Disclaimer: los personajes son propiedad de la increíble Suzanne Collins, y la historia es parte de la maravillosa escritora Cecelia Ahern. Esto solo forma parte de mi alocada cabeza que ha juntado estas maravillosas historias.
"Vamos a durar. ¿Sabes cómo lo sé? Porque aún despierto cada mañana y lo primero que quiero hacer es ver tu rostro."
Música de acompañamiento: E.T. – Katy Perry
CAPÍTULO 10
- ¡Feliz cumpleaños, Katniss! ¿O debería decir feliz cumpleaños con retra so? -Plutarch rió nerviosamente.
Katniss se quedó perpleja al ver a su herma no en el umbral. No era algo que ocurriera con frecuencia. De hecho, quizá fuese la primera vez. Abría y cerraba la boca como un pececito de estanque, sin saber ni por asomo qué decir
- Te he traído una orquídea phalaenopsis enana -agregó Plutarch, pasándole una maceta con la planta-. Acaban de llegar. Está echando brotes y no tardará en florecer.
Plutarch parecía un anuncio. Katniss se quedó aún más aturdida al verle aca riciar con la punta de los dedos los diminutos brotes de color rosa.
- ¡Vaya, Plutarch, las orquídeas son mis favoritas!
- Bueno, aquí tienes un hermoso jardín, grande y... -carraspeó y aña dió- Verde. Un poco abandonado, aunque... -se interrumpió para balan cearse sobre los pies de aquella forma tan suya y tan molesta.
- ¿Quieres entrar o sólo estás de paso? –"Por favor di que no, por favor di que no." Pensaba Katniss. Pese a lo considerado del regalo, Katniss no estaba de humor para aguantar la compañía de Plutarch.
- Bueno, puedo quedarme un ratito.
Se limpió las suelas de los zapatos en el felpudo durante dos minutos en teros antes de entrar en la casa. Al verlo vestido con una chaqueta marrón de punto y pantalones marrones que terminaban justo encima de unos impeca bles mocasines del mismo color, Katniss se acordó del viejo profesor de matemáticas. No tenía un solo pelo fuera de lugar en toda la cabeza y llevaba las uñas limpias y con una manicura perfecta. Katniss lo imaginó midiéndolas ca da noche con una pequeña regla para comparar que no sobrepasaran el es tándar europeo establecido para la longitud de uñas, si tal cosa existía.
Plutarch siempre daba la impresión de no estar a gusto. Parecía que el apre tado nudo de la corbata (marrón por supuesto) estuviera estrangulándolo, y siempre caminaba como si llevara un palo de escoba en la espalda. Rara vez sonreía y, cuando lo hacía, la sonrisa apenas le cambiaba la expresión. Era el sargento de instrucción de su propio cuerpo, gritándose y castigándose cada vez que pasaba a modo humano. Pero se lo hacía él mismo y lo más triste era que pensaba que eso le convertía en alguien superior a los demás. Katniss lo con dujo a la sala de estar y de momento dejó la maceta de cerámica encima del tele visor.
- No, no, Katniss-dijo Plutarch, señalándola con el dedo como si fuese una niña traviesa-. No debes ponerla ahí. Necesita estar en un sitio fresco y sin corrientes de aire, apartada del sol directo y de los radiadores.
- Oh, por supuesto.
Katniss volvió a coger la maceta y, presa de pánico, buscó un lugar apro piado por toda la habitación. ¿Qué había dicho Plutarch? ¿Un rincón caldea do y sin corrientes de aire? ¿Cómo se las arreglaba para que siempre se sintie ra como una chiquilla incompetente?
- ¿Qué te parece esa mesita de centro? Creo que ahí estará a salvo -su girió Plutarch.
Katniss obedeció y puso la maceta en la mesa, casi esperando que le dijera «buena chica». Afortunadamente no fue así. Plutarch adoptó su postura favorita junto a la chimenea e inspeccionó la habitación.
- Tienes la casa muy limpia -comentó.
- Gracias, acabo de... limpiarla -contestó Katniss. Plutarch asintió como si ya lo supiera-. ¿Te sirvo un té o un café? -ofreció Katniss, confiando en que Plutarch rehusara.
- Sí, estupendo -dijo Plutarch, dando una palmada-. Un té sería es pléndido. Sólo leche, sin azúcar.
Katniss regresó de la cocina con dos tazas de té que dejó en la mesita de cen tro. Esperó que el vapor que subía de las tazas no asesinara a la pobre planta.
- Sólo tienes que regarla regularmente y abonarla durante los meses de primavera. -Plutarch seguía hablando de la planta.
Katniss asintió con la cabeza, consciente de que no haría ninguna de las dos cosas.
- -No sabía que se te dieran tan bien las plantas, Plutarch -dijo Katniss, procurando relajar la tensión.
- Sólo cuando las dibujo con los niños. Al menos eso es lo que dice Mags. -rió como si hubiese contado un chiste.
- ¿Dedicas mucho tiempo a tu jardín? -Katniss se esforzaba por mante ner viva la conversación. Como la casa estaba tan silenciosa, cada silencio entre ellos se amplificaba.
- Oh sí, me encanta trabajar en el jardín. -se le iluminaron los ojos-. Los sábados son mi día de jardín -añadió sonriendo a su taza de té.
Katniss tenía la impresión de estar sentada junto a un perfecto desconoci do. Se dio cuenta de que sabía muy poco acerca de Plutarch y de que a éste le sucedía lo mismo con ella. Pero así era como Plutarch había querido que fue ran las cosas, siempre se había distanciado del resto de la familia, incluso cuan do eran más jóvenes. Nunca les daba noticias excitantes. Ni siquiera contaba cómo le había ido la jornada. Sólo estaba lleno de hechos, hechos y más hechos. La primera vez que la familia supo de la existencia de Mags fue el día que la llevó a cenar a casa para anunciar el compromiso. Por desgracia, a esas alturas ya fue demasiado tarde para convencerlo de que no se casara con aque lla dragona de ojos verdes y pelo refulgente. Aunque, de todos modos, tam poco los habría escuchado.
- Muy bien -dijo Katniss en voz tan alta que la sala casi le devolvió el eco-, ¿ocurre algo extraño o alarmante? ¿Por qué has venido?
- No, no, nada extraño. Vamos tirando, como de costumbre. -bebió un sorbo de té y, al cabo de un rato, agregó- Nada alarmante, ya que lo pre guntas. Simplemente estaba en la zona y se me ocurrió pasar a saludar.
- Vaya, no deja de ser raro verte por esta parte de la ciudad. -Katniss son rió-. ¿Qué te trae por el mundo oscuro y peligroso de la zona norte?
- Bueno, ya sabes, asuntos de trabajo -farfulló Plutarch-. ¡Aunque mi coche está aparcado al otro lado del río Liffey, por descontado!
Katniss sonrió forzadamente.
- Es una broma, claro -agregó Plutarch-. Está justo delante de la ca sa... Estará seguro, ¿verdad? -preguntó en serio.
- Yo diría que sí -contestó Katniss, y añadió con sarcasmo- Hoy no he visto a nadie sospechoso merodear por la calle a plena luz del día. -Plutarch no captó la ironía-. ¿Cómo están Emily y Timmy? Lo siento, quiero decir Timothy
Por una vez la equivocación fue espontánea. Los ojos de Plutarch se iluminaron.
- Oh, están bien, Katniss, muy bien. Aunque me tienen preocupado -Plutarch desvió la mirada y siguió inspeccionando la sala de estar.
- ¿A qué te refieres? -preguntó Katniss, pensando que quizá Plutarch se abriera a ella.
- Bueno, no se trata de nada en concreto, Katniss. Los hijos son una preo cupación en general. -Se ajustó la montura de las gafas en lo alto de la nariz y la miró a los ojos-. Aunque supongo que estarás contenta de no tener que preocuparte de todas estas tonterías de los hijos -dijo Plutarch, sonriendo.
Se produjo un grave silencio. Katniss se sentía como si le hubiesen dado una patada en el estómago.
- ¿Ya has encontrado trabajo? -continuó Plutarch.
Atónita, Katniss permaneció inmóvil en el asiento. No podía creer que hubiese tenido la osadía de decirle aquello. Se sentía ofendida y dolida, y quería que se largara de su casa. Lo cierto era que no estaba de humor para seguir mostrándose cortés con su hermano y, desde luego, no iba a molestarse en explicar a alguien tan estrecho que ni siquiera había comenzado a buscar, ya que todavía estaba llorando la muerte de su marido. "Tonterías" que él no tendría que soportar durante los próximos cincuenta años.
- No -le espetó.
- ¿Y qué haces para conseguir dinero? ¿Te has apuntado al paro?
- No, Plutarch -dijo Katniss, procurando no perder los estribos-. No me he apuntado al paro. Recibo una pensión por viudedad.
- Ah, eso está bien. Muy oportuno, ¿no?
- Oportuno no es exactamente la palabra que yo emplearía. No, sumamente deprimente se ajusta más.
La tensión crecía por momentos. De repente, Plutarch se dio una palmada en el muslo, dando por terminada la conversación.
- Bueno, más vale que me ponga en marcha y vuelva al trabajo -anunció. Se levantó y se estiró exageradamente, como si llevara horas sentado.
- Muy bien. -Katniss se relajó-. Mejor será que te marches mientras tu coche sigue ahí fuera.
Una vez más, Plutarch no captó la broma. Fue a mirar por la ventana para comprobar que seguía allí.
- Tienes razón. Sigue ahí, gracias a Dios. En fin, me he alegrado de verte, y gracias por el té -dijo, mirando a un punto de la pared situado por encima de la cabeza de Katniss.
- De nada. Y gracias por la orquídea -dijo Katniss entre dientes. Plutarch avanzó a grandes zancadas por el sendero del jardín y se detuvo a medio camino para echarle un vistazo.
Meneó la cabeza con un ademán de desesperación le gritó:
- ¡De verdad que tienes que hacer que alguien arregle esto un poco! -luego se marchó conduciendo su coche familiar marrón.
Katniss estaba furiosa mientras observaba cómo se alejaba. Cerró dando un portazo. Aquel hombre la sacaba tanto de quicio que le entraban ganas de golpearlo. Simplemente no se enteraba... de nada.
Fin del capítulo diez
DÉCIMO CAPITULO ¿qué qué qué tal, todo bien, a qué odiais también a Plutarch tanto comoy? El proxímo capítulo es muy bonito, ¿irá al karaoke?
¡Y he vuelto a subir un lúnes! Me merezco un premio, más reviews por ejemplo…Espero que empecéis la semana con buen pie :D Espero que os guste, contestaré reviews por PM, gracias a los que dejáis su opinión por estos lares
¡Nos leemos!
And may the ods be ever in your favor!
Lucy, as Peeta
Por una vez la equivocación fue espontánea. Los ojos de Plutarch se iluminaron.
- Oh, están bien, Katniss, muy bien. Aunque me tienen preocupado -Plutarch desvió la mirada y siguió inspeccionando la sala de estar.
- ¿A qué te refieres? -preguntó Katniss, pensando que quizá Plutarch se abriera a ella.
- Bueno, no se trata de nada en concreto, Katniss. Los hijos son una preo cupación en general. -Se ajustó la montura de las gafas en lo alto de la nariz y la miró a los ojos-. Aunque supongo que estarás contenta de no tener que preocuparte de todas estas tonterías de los hijos -dijo Plutarch, sonriendo.
Se produjo un grave silencio. Katniss se sentía como si le hubiesen dado una patada en el estómago.
- ¿Ya has encontrado trabajo? -continuó Plutarch.
Atónita, Katniss permaneció inmóvil en el asiento. No podía creer que hubiese tenido la osadía de decirle aquello. Se sentía ofendida y dolida, y quería que se largara de su casa. Lo cierto era que no estaba de humor para seguir mostrándose cortés con su hermano y, desde luego, no iba a molestarse en explicar a alguien tan estrecho que ni siquiera había comenzado a buscar, ya que todavía estaba llorando la muerte de su marido. "Tonterías" que él no tendría que soportar durante los próximos cincuenta años.
- No -le espetó.
- ¿Y qué haces para conseguir dinero? ¿Te has apuntado al paro?
- No, Plutarch -dijo Katniss, procurando no perder los estribos-. No me he apuntado al paro. Recibo una pensión por viudedad.
- Ah, eso está bien. Muy oportuno, ¿no?
- Oportuno no es exactamente la palabra que yo emplearía. No, sumamente deprimente se ajusta más.
La tensión crecía por momentos. De repente, Plutarch se dio una palmada en el muslo, dando por terminada la conversación.
- Bueno, más vale que me ponga en marcha y vuelva al trabajo -anunció. Se levantó y se estiró exageradamente, como si llevara horas sentado.
- Muy bien. -Katniss se relajó-. Mejor será que te marches mientras tu coche sigue ahí fuera.
Una vez más, Plutarch no captó la broma. Fue a mirar por la ventana para comprobar que seguía allí.
- Tienes razón. Sigue ahí, gracias a Dios. En fin, me he alegrado de verte, y gracias por el té -dijo, mirando a un punto de la pared situado por encima de la cabeza de Katniss.
- De nada. Y gracias por la orquídea -dijo Katniss entre dientes. Plutarch avanzó a grandes zancadas por el sendero del jardín y se detuvo a medio camino para echarle un vistazo.
Meneó la cabeza con un ademán de desesperación le gritó:
- ¡De verdad que tienes que hacer que alguien arregle esto un poco! -luego se marchó conduciendo su coche familiar marrón.
Katniss estaba furiosa mientras observaba cómo se alejaba. Cerró dando un portazo. Aquel hombre la sacaba tanto de quicio que le entraban ganas de golpearlo. Simplemente no se enteraba... de nada.
Fin del capítulo diez
DÉCIMO CAPITULO ¿qué qué qué tal, todo bien, a qué odiais también a Plutarch tanto comoy? El proxímo capítulo es muy bonito, ¿irá al karaoke?
¡Y he vuelto a subir un lúnes! Me merezco un premio, más reviews por ejemplo…Espero que empecéis la semana con buen pie :D Espero que os guste, contestaré reviews por PM, gracias a los que dejáis su opinión por estos lares
¡Nos leemos!
And may the ods be ever in your favor!
Lucy, as Peeta
