Aquí les dejo el antepenúltimo capítulo :)

Se editaron unas imágenes, si quieren verlas sólo quiten todos los guiones bajos de los links que aparezcan :D


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Los primeros días fueron los más difíciles.

Se encontró con todos aquellos mafiosos a los que alguna vez traicionó o simplemente estafó.

Después de verse rodeado e indefenso ante seis de ellos al mismo tiempo, lo mejor que se le ocurrió fue dejar de luchar por defenderse, ya había dejado sin sentido a dos de ellos, pero ya no le quedaba fuerza ni física ni espiritual, estaba cansado y sinceramente ya no le veía el caso, así que se dejó ir. Dejó que los tipos hicieran con él su voluntad, sí, dolía, pero pensaba que mientras más rápido terminaran con él, sería mejor.

Lastimosamente, Crowley había interferido, amenazando de muerte a todo aquel que se atreviera a ponerle un dedo encima. Y por supuesto el es consiente de que lo hacía porque lo veía como la única llave que le llevaría de regreso a toda su fortuna.

La primera noche en la mansión de Crowley, este le pidió a uno de sus lacayos que le mostrara a Dean su nueva habitación, y la verdad, se esperaba todo menos lo que se encontró cuando el mayordomo le llevó a un cuarto enorme con una cama descomunal, un candelabro en el techo, una enorme alfombra color vino cubriendo el suelo y hasta una puñetera sala. Recuerda haber soltado una exclamación sorprendido, ganándose una risilla del hombre que le entregó su llave con un "déjeme saber si necesita algo, joven Dean".

¿Qué coño estaba pasando? No tenía idea.

Esa misma noche, Rufus (como supo que se llamaba el mayordomo) le había llevado una bandeja de plata con un enorme filete rib eye, papas al horno y una copa con Champagne.

Todo estaba siendo muy confuso, por las mañanas lo llamaban al comedor principal, y ahí desayunaba con Crowley, Adam y dos tipos más de los que aún no se aprende el nombre pero que al parecer estaban fascinados con la idea de tenerlo a él de su lado.

Crowley casi no le dirigía la palabra, fue hasta el segundo día por la tarde que se apareció en su habitación entregándole un teléfono celular que parecía ridículamente costoso.

"No puedes hacer ninguna llamada o enviar algún mensaje a ningún número que no esté ya registrado en él, ya ha sido configurado para eso, lo tendrás para mantenernos en contacto." Le le había dicho mientras Dean le observaba confundido.

"Tomaste la mejor decisión, muchaho. Te conviene más estar en mi equipo." Y fue con esas palabras, que el Winchester había caído en cuenta. Crowley no lo quería solamente para recuperar el dinero de las cuentas bancarias, o quería para trabajar con él.

Ya no había manera de salir de ahí. Riendo recordó aquella frase típica de mafiosos.

"En la mafia, una vez que entras, no puedes salir."


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Hoy es su cuarto día en la mansión de Crowley, sale de la ducha perezozo, aún sin acostumbrarse al enorme baño que es parte de su habitación. Se seca el cuerpo con parsimonia y se acerca al estúpidamente gran armario que está lleno de finos trajes de todo tipo, lana, seda y lino. Todos de las marcas más reconocidas. Hay también gran variedad de camisas y corbatas de todos los colores. Además de más pares de zapatos de los que se le antoja contar, todo de su número.

Toma unos jeans de mezclilla, un cinturón, unos zapatos y una camisa de seda negra. No le hace mucha gracia vestir siempre con esos incomodos trajes.

Se viste divertido ante la idea de que alguien tuvo que escoger también los bóxers que ahora se coloca. Se mira al espejo, parece uno de esos niños ricos de los que tanto le gustaba burlarse, dobla las mangas de la camisa que se cierne como abrazando su cuerpo con delicadeza.

Escucha que llaman a la puerta.

–Pasa, Rufus.– adivinando que de él se trataba.

–Joven Dean, el señor Crowley no estará presente el día de hoy ¿gusta que le traiga el desayuno a su habitación?– pregunta el mayordomo en el marco de la puerta.

–No, está bien Rufus, yo bajaré por algo.– le dice con amabilidad.

–De acuerdo, hágame saber si necesita algo, con permiso.– contesta cerrando de nuevo la puerta.

Dean sonríe ante la idea de que el tipo parece un robot, siempre tan recto en sus palabras y comportamiento.

Se lanza a la cama observando el detallado techo, piensa un segundo que tal vez podría acostumbrarse a esta vida, sacude al instante su cabeza, como queriendo disipar ese pensamiento, él sabe exactamente que le hace falta.

Se levanta suspirando, tal vez sea bueno ir a dar una vuelta por ahí.

Sale de su cuarto y comienza a caminar por todo el segundo piso, fijándose en las exóticas plantas que adornan aquí y allá, se encuentra con una que otra mucama, sonriéndoles y haciéndoles sonrojar.

Llega al final del pasillo, en donde una puerta yace entreabierta, se acerca un poco y después decide dar media vuelta y regresar su camino para ir al comedor. Pero entonces escucha un tosido y reconoce al instante que se trata de una niña.

Entra a la habitación, más guiado por su instinto paternal que por otra cosa y se acerca a la pequeña que está recostada en una enorme cama llena de almohadas y cubierta por las cobijas.

–¿Te encuentras bien?– le pregunta a la infante con su mano en la frente, comprobando su temperatura –tienes fiebre.– dice más para sí mismo que para la niña.

–Sí, el doctor ya me dijo– dice observándole con sus pequeños ojitos verdes –¿tú también eres doctor?– pregunta sorprendida –eres muy lindo para ser doctor, ellos son feos.

Dean se ríe ante las palabras de la pequeña.

–No, no soy doctor, sólo trabajo aquí– dice con una mueca mientras se sienta al borde de la cama –soy Dean, mucho gusto.– le extiende su mano, a lo que ella ofrece la suya, mucho más pequeña, en un apretón de saludo.

–Me llamo Tessa– y suelta un tosidito, haciendo que su ondulado cabello castaño caiga sobre su rostro.

Dean se ríe bajito y sin siquiera pensarlo, le acomoda el cabello por detrás de las orejas, la niña le parece de lo más adorable, y de alguna manera le recuerda un poco a Sam cuando era niño.

–Tessa es un bonito nombre.– le dice.

–Dean también lo es, me gusta ¿puedo decirte De?– pregunta con inocencia y una mirada de cachorrillo suplicante.

A Dean le da un vuelco el corazón, recordando que sólo su hermano le ha llamado así.

–Claro que puedes– le asegura con una sonrisa, y su pecho se derrite cuando Tessa comienza a aplaudir toda sonrisas y hoyuelos. Y "joder, es igual a Sam" piensa.

El momento se ve interrumpido cuando Adam entra de pronto a la habitación, quedándose ahí parado con pose defensiva.

–¿Qué haces aquí idiota?– se dirige a Dean, a quien le hierve la sangre con la simple presencia de aquel hombre.

–¡Oyeeee!– se queja la niña –no le hables así a mi nuevo amigo, Adam.– ordena (porque es una orden) con el ceño fruncido.

–¿Tu nuevo amigo?– pregunta molesto.

–Sí, De es mi nuevo amigo, y quiero que lo trates bien.– Tessa se cruza de brazos con un puchero.

Adam gruñe mientras pone los ojos en blanco.

–Ahora resulta que todos quieren que lo traten bien– murmura con sorna mientras se acerca a la pequeña con una leche de cajita en una mano y una pastilla en la otra –como sea, es hora de tu medicina, Tess.

La nena hace un pequeño berrinche, a lo que Adam sólo bufa y Dean medio sonríe, la niña le parece encantadora.

–¿Es de vainilla?– pregunta Tessa.

–Sí, Tess, es de vainilla.– contesta Adam malhumorado.

La pequeña se toma la pastilla con cara de asco y después se dedica a beber a pequeños sorbos el resto de la leche.

–Tengo cosas que hacer– le dice a Tessa mientras acaricia su frente –volveré más tarde.– le sacude el largo cabello y entonces voltea a ver a Dean, su mirada volviéndose fría –si algo le pasa, eres hombre muerto.– amenaza y sale de la habitación antes de que la pequeña pueda decirle cualquier cosa.

Tessa observa al chico marcharse con un pequeño puchero.

–Él no siempre fue así– dice ella aún viendo hacia la puerta.

–¿Ah no?– Dean se sienta en la cama frente a Tessa, con las piernas cruzadas.

–No, el se reía todo el tiempo, y jugábamos, y me hacía galletas de chocolate.– la castaña acentúa su puchero, luciendo a los ojos de Dean, adorable.

–¿Porqué dejó de hacer todo eso?– el Winchester simplemente no se podía imaginar a Adam de aquella manera.

–Cuando mamá y papá murieron hace un año...– el semblante de la niña se volvió triste, y el rubio no necesitaba que la chiquilla continuara con la historia para adivinar lo demás –Mi hermano comenzó a trabajar con el tío Crowley, y se volvió un enojón.

Dean la observó sorprendido, ahora todo encajaba, Adam era su hermano, y supone que al no tener con quien más quedarse, Adam y Tessa se quedaron a manos de Crowley.

–Ya veo– dijo más para sí mismo que para la pequeña –oye, y ¿cuántos años tienes?– preguntó para cambiar el tema.

–Así– dice mostrándole su manita con cuatro dedos alzados.

–¡Cuatro!– finge sorpresa –ya eres toda una señorita– le dice tocándole la nariz con un dedo.

–Sip, y pronto tendré así– extiende todos los dedos de su mano –¿tú cuántos años tienes, De?– pregunta moviendo la cabeza de lado.

–¿Cuántos crees?– levanta una de sus rubias cejas.

Tessa observa sus manitas y luego voltea posando sus bonitos ojos verdes sobre los de Dean.

–Creo que no me alcanzan los dedos para decirte.– dice con genuina preocupación.

Dean se suelta a reír con la inocencia de la pequeña, a lo que Tessa le sigue, y de pronto el estómago del rubio ruge haciendo que la niña se lleve las manos a las mejillas y ponga cara de sorpresa.

–Creo que debería ir a comer algo.– dice él, recordando que no ha desayunado aún.

–Podemos pedirle a Rufus que nos prepare hotcakes– propone con una sonrisa de oreja a oreja.

Y Dean no puede negarse a cumplir los caprichos de la pequeña Tessa.


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–Tenemos que encontrarlo– John se acaricia las sienes con los dedos, tratando de apaciguar un poco el terrible dolor de cabeza que trae encima –no puedo perder a mis dos hijos.

–No has perdido a ninguno de ellos– regaña Bobby.

–Y es que, maldita sea con Dean, no dejó rastro, una pista, nada.– Castiel buscaba en su laptop algo, lo que fuese que le ayudara a encontrar la ubicación de Dean.

Las opciones se les iban de las manos, para entonces ya habían pasado dos semanas desde que Dean había desaparecido.

–Es tiempo de ser realistas, tal vez Dean simplemente...

–No te atrevas a decirlo– le interrumpió Bobby, señalándolo con amenaza –ni siquiera se te ocurra.

John bajó la mirada, recargado en el marco de la habitación de hospital en donde se encontraba su otro hijo.

–Habrá que afrontarlo tarde o temprano.– dijo con melancolía.

–No lo vamos a afrontar, porque no es así– Bobby estaba fuera de sus casillas –¡Dean no está muerto!

Los tres hombres fueron interrumpidos por un ruido y desviaron con rapidez sus miradas a Sam, que yacía en la cama de hospital.

–Dean– susurró Sam con voz débil, abriendo con pesadez sus ojos.

Castiel, Bobby y John se quedaron de piedra, en shock.

–¿Dean?– volvió a llamar Sam, con un poco más de fuerza.

–¡Sam!– gritaron los 3 hombres de pie, haciendo que el aludido hiciera una mueca de dolor por el ruido.

Bobby se acercó con suma velocidad a Sam, tomando su mano. Castiel se acercó también, observándole con sorpresa.

–Iré por una enfermera– anunció Castiel antes de desaparecer del cuarto.

–¿Papá, Bobby?– Sam buscó con su mirada la de su padre.

–¿Qué pasa hijo?– John sentía como sus ojos se humedecían mientras sostenía la otra mano del menor de sus hijos.

–¿En dónde está Dean?

Bobby y John no pudieron más que compartir una mirada llena de angustia.