La historia y los personajes no me pertenecen, son creaciones de sus respectivas autoras Susan Elizabeth Phillips y Hiromu Arakawa.

Capítulo 7

Mientras Solaris comprobaba la recaudación y hojeaba un montón de periódicos en la oficina, Riza vendió las entradas de la segunda función. Lo hizo de una manera mecánica, sonriéndoles a los clientes automáticamente, pero, aunque habló sin parar, sólo podía pensar en el apasionado beso que había compartido con Roy y apenas prestó atención a lo que la gente decía. Se derretía ante el recuerdo, pero al mismo tiempo se sentía avergonzada. No debería haberse entregado a Roy con tal abandono cuando él no sentía ningún respeto por su matrimonio.

En cuanto dejó de sonar la música de la presentación del espectáculo, Solaris abandonó el vagón rojo sin decir ni una palabra y Riza cerró la taquilla. Se encontraba contando el efectivo del cajón de la recaudación cuando apareció Winry. Llevaba puesto un maillot de lentejuelas doradas; el recargado maquillaje hacía que pareciera mayor de lo que era. Cinco aros rojos le colgaban de la muñeca como si fueran pulseras gigantescas y Riza se preguntó si iría a algún lugar sin ellos.

— ¿Has visto a Solaris?

—Se fue hace unos minutos.

Winry miró a ambos lados para cerciorarse de que estaban solas.

— ¿Me das un cigarrillo?

—Me fumé el último esta mañana. Es un vicio horrible y además caro. Te arrepentirás de engancharte a él, Winry.

—Aún no lo he hecho. Fumo sólo por distraerme. —Winry se paseó por la oficina, tocando el escritorio, la parte superior del archivador, hojeando el calendario de la pared.

— ¿Sabe tu padre que fumas?

— ¿Acaso vas a decírselo?

—No he dicho eso.

—Pues hazlo si quieres —repuso en tono agresivo. —De todos modos volverá a enviarme con la tía Pinako.

— ¿Vives con ella?

—Sí. Pero tiene cuatro niños y la única razón por la que está dispuesta a acogerme es el dinero que le envía papá. Además, así tiene una canguro gratis para el bebé. Mi madre no podía ni verla —su expresión se volvió amarga, —pero mi padre sólo quiere deshacerse de mí.

—No creo que sea así.

—Y tú qué sabes. A él sólo le importan mis hermanos. Solaris dice que no es culpa mía, sino que Urey no sabe cómo tratar a las mujeres con las que no se puede acostar, pero sé que lo dice para que me sienta mejor. Creo que sí fuera buena con los malabarismos, él dejaría que me quedara.

Ahora comprendía Riza por qué Winry siempre llevaba los aros consigo. Estaba tratando de ganarse el afecto de su padre. Riza lo sabía todo sobre cómo intentar complacer a un padre y lo lamentó por esa jovencita con cara de duende y boca sucia.

— ¿Has hablado con él? Quizá si supiera cómo te sientes no te haría volver con tus tíos.

Ella puso su cara de chica dura.

—Como si fuera a importarle. Y mira quién va a darme consejos. Todo el mundo habla de ti.

Dicen que Roy se casó contigo porque estás embarazada.

—Eso no es cierto. —repuso Riza, pero antes de que pudiera añadir nada más, sonó el teléfono y se volvió para contestar. —Circo de los Hermanos Hohenheim...

—Con Roy Mustang, por favor —dijo una voz masculina.

—Lo siento, en este momento no está aquí.

— ¿Podría decirle que lo llamó Jean Havoc? Ya tiene mi número. Y dígale también que el doctor Heymans está intentando ponerse en contacto con él.

—Le daré el recado. —Colgó y se preguntó quiénes serían esas personas mientras anotaba el mensaje para Roy. Había demasiadas cosas sobre él que no sabía y tío parecía que se las fuera a contar.

Winry se había ido mientras hablaba por teléfono. Con un suspiro, cerró con llave el cajón de la recaudación, apagó las luces y salió de la caravana.

Los trabajadores ya habían desmantelado la casa de fieras y Riza pensó en el tigre. Se encaminó hacia el lugar donde estaba situada la jaula, dejándose llevar hacia allí como si no tuviera ningún control sobre su destino.

La jaula estaba situada sobre una pequeña plataforma a un metro de altura. La luz de los reflectores iluminaba el interior. A Riza le latía con fuerza el corazón mientras se acercaba lentamente. Hayatese levantó y se giró hacia ella.

La joven se quedó paralizada ante el impacto de esos ojos negros. La mirada del tigre era hipnótica, directa, sin parpadeos. Sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda y cómo se ahogaba en los ojos negros del animal.

«El destino.»

La palabra atravesó la mente de Riza como si no fuera ella quien la hubiera puesto allí, sino el tigre. «El destino.»

No fue consciente de lo mucho que se había acercado a la jaula hasta que percibió el olor almizcleño del animal, un aroma que debería de haber sido desagradable pero que, sin embargo, no lo era. Se detuvo a menos de un metro de los barrotes y se quedó inmóvil. Los segundos dieron paso a los minutos y Riza perdió la noción del tiempo.

«El destino.» La palabra volvió a resonar en la mente de la joven.

El tigre era un macho enorme, tenía las patas gigantescas y una marca blanca en la parte inferior del cuello. Riza comenzó a temblar cuando el aplastó las orejas dejando a la vista las ovaladas marcas blancas de estas; de alguna manera ella supo que aquel era un gesto de amistad.

El tigre desplegó los bigotes y le ensenó los dientes. El sudor se deslizó entre los pechos de Riza cuando el animal emitió un rugido; el sonido diabólico de una película de terror.

No pudo apartar la vista del tigre, aunque supo que era eso lo que él quería. El animal le lanzaba una mirada de desafío: ella debía apartar la vista primero. Y Riza quería hacerlo —no era su intención desafiar al tigre, —pero se había quedado paralizada.

Los barrotes parecieron desvanecerse entre ellos y ella sintió como si no tuviera ninguna protección ante él. El tigre podía abrirle la garganta de un zarpazo, pero aun así, Riza no podía moverse. Miró directamente a los ojos del animal y sintió como si éste le leyera el alma. Pasó el tiempo. Los minutos. Las horas. Los años. Con ojos que no parecían suyos, Riza vio sus propias debilidades y defectos; los miedos que la mantenían prisionera. Se vio en su privilegiada vida, doblegándose ante voluntades más fuertes que la suya, asustada de enfrentarse a cualquiera, intentando complacer a todo el mundo menos a sí misma. Los ojos del tigre le revelaron todo lo que quería mantener oculto.

Y luego parpadeó.

El tigre.

No ella.

Riza observó con asombro cómo desaparecían las marcas blancas de las orejas. El animal estiró su enorme cuerpo y se dejó caer sobre el suelo de la jaula, desde donde la miró con gravedad y le dio su veredicto:

«Eres débil y cobarde.»

Riza comprendió la verdad que le dictaban los ojos del tigre, y la sensación de victoria por haber sido capaz de sostenerte la mirada se evaporó dejándole las piernas débiles y flojas. La joven se hundió en la hierba, donde se sentó en silencio y se abrazó las rodillas, observando al animal sin miedo, aunque con cierto recelo.

Oyó la música que anunciaba el fin del espectáculo, las voces de los trabajadores que iban de un lado para otro del recinto y los sonidos habituales mientras recogían los puestos. Casi no había dormido la noche anterior y se fue adormeciendo poco a poco. Se le cayeron los párpados, pero no llegó a cerrarlos por completo. Apoyó la mejilla en las rodillas y continuó observando al tigre con los ojos entrecerrados mientras él le sostenía la mirada.

Estaban solos en el mundo; dos almas perdidas. Riza percibió cada latido. El aire le llenaba los pulmones y el miedo se evaporó lentamente. Experimentó un profundo sentimiento de paz. El alma de la joven se unió a la del animal y se convirtieron en uno solo; en ese momento podría haber sido la comida y el sustento del animal, porque no existía ninguna barrera entre ellos.

Y entonces, más rápidamente de lo que hubiera podido imaginar, la paz se rompió y se sintió golpeada por una explosión de dolor que la hizo gemir. En el fondo de su mente supo que ese dolor provenía del tigre, no de ella, pero eso no hizo que le doliera menos.

«Santo Dios.» Se agarró el estómago y se dobló sobre sí misma. ¿Qué le estaba ocurriendo? « ¡Dios mío, haz que se detenga!» No podía soportarlo.

Cayó de bruces en el suelo y en ese momento supo que iba a morir.

Tan bruscamente como había empezado, el dolor desapareció. Respiró hondo y se puso de rodillas temblando.

Los ojos del tigre ardieron de furia contenida. «Ahora sabes cómo se siente un cautivo.»

Roy estaba furioso. Miró a Solaris Hohenheim y, después, el látigo que él tenía enroscado en el puño.

La noche del sábado era el día de cobro de los empleados y algunos ya estaban borrachos, así que llevaba el látigo como medida disuasoria. Sin embargo, no eran los trabajadores los que le molestaban.

— ¡A mí no me roba nadie! — declaró Solaris, —y Riza no va a librarse de ésta porque sea tu esposa. —El tono bajo y firme acentuaba la rabia contenida de la dueña del circo.

La promesa que Roy le había hecho a Van en el lecho de muerte hacía que tuviera constantes enfrentamientos con su viuda. Solaris Hohenheim era su patrona y estaba resuelta a presionarlo tanto como le fuera posible. Pero él estaba decidido a respetar los deseos de Van. Era un compromiso que no satisfacía a ninguno de los dos y era inevitable que entre ellos surgiera una guerra abierta.

—No tienes ninguna prueba de que Riza cogiera el dinero.

Mientras lo decía, Roy se sintió furioso consigo mismo por intentar defenderla. No había más sospechosos.

No le sorprendería que su esposa hubiera cogido dinero —ella habría pensado que se lo merecía, —pero no había esperado que robara en el circo. Eso sólo demostraba que su libido había nublado su buen juicio.

—Es cierto —espetó ella. —Comprobé la recaudación después de que se fuera. Acéptalo, Roy, tu mujer es una ladrona.

—No quiero que la acuses antes de que hable con ella —dijo él con terquedad.

—El dinero ha desaparecido, ¿no es cierto? Y Riza estaba a cargo de él. Si ella no lo ha robado, ¿por qué se ha esfumado?

—La buscaré y le preguntaré.

—Quiero que la detengan, Roy. Me robó, y en cuanto la encuentres llamaré a la policía.

Él se detuvo al instante.

—Nunca llamamos a la policía. Lo sabes tan bien como cualquiera. Si es culpable yo me encargaré de ella igual que me encargaría de cualquier otra persona que hubiera infringido la ley del circo.

—La última persona de la que te encargaste fue aquel conductor que vendía drogas a los trabajadores. Lo dejaste hecho una piltrafa cuando acabaste con él. ¿Piensas hacer lo mismo con Riza?

— ¡Ya está bien!

—Eres un gilipollas, ¿sabes? No vas a poder proteger a tu estúpida mujercita. Quiero recuperar hasta el último centavo y luego quiero que la castigues. Y si no lo haces a mi entera satisfacción, me aseguraré de que todo el peso de la ley caiga sobre ella.

—Te he dicho que me encargaré de ella.

—Ya veo cómo lo haces.

Solaris era la mujer más dura que conocía. La miró directamente a los ojos.

—Riza no tiene nada que ver con lo que pasó entre nosotros. No la utilices para vengarte de mí.

Roy vio en los ojos de Solaris un destello de vulnerabilidad que rara vez exhibía, pero desapareció con la misma rapidez que apareció.

—Odio desinflar ese precioso ego tuyo, pero veo que aún no te has dado cuenta de que ya no me interesas en absoluto.

Se marchó airada y, mientras la observaba alejarse, Roy supo que mentía.

Los dos compartían una historia larga y complicada que se remontaba al verano en que él tenía dieciséis años y pasaba las vacaciones viajando con el circo de los Hermanos Hohenheim, y escuchando el punto de vista de Van sobre los hombres y las mujeres. Los trapecistas Quest también estaban en la gira de aquel verano y Roy se enamoró perdidamente de la reina de la pista central, que por aquel entonces tenía veintiún años.

Se pasaba las noches soñando con su elegancia, su belleza, sus pechos. Las chicas que había conocido hasta ese momento le parecían niñas comparadas con la deliciosa e inalcanzable Solaris Quest. Además de desearla, sentía cierta afinidad con ella porque ambos buscaban la perfección en su trabajo. Percibía en Solaris una voluntad similar a la suya.

Pero Solaris también poseía una vena egocéntrica que su padre había alimentado y que Roy nunca había tenido. Sam Quest le había hecho creer a Solaris que era mejor que los demás. Sin embargo, la trapecista también tenía un lado más suave y maternal y, aunque en aquel tiempo era muy joven, se comportaba como una gallina clueca con los demás miembros de la compañía, les regañaba cuando se portaban mal, llenaba sus estómagos con espaguetis y les aconsejaba en amores.

Incluso a los veintiún años le gustaba jugar a ser la gran matriarca y al poco tiempo también había incluido a Roy en el clan, apiadándose del huérfano de dieciséis años que la observaba con aquellos ojos tan ardientes. Se había encargado de que Roy tomara comidas sanas y le decía a Van que lo mantuviera alejado de los trabajadores más pendencieros, ignorando el hecho de que Roy llevaba demasiados años de circo en circo para que nadie lo protegiera.

Pero no era eso lo que Roy quería de Solaris, que había acabado liándose con un trapecista mexicano que se llamaba Carlos Cortez. Al igual que Solaris, Carlos pertenecía a la última generación de una vieja familia del circo y había sido contratado por el padre de Solaris para que fuera el receptor de ésta en el trapecio.

Pero Sam Quest tenía algo mis en mente. Aunque la ascendencia circense de Carlos Cortez no era tan impresionante como la de ellos, a ojos de Sam era lo suficientemente aceptable para convertirse en el progenitor de la siguiente generación de trapecistas Quest, y Solaris había complacido a su padre enamorándose de Carlos.

Los celos habían carcomido a Roy. Su linaje circense era más impresionante que el de Cortez, pero Solaris sólo veía a un adolescente flaco y huesudo que sabía de caballos y tenía talento con los látigos. Ella le había contado sus planes para casarse con el elegante mexicano que Sam había contratado. Y que le permitiría poner a sus hijos el apellido Quest.

El verano llegó al final y Roy estaba a punto de regresar al colegio. Los Quest habían sido fichados por los Hermanos Ringling para hacer la gira de la temporada siguiente. Carlos se pavoneaba como un gallo arrogante, aunque por otro lado carecía de materia gris, y el día que Roy se marchaba, Solaris entró inesperadamente en la caravana de Carlos y se lo encontró desnudando a una de las equilibristas.

Roy jamás olvidaría esa noche. Cuando terminó la función se encontró a Solaris esperándolo.

No había llorado y parecía muy calmada.

—Ven conmigo.

A él ni se le ocurrió desobedecerla. Solaris lo llevó al borde del recinto, donde se introdujeron en un pequeño espacio oscuro entre dos caravanas. El corazón de Roy comenzó a latir con fuerza ante los sombríos y clandestinos propósitos de Solaris mientras se perdía en el olor almizcleño de su perfume.

La trapecista lo había mirado profundamente a los ojos. Sin decir ni una sola palabra se abrió la blusa y la dejó caer por los brazos. Aquellos pechos plenos, de redondos pezones oscuros brillaron como nieve bajo la luz de la luna que se colaba entre las caravanas. Solaris le cogió las manos y las puso sobre sus pechos.

Él se había imaginado algo como eso cientos de veces, pero las fantasías no le habían preparado para tocar realmente aquellos pechos y sentir esos redondos pezones bajo los dedos.

—Bésalos —dijo ella.

Los dedos de Solaris bajaron a la cremallera de Roy. Éste aspiró profundamente sobre la húmeda piel de sus senos. Cuando ella lo tomó entre sus manos, Roy sintió que perdía el control y explotó con un ronco gemido.

Él se había estremecido de satisfacción y humillación. Solaris había presionado entonces sus labios contra los de él, ofreciéndole un beso largo y profundo. Luego se apartó y, aún con los pechos desnudos y húmedos por la lengua de Roy, se giró entre las caravanas.

Fue entonces cuando él se dio cuenta de que Carlos había estado allí todo el tiempo, observándolos.

El destello duro y triunfante en los ojos de Solaris le dijo a Roy que ella lo había sabido en todo momento y la sensación provocada por aquella traición fue tan devastadora que no pudo respirar.

Él no le importaba. Sólo lo había utilizado para vengarse.

Mientras observaba a su antiguo amante, Solaris pareció olvidarse de que Roy existía.

—He contratado a un nuevo receptor —dijo ella con frialdad. —Estás despedido.

—No puedes despedirme —estalló Carlos. —Soy un Cortez.

—No eres nada. Incluso este chico es más hombre que tú.

Solaris volvió a darse la vuelta y selló los labios de Alex con un beso. A pesar de su lujuria, a pesar de la neblina de la traición, él sintió una chispa de fría admiración que lo asustó más de lo que lo había hecho nunca el látigo de su tío. Comprendía aquella cruel demostración de amor propio. Como Solaris, él jamás dejaría que alguien o algo amenazara lo que era, sin importar el precio que tuviera que pagar. A pesar de odiarla por haberlo utilizado como un peón, no pudo dejar de respetarla por ello.

Solaris pasó los siguientes dieciséis años como artista destacada en los grandes circos del mundo y no hizo otra gira con el circo de los Hermanos Hohenheim hasta que su carrera comenzó a declinar. Para entonces, su padre ya había muerto y Solaris, soltera y sin hijos, se había convertido en la última Quest.

Van le dio la bienvenida al circo de los Hermanos Hohenheim y montó el espectáculo en torno a ella. Además, en sus infrecuentes conversaciones telefónicas con Roy, le reveló lo suficiente como para que éste dedujera que Van estaba colado por ella.

Roy y Solaris se habían reencontrado hacía dos veranos y, de inmediato, se hizo evidente que había habido un cambio en el equilibrio de poderes entre ellos. A los treinta y dos años él estaba en la plenitud de su virilidad y no le quedaba nada por probar, mientras que los mejores años de

Solaris como artista ya habían pasado. Roy conocía su propia valía y hacía mucho tiempo que había quedado atrás la baja autoestima que sentía en la adolescencia. Ella era hermosa, inquieta y, por razones que él no comprendió de inmediato, estaba soltera y sin hijos.

El fuego de la pasión crepitó con fuerza entre ellos, pero esta vez era ella la que lo buscaba a él.

Roy no quería hacer daño a Van y, al principio, ignoró las insinuaciones sexuales de Solaris. Sin embargo, pronto se hizo evidente que el dueño del circo estaba resignado a que los dos se liaran y, con su peculiar idiosincrasia, se sintió ofendido cuando Roy continuó desairando a la mujer que él valoraba por encima de todas las cosas.

Finalmente, Roy la dejó entrar en su cama. Ella era ágil y suave, carnal y apasionada, y él jamás había disfrutado tanto del sexo. Le gustaba que ella fuera dura y, también, no poder hacerle daño. Porque aunque la apreciaba, no la amaba.

— ¿Por qué no te has casado? —le preguntó Roy una noche sentado a la mesa en la lujosa caravana de Solaris, donde ella se disponía a servirle la comida por segunda vez en el día. Los dos llevaban puestas las batas, la de ella tenía un exótico estampado que hacía que los brillos negruzcos de su pelo parecieran todavía más intensos. —Siempre he pensado que querías tener hijos. Tu padre no esperaba otra cosa.

Ella le puso un plato de lasaña delante y se volvió a la cocina para coger el suyo. Pero no volvió a la mesa. Se quedó inmóvil mirando fijamente la comida que había preparado.

—Supongo que ambicioné demasiado. Ya sabes que hay cosas que no se pueden tener. Los mejores trapecistas nacemos con una habilidad especial y el hombre con el que me case tiene que provenir de una buena familia. No me casaré con cualquiera, y mucho menos sin amor. Amor y linaje. Es una buena combinación. —Llevó el plato a la mesa. —Mi padre solía decir que era mejor que los Quest se extinguieran antes que tener nietos sin sangre circense. —Se sentó y cogió el tenedor. —Bueno, hice mía esa máxima. Es preferible que los Quest se extingan a casarme con un perdedor hijo de puta al que no pueda respetar.

—Bien por ti.

Ella tomó un bocado de comida y volvió a dejar el tenedor en el plato. Después observó detenidamente a Roy, con un brillo provocador en los ojos.

—Los Mustang son todavía más importantes que los Quest. Sam me dijo hace años que no debería haberte dejado escapar. Me reí de él porque por aquel entonces tú eras sólo un niño, pero ahora los cinco años que te llevo no significan nada. Somos los últimos de dos grandes dinastías circenses.

Divertido, él negó con la cabeza.

—Yo no tengo ninguna intención de perpetuar la dinastía Mustang. Lo siento, cariño, pero tendrás que buscar esperma circense en otro lado.

Ella se rio, pinchó un rollito de lasaña y se lo llevó a la boca.

—Menos mal que no te quiero. Si lo hiciera estarías perdido.

Su ardiente relación siguió adelante, tan lujuriosa y apacible que él no prestó atención a la manera, cada vez más posesiva, con la que ella lo trataba o cómo, poco a poco, comenzó a considerarlo su igual.

—Somos almas gemelas —le dijo ella una noche, con la voz ronca por la emoción, —si fueras mujer, serías yo.

Solaris tenía razón, pero algo en el interior de Roy se rebeló ante la comparación. Admiraba a Solaris, pero había algo en ella que le repelía. Puede que porque se veía reflejado a sí mismo. Para impedir que dijera nada más, se acomodó entre las piernas femeninas y entró en ella con un duro envite.

A pesar de los sutiles cambios en el comportamiento de Solaris, él no estaba preparado para lo que sucedió tina tarde de aquel verano en el recinto a las afueras de Reole, East City. Ese día ella le dijo que le amaba. Y cuando lo hizo, él se dio cuenta de que hablaba totalmente en serio.

—Lo siento —dijo él tan suavemente como pudo cuando ella terminó su declaración, —pero eso no va conmigo.

—Por supuesto que sí. Es el destino. Solaris se negó a escuchar cuando Roy le dijo que él nunca podría amar a nadie —que había perdido la capacidad de amar cuando era un niño maltratado— y el brillo en los ojos de la joven le dijo que para ella el rechazo no era más que un juego. Se empeñó en hacerle cambiar de opinión con la misma determinación que empleó antaño para conseguir el triple salto y, sólo cuando él estaba haciendo la maleta para marcharse después de su última actuación en el circo, comprendió que él no bromeaba. Roy jamás la había engañado. No la amaba. Y no iba a casarse con ella.

Cuando por fin asimiló aquel tajante rechazo, todo lo que Solaris creía sobre sí misma se hizo trizas y se volvió loca. Fue en ese momento cuando hizo lo inconcebible, lo que nunca le perdonaría. Fue cuando le rogó que no la dejara.

Roy era, sin duda, la única persona en el mundo que podía comprender la enormidad de lo que ella estaba destruyendo cuando lloró de rodillas ante él. Había doblegado su orgullo, lo que hacía que fuera quien era.

—Solaris, basta. Tienes que parar. —Intentó levantarla, pero ella se aferró a él y gritó con una desesperación tan desgarradora que él se llevaría ese sonido consigo a la tumba. En ese momento Roy pudo ver cómo el amor que Solaris sentía por él se convertía en odio. Van Hohenheim, alertado por el ruido, había irrumpido, de repente, en la caravana y se había dado cuenta de lo que pasaba. Luego había mirado a Roy y le había señalado la puerta con la cabeza.

—Vete, yo me encargaré de todo.

Una semana después, Solaris se casó con Van; un hombre que casi le doblaba la edad y que no le dio hijos, y Roy era el único que sabía por qué. Su rechazo la había herido en lo más profundo de su ser y sólo podía resurgir de sus cenizas uniéndose a alguien poderoso que la pusiera en un pedestal. Desde que su padre había muerto, ella había recurrido a Van.