– Dochirasama desu ka?–
¡Hola! Los personajes de esta obra son propiedad de CLAMP, ante todo, pero la historia me pertenece.
Capítulo X
– The First Time –
Dochirasama desu ka? – ¿De parte de quién?
La primera vez que te miré me enamoré de ti.
Los cerezos florecieron ese domingo de principio de Abril, los rayos del sol calentaban mi piel, pero para mí seguía siendo el mismo invierno tan crudo como el de hace semanas. Las calles aún permanecían frías a las siete de la mañana, la hora en la que solía levantarme y desayunar tomando una taza de chocolate caliente mirando por la ventana de mi casa.
Me gusta ver a las personas pasar, me hacen pensar en todas sus historias, sus sueños y sus tristezas. Me considero una persona solitaria que, a pesar de estar siempre rodeada de gente me encuentro vacío, siempre solo.
No sé lo que es el amor.
Terminé de beberme la taza del desayuno y tras enjuagarla con agua, miré la hora del reloj que tengo colgado sobre la nevera, decidí que ya era hora de salir a pasar la mañana en el Harajuku.
Aún no sabes si soy hombre o mujer, es un dato que no importa, tampoco te lo diré ahora.
Me trasladé a Tokio como muchos otros estudiantes hacen para estudiar en la gran capital, además que pronto comenzaría a tocar en un grupo de música y debía trasladarme para estar más cerca de ellos. Conocía a varios de mis nuevos compañeros, y solo a uno le consideraba un rival digno de mí, pero no diré cuál es el instrumento que toca, para mantener el interesante halo de misterio que me gusta manipular.
Toco la guitarra desde hace muchos años y mi preferida es mi guitarra Fender Stratocasternegra que me compré con mis primeros ahorros. No suelo lanzarme elogios hacia mí mismo, pero sé tocar la mayoría de instrumentos de cuerda, eso incluye el piano, y ahora estoy en pos de aprender a tocar la batería, para ello tuve que ejercitar los músculos de mis brazos, siempre salgo con agujetas cuando práctico con las baquetas.
El día que un manager vestido de negro se acercó a mí, supe que mi vida cambiaría. Me habían visto tocar en una competición de guitarras que se había organizado clandestinamente en una nave de un polígono industrial.
Competición que había ganado.
Esta persona, había oído sobre mí, gracias a los rumores que decían que cuando mis dedos puntean las cuerdas de una guitarra, la música se volvía parte de mí y realizábamos juntos tal conjunto de melodías que podían llegar a controlar los sentimientos de una persona. Para mí eso es ser un genio. Se decía de mí que era capaz de hacer llorar con los lamentos de mi Epiphone, pero a mí lo que me interesaba realmente era…
El poder excitar a una persona con la melodía de mi guitarra.
Y es porque para mí tocar la guitarra se asemeja al acto sexual, el éxtasis de los sonidos agudos, aquellos que son capaces de provocar escalofríos por tu columna vertebral. Las notas graves que rugen dándome la fuerza para comulgar con ella, con mi guitarra. Mi ídolo tocando la guitarra es Sugizo de Luna Sea, aunque también me gustan las dos guitarras de Gazette, Uruha y Kai. Por no mencionar que admiro a Miyavi, y a Mana–sama de Moi dix mois.
Sí, me gusta el Visual kei, y pienso que hay pocos grupos de mujeres tocando rock japonés. Son tan monas... aunque algunas son unos marimachos.
Me dirigí a mi armario y me calcé mis pantalones negros de vinilo, una camiseta negra lisa, estilo china y sobre ella un corsé de tartán –cuadros rojos escoceses– adornado por dos hebillas grandes en la cintura y cadenas que caían sobre el pantalón. En los pies me puse unas botas new rock con tacón ancho de metal que pesaban mucho. Me dirigí al baño y me peiné cuidadosamente.
Desconecté el Ipod del enchufe de la cocina, lo había puesto a cargar durante la noche, y me puse los auriculares en las orejas. Encendí el aparato y dejé que la música fluyera mientras cogía el ataúd de terciopelo negro que usaba como mochila. Me coloqué en los brazos unas mangas negras adornadas con cadenas que tintineaban cuando caminaba y me puse mis tres anillos en las manos.
Por si queréis saber más sobre mí…
Mi familia se quedó en la otra ciudad de la que vengo, por esa razón vivo solo. La verdad que lo prefiero, pues así obtengo la soledad que tanto necesito para componer las canciones y así proponérselas al nuevo grupo donde estoy tocando ahora. Vivo de los ingresos que gano cuando toco la guitarra en algún evento que se celebra en clandestinidad, y los ahorros que conseguí trabajando en grupos de música en mi ciudad o trabajando en otras clases de empleos.
La música es mi vida.
Desde siempre he sabido que mi físico hacía estragos en ambos sexos. Sinceramente lo siento por los hombres, pero prefiero la belleza de destilan esas mujeres que parecen flores a medio abrir, delicadas y puras, tiernas y salvajes.
Miro alrededor en el andén donde parará el metro en unos pocos minutos. Las mismas expresiones en diferentes personas, a veces me pregunto cual es la verdadera cara de un ser humano. Me gusta jugar con los sentimientos de la gente que me rodea, solamente para ponerlos a prueba. Saber hasta donde son capaces de llegar, en qué situaciones pueden reírse o pueden llorar, hasta donde son capaces de llegar por las personas a las que aman, lo que están dispuestas a perder por ellas. Lo que quieren conseguir o lograr. El ser humano me fascina.
Entro en el metro y espero junto a la puerta agarrado del pasamano. Observo a una pareja de novios que de la mano y con las cabezas juntas se murmuran palabras llenas de sentimientos.
El Amor.
No sé lo que es.
Muchas veces se me han declarado, me han jurado que es amor lo que sienten por mí. Que sus corazones dejan de latir cuando estoy cerca, que tienen un vacío en el estómago cuando no estoy presente y sólo se llena cuando estoy allí, junto a ellos. Que se les seca la boca cuando camino por su lado, cuando me miran veo admiración, veo que son inferiores a mí, que no me comprenden y nunca estarán demasiado tiempo como para acercárseme y conocerme, como humano, no como esa cubierta de carne y huesos que mi madre gestó ocho meses y medio.
El dolor del mundo, el dolor que provoca el amor al mundo. Prefiero mantenerlo lejos de mí.
Las lágrimas que han derramado por mí, nunca han sido dulces. Al alejar a las personas de ese monstruo egoísta que soy, siempre me han tildado con una opinión sobre mí que no dicta demasiado sobre la realidad. Es cierto, no quiero a nadie revoloteando a mí alrededor. Porque no lo quiero y no lo deseo. Porque en mi pecho tengo un agujero que sangra a borbotones y solamente yo sé recoger mi sangre. No necesito los sentimientos de nadie, y que nadie me ayude a recoger los pedazos de mi mente.
Solo la música es mi vida.
Me observé en la ventana del vagón y vi que tenía un poco corrido el delineador en el rabillo del ojo, con un dedo lo arreglé, también me retoqué el pelo. Sentí que me observaban, dirigí mi mirada hacia el grupo de turistas que no me perdían de vista. Sonreí para mí, no veían a mi yo persona, solamente se fijaban en la ropa, en mi pinta de visual kei.
Volví a fijar la vista en la pareja, ahora la chica reía tímidamente porque su novio le estaba propinando besillos en la muñeca. Alguna vez me pregunté cómo me sentiría al ser el protagonista de esa escena. Alcanzar el grado de complicidad con la otra persona, ser capaz de abrirme y entregarme libremente, sin pensar en la vergüenza, ni en el qué dirán.
Soy un analfabeto del amor.
La vocecilla femenina del megáfono del metro anunciaba que la parada dónde quería bajar se acercaba, así que me levanté y me eché la guitarra al hombro, –por si no lo había mencionado antes la llevaba conmigo–, y me dirigí al Harajuku de Tokio. Es un distrito en Japón que se encuentra entre Shinjuku y Shibuya, dos barriadas muy conocidas por los amantes de los videojuegos, los cosplays y los mangas.
Tierra de otakus.
Salí de la estación y ya era pasado el medio día, entre unas cosas y otras salí un poco más tarde, pero por lo menos la línea de Yamanote nunca me fallaba. Pude observar que como yo, otros visuals kei bajaban las escaleras de la estación y se perdían entre el tumulto de gente que paseaban por el Takeshita–dori, una calle que me encanta, porque está repleta de tiendas de mi estilo.
Entré en el Mcdonals de esa calle y me compré un refrigerio, siempre olvido meter dulces en mi ataúd. Mientras me lo tomaba observaba a la gente y al empedrado suelo de piedra gris. Para ser una de las calles más concurridas en fin de semana estaba muy limpio. Terminé de desayunar y eché un vistazo a las tiendas que solía ir, habían traído pantalones nuevos y faldas geniales, miré al reloj y maldije mi mala suerte… si no hubiera quedado ya…
Salí de la tienda y bajé toda la calle hasta llegar por fin al famoso puente de harajuku, realmente el puente está al lado de la estación, pero ya ves tenía hambre… y pronto me encontré con una chica que había conocido en un concierto. Como yo tocaba la guitarra y tenía un cuerpo tremendamente sensual.
Se llamaba Isuzu.
Isuzu también tocaba la batería y se notaba que tenía musculatura en los brazos, mucha gente piensa que queda mal en una mujer, pero a mí no me desagrada, puesto que me pasa exactamente lo mismo. Isuzu que vestía de un modo gótico industrial con sus extensiones de rastas de colores. Tenía compañía. Era una sweet lolita con cara de muñeca, ojos sensuales y boquita de fresa, una dulzura con ese vestido azul pastel y ese lazo Alice en la cabeza.
Les dediqué una de mis sonrisas y ellas me la devolvieron e hicieron un gesto saludándome. Después volvieron a lo que estaban haciendo, lo que me provocó un leve sonrojo… pese a estar acostumbrado a este tipo de acercamientos, no podía evitar sonrojarme algo al verlas besarse de aquella forma. Normalmente no me acercaba con intenciones sexuales con personas de mi mismo sexo, y decir que las mujeres eran bellas y que me gustaban, era un hecho que no podía desmentir. A pesar de haberme besado con hombres que seguro que querían más de mí que mis labios.
Carraspeé y me fui.
Sentirse solo es un arma de doble filo. Por un lado está bien no estar rodeado de gente que solo busca tu compañía porque eres una celebridad entre otras muchas personas, pero por otro siempre te queda la espina clavada, de querer que alguien te ronde no por lo que eres sino por cómo eres. Alguien que me busque sin una razón aparente, alguien con quien hablar de cosas triviales, alguien a quién molestar para divertirte por que sí. Alguien que me haga sentir que la soledad es mala.
Sé que puedo llegar a ser contradictorio, a veces ni yo mismo me comprendo.
Saludé con la mano a varias personas que conocía de vista y estaban sentadas en el suelo, por no hacerlas levantarse seguí caminando en busca de mis amigos, que por cierto no encontraba, así que sin más preámbulos llamé a uno de ellos por el móvil, ya me estaba cansando de buscarlos. La voz de mi amigo sonó grave como siempre.
– ¿Kuro? Dónde te metes.
– ¿Dónde voy a estar? Donde siempre.
Me llevé una mano al cabello desesperado… no se da cuenta que llevo relativamente poco tiempo en Tokio quedando con ellos y en Harajuku el domingo, justo el día que más atestado de gente estaba aquel maldito lugar.
– No sabes dónde es ¿verdad?
– Y el premio se lo lleva…
– Vale, vale… ve a la entrada del parque Yoyogi te estará Kazuhiro–san esperando.
– Estupendo, gracias– colgué.
Me introduje entre las personas saltando sobre algunos amplificadores de pequeños grupos que solían ir a la estación de Harajuku para tocar o bien sus canciones o covers de otros grupos. Y caminé entre dos grupos de otakus que jugaban sin descanso a las nintendo ds. Adyacente a estos caminos de la explanada de la estación está el parque Yoyogi. Es uno de los pulmones de Tokio, y la verdad se agradece tener este inmenso parque que cubre de verdor acres y acres te tierra.
Los colores amarillos, marrones y ocres quedaron atrás y como si la primavera estuviera celosa, este año los cerezos estaban en flor de una forma más bella que el año pasado. Los cerezos son los árboles más codiciados del país, cada ciudadano japonés espera pacientemente la llegada de las flores Sakura. Hasta en los telediarios tienen un tiempo dedicado a los cerezos de todo el país, indicando por qué zona están saliendo brotes, por dónde los capullos están por abrirse y finalmente cuando hacen eclosión, es normal, porque este espectáculo de la naturaleza suele durar tres o cuatro días, y ya solo queda esperar al año siguiente.
Así que este fin de semana es especial, porque los cerezos de Yoyogi están todos en flor, así que la aglomeración de personas que se concentran para beber y celebrar la llegada de las Sakura se encontraban debajo de la sombra de los cerezos. Me masajeé el puente de la nariz y me moví un poco el corsé que me apretaba a la altura del pecho. No me gustaba tener que pisotear a la gente cuando entre en los jardines.
Finalmente llegué a la entrada principal del parque donde por fin pude encontrarme con Kazuhiro. Es un chico alto, no diré si es más alto que yo para seguir con el misterio, realmente me estoy divirtiendo. Tiene el pelo teñido de rojo eléctrico que contrastaba con sus lentillas celestes. Tenía tres pearcings en la boca repartidos en el labio inferior, y vestía de forma gótica muy parecida a mis pintas, aunque no era visual kei.
– Hola.
– Llegaste.
– Veo que trajiste contigo la guitarra.
– Claro ¿No vamos a tocar como últimamente?
– Puede ser, yo también traje la mía.
– Entonces la enchufaré a tu amplificador, ¿Lo trajiste?
– Claro.
Llegamos a un claro dónde estaban nuestros amigos con sus guitarras tocando sobre una gran manta que había traído una de las novias de uno de ellos. No me gusta demasiado que vengan las chicas, no me siento bien al lado de ellas, distraen a mis compañeros y al final acabamos por no tocar bien. Por otro lado una de ellas no hace más que echarme miradas furtivas que no hacían más que hacerme sentir incómodo.
Queriendo ser el cazador…
…y yo su presa.
Cerré los ojos y me centré en las cuerdas de mi guitarra, esta vez traje conmigo mi Epiphone EJ200CE acústica. Esta no fue mi primera guitarra acústica, trágicamente partieron el mástil de mi Fender en una de estas competiciones en las que participo, mis rivales se ensañaron con mi instrumento ya que a mí no me podían tocar. Así que con un dinero que tenía ahorrado me compré la Epiphone, ya que era la me había gustado.
– Wow eso suena genial– soltó de pronto uno de mis compañeros.
– ¡Es como un cuento de hadas!– exclamó una de las chicas que como yo estábamos allí.
– ¿Es una nueva canción?
– No solo dejé mis dedos tocar.
– Es cómo un genio.
Seguí tocando aquella melodía que se había instaurado en mi mente, cerré de nuevo los ojos y me dejé llevar por la música. Escuchaba a los pájaros y decidí centrarme en ellos, eran pequeños y sus trinos suaves, sus revoloteos volátiles, sus caminares. Me centré en el viento que los sostenía, en el crujir de las ramas. Me centré en eso y más. Cada forma que me rodeaba, cada sonido… mis dedos los perseguía entre las cuerdas de la guitarra. El viento cantaba, mi corazón hacía de percusión y las vibraciones entre mis dedos… desgarradora forma de poesía.
El timbre de una bicicleta, me hizo abrir los ojos. Todos me miraban con expectación querían más, y yo se lo iba a dar todo. Oía los hierros oxidados de unos columpios, era capaz de escuchar los ojos de aquella chica. Me miraba como si fuera un dulce, como si no le importase realmente que fuera, un trofeo que colocarse. Sonreí socarronamente para mis adentros. Si tan solo pudiera entrar en mi mente, seguramente querría escapar de mí tan pronto como me quería en sus garras ahora.
Y es que ¿Qué gana ella teniéndome en su poder?
No la iba a corresponder de ninguna manera, sentimentalmente hablando. Y físicamente, la chica no estaba mal, y solo la hacía inaccesible el que fuera la novia de uno de mis compañeros de grupo. Lo que la convertía en una mujer malvada, sin sentimientos. Una zorra común, perfil femenino superpoblado, una arpía sin corazón que sería capaz de engañar con el primero que destaque más en algo que el miserable infeliz al que ahora llama novio –mi compañero–.
– Vaya… me has puesto los pelos de punta, colega, por un momento… ha sonado tan… oscuro… parecía que insultabas a alguien, que querías agredirlo.
– Qué tonterías dices hombre… no se puede agredir con la música.
Yo sonreí.
– ¿Estás seguro de eso?
– Es imposible– sentenció una de las chicas, la que me quería en su poder, y a quién iba dirigida mi última pieza. Que ella tomase las conclusiones que viera oportunas.
~ 0 ~
El ocaso teñía de naranja el cielo y decidí que el día para mí había terminado. Uno a uno, mis compañeros me habían ido dejando a solas conmigo mismo, junto con sus respectivas novias, cosa que había agradecido. Puesto que podía seguir tocando aquella melodía –la que habían tachado de cuento de hadas– y omitir la parte donde quería estamparle mi pesada bota en la cabeza de aquella chica de labios sensuales, sin que me molestaran con sus comentarios.
Bueno la palabra molestar puede que suene un poco exagerada, pero no me gusta que cuando me dejo llevar por la música me interrumpan con elogios. Ya sé que soy un genio. Me lo han ido inculcando desde que abrí los ojos al nacer, junto con otras habilidades, por desgracia. Y sencillamente ya no me gusta que me adulen tanto, dan por hecho que yo soy capaz de todo y puede que sea cierto, pero por ahora no he decidido mostrar todo mi potencial. No me apetece.
Me eché la guitarra al hombro y me pasé la mano por el cabello. Como he dicho anteriormente, no sé que voy a hacer con mi vida. Soy estudiante y el resto de mi vida lo dedico a la música. Toco en un grupo nuevo, practico en casa y doy clases en una academia bastante famosa, aunque allí intento pasar lo más desapercibido posible.
Seguí paseando por el camino empedrado cuando te encontré. Estabas dormida en el pie de un cerezo, tan pálida como la misma muerte. Con ese vestido negro, kuroi–lolita, que era el punto de color en la blanca escena en la que te encontrabas, en medio de una lluvia de pétalos blancos.
Creo que nunca fui consciente de mi misma inconsciencia. Siempre pensé que yo solo me bastaba, que era un ser completo. Pese a estar rodeado de gente que piensa que si no tienes a alguien a tu lado, eres un ser incompleto, falto de algo. Así me sentí yo cuando te vi.
Por primera vez incompleto.
La melodía que tenía en mi mente desapareció, mis pensamientos lo hicieron también. Me acerqué despacio y comprobé que estabas sola, profundamente dormida. Tu cabello castaño te caía graciosamente por el rostro acariciando levemente sus puntos tus estrechos hombros.
El arco de tus pestañas proyectaba largas sombras sobre tus pómulos. La curiosidad por el color de tus ojos fue un golpe que ni yo mismo me había esperado. Algo en mí me decía que debía guardarme esta escena en lo más profundo de mi memoria, que tenía que acercarme y tomarte.
Tomar esos labios pintados con cerezas que me invitaban entreabiertos a morderlos y paladearlos con devoción. ¿Qué sería besarte?, ¿Qué sería acariciar tanta delicadeza, tanta fragilidad?, ¿Cómo me sentiría al unir tu destino con el mío?
Y ahí me horroricé.
Cómo es que estaba pensando en unir mi destino con alguien con quién no había cruzado ni una palabra. Era hermosa, era frágil, etérea, mientras dormía desparramada como una muñeca de porcelana, la más bonita, la más cara. Una tentación que estaba dispuesto a esquivar.
Mi mente gritó– ¡VETE! – pero mis pies no se movieron ni un milímetro. Mi razón me golpeó, pero solo le hice caso al viento que mecía las flores que caían sobre nosotros. Me arrodillé a su lado y acaricié su pelo corto. Bendita suavidad, como el capullo de una rosa a medio abrir. Dulce, tierna, indefensa.
Dormida era el ideal de belleza, el ideal de mujer. Perfecta.
Pero la perfección no existe. Y como mujer que era, al abrir los ojos la realidad la mancharía. ¿Serían estos labios perfectos capaces de hacer daño?, ¿Mentirían tus ojos que se ocultan tras tus pestañas?, ¿Serían tus besos capaces de morderme el corazón?, ¿Seguiré sangrando?
¿Serías el monstruo que se ocultaba en cada mujer delicada?
Entonces también me di cuenta.
La primera vez que te miré me enamoré de ti. Y supe que no me importaría que me hicieras daño, no me importaría que me mintieras, que me usaras. Que me destrozases, porque tú querida te destrozarás conmigo.
Ver lágrimas en tus ojos, tu llanto agolpado en tu garganta. Tu voz estrangulada. Te haré daño. Te quebraré en mil pedazos y te ataré a mí pase lo que pase. Toda tú me has hecho caer en este abismo y ahora pagarás las consecuencias.
Me levanté tras haberle besado el mechón de cabello que aún sostenía entre mis dedos y echándome la guitarra al hombro me alejé del lugar, no sin antes cruzarme con una chica de negros cabellos y piel de alabastro que corría con una sonrisa en los labios en dirección de la que me había hecho temblar el corazón.
– ¡Sakura, por fin te encuentro!
La chica abrió los ojos y fue otro golpe para mi corazón, los tenía verdes, hermosos.
– ¿Te perdiste verdad?
La chica soñolienta asintió levemente y le sonrió.
– Me perdí y me quedé aquí quieta a que vinieras a por mí– la chica de cabellos negros ayudó a levantar a la lolita–. Pero me encontraste.
– Vamos Sakura, se hace tarde.
Sakura. Su nombre es Sakura. Volví a echarme la guitarra al hombro y desaparecí del lugar. La encontraría y me vengaría de ella, le haré partícipe de mi desgracia, de mi ansiedad. Le haré daño, la destrozaré.
Pagará las consecuencias por interponerse en mi camino.
Lo juro.
Konnichiwa! Aquí te dejo el capitulo décimo de mi historia, espero que te haya gustado.
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