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Habían pasado dos meses desde que Harry fue por primera vez al callejón. Ya no era época de frío, con la primavera llegaban los días de sol, que alternaban con algunos de tormenta. Pero los días de lluvia ya no eran una amenaza para los Potter.

La situación de Harry y los suyos había cambiado y era menos trágica. Ahora los niños tenían zapatos y ropa con la que vestirse, en casa había algún colchón en el que dormir y Gina podía tomar medicinas, con lo cual su delicada salud había mejorado y, aunque aún recaía de cuando en cuando, ya no temían por su vida.

Henrique continuaba sin dar señales de vida, pero ya la única preocupación que tenían por él era el temor de desconocer si estaba vivo o muerto. Por lo demás, la alacena estaba llena de alimentos y no tenían más deudas que las contraídas por Vernon, que ahora, por supuesto, podía jugar y emborracharse más que antes.

Nunca le dio una sola moneda a su tío, pero sabía que él las robaba del lugar en el que Petunia guardaba el dinero. Su tía nunca le había dicho nada de que su marido se llevaba el dinero, solía mentirle y le contaba que se lo había gastado en esto o lo otro. Pero Harry sabía la verdad y en realidad no le importaba que Vernon se gastara parte de su dinero, pues pensaba que aumentar sus excesos era una forma de acortar sus días de vida. Y no había nada que Harry deseara más que la muerte de Vernon.

Tanto Vernon, como Gina y Petunia conocían de dónde procedía el dinero que Harry traía cada amanecer. Pero ninguno de ellos hacía preguntas sobre las noches que Harry pasaba fuera.

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Acabo de llegar al callejón, mucho más temprano que de costumbre. Es jueves, hay un señor que suele venir los jueves a primera hora.

Es extraño que hoy esté la calle vacía. Las putas y los putos suelen andar por aquí desde la tarde, yo soy el único que no llego hasta que no anochece, quizás también porque soy el único que tiene que esconderse de la mirada de vecinos decentes. Aunque nadie diría que soy puto cuando voy por la calle, porque acostumbro a llevar camisas abotonadas hasta el cuello. Los putos de aquí suelen llevar escote y en muchas ocasiones un pecho o pene fuera. También el color de sus ropas suele ser llamativo, nada que ver con los marrones y grises que yo visto, envuelto en mi capa negra. Capa que utilizo para regresar a casa cuando me acompaña la luz del amanecer de Venecia.

Es realmente extraña la soledad de la calle hoy, no me gusta estar aquí solo. No es que el resto de mujeres y hombres me dan compañía, en absoluto, ni siquiera me dirigen la palabra, tan solo cuando quieren echarme hacia otro lado. Pero en los últimos dos días el número de chicos ha aumentado. Ya no son días de Carnaval y al parecer el negocio se vuelve a centrar en la zona. Al principio, al ver más competencia pensé que tendría que compartir los clientes y ganaría menos, pero a día de hoy mis clientes me buscan solo a mí.

Oigo voces. Han llegado al fin y eso me tranquiliza, no consigo acostumbrarme a la soledad y a la oscuridad de este sitio. Me repugna el olor a orina de gato y ratas muertas, como también me repugnan los hombres que suelen venir a buscarme. Todos me recuerdan a Vernon y hacer esto es una pesadilla continua.

Los prostitutos se acercan a mí, tres mujeres y dos hombres, parece que quieren decirme algo. Los conozco a los cinco de verlos a diario. Una de las mujeres lleva una larga falda amarilla y sombrero de copa de hombre.

─¡Eh! ─me grita levantando un bastón. Doy un paso hacia atrás y apoyo mi espalda en la pared.

Los cinco me rodean y empiezo a entender qué quieren de mí. Tengo que salir corriendo de aquí, pero me impiden el paso.

─Ya te hemos dejado el suficiente tiempo en esta calle, pero nos estamos hartando de ti ─me dice la del sombrero. Está demasiado cerca de mi cara, apenas le quedan dientes enteros y el hedor de su boca es repugnante.

─No queremos que sigas por aquí ─añade otra y me empuja. Una de ellas me sujeta para que no huya.

─Tú tienes muchos clientes a diario y a veces nosotros ninguno ─me dice, me escupe y me pisa el pie.

─Eso no pasaba antes. ─Creo que eso lo ha dicho la del bastón, porque acabo de recibir un golpe. Iba dirigido hacia mi cara, pero he logrado poner el brazo.

La empujo e intento escapar, pero son cinco y yo no tengo nada que hacer contra ellos. Dejo caer la capa al suelo o quizás me lo han quitado, no lo sé. Mis piernas apenas me responden, pesan muchísimo y parecen inestables. Tengo miedo y el miedo me impide actuar.

Sé que en la pared que está a mi espalda hay un hueco por el que suelen entrar y salir gatos. Acostumbro a usar ese hueco para esconder el dinero antes del siguiente cliente, soy delgado, puedo esconderme en él. Es profundo, no sé hacia donde lleva, pero al parecer es algún tipo de comercio abandonado.

Doy un paso a mi izquierda para aproximarme al agujero, me empujan de nuevo, lo que me permite acercarme aún más.

─No queremos volver a verte por aquí ─me grita uno de los chicos con voz ronca y en la penumbra puedo ver la silueta de un cuchillo.

Al fin llego hasta el agujero. Puedo sentirlo tras mis rodillas, pero no me permitirán escaparme. Y para hacerlo tengo que tirarme al suelo, allí me patearán, incluso me matarán.

El segundo golpe de bastón llega, esta vez en la cabeza, el dolor es insoportable. Me vuelven a golpear desde el otro lado y caigo al suelo. Recibo multitud de golpes, puñetazos y patadas, apenas me dejan levantar la cabeza para poder comprobar si estoy muy lejos del agujero en la pared, pero parece que no. El suelo está lleno de barro y con cada patada me salpica en los ojos, casi no puedo ver. Me cubro la cara como puedo, tengo la manga llena de sangre, no sé si es sangre de mi nariz o de mi boca, quizás del golpe de la cabeza.

Recibo una gran patada en un costado y aprovecho el momento para arrastrarme hacia el interior del agujero. Tengo que ser rápido, me aferro a una madera en el interior, los hombres tiran de mis piernas para sacarme, pataleo todo lo deprisa que puedo para que me suelten, pero no puedo contra la fuerza de cinco, están consiguiendo sacarme fuera.

Se ha oído un golpe y a continuación otro. Gritan y me sueltan, huyen despavoridos o no pueden huir. Pero yo ya estoy completamente dentro y gateo lo más rápido que puedo en la oscuridad. Algo pasa fuera, piden auxilio. Siento cómo algunos gritos se ahogan y otros se alejan, hasta que puedo oír claramente a lo lejos a una de las mujeres chillar.

─¡Diávolo está aquí! ─Todo mi vello se acaba de erizar y mi miedo se multiplica. Nadie escapa de Diávolo y yo estaba con medio cuerpo fuera cuando él llegó. Me ha visto escabullirme y vendrá a por mí. Intento recordar qué fue lo último que vi cuando los cinco tiraban de mis piernas hacia fuera. Vi mi zapato en el suelo, nada más, sombras y oí fuertes golpes. Ya no escucho nada. Sigo adentrándome en la oscuridad de aquel lugar. Hay muchos gatos, el olor es insoportable. Debo de andar con cuidado, en la oscuridad pueden atacarme. Veo al fondo una salida en otra pared, pero dudo si debo salir. Diávolo está aquí. Tanteo con una mano en busca de algún punto de apoyo. No sé si es un mueble o una pared, pero apoyo mi espalda. Estoy completamente dolorido. Es la nariz la que me sangra. Me duele la cabeza, la espalda…

Comienzo a ser consciente de lo que acaba de ocurrir y el pánico invade mi cuerpo. Si ellos no hubiesen estado allí, si Diávolo hubiese llegado unos minutos antes, yo ya estaría muerto.

Si no hubiese tenido medio cuerpo en el interior del agujero, posiblemente estaría muerto. Si hubiese podido huir de ellos, estaría muerto. Madre mía. No sé por qué Dios ha decidido favorecerme con los pecados que cometo día tras día. Cierro los ojos mientras busco entre mi ropa una pequeña cruz de madera que perteneció a mi madre. Siento que no debo de salir de allí. Si Diávolo es tan grande como dicen, no podrá entrar sin romper la pared. Desconozco si hay alguna puerta, quizás sí, el hueco que está frente a mí parece una puerta. De todos modos, es una construcción de madera fácil de derrumbar.

Mi mano temblorosa al fin ha encontrado la cruz. Cierro los ojos. Jamás he tenido tanto miedo como hoy.

─Padre nuestro que estás en los cielos ─rezo─, aléjalo de mí.

Nunca he dejado de rezar, a pesar de saber que ya estaba vetado en el reino de Dios, nunca he dejado de rezar.

─Padre nuestro por favor, aléjalo de mí.

Se hace el silencio, solo interrumpido por los sonidos felinos de los habitantes de aquella maloliente ruina. Hay muchos trozos de madera en el suelo. Quizás es algún comercio que había ardido. Son muy comunes los incendios en Venecia.

El tiempo pasa despacio, miro el hueco en la puerta con ganas de salir corriendo, pero sé que debo permanecer aquí. Vuelvo a rezar.

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—Aquellos cinco putos iban a matar a un ángel. Enloquecí por completo. Muy pocas veces en mi vida he matado con tanta ira. Supongo que fue porque era la primera vez que mataba por una razón, lo cual me convertía en un asesino diferente. Lo comprobé en cuanto terminé de quitarles la vida. Era como si otro Diávolo se hubiese apoderado de mí. Yo mismo no reconocía a mis víctimas, había demasiado desorden, demasiada masacre.

Decidí colgarlos, aunque no dispusiera de mucho tiempo. Tenía que dejar mi firma de alguna manera. No tenía cuerda suficiente para los cinco y los colgué a todos juntos.

¿Mi mayor dolor en ese momento? Pensar en cierto joven al otro lado de la pared, entre ratas y excrementos, muerto de miedo. Hubiese entregado mi alma, si es que la tengo, por borrar la pesadilla que le tocó vivir aquella noche a Harry.


Continuará...