
- Regent Street, ahora mismo
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New Scotland Yard, Broadway
Aquello no tenía sentido. Nada con esa gente lo tenía, pero ¿qué se podía esperar de mentes cerradas? Sherlock restaba en una esquina de la comisaria, esposado a una silla de madera mientras observaba a todo el mundo ir de aquí para allá, dedicándole miradas que podrían congelar el desierto. Pero a él le daba igual. No tenía sentido que lo hubieran tratado de esa forma, cuando él simplemente les había dicho la verdad. Eran idiotas, que lo asumieran.
Entonces apareció Anderson, con esa cara de doberman apaleado que le hervía la sangre. El muy imbécil se había atrevido a ponerle una mano encima. ¿De qué se quejaba? Él simplemente se había defendido.
- Esta vez, ni Lestrade te salvará el culo – y le señaló con el dedo índice, casi rozando su nariz – Has agredido a un miembro de la policía. Todos lo han visto -
- Tu sólo eres un CSI, e incluso dudo que lo seas – Anderson abrió sus ojos, casi lanzando fuego por sus órbitas – Sólo hay que ver la cantidad de detalles que pasas por encima, prestando más atención a otras cosas – y desvió su mirada hacia Donovan, quién parecía estar hablando por teléfono algo acalorada.
- ¿Qué estas insinuando? – Sherlock dibujó una sonrisa enigmática en sus labios, aumentando más si cabe las ganas de matar a ese estúpido.
- El inspector viene hacia aquí – dijo Donovan, acercándose hacia ellos, moviendo su teléfono móvil – Y creo que Gregson también tiene cierto interés en hacerte una visita – y sonrió – Parece que hoy estarás muy solicitado, friki…
- ¿Podéis aclararme algo? – la mujer se cruzó de brazos, alzando una ceja - ¿Cómo es posible que pongáis tanto esfuerzo en retenerme y obviáis el hecho que hay una mujer muerta en Liverpool Street? –
- ¡Eres tú el que se mete en escenarios del crimen ajenos, impidiendo que podamos hacer nuestro trabajo! – acusó Donovan, próxima a estar fuera de sí.
- ¡Oh, claro! Ya no recordaba que la labor que desempeña el Yard es una referencia mundial… - un golpe seco, Sherlock sólo necesitó eso para saber que el más que visceral Gregson había hecho su aparición, para divertimento de los allí reunidos. ¿Aquello era una comisaría o un patio de colegio?
- De nuevo aquí, Holmes… - y sintió que estaba mascando cada palabra que estaba diciendo. Aquello era ridículo, por eso guardó silencio con la mirada fijada en sus zapatos – Estaba pensando que… sería una buena idea si hacemos una pequeña redada anti droga en tu domicilio. Estoy seguro que encontraríamos oro puro… - aquella sola alusión provocó que Sherlock alzara su rostro, mirando con intensidad la sonrisa socarrona de Gregson. Debía ser una broma.
- Me temo que eso no será posible – dijo Mycroft, apareciendo junto a Greg y su eterna expresión de frialdad al tratar esos temas – Mi hermano vive conmigo y, a menos que tenga una orden judicial, no permitiré que ningún policía pise mi casa – Lestrade se acercó al joven y observó que estaba esposado a la silla, por lo que se giró hacia Donovan, pidiéndole explicaciones con la mirada.
- ¿Qué? – y la mujer se alejó, indignada por la reacción de su superior. Greg soltó al fin a Sherlock, alejándose de él para ir hasta su despacho. Ni quería saber qué había desencadenado eso. Empezaba a estar harto de ser una niñera de todos. Se dejó caer en su asiento en cuanto dio un sonoro portazo, mirando a través de sus paredes acristaladas el panorama que se le presentaba, focalizando su atención especialmente en Mycroft. Parecía que no estaba muy satisfecho con el trato que le habían dispensado a su hermano, mucho menos la alusión que había hecho Gregson sobre una hipotética redada en su casa. Lo cierto era que le gustaba verlo en esa actitud desafiante, mostrando esa parte tan fría que sabía de sobras que sólo era una pose. ¿Podía decir que le ponía un poco? Por qué no. Abrió uno de los cajones de su escritorio y sacó algunos de los ficheros que había dejado a medias esa mañana, suspirando ante la acumulación de estrés que tenía sobre sus hombros. Ya no sólo era Connie y sus exigencias, ni el nuevo amorío de Abby con Kinney que aún debía asumir, ni tan siquiera que Sherlock siguiera martirizándole, haciendo su vida aún más complicada. Ahora tenía algo más que ocupaba su mente, alguien mejor dicho y, a diferencia de lo demás, le daba tanta paz que se sorprendía de sí mismo. ¿Nada había cambiado en 20 años? La puerta se abrió tras unos leves toques, dejando entrar al pelirrojo con, de nuevo, esa expresión calmada en su rostro que, presumía, era poco común.
- ¿Todo bien? – preguntó Greg, incorporándose en su asiento, mientras Myc se sentaba delante de él. Por su rostro cansado estaba lejos de estar bien, pero lo disimulaba con mucha elegancia.
- Todo lo bien que puede esperarse cuando tiras de conexiones – se colocó mejor la chaqueta con ambas manos, algo que fascinó al moreno – ¿Posponemos el club para otra ocasión? – el inspector asintió, pues se había quedado con las ganas de más. Una parte de él siempre había soñado con entrar en uno de esos clubs elitistas, más por fanfarronería que por verdadero interés.
- Oye, Myc… este domingo unos amigos y yo vamos a jugar un partido de fútbol – el pelirrojo alzó sus cejas. ¿Acaso le estaba invitando a… jugar? Él no practicaba deporte… y mucho menos en equipo.
- Yo… Greg, te agradezco que me invites a estas cosas, pero yo no suelo…
- No, no… - y rió al pensar en la idea de verlo en pantalón corto corriendo tras una pelota. Oh, eso sería digno de ver – Como público. Sería divertido… - Mycroft lo miró con cierto brillo en los ojos, recordando las veces que lo había observado jugando a fútbol en la universidad. Tantas veces como se había excitado hasta el punto de tener que aliviarse en el baño más próximo.
- Claro… me encantará ir – y Greg sonrió completamente feliz.
- Te enviaré el lugar y la hora. No faltes – para Mycroft, aquellas palabras sonaron a cita. Una cita multitudinaria, sí, pero cita al fin y al cabo. Unos gritos procedentes de fuera rompieron de nuevo ese ambiente íntimo que tan poco les costaba crear, dedicándose una mirada cómplice antes de salir del despacho de nuevo. En medio de la sala de policías, Sherlock restaba casi de espaldas a Donovan y Anderson, quienes habían continuado con sus ataques indiscriminados. Al ver tamaña escena, Greg pudo percibir cómo el cuerpo de Myc se tensaba imperceptiblemente, acercándose a su hermano para salir de allí. Por primera vez en mucho tiempo, sólo deseó acercarse para reconfortarlo.
- ¿Hasta cuándo estaremos así, inspector? – le preguntó Donovan, visiblemente afectada – ¡Ha agredido a Anderson y se va sin cargos!
- No puedo hacer nada cuando las órdenes de arriba son tan claras – miró al forense con seriedad – Procuraré que coincidan lo menos posible. No es plato de buen gusto para ninguno, y lo que menos quiero es que estos conflictos sigan – resopló aburrido – Volved al trabajo. ¡Ya! – y dio un segundo portazo, harto de todos.
