El hombre de nariz aguileña se permitió dejar escapar un leve suspiro de sus labios. Estaba dónde más deseaba estar, con su cuerpo completamente desnudo entrelazado al de ella, entre las sábanas revueltas de sudor y placer. Ella miraba al techo, como si allí fuera encontrar las respuestas a todas sus preguntas, mientras acariciaba con una mano su cabello lacio y oscuro. Acomodó su cabeza entre sus senos, el mejor lugar en el universo. Su piel suave y tersa recibió con calidez su mejilla y cerró sus dos pozos oscuros que tenía por ojos para poder aspirar un poco más de aquella calma y calidez que la envolvía. Su olor, esa mezcla de colonia fresca de flores primaverales, a descarada juventud y sudor de sexo recién hecho, lo volvía loco, tanto que despertaba los instintos más primarios en él.
Se concentró en ella y nada más. El mundo no existía más allá de los límites de aquella cama.
Su corazón latía con fuerza. Galopaba descontrolado como un cervatillo huyendo de su depredador. Podía sentirlo en el interior de aquel perfecto cuerpecito, latir con rabia, con fuerza, queriendo hacerse notar por encima de todo.
-Aún me tienes miedo…- susurró. Hermione dejó de acariciarle el cabello bruscamente. Severus alzó levemente su cabeza, apoyando su barbilla sobre su pecho, con suavidad. No quería perder el contacto con su calidez ni un momento.
-¿Qué?- preguntó ella sin vacilar y sin entender, frunciendo levemente el ceño.
-Tu corazón… late frenético, aún eres incapaz de relajarte conmigo.- besó levemente la suave piel de su alumna.- Aún me temes… y no deberías.
Ella tan solo se relajó, mirando otra vez al techo, mientras reanudaba la tarea de acariciar sus cabellos.
-No te temo… mi corazón siempre late de esa forma cuándo estoy contigo. Es algo que no puedo evitar…
Capítulo 9. Latente corazón.
Severus intentaba en vano apartar a Hermione, la mujer le abrazaba con fuerza intentando frenar así la desesperación donde se hallaba sumergido. Pero su insistencia alimentaba su ansiedad y su miedo por dañarla. No sabía qué cojones había pasado con su mano apenas unos momentos y temía volver a desencadenarlo sin poder controlarlo. Temía, por encima de todo, hacerle daño. Prefería volver a sumergirse en las llamas del infierno antes de poder hacer algo que pudiera tan sólo ponerla en peligro.
-No me toques…- le rogó, empujándola con la mano. Hermione como la buena terca que era, se aferró con más fuerza a él. Severus comprobó la fuerza física que poseía la mujer ahora, sus músculos tensos le impedían zafarse de ella y no quería usar la violencia. No quería hacerle daño.
Pero no quería que lo tocara.
-Tranquilo… no pasa nada.- intentó consolarle retirando sus mechones oscuros del rostro. Le hablaba como si fuera un niño pequeño, como si todo aquello fuera arreglarse de la noche a la mañana, como si nada hubiera pasado.
Pero eso no era real… Sí que había pasado. Toda la realidad se había revelado ante sus ojos en su más cruel forma.
Y comenzaba a entender…
Él había vuelto del mundo de los muertos y sólo era un montón de carne putrefacta bajo una falsa ilusión. Él no era humano, no estaba vivo, si dejaba de respirar voluntariamente estaba seguro que no moriría. Su apariencia era tan sólo un espejismo, una farsa. Esa carne impoluta con aspecto saludable que envolvía su cuerpo tan sólo era una ilusión.
Él era aquella mano, aquella carne putrefacta y corrompida por los gusanos. La volvió a empujar, rompiendo al fin su contacto físico, poniéndose de pie abruptamente. Lamentaba tratarla con tanta rudeza, pero era la única forma que tenía para que no le tocara. Huyó a la otra esquina de la habitación en dos zancadas, apoyando su espalda en una pared, clavando su mirada en la mujer, que lo contemplaba desde el suelo sin entender aún su actitud.
Ella sólo veía lo que quería ver.
-¡Sí que pasa Hermione! ¿Acaso no lo has visto? ¿Acaso estás ciega? ¿Acaso no quieres ver qué pasa?- Sus lágrimas heladas volvían a recorrer su rostro cetrino.- No soy humano…
-Sí lo eres.
Hermione se había levantado del suelo con increíblemente rapidez y ya estaba otra vez a su lado. Alzó la mano limpiando con sus dedos sus gélidas lágrimas.
-No me toques… no quiero hacerte daño.-insistió volteándole la cara.
-Tú jamás me harías daño…
-¡Hermione entiéndelo de una vez!- comenzó a gritarle desesperado.- ¡Soy un jodido cadáver! ¡Un inferi! ¡Estoy muerto! ¡Esto no es real!- dramatizó pellizcando su propia piel del brazo.- No controlo mi magia… soy un puto monstruo.
-Estás aquí, vivo. Y no eres un monstruo…- le insistió, sujetándole la cabeza para obligarle que la mirara- Eres Severus Snape, antiguo profesor de pociones en Hogwarts, ex mortífago, combatiente en la orden del Fénix…- hizo una pequeña pausa para coger todo el aire que le permitían sus pulmones.- y el único hombre al que he amado.- sentenció.
Sus pozos negros se encontraron con la mirada limpia y llena de esperanza de ella. Había recorrido mucho en la vida para tener una nueva oportunidad, un nuevo amanecer junto a él. Ellos se merecían aquello, él más que nadie, merecía una nueva oportunidad. Había tantas cosas que había planeado hacer con él que se quedaron en el aire, que ahora que estaba a punto de hacer todos sus sueños realidad no iba a permitir que él los hundiera.
-¿Cómo sabes que soy yo?- preguntó poniendo en entredicho su propia existencia, dudando ya de todo. De su existencia, de su identidad, hasta de su alma.- ¿Cómo sabes que no ha vuelto otra cosa del otro lado con mi apariencia?
Hermione no pudo evitar sonreír con cierto matiz de tristeza.
-Podría razonarte la respuesta a esa pregunta por horas, mi lógico profesor. Pero la respuesta es más sencilla y visceral de lo que parece.- Cogió con vehemencia la misma mano de Severus que se había vuelto en llamas y la guió hasta su pecho, poniéndola sobre su corazón.- ¿Lo notas Severus? ¿Notas cómo late desbocado cuando estoy cerca de ti? ¿Cómo puedo estar equivocada?
La miró fijamente, clavando sus pupilas en sus ojos melados, que lo observaban con esa determinación que tan bien conocía en ella. Su rostro no era el mismo, ya no era aquella chiquilla de rasgos infantiles, se había convertido en aquella gran mujer que sostenía su mano.
Severus cerró los ojos con fuerza, sintiendo los latidos de su desbocado corazón. Tenían la misma fuerza que en antaño, cuando tan sólo era una mocosa y se colaba en su habitación como una ladronzuela.
Y cómo la amaba. Ayer, hoy… y siempre.
Los latidos de su corazón le hacían sentirse vivo. Ya le había ocurrido en el pasado, siempre se había considerado un muerto en vida, un hombre de existencia gris y llena de amargura, hasta que ella lo cambió todo. Con ella se sentía completo, se sentía con fuerzas para todo. Como ahora. Se sentía vivo, en armonía con el universo si podía percibir sus cálidas manos, si podía sentir cómo cabalgaba aquel corazón por él.
Abrió los ojos y la contempló por unos instantes.
No sabía si aquello era una ilusión o una broma pesada del destino, pero se sintió más vivo y humano que nunca. Ella siempre había sido el ancla que lo había unido a su lado más humano, la mejor versión de sí mismo, aquel pedazo de él que más ganas tenía de aferrarse a la vida para poder compartirla con ella.
Y ahora estaba allí, con ella…
Hermione acercó su rostro y le besó. Él apartó el rostro, dejándola atónita y desolada ante un rechazo que no esperaba. Le dolía que lo tocara de aquella forma, le escocía cada caricia, cada beso que le dedicaba, porque no se sentía digno de ellos.
-No soy digno de ti.
-Siempre diciendo gilipolleces, siempre serás el mismo…
Posó sus labios otra vez sobre los de él, con una ternura infinita, aprisionándole con su propio cuerpo contra la pared. Esta vez no huyó, ni siquiera se lo planteó. Correspondió a su beso, con delicadeza, como si temiera hacerle daño, como si temiera tocarla. Ella deslizó sus manos por debajo de su túnica, acariciando la piel de su espalda. El calor que emanaba de sus manos recorrió todo su cuerpo, llenándole de algo parecido al placer. Sus manos heladas tomaron su rostro y la obligó a romper el beso.
-Hermione para…- suplicó.
-¿Por qué? ¿No te gusta?- susurró la mujer volviendo a recorrer con sus manos la línea de su columna vertebral, provocando en él un estremecimiento.
-No sabemos qué soy.
-Para mí es suficiente saber quién eres… y eres Severus Snape.
Y sin fuerzas ya para rechazarla, sabía que no había humano que pudiera oponerse a ella, se dejó empujar hasta la cama. Sus besos, sus caricias, sus palabras de amor susurradas… le hicieron sentir el más afortunado de las criaturas que poblaban la tierra.
Se sintió más vivo en aquel instante, que en toda su anterior vida.
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Minerva McGonagall entró sin dudar en aquel concurrido y estridente recibidor. Era mediodía y el ministerio estaba que bullía en actividad. El tránsito de personas era continuo, casi como el de unas hormigas en el interior de su hormiguero, brujas y magos discurrían de un lado a otro, ocupados, casi sin preocuparse de mirar un momento a su alrededor. Minerva interrumpió la carrera de un joven mago que transportaba entre sus manos todos los pergaminos que podía abarcar. Le reconoció enseguida, había sido un antiguo alumno perteneciente a la casa de Hufflepuff. Cada vez le ocurría más aquello, casi todas las personas adultas que la rodeaban habían sido alguna vez pupilos suyos.
Se sintió mayor y cansada, muy cansada. Debía plantearse en breve jubilarse. El hecho de pasarse los días sumergida leyendo y tomando infusiones con pastas con sus amigas no la aterraba como hacía años atrás, al revés, sonaba tentador.
Sus viejos huesos ya no estaban para estos trotes.
El joven la saludó con cariño infinito y se ofreció acompañarla hasta la mismísima puerta del departamento de aurores. Ella se lo agradeció con un movimiento de cabeza y sonriéndole abiertamente. Mientras caminaban por aquellos laberínticos pasillos le preguntó qué había sido de su vida desde que concluyó su formación en Hogwarts. El joven no tardó en ponerla al día, de cómo había dado con aquel puesto en el ministerio, cómo le gustaba su trabajo allí y lo que más alegró a la anciana directora, cómo se había prometido con otra de sus antiguas alumnas, una inteligente Slytherin dedicada por completo a la medimagia. Lo felicitó por la futura boda cuando ya habían llegado a la puerta del departamento. El joven se despidió con honesta alegría de su antigua profesora de transformaciones y desapareció a paso ligero por la galería.
La directora de Hogwarts se quedó un momento contemplando aquella puerta cerrada, sin saber muy bien qué hacer. Se encogió de hombros y decidió entrar sin llamar siquiera, después de todo estaba muy preocupada y los formalismos le traían al pairo en esos instantes.
Recordaba haber estado allí hacía muchos años atrás, cuando aún no había estallado la guerra y la orden del fénix existía. Aquellos recuerdos le parecían tan lejano ahora, eran como un mal sueño, una pesadilla lejana, que afortunadamente, no volverían jamás a atormentarla.
Al menos ella lo creía así.
Reconoció aquella inmensa sala, fría y minimalista. Era un enorme salón de espera de tonos grises metálicos, con cómodos sillones diseminados por toda la sala y una gran mesa presidiendo la sala, con montones de papeles apilados hasta una altura considerable. Aquel recibidor desembocaba en un largo pasillo lleno de salas de entrenamiento y despachos. Una chica de grandes gafas que estaba enterrada entre aquellos papeles alzó la cabeza por encima de aquellos montones. Parecía una enorme tortuga sacando la cabeza de su caparazón. Un grupo de aurores discutían amigablemente en el centro de la sala el último partido de quidditch a gritos. La puerta se cerró de un golpe a su espalda, llamando la atención de aquellos hombres, que guardaron silencio mientras se volvían hacia la intrusa.
Minerva localizó entre aquellos familiares rostros, unos enormes ojos verdes y aquella vieja cicatriz en la frente que tan bien conocía. Harry Potter, el jefe de aurores, que en aquellos instantes iba hacer una pausa para salir a almorzar, caminó hacia ella con una sonrisa dibujada en el rostro, mientras la saludaba con la mano con alegría desenfadada, cosa que le chocó. Minerva contempló con satisfacción lo que había cambiado su ex alumno con los años, su rostro era más serio, pero no perdía aquella bondad que le había envuelto desde niño. Sus hombros eran más anchos y se le veía en plena forma, pero la sorpresa en su cara combinada con cierta alegría no era lo que esperaba encontrar en él. Después de todo, Hermione Granger había sido su amiga de la infancia, la que había estado a su lado en los peores momentos haciendo gala de una fidelidad infinita y había desaparecido en extrañas circunstancias.
No había atisbo de preocupación en aquel rostro risueño y eso la defraudó.
Y encima no era portadora de buenas noticias. Longbottom había desaparecido la noche anterior y no había dado señales de vida en toda la mañana, no se había presentado a ninguna de sus clases. Estaba muy preocupada por ambos, no sabía qué les había pasado, pero confiaba en ellos completamente, por ellos pondría la mano en el fuego si hacía falta. A pesar de que la reciente visita de Weasley al colegio había sembrado una sombra de duda. Había algo que ella desconocía en todo aquello, pero se trataba de Neville y Hermione… no iba a planteárselo siquiera.
Tan sólo deseaba que estuvieran bien.
-¡Profesora!- La saludó el jefe de aurores.- Qué alegría verla por aquí…
-Buenas tardes, señor Potter.- la saludó extrañada la directora de Hogwarts, sin saber cómo dirigirse a él, estrechando con cariño la mano fuerte del hombre. ¿A qué venía esa alegría? ¿Acaso no le importaba la seguridad de Hermione?
-Llámame Harry, profesora. – Harry soltó su mano y la puso en su cintura. Realmente parecía contento de verla.- ¿Qué la trae por aquí? ¿Necesita ayuda?- preguntó al fin poniéndose serio.
Minerva no salía de su asombro. ¿Realmente le estaba preguntando qué quería? ¿Acaso la estaba tomando por una anciana con demencia senil?
-Por desgracia no vengo de visita… vengo a denunciar la desaparición del profesor Longbottom.- comentó con dureza en su voz la mujer.
En la frente de Harry se dibujaron unos profundos surcos. La contempló unos momentos con aquellos ojos esmeraldas con atención. La directora se la veía claramente preocupada e inquieta. Decidió hacer lo que hacía siempre, intentar quitarle hierro al asunto y tranquilizar a la persona denunciante.
-¿Desde cuándo no sabes nada de él?- quiso saber el auror, para sopesar el asunto.
-La última vez que le vieron fue anoche, durante la cena.- Indicó con clara preocupación.
Harry suspiró un tanto aliviado. Eso era muy poco tiempo, quizás el profesor había decidido ir a correrse una buena juerga que se le había ido de las manos y aún estaba por ahí durmiéndola en brazos de alguna fulana. No sería ni el primero ni el último hombre que le pasaba algo así.
-Yo por ahora no me preocuparía demasiado, quizás no tarde en aparecer…- le quitó importancia, haciendo un gesto con la mano.
Minerva comenzó a enfadarse. ¿Acaso ese jovencito se estaba mofando de ella en sus narices? ¿Acaso había pensado que era tonta?
Por un momento se le pasó por la mente que le hubieran detenido secretamente, recordando la amenaza de Weasley en el despacho del profesor. Se olía que tras aquello había algo gordo y no iban a jugar con ella.
-Creo que es algo en tener en cuenta, ya que la profesora Granger está en paradero desconocido también… No soy yo quien para decirle cómo hacer vuestro trabajo, pero no puedo evitar relacionar ambos hechos…
Las cejas del auror se alzaron casi hasta la entrada de su cabello. Harry la observaba con cierta contrariedad, lleno de confusión.
-¿Hermione también ha desaparecido? ¿Es posible que estén juntos? Hace años eran compañeros inseparables de parranda…
Ahora la que frunció el ceño fue la anciana, cruzándose de brazos, mientras observaba con desaprobación al jefe de aurores por encima de sus gafas rectangulares. Estaba tan ofendida como contrariada.
-Hermione desapareció hace casi dos días… nadie sabe dónde está, Longbottom estaba empeñado en encontrarla. Temo que les haya pasado algo malo a ambos.
Harry no podía creer lo que escuchaban sus oídos.
-Perdone Minerva, si Hermione desapareció hace días… ¿Por qué no vino a denunciarlo?
-¿Es posible que no lo sepas? Ayer denuncié estos hechos con el señor Weasley…- comenzó a darle pistas, como si así pudiera recordarlo. Quizás por su puesto de responsabilidad como jefe de aurores, tuviera muchos asuntos qué atender y no recordara ese en concreto. Aunque le extrañaba que olvidara algo así.- después de explicarle lo de aquel extraño asesinato del unicornio en el bosque…
Harry la interrumpió abruptamente.
-Un momento… ¿Unicornios muertos? ¿Bosque? No sé de qué me está hablando.
-Se lo conté todo a Weasley…- volvió a comentar la mujer sin entender.
Harry cerró el puño con fuerza, clavándose las uñas en la palma de la mano. Aquello le olía mal a kilómetros, aún no sabía de qué iba el asunto, pero le daba mala espina. Todas sus alarmas de auror habían saltado por los aires, y muy pocas veces le fallaba la intuición.
Apuntó en su mente una conversación pendiente con cierto pelirrojo y tomó a la anciana con familiaridad del brazo.
-Minerva…- se animó a tutear a su antigua mentora.- ¿Serías tan amable de acompañarme a mi despacho y contarme todo desde el principio?
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Hermione terminaba de vestirse bajo la oscura mirada escrutadora de Snape. Comenzó abrocharse la hilera de botones de su camisa a cuadros y le guiñó el ojo al hombre. Por su rostro congelado y serio, supo que no tenía ganas de bromear.
Había olvidado su incapacidad de relajarse, tenía que controlarlo absolutamente todo.
-No vayas…- suplicó una vez más el hombre con aquella voz cavernaria, levantándose de la cama sin importarle su completa desnudez.- Todo esto no me gusta ni un ápice.
-No te preocupes más. Lo tengo todo bajo control, esta noche cogeremos el primer avión que salga a España.- afirmó después de darle un piquito en los labios.
-¿Por qué no te limitas a hacer un traslador y nos vamos ahora?- Quiso saber el hombre, agarrándola del brazo.
-Los trasladores están regulados por el ministerio ahora. Hay que pedir permiso antes de realizar uno.- Después de la guerra algunas leyes se habían endurecido tanto que tentaban contra las libertades individuales.- No tardarán en descubrir que alguien ha creado uno ilegal y podían seguirnos el rastro mágico.
-Pues los despistaremos allí, en Egipto.- dijo con determinación. Hermione había pensado en ello pero había desechado la idea.
-Es mejor que nuestro rastro termine en Londres.- Hermione había terminado de abrochar todos los botones de su camisa y estaba colocándose correctamente el cuello.- El mundo es muy grande para buscar a ciegas, es mejor no dejar pistas. Se aburrirán de dar palos de ciego y terminarán con suspender la búsqueda.
Severus no pudo evitar sentirse maravillado por aquella deslumbrante cabecita. Siempre había sido una mente brillante y el tiempo la había hecho aún más sabia.
-Lo tenemos todo controlado, no te preocupes más, tan sólo descansa para cuando regrese. Nos iremos sin más demoras esta noche al aeropuerto.
Hermione que había recogido todas las pertenencias del suelo del dormitorio, introdujo su mano otra vez en su roída mochila, extrayendo de allí unas ropas de color negro.
-Tengo esto para ti…- dijo tímidamente la mujer alcanzándole un traje que el hombre reconoció enseguida. Era uno de sus antiguos trajes de negro rotundo. - En áfrica tendrás que despedirte de esta indumentaria… pero es lo único que tengo que pueda servirte, ya compraremos algo adecuado cuándo lleguemos.
Severus tomó de su mano lleno de sorpresa su eterna levita y pantalones oscuros. No pudo evitar sonreír tristemente. Todo aquello sólo le demostraba cómo Hermione se había aferrado a su recuerdo, conservando todas aquellas pertenencias suyas terrenales. Comenzó a vestirse con parsimonia mientras Hermione entraba al cuarto de baño.
Severus había terminado al fin de abrochar el último pequeño botón de su levita cuando Hermione salió del baño con el cabello cuidadosamente peinado y ya arreglada completamente para salir. Normalmente no perdía tiempo con aquella larga hilera de botones y siempre los había abrochado con magia. No recordaba el coñazo que era ensartarlos uno a uno y había consumido un poco de su paciencia, tentado de arrojar la chaqueta por la ventana. Hermione se apoyó en el quicio de la puerta, contemplándole con una cara de felicidad absoluta, con los labios entre abiertos y los brazos cruzados.
Severus se limitó a quedarse completamente inmóvil, satisfecho.
A pesar de que aquellas ropas le quedaban un poco grandes, ya que no tenía el mismo peso que en los últimos años de su vida, le seguía quedando como un guante. Aquellas ropas le habían devuelto su antigua majestuosidad y su identidad.
Ahora se sentía mejor y más cómodo que con aquella asexuada túnica. Se sentía como un caballero que se hubiera puesto su armadura.
-Estás guapísimo…- alcanzó a decir la mujer, que estaba a punto de liberar una lágrima.- como siempre te he recordado.
-Joder Hermione, siempre he pensado que algo debe andar mal en tu cabeza para verme guapo.- Bromeó de mejor humor.
-Me tengo que ir ahora o llegaré tarde… espérame aquí, no tardaré en volver.
-No vayas… o al menos deja que vaya contigo.- volvió a demandar en vano.
Hermione no pudo evitar sonreír. Ya estaba intentando protegerla cómo si aún fuera una mocosa. Aún no era consciente de la envergadura de aquello, todo había cambiado: A partir de ahora, sería ella quien cuidara de él.
-No pienso discutir más contigo, está todo decidido.- indicó con dureza la mujer.- Haz lo que te pido.
-¿Y que más te da?- Volvió a insistir. Esa un testarudo que no solía acatar órdenes así como así, eso siempre sería así y no cambiaría jamás.
-¿Piensas pasearte por ahí con ese aspecto? ¿Y si alguien te reconoce? Francamente no tienes unos rasgos vulgares que pasen desapercibidos.
-Puedo tomarme una poción multijugos de tu amiguito…
-No podemos desperdiciarlas… tú te quedas.
-Pero…
-Confía en mí, Severus.
Le besó levemente en los labios y abandonó la habitación, dejando a un exasperado Snape que se dejaba derrumbar en un cómodo sillón.
Ya estaba impaciente por su vuelta.
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Carrow había reunido a todos los mortífagos disponibles sin demoras. Iban a contra reloj para dar su próximo paso y debían organizarse correctamente para evitar todo fallo posible.
No podían errar con toda la información que había sacado de la cabeza de aquel gusano. Severus Snape era ahora mismo un guiñapo que apenas podía mantenerse en pie, eso era muy bueno, ya que podrían apresarlo con cierta facilidad y tenía aspecto de no poner mucha resistencia. Por lo que había visto, aún tenía un pie en la tumba. Pero de todas formas habían decidido evitar enfrentarse a ambos magos oscuros a la vez.
Divide y vencerás.
Y el universo parecía que había conspirado para darles ciertas facilidades y ventajas. La sangre sucia iba a acudir a aquella asquerosa librería al caer la tarde. Allí estarían ellos esperándola, acechando todos sus movimientos hasta que dieran con un buen momento para apresarla.
Snape no le preocupaba tanto, lo vigilarían e irían a por él cuando hubieran terminado con aquella zorra…
No podía evitar sentir aquella euforia creciendo en su interior, pronto, el mundo mágico estaría donde le correspondía.
Pronto saborearían la gloria.
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Hermione se adentró al callejón Knockturn ocultando su identidad bajo la capucha de su capa de viaje, cosa que no llamó la atención a las personas que se cruzaron en su camino. Muchos eran los que ocultaban su rostro para deambular por allí, les avergonzaban que pudieran reconocerles por aquella zona, y de seguro que no buscaban nada bueno. Eran muchos los locales de baja reputación que poblaban aquel sucio y tenebroso callejón. Hermione tenía sus propias razones para ocultarse, no quería que nadie pudiera identificarla en un futuro y le venía de perlas confundirse entre los magos que salían oliendo a vergüenza de los burdeles.
El callejón estaba desierto, algunos comerciantes cerraban las puertas hasta la jornada siguiente y abandonaban el lugar con aspecto de cansancio, en cambio para otros comenzaba la jornada laboral. Naturalmente estos lugares eran ilegales, aunque era un secreto a gritos su ubicación, el ministerio no los cerraba. A simple vista parecían locales cerrados si no fuera por los farolillos rojos colgados en sus robustas y opacas puertas.
Hermione se adentró sin pérdida de tiempo hasta el final, dónde estaba la librería que buscaba. Iba a golpear la puerta, cuando esta se abrió y una mano la instó a entrar sin demoras.
Hermione saludó a William con verdadero afecto. Cuándo comenzó a ser su profesora el muchacho ya estaba casi concluyendo su educación mágica, pero el afecto que sentía Neville por el muchacho terminó contagiándola enseguida. Neville le contó una tarde todo por lo que había pasado el muchacho… la vida no era justa. Severus siempre lo había gritado a los cuatro vientos, y cuánta razón tenía.
-¡Buenas noches profesora!- la saludó con aquella sonrisa limpia.- Veo que es tan puntual cómo el profesor…
Hermione le correspondió la sonrisa y le apretó con afecto el brazo.
-Después de todas las molestias que te estamos ocasionando, lo menos que puedo hacer es no hacerte esperar.
El muchacho cogió un sobre de papel estraza de encima del mostrador y se lo tendió sin más ceremonias a su antigua profesora.
-Sabe… posiblemente lo que voy a decir ahora, pueda meter la pata o meterme donde no me llaman, pero no puedo quedarme callado.-Dudó un momento mientras Hermione se guardaba en un bolsillo de la capa la documentación falsa, expectante. Pero al final se decidió a continuar.- Me alegro mucho por vosotros… ambos sois personas maravillosas y me alegro que al fin estéis juntos.
Hermione alzó una de sus cejas al más estilo Snape, incrédula.
-En el colegio siempre habían rumores de que estaban juntos y la bonita pareja que hacían…
Hermione aún no cabía en sí de asombro. ¿Acaso pensaba que Neville y ella estaban juntos? No era muy descabellado que hubiera llegado a esa conclusión después del encargo que le habían hecho. Desde fuera, podía parecer que deseaban hacer una escapada romántica al lado muggle sin que le hicieran muchas preguntas. Pero el dato de que todo el colegio comentara sobre ellos, era nuevo.
Era la primera vez que se lo planteaba. ¿Neville y ella? Era tan absurdo, ellos eran amigos.
-Siento decirte que el profesor Longbottom y yo no…
Unos golpes tras la puerta de la tienda interrumpieron su frase. Hermione se volvió sobre sus propios talones y ambos guardaron un silencio sepulcral.
Aquello no le gustaba en absoluto, todas sus alarmas internas habían saltado.
-¿Estás esperando a alguien más?- preguntó la profesora entre susurros.
William que apenas podía respirar, no quería siquiera hablar, negó con la cabeza.
Y todo se precipitó. Las ventanas de la tienda estallaron en mil pedazos, pequeños proyectiles afilados y transparentes llovieron sobre ellos. Hermione por puro instinto, empujó al joven tras el mostrador y se cubrió la cara con los brazos, haciéndose pequeños cortes.
Hermione sacó rápidamente su varita de su capa, poniéndose en posición de defensa. Lo que contempló a continuación la sorprendió y horrorizó por partes iguales. Esperaba que entraran los aurores del ministerio a intentar apresarla por aquella ventana, lo que no se esperaba, era aquellas sombras tenebrosas deslizándose como serpientes por escaparate roto. Hasta que el primer enmascarado no se materializó ante ella, no podía creerlo.
Un poder viene a desestabilizar el mundo que conocemos, ella le llamará y él volverá a caminar entre nosotros como un vivo más, despertando a las máscaras.
Entonces su instinto de conservación tomó el poder y saliendo de su letargo momentáneo, se puso en posición de ataque y arremetió contra la figura que estaba ante ella.
El mortífago esquivó su maldición convirtiéndose en humo y volando a la otra esquina del establecimiento.
William… si algo le ocurría al muchacho no se lo perdonaría nunca y Neville tampoco.
-¡William, corre! ¡Huye!
Pero el muchacho, como buen Gryffindor que era ya había desenfundado su varita y salía tras el mostrador atacando a una de esas sombras.
Hermione gritó al muchacho, pero una maldición pasó muy cerca de ella, dándole a una estantería repletas de libros, que saltaron por los aires convertidos en hojas sueltas. Comenzó a rechazar los ataques que le venían de varios francos. A simple vista, contaba que al menos eran cinco los hijos de puta que la estaban atacando.
-¡William, vete!- chilló Hermione mientras lanzaba un sectumsempra que repelió uno de sus contrincantes y chocaba contra una pared.
-No la dejaré sola.- gritó el chico con determinación.
-¡Ve a buscar ayuda!- volvió a gritarle.- ¡Ahora!
El muchacho pareció comprender al fin y corrió agachado hasta la puerta. Una sombra salió a toda velocidad tras él por el callejón.
Hermione ahora podía luchar sin reservas, confiaba que el joven pudiera zafarse sin problemas de su perseguidor. Ahora podría eliminar uno a uno a esa escoria sin temor de herir por accidente al joven.
Esquivó con presteza uno de sus ataques. Iban a necesitar algo mejor si querían vencerla, a ella, que había luchado junto con los mejores guerreros Mursi en Etiopía. Se inclinó hacia delante, como si quisiera coger impulso, colocando una de sus manos sobre el suelo. Con un elegante movimiento de brazo, una luz azulada la envolvió, impulsándola hacia arriba. Extendió sus brazos en cruz y comenzó a girar sobre sí misma, como una peonza. Aquella aura se extendió por toda la tienda proyectando los cuerpos de los mortífagos contra las paredes.
Hermione aterrizó con agilidad al suelo cerca de uno de ellos, se limitó a darle con el talón de sus botas en plena cara con todas sus fuerzas, antes que pudiera levantarse. La máscara de mortífago se resquebrajó bajo su pie.
-¡Puta!- gritó uno mientras conseguía ponerse en pie y le lanzaba una maldición. Hermione saltó hacia atrás, esquivándolo a tiempo. La mujer profirió un grito de guerra y ante la sorpresa del mortífago, corrió hasta la pared más cercana, dio un par de zancadas por ella, desafiando a todas las leyes de la física y se impulsó de un salto sobre él. Era condenadamente rápida, casi no había terminado de apuntarla cuando ya la tenía encima. Su varita salió despedida de su mano, acompañando algunos de sus dedos cercenados y la sangre comenzó a empapar la bocamanga de su túnica. Comenzó a gritar histérico mientras se miraba la mano, cuándo se percató que le faltaban algunos dedos. El mortífago gritó con aquella voz metálica y Hermione terminó de derribarlo al suelo de una patada.
Iba sin clemencia contra aquellos cabrones. No sabía de dónde coño habían salido, si se tratara de aurores no los atacaría con aquella magia tan oscura, ni les haría daño, tan sólo los aturdiría, pero eras máscaras… esos rostros ocultos bajo aquel símbolo no dejaban en su corazón sitio para la clemencia. Habían desatado toda su furia. Ellos habían jodido el mundo mágico, por culpa de ellos gente inocente había muerto, ellos habían seguido a un psicópata con tendencias a dictador megalómano.
Ellos habían matado a Severus.
No sabía de dónde habían salido y ni quería saberlo, en aquellos instantes le importaba una mierda, pero iba a borrarlos de la faz de la tierra.
-¡Zorra!-gritó uno que había ido a refugiarse tras el mostrador. Hermione corrió hasta él pero la puerta del establecimiento se abrió abruptamente. Una figura enmascarada sujetaba a William del pelo, mientras un puñal aprisionaba tanto su garganta, que no podía evitar cortarle mientras se movían.
-Tira la varita al suelo o me cargo a este maricón.
Hermione le apuntaba con determinación, en posición de ataque. La cara de terror del chiquillo se grabó a fuego en sus retinas. Su mente iba a mil por hora, sopesando todas las opciones. Podía atacar, aun poniendo en riesgo la vida del joven, o podría aprovechar para intentar huir y dejarle en la estacada.
Pero lo desechó todo enseguida. No podía truncar la vida de aquel chico que la había ayudado, era muy joven para ver su vida sesgada violentamente. Ella podría ser una bruja oscura, pero no tenía el corazón negro.
No iba a permitir que fuera derramada sangre inocente.
-No le hagas daño.- suplicó, haciendo un gesto de tranquilidad con la mano libre.
-Pues tira la varita, maldita puta.- amenazó el mortífago apretando un poco más el cuchillo en su garganta.
-¡No lo hagas, profesora!- gritó valientemente el Gryffindor.
Entonces Hermione bajó el brazo y arrojó su varita a los pies del mortífago. Sintió un fuerte golpe en su espalda y cayó hacia delante contra el suelo. Iba a levantarse cuando sintió una rodilla clavándose en su espalda, en la zona de las costillas, le retorcieron los brazos hacia atrás y se lo ataron, inmovilizándola por completo. Una mano se aferró a sus rizos y le tiraba del pelo, obligándola a alzar la mirada.
-Mira con atención, escoria.- dijo una voz ponzoñosa en su oído. El mortífago que tenía apresado al muchacho le abría la garganta con su cuchillo sin piedad. El cuerpo inerte del muchacho, se derrumbó al suelo.
-¡Nooooooooo!- las lágrimas empañaban su visión.
Gritó tan fuerte cómo se lo permitían sus pulmones y sintió como un hechizo impactaba contra ella, sumergiéndola en la inconciencia.
Hola a todos/as
Aquí una nueva entrega de este fic. Este capítulo es un poco más largo que los demás, pero quería darle un poco más de acción.
Harry acaba de enterarse que algo podrido está ocurriendo con el pelirrojo y esos putos mortífagos apresaron a Hermione… no sospechan la que se le viene encima, creo que van a mosquear a alguien. (Risas maléficas)
Valitos, tenías razón, al final entre Severus y Hermione ha pasado lo inevitable. Cuando quise darme cuenta, Hermione se había tirado encima de él. XD No sé si habré defraudado a alguien por la ausencia de lemmon, pero no pega con mi trama, la próxima vez será. (Esquiva una piedra)
Me gustaría dedicarle este capítulo a SamanthaBlack30. Una bruja tenebrosa reconoce a otra al instante… ¡Un besiño muy fuerte linda!
Y como siempre, un besiño muy fuerte a las chicas y chico del escuadrón, a mis niñas Snape, a mis nevilleras (cada vez somos más, chicas), a mis Sevmiones adictas y a todos los que me leéis en silencio.
Comentarios en la ventana de abajo. ^^
¡Un besiño muy fuerte!
AnitaSnape
Pd. Por cierto este capítulo está patrocinado por "Adictas al Sevmione" ¿No sabías que había una página en Facebook con ese nombre? ¿A qué esperas a venir a divertirte con nosotras?
