Ante todo, quiero disculparme por el retraso, ayer fue in día de locos y no me dio tiempo de postear.

Quiero agradecer a todos los que se toman el trabajo dejarme un comentario cada capítulo sobre todo a los anónimos que no puedo responder. Cada uno se sus comentarios ponen una enorme sonrisa en mi rostro sabiendo que el lordcito y su mocita los entretienen con sus aventuras.

Este capítulo fue betado por mi amiga ericastelo quien es la única que me dice "¿enserio, vas a poner esa palabra? i

Disclaimer: El nombre de los personajes pertenece a Stephanie Meyer, la historia es mía.

Nunca había esperado la noche con tanta impaciencia como este día. La mocita podía tratar de engañarme, pero yo ya había visto todos los signos. Había visto cómo su respiración se aceleraba o se entrecortaba cada vez que la tocaba, cómo sus labios se abrían en una muda invitación para que me adueñara de su boca cuando la besada, cómo su pulso se disparaba en mi presencia y cómo sus ojos se oscurecían cuando me miraba pensando que no le estaba prestando atención.

Durante la cena había conversado y conversado tratando de alargar la hora de ir a mi habitación sin duda alguna. La escuché conversar de temas triviales, pero podía ver que su mente estaba en otra cosa, seguramente en cómo escapar de su promesa y no compartir mi lecho.

Pero, una promesa era una promesa y las damas siempre cumplen sus promesas.

Mi mirada se perdió por unos instantes, preguntándome por qué me sentía de manera tan peculiar desde que ella entró a mi vida, deseando su compañía y su cuerpo en cada instante consciente y plagando mis sueños mientras dormía.

— ¿Me tomará por la fuerza, señor? —me miró con frialdad sacándome de mi meditación. Por lo visto había terminado de andar dándole vueltas al asunto y decidió tomar las cartas en sus manos.

La contemplé impasible por unos cuantos minutos, disfrutando ante su creciente intranquilidad y de cómo cambiaba de posición en su asiento constantemente bajo mi escrutinio.

—Si te tomo esta noche, créeme que no será por la fuerza—. Se quedó pensativa durante unos minutos para levantarse sin decir una sola palabra y retirarse del comedor haciéndome una pequeña reverencia.

Su reacción me extrañó, pero después de todo, ella siempre me intrigaba. No tenía ni idea de lo que pudiera estar pasando en su cabeza, no podía analizar su forma de ser para prever sus reacciones como solía hacer con las demás personas.

Mecí mis cabellos y que quedé ponderando mi siguiente acción. Me debatía entre dejarla dormir en otra habitación y reclamar mis derechos por el pacto roto. No fue hasta que los sirvientes empezaron a recoger la mesa que tomé una decisión.

Caminé despacio dejando que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad ya que no me molesté en siquiera tomar una vela para alumbrar mi camino. Subí las escaleras con paso pesado, no podía creer que después de haberla acorralado la iba a dejar escapar. Suspiré frustrado considerándome un idiota por empezar a tener remordimientos por no tener pensamientos dignos de un caballero en lo que se refería a ella.

La mocita sería mi esposa en menos de una quincena, no es como si estuviésemos teniendo un revolcón en el pasto para luego seguir cada uno por su lado.

Suspiré pesadamente, estaba indeciso sobre el camino que debía tomar.

Abrí la puerta de mi habitación sabiendo que la encontraría vacía, ella no vendría a mí por voluntad propia y yo tendría que forzar mi mano para hacerla cumplir con su palabra y tenerla en mi cama antes de la noche de boda.

Me lancé sobre la cama y me quedé mirando el tapizado superior, debí haberme quedado absorto ya que no sentí cuando la puerta se abrió, pero sí el repentino brillo que iluminó las penumbras lo que me hizo girar mi cabeza para encontrarme con Isabella parada en medio de la habitación sosteniendo un candelabro. Parecía una hermosa aparición.

Salté de la cama como si hubiese sido impulsado por una invisible fuerza y me detuve a unos pasos de ella inseguro sobre qué hacer. Me sentía tan perdido como el niño que una vez fue olvidado en una tienda de Londres porque sus padres ni siquiera podían recordar que lo habían llevado consigo.

Fijé mi vista en sus ojos para alejar los recuerdos que amenazaban con arremolinarse en mi mente.

La mocita volvía a tener ese porte imperial y sus ojos me dejaban ver que estaba determinada a lo que sea que fuese lo que viniera a decirme.

Me volví a mecer mis cabellos y cuando iba a preguntarle lo que deseaba tiró de mi pechera para hacerme quedar a su nivel y capturar mi boca en un fiero beso.

Por unos instantes me quedé paralizado con mis ojos totalmente abiertos sin responder al beso pese a que no ansiaba otra cosa más en la vida que tumbarla y perderme en medio de sus piernas.

Me soltó de pronto y me entregó el candelabro haciéndome parpadear aún atónito por lo sucedido. Mis ojos se abrieron todo lo ancho que podían y mi mirada se quedó fija en sus manos que empezaban a soltar los listones que mantenían sujeta la camisola de dormir que llevaba bajo la bata de terciopelo.

Sus dedos se movían con soltura y delicadeza, determinados en completar su tarea dejando ver, con cada nudo desatado, fragmentos de su nívea piel haciendo que una quemazón empezara a recorrer mi cuerpo desde la planta de los pies hasta mi nuca dejando mi boca seca.

— ¿Qué-qué? —logré balbucear estúpidamente con mis ojos fijos en sus redondas cimas.

— ¿No sabe los que son pechos de una mujer? Si mal no recuerdo me estuvo espiando como un mozalbete mientras me bañaba en el lago y luego me hizo salir totalmente desnuda, así que no le creo que nunca haya visto unos—. Me espetó firmemente sacándome de mi estupor y haciendo que no solo mi entrepierna ardiera sino también mi rostro ante su amonestación.

—Vienes a mi habitación y de buenas a primeras empiezas a desvestirte frente a mí a pesar de haberme dicho que no vendrías a mi lecho de buena gana y pretendes que no quede sorprendido. ¿A qué estás jugando? —la miré con fiereza y algo de desconfianza.

—No pretendo ser seducida como una moza de cuadra o una criada. Prefiero seducir a ser seducida y para eso vine, para seducirlo lord Masen, cosa que no veo difícil de lograr dado el estado de sus pantalones—. Miró con mordacidad la evidente tienda que guardaba mi entrepierna y yo me sonrojé ante su evidente escrutinio.

Dejé el candelabro en una mesa cercana y regresé a su lado sin pausa tomando sus labios en los míos. No pensaba dejar que una chiquilla casi seis años menor que yo pensara que podía manipularme o seducirme. Ni siquiera la más versada de las cortesanas había podido seducirme por lo que la mocita podría estar mordiendo más de lo que podía masticar. Estaba seguro de que esto sería una batalla de voluntades y yo no pensaba perder. Sujeté su cabello para poder dominar el beso y obligarla a rendirse a mí voluntad, pero me encontré jadeando de sorpresa al sentir su pequeña mano sujetar mi miembro a través de mi pantalón.

Separé nuestros rostros para poder observarla y sus ojos brillaban con malicia y travesura mientras me seguía acariciando como si nada estuviese pasando como si no estuviese haciendo que cada fibra de mi ser vibrase al compás de sus caricias.

Ella sabía exactamente lo que estaba haciendo, pero yo no pensaba claudicar tan pronto. Incliné mi cabeza y lamí la tersa piel del valle de sus pechos haciéndola soltar un tembloroso suspiro.

Dos podían jugar este juego y yo no pensaba dejarla emascularme.

Volví a besarla con insistencia, mis manos recorrían con suavidad su cintura subiendo hasta quedar debajo de sus pechos y acariciar sus tiesos pezones con la yema de mi pulgar.

—Lord Masen—susurró jadeante mientras mis dedos se encargaban de tironear sus cimas y rodarlas entre mis dedos haciendo que ardiera en la misma hoguera que me estaba quemando.

—Edward, llámame Edward—le respondí antes de rasgar el frente de su camisa para poder aferrar mis labios a sus pechos como había deseado hacer desde que la vi saliendo del lago.

Mordía y succionaba cada inmaculado pedazo de piel, sentir como sus pezones se tornaban en piedra cuando los envolví en mi lengua. Toda la pasión que sentía por ella desde que la tuve por primera vez debajo de mí, vestida como un muchacho, salió a flote amenazando con ahogarme o sofocarme.

—Edward—volvió a suspirar haciendo que mi cuerpo estallara en flamas al escuchar la manera en la que su lengua acariciaba mi nombre.

Mis labios se movían por su cuello mientras mis manos acariciaban sus sedosos muslos. Su rendición sabía a gloria, el dulce tormento de hacerla ceder me había embriagado.

Saberla mía, saber que respondía a mi toque y que su cuerpo se amoldaba al mío, saber que a pesar de todas sus reticencias me deseaba tanto como yo a ella, pero sobre todo, saber que se convertiría en mi esposa en menos de dos semanas era lo que más me llenaba de euforia.

Mi lengua llegó a su oído y lo lamí suavemente ganándome un jadeo que acarició mi mejilla.

La llevé hacia la cama haciéndola caer sobre las sábanas de seda para poder explorarla a conciencia. Mi mano subió por su pierna llegando al lugar donde sus muslos se unían. Allí, oculto entre sus húmedos rizos encontré el mítico botón del que tanto hablaban las cortesanas y el que vi ser acariciado y besado de tantas diferentes maneras.

Mi dedo índice hizo una ligera presión logrando arrancar un gemido cuando lo moví en círculos. Sus dedos se aferraron a mi cabello de manera casi dolorosa para atraer mi cabeza a uno de sus plenos y redondos pechos. Mi lengua salió al encuentro de la piedrecilla que adornaba sus pechos, enroscándose en ella cual niño hambriento.

Su cuerpo se arqueó bajo el mío cuando introduje mi dedo en su cálido interior haciendo que recurriese a todo mi autocontrol para no terminar en mis pantalones como un chiquillo inexperto con su primera mujer.

Mis movimientos fueron tomando más confianza a medida que sus gemidos y suplicas por que le diera más aumentaban.

Si bien era cierto lo que me contaron las cortesanas, la mocita debía estar a punto de llegar al gozo. No pensaba llegar tan lejos en nuestra primera noche juntos, solo quería tomar una probada de lo que me pertenecería hasta que mi cuerpo exhalara mi último suspiro. Sin embargo, el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones y de pronto me encontré con mis pantalones alrededor de mis rodillas y la punta de mi miembro en su entrada. Sólo había introducido unos pocos centímetros cuando un ruido afuera de la habitación me hizo recuperar el sentido y darme cuenta de que estuve a punto de robarle la virginidad sin siquiera quitarme los pantalones o las botas. Como si estuviese en un burdel con la más baja de las rameras y no con una futura duquesa descendiente directa de un rey.

— ¿Por qué se detiene?—me preguntó exasperada envolviendo sus piernas en torno a mis caderas tratando de hacerme entrar, tratando de tomar el control como lo había tratado de hacer desde el primer segundo que entró en mi vida.

—Hay alguien en la puerta—le respondí al tiempo que volvían a golpearla la puerta.

—Déjalos que esperen. Necesito… no sé lo que necesito, pero tiene que hacer algo no puede dejarme así—me exigió haciéndome sonreír junto a su cuello al notar que su ardiente personalidad también se mostraba en el lecho.

—Prometo compensarte en cuanto despida a quien sea que ha osado interrumpirnos—lamí su oreja y la mordí juguetonamente—, pero ahora tengo que abrir la puerta para saber por qué me molestan a tan mala hora. — gruñí y maldije a quien fuera que estuviera haciendo que mis joyas se tornaran en zafiros.

Bufó molesta, pero soltó el agarre de sus piernas permitiéndome levantarme de la cama y tratar de acomodar mi dolorosa erección dentro de mis pantalones. Verla cubrirse con las sábanas y saber que estaba prácticamente desnuda bajo ellas, completamente deseosa de pertenecerme, no ayudaba a disipar mi condición ni a disminuir mi enojo.

Tragué en seco un par de veces y respiré profundamente antes de abrir la puerta de golpe mirando a Peter como si pudiera asesinarlo con mi mirada.

—Lamento la interrupción su excelencia, pero tiene visitas.—Me dijo con voz contenida manteniendo sus ojos firmemente anclados en mi rostro para evitar que recorrieran la habitación a mis espaldas.

Sin embargo, lo que me intrigaba era saber quién se había atrevido a venir a molestarme en mi refugio y eso era algo que me encargaría de averiguar enseguida. Después de todo mientras más rápido despachara a la persona indeseable más pronto podría volver a retozar con mi mocita entre las sábanas.