Disclamer: Los personajes de Frozen pertenecen a Disney.

Vale, aquí estoy de nuevo. A partir de ahora me centraré más en el fic, lo tenía un poco descolgado y voy a tratarlo con más cariño (seré más constante, espero)
Ya advertí (creo) que los puntos de vista jugarían un papel muy importante, y ya sabéis lo mucho que me gusta haceros sufrir ^^
Nada más, a disfrutar.


[Las máscaras de Elsa]

Su adicción.


~Anna~

Llegué a casa con mamá, después de haber jugado con Elsa en casa de Kristoff, en su habitación, totalmente desnudas, con vibrador incluido. No pudo haber sido más intenso aquel momento, a pesar de desatar sus ganas para saciar mi egoísta apetito, no me sentí para nada culpable. No me estaba portando demasiado bien, y lo peor de todo es que quería que Elsa me castigara con sexo.

No podía tener las hormonas tan mal.

Sólo quería tenerla cerca de mí y hacer obscenidades con ella de todas las formas imaginables, por pura diversión y emoción. Algo así no conseguiría con Hans ni con cualquier otro chico, algo así sólo podía dármelo ella.

Esa tarde aproveché que mamá salió a tomar algo con una amiga suya para masturbarme vívidamente imaginando que las chicas que tenían sexo en la pantalla de mi portátil éramos nosotras, no era ni de lejos parecido, pero sirvió para calmar mi mente.

Me estaba volviendo loca y era consciente. Entendí por qué Elsa no podía sacar esas ideas de su cabeza.

Me puse a pensar en ello cuando me quedé más que satisfecha con mi cuerpo.

Quise creer que la mía no era una locura como la suya, que mi obsesión sólo se debía a la perversión que me excitaba, a la adrenalina que me desbocaba, a la emoción del momento, sólo eso. De cualquier forma iba a empeorar mucho sus problemas viviendo bajo el mismo techo, terminarían pillándonos tarde o temprano, ¿qué pasaría entonces?

Inteligente de mí, dejé ese problema para mi yo del futuro.

Elsa me envió un mensaje para aplazar nuestra video-llamada. No me importó, ya tenía cubierta mi necesidad para al menos cinco días, quizás cuatro.

Punzi se puso a hablar conmigo por Facebook, estaba preocupada por mi hermana y no era para menos, decía que ella casi nunca le abría conversación, que no le decía cosas bonitas ni usaba emoticonos, como si no tuviera problemas peores.

En parte Elsa era así, seguía sin tener muchos amigos por lo que no era muy sociable. Entre bromas, charlas y anécdotas graciosas, terminé contándole lo que habíamos hecho ese día, sin cortarme ni un pelo. Tenía que saberlo.

Pude notar su histeria a través de los mensajes que me mandaba, pero yo no quería que cortaran, Punzi la quería mucho, se había enamorado de ella y de su forma peculiar de ser. Le dije que no sabía bien qué hacer y le pedí consejo, realmente necesitaba ayuda.

Después de darle unas cuantas vueltas al tema, se nos ocurrió que como iba a tenerla en casa, me encargara de vigilarla y acabar con su adicción poco a poco. Que le diera besos para que no se volviera loca, pero que cada vez fueran más espaciados para que llegara un día en que ya no los necesitara. Algo así como una medicación.

No me pareció mala idea, creí que realmente podría funcionar y además así podríamos jugar de vez en cuando durante un tiempo. Acordamos merendar en su casa el martes por la tarde para hablarlo, ya que no estarían sus padres.

Le di las buenas noches a Elsa al ver lo tarde que era, y me puse a dormir con una buena sensación en mi cuerpo. Sentí que había sido un día para no olvidar, y que iban a venir muchos más.

Seguí mis días sin molestarla mucho, necesitaba concentrarse estudiando así que me limité a darle ánimos para que sacara buenas notas.

Pretendí estar molesta con Hans y me distancié un poco de él, fingiendo estar de mal humor, no quería ni pensar en él, ni siquiera me atraía realmente, cortaría con él si no fuera por la pereza que me daba.

Llegó el martes y con él mi quedada con Punzi. Era una buena chica, un poco rarita, pero más que adecuada para ella. Estuvimos charlando toda la tarde de lo que iba a pasar entre las tres, de cómo se lo iba a plantear a Elsa y de cómo se lo podría tomar. Tenía que conseguir que Elsa se olvidara de mí para que Punzi estuviera con ella, costara lo que costara, de alguna forma pensé que se lo merecía.

Volví a casa después de quedar con ella en que vendría a casa el domingo, con mi firme objetivo de quitarle las malas ideas de la cabeza, de hacerle entrar en razón y convencida de que podría conseguirlo si se dejaba ayudar.

Los días pasaron y cada vez tenía más ganas de verla, en parte porque volvería a casa y se me echaría encima nada más verme, lo cual me encantaba, pero en parte también por poner en práctica nuestro infalible plan.

El jueves por la tarde, Elsa me pidió su esperada video-llamada. No pude negársela, se la había prometido y quería tenerla en casa antes de empezar con su tratamiento.

Fue divertido, más de lo que podría llegar a esperar, incluso me quedé con ganas de más, pero ella estaba destrozada y no aguantó mucho. A las dos de la madrugada nos fuimos a dormir y caí rendida en la cama, con una muy agradable sensación.

El día siguiente me levanté de buen humor, creí que todo saldría rodado a partir de entonces. Elsa pareció volver a la vida, contenta, agradable, feliz como una inocente perdiz, hablamos por teléfono, comentó mis publicaciones e incluso se hizo un canal de YouTube.

Me pidió también una última noche cálida con el ordenador y por supuesto se la di. Mamá me llamó la atención a eso de las tres, al parecer hacía demasiado ruido. Me iba a ser muy difícil privarle de mí después de lo que hicimos, pero tenía que hacerlo, por el bien de todos.

La rescatamos de casa del tío Kristoff la mañana siguiente, después de dormir poco y pensar mucho. Me abrazó al verme como si no nos hubiéramos visto en meses y quise que no me soltara, que me besara y me encerrara en su habitación para hacerme sentir bien. No tardamos mucho en subir al coche y volver, mamá parecía impaciente y radiaba felicidad.

Ya de vuelta a nuestro hogar, me encargué de ayudarla a deshacer las maletas para mantenernos ocupadas mientras pensaba en cómo se lo iba a plantear sin que se pusiera histérica.

Le dije que le iba a enseñar mis guantes para tenerla en mi habitación, allí no podría hacer nada, la puerta no cerraba bien.

Y bueno, se los enseñé, sin saber ni cómo empezar, veía sus tremendas ganas de enrollarse conmigo ahí mismo, junto a las mías.

— ¿Qué le pasa a la puerta? —llegó el momento de decírselo.

— Ah, ya no cierra con seguro, lo rompí sin querer en mi intento de colarme en tu habitación dos semanas atrás. ¿Por qué quieres cerrar con seguro? —menuda pregunta solté.

— ¿Cómo que por qué? ¿Me estás tomando el pelo? —se me acercó casi enfadada con todas sus intenciones.

— Ya… esto… En cuanto a eso… —jugueteé con mis dedos nerviosa, era el momento, o lo hacía o me iba a arrepentir— No creo que debamos seguir con esto. —al final lo dije sin más.

— ¿Qué…? —y ahí estaba, su ilusión deshaciéndose como hielo en una sauna. Me dolió y todo verla así, en el fondo me arrepentí.

— Ha sido divertido y tal, pero no voy a seguir con tu rollo. Y si me haces algo se lo diré a mamá, tengo grabada la video-llamada del otro día así que no tienes nada que hacer.

Por descontado era mentira, cumplí sus normas de no dejar pruebas sobre lo nuestro exceptuando a su novia, pero era una buena forma de hacerle chantaje.

— E-es una broma ¿no? Dime que es una broma. —me sentí fatal por herirla de esa forma, pero era la única manera de ayudarla.

— No. Yo sólo quería tenerte en casa, y lo he conseguido, ¿has visto que lista que soy? —salí de la habitación, viendo a mamá de paso— No querrás que mamá se entere ¿verdad? —huí sin poder soportar la presión, recé para que mamá la entretuviera.

— ¿Enterarme de qué? ¿Ocurre algo? —fui hacia la cocina a por agua y un trocito de chocolate. Entonces me di cuenta que no le había contado mi plan, con los nervios no le dije nada de lo que tenía que decir.

— Nada, cosas nuestras, no te preocupes. —esperé a que se calmaran los ánimos antes de volver a mi habitación y contarle nuestro plan.

— …y tú no chinches a tu hermana, acaba de llegar a casa. —dijo yendo a por mí— Pórtate bien con ella ¿quieres? No quiero tener que repetirlo.

— Sí~

Fui a mi habitación cuando mamá desapareció, pero se fue a la suya y no parecía muy receptiva. Decidí hablar con ella cuando mamá no estuviera para evitar que se enterara, solía tener muchos recados últimamente. Me puse en mi portátil para hablar con Punzi de lo que estaba pasando y me dio ánimos.

Comimos con una relativa normalidad, entre miradas asesinas y cuchillos imaginarios, quise enviarle mensajes pero no teníamos que dejar pruebas.

Ya entrada la tarde, cuando mamá salió a hacer sus recados, salimos de nuestras habitaciones a la vez, para encontrarnos en mitad del pasillo.

— ¿Pero tú qué t-

— Perdona ¿vale? Déjame hablar. —tenía muy claro lo que iba a decirle, no quería que me interrumpiera— Admito que me gusta enrollarme contigo, pero lo he estado hablando con Punzi y hemos llegado a la conclusi-

Entonces me cogió de los hombros, acelerándome, apoyándome en la pared sin que pudiera hacer nada para besarme con todas sus ganas. Por fin, pensé. Me revolucionó, queriendo echarlo todo por la borda y encerrarnos en su habitación, pero poco a poco se fue calmando y mi mente también.

Ya no sabía ni qué iba a decirle.

— ¿Me dejarás terminar?

— Sí… —respiré ocultando mi sonrisa.

— Lo hablamos y creemos que estando en casa y dándote las dosis justas, podrás superarlo. Iremos reduciremos la dosis hasta que ya no tengas que tomarme más. —al decirlo en voz alta, no me creí a mí misma, ¿a quién pretendía engañar?

— ¿Es que ahora jugáis a ser médicos?

— Punzi te quiere mucho ¿vale? Y me cae muy bien, conseguiré que salgas con ella.

— Ya estoy saliendo con ella.

— ¡Pues conseguiré que la quieras! Más que a mí… —íbamos a meternos en serios problemas si no lo conseguía, y a cada palabra tenía menos fe— Así que o me haces caso o lo vas a pasar muy mal.

— Perdona pero aquí soy yo la que tiene poderes, si alguien tiene las de perder eres tú. —y ahí estaba, su descontrol aflorando a un soplo de volverse loca y devorarme. Quería que lo hiciera, quería que me destripara la ropa salvajemente y se lo pedí retándola.

— No te atreverás a usar tus poderes contra mí. —por mi cabeza pasaron locuras muy cálidas, pero su llama se apagó, y se calmó. No supe si alegrarme por ello, supuse que eso era lo mejor— Lo sabía. Créeme cuando te digo que hacemos esto para ayudarte.

Gruñó histérica, frustrada y enfadada. Luego me dio la espalda y la seguí a su habitación.

— Elsa espera.

— ¿Qué? ¿Qué quieres?

— No hemos hablado de las dosis. Supongo que te interesarán las condiciones ahora que vamos a vivir juntas. —le di muchas vueltas a cuanto debía darle de mí para empezar, y aún no lo tenía del todo claro.

— Soy adicta a ti, ¿es que no lo ves? No puedes disminuir dosis, no puedo controlarme… —me acerqué a ella, cogiéndole de la cintura, tranquilizándola, sus palabras sonaron más tiernas de lo que ella creía.

— Entonces déjame ser generosa. Creo que empezaremos… con cinco besos al día, dos desnudeces a la semana y una de cada tres duchas juntas, ¿qué te parece?

— Multiplícalo todo por diez y elévalo al cuadrado.

— Oh, vamos, no podemos darnos tantos besos. —me miró como si quisiera demostrarme que sí.

— Sólo son… dos mil quinientos besos… —se acercó a mí, cogiéndome de la cintura, acelerando mi pulso. ¿Cómo iba a controlarla si ni yo misma podía?

— S-subiré a diez, es mi última oferta. —y entonces gastó su primero, disfrutándolo con todo, queriendo mantenerlo toda la tarde— ¿Entonces aceptas?

— S-sí, qué remedio… —me separé de ella. No iba a poder mantenerla a raya mucho tiempo más, fue una estúpida idea— ¿Nos podemos duchar juntas ahora? —y siguió fuerte con su dosis.

— Vale, pero diez minutos como mucho, no quiero que mamá nos encuentre en el baño. —salió rápida hacia su habitación, a por su ropa, y yo hice lo mismo. Pensé en la tremenda estupidez que íbamos a hacer, nada bueno saldría de allí.

Cuando entré en el baño, ya estaba desnuda. Me quedé viéndola de arriba a abajo, sin poder moverme.

— Vamos, espabila. —bajé de las nubes.

— Tendremos que esperar una semana para volver a hacer esto, lo sabes ¿no? Y sólo nos vamos a duchar. —se puso a quitarme la ropa al ver que yo no estaba por la labor.

— Que sí, venga. —dejé que me desnudara del todo, quería que me tocara, que me hiciera lo que quisiera, que me excitara con ganas— Vamos.

Me cogió de la muñeca y entramos en la ducha, justa para dos cuerpos, suficiente para rozarnos.

Casi muero cuando encendió el agua, la puso lo más fría posible.

— ¡AAH! —la paró de golpe— ¿¡Pero qué haces!? ¿Es que quieres matarme?

— Perdona, es la costumbre… —me puse a graduarla al ver que ella sería incapaz, y sus manos aparecieron por mis costillas para abrazarme por la espalda, besándome la nuca, tocándome los pechos, sabiendo que aquella ducha se iba a convertir en algo más— ¿Me perdonas?

— E-Elsa… —me di la vuelta cuando la ducha nos bañaba con calidez— No vamos a hacer nada de lo que estás pensando… —no pude sonar menos convincente.

— ¿Y qué esperas poniendo el agua tan caliente? —me besó bajo aquella cascada, sujetando mi mandíbula con las dos manos, dejándome hacer ante sus apetitosas ganas, queriendo cada vez más.

Seguimos saboreándonos con nuestras resbaladizas pieles en contacto, ansiando ir más lejos, declarándome adicta de sus labios.

Paré cuando sus manos se inquietaron, navegando por mis nalgas y luego por mi entrepierna.

— N-no… —me moría de ganas, pero esto no entraba en la receta. Le cogí las manos para que se estuviera quieta, pero no le gustó— Te estás pasando…

Se desmoronó, me sentí como si le hubiera lanzado su helado favorito al suelo en pleno verano.

— No puedes hacerme esto… Te necesito demasiado, quiero hacerte el amor… —cerré el agua— Lo siento… —no soportaba verla cabizbaja, y encima mi culpa.

— No lo sientas… n-

— Sí, lo siento ¿vale? Soy una hermana horrible, una persona horrible, te estoy forzando a hacer algo que no quieres y… ¡joder! —sus ojos pedían llorar, la abracé, su cuerpo se estaba enfriando.

— No eres horrible, ¿cómo se te ocurre pensar algo así?

— Sí, sí que lo soy, no me mientas.

— Elsa, mírame. —su tristeza me mataba por dentro— Eres una persona maravillosa, y no me estás forzándome a nada, yo también quiero hacer cosas pervertidas contigo ¿vale? Pero prefiero que puedas controlar esas ganas, que estés a gusto en casa y con tu novia. Lo que hacemos está mal y me pone muy nerviosa pensar que tendríamos que ocultarnos de todo para estar así, tan juntas, y sí, yo también quiero que me hagas el amor pero-

Salió rápidamente de la ducha.

— ¿Qu- —me cogió fuerte del brazo y tal cual, aún mojadas, dejando el suelo del pasillo perdido, me arrastró hacia su habitación sin que pudiera evitarlo— E-Elsa q~wah —me lanzó con fuerza a la cama, empapándola, viendo su locura de su plenitud.

— A la mierda la receta, esto será una sobredosis. —no sé cómo pasó tan rápido, pero de repente ya la tenía encima, mordiéndome el cuello con furia, compensándolo con el placer de sus masajes en mi vagina, acelerándome como si cayera en caída libre sin paracaídas. Bajó con rapidez entre mis pechos, mezclando su saliva con las gotas que aún descansaban encima de mí, hasta que me cogió las piernas y con su agitada respiración se hizo con mi clítoris.

Estaba yendo más rápido de lo que podía llegar a imaginar, y me encantaba, me había encendido como si llevara un lanzallamas en su lengua, sentí su boca como una avalancha de mariposas de placer que revoloteaban por todo mi cuerpo y no quería hacer nada para evitarlo. Sus arrebatos de locura eran mi perdición.

Me volví una locomotora ardiente de fuertes respiraciones, en gemidos que no silencié, en gozos que me obligaban a rasgar las sábanas, en descontroladas contracciones que sentía con ganas de más, disfrutando de sus inquietos dedos adentrándose en mí y de sus labios compartiendo su humedad con la mía.

No quise que parara, no quería otro final que no fuera ella llevándome al clímax, ya no había vuelta atrás, al diablo con todo, quería hacerlo con ella y que me pervirtiera de todas las formas posibles.

Aún así, sin saber por qué, Elsa se apartó de mí, con prisas, y se puso a mi lado para buscar algo en un cajón.

— ¿Qué haces? —pregunté casi enfadada por dejarme a medias, agitada y con muchas ganas de seguir. Me calmé al verla con su vibrador en la mano.

— No tenemos mucho tiempo. —sonreí.

— Enséñame de lo que eres capaz. —mis provocativas palabras fueron suficientes para que volviera a mí con más intensidad que antes, haciéndome vibrar entera mientras recorría mi cuello, obligando a retorcerme de un lado para otro.

Nunca imaginé que pudiera llegar a sentirme tan bien, nuestros jadeos, nuestro calor, nuestra pasión y nuestros latidos en plena carrera hicieron que no quisiera salir de ese ambiente jamás, era mucho más que increíble, escapaba de todo de lo que había vivido hasta entonces.

En un momento, nos encontramos con nuestros ojos, yo prácticamente sudando, y ella sin parar de darme picantes dosis de amor. Pude ver el ardor de sus azules ojos disfrutando como nunca. Le dije sin palabras que fuera más rápida, más intensa, más bruta, asintiendo al entenderme y entonces me besó en un profundo beso que casi me deja sin respirar, excitándome más y más con todas sus ganas.

Me dejé llevar por completo, por su calor, por el constante hacer del vibrador, por sus besos y mordiscos, por todo su ser, hasta que permití que mis espasmos y fluidos terminaran de darme todo ese placer concentrado. Terminé con mi cuerpo en el cielo, flotando en una nube de algodón de azúcar.

Ni siquiera abrí los ojos, me quedé disfrutando de esa sensación como si estuviera comiendo el bistec más delicioso de la tierra. Mil besos en los labios me recordaron que Elsa también estaba allí, viviendo ese inolvidable momento conmigo.

La miré con una tranquila y placida mirada, deseando tenerla para mí el resto de mis días, queriendo que nos amáramos sin fin, que compartiéramos nuestras vidas para siempre. Nunca tuve un deseo tan ambicioso, ni tampoco tan querido.

— Quizás he sido un poco… ruda… —negué con la cabeza. Volví a la realidad con la mejor de las sensaciones.

— Ha sido perfecto Els, — la besé— más que perfecto, no sé ni cómo decir lo genial que ha sido…

Me rendí, ella necesitaba estar conmigo y yo con ella, no había nada que nadie pudiera hacer para cambiar eso.

Nos quedamos en su cama, sin importarnos nada, ignorando al mundo por completo para únicamente sentir nuestro tacto, nuestro corazón, y nuestro amor. Jamás me había sentido tan bien, tan feliz, y jamás había visto a Elsa con una sonrisa tan encantadora.

Quise mantener ese momento todo el resto del fin de semana, pero por desgracia nuestro tiempo era escaso.

— Mamá llegará de un momento a otro. —dijo en ese tan agradable momento de paz, tumbadas en la cama, acariciándonos y besándonos lentamente.

— Has cerrado la puerta ¿no?

— Hm… no, con las prisas…

— No te levantes porfa… usa tus poderes, pero no te muevas. —me agarré aún más a ella para que no perder su tacto.

— Entonces no me moveré de aquí. —siguió besándome sin despegarse de mí, la abracé con todo mi cuerpo y nos quedamos con nuestros dedos, nuestras piernas y nuestras almas entrelazadas— Te quiero mucho Anna, no sé qué haría sin ti.

Me quedé un momento saboreando sus palabras hasta que recordé cierta novia suya.

— Oye… ¿qué vas a hacer con Punzi ahora?

— Pues dejarla, ¿qué si no? No pienses en ella ahora.

— Perdona… es que me caía bien, ¿a ti no? —en el fondo me alivió escuchar su respuesta, no quería que nadie más se hiciera con ella, la quería toda para mí, sólo para mí.

— Sí… pero no es nada comparada contigo. —qué tierna— Además, siempre que lo hacía con ella pensaba en ti así que… no me servía de mucho. —sonreí.

— Pues… ahora ya no tendrás ese problema. —quise hacerla feliz de todas las formas posibles— ¿Puedes cortar con ella antes de mañana? Es que en principio habíamos quedado en que vendría a casa el domingo…

— Lo haría ahora mismo si no tuviera el móvil en el baño. No te preocupes por ella ¿de acuerdo? Tú eres lo más importante para mí ahora mismo. —no sé cómo pude estar tan ciega y no ver todo el amor que había encerrado en ella hasta entonces.

— Hm… —y así, me acurruqué en su pecho, sintiendo sus calmados latidos— Yo también te quiero mucho Elsa, no quiero separarme de ti, nunca. —con sus risa entrecortada, supe que sus ojos lloraban de felicidad y no pude sentirme mejor por ello.

Estuvimos unos minutos más sintiendo nuestros cuerpos, declarando un futuro juntas, proclamando nuestras vidas unidas, hasta que irremediablemente, llegó mamá para romper aquel delicioso momento.

— Oye, ¿qué crees que pensará cuando vea el pasillo mojado y nuestra ropa en el baño? —con su cara lo dijo todo, no lo había tenido en cuenta.

— Mierda. —se levantó con prisa sin saber muy bien qué hacer, y cerró la puerta con seguro.

— Ropa Els, vístete. —buscó unos pantalones para ponerse algo mientras me reía disfrutando de esa escena, se la veía adorable con su cara roja como un tomate, tropezando por querer hacer las cosas demasiado deprisa— ¿Sin nada de ropa interior? Qué atrevida. —me achinó los ojos con una sonrisa, y salió, descalza.

— ¿Qué ha pasado aquí? —preguntó mamá. Me metí en la cama por pereza a levantarme y por si entraba por alguna razón. Fingí estar dormida para mí misma, imaginando dormir en su cama todos los días, con su aroma en mis despertares y sus labios marcados en toda mi piel.

Elsa se las apañó bastante bien con la excusa de que se acababa de duchar y justo la llamó su novia. Eso me hizo pensar que tenía que cortar con Hans, qué pereza.


Creo haber dejado claro todo lo que tenía que dejar claro.