Capítulo 10

Surcaba las olas mientras el viento del mar le golpeaba en el rostro. Cada vez se acercaba más y más al East Blue. Sentía como cierta añoranza a esa tierra, a ese mar, a aquella Villa. No por lo que era, sino por lo que había allí antaño.

Agarró el poste con fuerza mientras observaba a lo lejos una pequeña isla. Tragó saliva, algo nervioso. Hacía muchísimo tiempo que no iba allí. No porque no quisiera, sino porque estaba impedido de hacerlo. Había pensado una y otra vez en sus dos hijos, en Anker y en la pequeña Daenys, a quien tan solo vio durante un par de semanas.

Recordó la primera vez que llegó a aquella Villa. Rememoró, también, la primera vez que pudo observar desde cerca al amor de su vida.

La hierba fresca. Le encantaba ese olor. Acababa de llegar a aquella Villa y lo primero que vio fue enormes prados, bosques y todo tipo de flores adornando las calles. La gente caminaba feliz y eso era lo que más le agradaba de las islas pequeñas, su cercanía, su amabilidad y su comprensión.

Estaba allí de paso, ni si quiera sabía demasiado bien por qué, pero estaba allí. Necesitaba un poco de tiempo libre, viajar, saber cuál era su destino. A pesar de que su vida ya estaba marcada por su piratería, todavía tenía ganas de conocer mundo desde su posición más personal y no como aventurero. Así pues, decidió desembarcar allí.

Caminó hasta ver una taberna abierta, allí los hombres bebían mientras charlaban y debatían acerca de las noticias más actuales. Asumió que tras tantos años en el mar, deseaba tener una vida normal, por muy corta que fuese.

Continuó más adelante para toparse con un pequeño mercado, allí la gente de la Villa comerciaba todo tipo de productos. Sin embargo, no fue eso lo que llamó su atención, sino algo más detallado.

Había una chica de cabellos castaños y grandes ojos verdes cogiendo un par de flores. Él se quedó totalmente de piedra al verla. Era tan preciosa, que no se atrevió ni a dirigirle la palabra. No obstante, ella se percató de que la estaba mirando y, con una sonrisa infantil, se acercó a él poco a poco.

Hola— dijo con alegría—. No debes de ser de por aquí, ¿verdad?— él negó—. No. Te conocería, seguramente—sonrió la de ojos verdes—. Bueno, veo que andas un poco perdido y solo. Mi nombre es Kendra— le tendió la mano mientras con la otra sujetaba las flores.

Es… es un placer, Kendra— le tomó la mano durante unos segundos; ambos se miraron, él todavía parecía un poco asustado, pero al final se relajó—. Sí, ando un poco perdido la verdad. Soy nuevo en el pueblo. Estoy de paso, no me quedaré mucho …

¿Estás de broma? ¡Es una Villa muy bonita! Tienes que quedarte, ¡te encantará!— él hizo una media sonrisa—. Mira, podrías ver el bosque, el puerto, los colegios… ¡es un pueblo súper completo!— gritaba entusiasmada—. ¿De dónde eres tú?

No sabría decirte… ¿Del mar? — Kendra empezó a reír—. No soy de ninguna parte, pero soy de todo el mundo, no sé si me entiendes. No me gusta ser de un lugar fijo, siempre voy en busca de aventuras por el mundo—la de ojos verdes asintió comprensiva.

Ha sido un placer conocerte— sonrió ampliamente—. Es una lástima que me tenga que ir, pero mi madre me espera y tengo cosas que hacer allí. Espero verte más seguido por aquí.

Ella se marchó, dejando su aroma de flores afrodisíacas a su paso. Mientras, él observaba su perfecto caminar, mientras su melena larga y ondulada se movía al son de sus caderas.

Era la primera vez que se fijaba en alguien de esa manera. Había tenido un par de aventuras en el mar, con ciertas chicas que, a primera vista, eran completamente preciosas, amables, pero nada más que una noche tras haber bebido dos botellas de sake seguidas. Ahora, era distinto. Estaba completamente consciente, podía ver con claridad lo que tenía delante. Y le gustó. Kendra le había robado un par de sonrisas, algo muy poco común en él durante esos últimos años.

Se arrepentía una y otra vez de haber sido tan descortés con ella. Nunca se había puesto así de nervioso ante una mujer. Pero ella, con cada palabra, cada gesto, cada mirada, era totalmente diferente. Y lo sabía. Y solo por eso, se quedaría en la Villa Foosha. Para conocer mucho más de ella y demostrarle que no era tan vergonzoso como parecía.

Contemplaba el sol aunque le dañara los ojos. Estaba sentado en taburete, fuera de la taberna. Necesitaba tomar un poco el aire y saber qué decir cuando ella despertara. Tenía ganas de hablar con ella, pero al mismo tiempo sentía un miedo irreconocible por si reaccionaba de distinta manera a la que él pensaba.

El anciano de la taberna se estaba ocupando de vigilarla ahora. Le avisaría cuando despertara, pero él no dejaba de pensar en todos los momentos vividos y en lo feliz que hubiera sido Luffy en verla de nuevo. Ambos tuvieron un lazo muy estrecho cuando él se marchó, se tenían el uno al otro, ya no eran tres, sino dos.

Sabo vino a su mente. Le echaba mucho de menos, pero seguramente estaría completamente orgulloso de ver en lo que se habían convertido. Cada uno, con su respectivo sueño, llegarían a ser los mejores, estaba seguro. Sin embargo, el saber que Denys era una científica de la Marina, le provocaba un miedo aterrador. Era la institución enemiga de los piratas, pero no podía verla a ella como su contrincante. Debería de tener cuidado con lo que hacía o decía, no sabía hasta qué punto ella estaba metida en la Marina.

— Oi, chico— el anciano asomó la cabeza por la puerta—. Todavía está un poco dormida, pero está empezando a despertar. Supongo que el dolor le está avivando un poco— Ace le miró de reojo, no sabía si estaba preparado para entrar allí y saludarla después de tanto tiempo, y después de lo que había sucedido—. ¿Vas a entrar?

— Sí, voy… voy en nada.

Poco a poco abría sus ojos para contemplar aquel techo de color gris que no le gustaba nada. Sentía una punzada constante en su brazo. Recordó que allí mismo había estado incrustado un cristal afilado que le provocó un desangramiento total. A penas tenía fuerzas para levantarse y sentarse sobre aquella incómoda cama. Logró sentarse a duras penas, y se percató de lo sudada que estaba. Llevaba la bata de científica manchada hasta los pies, el pelo espantoso y seguramente una cara completamente pálida.

Pero aquello no era lo que más le preocupaba. No sabía dónde estaba ni quién le había llevado hasta allí. Sin embargo, sí recordaba a aquel hombre que la tomó en sus brazos y la llevó hasta, supuestamente, ese lugar. Mientras intentaba repasar lo que había pasado, escuchó una puerta y un par de voces. Se asustó, ¿y si eran aquellos tipos que la habían secuestrado?

— Hola— vio a un anciano de estatura pequeña asomarse por la puerta; no sabía quién era—. ¿Estás mejor? ¿Te duele algo más a parte del brazo?— Daenys se miró el brazo, estaba vendado completamente—. Tranquila, se curará en poco tiempo.

— ¿Quién es usted? ¿Dónde estoy?— dijo algo alterada mientras el anciano entraba—. No entiendo nada de lo que está pasando. ¿A caso me ha secuestrado también? ¿Es de esa banda de estúpidos?

— Querida, de momento no me va mucho lo de secuestrar a gente— sonrió—. Estás aquí porque alguien te trajo, no sé si lo recuerdas— Daenys desvió su mirada mientras intentaba recordar quién era aquel tipo que le había ayudado —. De todas maneras, podrás darle las gracias. Si no es por él, seguramente habrías muerto desangrada en cualquier callejón de Arabasta.

De repente, un chico alto, de cabellos negros y torso al aire entró por la puerta dejándose ver. Daenys parpadeó varias veces para poder percatarse de quién era. Sin embargo, no le hacía falta ver más. Por supuesto que sabía quién era. Había pasado toda su infancia y adolescencia a su lado hasta que se marchó para ser lo que ahora era: un pirata de renombre.

Ambos se miraron.

— Ace…—dijo la de ojos verdes mientras estos empezaban a llenarse de lágrimas—. Eres… tú…— el de cabellos negros se acercó mientras asentía; se sentó a su lado, en la esquina de la cama—. No me lo puedo creer…—las lágrimas empezaron a brotar; se abalanzó sobre él a pesar del dolor que pudiera llegar a sentir; estuvo unos minutos aferrándose a él, sin soltarle y sin dejar de sollozar, mientras el pecoso le acariciaba el pelo.

— Me alegro de que estés bien— le susurró al oído mientras le apretaba un poco más—. Me has tenido preocupado. Y ya sabes que no me gusta estar pendiente de nadie…— bromeó el de cabellos negros mientras ella se apartaba un poco para secar sus lágrimas—. ¿Estás mejor?— asintió Daenys—. ¿Por qué te secuestraron?— puso cara de asustado.

— Estoy en Arabasta para realizar una investigación climatológica. El tiempo aquí ha cambiado radicalmente. Muchos puntos importantes del país están completamente secos y solo llueve en la capital. Es por ello que hay una revolución contra el Rey Cobra. Sin embargo…—dijo pensativa—. Él no es el culpable de que esté sucediendo todo esto, sino Crocodrile. Ese Shichibukai… está acaparando toda la lluvia en un punto concreto, pero no sé cómo. Es por eso que me quería tener retenida en algún lugar de este país. No le conviene que investigue algo así, porque sería un escándalo a nivel mundial…

— Entiendo, pero ¿dónde está tu seguridad? Deberías tener a alguien que te cuidara— dijo Ace mientras Daenys dibujaba una cara de desagrado.

— No necesito a nadie que me proteja. Yo misma escapé de aquel lugar. Estoy bien entrenada, no te preocupes…—sonrió pícaramente—. Vi tu cartel. Tienes una recompensa muy alta, ¿qué se supone que has hecho?— Ace empezó a reír.

— No he hecho nada. Solo es que todos saben lo fuerte que soy y me reconocen como tal. Además, también hay que señalar que pertenezco a la banda pirata de Barbablanca. Eso suma puntos— al escuchar aquel nombre, Daenys abrió los ojos de par en par—. ¿Qué pasa?

— Shirohigue…Barbablanca…—dijo—. Es… realmente fuerte— Ace se giró para mostrarle el enorme tatuaje que llevaba en su espalda—. Es el símbolo de su bandera…—lo tocó con el dedo índice mientras Ace se erizaba completamente—. Carai. Ahora entiendo por qué todo el mundo te busca.— volvió a girarse para mirarla de frente—. Y, ¿a qué se debe el nombre de Hiken no Ace?— él sonrió mientras abría la palma de su mano, dejando ver una pequeña llama que salía de ahí—. ¡Pero qué!— se asustó—. Te comiste una Akuma No Mi tipo Logia…

— Claro. No eres la única que quiere tener súper poderes, ¿Sabes?— ambos rieron—. ¿Cómo va tu trastorno mental? ¿Sigues escuchando tantas voces como antes?

— Consigo retenerlo un poco. No me gusta saber lo que están pensando las personas cuando hablan conmigo. Así que he aprendido a crear un muro. Con los años una va aprendiendo, y más si estás en la Marina…— Ace asintió mientras se quedaron completamente callados, mirándose fijamente.

Daenys se percató del perfecto cuerpo que poseía Ace. De sus pecas tan infantiles que continuaban ahí, en su rostro, caracterizándolo. De sus ojos profundos y oscuros. De ese pelo rebelde y negro que tanto le recordaba a los tiempos pasados. De esa sonrisa amplia y agradable por la que se moría cuando tenía catorce años.

Evocaba cada minuto a su lado cuando era más pequeños. Se acordaba una y otra vez de las risas y aventuras que tenían en aquella casa del árbol. Pero también recordaba aquel último día en el que no llegó a tiempo. Seguramente él pensaba que ni si quiera fue a despedirse. Le debía una explicación.

— Ace, yo…— el de cabellos negros levantó el rosto para mirarla—. Lo siento. Mi comportamiento de aquel día no fue el adecuado. No debí de ser tan orgullosa y debí de comprender tu sueño y destino. No lo hice en su momento, pero te aseguro que durante estos años sí lo he hecho— ahora, él le miró nostálgico, recordando que aquel día, ella faltaba allí.

— No… No pasa nada— intentó mentir—.Eso fue hace mucho tiempo, ya está olvidado— sonrió un poco para que le creyera.

— Sé que no. Y, ¿sabes por qué lo sé? Porque me he pasado estos últimos cuatro años pensando que debía de haber llegado a tiempo. Porque, ¿sabes Ace? Sí que fue a despedirte, pero llegué tarde— al escuchar aquello, el corazón del pecoso se llenó de esperanza—. Me odio a mi misma por anteponer un examen a una despedida. Es lo peor que he hecho en toda mi vida y te pido disculpas…

— No tienes que disculparte por nada. Yo podría haber esperado un poco más, para verte, pero pensé que con la discusión de la noche anterior no vendrías. Lo respetaba, por eso te escribí aquella carta, no sé si la recuerdas— explicaba Ace mientras Daenys asentía.

— Cuando me fui de nuestro hogar, me la llevé conmigo. No podía dejarla allí y no sabía por qué. Es como un amuleto para mi. No estoy segura si no lo tengo cerca. Por ejemplo, mírame ahora. No la llevo encima y mira todo lo que me ha pasado en pocas horas…— sonrieron ampliamente, mientras se miraban.

— Te he echado de menos…— confesó Ace mientras el corazón de Daenys volvía a latir como nunca antes lo había hecho.

Volvieron a iniciar un tierno y largo abrazo. A pesar de los años, comprendieron que ni su amistad ni todos los sentimientos que les había unido habían cambiado. Ambos sabían que, a pesar de las diferencias, era exactamente por eso por lo que se respetaban.

Por su parte, Ace cerró los ojos y se perdió en aquel profundo abrazo. No sabía demasiado bien por qué, pero había necesitado uno de esos abrazos desde hacía muchos años. Estaba liberado, se sentía tremendamente feliz de tenerla allí. A su más mejor amiga, a su compañera y de quien se había enamorado con tan solo diez años. Algo, que tal vez, ni ella sabía.

Llegaba ya al Monte Cuervo. Era como volver al pasado. Allí, observaba como los fantasmas de antaño caminaban, sonreían y vivían en paz. Se vio a él mismo recorrer aquellos lugares, agarrado de su mano, viendo como la vida crecía dentro de ella dos veces seguidas. Siendo feliz, aferrado a aquella alegría que solo ella sabía transmitirle.

El corazón le dio una punzada al recordar aquel fatídico día en el que recibió una carta a su nombre. Una despedida, un adiós, un hasta siempre. Desde la muerte de su capitán, jamás había sentido un dolor tan tremendo, una pérdida tan austera, un sentimiento tan negativo en su corazón.

Llegó hasta aquella casa en la que había pasado muchos días de su vida. Llamó a la puerta insistiendo. Una anciana, de pelo canoso, a la cual reconocería a pesar de que pasaran cien años, le abrió. Esta, sorprendida, lloró en silencio mientras le tenía delante.

— Rayleigh-san…