Clarke POV
El sexo con Lexa era el mejor que tendría en mi vida.
Lo supe en cuanto tuve el primer orgasmo con sólo un par de caricias y muchos besos en mi cuello.
Ella parecía conocer mi cuerpo mejor que yo, incluso cuando era la primera vez que follábamos.
Esa tarde nos habíamos reunido un poco antes en el acantilado. Bellamy había vuelto a la ciudad el lunes por la mañana, y ya era jueves.
Dejé un par de días de margen para no sentirme una manipuladora o una fresca llamando a Lexa al día siguiente, pero fue ella quien comenzó a besarme de repente esa tarde, casi tirándome por el acantilado a causa de la sorpresa.
- ¡Cuidado, bruta! - golpeé su hombro.
- ¿Qué? Ni que te fuese a dejar embarazada por un beso - se burló atrayéndome para besar mi oreja -. ¿Acaso necesitas que te regale bombones para dejarme tocar tus bombones?
Contra toda mi dignidad, acabé riendo.
- No los rechazaría - continué la broma mientras acariciaba su espalda baja.
- Bueno, yo no hago regalos - dijo separándose para mirar mis labios y luego mis ojos.
Alcé una ceja, escéptica.
- ¿No haces regalos a nadie? - provoqué recalcando la última palabra.
Lexa estaba esforzándose por no parecer seria, con esa expresión recelosa que adoptaba cuando salía el tema de Costia.
- No.
- ¿Por qué?
- Porque nadie es Costia - respondió lo que esperaba escuchar.
Me consideraba algo masoquista al instarla a decirme que amaba a Costia, sólo porque en su voz sonaba más convincente que en mi mente, y porque eso era como pisar un freno en mi interior que no creía necesitar hasta que debía admitir que los besos de Lexa me gustaban mucho. Demasiado.
- Mmm... - ronroneé apartando la sensación de molestia que ardía en mi pecho, y la alivié con otro beso cerca de su clavícula -. Vale.
- Me gustas, Clarke - admitió con voz ronca. Quise detener el latido apresurado de mi corazón porque sabía lo que venía tras esa confesión -: Pero estoy enamorada de Costia.
Me di cuenta de que escucharlo a menudo no lo hacía menos molesto, y trataba de convencerme de que no me gustaba oírlo porque sabía que ese amor no era correspondido y sólo hacía daño a Lexa.
- Vale - repetí mirándola a los ojos.
Lexa pareció a punto de decir algo, pero cerró la boca, y cuando habló de nuevo, supe que eso no era lo que quiso decir en un principio.
- No vamos a pasar nuestro tiempo hablando de Costia, ¿vale?
Asentí y ella me besó de nuevo. La tensión de mis músculos disminuyó con una caricia suya por encima de mis hombros.
La temperatura subió cuando la mano de Lexa descendió de mi hombro a mi pecho y dio un suave apretón que me dejó con ganas de más.
- Vamos a mi casa - gruñó excitada contra mi mejilla.
Yo sólo pude asentir.
Habíamos entrado a trompicones tras recorrer rápidamente todo el pueblo evitando que cualquiera, y sobretodo Costia o Raven, nos vieran entrar en su casa.
No me besó en todo el camino, ni siquiera me rozó, pero lo compensó en cuanto entramos por la puerta y me puso contra el mueble de la entrada.
Sus manos me alzaron la camiseta, que acabó tirada en la entrada, y luego me llevó hasta el sofá, donde me despojó del resto de mi ropa y yo de la suya. No tuve tiempo de admirar su cuerpo.
Sus besos cambiaron de recorrido y acabaron donde más los necesitaba. El primer orgasmo, como he dicho, fue rápido. Admito que tenía muchas ganas y que las caricias de Lexa, a pesar de no ser, según ella, muy experta, eran...muy expertas.
Después de eso, me llevó a su cama. Ahí pasamos las siguientes horas.
Ahora, Lexa y yo continuábamos en su cama.
Ella se empeñaba en hacerme cosquillas mientras yo le suplicaba que se detuviera y trataba de zafarme.
Su sonrisa era enorme y contagiosa, y eso me dificultaba tratar de parecer seria al amenazarla con enfadarme.
- No puedes enfadarte conmigo - se regodeó subiendo su mano hasta mi pecho desnudo, y me guiñó un ojo -. De todas maneras, sé cómo ganarme tu perdón.
- ¿Con un helado de vainilla? - sugerí para provocarla.
Lexa hizo una mueca de asco que me hizo reír, y enseguida comenzó un ataque de besos contra mi cuello, que estaba demasiado sensible después de dos horas en la cama con ella.
Giré en la cama para quedar sobre ella y me quité la sábana de encima bajo su atenta mirada.
Me sonrió cuando me incliné para besar su cuello y sus manos buscaron rápidamente mis pechos. El masaje era tan agradable que podría dormirme. Sus caricias eran cálidas y mis ojos comenzaron a cerrarse por el placer. Ella dio con facilidad la vuelta de nuevo, y sus besos dulces por mis hombros me hicieron sonreír.
Pero cualquier rastro de dulzura desapareció cuando sentí sus dedos acariciarme donde la necesitaba, y el calor, como lava, volvió a mi cuerpo. Gemí su nombre y me arqueé de placer, moviendo las caderas según cómo lo necesitaba. El sudor recorría mi frente y mi piel ardía mientras me retorcía desesperada. Lexa besaba mi clavícula y mis pechos y subía de nuevo hasta mi boca. Su lengua buscaba con ansias la mía, que la recibía encantada.
Mi mano derecha buscó el sexo de Lexa, por el que dos de mis dedos se deslizaron sin problema. Sentirla tan húmeda y dispuesta casi me llevó al orgasmo, y su voz jadeando mi nombre no ayudaba a mantener cierto aguante. Por fortuna, no era yo quien llevaba veinticuatro meses sin follar, así que ella tardó menos que yo en dejarse ir con el gemido más sexy y femenino que mis oídos habían escuchado jamás.
Yo tardé menos de dos segundos en seguirla, y mi espalda cayó contra el colchón, aun con Lexa encima.
Sus besos eran húmedos y necesitados, sus caricias calientes y desesperadas, y sus manos hábiles y eficaces.
- Ya sabía yo que eras ruidosa, leona - bromeó pasando la lengua entre mis pechos.
Yo estaba tan absorta mirándola y gimiendo que tardé en procesar lo que había dicho.
- ¿Qué?
Gemí fuerte cuando dos de sus dedos se colaron por mi sexo de nuevo. Dios, ¿ella no entendía que yo era humana y necesitaba un respiro?
- Podría correrme sólo con escucharte gemir - gruñó contra uno de mis pezones, acariciando mi clítoris con su pulgar, presionándolo con fuerza.
Intenté decir algo, pero me quedé en el intento.
Lexa subió hasta mi barbilla y la mordió. Luego pasó su lengua para aliviar el dolor.
- Voy a besarte los labios - murmuró ronca -. Y luego te voy a comer toda la boca.
Odiaba que me hiciera reír mientras no dejaba de hacerme gemir, porque creaba un sonido extraño. Sin embargo, a Lexa parecía encantarle, porque rió divertida contra mi hombro cuando la golpeé en la espalda, acelerando el ritmo de mis caderas.
- Eres idiota - conseguí decir con la voz ahogada por el placer.
No contestó. En su lugar, sus dedos fueron sustituidos por sus labios, que hicieron el movimiento de un beso contra mi sexo. Me arqueé contra su boca y mi mano buscó agarrar su pelo para acercarla más. Su lengua acarició con intensidad cada rincón, y le dio atención a mi clítoris hinchado cuando introdujo de nuevo tres dedos que movió con rapidez y profundidad en mi demasiada resbaladiza entrada. Me pareció escucharla gruñir cuando me corrí gritando su nombre hasta caer rendida en el colchón.
Estaba segura de que no debería sentirse tan bien tener sexo con ella, pero no podía negar lo evidente, y es que cada vez me gustaba pasar más tiempo con Lexa, incluso aguantando sus bromas arrogantes.
Decidí no darle demasiada importancia.
Un rato más tarde, cuando ya era de noche y mis amigas se estarían preguntando dónde estaba, Lexa y yo estábamos en su cocina comiendo un poco tras tanto ejercicio.
- ¿Dónde les dirás que estuviste? - preguntó comiendo un trozo de manzana sin dejar de mirarme beber el vaso de agua fría que necesitaba con urgencia.
Lo pensé durante un momento.
- ¿Qué problema hay con decirles dónde he estado? - pregunté confusa. No es como si le debiera explicaciones a nadie, pero me parecía absurdo tener que mentir.
- No les digas lo que estuviste haciendo conmigo, Clarke - prácticamente me lo exigió.
Fruncí el ceño, y mis ganas de decirlo aumentaron de una manera tan infantil como orgullosa.
- Quieres decir que no le cuente a Costia que hemos estado follando por horas, ¿no? - siseé cabreada.
Lexa inspiró profundamente, con las aletas de su nariz dilatadas.
- Lo digo en serio - insistió, tajante -. No digas qué estuvimos haciendo.
- Costia y tú no sois nada, Lexa - gruñí dolida, queriendo hacérselo entender sin importarme herirla en el proceso. Ella tenía facilidad para hacerme sentir la "otra" cuando ni siquiera había una pareja que romper -. Y tú y yo tampoco. ¿Por qué hay que mentir?
Ella no podía pedirme que me callase para evitar arruinar cualquier posibilidad que pudiera tener con Costia, ¿verdad? No podía ser tan hipócrita. Ni siquiera me atreví a preguntarlo, porque sabía la respuesta y oírla me llevaría a tirarle el vaso a la cabeza.
- No quiero hacerle daño. Y tú tampoco - se apresuró a decir.
Arrugué la frente. ¿Qué quería decir con eso? ¿Qué habían hablado ella y Costia que no me había contado bien? Ella estaba rara. Costia no sentía nada por Lexa, ¿verdad? Entonces, ¿cómo íbamos a hacerle daño diciéndole que nos acostábamos?
- Bien - espeté dejando el vaso sobre la mesa y levantándome de golpe -. Me callaré, ¿eso quieres? Nos ocultaré como si hiciéramos algo malo. Puedes estar tranquila. Ahora me voy con mis amigas.
Asintió sin mirarme a los ojos, y aun así pude ver cómo, tras salir de la cama, se había cerrado en si misma.
¿Qué la llevaba a sentirse culpable? ¿Por qué no me lo decía si yo estaba implicada?
Odiaba cuando la gente me ocultaba cosas "por mi bien" y eso llevaba a que, de alguna manera, yo metiese la pata por no estar bien informada. Me pregunté si había hecho exactamente eso al follar con Lexa, y si ella lo sabía y qué le impedía decírmelo.
Decidí que estaba muy cabreada con ella y que ni siquiera saberlo aplacaría mi ira.
- Adiós, mapache - me despedí con sorna.
Lo último que vi desde la puerta fue su espalda.
Ni siquiera me miró marcharme, como si nunca hubiera entrado en su casa.
