Capítulo 8: Shenzi.

El segundo día fuera de casa, Sarafina y yo decidimos despertarnos temprano para hacer un segundo intento para buscar comida.

Decidimos acercarnos de nuevo al manantial donde un día anterior habían caído los antílopes. Pensamos que si esperábamos un poco, pronto algún animal iría a tomar agua.

Hubo ocasiones en que la presencia de Sarafina me inquietaba, pues de vez en cuando se me quedaba viendo fijamente parea después sonreírme. Eso me hacía sentir incómodo.

Pasó un rato sin que llegara nadie. Hacía un calor intenso, así que decidimos chapotear en agua un rato.

Escuchamos un grito. Era una llamada de auxilio. Sarafina y yo intercambiamos una mirada de preocupación, y salimos del agua. Guiados por los alaridos, llegamos hasta un enorme depósito de arenas movedizas, y en ellas un cachorro de hiena lloraba por su vida. El lodo casi le llegaba al cuello. Solo tenía sus patas delanteras y su cara al descubierto.

"¡¿Qué hacemos?! ¡¿Qué hacemos!?" vociferaba Sarafina alarmada. "¡Hay que ayudar a ese cachorro, o morirá!"

Yo quedé sorprendido ante lo que acababa de escuchar. Se suponía que ella debería alegrarse. Las Hienas: Sucias, carroñeras, asesinas a sangre fría; ¿A qué león en el mundo podían importarle esas escorias?, al contrario, una hiena menos en el mundo debía ser una buena noticia para nosotros.

"¿Pero qué te pasa, Sarafina?" Le pregunté molesto ante su angustia por salvarla. "Déjala morir aquí. Una hiena menos es una bendición para todos."

Pero Sarafina no estuvo de acuerdo. Me lanzó una mirada fulminante y alzando la voz me dijo:

"Podrán ser unos seres despreciables, pero nadie merece una muerte así. ¡Eres un Insensible!"

Cuando ella me gritó insensible, la profecía llegó a mi mente atormentándome de nuevo. Me invadió el pánico. ¿Habría empezado ya? ¿Me estaría convirtiendo en un ser vil e insensible?

Con todo esto, no tuve más remedio que ayudar en el rescate. Apenas a unos centímetros de la arena movediza había un mediano árbol, estaba pelón, sin hojas, y por fortuna estaba bastante inclinado y casi apuntaba hacia la ubicación de la hiena. Sarafina y yo lo vimos y se nos ocurrió la misma idea; Ambos nos subimos a ella, y con mucho esfuerzo lo aplastamos y logramos inclinarlo aún más.

La punta del árbol quedó justo enfrente de la pequeña hiena.

"¡Vamos! ¡Sujétate de la punta del árbol!" Le decía Sarafina al cachorro. Su voz sonaba jadeante debido al esfuerzo que estaba haciendo para mantener el árbol lo suficientemente inclinado.

Después, Sarafina le gritó a la hiena:

"¡Sujétate de la copa del árbol!"

La hiena utilizó sus dos patas para sujetarse a la punta de árbol. Después Sarafina le gritó a la hiena:

"Vamos a soltar el árbol, nos bajaremos de él, así que sujétate con mucha fuerza. No te sueltes por nada de este mundo."

El cachorro asintió asustado. Después Sarafina me volteó a ver y me gritó:

"A la de tres nos bajamos del árbol; Una… Dos… tres…", ambos bricamos y lo soltamos. El pequeño árbol recuperó su posición inicial con violencia, es decir siguió inclinado pero menos. Este tembló como gelatina durante varios segundos. Después notamos cómo la hiena se elevó junto con a la punta del árbol, manteniéndose aferrada a este sin siquiera abrir los ojos.

Cuando el tembloroso movimiento paró, Sarafina y yo vimos que la pobre hiena, con algo de miedo, comenzó a soltarse, y cuando logró ponerse de nuevo sobre sus cuatro patas, caminó insegura sobre la copa del árbol hasta que finalmente llegó a la base de éste mismo y dio un último brinco con el que por fin logró bajar ilesa del pequño árbol. Acto seguido, se acercó a nosotros y nos olfateó. Al verla bien nos dimos cuenta de que era en realidad una cachorrita.

A pesar de los prejuicios que tenía yo con respecto a las hienas, no pude evitar sentir ternura al verla. Sus ojos eran vivarachos y brillosos. Sus motitas en el cuerpo y su aspecto rechoncho solo podían inspirar simpatía en mí, y por primera vez en mi vida me pregunté por la posibilidad de que los leones estuviéramos equivocados sobre el concepto en el que teníamos encasilladas a las hienas.

La cachorrita nos miraba a Sarafina y a mí como si fuéramos unos bichos raros. Estaba insegura. Tal vez las hienas también nos tenían en un mal concepto a nosotros los leones. Después da varios minutos por fin se decidió a decirnos algo.

"G-gracias po-por salvarme." Tartamudeó. Su voz era adorable y dulce.

Sarafina sonrió, y con voz suave para evitar asustar a la hiena, preguntó:

"¿cómo te llamas pequeña?"

"Shenzi" respondió la cachorrita con cierta timidez.

"Shenzi" Repitió Sarafina. "Me gusta. Es lindo."

Ambas sonrieron ligeramente. Sarafina continuó interrogando.

"Dime pequeñita, ¿Dónde están tus padres?"

Ante esta pregunta, la pequeña cachorrita cambió su sonrisa por una triste expresión. Bajó la mirada y respondió:

"Mi mamá está en búsqueda de alimento para la familia… y mi padre… mi padre está… está…"

Pero entonces, la cachorrita ahora conocida como Shenzi soltó unas lagrimitas, que rápidamente enjuagó con su pata, y dijo:

"Lo siento, no debí… Disculpen."

Sarafina sintió compasión por ella y la abrazó.

"No te preocupes pequeña. Estamos aquí para ayudar."

La hiena se quedó mirándome fijamente, y entre sollozos me dijo, esta vez con mayor seguridad:

"¿Tú eres un príncipe, verdad?"

"Segundo, pero sí." Agregué reflejando frustración en la voz. Esta parte de la conversación hizo que recordara con tristeza que ya estaba decidido sobre quién sería el futuro Rey León.

"Entonces promete que las hienas tendremos una vida más feliz cuando te conviertas en rey. Promete que no habrá más hambre ni rechazo hacia nuestra especie."

"Está difícil que eso en verdad pase," le dije "pero si la vida me permitiera ascender al trono, eso será lo primero que haré."

La hiena me sonrió, y me dijo:

"A partir de ahora tú serás un León aceptado entre nosotras las hienas. Serás mi protegido. Si quisieras adentrarte en el cementerio de elefantes nadie podrá hacerte daño. Le hablaré de ti a mi jauría. Les contaré sobre lo que has prometido. " Después la voz de Shenzi se volvió un tanto sombría. No pareció una cachorrita dulce y tierna cuando me dijo; "Pero, recuerda; nadie que sea capaz de traicionar una hiena, podrá vivir para contarlo. Nadie."

"Está bien" fue lo único que salió de mi boca. Yo estaba perturbado. ¿Ahora yo sería un protegido entre las hienas? ¿Y qué, si no podía cumplir mi promesa para con ellas?, Mufasa sería el futuro rey, no yo.

"Bueno," dijo Shenzi. "Debo irme. Si se enteran que dos leones intentaron salvar mi vida, me va a ir muy mal."

La hienita salió corriendo entre los pastizales, y se perdió de vista.

El atardecer llegó al fin. Sarafina y yo nos sentamos a contemplar los tonos rojizos en el cielo.

"¿Sabes?." me decía Sarafina. "Creo que esto de huir de casa fue una mala idea. Hay que regresar."

"Tienes razón Sarafina. Regresaremos esta misma noche. Estamos muy chicos para andar solos por la sabana. No hemos comido en dos días y hemos estado en peligro muchas veces. Lo único bueno es que ahora soy un protegido de las hienas, ¡jé, jé!"

"Oye Taka, ¿por qué crees que Shenzi dijo que si en su jauría sabían que unos leones le habían salvado la vida, le podía ir muy mal?, es decir, si ella les platica sobre ti, de todos modos le podría ir mal."

"No es eso." Le contesté a Sarafina. "No se trata de que ella hubiera convivido o no con leones. Se trata de que nadie debe saber que intentamos salvarle la vida."

Sarafina me miró perpleja. Estaba confundida.

"No comprendo, Taka."

"Verás," comencé a explicarle. "mi abuelo Mohatu me explicó que sus reglas e ideas son muy diferentes a las nuestras. Si ven que una hiena está muriendo o en peligro, no la ayudarán, pues creen que con eso pueden ofender a su diosa. Ellas creen que intervenir sería ir en contra de la voluntad de ella. Dicen que su deidad es muy vengativa."

"Siento compasión por esos seres" comentó Sarafina repentinamente. "han de sentirse muy solos en este mundo."

"Creo que las entiendo" le dije. "Yo también me he sentido muy solo algunas veces."

Los ojos de Sarafina despidieron un destello de ternura.

"Me gustaría poder ayudarte a que no te sintieras así" me dijo, al momento que me dio un tierno lametazo.

La sensación no era la misma. Con Sarabi, había experimentado algo maravilloso, pero con Sarafina, no sentí nada. Rápidamente me separé de ella y le dije:

"No estoy tan seguro de esto. Por favor no lo vuelvas a hacer. Porque yo… porque yo… estoy enamorado de Sarabi."

A Sarafina se le nublaron sus ojos. Al verla tan triste, me sentí muy culpable.

"No... fue mi culpa... no debí..."

Una paz tensa reinó el lugar por varios minutos. Después, ella rompió el silencio cuando fríamente dijo:

"Volvamos a casa. Nuestros padres deben estar muy preocupados."

Partimos de regreso. En todo el camino no me volvió a dirigir la palabra. Fue una trayectoria incomoda. Pronto llegamos a Las Tierras del Reino.

"Adiós, Taka" fue lo único que me dijo en tono seco, y se fue a casa.

Yo por mi parte, regresé a La Roca del Rey. Me sentía culpable de haberla hecho sentir mal. A fin de cuentas yo comenzaba a comprender la naturaleza de la tristeza.