Capítulo 10
TERRENO MORTAL
Pasaron dos primaveras. Sakura cumplió dieciocho años y el verano socarró el bosque con los cálidos destellos del sol y la brisa tibia.
Los intentos de la manada por procrear, seguían siendo fallidos. Al caer de la última temporada de junio, Sasuke volvió a preñar a Karin, pero el feto había sido expulsado como una masa de sangre y tejidos cuando aún no tenía cuatro meses; e Ino había parido una niña, cuyo padre era Sai; pero la niña había muerto una noche, con el cuerpo retorcido y cubierto de pelos rubios, cuando tenía dos semanas.
Durante aquel tiempo, Kurenai había estado a punto de morir, de los gusanos de un jabalí infectado. El propio Kakashi la había cuidado y cazado para ella.
Sakura llevaba ropa de una liviana tela de manta y unas sandalias que Kurenai había confeccionado para ella, pues su antigua ropa le había quedado pequeña y estaba muy estropeada. Había cambiado levemente, estaba un poco más alta y los espesos cabellos rosas le cubrían los hombros y parte de la espalda. Su inteligencia aumentaba también, alimentada por los libros de Kakashi: matemáticas, historia, literatura y lo que parecía tornarse una de sus favoritas; medicina... Éstos eran los banquetes que le ofrecía Kakashi. A veces lo engullía fácilmente; otras, se le atragantaba, pero la voz tonante del sensei en la cámara iluminada por las velas hacía que volviese a prestar atención.
Los sentidos de Sakura se aguzaban también. Ya no había para ella verdadera oscuridad; la noche más negra era un crepúsculo gris, con las formas de carne y huesos perfiladas por una aureola de pálido azul.
Cuando se concentraba de veras, aislándose de toda distracción, podía encontrar a cualquier miembro de la manada en el palacio blanco, guiándose por el ritmo distintivo de los latidos de sus corazones: el de Itachi, por ejemplo, siempre latía deprisa, como un tamboril, mientras que el de Kakashi lo hacía con lenta y majestuosa precisión, como un instrumento bien afinado. Los colores, los sonidos y los olores se intensificaban. De día podía ver correr un ciervo en un espeso bosque a una distancia de cien metros. También Sakura aprendió la importancia de la rapidez: cazaba ratas, ardillas y liebres con facilidad y contribuía a abastecer a la manada con caza menor, pero las piezas más grandes se le escapaban.
Últimamente, se despertaba y se encontraba con que un brazo o una pierna se habían cubierto de pelos rosado oscuro y tomaba una forma lobuna, pero la transformación total le horrorizaba todavía. Aunque su cuerpo podía estar dispuesto para ello, su mente no lo estaba. Le maravillaba que los otros pudiesen pasar de un mundo a otro, casi como si lo deseasen.
El más rápido de todos era, desde luego, Kakashi; pues hacía la transformación en cuarenta segundos. Itachi le seguía en rapidez, tardaba poco más de cuarenta y cinco segundos en cambiar la piel humana en pellejo negro de lobo. Ino tenía la pelambre más hermosa, y Sai era el que aullaba más fuerte. Kurenai era la más compasiva; con frecuencia dejaba que las presas más pequeñas e indefensas escapasen, incluso después de haber corrido tras ellas hasta agotarse. Sasuke era el más ágil y Karin era hábil en cuestión de rastreo. Kurenai la reñía por su frivolidad e Ino la miraba con ceño, pero la pelirroja hacía lo que quería.
Después de la destrucción del Jardín, Kakashi, fríamente furioso, se había llevado a Itachi, Sai y a Sasuke en una larga e inútil búsqueda del cubil del kyuubi. En los tres años transcurridos, el kyuubi había dado testimonio de su presencia dejando montoncitos de excrementos alrededor del palacio blanco, y en una ocasión la manada le había oído aullar en la noche: una provocación grave y ronca que cambiaba de posición al hacerlo la astuta fiera.
Era un desafío para el combate, pero Kakashi no lo aceptaba; no quería caer en la trampa del kyuubi.
Sai juró que lo había visto en una noche de nieve de noviembre, cuando seguía con Sasuke la pista de un caribú. La bestia anaranjada había salido de entre la nieve y se le había acercado lo bastante para que pudiese él oler su fétida rabia, y sus ojos eran como negros y fríos pozos de odio. Había abierto las babosas mandíbulas para lanzarse sobre su cuello, pero entonces se había vuelto Sasuke hacia él y el kyuubi había desaparecido, envuelto en la nieve que caía. Sai lo juraba, pero el pálido muchacho aun transformado solía confundirse demasiado con los olores y los rastros, y Sasuke no recordaba haber visto nada, salvo la noche y los arremolinados copos.
En una noche de mediados de julio no había copos de nieve sino sólo un torbellino de luciérnagas doradas alzándose del suelo del bosque, mientras Sakura e Itachi, en forma humana, corrían sin hacer ruido entre los árboles. Los rebaños eran menos numerosos debido al tiempo seco, y la caza había sido exigua durante el último mes. Kakashi había les ordenado que trajesen algo, cualquier cosa, y ahora Sakura seguía al muchacho de cabellos negros lo mejor que podía, con Itachi corriendo a unos veinte pies delante de ella. Se dirigían hacia el sur con paso regular, y al poco rato Itachi redujo la velocidad a una andadura ligera.
—¿Adonde vamos? —preguntó Sakura en voz baja.
Miró a su alrededor, a través de la penumbra de la noche, buscando algo vivo. Ni siquiera brillaban los ojos de una ardilla bajo la luz de las estrellas.
—A las vías del ferrocarril —respondió Itachi—. A ver si podemos conseguir caza fácil.
La manada encontraba con frecuencia un ciervo muerto, un caribú o un animal más pequeño, atropellados por el tren, que cruzaba el bosque dos veces al día, entre mayo y agosto. De día iba hacia el este, y de noche hacia el oeste.
Las vías salían de un túnel toscamente perforado, en una zona del bosque sembrada de grandes piedras. Luego seguían cuesta abajo por el fondo de una boscosa hondonada durante unos quinientos metros, y entraban en otro túnel hacia el oeste. Sakura siguió a Itachi al bajar del terraplén, y los dos caminaron a lo largo de la vía, buscando con los ojos la oscura forma de un animal muerto y oliendo el aire cálido por si había en él olor de sangre fresca.
Aquella noche no había ninguna víctima sobre los raíles. Siguieron andando hacia el túnel del este, y de pronto dijo Itachi:
—Escucha.
Sakura oyó el sordo ruido de un trueno. Pero el cielo estaba despejado y parpadeaban las estrellas detrás de la neblina producida por el calor. Se estaba acercando un tren.
Itachi se agachó y puso una mano sobre el hierro. Lo sintió vibrar cuando el tren adquirió velocidad al dirigirse a la larga cuesta abajo. Dentro de un momento saldría del túnel, a pocos metros de distancia de ellos.
—Será mejor que nos vayamos de aquí —dijo Sakura.
Itachi siguió con la mano apoyada sobre el raíl, sin moverse. Contemplaba fijamente la boca rocosa del túnel, y entonces vio Sakura que miraba hacia la entrada del túnel del oeste, a mucha mayor distancia.
—Yo solía venir aquí solo —dijo pausadamente Itachi—. Antes de que viniese el maldito kyuubi. He visto pasar muchas veces el tren, creo que con destino a Otogakure. Sale de aquel túnel —lo señaló— y entra en aquel otro Algunas noches, si el maquinista tiene prisa por llegar a casa, tarda menos de treinta segundos en cubrir la distancia. Si está borracho y le da por frenar, tarda unos treinta y cinco segundos de un túnel al siguiente. Lo sé porque los he contado.
—¿Por qué? —preguntó Sakura.
El trueno del tren —una tormenta viajera— se estaba acercando.
—Porque pienso vencerle. —Itachi se irguió—. Quiero ser rápido. —Sus ojos ónice miraron a Sakura en la oscuridad.—Hacer el cambio en el tiempo que tarda el tren en salir del primer túnel y entrar en el segundo. ¿Lo entiendes?
Sakura sacudió la cabeza.
—Entonces, mira —le dijo Itachi.
El túnel del oeste había empezado a iluminarse, y los raíles vibraban con el ritmo de la poderosa máquina de vapor. Itachi se despojó de su hakama y de las sandalias y se quedó plantado allí, únicamente con los pantalones puestos.
Y entonces salió de pronto el tren del túnel, como un monstruo de negras fauces y un solo ojo amarillo de cíclope. Sakura saltó hacia atrás al envolverle su cálido aliento. Itachi, de pie junto a la vía, no movió un músculo. Pasaron zumbando vagones de mercancías, con rojas pavesas girando en el aire turbulento. Sakura vio que el cuerpo de Itachi se ponía tenso y que su carne temblaba y empezaba a crecer en ella una capa de finos pelos negros, y entonces Itachi echó a correr junto a los raíles, con la espalda y los brazos cubiertos de pelos de lobo. Corría hacia el túnel del este, encorvándose su espina dorsal en un instante, estremeciéndose sus piernas y sus brazos y con el musculoso torso empezando a retraerse hacia arriba. Se despojó de los pantalones cuando el cuerpo comenzó a adquirir una contextura más canina y una cola de lobo se desdoblaba y se alargaba como la caña de un timón. La columna vertebral de Itachi descendió, y él corrió pegado al suelo, engrosándose sus patas delanteras y empezando las manos a convertirse en zarpas. Alcanzó a la máquina y corrió junto a ella en dirección a la boca del túnel del este. El maquinista estaba frenando, pero el horno todavía escupía chispas. Las ruedas chirriaban a tres palmos de distancia de Itachi. Este corría con el corazón palpitándole, pero se le torcieron los píes, haciéndole perder el equilibrio, y perdió unos segundos preciosos al tratar de recobrarlo. La locomotora le dejó atrás, envuelto en un humo negro y un torbellino de chispas. Respiró la corrupción del hombre y sintió envenenados los pulmones. Sakura perdió de vista a Itachi en aquel negro remolino.
El tren se metió rugiendo en el túnel del este y continuó su viaje hacia Otogakure. Un solo farol rojo osciló en la parte de atrás del último vagón de mercancías.
El humo que había quedado estancado en la hondonada tenía el olor acre de madera verde quemada. Sakura se adentró en él, siguiendo los raíles, y pudo sentir el calor que había dejado el tren a su paso. Continuaron cayendo pavesas sobre la tierra, como una noche de estrellas moribundas.
—¡Itachi! —gritó la muchacha—. ¿Dónde estás? ¡Ita…!
Una forma oscura y poderosa saltó hacia ella. El negro lobo plantó las patas sobre los hombros de Sakura y le hizo caer al suelo. Entonces se puso a horcajadas, mirándole fijamente a la cara con la boca abierta para mostrar los limpios y blancos colmillos.
—¡Basta! —dijo Sakura. Agarró el hocico de Itachi y empujó la cabeza del lobo hacia un lado. El lobo gruñó, haciendo como si fuese a morderle en la cara—. ¿Quieres parar de una vez? —le suplicó Sakura—.¡Itachi! ¡Vas a aplastarme!
El lobo mostró de nuevo los colmillos, delante de la nariz de Sakura, y entonces sacó una lengua húmeda y rosada y le lamió la cara. Sakura trató de quitarse de encima el animal, pero Itachi pesaba mucho. Por fin, bajó sus patas del hombro de Sakura y la joven se sentó en el suelo, sabiendo que al día siguiente encontraría en su piel moraduras producidas por las patas. Itachi corrió en círculo tratando de morderse la cola para divertirse; después saltó hacia las altas matas de la orilla del barranco y se revolcó en ellas.
—¡Estás loco! —dijo Sakura poniéndose en pie. Mientras Itachi se revolcaba entre la maleza, su cuerpo empezó a cambiar de nuevo. Se oyeron unos chasquidos al alargarse los tendones y articularse los huesos. Itachi lanzó un débil gruñido de dolor y Sakura se apartó unos metros para no herir su intimidad, y al cabo de otros treinta segundos aproximadamente oyó que decía a media voz:
—¡Maldita sea!
El muchacho pasó por el lado de Sakura, ella eludió la mirada, tenuemente ruborizada evitando denotar su desnudez e Itachi subió por el terraplén en busca de su vestidura.
—Tropecé con mis malditos pies —dijo—. Siempre se interponen en mi camino.
Sakura se puso a su lado una vez que Itachi terminó de asirse los pantalones. El humo negro salía ahora de la hondonada y, con él, el olor a hierro recalentado de la civilización.
—No lo comprendo —dijo la joven—. ¿Qué pretendes hacer?
—Ya te lo he dicho. Quiero ser rápido. —Miró atrás, en la dirección que había seguido el tren—. Mañana por la noche volveré. Y la noche siguiente… —levantó su hakama y se la echó sobre los hombros. Sakura lo contemplaba sin acabar de comprenderle—. Kakashi te contará una historia, si se lo pides —prosiguió Itachi—. Dice que el macho beta que estaba en la manada cuando él llegó, podía hacer el cambio en veinticuatro segundos. ¿Te imaginas? Pasar de hombre a lobo en veinticuatro segundos. Ni siquiera Kakashi puede hacerlo en menos de medio minuto. Y yo..., bueno, soy un desastre.
—No. Eres rápido.
—No lo bastante —dijo rotundamente Itachi.
—¿Qué importa que seas el más rápido o que...?
—Me importa a mí —le interrumpió Itachi—. Me da un objetivo. ¿Lo entiendes? —No esperó respuesta y prosiguió—En la jerarquía de la manada, la velocidad es importante. Vengo aquí durante el verano, pero sólo de noche. Estoy mejorando, pero no tanto como quisiera. —Señaló hacia la vía, en dirección al lejano túnel del este—. Alguna noche venceré al tren. Empezaré aquí, como hombre, y antes de que el tren llegue al otro túnel, cruzaré la vía delante de la locomotora, como un lobo.
—¿Cruzarás la vía?
—Sí. A cuatro patas —dijo Itachi—. Ahora será mejor que encontremos algo para que coma la manada, o nos pasaremos toda la noche buscando.
Echó a andar cuesta abajo, hacia el este, y Sakura lo siguió. A poco más de medio kilómetro del lugar donde Itachi había perseguido el tren, encontraron un conejo aplastado entre los raíles. Había muerto hacía poco y tenía los ojos saltones, como hipnotizados todavía por el ojo amarillo del monstruo que había pasado por encima de él. El conejo era una pieza pequeña, pero no dejaba de ser un comienzo. Itachi lo agarró por las orejas y lo llevó colgando a su lado, balanceándolo como un juguete roto, mientras continuaban su búsqueda.
A Sakura se le hizo la boca agua con el olor de la sangre del conejo. Un gruñido bestial pugnaba por brotar de su garganta. Cada día que pasaba se parecía más a la manada. El cambio le estaba esperando, como un sombrío amigo. Lo único que tenía que hacer era alargar los brazos y abrazarlo; tan cerca estaba, y tan ansiosa. Pero no sabía cómo controlarlo. No tenía idea de cómo "querer el cambio", como parecían hacer los otros. ¿Era como una orden, o como un sueño? Temía perder lo que le quedaba de ser humano; el pleno cambio la llevaría a un lugar al que no se atrevía a ir.
Todavía no; todavía no.
Estaba segregando saliva. Sonó un gruñido, pero no en su garganta sino en su estómago. A fin de cuentas aún tenía más de humana que de loba.
Durante aquel largo y seco verano, Sakura salió muchas noches de caza con Itachi a lo largo de la vía férrea. Una vez, a primeros de agosto, encontraron un pequeño ciervo a quien el tren le había cortado dos patas. Itachi se había agachado y contemplaba los ojos aterrorizados del animal mientras le acariciaba los flancos con las manos. Sakura había hablado en voz baja al ciervo, tratando de calmarle, y entonces Itachi le había sujetado la cabeza y se la había retorcido con un movimiento seco y violento. El venado había muerto en el acto, con el cuello roto, y habían terminado sus sufrimientos.
Ése era el significado de la compasión, le había dicho a Sakura.
El tren era siempre puntual. Algunas noches pasaba zumbando cuesta abajo, de un túnel a otro; otras, sus frenos chirriaban y echaban chispas. Sakura se sentaba en el terraplén, al abrigo de los pinos, y observaba cómo corría Itachi junto a los raíles, retorciendo el cuerpo, tratando de conseguir el equilibrio al transformarse.
Itachi se estaba volviendo más rápido, pero nunca lo bastante; el tren corría invariablemente más que él y lo dejaba envuelto en su humareda al penetrar rugiendo en el túnel del este.
Terminó agosto y el último tren del verano pasó zumbando en dirección a Otogakure, con el farol rojo balanceándose en el último vagón como un guiño escarlata. Itachi, con los hombros caídos, volvió trotando en busca de su vestidura, y Sakura observó cómo su cuerpo perdía el pelo negro y reluciente. Itachi, de nuevo en forma de hombre, se vistió y respiró el olor acre del humo como si fuese el sudor de un fiero y respetado enemigo.
—Bueno —dijo al fin—, el verano volverá de nuevo. Y volvieron a casa, caminando hacia el otoño.
—0—
El invierno, la cruel dama vestida de blanco, cerró el puño alrededor del bosque y lo selló con hielo. El frío hacía chasquear los árboles, las charcas eran como losas blancas y el cielo estaba invadido por las nubes bajas y la niebla. Día tras día, el sol brillaba por su ausencia y todo el mundo era un mar de nieve y de árboles negros y sin hojas.
Incluso los cuervos, diplomáticos vestidos de luto, se helaban donde estaban posados o luchaban por alcanzar el sol con sus entumecidas alas. Sólo las liebres de las nieves corrían en el blanco silencio del bosque, y cuando soplaba el viento incluso ellas se metían temblando en sus madrigueras.
La manada se estremecía también en las profundidades del palacio blanco. Se agrupaba como unos fantasmas alrededor del fuego de leña de pino. Pero la educación de Sakura continuaba, Kakashi era un maestro exigente.
Un día de enero, Sai y Karin salieron en busca de más leña. Kakashi les dijo que no se alejasen del palacio blanco ni entre sí. La niebla había descendido y hacía difícil la visibilidad, pero había que alimentar el fuego. A la media hora regresó Karin, moviéndose como una sonámbula y con los cristales de los lentes nublados por el hielo. Llevaba una brazada de ramas que dejó caer a sus pies al acercarse al círculo de fuego. Tenía los ojos nublados. Ino se puso en pie y preguntó:
—¿Dónde está Sai?
Karin respondió que había estado a treinta palmos de él. A treinta palmos. Habían estado hablando, tratando de no perder contacto entre si... y entonces, de pronto, Sai no le había respondido. No había oído ningún grito pidiendo auxilio, ni ruidos de lucha entre la niebla. Un instante antes, Sai estaba allí, y un momento después...
Karin llevó a Kakashi, Ino e Itachi a aquel lugar para mostrárselo. Encontraron unas gotas de sangre que brillaban en la nieve, a menos de cuarenta metros del palacio cubierto de hielo. La hakama de Sai estaba cerca, también manchada de sangre. Había unos cuantos palos en el suelo, como huesos blanquecinos. Las huellas humanas de Sai terminaban donde empezaban las de las enormes garras del kyuubi, junto a unos espinos. En la nieve había el surco de un cuerpo al ser arrastrado, sobre un montículo y hacia lo más espeso del bosque. Encontraron algunas entrañas del chico, en la nieve, moradas como heridas. Las huellas del kyuubi y el rastro del cuerpo de Sai continuaban a través del bosque.
Kakashi, Itachi, Ino y Karin se despojaron de sus ropas y, temblando, cambiaron de forma en medio de la pegajosa niebla. Cuatro lobos —uno gris, uno negro grisáceo, otro rubio y uno rojo— saltaron sobre la nieve arremolinada en persecución del kyuubi. A un kilómetro hacia el este, Ino y Karin encontraron un brazo de Sai, azul como el mármol, encajado entre dos rocas. Había sido arrancado del hombro. Llegaron a un lugar peñascoso donde el viento había barrido la nieve de las rocas y terminaban las huellas del kyuubi, así como todo rastro del cadáver de Sai.
Durante unas cuantas horas, los cuatro lobos buscaron en círculos cada vez más amplios y que les alejaban más y más del palacio blanco. En una ocasión, Itachi creyó ver una forma grande y naranja sobre un saliente rocoso encima de ellos, pero la nieve que caía entorpeció su visión durante unos segundos y, cuando pudo ver de nuevo con claridad, la forma había desaparecido. Ino captó el olor de Sai —un olor penetrante a hierba de verano— en una ráfaga de viento. Siguieron la pista otro medio kilómetro hacia el norte, hasta que lo encontraron muerto en el fondo de un barranco, con el cráneo abierto y sin cerebro.
Las huellas del kyuubi los condujeron hasta el borde de una hondonada, pero entonces se perdieron en las piedras. Había cuevas en los lados de la fosa. El descenso era peligroso, pero podía hacerse. Cualquiera de aquellas cuevas podía ser el cubil del kyuubi; pero si ninguna lo era, Kakashi, Itachi, Karin e Ino se exponían a romperse el cuello por nada. Se puso a nevar más intensamente, y el olor a hierro de la ventisca enturbiaba el aire. Kakashi lanzó un aullido y sacudió la cabeza, y los cuatro dieron media vuelta y emprendieron el largo viaje de regreso a casa.
Todo esto contó Kakashi a la manada acurrucada alrededor del fuego. Cuando hubo terminado, Ino se sentó a solas en el rincón. Allí royó los huesos de un jabalí verrugoso, contemplando el jergón vacío donde solía tumbarse con Sai, y sus azules ojos parecieron arder en la fría penumbra.
—¡Yo creo que deberíamos salir y dar caza a ese bastardo! —gritó Sasuke mientras la ventisca silbaba al otro lado de las paredes—. No podemos quedarnos aquí sentados como... como...
—¿Como seres humanos? —preguntó pausadamente Kurenai.
Cogió una ramita del fuego y observó cómo ardía.
—¡Como cobardes! —dijo Sasuke—. Primero Shikamaru; después, el Jardín destrozado, y ahora, Sai muerto. ¡No parará hasta que nos haya matado a todos!
—No podemos salir con esa tormenta —observó Kakashi sentándose en cuclillas—. El kyuubi tampoco puede hacerlo.
—¡Tenemos que encontrarlo y matarlo! —Sasuke paseaba arriba y abajo, junto al fuego, y a punto estuvo de pisar a Sakura—. Si pudiese clavar las uñas en su maldito cuello, yo...
Itachi lanzó un bufido despectivo.
—Serías su desayuno —dijo.
—¡Tú cállate! ¡No has hecho nada por ayudar, sólo te la has pasado cuidando de esa estúpida debilucha! –señaló arteramente a Sakura—¡Inútil!
Itachi se puso en pie al instante. Avanzó hacia él, y Sasuke se volvió hacia su hermano mayor. Unos pelos negro-grisáceos empezaron a salir y temblar en el dorso de las manos de Itachi, mientras los dedos se encorvaban en forma de garras.
—¡Basta! —dijo Kakashi. Itachi lo miró; los huesos de su cara comenzaban a deformarse— Por favor, Itachi, ¡basta! —repitió él.
—Deja que Sasuke lo mate —dijo Karin. Había una expresión fría en los ojos carmesíes de su hostil semblante—. Lo tiene bien merecido por traer estorbos a la manada.
—¡Itachi! ¡Sasuke!
Kakashi se levantó. La columna vertebral de Itachi había empezado a arquearse.
—¡Vamos! —gruñó Sasuke. Levantó la mano derecha, que estaba cubierta de pelos negros y tenía ya zarpas—. ¡¿No tienes las agallas, nii-san?!
—¡Basta! —gritó Kakashi con tanta potencia que Sakura dio un salto; era su voz tonante de maestro de escuela, que resonó en las paredes—. Si nos matamos los unos a los otros, será el kyuubi quien gane. Si estuviésemos muertos, podría venir tranquilamente y apoderarse de nuestra casa. ¡Son hermanos, así que quietos los dos! Tenemos que pensar como seres humanos y no portarnos como bestias.
Itachi tenía ya deformadas la boca y las mandíbulas. Un hilo de saliva pendía de su labio inferior sobre la peluda barbilla y cayó al suelo. Entonces su cara empezó a adquirir de nuevo su apariencia humana, los músculos se retorcieron debajo de la piel y los colmillos se encogieron chasqueando. El pelo lobuno se redujo a vello y desapareció. Itachi se rascó el dorso de las manos para aliviar el escozor que le habían producido los últimos pelos en la piel.
—A ver si tienes un poco de respeto, niñato —dijo mirando todavía a Sasuke.
Este le dirigió una sonrisa helada. Agitó desdeñosamente la mano derecha, de nuevo blanca y humana, y se apartó del calor del fuego. El olor penetrante de bestias furiosas siguió flotando en la cámara.
Kakashi se plantó entre Itachi y Sasuke, esperó a que se hubiese calmado su cólera y dijo:
—Somos una familia, no enemigos. Al kyuubi le gustaría que nos volviésemos los unos contra los otros; su tarea sería entonces mucho más sencilla. —Arrojó al fuego la ramita ardiente—. Pero Sasuke tiene razón. Tenemos que encontrar al monstruo y matarlo. Si no lo hacemos, nos matará él a nosotros, uno a uno.
—¿Lo ves? —dijo Sasuke a Itachi—. ¡Está de acuerdo conmigo!
—Estoy de acuerdo con la ley de la lógica —le corrigió Kakashi—. La cual, por desgracia, tú no observas siempre. —Hizo una breve pausa para escuchar los estridentes aullidos de la tormenta a través de las ventanas rotas del piso de arriba—. Creo que el kyuubi vive en una de las cuevas que hemos descubierto —prosiguió—. No saldrá con esta tormenta. Pero nosotros podemos hacerlo.
—Ahí afuera no puedes verte la mano delante de las narices —dijo de pronto Ino—. ¡Y escucha ese viento!
—Lo oigo. —Kakashi dio una vuelta alrededor del fuego, frotándose las manos—. Cuando cese la tormenta, el kyuubi saldrá nuevamente de caza. No sabemos sus costumbres, y en cuanto nos huela desde su cueva buscará otro cubil. Pero, ¿y si lo encontramos en su cueva antes de que amaine el temporal?
—¡Es imposible! —Itachi sacudió la cabeza—. Ya has visto aquel precipicio. Nos mataríamos si tratásemos de bajar por allí.
—El kyuubi puede hacerlo. Si él puede, también podemos nosotros. —Kakashi hizo una pausa para recalcar su afirmación—. El mayor problema sería encontrar su cueva. Si yo estuviese en su lugar, habría marcado cada una de ellas con mi olor. Pero tal vez él no lo ha hecho. Cuando bajemos por la fosa, quizá podremos captar su olor y seguirle la pista. Es posible que esté durmiendo; es lo que haría yo si tuviese la barriga llena y me creyese a salvo.
—No veo porqué no intentarlo —dijo Sasuke—. Podemos matar a ese bastardo mientras esté durmiendo
—No. —enarcó Kakashi—El kyuubi es grande y muy vigoroso, y ninguno de nosotros podría con él cara a cara. Primero encontraremos su cueva y después la cerraremos con piedras. La cerraremos bien, de manera que no pueda salir. Si trabajamos deprisa, podremos tenerla cerrada antes de que se dé cuenta.
—Siempre que no tenga una salida por la parte de atrás —dijo Kurenai.
—Yo no digo que el plan sea infalible. Ningún plan lo es. Pero el kyuubi está loco; no piensa como un lobo ordinario. ¿Por qué habría de buscar una manera de escapar, si cree que puede destruir a cualquier ser de cuatro patas o dos piernas? Yo diría que ha encontrado una buena cueva caliente sin parte de atrás, donde puede hacerse un ovillo, roer huesos y pensar en cómo va a matar al siguiente de nosotros. Estoy convencido de que vale la pena arriesgarse.
—Yo no lo creo —le contestó Kurenai, frunciendo el entrecejo—. La tormenta es demasiado fuerte. Sería bastante difícil bajar por allí, y todavía más encontrar la cueva adecuada. No. El riesgo es muy grande.
—Entonces, ¿cuál es la alternativa? —preguntó Kakashi—. ¿Esperar a que pase la tormenta y vuelva a darnos caza? Deberíamos aprovechar que acaba de darse un banquete; andará lento, con tanta carne en la panza. Yo creo que hemos de ir ahora, o nos expondremos a que destruya toda la manada.
—¡Sí! —convino Sasuke—. Deberíamos darle caza ahora que debe de pensar que está a salvo.
—Yo ya lo tengo decidido. Voy a ir. —Kakashi fue recorriendo con la mirada a todos. La posó unos segundos en Sakura y después la desvió—. Necesitamos a alguien que pueda rastrearle desde lejos ¿Podrías venir, Karin?
—¿Yo? —la pelirroja abrió mucho los ojos—. Sí. ¡Claro que quiero! —Su voz era insegura—. Espero que no te resulte un estorbo.
—¿Un estorbo? ¿Por qué?
—Bueno..., ya te lo dije antes. En realidad no es nada pero... tengo en el pie un morado que me hice con una piedra. ¿Quieres verlo? —Se quitó la sandalia y mostró el morado—. Además tengo el tobillo un poco hinchado. No sé exactamente cómo ocurrió. —Se apretó la contusión e hizo una mueca un poco exagerada—. Pero puedo ir —prosiguió—. No seré tan rápida como de costumbre, pero cuenta conmigo para...
—Para estorbar —terminó Sasuke por ella—.Olvídate de Karin y de su pobre pie. Yo iré contigo.
—Necesito que te quedes aquí. Para cuidar de Kurenai y de Sakura.
—Ellas pueden cuidarse solas. ¿Porqué no se queda mi hermano? Si tanto le importa…
Pero Kakashi ya lo había desechado. Miró a Ino.
—¿Tienes algún morado en los pies?
—Docenas de morados —dijo Ino poniéndose en pie—. ¿Cuándo salimos?
—¡Es el tobillo lo que me fastidia! —protestó Karin—. ¿Lo ven? ¡Está hinchado! Debí de dar un traspié cuando estábamos...
—Lo comprendo —le dijo Kakashi, y la pelirroja guardó silencio—. Iremos Itachi, Ino y yo.
Karin se calló. Sasuke iba a contestar algo, pero lo pensó mejor y cerró el pico.
—Cuanto antes salgamos, antes podremos volver —dijo Kakashi.
Itachi se alzó de hombros.
—Por mí, podemos salir ahora.
Ino asintió con la cabeza y Kakashi se volvió a Kurenai
—Si podemos encontrar la cueva del kyuubi y cerrarla, tendremos que quedarnos el tiempo necesario para asegurarnos de que no cava una salida en el suelo. Procuraremos estar de regreso dentro de cuarenta y ocho horas. Si la tormenta arrecia demasiado, buscaremos un lugar para dormir. Tú cuidarás de todo, ¿de acuerdo?
—Sí —dijo Kurenai de mala gana.
Kakashi miró a Sakura.
—Cuando vuelva, quiero que sepas la lección que empezamos ayer. Te la preguntaré a mi regreso.
Sakura asintió con la cabeza. Kakashi se quitó la ropa y las sandalias; Ino e Itachi hicieron lo propio. Los tres se quedaron desnudos, exhalando vaho al respirar. Itachi fue el primero en empezar el cambio, con los negros pelos extendiéndose sobre su piel como extrañas enredaderas. El ojo de Kakashi brilló en la penumbra al mirar a Kurenai.
—Escucha —dijo—. Si por alguna razón... no hemos vuelto dentro de tres días, tú te encargarás de la manada.
—¿Una mujer? —gruñó Sasuke—. ¿Encargarse de mí?
—De la manada —repitió Kakashi. Una ola gris de pelos de lobo se extendía sobre sus hombros y descendía por .sus brazos. Su piel parecía lisa y grasienta, y el sudor brillaba en su frente al fundirse las cejas. Flotaba vapor alrededor de su cuerpo—. ¿Alguna objeción?
Su voz se estaba haciendo ronca y los huesos de la cara cambiaban de forma. Le aparecieron colmillos entre los labios.
—No —respondió rápidamente Sasuke—. Ninguna objeción.
—Deséanos suerte.
La voz se había convertido en un chirrido gutural. La piel de Itachi tembló al endurecerse y revestirse de la pelambre negra. La mayor parte de la cabeza y la cara de Ino ya se habían transformado, exhalando del hocico un chorro de vapor al alargarse con aquellos chasquidos que a Sakura le habían parecido odiosos tiempo atrás. Ahora, los sonidos de la transformación eran tan bellos como una música de instrumentos exóticos. Los tres cuerpos se deformaron, convirtiéndose la piel en pelambre de lobo, los dedos de las manos y los pies en zarpas, los dientes en colmillos, las narices en largos hocicos negros. Todo ello fue acompañado de la música de huesos, tendones y músculos que cambiaban de forma, adoptando una estructura canina, y de algún gruñido ocasional. Kakashi lanzó entonces un fuerte resoplido y salió saltando de la cámara en dirección a la escalera, con Ino e Itachi a pocas zancadas detrás de él. Los tres lobos desaparecieron en pocos segundos.
—¡Tengo el tobillo hinchado! —dijo Karin, mostrándolo de nuevo a Kurenai—. ¿Lo ves? No podría ir muy lejos, ¿verdad?
Ella hizo caso omiso de su comentario.
—Creo que necesitaremos un poco de agua fresca. —Cogió una vasija de arcilla que había sido dejada por los monjes. El agua, cubierta de una fina capa de hielo sucio, casi se había acabado—. Sakura, ¿podrías ir a buscar un poco más de nieve? —Tendió la vasija a Sakura. Lo único que tenía que hacer era subir la escalera y recoger nieve que estaba entrando por las ventanas—. Sasuke, Karin, ¿alguno hará el primer turno de guardia o quieren que lo haga yo?
—Tú eres la que manda —dijo Sasuke—. Haz lo que te parezca.
—Está bien. –Kurenai miró a la pelirroja—Karin, haz tú la primera guardia. Yo te relevaré cuando sea la hora.
Kurenai se sentó delante del fuego, en majestuosa actitud.
Karin murmuró una maldición en voz muy baja; no sería muy agradable subir a la torre, con todas aquellas ventanas sin cristales por las que se colaba el frío; pero montar la guardia era un deber importante que todos compartían.
Sasuke salió con paso airado de la cámara, mientras Sakura iba a llenar de nieve la vasija y Kurenai apoyaba la barbilla en la palma de la mano, preocupada por el hombre a quien amaba.
Continuará
Siguiente Capítulo: KYUUBI
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Y volvemos al ruedo... de seguro se preguntarán si he dejado de lado el asunto de Naruto... bueno la respuesta podría ser si y no. Con Naruto tendremos más interacción más adelante... el factor de la manada, la transformación de Sakura y el factor de Itachi tiene más peso por ahora... ya luego veré como unir la trama principal con la subtrama (todo lo relacionado a los CAZADORES.. ejem...) Bueno...
Como siempre, gracias por leer, y os lo agradezco encarecidamente a mis lectoras asiduas: MARIANITA UCHIHA, LA BELLA DAMA SIN PIEDAD, ANTOTIS, MARIFIJ, CALPIK JX y todos y todas las ke pasan a leer :D
Nos vemos en la siguiente entrega!
HIGURASHI´S OUT!
