He aquí el décimo capítulo. Nos leemos al final.


X

Save me from myself

«En las profundidades de ese miedo y desesperación que sientes, vas a morir.»

i

Kyousuke miraba a su hermano con una mezcla de tristeza y temor, este por su parte le veía con una expresión de incredulidad. No daba crédito a lo que el menor acababa de decirle. Entendía que estuviese atravesando la adolescencia, etapa que es por demás difícil para muchos muchachitos de su misma edad, y que por ello podría sentirse un poco confundido. Más la decisión con la que este le había manifestado su gusto hacia los chicos le sorprendió y no precisamente de manera grata. Yuuichi no estaba seguro de que decirle. Pese a que él era abiertamente bisexual, simplemente no hallaba las palabras apropiadas para ese incómodo momento.

¿Estás seguro de lo que dices? —le inquirió su hermano mayor bastante serio— No se juega con estas cosas, Kyousuke.

El más joven de los Tsurugi solo asintió con la cabeza. Apenas notó la seriedad del otro, agachó la mirada. Sintió sus ojos aguarse y una lágrima osó bajar por una de sus mejillas. Se sentía como un idiota, se arrepentía de habérselo dicho. Sus ilusiones de que el mayor le dijese que todo estaría bien y que le apoyaría, se esfumaron. En cuanto se dio cuenta del llanto silencioso de su hermanito, él le obligó a mirarlo a los ojos. Este se resistió, no quería que le viera llorar más terminó por ceder. Yuuichi le abrazó con delicadeza y Kyousuke no pudo reprimirse más, empezó a llorar con más ganas. Sus sollozos resonaban en la habitación de su hermano que solo le acariciaba el cabello.

Lo siento, Kyou —se disculpó el mayor—. No era mi intención hacerte sentir mal. No hay nada de malo en que te gusten los chicos.

¿Entonces no estás decepcionado? —preguntó— ¿De verdad me crees?

Sí, si te creo. Y no tengo nada por lo cual estar decepcionado de ti —contestó el otro—. Al contrario, agradezco que me tuvieses suficiente confianza para decírmelo.

Gracias, muchas gracias —habló quedamente el menor y se aferró a su hermano. Le abrazó con todas sus fuerzas, verdaderamente agradecido por la comprensión del mayor.

Aquella memoria permanecía fresca en su mente. Había llegado muy cansado de la universidad, no tenía absolutamente ganas de ponerse a conversar con su hermano menor porque usualmente solo hacía comentarios poco corteses al verle llegar, pero al darse cuenta del nerviosismo y ansiedad de este no tuvo otra opción. Le llevó hasta su habitación que solía ser su «confesionario», si bien rara vez le decía las cosas tal y como ocurrían, y fue cuando su hermanito empezó a decirle atropelladamente sobre sus emociones encontradas. Le escuchó con atención, y pese a negarse a aceptarlo del todo, al final terminó por consolarle. Especialmente al notar las lágrimas amargas que bajaban por su rostro.

Reconoció su valor para aceptarse como era casi sin importarle la aprobación de los demás, salvo la de su propia familia, y le reconfortó diciéndole que todo estaría bien aun cuando era consciente de que sus padres se mostrarían renuentes a darle su aceptación. A él le había costado ganársela, lo cual siendo el hijo predilecto dejaba entrever lo difícil que sería para Kyousuke conseguirla. Pero no se lo dijo, no quiso hacerle sentir mal en aquel momento, lo cual fue un grave error y se percataría de ello hasta que era ya muy tarde para arrepentimientos.

Suspiró bastante afligido por la situación que estaba atravesando mientras estaba recargado en la pared junto a la habitación de su hermano. Cabizbajo, regresó al estacionamiento para llevar a Taiyou a casa y pudiese descansar. El pelirrojo le miró con tristeza sin saber qué decir. Sabía que sus palabras no tendrían mucho valor para el mayor, después de todo, él jamás había atravesado por algo así. Subieron al auto y permanecieron varios minutos en silencio antes de que los sollozos de Yuuichi rompieran aquel mutismo. Se sentía destrozado por enterarse de aquel pensamiento tan cruel que sus papás albergaban en torno a Kyousuke, sin darse cuenta de que habían echado por tierra el cariño que este había cultivado hacia ellos.

Aun llorando, el de cabellos azules arrancó el auto y salió lo más rápido que le fue posible del estacionamiento del hospital. De vez en vez secaba sus lágrimas con los dedos. Manejaba al límite máximo que le era permitido conducir, el de cabellos rojizos le veía realmente asustado. Rebasaba vehículo tras vehículo, conducía sin rumbo fijo como si no quisiera volver a su hogar. Amemiya se asustó todavía más cuando notó que habían entrado a la autopista que conducía a Tokio y que el mayor había incrementado la velocidad. Mas no dijo nada. Le dejó seguir, si esa era su manera de desahogarse él no era nadie para impedírselo aun cuando su vida estuviese en juego.

No sabía cuánto tiempo había transcurrido, pero sabía que ya era tarde. Probablemente medianoche, y Yuuichi parecía no querer detenerse. Estaba a punto de preguntarle hasta donde pensaba parar, cuando notó que habían llegado a una zona residencial muy lujosa. Sin hablarle, el de cabellos azules le dio un juego de llaves a Taiyou quien le miró bastante extrañado. Revisó el llavero y notó que tenía un número impreso.

—Edificio dos, cuarto piso, departamento 23B —fue lo que le dijo antes de abrirle la puerta y con un movimiento de cabeza le indicó que saliera del vehículo—. Solo di que vienes de parte de Tsurugi Yuuichi —concluyó y antes de que el pelirrojo le pudiese preguntar otra cosa, este ya había arrancado de nuevo.

El menor se quedó de pie en aquel solitario sitio, sin saber qué hacer. Miró las llaves en su mano, suspiró pesadamente y empezó a caminar fijándose en el número de los edificios para dar con el indicado. Al cabo de unos minutos finalmente le encontró, un poco inseguro se dirigió a la entrada pero el portero le impidió el acceso, si bien apenas le mencionó el nombre del Tsurugi mayor le dejó pasar sin preguntarle más. Incluso le acompañó hasta el departamento correspondiente y le dijo que si necesitaba algo se lo pidiese. A Amemiya le cayó de extraño todo eso, pero al mismo tiempo le indicaba que el de cabellos azules parecía ser muy influyente o bien, muy apreciado allí.

En cuanto abrió la puerta, notó lo gélido del lugar. Cerró de inmediato y encendió la luz. Dejó las llaves en la mesilla que estaba en el estrecho pasillo que conducía a la sala y se asombró al ver que, contrario a sus creencias, la decoración y muebles eran bastantes sencillos. Se notaba que no solía frecuentar el lugar, pese a que estaba impecable –supuso que había gente encargada de la limpieza aun cuando no él fuese tan seguido–. El living estaba amueblado con un par de sillones en cuero color marrón, una mesita de centro de caoba y sobre esta un florero rojo con rosas blancas ya marchitas. En una esquina estaba anclado un televisor de pantalla plana, también había un pequeño mueble atestado de CDs y DVDs y fue cuando notó el reproductor en la parte superior de este.

Siguió y dio con la cocina amueblada y decorada de manera muy minimalista, la encimera de ónix contrastaba con el tono blanco y plateado de los muros y electrodomésticos. A continuación se dirigió a los dormitorios, solo para constatar que únicamente había uno. Titubeo un instante en abrir, y cuando lo hizo se asombró nuevamente. Las paredes eran grises, tono que hacía juego con los muebles negros. Los libreros contenían escasos libros y estaban decorados en su mayoría con fotografías familiares. Un pequeño escritorio negro estaba en un rincón y sobre este su ordenador. Los burós a lado de la cama cuya cabecera era lila –enarcó una ceja al ver ese color tan inusual en aquella habitación– estaban vacíos. O al menos estaban desprovistos de algún ornamento.

La cama le resultó demasiado grande para solo una persona, pero creyó que probablemente Kyousuke podría llegar de visita y compartirían el espacio. Revisó el baño que era igualmente espacioso. Salió y regresó a la sala donde al fin se dio cuenta de que en uno de los muebles reposaba una fotografía que al examinarla se percató de que era suya. Parecía haber sido tomada de manera espontánea, y rememoró que era un hábito del mayor: fotografiarle sin que se diera cuenta. En la imagen parecía estar admirando algo en el firmamento. Su sonrisa era una que no recordaba haber hecho en años. Le recordó aquella época en la que fue más feliz, cuando no creía que existiesen las traiciones y que el amor era eterno; cuando se entregó ciegamente a la persona que creyó jamás le heriría. Cayó en cuenta de lo mucho que anhelaba volver a ese momento y, a su vez, de lo lejano que todo eso parecía.

ii

Matsukaze revisó su celular y vio que tenía varias llamadas y mensajes tanto de Yuuichi como de Taiyou. Ni se molestó en leerlos, les borró de inmediato. Ya había salido a buscarles, creyendo que todavía estaban en el hospital pero ya no les encontró. Envió un mensaje al mayor de los Tsurugi preguntándole si estaba en su casa. Pasaron varios minutos y no obtuvo respuesta. Kyousuke se había quedado dormido desde hace un rato, cuando finalmente cesó su llanto. Al recordar las lágrimas amargas de este, sus ojos se humedecieron. De verdad se sentía impotente por no serle de más ayuda. No pasó mucho para que recibiera una llamada más, esta vez del pelirrojo. Dudó en responderle, pero al tercer intento le contestó.

—Tenma, qué bueno que respondes —fue lo primero que comentó el de ojos azules—. ¿Cómo está Kyousuke?

—Eso no te incumbe, Amemiya —respondió cortante el moreno—. Ni siquiera sé por qué has llamado, ¿acaso ya terminaste de revolcarte con Yuuichi?

Al otro lado de la línea el de cabellos rojizos sintió su sangre hervir de coraje, hace tan solo un par de horas había hablado con él de buena manera y ahora regresaba a su actitud hostil hacia él. No entendía que pasaba realmente por la mente del de ojos grises. Soltó un hondo suspiro antes de brindarle una respuesta.

—Te pregunté cómo estaba su hermano, él ni siquiera está —contestó—. No tengo ni idea de a dónde fue. Me dejó botado aquí en su departamento.

—¿Cómo que no está contigo? Se fueron juntos —reclamó el castaño—. Deja de jugar.

—No estoy jugando, hablo muy en serio. No sé dónde demonios está, pensé que había regresado a por ti.

—¿Has dicho su departamento? ¿Estás en Tokio? —le inquirió Matsukaze en cuanto cayó en cuenta de lo dicho por el otro.

—Sí, así es —dijo el pelirrojo un tanto exasperado.

No obtuvo contestación, Tenma cortó la llamada enfurecido por la acción tan irresponsable del hermano de Kyousuke. Este sabía lo mal que estaba y aun así se había largado con Amemiya. Desconocía si ya le había avisado a sus padres, aunque lo más seguro era que no, o si algún otro familiar estaba al tanto. Intentó marcarle, pero tenía el celular apagado. Le maldijo una y otra vez por seguir portándose como un idiota al que poco o nada le interesaba el bienestar de su hermano menor.

Había hablado ya con su tía y le dijo que se encontraba en el hospital, la mujer se asustó bastante aunque se calmó un poco cuando su sobrino le dijo que estaba allí porque su amigo había tenido un accidente –no pensaba decirle que era su novio quien había intentado suicidarse–. Pese a su ofrecimiento para presentarse en el nosocomio, el moreno le insistió que no era necesario y que su hermano se encontraba allí también. De cualquier manera le había repetido que si necesitaba algo no dudara en pedírselo.

Recordó de súbito que él tenía el celular del de cabellos azules, le sacó de su bolsillo y le desbloqueó. Por un momento dudó en revisarlo, pero su curiosidad pudo más y empezó a husmearlo. Este le permitía a veces leer los mensajes jocosos que algunos amigos suyos le enviaban, y que les arrancaban risas al ver el contenido. Pero ahora sentía curiosidad por ver qué más guardaba. Empezó por revisar los números telefónicos y notó que en su mayoría eran chicos que él ya había conocido en fotografías, aunque solo unos pocos podrían ser considerados realmente sus amigos.

Continuó inspeccionando su móvil y entró a Facebook donde vio sus publicaciones y se topó con un par de fotografías de ellos, tomadas meses atrás en la última visita que le hizo a su ciudad. En una aparecían besándose casi sin pudor alguno y en la otra solo aparecían abrazados mientras Kyousuke tomaba la foto. Ambas tenían la leyenda de «enamoradísimo de Matsukaze Tenma», no pudo evitar sonreír al ver que este era bastante abierto a mostrar su relación a sus compañeros de clase, no obstante sintió algo de vergüenza por la primera imagen, igualmente recordó que efectivamente él había comentado solo con un emoticón de corazón. En realidad, no solía revisar todo lo que él publicaba porque conversaban a diario así que se enteraba de las cosas que le pasaban. E ignoraba las fotografías, salvo las que eran de los dos. Usualmente eran imágenes tomadas en clases por sus amigos, nada que le resultase llamativo. También el de cabellos azules parecía ignorarles, después de todo ya no le concernían en lo absoluto. Lo que pasara en la universidad simplemente le daba ya igual.

Su novio solía estudiar bioingeniería en la Universidad de Tokio, contrario a su hermano que había estudiado administración en la misma institución. Le resultaba curioso que se hubiera decantado por aquella opción, siempre imaginó que estudiaría diseño gráfico o algo relacionado con el arte o literatura. No pensó que le gustaría estar en un laboratorio, creencia errónea que después fuera desmentida por el de cabellos azules. Su mayor interés radicaba en la genética y se asombró cuando Tsurugi le habló sobre varias cosas que él desconocía. Siempre le resultaba interesante conversar sobre sus estudios aunque no siempre entendiera los términos que empleaba. No obstante, sus progenitores no parecieron estar muy conformes con su decisión, pero a pesar de ello le pagaban sus gastos. Si bien, cada día que pasaba su descontento era más que notorio. Solo había sido cuestión de tiempo antes de que las cosas empeoraran.

Desafortunadamente cuando las cosas se tornaron insoportables con sus padres, y harto de sus reproches, no tuvo otra alternativa más que abandonar la carrera. Su padre, principalmente, jamás había estado de acuerdo con su elección, y al final la presión de este pudo más. Desde hacía cuatro meses que había dejado de asistir y dos meses después se dio de baja definitivamente. De ahí que se hubiese enfocado en otras de sus pasiones, como lo era la música y el dibujo. Si bien sus trabajos de esto último los ocultaba de sus padres. Tampoco su hermano les podía ver y a él solo le había mostrado unos cuantos. Cuando le cuestionó a Kyousuke si pensaba retomar sus estudios la respuesta que obtuvo fue un «no lo sé» de su parte. No obstante, tiempo después le confesó que le gustaría retomar su opción inicial, si no fuese así, entonces elegiría farmacología. Pero no laboraría en la empresa de sus papás pese a que se ligaría directamente a su trabajo. Sin embargo, nada era seguro, quizás no estudiara y se limitara a conseguir trabajos de medio tiempo como el que tenía antes de iniciar el verano.

Sabía que Yuuichi le daba algo de dinero y que le había animado a enviar solicitudes a otras universidades que ofrecían carreras en el área de ciencias de la salud –ambas cosas a escondidas de sus padres, claro está–. A lo mejor era su forma de aplacar los remordimientos que le carcomían. Todavía estaba a la espera de una carta de aceptación proveniente de alguna de ellas. Si bien, Matsukaze estaba seguro de que sería admitido nuevamente en la Universidad de Tokio, siendo el mayor quien solventara los gastos en esta ocasión aunque no estaba al tanto de aquella solicitud. Había enviado una carta solicitando su reingreso a la carrera sin que su hermano se enterara. Los señores Tsurugi no parecían estar interesados más en su hijo menor, a pesar de que el padre le echaba en cara sus errores tal y como se lo había confesado momentos atrás. Lo cual le resultaba bastante curioso. Todo lo malo que hacía le era relevante, menos lo positivo. De ahí que su segundo refugio, aparte del arte, fuese la música y eso hizo que regresara a tocar la guitarra cuando estaba solo en casa.

Soltó un hondo suspiro antes de apagar el celular de su novio y guardarlo nuevamente en su bolsillo. No pudo evitar sentir una pizca de remordimiento por haber revisado el teléfono ajeno, pero siempre había sido muy curioso. Estaba seguro de que Tsurugi le sabría entender. Una enfermera que iba pasando le dijo que fuera a casa para descansar y que le avisarían si ocurría algo con el de ojos ámbares, mas él se negó, no se separaría del otro. Si él no le apoyaba, entonces ¿quién lo haría?

iii

Taiyou estaba que se mordía las uñas debido a su preocupación por no saber dónde estaba Yuuichi. Había pasado bastante tiempo, estimaba que un par de horas, y seguía sin recibir una llamada o mensaje del mayor. Intentó llamarlo pero este había apagado su teléfono. Estaba desesperado de estar allí sin tener noticias del otro, no le encontraba sentido al hecho de que le hubiese ido a dejar a aquel lugar. ¿Cuál fue su intención al llevarlo? Ya le había dejado claro que no le interesaba tener sexo con él y que le diera tiempo para poner en orden sus pensamientos. No obstante, parte de él le decía que le había dejado en su departamento para protegerlo de un posible ataque por parte de Matsukaze.

Jamás, en el poco tiempo que llevaban con ellos en su casa, le había visto molesto con el de ojos grises. Del mismo modo había visto que de malas hasta Kyousuke pagaba los platos rotos y eso ya era mucho decir. Podía desquitarse con su hermano, eso lo tenía claro, incluso con él mismo pero que se enojara con Tenma era algo impensable para él. Después de todo este era quien apoyaba incondicionalmente al Tsurugi menor y supuso que eso lo hacía «inmune» a su enojo. Estaba equivocado. Lo que más le asombró fue ver que aquella molestia hacia el moreno, surgió cuando creyó que le había herido al grado de hacerle llorar. Ahora entendía porque le dijo al otro que le protegería del mismo modo que haría con él.

Sin embargo, estaba plenamente consciente de que había malinterpretado el asunto, y le había hecho daño de forma injustificada. Ya que el castaño no le había dicho o hecho nada hiriente. Lloró porque se sentía terrible por el mal que había estado a punto de causarle, todo por su capricho por salir con Kyousuke y ¿por qué no? De acostarse con él. Desde la vez que lo vio en la estación cuando fueron a recogerlos, se había preguntado si era igual que el mayor en la cama. Aunque en aquel momento se sintió totalmente abochornado por tener ese pensamiento tan pecaminoso en torno al novio de su amigo. Uno que había logrado aplacar cuando estuvo frente a Yuuichi y recordó que el muy infeliz le había dejado por su ex mejor amigo, Hinano Kinsuke. También hizo a un lado esa idea cuando supo que había sido violado por su primer novio, y fue cuando empezaron sus remordimientos pero aun así intentó verle a solas. Lo cual había sido un evidente fracaso y el de piel pálida le rechazó sin tapujos, y provocó su ira porque creyó que no sería capaz de negarse a estar con él como algo más que amigos.

Y ahora su arrepentimiento era peor porque se había atrevido a atacarle con lo que más le dolía, e indirectamente había influido en aquella decisión que por poco resulta fatal. Sabía que si Yuuichi se enteraba de aquello le repudiaría y se retractaría de regresar con él. Tomó su móvil y temblorosamente buscó entre sus contactos, a la única persona que, creía, podría escucharle sin reprocharle nada. Sata Tosamaru, el único de sus viejos compañeros de escuela con el que de vez en cuando se comunicaba. Pero se arrepintió en el acto y arrojó el celular al extremo opuesto del sofá donde estaba sentado.

Se llevó ambas manos a la cabeza y tiró de sus cabellos rojizos en un gesto de desesperación y dolor por darse cuento de lo estúpido que era. Ninguna de sus acciones tenía coherencia. Su vida carecía de sentido, y estaba convencido de que incluso para sus padres era así. Ni siquiera él mismo podía entender por qué había tomado aquellas decisiones tan estúpidas. Él que había prometido jamás dañar a Matsukaze y que no importaba lo que sucediera siempre estaría a su lado apoyándole. Ahora ya había visto que él no estaba exento a romper promesas.

—Yuuichi, ¿dónde demonios te has metido? —se dijo a sí mismo mientras veía por la ventana hacia el estacionamiento. Esperaba que este llegara en cualquier momento.

De repente, pudo reconocer a la distancia el auto del de cabellos azules. Salió a toda prisa y tomó el ascensor mascullando malas palabras por lo lento que parecía descender. Apenas se abrieron las puertas, echó a correr hasta alcanzarlo. Tsurugi bajó del vehículo tambaleándose un poco. No había duda, estaba borracho. Amemiya suspiró pesadamente antes de detenerlo cuando vio que apenas si podía sostenerse en pie y casi cae al intentar avanzar.

—Estoy bien, estoy bien —le dijo el de ojos ámbares—. Ya, suéltame. Puedo caminar solo —prosiguió, intentando deshacerse del agarre del pelirrojo.

—No. ¿A quién quieres engañar? Estás perdido —le rebatió el menor que apenas si podía con el peso ajeno—. De verdad que eres un inconsciente —le reprimió.

Él ya no le respondió y dejó de forcejear. Maldijo entre dientes al percatarse de que el amable portero no estaba allí en ese momento, justo cuando más necesitaba su ayuda.

—El pequeño Taiyou no puede conmigo, qué pena —le dijo de improviso el mayor de los Tsurugi que soltó una carcajada y que causó se le subieran los colores al rostro—. Taiyou, mi querido Taiyou —siguió hablando, en aquel instante le recordó el tonillo con el que este le había hablado en su discusión—. Siempre tan debilucho, no sé cómo has soportado jugar soccer.

El pelirrojo no respondió a su comentario y siguió su camino sin soltarle. Solo le ayudaría a subir. No importaba cómo le hiciera, él regresaría a Inazuma. Se sintió ofendido por el tono y las palabras del otro. Le recordó la actitud altanera de Kyousuke y eso le incomodó bastante. Ahora estaba más que seguro de que, a final de cuentas, los dos eran iguales. Solo que el menor tenía sus razones, y eso justificaba absolutamente todo, en su opinión. Le ayudó a entrar al ascensor y oprimió los botones para que los llevase hasta la cuarta planta. Durante el breve trayecto el mayor no dejó de mofarse de su aparente debilidad y eso le irritó aún más.

Con gran esfuerzo le llevó hasta su habitación, donde al poco rato de haberlo acostado Yuuichi se quedó profundamente dormido. Amemiya le quitó los zapatos y le cubrió con una frazada que encontró en el closet. Tenía ganas de asfixiarlo con la almohada por sus estúpidos comentarios en torno a él. Supuso que era la clase de cosas que siempre pensó de su persona, y que en su sano juicio no era capaz de decirle a la cara. Salió del cuarto para volver a la pequeña sala, sacó su cartera y contó el dinero que tenía. Para su mala fortuna no disponía de efectivo suficiente como para pagar un viaje a Okinawa. Había gastado casi todo lo que había traído con él y no sabía ni en qué. Hastiado, resopló sonoramente. En menos de veinte minutos el mayor le había colmado la paciencia.

Pero después de meditarlo unos minutos, llegó a la conclusión de que a lo mejor aquella conducta había derivado de sus experiencias posteriores a su fallida relación. Después de todo, él también había cambiado y no precisamente para bien.

iv

Tenma decidió quedarse a dormir en la habitación de Kyousuke, sin importar que seguramente alguna de las enfermeras que entrara a realizar un chequeo le reprimiera por estar allí. Más de ninguna manera pensaba dejarle solo. Ya sabía que su novio tenía de vez en cuando pesadillas, con las que despertaba llorando y suplicando que le dejaran en paz. Él le había visto en un par de ocasiones reaccionar de esa manera y dada su condición no era conveniente que estuviese a solas. Afortunadamente la misma amable enfermera que le había aconsejado ir a casa para descansar, le había llevado una frazada y una pequeña almohada para que pasase la noche en el incómodo sofá que estaba en el cuarto. Agradeció los enseres, y solo se echó la manta a los hombros permaneciendo en el mismo banquillo donde había estado horas atrás escuchándole.

—Tienes que ser fuerte —empezó a decirle en voz baja a Tsurugi—. No puedes darte por vencido. Yo te necesito —le dijo ya con lágrimas en los ojos y estrechó la fría mano de su novio entre las suyas—, tu hermano también te necesita aunque sea un idiota —prosiguió y esbozó una sonrisa amarga al decir esto último—. Debes salir adelante, yo sé que puedes hacerlo. Kyousuke, por favor, no te dejes vencer.

Sintió como sus lágrimas empezaron a bajar por su rostro sin darse cuenta de que alguien le estaba mirando. Gouenji estaba observando todo por la pequeña apertura que había dejado. Después de asegurarse de que Yuuichi se había ido a su casa, emprendió el viaje a Inazuma para cerciorarse de que todo marchaba bien con su hermanito. Era obvio que le había llamado enérgicamente la atención por haber ido a emborracharse en lugar de estar a su lado. Este había respondido a su llamado, no tuvo que pensarlo dos veces cuando le dijo que lo esperaba en el bar de costumbre. Ya sabía de lo ocurrido con el menor y se sorprendió por saber que el irresponsable hermano mayor estaba en Tokio a esas horas.

Solo estuvo unos minutos con él, antes de que le dijera que mejor se fuera a descansar y que ni se le ocurriera regresar a ver a su hermano en aquel estado tan deplorable. Le hizo ver lo mal que había tomado las cosas y como fue culpa suya que Kyousuke no le tuviera ya confianza para decirle que iba a psicoterapia y estaba bajo medicación. Asimismo le regañó apenas escuchó que atacó verbalmente a Matsukaze y le dijo que en lugar de reprocharle el haberse ganado la confianza de su hermano menor, estuviese agradecido de que permanecía a su lado.

No sé porque el imbécil de Kyousuke confió más en se niño que en mí —le habló entre lágrimas Yuuichi, una vez que estaban fuera de aquel establecimiento—. Yo soy su hermano, ese niñito solo es su novio en turno. ¿Por qué demonios a él le ha contado todo?

Ya basta, Yuuichi. Deja de decir estupideces —le reprimió el de cabellos rubios—. No seas idiota. Ese niñito, como tú le dices, ha sabido ganarse la confianza de tu hermano en base a sus acciones. Él le ha sabido escuchar y comprender —empezó a decirle pese a su molestia—, sin juzgarle por sus acciones pasadas. A él no le importa si Kyousuke ha sido un hijo de puta con otros ni con quienes se ha acostado. Tenma se ha interesado por conocer la faceta que tus padres y tú desconocen —el de cabellos azules le miró desconcertado, en parte por su estado de embriaguez y otra por asombro—. Ha conocido su lado más sensible, aquel que si ustedes dejaran de lado sus patéticas vidas, conocerían tan bien como él. Al muchachito traumado, dolido… herido por lo que aquel maldito le hizo.

El mayor de los Tsurugi seguía en silencio, escuchando las palabras ajenas que se sentían como navajas clavándose en su piel.

El niño perdido que no sabe a dónde va o dónde está siquiera —siguió diciéndole con voz entrecortada. Ni siquiera conocía bien al menor y le dolía en sobremanera lo ocurrido a él—. Uno que está roto y que a pesar de que Matsukaze le ha ayudado a recomponerse, simplemente no puede volver a ser el mismo de antes —el llanto del Tsurugi mayor se incrementó al oírle—. Un chiquillo cuyos padres y hermano se interesan más por ganar dinero que en pasar un par de minutos con él, escuchando sus dudas, sus sueños, sus temores y que en su lugar solo le reprochan por no ser como ellos esperaban. Por no ser perfecto como tú, que de perfecto no tienes nada. Tú que destruiste las ilusiones de un niño de su misma edad ¿te atreves a juzgarlo? ¿A echarle en cara que no te tiene confianza? ¿Qué su vida es un puto fracaso y jamás conocerá la verdadera felicidad si sigue igual de amargado? —soltó una risa llena de amargura antes de continuar— No, Yuuichi, los que son unos putos fracasados son ustedes, no él. Hay piezas suyas que están extraviadas o han sido destruidas por completo, y aun así tiene por novio a un muchachito como Matsukaze. Y eso es lo que te duele, lo sabes muy bien, no soportas ver que a pesar de su mal carácter haya una persona dispuesta a permanecer a su lado. Que pese a sus demonios, siga allí, apoyándole incondicionalmente —le dijo Shuuya sin reprimir más su propio llanto—. Eso es lo que tus padres tampoco soportan. Ver que el «marica» de su hijo es más feliz que tú, aparentemente, su adorado hijo bisexual —enfatizó el término— que encarna la perfección para ellos.

A esa altura, Yuuichi se había dejado caer al suelo y lloraba fuertemente mientras escuchaba las palabras llenas de razón por parte de su amigo. Le dolían todas y cada una de sus palabras porque eran ciertas. Solo le bastaba con ver el lugar y el estado en el que estaba, justo cuando Kyousuke le necesitaba él no estaba a su lado.

Antes de delatarse, prefirió irse a la cafetería del hospital. No era el momento más adecuado para presentarse ante el chico de cabellos castaños. Gouenji esbozó una fugaz sonrisa al comprobar por sí mismo que aquel chico de verdad sentía amor por el menor de los hermanos Tsurugi a quienes quería como si fuesen hijos suyos. Le dejaría con él hasta el amanecer, después intentaría convencerlo de ir un rato a casa.

Ojalá y Yuuichi con el tiempo le agradeciera todo lo que este hacía por él y Kyousuke. Lo más importante, era que no lo hiciera cuando fuese demasiado tarde.


Lamento muchísimo haber tardado tanto en actualizar, pero la inspiración nuevamente me anda fallando. En fin, no pude cumplir lo de traerles un capítulo de más de 5000 palabras. Bueno, a decir verdad, acorté el capítulo otra vez. No, no apareció el otro personaje pero es la última persona a la que Kyousuke quisiera ver. Así que hagan sus apuestas. Creo que las cosas se van aclarando de poco en poco con cada capítulo. Trataré de actualizar lo más rápido que pueda.

Gracias por leer y comentar.