Capítulo 9

Lanzó el puño derecho contra el rostro de su contrincante; al buscar defenderse del golpe ésta descuidó el abdomen, y la más joven aprovechó el deliz para elevar su rodilla izquierda hacia ese lugar. Sin embargo, no imprimió fuerza al movimiento; se limitó a quedarse en esa posición, apenas rozándola. Al notar que la otra no reaccionaba con la rapidez que el combate requería, bufó y retrocedió unos cuantos pasos para luego dejarse caer sobre una roca de tamaño considerable. Se quitó la venda que había anudado alrededor de su cabeza en un intento de privarse del sentido de la vista, y sin decir palabra alguna, procedió a enrollarla alrededor de su antebrazo.

Podría haberle dado un rodillazo que le habría arrebatado todo el aire de los pulmones y así ganar la práctica, pero ¿cuál era el punto de luchar contra una persona que no presta atención a lo que hace? De esa forma era fácil ganar, y ella, bajo ningún concepto, quería declararse vencedora en esas condiciones.

― ¿Qué ocurre? ―Dakini, aún de pie en el lugar donde habían estado luchando cuerpo a cuerpo, se quitó la venda y examinó a su compañera con ojos inquisitivos―. ¿Por qué abandonaste?

Argia de Libra resopló. Terminó de sujetar la tela a su muñeca y se adelantó hasta donde la Amazona de Aries la observaba para recoger la cinta que se le había caído durante el combate, ignorándola olímpicamente. Se recogió el cabello bordó en una desprolija coleta y estaba a punto de dar media vuelta e irse cuando la mayor la retuvo, posando una mano en uno de sus hombros. Desganada, Argia volteó y la miró, cruzándose de brazos.

―No le estabas prestando atención a la lucha, Dakini ―dijo, claramente molesta―. No tiene sentido entrenar contigo, no en este momento al menos.

Dakini frunció el ceño, provocando que los puntitos lila que tenía tatuados en la frente se arrugaran de una forma que Argia encontró graciosa. Bajo ellos, los ojos violetas trataban de leer a su compañera.

―Sí, lo tiene ―refutó, y la Amazona de Libra detectó cierta irritación en su voz. Sin embargo, su mirada era clara, y Argia tuvo que reprimir una sonrisa. Vaya que se dispersaba con facilidad―. Sólo me distraje una vez.

―Hazlo en un combate real y te cuesta la vida.

―No me sermonees, Argia ―replicó, acentuando el ceño―. Y no compares. Tengo muy claro que esto no es un combate real, de otra forma, no me habría permit...

La más joven emitió un sonido mitad risa, mitad resoplido.

―Claro, distráete. Sólo estabas entrenando conmigo, a fin de cuentas. ―Le dedicó una sonrisa irónica, aunque sin malicia. Siempre le había costado permanecer enfadada con Dakini... o, más bien con la gente en general. Al final, ese tipo de situaciones solían terminar con ella yéndose del lugar y dejando que los demás siguieran sus vidas, aunque no sin exponer su punto de vista antes. Por eso fue que volteó y la saludó por encima del hombro, sin rencores, sin palabras hirientes, sin malas intenciones―. Que tengas un buen día.

No oyó que la Amazona de Aries se moviera para seguirla.

En realidad, siendo sincera consigo misma, no sabía hasta qué punto le había molestado el que ella no le prestara atención al combate en sí. Tuvo que admitir que su actitud había tenido más que ver con el hecho de que, tal como le dijo, la estuviera ignorando a ella. Así de patético y egocéntrico como sonaba. Argia tenía muy en claro que era una persona llena de energía, y según su hermana, muchas veces ese entusiasmo era intimidante. Era consciente de que muchas veces el deseo de imponerse sobre los demás era más fuerte de lo que podía manejar, pero se debía, fundamentalmente, a que tenía un sentido de la justicia y el equilibrio del que otros carecían. Sentía que debía hacer ver y respetar su punto de vista porque era lo mejor para todos y, sí, a veces se le iba la mano. Ella daba su opinión, y cuando lo hacía, inevitablemente se relajaba. Con el tiempo había logrado controlar el impulso de obligar a los demás a obedecerla; se conformaba con exponer lo que pensaba y, más tarde, lanzar esos «te lo dije» que le sabían tan bien. Fuera cual fuera el resultado. ¿Le habían seguido la corriente y todo salió bien? Te lo dije. ¿Habían preferido ignorarla y todo terminó mal o, como mínimo, no tan bien como esperaban? Te lo dije. No se consideraba una persona vengativa, pero esa simple frase hacía maravillas en su amor propio. Porque, básicamente, pese a estar abierta a nuevas opiniones y formas de pensar, tenía un orgullo que debía tomarse en cuenta.

Se sonrió de medio lado conforme subía la ladera hacia la Casa de Aries. Esa vez no se habían tomado decisiones de ningún tipo, de modo que no habría ocasión para pronunciar «te lo dije» alguno; se había molestado con Dakini porque se sintió ignorada, lisa y llanamente. Meneó la cabeza, divertida. Jamás terminaría de comprenderse, pero eso era precisamente lo que hacía que siempre hallara al menos una excusa para reírse durante el día. Su orgullo no era válido cuando su rival era ella misma.

Por eso y sólo por eso, consideró la posibilidad de pasar por el primer templo más tarde, para hablar con Dakini y quizás, y sólo quizás, proponerle volver a entrenar al día siguiente... hasta que la vio en la entrada de la Casa de Aries. Recargada contra una de las columnas de mármol, de brazos cruzados y con la mirada serena; se limitaba a observar desde su puesto cómo Argia se acercaba a ella, en completo silencio y sin variar su expresión. O la falta de ella, en realidad, porque su rostro era una máscara de neutralidad.

― ¿Puedo pasar? ―preguntó la Amazona de Libra luego de unos segundos, viendo que la otra no tenía intenciones de hablar. O de iniciar la conversación, como mínimo.

― ¿Acaso te lo estoy impidiendo?

Argia frunció el ceño. No, ciertamente no lo estaba haciendo, pero era cuestión de protocolo, ¿o no? ¿No se suponía que se debía pedir permiso? Y, sin embargo, se dio cuenta de que su confusión no venía por ese lado. Le había sorprendido, más bien, el hecho de que estuviera enfrentándola sólo físicamente, sin hablar. No era su estilo.

― ¿Puede saberse qué te pasa? ―inquirió la más joven, ladeando la cabeza. Un mechón se escapó de la cinta que había usado para sujetarse el cabello y le hizo cosquillas en la nariz. Lo apartó resoplando, ligeramente molesta―. No, no me lo estás impidiendo, pero...

― ¿Pero qué? ―interrumpió Dakini, arqueando... bueno, no, no tenía cejas, pero Argia pudo ver el movimiento del músculo―. Puedes pasar, Argia de Libra.

Pero no lo hizo.

―No contestaste mi pregunta.

― ¿Por qué habría de hacerlo? ―replicó la tibetana, serena.

Exasperantemente serena.

Dakini vio, divertida, cómo el rostro de su compañera mutaba conforme iba procesando la situación. Sabía que la estaba descolocando. De hecho, lo hacía a propósito. Así como se percató de que Argia hacía un esfuerzo consciente para no reírse cuando discutían en la arena después del combate, se daba cuenta también de que en ese momento no sabía muy bien qué pensar con respecto a la actitud que estaba tomando. No sabía muy bien qué ganaba con todo eso, pero no podía negar que se estaba divirtiendo. La Amazona de Libra puso los brazos en jarras y frunció el ceño, y Dakini intuyó que no era la situación en sí lo que la perturbaba, sino que no supiera cómo reaccionar. Resultaba casi evidente: su compañera no tenía ni idea de qué lado de la balanza pesaba más.

― ¿Puede saberse qué te pasa? ―preguntó. La ariana esperaba notar irritación en su voz, pero en cambio, sólo encontró cierto enfado―. Y no me digas que no sabes de qué hablo. Si de mí dependiera pasaría por esta Casa y volvería más tarde, pero estás parada en la entrada como impidiéndomelo y, además, lo niegas. ―Dakini ladeó el rostro, pero no la interrumpió―. Habla de una buena vez. Qué, ¿estás molesta porque abandoné el combate? Pues lo lamento, pero yo no iba a entrenar con alguien que tiene la cabeza en las nubes y que ni siquiera presta una décima parte de su atención a lo que tiene delante de las narices.

La Amazona de Aries se limitó a observarla en silencio durante casi un minuto. Argia no se veía mortalmente enfadada, pero era más que simple molestia y ella lo sabía.

―O a quien tiene delante delante de las narices, ¿cierto? ―preguntó con suavidad, y tuvo que reprimir una sonrisa cuando Argia se cruzó de brazos, reforzando su postura pero sin negarlo―. Lo supuse. ―Se separó de la columna contra la cual estaba recargada y se hizo a un lado. Miró a la guardiana de la séptima Casa, ahora seria―. Pasa, Argia. No era mi intención hacerte perder tiempo... ni ahora, ni esta mañana. ―La aludida enarcó una ceja, olvidando momentáneamente que se suponía que estaba enojada, y Dakini puso los ojos en blanco―. Será lo más cercano a unas disculpas que me oigas pronunciar.

Supuso que debía permanecer, como mínimo, con una expresión neutral, pero no pudo evitarlo; lanzando una carcajada, relajó los brazos y se acercó a Dakini. Posando una mano en su hombro derecho, le sonrió como prueba de que no le guardaba rencor alguno. Buscaba inspirar confianza e incluso seguridad; después de todo, ella era así. Abierta, sincera, impetuosa pero, sobre todo, respetuosa con aquellos que se lo merecían.

El problema fue que Dakini no estaba preparada. Ni para la mirada brillante, ni para todo lo que ésta desencadenó en ella.

Sintió un tirón en el estómago y un golpe en el pecho. Las sienes comenzaron a palpitarle al ritmo de los latidos de su corazón, absurdamente acelerado, y sus músculos se tensaron imperceptiblemente. Se vio incapaz de alejar la mirada de los ojos de Argia, e incluso se recriminó por ello. Una pequeña parte de sí misma tenía ganas de patearse, porque sospechaba que se veía como hipnotizada. O, peor, como adolescente enamorada. Y sin embargo... no. No era eso.

Y desde el lío en su cabeza, se oyó a sí misma decir:

―Te conozco.

Tan simple y tan complejo como eso...

Y, en otro plano, Kairos llegaba a la misma conclusión.

Sentada sobre una columna derrumbada frente a su templo y con un libro abierto en el regazo, procuraba concentrarse en la lectura. Sin embargo, al terminar el capítulo se vio obligada a pasar la página y, en ese segundo de distracción en el cual alzó la vista casi por inercia, vio que dos de sus compañeros subían las escalinatas hacia ella. No le fue difícil reconocerlos: Trevas y Lievin. Arqueó levemente la ceja al notar que se daban codazos y parecían reír. Previendo que antes de la noche alguien sufriría una broma pesada, sopesó la opción de dejarlos pasar por Acuario sin mayores contratiempos contra la de congelarles alguna que otra extremidad para que la dejaran en paz. Sin embargo, pensó, lo que querían ellos era precisamente eso, provocar.

Bajó la mirada nuevamente al libro, maravillándose con las ilustraciones y pasando la punta de los dedos sobre la tinta. El papel era terriblemente delgado, fino, delicado. Los trazos de colores, menos brillantes por el paso del tiempo, se retorcían, unían y separaban en la página. Era hermoso y aterradoramente frágil. El olor a libro viejo, a humedad dulce y polvo, siempre le había parecido el perfume más maravilloso del mundo, y ese tomo en particular era sumamente especial para ella. Su más preciado tesoro material.

― ¡Pero si es la reina de los nieves! ―Kairos levantó la vista del libro, inexpresiva ante un Lievin que le sonreía ampliamente, acercándose a ella a grandes zancadas―. Kairos de Acuario, la osa polar del Santuario.

―Tus chistes cada vez son peores, ¿cierto? ―inquirió ella, sin moverse de su sitio.

El Caballero de Cáncer hizo un mohín.

―Tú no ayudas mucho con ese carácter, ¿sabes? ―le reprochó, y Kairos arqueó una ceja al oírle el tono de voz. Parecía un niño de cinco años―. Pinchas el ambiente. Lo arruinas. Lo enfrías ―explicó, abriendo y cerrando los puños, como si lanzara algún poder imaginario―. Lo...

―Entendido, Lievin ―lo cortó, con una mirada que dejaba en claro que no tenía ganas de bromear―. ¿Qué quieres?

Él resopló, contrariado, y enterró sus manos en los bolsillos del ancho pantalón oscuro.

―Trevas y yo... ―miró hacia atrás como para reafirmar lo que decía, pero el Caballero de Escorpio no estaba allí. Ahora que lo pensaba, Kairos no lo había visto con Lievin cuando éste se acercó al lugar donde leía. Volteando, le lanzó a la Amazona de Acuario una mirada imperiosa, como si ella fuera la responsable de que su compañero no estuviera allí. Que, bueno, tal vez era cierto. Pero eso no tenía por qué saberlo―. ¿Y Trevas?

Ella se encogió de hombros.

―Tú venías con él, no yo.

Lievin dio una vuelta sobre su propio eje, mirando a su alrededor, y luego volvió a centrar su atención en la acuariana.

― ¿Segura de que no lo viste?

―Insisto: tú venías acompañándolo ―replicó, sin dignarse a mirarlo. Pasó el dedo índice por el dibujo de un intrincado mandala. Era precioso, y a simple vista parecía sencillo de hacer; tenías que mirarlo con detenimiento para notar su complejidad. Sabía que ese lo había hecho Dharma y sabía, también, que ese era su estilo. La ilustración lo representaba a la perfección. Sereno en su accionar, pero con un millón de razones detrás―. No yo.

―Era mi acompañante, es cierto. ¿Nos viste subir las escalinatas? ―preguntó, y ella asintió vagamente sin despegar la vista del libro―. ¿A que somos una preciosura juntos?

Si Kairos hubiera estado bebiendo algo, probablemente se habría atragantado. Podía considerarse afortunada de no haber tenido un vaso de agua a mano, y de que el controlar sus reacciones fuera algo que le salía naturalmente. De modo que simplemente miró al Caballero de Cáncer con una expresión neutra, detallando su amplia sonrisa y sus ojos alegres.

―Creí que estabas con Alen ―respondió llanamente.

―Pues no. ―Lievin tenía ganas de saltar de pura euforia, pero se contuvo porque sabía que levantaría sospechas. El lograr que Kairos se interesara en el tema lo suficiente como para seguir la conversación lo exaltaba―. Ya sabes, después de tu desplante alguien tenía que consolarlo, y bueno...

Kairos entrecerró los ojos levemente, y el guardián del cuarto templo sentía que en cualquier momento se mearía ―bueno, no literalmente― si seguía aguantándose la risa. No habían planeado nada y realmente no sabía dónde se había metido Trevas, pero ya que estaban en esa situación... bueno, claramente no iba a desaprovecharla. Pretendía ver, a su manera, qué pensaba la acuariana del Caballero de Escorpio y nada más; no esperaba que lo asesinara con la mirada.

―No lo dejé plantado.

Y el tono de su voz, gélido como pocas veces lo había oído, fue lo que puso a Lievin al límite. Es que, ¿cómo no tener ganas de gritarle al Santuario que había logrado que Kairos se pusiera lo suficientemente celosa como para no ver que le estaba mintiendo? Sabía que había ciertas cosas que jamás vería y estaba resignado al respecto, pero pensó que sería conveniente tachar el ítem de «Kairos reaccionando de alguna forma ante el nombre de alguien que no sean Dharma y Deyanira» de su lista de imposibles.

―Eso no fue lo que él dijo... ―dijo, rascándose la barbilla y mirando al cielo como si se esforzara por recordar. Finalmente, se encogió de hombros―. Sabes, no habla con claridad cuando sufre un desplante. Es como... bueno, cuando vuelva a caer en las garras de Alen y lo deje lo sabrás. Te avisaré cuando lo haga, así lo ves por ti misma ―bromeó.

Kairos se limitó a mirarlo fijamente. Notaba el frío en la punta de sus dedos y sabía que se le estaban escarchando las uñas, pero el Caballero de Cáncer no pareció notarlo. Le hizo un gesto para que pasara y, saludándola por sobre el hombro, el holandés entró a la Casa de Acuario y se perdió de vista.

Y sí, había reaccionado de una forma que no encajaba del todo con ella. ¿Por qué el hielo, si no estaba siendo atacada? ¿Por qué, si sólo estaba hablando con un compañero de armas? Una vocecita se atrevió a susurrar un nombre, en la parte posterior de su cabeza.

Trevas.

Y no pudo hacer otra cosa que resoplar. Trevas...

Tan simple y tan complejo como eso.

Sophia volvió a leer el documento por tercera vez en aquel día, sintiendo un dolor palpitante en la parte posterior de su cabeza. Apretándose el puente de la nariz entre el pulgar y el índice, rebuscó entre el montón de papeles que había sobre su escritorio hasta encontrar lo que buscaba: la historia de Erígone. No tenía muy en claro si lograría desenmarañar el destino del cual hablaban las estrellas, aquel que el Patriarca se había encargado de explicarle, pero valía la pena intentarlo. Bastante inútil se sentía ya como para quedarse de brazos cruzados...

―Athena ―llamó una voz a sus espaldas, y ella volteó. El Patriarca se encontraba en la puerta de la pequeña habitación, esperando su permiso para entrar, agachando levemente la cabeza en señal de respeto.

Sophia frunció el ceño y volvió a centrar su atención en los documentos, tras haberle hecho una seña al Sumo Pontífice. Éste avanzó hasta el escritorio y se quedó de pie a un lado.

―No soy Athena ―dijo la joven en voz baja―. Te lo he dicho muchas veces ya. Mi nombre es Sophia, no Athena.

El Patriarca desvió su mirada hacia el amplio ventanal. Desde allí podía ver el serpenteante camino de escaleras, interrumpido en algunos puntos por las Doce Casas. El sol se instalaba en lo alto de la bóveda celeste, anunciando el mediodía, y todo parecía tan... calmo, que en cierto punto lo perturbaba.

―Y yo le he dicho que los dioses no se equivocan.

Sophia meneó la cabeza, pero no comentó nada más al respecto. En cambio, leyó en voz alta los nombres entre los cuales no lograba hallar conexión alguna:

―Dices, Erígone, Deméter. ―Frunció el ceño, fijando la vista con intensidad en la pequeña lista, como si concentrándose lo suficiente pudiera entender qué era lo que se le escapaba―. Isis, Atárgatis, Tique.

―Dices era hija de Zeus y Temis, que era la... ―Sophia no lo interrumpió, pero él mismo calló al notar los ojos de la joven fijos en él. Reconoció ese brillo y no pudo evitar preocuparse; después de todo, ella no...―. ¿Sucede algo, Athena?

La joven no contestó. Se limitó a levantarse de donde había pasado toda la mañana sentada, leyendo una y otra vez los archivos, y se acercó a él, al ventanal. El mentón alzado, los hombros echados hacia atrás y las manos relajadas; no veía nada anormal en ella, pero no pudo evitar notar un detalle.

Por una vez, no le había cuestionado el llamarla Athena.