hola aki sta lo nuevo jeje spero les guste

recuerden deq nada me pertenece

Capítulo 10

- Emmett me dijo que eras duro, que tenías que serlo. Me pregunto si se refería a esto -cuando el coche se detuvo frente a la escalinata del palacio, Alice salió sin esperarlo-. Po un instante, mientras estábamos en esa casa, creí ver algo en ti. Un poco de calor, de humanidad. Debí imaginar que me equivocaba. Tú no tienes sentimientos, porque no tienes corazón.

Él la agarró del brazo antes de alcanzar la puerta.

- No entiendes nada. No tengo ninguna obligación de explicarme ante ti, ni ante nadie -sin embargo, sentía la necesidad de hacerlo. El hombre que se ocultaba tras el título necesitaba desesperadamente que Alice lo comprendiera-. Un hombre ha muerto, un hombre bueno, honrado, un hombre con el que yo salía a cazar, con el que jugaba a las cartas. Su mujer se ha quedado con su pena y con la pena de sus hijos, y yo no puedo hacer nada. Nada.

La soltó del brazo y volvió a bajar las escaleras. Alice lo vio desaparecer en el jardín.

Por un instante, se quedó allí, respirando con fuerza, al borde de las lágrimas. Tomó aire una vez, dos veces, y luego fue tras él.

Aquella maldita mujer le estaba haciendo olvidar quién era. Debía mantener cierta distancia entre sus sentimientos y su deber, entre el hombre y el príncipe.

Con su familia, en privado, podía comportarse de forma distinta. Pero hasta con sus mejores amigos tenía que guardar ciertas reservas cuando era necesario. No podía permitirse el lujo de ser demasiado humano, como ella había dicho, cuando la responsabilidad era tan abrumadora. Y en ese momento más que nunca.

Había perdido un buen amigo, ¿y por qué? Por alguna vaga y violenta consigna de un anónimo grupo de terroristas. No, no podía creerlo. Arrancó una flor al pasar junto a un arbusto. Tenía que haber otra razón, y la muerte de Seward había sido un error.

Su padre era el verdadero objetivo. Jasper estaba tan seguro de ello como de su nombre. Y Aro, aquella bestia, tenía que ser el instigador.

- Alteza.

Se dio la vuelta y vio a Alice. El jardín florecía en torno a ella, lujuriante, florido, tropical. Le sentaba bien a su nombre, pensó Jasper. Pero, en el caso de la primera Alice, era la fruta lo que estaba prohibido, no la mujer en sí.

- Quiero disculparme -dijo ella apresuradamente. Nunca le había resultado fácil disculparse, ni admitir errores-. Cuando me equivoco, suelo meter la pata hasta el fondo. Espero que me creas si te digo que lo lamento.

- Te creo, Alice, al igual que creo que sentías lo que dijiste.

- Ella abrió la boca para contradecirlo, pero volvió a cerrarla.

- Supongo que eso sirve para los dos.

Él la observó un momento, comprendiendo que estaba aún enfadada, y más enfadada aún porque su conciencia la hubiera obligado a disculparse. Pero él comprendía quizá demasiado bien la frustración que producía sentir la ira y verse obligado a refrenarla.

- Una propuesta de paz -dijo, dejándose llevar por un impulso, y le ofreció la flor-. No es propio de mí mostrarme descortés con una invitada.

Ella tomó la flor y aspiró su leve olor a vainilla, intentando no dejarse embaucar.

- Y, si no fuera una invitada, ¿te parecería bien mostrarte descortés?

- Eres muy franca.

- Sí -sonrió y se puso la flor tras la oreja-. Es una suerte para ambos que yo no me cuente entre tus súbditos.

- Sobre eso no discutiremos -él alzó la mirada al cielo, de un azul tan claro y perfecto como cabía desear. Alice percibió su crispación, su pesar, y, conmovida, extendió la mano una vez más.

-¿Solo se te permite llorar en privado, Alteza?

Él volvió a mirarla y percibió su compasión y la amistad que le ofrecía. Durante mucho tiempo, se había prohibido a sí mismo aceptar siquiera aquello de ella. Pero ese día sentía un terrible pesar. Cerró los ojos un momento y negó con la cabeza.

- Seward era casi de la edad de mi padre. Sin embargo, era una de las pocas personas con las que podía hablar libremente. Maurice no tenía pretensiones, carecía de la acritud que a menudo acompaña a la ambición.

- Era tu amigo -ella se acercó un poco más y, antes de que Jasper comprendiera sus intenciones, lo abrazó-. No me había dado cuenta de que era tu amigo. Lo siento mucho.

Lo estaba matando poco a poco con su afecto, con su comprensión. Jasper necesitaba más, mucho más. Apoyó las manos levemente sobre los hombros de Alice, a pesar de que ardía en deseo de abrazarla y apretarla contra sí. El olor del pelo de Alice, de su piel, invadía velozmente su cuerpo. Pero no podía hacer otra cosa más que quedarse allí, parado, aguantando, dejándose asaltar por el deseo.

Había sido educado para combatir, para defender, para proteger y, sin embargo, se sentía indefenso. Las flores se extendían por todos lados, formando una cortina que los ocultaba del palacio. Y, sin embargo, no había alivio posible para un hombre que deseaba lo que le pertenecía a su hermano.

Resultaba doloroso. Jasper sabía que, bajo el título, bajo la dignidad, era carne y sangre. Pero le resultaba extraño experimentar un dolor tan dulce y tan amargo. Un dolor que se mezcló con la pena y la ira hasta amenazar con estallar en una pasión que no podría contener. Los sentimientos que se expresaban no eran tan fáciles de ignorar como los que se reprimían.

Jasper se apartó de ella bruscamente. Sus ojos tenían una expresión fría y distante.

- Tengo muchas cosas que hacer -la lucha con el deseo hizo que su voz sonara áspera-. Tendrás que excusarme. Veré si Emmett está libre para comer contigo.

Entonces se marchó, y Alice se quedó allí de pie, mirándolo.

¿Acaso no sentía nada?, se preguntaba. ¿Acaso era incapaz de sentir? ¿Estaba tan desprovisto de sentimientos normales que no había sentido nada mientras que ella notaba que sus entrañas se derretían hasta convertirse en gelatina? Por un instante, había creído... Había sido una tonta, se dijo, pero buscó un pequeño banco de piedra porque las piernas habían empezado a temblarle. Era una tonta por creer que Jasper había sentido aquella necesidad, aquel deseo, aquel deliciosos placer cuando sus cuerpos se tocaron.

Había querido reconfortarlo con aquel gesto y, sin embargo, en el momento de tocarlo, su mundo se había vuelto del revés. Había deseado permanecer allí, con la mejilla apoyada contra la de él, sin decir nada. Pero él no había sentido lo mismo, pensó, cerrando los ojos. Estaba empezando a desear lo que estaba fuera de su alcance.

Jasper de Cordina no era para ella. Y debía dar gracias a Dios por ello, porque lo contrario resultaría temible. Cualquier mujer sensata podía soñar con amar a un príncipe, pero esa misma mujer haría bien recordando que, si lo hacía, su capacidad de decisión disminuiría, su intimidad se acabaría y sus oportunidades de llevar una vida normal se reducirían a cero. Y, por otra parte, el mismo príncipe resulta temible. No sería amable a no ser que se le antojara, y nunca se mostraría paciente. Un hombre como Jasper esperaba la perfección. Ella, en cambio, respetaba los defectos de los demás.

Y, sin embargo, deseaba al príncipe. Durante un perturbador instante, había olvidado quién era él, y había deseado que la abrazara. Que la amara. ¿Cambiaría de alguna forma el mundo si la amaba? En el jardín, sintiendo el olor de los jazmines a su alrededor, Alice creyó que sí. Sin embargo, era ella quien había deseado ahuyentar de los ojos de Jasper aquella expresión crispada y recelosa y hacerlo sonreír de nuevo.

Se le pasaría, se dijo Alice. Era demasiado práctica como para regodearse mucho tiempo en absurdas fantasías. Y si no se le pasaba de forma natural, se obligaría a espantar aquellos sentimientos. Tenía que concentrarse en su trabajo. Debía producir cuatro obras teatrales. Organizar una compañía...

A primera hora de la mañana, se marcharía de Cordina. Cuando regresara, habría olvidado aquella momentánea locura y estaría demasiado ocupada como permitirse recaer en ella.

No del todo convencida de ello, se puso en pie. Al menos, las piernas ya no le flaqueaban. Intentaría encontrar a Emmett. Nada ni nadie conseguía alegrarla tan rápidamente.


espero sus reviews

bye