10. FIDELIDAD

La noticia de la muerte del Rey no tardó en llegar a oídos de los habitantes de la ciudad y las aldeas de los alrededores. En poco tiempo, todo el reino estaría al tanto de que pronto tendrían un nuevo Rey... y de que se avecinaba una guerra, la cual elevaría los impuestos y las muertes por hambre.

El funeral de Nikolai se llevó a cabo en la amplia cripta subterránea del castillo, a él sólo asistieron sus familiares más cercanos. En todo momento, Yuri hizo lo posible por mantener la vista alejada del cuerpo, que reposaba sobre un altar de piedra cubierto con un sudario. A pesar del profundo dolor que estrujaba su corazón, se sintió incapaz de llorar. Tal vez porque su madre estaba allí, o tal vez había agotado todas sus lágrimas, en los últimos tres días que habían transcurrido desde la muerte de su abuelo.

Abajo en las criptas hacía muchísimo frío, probablemente más que afuera en el bosque nevado, donde al menos llegaban unos pocos rayos de sol a través del espeso manto de nubes. Allí, las únicas luces eran las de las antorchas, que poco podían hacer por penetrar la oscuridad. El viento helado se colaba entre los escasos asistentes, agitando sus capas y haciéndolos estremecer. Era un recordatorio de que no debían estar allí, de que ese lugar pertenecía solo a los muertos en su descanso eterno. También se encontraban allí los cuatro antepasados de Yuri, aquellos que habían reinado antes que su abuelo, dispuestos en fila, justo después del último de los reyes Volkov, con quién su familia estaba emparentada. Hacía ya más de ciento veinte años que el joven rey Vassili Volkov, de tan solo diecisiete años, había entregado la corona a su más leal vasallo y amigo, Pavel Plisetsky, justo antes de morir sin descendencia, en el campo de batalla donde su familia había encontrado su final. Un joven Pavel acabó con los enemigos de los Volkov, dando fin a la más cruenta guerra civil que sacudió al reino, luego desposó a la hermana de Vassili para reinar junto a ella por unos buenos veinticinco años. En la cripta también reposaban las reinas, así como los príncipes y princesas, la mitad de los cuales no pasaban de la edad de Andrei. La muerte no era indulgente con nadie.

A su lado, Viktor se mantenía de pie, firme, sujetando su espada con ambas manos. Yuri sabía que por dentro estaba temblando, porque no importaba cuan listo había estado hace unos días para ser rey, ahora se encontraba desorientado. De a ratos lo miraba de reojo, deseando con todas sus fuerzas que su madre no pudiese percibir la fragilidad interna de Viktor ante tal situación. Ahora más que nunca tenía que mostrarse fuerte, y Yuri no iba a aceptar que su hermano lo defraudara.

Después de un largo intervalo de intolerable silencio, sin que nadie se lo dijera, el príncipe heredero se apartó del grupo y se adelantó unos pasos, siguiendo un rito ancestral. Frente al altar de piedra, hincó una rodilla en el suelo polvoriento, apoyándose en su espada. El resto de los presentes guardó silencio, con la mirada fija en Viktor, que se mantuvo ahí por unos largos minutos. Se trataba de una costumbre, de esas tan antiguas que ya nadie cuestionaba, en la que el heredero juraba a su predecesor que gobernaría de forma justa y honrada. Desde luego, era una ceremonia que también completaban los malos Reyes, aquellos que gobernaban solo para sí mismos o se mostraban incapaces a la hora de tomar decisiones.

Viktor por fin se puso de pie y se volteó para enfrentar al pequeño grupo que lo acompañaba. Cuando pasó junto a su hermano, la seriedad de su rostro cedió un poco al esbozar una pequeña sonrisa. Llegó por fin hacia su esposa y le tendió el brazo para luego recibir un beso en su mejilla por parte de ella. El cariño que se tenían era algo de otro mundo, que a Yuri solo le daba cierta repulsión, y tal vez un poco de envidia.

La breve e íntima ceremonia por fin acabó y Viktor dejó atrás a Yuriko para acercarse a su hermano Yuri.

—Hablé con el jefe de los artesanos reales. Se ocupará de hacerle una fiel estatua.

Yuri solo asintió, desganado. No le importaba como luciría la fría y rígida estatua de mármol que de ahora en adelante evocaría la memoria de su abuelo. No podía abrazar, ni ser abrazado por una estatua.

—¿Has enviado los mensajes? —preguntó el chico, avanzando lentamente hacia la salida de la cripta, donde ya no habría oscuridad, ni olor a encierro o a muerte.

—Pasé gran parte de la noche escribiendo todas las cartas. Los mensajeros partirán en unas horas.

La coronación de Viktor se llevaría a cabo en unos pocos días, cuando los señores vasallos más cercanos recibieran la noticia y viajaran hasta la corte real para jurar lealtad a su nuevo rey. A esas alturas, los moscovitas ya se habían enterado de la situación; sirvientes y mercaderes que circulaban diariamente entre la ciudad y el castillo los habrían informado. Los habitantes de Moskva y las aldeas circundantes estarían devastados, tendrían miedo. Creían que la muerte de un rey próspero ponía fin a la paz, a la felicidad y a las buenas cosechas. Y no se equivocaban demasiado, considerando que los conflictos sucesorios más de una vez llevaban a una guerra, y las guerras asolaban los campos de cultivo y echaban a perder las cosechas.

—Los que vengan a hincar la rodilla frente a ti, serán quienes responderán a nuestro llamado en una guerra —observó Yuri, mirando a su hermano de reojo.

—Confío en que lo hagan todos.

Yuri no respondió, pero sintió que se le revolvía el estómago al oír la forma en que su hermano hablaba, confiado, convencido de que hasta el último de sus vasallos respondería a su llamado cuando estallara la guerra. Él sabía que no sería así, estaba al tanto de una conspiración sobre la que aún no había tenido oportunidad de advertirle a Viktor. Pero no era ese el momento de informarle.

Lo cierto era que se temía a sí mismo. En los últimos tres días, víctima de la paranoia, varias veces se había preguntado la razón por la cual no le había hablado a Viktor sobre eso. Temía la posibilidad de que en el fondo no quisiese decírselo, consciente de que el futuro del reino dependía de cuan bien guardado estuviese ese secreto. Y todo eso dependía de Yuri, por primera vez el destino del reino estaba en sus manos. Tenía un poder inmenso y él podía decidir qué hacer con eso. Sin embargo, se repetía hasta el cansancio que aún no era momento de rebelarlo, que era mejor que su madre creyera que lo estaba considerando. Recordaba la última conversación que había tenido con su abuelo y lo poco sensato que era hacer que todo estallara tan pronto.

El tiempo le mostraría a Viktor quiénes se mantendrían leales a él y quienes lo traicionarían.

Durante los siguientes diez días, empezaron a llegar los primeros señores. Nobles menores, vasallos directos del rey, aquellos que no tenían posibilidad alguna de rebelarse y cuya mejor opción siempre sería darle su lealtad a todo rey que controlara el territorio. Pero Viktor los recibía con la misma gratitud que a los señores importantes, con fastuosos banquetes y un absoluto respeto. Día por medio llegaba un nuevo noble a la corte, y con la misma frecuencia Viktor ofrecía fiestas en su honor, casi como si tuviera que rogarles que le prestaran las pocas tropas que cada uno de ellos tenía.

Uno de los señores que acudieron a presenciar la coronación fue Lord Radoslav Nikiforov, tío de Viktor y hermano gemelo de su madre, Lady Eirene. A pesar de que su hermana había muerto hace casi treinta años, el hombre siempre se había esforzado por mantener una buena relación con su sobrino y serle incondicionalmente leal a su abuelo como vasallo. Era un hombre muy serio, pero al contrario del tío de Yuri, era cordial y cálido con la gran mayoría de la gente. Desde muy pequeño Yuri se había preguntado por qué la familia materna de Viktor era tan agradable y la suya tan fría. Junto a Radoslav llegaron sus dos hijos, Dimitri y Lyudmila, ambos unos pocos años más jóvenes que Viktor. Dimitri tenía un hijo de cinco años que podría jugar con Andrei. Todos fueron muy amables con Yuri, pero este solo se limitaba a estrechar sus manos y recibir sus condolencias.

Lady Tanya, por su parte, no huyó de la corte luego de la negativa de Yuri a aceptar su propuesta. Alegaba que aquello había sido cuidadosamente planeado desde que su hijo era un niño y no podía echarlo a perder tan fácilmente. No había día en que no intentara convencer al muchacho, recibiendo negativas cada vez más tajantes. Lo único positivo que le veía Yuri a esa situación, era que su prima Olga se quedaría un tiempo más con él. No tardó en comprender que la niña no sabía nada de los planes de su padre, y aquello se veía con claridad cuando hablaba del desprecio con el que Vladimir Orlov trataba a sus tres hijas.

—Habla como si tuviera grandes planes para todas nosotras, pero nunca nos diría cuales, tal vez considera que no podremos comprenderlo jamás, que somos idiotas —le había dicho una vez, cuando conversaban sentados en el suelo del pequeño patio de armas.

Pudo percibir la tristeza en la voz de Olga al decir esas palabras, y Yuri comprendió en ese instante que su prima era tal vez la única persona que podía entender su frustración. Aquel día, por un momento pensó en contarle su secreto, hablarle de Otabek. Olga conocía la presión que sentía por parte de su madre, pero jamás lo entendería del todo si no sabía nada de su relación con Otabek, y, por supuesto, de los planes secretos de su madre y tío, de lo que no pensaba hablarle por el momento.

Una tarde, ambos jóvenes conversaban cotidianamente, reclinados contra la pared junto a la entrada de la sala del trono. Si bien a mediados de febrero hacía mucho frío, la temperatura lentamente comenzaba a subir, permitiéndoles estar al aire libre por más tiempo sin congelarse. Ninguno de los dos vio acercarse a Yuriko, que se movía lentamente, cubierta con una pesada capa de pieles. Su embarazo empezaba ya a notarse, y pronto no sería un secreto para nadie, a pesar de que Viktor había insistido en que solo unos pocos lo supieran por el momento.

—Yuri, con que aquí estabas —le dijo con una suave sonrisa.

— ¿Sucede algo? —preguntó el menor, incorporándose rápidamente.

—¿No lo has oído? Los guardias de las torres han visto acercarse un nuevo estandarte.

—¿Y qué? Todos los días llegan nuevos señores. —Yuri se encogió de hombros con desinterés, mientras que Olga solo miraba a Yuriko, expectante.

La reacción de la mujer fue reírse por lo bajo y sacudir la cabeza.

—No lo entiendes, Yuri. Se trata de un sol y un águila dorados sobre azul. El estandarte de los Altin.

Aquellas palabras, tan simples, bastaron para hacer que su cuerpo entero temblara. ¿Podía ser posible, tan rápido? No sabía cómo sentirse al respecto. Había tenido muchísimo tiempo para pensar en Otabek, y a esas alturas no podría negar que anhelaba su abrazo, pero no se había puesto a pensar, seriamente, en qué le diría cuando lo tuviera en frente. Sus deseos estaban claros, pero su orgullo y su dignidad tal vez eran más fuertes.

—¿Yuri? —Yuriko parecía confundida al ver la pequeña mueca que se le había formado en los labios a Yuri, pero no dejaba de sonreír— ¿No quieres venir a verlo? Viktor le dará la bienvenida, como ha hecho con todos. Tal vez tú puedas acompañarlo...

—No —murmuró Yuri.

—¿Por qué no? ¡Yo si quiero conocer a Otabek! —exclamó Olga, tomando del brazo a Yuri y tirando de él para que se pusiera en marcha—. No has dejado de hablarme de él, no me quitarás la posibilidad de verlo con mis propios ojos, ¿o sí? De seguro es también muy apuesto...

Sintió que la rabia se apoderaba de él al escuchar a Olga decir eso último, lo que provocó que soltara su brazo de un tirón. Por supuesto había omitido, deliberadamente, hablarle de lo atractivo que era su "amigo".

Yuriko solo sonrió y los miró a ambos, especialmente a Yuri. Este pudo ver la emoción en los ojos almendrados de la mujer, que parecía tan empecinada en darle algo de felicidad a la vida de Yuri que no podía ver que, por dentro, este estaba aterrado.

—No tardarán en venir... —insistió Yuriko.

—Pues vamos entonces —apremio Olga.

Sin esperar una respuesta de Yuri, Yuriko echó a andar con Olga siguiéndola de cerca. El muchacho, aún un tanto apesadumbrado, se apresuró a seguirlas a paso más lento. El pulso se le había acelerado hasta el punto de sentirse enfermo y lo único que quería era salir corriendo. Lo hubiese hecho, si una parte de él no lo estuviese obligando a caminar detrás de ambas mujeres.

Viktor los esperaba ya en el patio junto a Radoslav y Dimitri, luciendo tan magnífico como siempre con su capa color carmesí con ribete de piel de lobo. Todavía llevaba la corona de príncipe heredero, tenía muy presente el hecho de que aún no era Rey y era especialmente cuidadoso en ello. Los familiares de Viktor se dieron prisa en inclinar la cabeza al ver llegar a su futura reina, junto con el joven príncipe.

—No he visto a la princesa Mila en años —comentó Dimitri, intentando aguzar la vista para reconocer a alguno de los miembros del séquito que se acercaba a lo lejos—. De seguro es ya toda una mujer, como el pequeño Yuri que ya es un hombre. —Le sonrió a Yuri, que ni siquiera se molestó por devolverle la mirada, ya que estaba demasiado ocupado escudriñando el horizonte.

— ¿Ha llegado Mila ya?

Nadie reparó en Tanya hasta que escucharon su voz, fría como ella misma. Se había acercado, sigilosa como una sombra, para mantenerse detrás de todos los demás, observando.

—No aún —respondió Viktor, sin voltear a mirarla—, pero se acercan y estarán aquí en cualquier momento.

El gran grupo de jinetes se aproximaba, galopando en el barro y la nieve pisoteada que habían dejado en el camino los centenares de caballos y carruajes que habían pasado por allí en los últimos días. Cuando pudo reconocer el majestuoso estandarte de los Altin desde su posición, a Yuri se le heló la sangre y cambió el peso de su cuerpo de un pie al otro, barajando la posibilidad de salir corriendo de allí.

Pronto pudo verlos con más claridad. Otabek iba a la cabeza del grupo, aminorando el trote al acercarse a la entrada principal, en la cual habían elevado el rastrillo cuando el grupo estuvo a una distancia considerable. A pocos metros detrás del príncipe iba su esposa, intentando no quedarse atrás. Los seguía un enorme séquito, del que Yuri calculó más de cincuenta personas, pero menos de cien. Otabek no había traído al ejército de su padre con él.

En el mismo momento en que los caballos entraron por la puerta principal, Yuri se percató de que no había huido y que ya no podría hacerlo.

—Bienvenidos de nuevo, príncipe Otabek, princesa Mila —dijo Viktor, con voz cordial y una cálida sonrisa de bienvenida, de aquellas que a él siempre le salían naturales, incluso en tiempos difíciles.

—Su Alteza. —Otabek saludó a su anfitrión con una sutil inclinación de cabeza.

Escuchar aquella voz grave, tan familiar, por primera vez en meses, sacó a Yuri de su pequeño trance. Fue entonces cuando juntó todo su coraje para posar sus ojos en Otabek, y bastó una sola mirada para que el corazón le diera un vuelco. Aun aferrando con fuerza las riendas de su caballo, Otabek escudriñaba al pequeño grupo que tenía en frente con aquella expresión adusta e impenetrable que tanto lo caracterizaba, y que probablemente se veía acentuada debido al cansancio por el largo viaje que acababa de afrontar. El rubio no se animó a mirarlo directamente a los ojos, porque era consciente de que en ese momento, aquellos ojos tan bonitos se mostraban duros y fríos, justo por debajo del pesado gorro de piel de zorro que protegía su cabeza del viento helado.

La mente de Yuri rápidamente lo trasladó a aquel día de noviembre, cuando sus caminos se bifurcaron en una despedida fría como el mismísimo invierno. El reencuentro era parecido, con la sola diferencia de que esa vez no había habido ninguna mirada, ni siquiera una chispa de fuego en medio de todo ese frío.

¿Dónde había quedado el fuego de noviembre? ¿Se habría apagado?

Sin decir una palabras más, ni dedicarle una sola mirada, Otabek desmontó, tocando el suelo con una elegancia casi sobrenatural para alguien que ha pasado un mes viajando a caballo. Estaba en la naturaleza de su pueblo. Ayudó a su esposa a bajarse del suyo, dejando que esta se inclinara en su hombro hasta tocar el suelo con sus botas. Parecía incluso más cansada que Otabek, por lo que su hermano mayor se apresuró a llegar a su lado y tomarla del brazo.

—Mila, ¿estás bien? —preguntó Viktor en voz baja, notablemente alarmado ante la palidez de la joven. Siempre fue una muchacha fuerte, pero por supuesto no estaba tan preparada para los viajes largos a caballo como su esposo.

—Estoy bien... —respondió Mila, recargándose suavemente en el hombro de Viktor.

—Los últimos días ha estado un tanto cansada —le informó Otabek, aun luciendo desinteresado pero cordial, tratándose del hermano de su esposa. Acomodó las riendas de su caballo para llevarlo así a los establos—. Y no ha querido viajar en carromato a pesar de mis insistencias.

—¿Podrá... podrá ser que esté embarazada? —intervino Yuriko, acercándose a Mila, que le devolvió una mirada cargada de terror. Debajo de las tres capas de abrigo que llevaba la mujer de cabellos oscuros, era imposible notar su embarazo.

—No lo sé —respondió Otabek con evidente desinterés, tirando de la rienda de su caballo y adelantándose un poco al resto del grupo, seguido de su séquito que también empezaba a desmontar para caminar detrás de él.

El príncipe kazajo pasó frente a Yuri y le dedicó una fugaz mirada capaz de paralizar a cualquiera. Le hizo un gesto con la cabeza, imperceptible; pero fácilmente reconocible como una indicación para que lo siguiera hacia las caballerizas, a donde probablemente iría con su caballo. Nadie pareció notar aquello excepto Yuri, que se mantuvo inmóvil allí de pie, ardiendo por dentro por la rabia que sentía. Otabek había pasado junto a él, y no le había dedicado una sola palabra, ni siquiera una mirada significativa. No comprendía como, después de todas las cosas que se habían dicho, su mirada pudiese sentirse tan fría.

No lo sé. Esa declaración, formulada por Otabek, quedó grabada con fuego en la mente de Yuri, quien no era tan ingenuo ya, como para no comprender las implicancias de esa respuesta.

Petrificado en su lugar, como estaba, no reparó en la presencia de Olga a su lado hasta que los rizos cobrizos de la niña rozaron su hombro suavemente. Su prima buscó deliberadamente la mirada de Yuri, notablemente sorprendida y llena de interrogantes en sus ojos verdes. Cuando se encontraron con los de Yuri, el chico apartó la mirada con brusquedad.

—¿Qué? —escupió, con la cabeza gacha y los ojos fijos en la nieve, intentando ocultar su humillación bajo un manto de ira.

—¿Es ese tu Otabek, del que tanto me has hablado? —preguntó Olga. Por su voz, parecía evidentemente desencantada luego de haber visto al príncipe.

"No, ese no es mi Otabek" quiso responderle Yuri. Su Otabek era apasionado, y tenía la sonrisa más bonita del mundo; aunque este dijera que no era así, que ese, en realidad, era Yuri.

—No sé qué mierda le pasa —respondió en su lugar, furioso, con los puños apretados.

—Tal vez esté cansado —aventuró Olga. Podía sentir su enojo capaz de derribar murallas, pero no comprendía los motivos concretos de aquel.

"O tal vez no quiera mirarme a la cara porque se ha enamorado de mi hermana, y solo quiere verme para decirme eso". Una parte de él le decía que aquello era imposible, que alguien como Otabek jamás podría desechar sus sentimientos para reemplazarlos tan rápidamente por otros.

Echó un vistazo a Otabek, que decididamente se había apartado del grupo como si nada le importara más en el mundo que atender a su caballo. Pero en ese momento Viktor lo seguía de cerca, casi corriendo para intentar alcanzarlo, y detrás iba Yuriko, caminando lo más rápido que podía y recogiendo sus faldas con cuidado para evitar tropezarse.

Yuri los observó partir a los tres, sin moverse de su lugar, con Olga a su lado. Su oportunidad para ir detrás de Otabek había quedado en el olvido, tendría ahora que esperar a que Viktor terminara con él si no quería levantar sospechas de nada.

—¡Olga, Yuri! —exclamó Mila, acercándose a ambos con una sonrisa.

La niña le devolvió una dulce sonrisa a su prima, a la que de seguro a duras penas recordaba. Yuri sabía, por ella, que Vladimir Orlov no permitía a sus hijas viajar con él en sus visitas a Tanya y sus hijos en la corte real, para que no estorbasen haciendo más lento el viaje.

—Creo que casi ni debes de recordarme —empezó su hermana, emocionada con ver a la pequeña Olga después de tantos años—, pero has crecido mucho, y estás muy hermosa.

Olga giró la cabeza para mirar fugazmente a Yuri, una mirada cómplice. Mila no sabía nada, nada de nada. Su nuevo hogar quedaba lejos y las cartas jamás habrían llegado a tiempo. No sabía el compromiso de Yuri, ni de la muerte de su abuelo. Solo estaría al tanto de la amenaza de guerra, ya que por alguna razón estarían allí.

—Lo mismo puedo decir de ti —respondió Olga, haciendo gala de la estricta educación que recibía en la corte de su padre.

En esos momentos, ambas chicas eran puras sonrisas, elogiándose mutuamente como hacían las mujeres de cuna noble, criadas para agradar. Ninguna de las dos tenía esa actitud en el fondo, pero años y años de vivir junto a sus respectivos padres habían hecho que modificaran ciertas conductas, o al menos aparentaran hacerlo. Yuri siempre había estado muy agradecido por ser hombre y no tener que conformar con ese tipo de expectativas, pero su madre y unos cuantos de los nobles cortesanos no habían tardado en dejarle en claro una y otra vez todas aquellas cosas que tenía prohibido. Como buen chico que debía ser, Yuri no debía llorar jamás, no debía sentir miedo, y mucho menos podría amar a otro hombre. Él mismo había creído en todo eso durante la mayor parte de su vida, buscando endurecer su espíritu a través de la espada y los estrictos entrenamientos. Pero sin dejar aquello de lado, de alguna forma el destino había conseguido destruir todas sus convicciones en muy poco tiempo. En los últimos meses, Yuri había llorado hasta quedarse seco, había tenido miedo, y se había enamorado de un hombre.

De todo eso, lo único que lo avergonzaba enormemente era el haber tenido miedo, a pesar de tener razones para hacerlo. No quería tener miedo de enfrentarse a Otabek en ese momento.

Sintiéndose incapaz de ser él quien le comunicara a su hermana las malas noticias y arruinar así su reencuentro con Olga, se alejó de las chicas sin siquiera despedirse. Sus pasos, decididos, lo llevaron a las caballerizas.

Como era de esperarse, solo Otabek quedaba allí, parecía haberse despedido ya de Viktor y Yuriko. Atendía a su caballo con dedicación, asegurándose de que bebiera una buena cantidad de agua mientras él reposaba contra la pared del establo. Al escuchar las pisadas de las botas sobre la paja seca del suelo, alzó la vista.

Sus miradas se encontraron, negro profundo contra verde, y Yuri sintió como el miedo le volvía al alma. Era el miedo al rechazo.

—Yuri.

Otabek pronunció su nombre en voz baja, suave, pero de todas formas hizo que se estremeciera. El Otabek de sus sueños, su Otabek, lo llamaba por otro nombre. Yura. Y lo repetía una y otra vez mientras le besaba los labios, las mejillas y la nariz. Yura, Yura, Yura.

— ¿Querías hablar conmigo? —preguntó con algo de brusquedad, el escudo que lo ayudaba a vencer el miedo.

—Sí, me alegra que hayas entendido eso. —Otabek se incorporó y se acercó un poco a donde Yuri estaba de pie, para poder facilitar la conversación. Su rostro cansado y serio lo hacían ver unos años mayor, pero para desgracia de Yuri seguía viéndose atractivo.

—Sí, has sido muy claro —respondió Yuri con sarcasmo, cruzándose de brazos y frunciendo el ceño—. ¡Me trataste como si no me conocieras, como si fuera tu criado! —estalló, alzando considerablemente el tono de voz.

— ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Qué te besara en frente de todos? —Ahora era Otabek quién usaba sarcasmo para contraatacar ante aquellas acusaciones.

Yuri chasqueó la lengua y desvió la mirada, disgustado.

—Por supuesto que no, idiota —dijo. Se sentía humillado. Otabek parecía estar insinuando que Yuri era como una doncella que solo estaba allí esperando su beso más que un trato civilizado y cordial, usual entre amigos—. De todas formas, no hubiese permitido que hicieras eso. No soy tan idiota como crees, Altin.

—Entonces, ¿cuál es el problema? —Otabek ahora también fruncía el ceño, pero más que nada debido a la confusión que le provocaba el no saber a qué se refería el otro chico.

Esa pregunta, y la forma tan relajada de hacerla, hicieron a Yuri temblar de rabia. Apretó los puños e instintivamente dio un paso hacia delante, olvidándose por completo de todo aquello que había meditado en los últimos meses, incluso tal vez de lo mucho que deseaba verlo y abrazarlo.

—¡Que me sorprende lo rápido que mi hermana te ha hecho olvidarme! ¡Eso es todo!

Supo en ese instante que ya no había vuelta atrás. Su mirada se encontró el rostro incrédulo de Otabek, que gesticulaba intentando formular una respuesta mientras terminaba de procesar lo que acababa de escuchar. Yuri, hecho una furia, solo lo miraba con los labios apretados, juntando todas sus fuerzas para contenerse y no salir corriendo. Quería oír su respuesta.

—¿Quién te ha dicho eso? —preguntó Otabek, visiblemente ofendido.

—Nadie, pero tu amabilidad hacia ella y la forma en que pasaste a mi lado sin siquiera una palabra, dicen mucho.

Se hizo el silencio entre ambos, y duró unos largos segundos en los que tanto Otabek como Yuri se esforzaron por evitar el contacto visual. Los dos estaban notablemente turbados y nerviosos.

—Quería hablar contigo aquí —dijo finalmente Otabek, enfatizando la última palabra—. Tu hermano Viktor ha venido a hablar conmigo...y me ha puesto al tanto de todo.

Yuri dio un paso atrás, de repente sintiéndose expuesto. Viktor le habría contado a Otabek sobre la muerte de su abuelo, de sus planes de boda con Olga, aquellas cosas que Yuri había tenido que afrontar en su ausencia.

—Lo siento mucho, Yuri —continuó.

Al escuchar eso, solo bajó la cabeza, posando su mirada en el suelo cubierto de paja y estiércol. Las lágrimas que se habían acumulado en sus ojos al pensar en su abuelo, cedieron entonces y se deslizaron por sus mejillas. El recuerdo aún fresco en su memoria lo hacía susceptible a llorar con la sola mención de lo sucedido, y Otabek era alguien en quién podía confiar, a pesar de que no lo sintiera así en ese preciso momento.

Otabek no insistió en continuar hablando. Se mantuvo en silencio unos cuantos segundos mientras Yuri hacía su mejor esfuerzo por limpiarse las lágrimas saladas de las mejillas. Cuando se creyó listo para levantar la vista y mirarlo, sintió que el otro lo rodeaba con sus brazos fuertes y lo estrechaba contra su cuerpo. A pesar de haber sido tomado por sorpresa, dejó caer su cabeza en el hombro de Otabek, hundiendo su nariz en la manga del grueso jubón de lana. Olía a oveja, y a caballo, pero Yuri no pudo más que regocijarse con aquel aroma tan característico de su amigo. Instintivamente, pasó sus brazos por debajo de los de Otabek y los llevó a su espalda para corresponder por fin a ese abrazo que tanto anhelaba su corazón.

Cuando abrió la boca para decir algo, se le escapó un pequeño suspiro, que Otabek interpretó como un sollozo y lo abrazó con más fuerza. Él también había inclinado su cabeza sobre el hombro de Yuri, enterrándolo en sus rubios cabellos. Este último, por su parte, sentía que aquel abrazo estrujaba los pedazos de su corazón roto para intentar ponerlos juntos de nuevo. Apreciaba mucho que al menos lo intentara.

—Extrañé... esto —confesó Yuri con un hilo de voz. Fue un rapto de brutal honestidad que lo hizo dejar de lado el orgullo que tanto daño terminaría por hacerle a los dos.

Sintió que el otro dejaba caer su cabeza sobre su hombro, rozándolo suavemente con sus labios, pero sin besarlo.

—También yo, Yuri... —Se aferraba al pequeño rubio con una fuerza atroz, como si no quisiera soltarlo—. Te hice daño. Lo siento mucho, de verdad.

Su voz sonaba como la de alguien genuinamente arrepentido, y soltaba las palabras apresuradamente, como si estas hubiesen estado mucho tiempo esperando a ser pronunciadas. A Yuri aquella disculpa le pareció tan real, que lo armó de valor para responder con aquello que su enojo no le había permitido decir antes.

—No fue tu culpa. —Habló lento, deteniéndose en cada palabra como si estuviese luchando contra el arrepentimiento.

Otabek lo apartó con cuidado, manteniéndolo sujeto de ambos hombros, con sus ojos fijos en los de Yuri.

—Nunca me perdonaré a mí mismo por haber roto tu corazón. No debí... haberme acercado a ti, aunque mucho me temo que ya es demasiado tarde para arrepentirse de eso.

Yuri lo miraba perplejo, sin poder despegar sus ojos de su rostro. Jamás lo había visto así, tan arrepentido, tan molesto consigo mismo. Al contrario del Otabek poco expresivo y estoico que conocía, este parecía querer abrirle su corazón y mostrarle sus sentimientos, sin miedo a quedar expuesto.

—Otabek...—le dijo con un suave susurro—. Recuerda que... yo fui el que te besó en primer lugar.

—Como si pudiera olvidarlo —se apresuró a decir el otro con una pequeña sonrisa formándose en sus labios. La primera que Yuri le había visto aquel día.

—No debí haberlo hecho, pero... estuvo bien —continuó el rubio, desviando la mirada involuntariamente—. Estuvo bien aunque ya no pueda ser.

—No, espera. —La sonrisa de Otabek desapareció y su rostro se transformó por completo con la desesperación y el miedo que reflejaban sus ojos—. No quiero que esto termine, Yuri.

—Pero Mila...—Su hermana era el mayor obstáculo.

—No me importa, yo no la amo y nunca lo haré —respondió, de forma tan descarada que a Yuri le robó el aliento.

Era ese el Otabek que le gustaba, pero que debía rechazar por el bien de ellos mismos y de todos los demás. Si seguían con eso, quién sabe a cuantos podrían herir y a cuántos más terminarían por decepcionar. Empezando por ellos mismos, que solo conseguirían hacerse más daño si aquella chispa que los unía se convertía en un incendio imposible de extinguir.

—¿No tienes miedo... de decepcionar a tu padre? —preguntó sorprendido. Tiempo atrás, su mayor temor había sido decepcionar a su abuelo, pero este lo había aceptado en su lecho de muerte, y Yuri ya no tenía nadie más a quién temiera decepcionar.

—Prefiero serme fiel a mí mismo... y a ti —respondió Otabek en voz baja—. Además, mi padre no tiene por qué enterarse.

Al decir aquello parecía un tanto avergonzado, pero seguro de lo que decía. Sin duda, esa era una de las cosas que a Yuri más le encantaban de él. Otabek siempre se mostraba seguro de sí mismo, dispuesto a tomar la responsabilidad ante cualquiera de sus decisiones. Su forma de expresarse dejaba en claro que lo había meditado y que le había costado resolver aquel dilema, pero que había tomado una decisión. Yuri se mordió el labio, luchando contra el poderoso impulso de lanzarse a sus brazos y permitirse a sí mismo olvidarse de su hermana, de su madre, de cómo aquello que tenían era considerado un acto inmoral a ojos de todos los demás.

—Puedo dudar de muchas cosas, Yuri —continuó Otabek al ver que no respondía, que solo se dedicaba a mirarlo—. Pero si de algo estoy seguro, es que estoy perdidamente enamorado de ti.

A Yuri nunca dejaría de sorprenderle la facilidad que tenía Otabek de decir esas cosas manteniendo un semblante serio e impenetrable, sin siquiera sonreír ni turbarse un poco. Mientras el mayor estaba allí de pie, observándolo expectante, Yuri se sentía que no podía responderle de otra forma que no fuera besándolo o echando a correr. Hiciera lo que hiciera, no habría forma de volver atrás. Otabek era fuego puro y sus palabras le quemaban, haciendo que su cuerpo entero temblara y su marchitado corazón latiera con fuerza e intensidad, como si volviera a la vida.

Como si volviera a la vida.

Otabek soltó un pesado suspiro y se acercó un poco más a Yuri para recoger sus finos cabellos con sus dedos. Sin dejar de buscar sus hermosos ojos verdes con los suyos, llevó aquellas hebras rebeldes detrás de su oreja, revelando el rostro de Yuri, su pálido rostro que ahora estaba rosado y caliente. Al hacerlo se tomó la libertad de acariciar la mejilla de Yuri con sus largos dedos, siguiendo la curva de su mentón y pasando el pulgar por sus labios.

Fue ese momento en el que Yuri se percató de lo cerca que estaban, de cómo sus miradas ansiosas se buscaban y sus respiraciones se mezclaban en el poco espacio que los separaba. Otabek no le daba descanso. Ahora sus dedos acariciaban la piel expuesta de su cuello, haciendo que Yuri se estremeciera en cuerpo y alma.

—¿Qué esperas? —preguntó, ligeramente irritado.

—Podría preguntarte lo mismo —susurró el otro, muy cerca de sus labios.

Yuri soltó una maldición y cogió con fuerza los pliegues de su capa, dispuesto a atraerlo hacia él y tomar la iniciativa en aquello que ambos deseaban.

—No, espera. —Otabek de repente parecía alarmado, y con razón, porque estaban en el medio de las caballerizas, donde podía entrar algún mozo de cuadra en cualquier momento.

Se separó de él y lo cogió del brazo con la rudeza que tanto lo caracterizaba. Yuri no puso objeción y se dejó arrastrar hacia el oscuro y oloroso recinto donde descansaba Aiman, el caballo de Otabek. Era asqueroso, pero ahí tendrían por lo menos un poco de privacidad.

En el tiempo que dura un latido, Otabek presionó su cuerpo contra el de Yuri, empujándolo lentamente contra la pared de piedra. Yuri soltó un suave quejido pero le sonrió, una sonrisa pícara que hizo brillar los ojos oscuros de Otabek, despertando su deseo.

—No hagas ruido... —le advirtió el mayor, cogiendo su delicado rostro con ambas manos.

—Cállate.

Antes de recibir alguna respuesta estúpida por parte de Otabek, Yuri volvió a cogerlo de la capa y juntó por fin sus labios en un beso desesperado. Fue correspondido al instante por el otro, que se acercó aún más hasta que sus cuerpos quedaron muy juntos. Se sentía de maravilla.

De forma lenta y discreta, Otabek batallaba contra Yuri para arrebatarle el control del beso. El muchachito respondía a aquello con agrado, soltando una de las manos que aferraba con fuerza a su capa para llevarla a su nuca.

Se separaron al cabo de unos cuantos segundos, cuando ya a ambos les era imposible seguir sin recuperar el aliento. Yuri le sonrió entre jadeos y suspiros, y Otabek hizo lo mismo, rozando la nariz del chico con la suya.

—Deberías callarme más seguido —murmuró Otabek mientras Yuri recorría su mejilla con sus blancos y delgados dedos.

—También tú.

Esas palabras fueron para Otabek como una nueva invitación a besarlo. Sin pensárselo dos veces, se inclinó sobre Yuri y pasó un brazo por detrás de su nuca para poder volver a probar sus labios. El menor reaccionó rápido, complacido, y le correspondió. Sus manos, inquietas, se colaron por debajo de la capa de Otabek y se movieron frenéticamente sobre su cuerpo, acariciándolo por encima de las ropas de manera un tanto descarada. El calor de las prendas de lana era insignificante para él comparado con el calor de su cuerpo.

—Yura... —soltó Otabek contra sus labios—. Yuri, espera, detente.

— ¿Por qué? —se quejó este, buscando capturar los labios de Otabek nuevamente.

—Porque yo... no puedo soportarlo... —dijo Otabek riendo por lo bajo.

Otabek consiguió esquivar los labios de Yuri y bajó la cabeza para besar su mentón. Siguió bajando hasta su cuello, donde dejó un sensual pero único beso que a Yuri le arrancó un suave gemido. Luego de eso, el moreno se detuvo, enterrando su rostro en el cuello de Yuri y permitiéndose disfrutar de su calidez.

Yuri no insistió más. Estiró un poco su cuello y plantó un beso en los cabellos oscuros de su amigo, para luego sonreír ampliamente contra estos. Era consciente de que era la primera vez en meses que se sentía tan feliz.


Tres días más tarde, la ciudad de Moskva y buena parte de los señores de todo el reino asistieron a la celebración más importante que había presenciado Rusia en al menos cuarenta años. La coronación de un nuevo Rey implicaba un largo ciclo de festejos, dentro del cual se incluían banquetes y procesiones públicas del Rey y su círculo cercano.

Aquella mañana, el hermano menor del futuro Rey estaba de pie en su habitación, preparándose para la ocasión. Vestía una camisa, unos pantalones finos y unas botas de cuero, sobre los que luego llevaría la túnica y el resto del atuendo. Ya se había ocupado él mismo de peinar sus cabellos, sujetándolos con dos finas trenzas a cada lado de su cabeza.

—Date prisa, abajo deben ya estar esperando por mí —dijo a su criado en cuanto lo oyó entrar, cargando la pesada túnica y capa.

Feliks dejó las prendas a un lado y murmuró una disculpa. Lo primero que cogió fue la túnica, que se apresuró a pasar por la cabeza del príncipe de forma ágil, dejando que cayera pesadamente hasta sus pantorrillas. Era una prenda lujosa, de brocado color escarlata con hilo de oro y mangas anchas que dejaban los puños de su camisa a la vista.

Yuri no pronunció palabra mientras el chico se ocupaba de acomodar todos los pliegues, asegurándose que todo quedara a la perfección. Pasó luego el cinturón por su pequeña cintura, ciñendo la túnica a su cuerpo. La pesada capa de lana con ribete de piel de zorro cubría sus delgados hombros, dándole un aspecto más corpulento del que en verdad tenía, lo que lo hacía sentir un poco mayor. Sobre su cabeza, Feliks colocó un bello gorro de piel que por poco le llegaba a los ojos.

—¿Falta algo? —se animó a preguntar el muchacho, dando un paso atrás para admirar el espléndido porte del príncipe.

Por primera vez, Yuri se volteó a mirarlo, con el ceño fruncido. A pesar de que Feliks era un poco mayor y más alto, para Yuri era fácil darle órdenes, dado su carácter retraído y servicial.

—Por supuesto que sí, ¡mi espada! —espetó con desagrado. La espada era el elemento esencial.

—Oh, sí, cierto, ¡lo siento, Alteza!

El criado recogió la espada con cuidado y se la entregó a Yuri. Este último la cogió con brusquedad y la colgó en el pesado cinturón, lo que hizo que este le pesara aún más. Le costaría caminar, pero era consciente de que se ganaría más reverencias de las habituales con aquel aspecto tan regio, digno del hermano del rey.

Bajó las escaleras de caracol con algo de torpeza, siendo especialmente cuidadoso en no tropezarse con la túnica y preguntándose una y otra vez como es que hacían las mujeres para moverse por esas estrechas escalerillas vistiendo faldas tan largas. Cuando por fin estuvo abajo, cruzó el patio con la mayor elegancia de la que fue capaz, dando pasos largos y asegurándose de que su espada no se moviera de lugar. Toda su ropa era increíblemente pesada y se le hacía difícil moverse con naturalidad.

—¡Oh, Yuri!

Oyó que Mila lo llamaba apenas hizo acto de presencia en la sala del trono. Como era de esperarse, estaba junto a los peldaños con su marido. Este último la había puesto al tanto de la muerte de su abuelo la misma noche de su llegada a Rusia, y tres días después ella seguía en su duelo, pero al igual que Viktor, siempre sabía poner buena cara a pesar de no estar en su mejor momento.

— ¡Te ves muy bien! —exclamó la chica emocionada cuando Yuri estuvo cerca de ellos.

Su hermana sujetaba a Otabek del brazo, aferrándose de forma un tanto insistente a él. El chico solo miraba a su alrededor, un tanto aburrido. Cuando vio acercarse a Yuri, sus ojos se posaron en él y le dedicó tan solo un leve gesto con la cabeza.

—Le daré la razón a Mila —dijo simplemente.

Yuri solo le devolvió el gesto con una sonrisa un tanto pícara y altanera a la vez. Ya no fruncía el ceño al verlos juntos, porque solo podía sonreír al pensar en cómo Otabek lo besaba cuando estaban a solas, lejos de Mila y de todo lo demás. Recordaba como aquel mismo hombre al que su hermana se aferraba, le había dicho hace tres días que estaba enamorado de él y solo de él. Yuri no habría podido sacar aquellas palabras de su cabeza ni aunque lo intentase. Era una situación interesante.

Al igual que Yuri, tanto Otabek como Mila llevaban sus mejores ropas para el gran acontecimiento. Esta última estaba muy hermosa con su largo vestido de seda color marfil con detalles dorados, bordados con hilo de oro. Llevaba una diadema de oro y perlas entre los rizos rojos, que indicaba su elevada posición. Su esposo no se quedaba atrás, vistiendo una túnica de brocado color azul con hilo de plata, larga hasta las rodillas. Una capa negra y sencilla, también bordada con hilo de plata, cubría sus hombros y llegaba a tocar el suelo. La elegancia de Otabek era el componente adicional que lo hacía capaz de robarle el aliento a cualquiera, especialmente Yuri, que lo miraba embobado sin siquiera ser consciente de ello.

Sintió unos suaves tirones en su manga y se volteó un tanto alarmado para ver a Olga, que se rió estrepitosamente al verle la mueca de la cara.

—¿Te asusté? —preguntó la muchacha con una enorme sonrisa.

—No, claro que no. —Yuri chasqueó la lengua y miró a su alrededor, solo para comprobar que nadie lo había visto pegar un pequeño saltito.

Olga llevaba sus cabellos rebeldes completamente sujetos en unas cuantas trenzas que se entrelazaban detrás de su nuca. La falda de su vestido púrpura caía hasta desplegarse un poco por el suelo y la niña a duras penas podía mover sus manos con aquellas incómodas mangas que le llegaban casi hasta los pies. En el cuello llevaba un pendiente de plata con un zorro, símbolo de la familia Orlov, un detalle que Yuri jamás le había visto antes, ¿podría ser acaso un regalo de su madre?

—Ah, Otabek. No te he presentado formalmente a mi prima, Lady Olga Orlova de Perm. —Yuri hizo un ademán hacia la niña, que hizo la debida reverencia frente al príncipe extranjero—. Olga, este es mi amigo, el príncipe Otabek Altin de Kazajistán.

—Un placer. —Otabek cogió la mano de Olga y depositó un beso en esta, ignorando la risita y el sonrojo de la chica.

Mila miraba a Olga enternecida, y Yuri miraba a Mila casi con compasión. La confesión de Otabek le había elevado el ego formidablemente.

Cuando Mila extendió el brazo hacia Olga para tocarle las trenzas y elogiar su vestido, Otabek aprovechó para zafarse del brazo de su esposa discretamente, sin que esta lo notara. Le dirigió a Yuri una mirada intensa, capaz de quemarlo con todo el fuego de sus ojos oscuros.

—Te ves como un verdadero caballero —le dijo Otabek en voz baja pero llena de admiración.

Yuri le sonrió ampliamente, ganándose una pequeña sonrisa por parte de Otabek. Ni él supo cómo en ese momento logró contenerse para no besar aquellos perfectos labios levemente curvados.

—Pero no lo soy.

Mila no tardó en percatarse de que Otabek le había soltado el brazo y le dirigió una mirada. Este pareció sobresaltarse un poco pero rápidamente logró componer de nuevo aquel rostro inexpresivo que tanto lo caracterizaba.

—¿Dónde están Viktor y su esposa? —le preguntó a Yuri, para simular que llevaban una conversación normal.

Gran pregunta.

—Deben de estar ambos junto al Rey de Armas, él se ocupa de la coronación.

Yuri no parecía muy seguro al hablar. Su abuelo había sido coronado al menos veinticinco años antes de que naciera Yuri, y el chico jamás había presenciado una coronación. Ni él, ni sus hermanos, incluso también era el caso de muchos señores del reino, que habían acudido expectantes.

—¿Estás tú en representación de tu padre, Olga? —preguntó Mila inocentemente.

"No" pensó Yuri.

Olga se mostró un poco turbada por aquella pregunta pero terminó por negar con la cabeza.

—No exactamente...

No, Lord Vladimir Orlov jamás enviaría a una hija suya en su lugar, aunque se tratara tan solo de hacer acto de presencia frente a su rey.

Yuri miró a su alrededor y se detuvo en seco cuando su mirada se encontró con la de su madre, de pie junto al ventanal del lado derecho del enorme salón. Estaba allí la representante de lord Orlov en la ceremonia de coronación. No habían vuelto a hablar en los últimos tres días, pero el día anterior lady Tanya le había hecho llegar a Yuri una carta de su puño y letra, exigiéndole aceptar su "propuesta". Yuri la había arrojado al fuego de la chimenea de su habitación.

Los invitados y familiares del nuevo rey no tuvieron que esperar demasiado para que se diera inicio a la ceremonia. El Rey de Armas fue el primero en entrar, portando la corona del rey y de la reina. Como responsable del cumplimiento de las normas consuetudinarias y guardián del conocimiento sobre la genealogía real, el Rey de Armas cumplía gran variedad de tareas importantes dentro de la corte. La más crucial, y también la más excepcional, era la coronación del nuevo rey a la muerte del anterior. Durante los breves períodos de interregno, el Rey de Armas veía incrementado su poder, y se convertía en el guardián de la corona real. Cualquier intento de portar por sí mismo esa corona le daría al heredero dinástico pleno derecho de darle muerte en una ejecución pública. Allí terminaban sus poderes. Una vez coronado, el rey era el responsable de coronar a su consorte y a su heredero cuando este alcanzaba la edad suficiente.

Detrás del Rey de Armas, por fin salieron Viktor y Yuriko, seguidos por el pequeño Andrei que se aferraba a la falda de su madre. Ambos se veían aún más hermosos que de costumbre. Viktor vestía una larga túnica de brocado color marfil, su capa escarlata, y la corona de príncipe heredero sobre su cabeza, para que el Rey de Armas pudiese reemplazarla. Su esposa, a pesar de ser originaria del extremo oriente y conservar aún muchas tradiciones de sus tierras, aquel día vestía enteramente como debía de hacerlo una reina rusa. Su túnica era similar a la de Viktor, larga hasta el suelo y muy amplia, escondiendo su embarazo —que aún era desconocido por todos—. Era de brocado de un suave color salmón y diseños en azul pálido, con una ancha tira de seda azul que recorría la prenda desde cuello hasta los pies. Por encima del vestido, cubriéndole la parte superior del pecho y los hombros, llevaba un cuello de oro fino incrustado con zafiros, esmeraldas y rubíes. En la cabeza, donde iría su corona, llevaba un manto blanco decorado con perlas que le cubría por completo su cabello negro.

Comenzando formalmente la ceremonia, el Rey de Armas alzó la corona real por encima de su cabeza y todos en el salón contuvieron el aliento, haciéndose un silencio casi pleno. Viktor se apartó de su esposa y se adelantó unos pasos para arrodillarse ante el magistrado, justo debajo de la corona.

—Su Alteza real, Viktor Plisetsky —pronunció el hombre, repitiendo un discurso que tal vez él en sí mismo nunca había recitado antes, pero que reproducía las mismas formas desde los tiempos de la primera dinastía que había gobernado el reino de Rusia hacía casi mil años—. Como Rey deberá gobernar para su pueblo con rectitud y sabiduría, como lo han hecho sus antepasados y como lo hará su hijo luego de usted mismo. —No importaba si el rey anterior había sido un mal gobernante, las palabras debían ser siempre las mismas.

Viktor se mantenía quieto, de rodillas en el suelo y los ojos fijos en la piedra fría, escuchando las palabras y listo para pronunciar su juramento. Yuri no pudo evitar desviar la vista de su hermano hacia su madre, para comprobar que Tanya aún estaba de pie junto a la ventana, observando el rito con rostro severo e impenetrable.

— ¿Jura su Alteza —continuó el Rey de Armas con voz monótona y seria—, gobernar bajo estos preceptos, y llevar a Rusia a la máxima prosperidad?

El verdadero silencio se hizo cuando el hombre terminó de hablar. Se terminaron decenas de conversaciones en susurros, y centenas de gargantas contuvieron el aliento.

—Lo juro —habló Viktor, con voz alta y clara—. Lo juro por todos los que me precedieron y por todos aquellos que me sucederán.

Cuando Viktor pronunció esas palabras, el Rey de Armas depositó la corona dorada sobre los cabellos color plata de Viktor. Este se mantuvo luego de rodillas hasta que el hombre dio un paso atrás y le dio permiso de levantarse como su Majestad, Rey Viktor II. Cuando el joven monarca se puso de pie, todos los presentes estallaron en aplausos.

— ¡Larga vida al rey! —gritó un señor menor al fondo.

Uno a uno, los demás presentes se unieron a su grito, aplaudiendo y vitoreando. Yuri fue uno de los últimos en sumarse, pero su voz pudo escucharse con claridad entre las de los dos demás.

Volvió a hacerse el silencio cuando el Rey de Armas le otorgó a Viktor la corona de la reina, similar a la del rey pero un poco más pequeña. El rey llamó a su esposa con un breve gesto y Yuriko se acercó a él. Lucía notablemente nerviosa, con las manos entrelazadas sobre la falda de su vestido y su pequeño hijo, el príncipe Andrei, aún aferrado a este. La mujer pareció relajarse un poco al ver la cálida sonrisa que le brindaba su marido. Acto seguido, recogió su falda y, con cuidado, se arrodilló a sus pies. Con cariño, Viktor colocó la corona sobre el manto en la cabeza de su esposa.

La sala entera volvió a llenarse de aplausos y vítores cuando la reina se puso de pie y el rey le dio un casto beso en los labios. Por un momento, Yuri pensó que su hermano anunciaría el embarazo de Yuriko allí mismo, pero no lo hizo. Rey y reina se sentaron en sus respectivos tronos, Viktor con el pequeño príncipe heredero en su regazo. Cuando el niño cumpliera los trece, su padre se encargaría de coronarlo como su heredero en una ceremonia, pero faltaban aún unos cuantos años para eso.

En un momento dado, el rey besó la coronilla de su hijo y alzó una mano para pedir silencio en la sala. Las voces se fueron acallando paulatinamente hasta que se escuchaban tan solo unos tímidos murmullos.

—Todos y cada uno de ustedes, Señores de Rusia, han servido a mi abuelo con lealtad durante muchísimos años. Han respondido a sus llamados en la guerra y él les ha devuelto prosperidad y protección para sus tierras. —Viktor tomó una gran bocanada de aire antes de continuar hablando, para luego esbozar una encantadora sonrisa—. Es mi deber continuar su legado, y pediré a cada uno de ustedes que reafirme ese juramento, que le han hecho a mi abuelo, el rey Nikolai, por la paz del reino.

Yuri supo en ese momento que su silencio había ido demasiado lejos. Pronto tendría que decirle a su hermano sobre los planes de la familia Orlov, sobre como Vladimir Orlov y otros señores del Este probablemente jamás aparecieran para hincar su rodilla ante él.

El primero de los vasallos en abrirse paso entre la gente para acercarse al trono fue Lord Radoslav Nikiforov. A pesar de estar ya cerca de sus cincuenta años, el hombre fácilmente podía aparentar diez años menos con su aspecto imponente y los cabellos plateados que escondían las canas blancas de la edad. Radoslav desenvainó su enorme espada e, inclinándose sobre esta, hincó una rodilla en el suelo, frente al rey. Le juró permanecer siempre a su lado como vasallo, tío y amigo. Viktor le sonrió complacido y le agradeció su lealtad, que sería retribuida de alguna forma.

Lord Georgi Popovich fue el siguiente en dar un paso adelante y plantarse de rodillas ante el rey con la espada desenvainada. Viktor agradeció su lealtad y devoción con otra sonrisa.

—¿Irás tú también?

Yuri se sobresaltó cuando la voz de Otabek distrajo su atención de la ceremonia, en la que había estado completamente compenetrado durante los últimos diez minutos. Meditó fugazmente sobre las palabras de su amigo y llevó sus dedos a la empuñadura de su espada, lisa y redonda.

—No soy un Señor, no tengo tierras ni ejércitos que prestarle al rey —le respondió, con algo de duda.

—Pero puedes ofrecerle tu lealtad como súbdito y tu fidelidad como hermano. —Otabek hablaba con la vista fija en el rey y los Señores que uno a uno se acercaban a jurarle lealtad—. Si yo fuera rey y tuviese un hermano menor, me gustaría que me sea fiel.

Al escuchar eso, Yuri volteó a mirar a su amigo, que permanecía con su semblante serio y el ceño levemente fruncido. Yuri también lo tenía, pero porque de repente estaba un poco ofendido.

— ¿Tú crees que yo quiero su corona? —preguntó con un hilo de voz, sin poder creer que Otabek pudiese llegar a pensar eso de él.

Otabek negó con la cabeza.

—No —replicó con completa seguridad—. Pero no todos estarán tan seguros como yo, sería bueno dejarlo en claro con un acto simbólico.

A pesar de tener tan solo dieciocho años, Otabek se mostraba muy sabio y maduro comparado con muchos muchachos de su edad, que a pesar de ser considerados adultos por todos los demás, aún se comportaban como niños. Con las palabras de su amigo en mente, Yuri discretamente volvió a buscar a su madre con la mirada. Seguía allí de pie, esperando tal vez que Yuri desafiara la autoridad de su hermano, o que por lo menos se retirara de la sala. Pero el chico no se había movido de su lugar en toda la ceremonia.

La sugerencia de Otabek sería una buena forma de confirmar su respuesta a su madre, una vez más y de forma definitiva.

Cuando el último Señor menor terminó de pronunciar su juramento, Yuri dio un paso adelante para acercarse al trono. No se atrevió a mirar a su madre por encima de su hombro, para evitar que todo aquello pudiese ser interpretado como una mera provocación. Sintió que las manos le temblaban, y para controlar aquello cerró sus dedos de la mano derecha en torno a la empuñadora de su espada.

Viktor lo miró un tanto sorprendido cuando se plantó frente a él, pero asintió levemente y sonrió. De un solo movimiento, Yuri desenvainó su espada y la sostuvo con dos manos para apoyarla sobre el suelo. Plantó una rodilla junto a la hoja desnuda e inclinó el peso de su cuerpo en el arma para arrodillarse por completo.

Por unos cuantos segundos que le parecieron eternos, se mantuvo quieto, sin decir una palabra, conteniendo el aliento. Viktor finalmente se removió en su trono y, de la misma forma que había hecho con todos los demás, agradeció la lealtad de su hermano menor. Cuando este levantó la cabeza, su mirada se cruzó con los ojos azules de su hermano, y sintió una agradable sensación de orgullo recorrerlo de pies a cabeza. Asintió levemente, con semblante serio, antes de ponerse nuevamente de pie y envainar su espada.

Mientras emprendía el camino hacia su lugar junto a Otabek, el salón permaneció en silencio, un silencio sepulcral. Yuri podía sentir todas las miradas fijas en él, en especial dos. La mirada de su madre, cargada de furia y veneno, y la de Otabek, llena de admiración y respeto. Se regocijó al llegar a su lado y ver la sombra de una sonrisa en sus labios.

—Lo has hecho muy bien —le dijo Otabek, dándole un golpecito amistoso en el hombro.

Yuri no pudo más que sonreír, con los ojos fijos en el suelo para que nadie pudiese verlo.

—Gracias.

Se giró discretamente para ver a su madre, suponiendo que esta lo estaría viendo con mirada asesina, pero al voltearse, ya no la vio de pie junto a la ventana. Había desaparecido.

Una vez finalizada la ceremonia, el rey y su familia debían participar de una procesión hacia la ciudad de Moskva, para presentarse ante sus súbditos y que fueran estos ahora los que le mostraran sus respetos. Viktor, como buen discípulo de su abuelo, consideraba que un buen rey no solo debía establecer relaciones con sus vasallos sino también con la gente de su pueblo, aquellos que pagaban sus impuestos y labraban sus campos. La gente de la ciudad y de los campos circundantes siempre había adorado al príncipe Viktor, y como era de esperarse verlo llegar como rey despertó una euforia generalizada. La ciudad entera era una fiesta, e incluso muchos habitantes de las comunidades rurales habían abandonado sus cosechas por un día para asistir a la esperada procesión del rey.

Viktor terminó su paseo sintiéndose plenamente feliz y confiado, seguro de que podría brindar la prosperidad que sus súbditos anhelaban, aunque eso significara tener que ganar una guerra difícil en sus primeros meses.

—Te adoran —observó Yuri cuando por fin salieron de la ciudad en su carro, entre vítores y gritos de la gente que se agolpaba en las calles para ver a su joven rey de cabellos plateados.

—Espero no defraudarlos —dijo Viktor con una sonrisa triste.

—Si te refieres a la guerra, yo me encargaré de que eso no suceda —respondió Yuri con total seriedad.

—Gracias.

Yuri supo al instante, por su mirada y su forma de hablar, que Viktor no le estaba agradeciendo aquellas palabras, sino que le agradecía su juramento de lealtad. Su hermano sabía lo catastrófica que podía ser una guerra civil en un momento como ese.


El muy ansiado banquete se celebró por la noche. La comida, que había mantenido a los sirvientes corriendo muy ajetreados por el cestillo durante todo el día, constaba de una docena de platos distintos, con carne de jabalí, ciervo, conejo, y también unos cuantos pescados. Se serviría también una gran variedad de vinos, traídos desde las lejanas tierras cálidas del suroeste, lugares con los que Yuri ni siquiera podía soñar. Le costaba creer que en algún lugar del mundo conocido el sol brillara en el cielo durante todo el año y no tan solo durante unos pocos meses como en su fría Rusia.

Para la ocasión, se quitó la incómoda y delicada túnica que había llevado en la mañana para reemplazarla por una menos elegante pero más cómoda, de color azul y un poco más corta.

El joven príncipe sentía que se había quitado un peso de encima al haberle jurado lealtad a su hermano mayor, pero no podía evitar pensar en su madre y como sería su accionar a partir de eso. La mujer probablemente habría abandonado el salón del trono hecha una furia, dispuesta a marcarle el rostro de un golpe en cuanto lo viera. Podía entender su frustración, porque aquello que había planeado tan cuidadosamente por tantos años se había desmoronado frente a sus ojos debido a un simple acto de su hijo rebelde, la pieza clave de su juego, un juego en el que Yuri no quería participar.

Caminaba hacia la sala del banquete cuando se topó con un joven criado que llevaba una bandeja de plata vacía. Al verlo, el muchachito hizo una rápida reverencia y prosiguió a seguir caminando. Yuri reaccionó rápido y lo cogió del brazo para retenerlo.

— ¿Su Alteza? —musitó el chico, que no debía tener mucho más que catorce años.

—Necesito que me hagas un favor.

— ¿Un favor? S-sí, dígame.

El príncipe escudriñó el pasillo con la mirada, percatándose de que no había nadie rondando el lugar.

—Necesito que esta noche sirvas directamente a tu rey. —Sus palabras eran secas, pero buscaban presentar la tarea que le daría como algo esencial, que de hecho lo era.

—Será un honor para mí —respondió el chico, henchido de orgullo y estrechando la bandeja contra su pecho—. ¿De qué se trata?

Yuri podía notar que ya empezaba a darse aires de importancia.

—Estarás junto al rey y su hijo, toda la noche. Serás el primero en probar cada plato que se le ofrezca a su Majestad, el primero en beber de su vino.

El rostro del muchacho pasó rápidamente del orgullo al miedo al empezar a comprender de qué se trataba la tarea que le asignaba el príncipe.

—¿Y qué pasa si... si la comida o el vino están envenenados? —preguntó, con sus ojos abiertos como enormes estanques azules.

—Tu trabajo es alertarnos sobre eso —respondió Yuri.

—Su Alteza, no puedo hacer eso. No quiero morir —dijo con toda la inocencia de un hijo de campesino.

Yuri no respondió. Tan solo hurgó en el bolsillo de su capa y sacó una pequeña pero pesada bolsita de cuero. La cogió de la cuerda y la hizo girar en sus dedos antes de arrojársela al criado, que por poco soltó la bandeja para lograr cogerla.

—Servir a tu rey es un gran honor, incluso si debes morir por él —le dijo entonces, clavando sus ojos fieros en el aterrorizado muchacho, que ahora se aferraba con fuerza a la bolsita de monedas de oro—. ¿Cuál es tu nombre?

—Me llaman Misha —respondió el chico con un hilo de voz.

—Ve a cumplir tu deber, Misha. Ya ahí tienes tu recompensa adelantada.

—E-es usted muy bondadoso, su Alteza —tartamudeó luego de examinar rápidamente el contenido del saquito.

Luego colgó la bolsita de su destrozado cinto y la cubrió un poco con su camisa harapienta. Pasó a llevar la bandeja con ambas manos y partió hacia las cocinas.

Yuri, por su parte, continuó su camino hacia la sala donde se celebraba el banquete. Al entrar, el bullicio lo recibió de inmediato, haciéndolo fruncir un poco el ceño. Caminó hacia la tarima de la familia real, donde lo aguardaba un puesto junto a su hermano. Olga estaba en el asiento contiguo, y junto a ella, Otabek y Mila.

Tomó asiento donde le correspondía y saludó a los ya presentes. Aquella noche disfrutaría un poco el estar en tal puesto de honor junto al Rey, lugar que siempre había pertenecido a Viktor.

—Yuri, dile a Mila y Otabek que tengo permitido beber vino —le dijo Olga apenas lo vio sentarse.

El chico soltó una risita que salió a modo de bufido y miró a Mila y Otabek, cada uno con su copa de vino especiado.

—A veces, ni siquiera me dejan a mí, pero lo hago de todas formas. —Agitó la copa vacía para que la llenara una criada que llevaba una jarra en sus manos.

Inquieto, dirigió su mirada a Viktor. Este tenía una copa de vino en su mano y reía animadamente junto a su esposa y su tío, sentados junto a él del otro lado. Todo parecía estar bien, pero su madre aún no había llegado y solo podía pensar en la posibilidad de que otro criado, o tal vez el mismo Misha, pudiese haber recibido una bolsita de cuero similar a la suya, pero con más monedas y con una orden opuesta.

Cada vez que Viktor bebía un sorbo de su vino, el pecho de Yuri se estrujaba. No podía quitar la vista de encima al bello rostro de su hermano, atento para percibir cualquier cambio que pudiera presentarse. Incluso cuando este reía demasiado fuerte Yuri se estremecía, pensando que podía llegar a tratarse de su garganta cerrándose por los efectos de algún veneno mortal.

Por fin llegó el joven Misha para explicarle al rey la tarea que le había sido asignada aquella noche. A Viktor no le pareció disparatado tener un catador en su banquete de coronación, teniendo en cuenta que ya habían intentado asesinarlo a él y a su hijo. Tampoco preguntó quién le había asignado aquella tarea al joven criado, y Yuri se alivió, porque no consideraba muy sensato dejar que su hermano supiera que él conocía de un complot para asesinarlo y no le había informado.

Ya más tranquilo, Yuri pudo darse la vuelta para conversar con Olga, Otabek y Mila, que parecieron los tres muy dispuestos a incluirlo en su conversación. Sin embargo, no por eso dejó de mirar al muchacho, que cumplía sus órdenes con esmero, siendo el primero en probar cada plato y cada copa de vino que alguien le daba al rey y a su retoño. Aquella noche, los bardos itinerantes cantaron sus mejores canciones de tierras lejanas, tanto del reino de Rusia como de las tierras cálidas y las estepas kazajas. Otabek pudo reconocer algunas de ellas, pero Yuri ni siquiera pudo aprovecharse del leve estado de ebriedad de su amigo para que cantara alguna.

Las jarras de vino e hidromiel y los elaborados platillos circulaban por doquier, desde la punta donde comía la familia real y sus allegados hasta la zona más cercana a las puertas, lugar de los Señores menores y sus séquitos. El bullicio de los gritos y cantos mezclados con la música empezaba a tornarse un tanto molesto a oídos de Yuri, pero no podía negar que se estaba divirtiendo, en especial cuando los músicos tocaban sus canciones favoritas, aquellas sobre las hazañas de célebres caballeros, miembros de la druzhina de reyes míticos que según el relato habían pasado por el mundo hacía más de mil años.

—Un día tú serás como esos caballeros —le dijo Otabek, inclinándose por detrás de Olga para mirarlo. El vino hacía que no pudiera contenerse y allí mismo le sonriera embelesado.

De un momento a otro, la estridente música cesó para ser reemplazada por una dulce melodía que parecía provenir de otro mundo. Yuri dedujo que había habido un cambio de músicos, pero por mucho que lo intentó, no fue capaz de reconocer la canción.

— ¡Oy to ne vecher! —exclamó Olga de repente, golpeando la jarra de hidromiel contra la mesa de madera, de una forma muy poco acorde a una dama. Pero, ¿a quién le importaba aquello? Lady Tanya no había aparecido en toda la noche.

Yuri miró a su prima perplejo mientras esta, ebria de música y bullicio, se ponía de pie en su silla y empezaba a cantar la canción tal como la conocía.

Ah, aún no ha anochecido, pero me he quedado adormecido, y he visto algo en sueños —canturreó con voz dulce, con la mirada perdida en algún punto de la habitación.

En mi sueño he visto —empezó también Viktor, más fuerte y con un tono de voz estridente característico de alguien verdaderamente ebrio. Sus gritos lograron sofocar la voz de Olga, pero esta no se detuvo—, como si mi caballo negro como un cuervo jugara y bailara debajo de su silla.

Lo único que podía hacer Yuri en ese momento era mirarlos a ambos, perplejo. Dos personas, casi completamente desconocidas, cantaban la misma canción con gran pasión, sin siquiera mirarse entre ellas.

—¡Y se levantaron malos vientos desde el Este, y arrancaron el gorro negro de mi tempestuosa cabeza! —Olga elevó un poco su voz hasta que esta llegó a percibirse cantando junto a Viktor, cuya voz cada vez se oía más desafinada.

—Haz que se calle... —se quejó Yuri, refiriéndose a su hermano, que también se había puesto de pie frente a la gran butaca del rey.

Y el astuto esaul pudo interpretar mi sueño. "Ah, de seguro se caerá", dijo él, "¡esa tempestuosa cabeza tuya! —Tanto Viktor como Olga terminaron la canción a voz de grito, ya casi olvidando la melódica música que sonaba en el fondo.

Cuando Olga por fin se sentó nuevamente en su lugar, el bullicio llenaba la habitación otra vez. Yuri la miró azorado, a ella y a su hermano.

— Creo que no nos ha quedado claro —comentó Yuri, irónicamente— ¿Conocías la canción?

Olga se rio y asintió.

—¡Por supuesto! Es una canción muy popular, originaria de los Urales. Todo niño, adulto y anciano, sin importar su posición, la conoce en sus múltiples variantes.

—Es buena —respondió Yuri.

Luego de eso, el banquete siguió su ritmo usual. No tardaron en traer los pasteles, para los que muchos se habían estado guardando a pesar de tener ya la necesidad de retirarse. Yuriko fue la primera en retirarse junto a su hijo, que ya empezaba a sentirse adormilado. Era probablemente una de las pocas personas que no se había excedido con la bebida, pero solo a causa de su embarazo.

De repente, un joven criado que no parecía servir en las cocinas se acercó a Olga y le susurró unas palabras. La niña lo miró un tanto extrañada pero terminó por asentir y ponerse de pie.

—Es tu madre, Yuri. Quiere hablar conmigo... ¡Nos vemos mañana! —le dijo con una sonrisa antes de retirarse de allí.

Yuri, lo suficientemente sobrio para saber lo que estaba pasando pero no tanto como para hacer preguntas, solo asintió y la saludó con la mano. Se quedó un rato más, allí junto a Otabek, bebiendo a pesar de que ninguno de los dos podría aguantar por mucho más tiempo.

Pasado un rato, en la sala del banquete quedaban unos pocos aun conversando, y unos cuantos otros inconscientes en el suelo, dormidos o borrachos. Yuri no se dio cuenta del momento en que Mila se retiró, pero cuando la buscó con la mirada ya no estaba.

—¿Tienes sueño? —le preguntó a Otabek con la voz ronca, recostado sobre la mesa pero mirando a su amigo de reojo.

—Un poco. —Otabek sonrió y acercó su mano al rostro de Yuri para acariciar sus cabellos y rozar su mejilla con los dedos—. ¿Vamos a dormir?

El rubio se carcajeó y apartó su rostro rápidamente. Tenía tanto vino encima que no le importaba demasiado si alguien los estaba mirando, porque no tenía la capacidad de ver, oír ni sentir otra cosa que no fuera Otabek. Su entorno se había cerrado, como si estuvieran ambos dentro de una burbuja aislada del mundo.

—Tal vez debamos... —Se levantó bruscamente, y al segundo se arrepintió al sentir como la cabeza le daba vueltas. Cayó en la silla y soltó una sonora carcajada. Esta vez, Otabek no podía ayudarlo si estaba igual o peor que él.

Juntos salieron del salón, tambaleándose un poco y ayudándose con las paredes. No dejaban de hablar de estupideces y de reírse como tal vez nunca lo habían hecho. A pesar del alcohol, las sonrisas que se lanzaban no eran las de dos amigos ebrios, sino más bien la de dos personas enamoradas. Contra todo pronóstico llegaron hasta la habitación de Yuri, y en vez de despedirse, Otabek entró con él.

—¿Qué haces, Beka? —preguntó Yuri, gratamente sorprendido.

Su amigo no respondió, solo lo tomó de la mejilla para unir sus bocas en un beso torpe, una caricia sobre sus labios. Yuri correspondió, abriendo su boca para darle paso a la lengua insistente de Otabek. Sus besos eran dulces como el vino que habían bebido, y Yuri no tardó en embriagarse también con ellos.

Lo abrazó por la espalda, dejando que le besara el mentón y el cuello. Otabek recorrió la tersa piel del menor con su lengua caliente, despertando en él todo tipo de sensaciones placenteras. Y Yuri cerró sus ojos, echando la cabeza hacia atrás, riendo entre jadeos y pequeños suspiros.

—Eres muy dulce, Yura —le susurró Otabek al oído, de una forma que Yuri jamás hubiese identificado con él.

— ¿Qué dices? Oh, Beka... —soltó al sentir una pequeña mordida en el cuello.

No obtuvo respuesta. Sus brazos fuertes le rodearon la cintura y, de un momento a otro, había recostado a Yuri sobre la enorme cama. Otabek le quitó las botas de un tirón e hizo lo propio con las suyas, para luego gatear encima de él, atrapando al rubio debajo de su cuerpo. Este por su parte se sentía terriblemente desorientado. La cabeza le daba vueltas y su cuerpo ardía, pero no podía determinar si la razón era el vino que invadía su organismo o las acciones de Otabek, capaces de hacerlo perder la cordura.

Otabek volvía a atacar su cuello de manera feroz, dejando un reguero de besos desde el mentón hasta el borde de su túnica, corriéndola un poco para probar su blanco pecho. Se apartó un poco para mirarlo con una media sonrisa que a Yuri lo hizo estremecer. A sus ojos, Otabek se veía hermoso con las mejillas levemente sonrojadas y aquella sonrisa sincera en los labios.

—Desde siempre he deseado tenerte así —confesó, inclinándose sobre Yuri para hablarle al oído y besar el lóbulo de su oreja con delicadeza.

— ¿Desde siempre? —preguntó Yuri extrañado, ladeando un poco la cabeza.

—Desde que te vi... —Otabek soltó una de las manos que mantenía apoyada firmemente en la cama para empezar a acariciar el cuerpo de Yuri por encima de la túnica. Como era de esperarse, su equilibrio era escaso y se tambaleó un poco, pero se detuvo a tiempo poniendo una rodilla entre las piernas del chico—. Te deseo, Yuri.

En respuesta, Yuri solo cerró los ojos y se permitió disfrutar de las caricias, sintiendo que se le erizaba el bello del cuerpo y el corazón le latía tan fuerte que podía llegar a matarlo allí mismo. Pero no le importaría.

Las manos de Otabek recorrieron todo el largo de su cuerpo hasta llegar a sus nalgas, donde presionaron levemente antes de introducirse por debajo de la gruesa túnica. Se abrió camino por debajo de la camiseta y deslizó sus manos cálidas sobre su cuerpo desnudo, partiendo de su cadera hasta llegar a su hombro. Aquellas caricias sobre zonas inexploradas de su cuerpo hicieron que Yuri se encendiera como una llama, empezando en su pecho y llegando hasta la más remota de sus terminaciones nerviosas, incluyendo aquella situada entre sus dos piernas.

Extendió su mano y acarició la mejilla de su compañero para luego deslizarla lentamente hacia su nuca, cerrándola en un puño entorno a sus suaves cabellos.

Te quiero —le susurró Otabek, mirándolo como si Yuri fuera lo más hermoso que habían visto sus ojos. Tal vez, en ese momento así lo era—. Te quiero mucho, mi Yuri.

Yuri no se esperaba aquellas palabras. Al escucharlas y comprender su significado, su mano se quedó helada entre sus cabellos y solo fue capaz de soltar un jadeo de sorpresa. El corazón le latía desbocado y le costaba respirar, sólo podía mirar hacia arriba, hacia aquellos ojos oscuros que lo habían cautivado desde el primer momento, aquellas facciones definidas y la sonrisa que Otabek tenía solo para él.

—Tu corazón late más fuerte que el sonido de diez mil cascos de caballo juntos, Yuri —murmuró Otabek al ver que el otro no respondía a sus palabras.

No pudo evitar reírse ante tal extraña metáfora, pero inmediatamente después frunció el ceño. Algo allí no estaba bien.

Eran incontables las veces en que Yuri había soñado con eso, con tener a ese hombre en su cama y entregarle todo lo que tenía sin echarse atrás. Oh, ¡como odiaba a aquellos que se echaban atrás en el último momento! Todo lo que podía desear estaba allí, solo tenía que tomarlo.

Pero algo le impedía dejarse llevar.

—Beka... quiero esto —le susurró, acariciándole los cabellos que le caían sobre la frente—, pero no ahora mismo. —De verdad temía hacerle daño con sus palabras, pero esperaba que Otabek pudiera comprenderlo.

—¿Por qué no? —preguntó el otro, con la voz algo ronca por la excitación que sentía, pero haciendo evidente que estaba esforzándose al máximo por contenerse un poco.

—Porque estamos ebrios —le dijo Yuri con una sonrisa de lado, como si aquello fuera lo más obvio del mundo y no necesitara más explicación.

Como buen chico que era, Otabek retiró su mano del cuerpo de Yuri y acomodó su túnica, ganándose un suave "gracias" por parte del menor.

— ¿Crees que podrías arrepentirte luego? —Otabek parecía comprender, pero Yuri pudo notar que se sentía un poco decepcionado.

—¡No! —se apresuró a responder Yuri, tal vez demasiado fuerte—. No, no, no. —repetía una y otra vez, intentando incorporarse una vez que Otabek se movió de encima suyo para recostarse a su lado.

—Entiendo, Yura —lo interrumpió el otro, con una suave sonrisa.

—Pero quédate... —le pidió Yuri, recostándose también de costado y extendiendo un brazo hacia él—. Necesito abrazarte y sentir tu calor.

Las palabras le salían con facilidad, incluso aquellas que, de estar completamente sobrio, jamás podría conseguir pronunciar.

—Si me lo pides así... me es difícil resistirme, mi Yuri.

Otabek no dudó un segundo en arrastrarse hacia él y dejar que lo abrazara con su único brazo libre. Tenían ambos casi la misma estatura, por lo que a Otabek le fue fácil acomodarse de tal forma que pudiese apoyar su cabeza en el pecho de Yuri, sobre su agitado corazón.

—Eres muy cálido... —susurró Otabek, frotando su nariz contra la túnica de Yuri, buscando el calor de su pecho incluso a través de sus prendas.

Yuri solo sonrió y se inclinó un poco para besarle la coronilla como tanto le gustaba hacerlo, restregando su pequeña nariz contra los espesos cabellos negros de Otabek. Prosiguió luego a acariciarlos casi con pereza, con la vista perdida en la antorcha de la pared que se consumía lentamente. Se sorprendió un poco al pensar que aquella era la primera vez que compartía la cama con alguien, y que no se sentía nervioso ni inseguro al respecto. Tal vez era solo el vino, o tal vez que tratándose de Otabek, aquello se sentía casi natural, como si en otra vida hubiesen estado destinados y cada caricia o beso les trajera reminiscencias de aquella gloriosa existencia anterior. Yuri no creía en las vidas pasadas, pero era la única forma en que podía explicar eso en ese momento.

La respiración de Otabek no tardó en volverse cada vez más pausada y tranquila, y Yuri pronto comprendió que se había quedado dormido en sus brazos, arrullado por las dulces caricias que le daban sus dedos. No necesitaba estar completamente sobrio para saber que eran esos los momentos que podían describir como perfectos, momentos íntimos que solo les pertenecían a los dos.

Cuando despertó, lo único que sabía con certeza era que se había quedado dormido en algún momento de la noche, con sus dedos enterrados en los cabellos de Otabek, que según pudo comprobar, aún dormía profundamente. Este había pasado un brazo por su cintura para poder aferrarse más a él, por lo que a Yuri le era imposible moverse sin despertarlo; y no era tan cruel como para hacer eso.

Se removió un poco, lo poco que el cuerpo de Otabek le permitía, y apenas movió su cabeza, sintió una horrible punzada de dolor. Ah, sí, las consecuencias del banquete de la noche anterior. Por la oscuridad de la habitación, pudo comprobar que aún era de noche. Pero de repente, por el rabillo del ojo, captó una tímida luz que brillaba frente a él, cerca de la puerta. Una vela. Había alguien allí.

— ¿Quién anda ahí? —preguntó con el corazón en un puño. Era consciente de que quien fuera que estuviese ahí, lo había visto abrazado a Otabek. No se habían preocupado siquiera de cubrirse con una sábana, pero a decir verdad, tampoco hubiese pensado que alguien entraría en mitad de la noche.

La vela se mantuvo quieta en su lugar, y Yuri, aterrado, solo la miraba, sin atreverse aún a soltar a Otabek.

—Lo siento, Yuri.

Oyó la voz suave de Olga del otro lado de la habitación y soltó un suspiro de alivio. Sería alguien más que lo sabría, pero estaba seguro de que podía confiar en ella.

—Siento haber... interrumpido... algo. —Parecía un tanto turbada, pero algo le impedía salir de allí.

—Solo estábamos durmiendo —respondió Yuri.

—Lo siento —repitió la niña—, es que... yo... mi padre, él me ha dicho... —Estaba notablemente sorprendida, y tal vez un tanto desconcertada. Yuri pudo palpar aquello al oír su voz.

—Tu padre debe haberte dicho muchas cosas —espetó Yuri alzando demasiado la voz y soltando a Otabek con cuidado para sentarse en la cama—. De seguro tiene razón, pero hay cosas que son inevitables —dijo con sarcasmo. Por supuesto que para Yuri Vladimir Orlov jamás tendría razón.

Podía recordar con claridad a Otabek diciéndole que lo quería, y eso le daba valor para cualquier cosa. En la habitación, se hizo el silencio por unos largos segundos, hasta que Olga habló por fin.

—Entiendo. —Hizo una pausa—. De todas formas, yo nunca escucho a mi padre. Creo que el amor es hermoso, en todas sus formas. —Hablaba atropelladamente, aun sosteniendo la vela con ambas manos.

—Olga —interrumpió Yuri, frunciendo el ceño— ¿Para qué has venido? Hay algo que te trajo aquí, dudo que hayas venido para perturbar mi sueño.

—Te dije que lo sentía —contraatacó Olga en un susurro. Hizo luego una larga pausa—. He venido a decir adiós —dijo por fin.

Yuri tragó saliva y se quedó en silencio por unos momentos. Podía imaginarse todas las implicancias que eso tenía, pero le dolía demasiado la cabeza como para sacar conclusiones certeras.

—¿Por qué? —soltó, tal vez un tanto fuerte.

—¿Yura?

El grito de Yuri hizo que Otabek se despertara y buscara incorporarse. El rubio ni siquiera volteó a verlo, demasiado absorto en las palabras de Olga. De repente recordaba el banquete, el momento en que su prima se había retirado al recibir el llamado de Lady Tanya.

—¿Qué te ha dicho mi madre? —preguntó Yuri un tanto apesadumbrado.

—Me dijo... —Olga se acercó un poco a la cama para sentarse en la orilla, del lado de Yuri para no molestar a Otabek. Le echó una fugaz mirada al otro chico, que los miraba a ambos sin decir una palabra—. ¿Es seguro? —preguntó Olga en voz muy baja, mirando ahora a Yuri.

A la luz de la débil vela que bailaba entre las manos de la niña, Yuri por fin pudo verla. Vestía sus ropas de cama, una camisola blanca con cuello de encaje. Yuri dedujo que había esperado hasta muy entrada la noche para escapar de su cama e ir a hablarle. Sus largos cabellos cobrizos caían sobre su espalda y sus hombros, indomables como ella misma.

—Confío en Otabek con mi vida —le dijo Yuri, sin pensar demasiado en las implicancias que aquello tenía—. Tú también puedes hacerlo.

—Bien. —Respiró hondo antes de empezar—. Me dijo... me dijo que mi padre planea rebelarse contra tu hermano. Y que tú eres la pieza central en su juego.

Yuri sonrió de lado, una sonrisa irónica.

—¿Te ha dicho eso?

—No. —Hizo una pequeña mueca—. Me ha dicho que el trono te pertenece a ti por pleno derecho, y que mi familia te ayudaría a hacerte con él. Pero estaba enfadada, muy enfadada contigo. —Hablaba apresuradamente, como si escupiera una palabra tras otra—. Me dijo que tú la has traicionado al arrodillarte ante Viktor.

—Lo sé.

— ¿Sabías... sabías sobre esto? —preguntó ella, casi sin aliento.

—Mi madre también habló conmigo, la noche anterior a que muriera mi abuelo. —Los recuerdos de aquella noche aún lo atormentaban, haciéndolo sentir culpable de su imperdonable egoísmo—. Me dijo todo eso, lo mismo que a ti.

—¿Y qué le dijiste tú?

—Le dije que jamás me rebelaría contra Viktor. Lo he demostrado.

— ¿Lo sabe él? Debes decirle —lo apremió Olga en voz muy baja, sujetándolo del brazo con fuerza. —Ella también sabía que las paredes tenían oídos.

La habitación se sumió en el más profundo silencio. Cada vez que Yuri se cuestionaba el por qué aún no le había dicho a Viktor sobre los planes de Lord Orlov, su respuesta automática era que aún no era el momento apropiado. Pero habían pasado ya unos cuantos días y no había pronunciado palabra aún, ¿podría considerarse aquello un acto de traición? ¿Enfurecería a Viktor cuando se enterara?

—No, no le dije —replicó, sintiéndose un tanto avergonzado, bajando la mirada—. Pero mi abuelo siempre decía que las acciones valen más que las palabras.

—Yuri, debes decirle —suplicó Olga mientras agitaba su brazo. El chico la apartó, un tanto molesto.

—Tiene razón, Yuri —intervino Otabek, ganándose una mirada curiosa por parte de los dos más jóvenes—. Te lo he dicho ya. No es sensato de tu parte sembrar la duda en tu hermano.

—Un juramento es más fuerte que cualquier otra cosa. —Yuri empezaba a perder la paciencia con ambos poniéndose de acuerdo para sermonearlo—. Olga, ¿por qué has venido a decirme esto? ¿No estás tú del lado de tu padre?

La niña lo miró horrorizada y bajó la mirada para negar con la cabeza.

—Mi padre no es un buen hombre.

"Por supuesto que no" pensó Yuri. Pero no dijo nada. No era fácil para un hijo admitir y aceptar que su padre o madre eran malas personas, o que jamás habían tenido afecto por ellos. Cuando era un niño, Yuri había buscado el cariño de su madre, para sólo recibir, con suerte, un beso frío y una caricia en sus cabellos que no se comparaba para nada con los abrazos de su abuelo o de su padre. A partir de los nueve años, Tanya se distanció definitivamente del pequeño, con la excusa de que el mundo exterior era cruel, de que todos en él iban a buscar herirlo y que él debía ser fuerte para afrontar eso. En sus casi dieciséis años de vida, la única persona que había intentado dañar a Yuri había sido su madre, por más rencor que pudiese guardarle a sus hermanos a veces. Le costaba creer que su padre hubiese dañado tanto a su madre como para convertirla en un ser sin amor, ¿o habría ella tenido también un amor imposible?

No. También le costaba creer que su madre pudiese haber amado alguna vez.

—Entonces... ¿por qué regresarás con él?

—Quiere que yo me case... con Igor Voronin, el hijo de Lord Voronin —respondió Olga a secas.

— ¿Qué? —Yuri hizo una mueca—. Estuvo aquí en la boda de Mila. Tiene como... ¿cuarenta años?

—Treintaisiete, pero aparenta más —corrigió Olga. Yuri pudo percibir como la voz le temblaba.

—¡Pero si es más viejo que tu padre! —estalló Yuri.

—Mi padre quiere forjar alianzas más fuertes con los hombres que lo apoyan. Lord Voronin jamás aceptaría jurarle lealtad a mi padre y estar sujeto a su autoridad, desea una alianza matrimonial. Mi padre no sabe aún de tu negativa, pero siempre fue su segunda opción para mí, si tu abuelo se negaba a que te casaras conmigo —explicó.

Yuri la miraba atónito. Sin saberlo, él siempre había sido aquel que salvaría a Olga de casarse con un hombre demasiado mayor para ella, un aliado de su padre que tal vez fuese igual de cruel que este. Después de la amistad que habían forjado durante su breve visita, sentía que no podía permitir aquello.

—Entonces, cásate conmigo —le dijo muy serio, con la vista fija en Olga. No se atrevía a mirar a Otabek, que se mantenía en silencio a su lado.

Olga no respondió, pero a la luz de la vela, Yuri pudo ver en su mejilla el camino húmedo que había dejado una lágrima.

—No puedo —murmuró con voz quebrada. Hacía un enorme esfuerzo por no llorar. A Yuri aquello le habría parecido admirable en otro tiempo, pero había aprendido que llorar no era del todo malo—. Mi padre jamás aceptará esa alianza si tú te niegas a reclamar el trono. Además, sería injusto para ti... yo tampoco querría casarme si estuviese enamorada de otra persona.

—Podemos estar casados y no actuar como una pareja —propuso Yuri. Bastaba solo pensar en sus padres y en Otabek y Mila para saber que eso era una opción.

—No me dejaste terminar —espetó Olga, frunciendo los labios, intentando contener su rabia y tristeza—. Si yo no me caso con Igor Voronin, mi padre le entregará a mi hermanita Svetlana. Recién ha cumplido los diez y es tan inocente...

—Y si eres tú la que se casa con Voronin, él tendrá los derechos de Perm cuando tu padre muera —comprendió Yuri.

—Eso es lo que quiere Lord Voronin, y mi padre no puede permitirse negociar demasiado con él. Si va rebelarse sin tenerte de tu lado para utilizarte, necesita las tropas de cada uno de los Señores del Este. No le hace una pizca de gracia entregar los derechos de Perm junto conmigo, pero él necesita una alianza inmediata, y mi hermana podrá casarse dentro de tres años. —Tomó una enorme bocanada de aire antes de continuar—. Y a mí me importa una mierda si Perm permanece o no en manos de mi familia, mientras no sea mi hermana quién se case.

Jamás había oído a Olga hablar así. Desde luego, Yuri sabía que la extrema inocencia que aparentaba en sus mejillas redondas de niña y sus ojos dulces no era tal, que comprendía más del mundo de lo que a su padre le gustaría admitir.

—Tú también eres muy joven para casarte —señaló Otabek—. Mi hermana tiene catorce, y jamás dejaría que se casara con nadie. Creo que ni siquiera ella lo haría.

—Lo siento, pero no conseguirán persuadirme. He tomado mi decisión —dijo Olga con total determinación—. Antes del alba, regresaré con mi tía a Perm. Ella tampoco puede permanecer aquí, pero solo quería hacerte saber a ti que... mis razones son muy distintas a las de ella. —Le dedicó una sonrisa triste.

—Olga, no puedes...

—Yuri, detente. —Dejó la vela en la mesita de noche y tomó la mano de Yuri con las suyas—. Esto es una despedida, pero nos volveremos a ver, sé que será así. —Sonreía, pero su rostro estaba empapado en lágrimas y aquella hermosa sonrisa no estaba presente en sus ojos—. Estaré bien —le dijo con un hilo de voz.

Sin más, Olga le soltó las manos y se lanzó a sus brazos, apoyando el rostro en el hombro de Yuri. Este la rodeó con sus brazos, sintiendo como los ojos se le humedecían con solo pensar en aquello que Vladimir Orlov tendría planeado para su hija.

—Cuando llegaste aquí... —murmuró Yuri en su oído—, me acusaste de no oponerme a las decisiones de mi madre. Tal vez deberías hacer lo mismo alguna vez. Dejar de sacrificarte para hacer felices a los demás.

—No me sacrifico para hacer feliz a mi hermana, sino para protegerla.

Se abrazaron por un largo rato sin decir nada, sintiendo como ambos corazones latían al unísono, igual de agitados. Fue Olga quién rompió el abrazo y le dio un golpecito en el hombro a Yuri, quién mostraba su angustia en sus ojos y en la mueca que tenía en los labios.

—Deberías sonreír más, tienes una bonita sonrisa —le dijo la niña. Buscó a Otabek con la mirada para ver que este se había puesto de pie y estaba junto a la pared, para darles a ambos algo de espacio—. Estoy segura que Otabek piensa lo mismo.

Yuri soltó un bufido que se transformó en una risita.

—Ha sido un placer volverte a ver y poder conocerte, Yuri. —Se esforzaba al máximo por mantener una enorme sonrisa en su rostro, pero parecía serle cada vez más difícil. Entonces se puso de pie y se acercó a Otabek—. Y también conocerte a ti —le dijo.

El rubio se giró para mirarlos justo en el momento en que Olga abrazaba a Otabek. Este se quedó quieto, con la mano congelada a escasos centímetros del hombro de la chica. Quiso reír al ver esa escena, pero él mismo era igual que Otabek al recibir abrazos inesperados.

—Eres afortunado de tener a alguien como Yuri —le susurró Olga a Otabek con toda la sinceridad del mundo—. Cuídalo y hazlo feliz.

Al escuchar eso quiso protestar, gritarle que no era un niño, que no necesitaba que nadie lo cuidara. Si, definitivamente aquello lo hubiese enojado mucho en otro momento, pero las palabras de su prima eran tan genuinas y tan llenas de sentimiento que prefirió guardárselo.

—Lo prometo —dijo Otabek mirando a Yuri.

Sin querer postergarlo más, Olga se volvió hacia la puerta después de darles a ambos una última sonrisa triste.

—Hasta pronto —les dijo a ambos, intentando mostrarse fuerte y llena de convicción.

Yuri se sentía mal por ella, que tanto había intentado luchar contra su destino para tener que ir a afrontar uno peor, el de regresar con un padre que no la quería para ser entregada como esposa a un hombre que la querría aún menos. Pero a pesar del dolor que suponía verla partir, Yuri sentía una profunda admiración por ella y por cómo estaba dispuesta a sacrificarse por su hermanita. Solo esperaba que el destino la recompensara por su sacrificio y fuera un poco benevolente con ella.

Sin embargo, Yuri no creía en el destino.

La puerta se cerró cuando Olga salió de la habitación, dejándola completamente a oscuras a excepción de la pequeña vela que luchaba por mantenerse viva un poco más de tiempo. Yuri no dejaba de mirar a la puerta, aturdido, pensando en muchas cosas que se mezclaban unas con otras en su cabeza adolorida. No se dio cuenta que Otabek, silencioso como una sombra, había vuelto a su lado.

—Es una chica muy valiente —comentó este en voz baja, también lleno de admiración—. Me recuerda a mi hermana. En otra vida, tal vez se hubiesen llevado bien.

Yuri sonrió un poco.

—Me has hablado muy poco de tu hermana, pero se ve que le tienes mucho cariño.

—Por supuesto —respondió Otabek—. ¿Tú no quieres a tu hermana?

—No hablemos de Mila ahora, por favor —bufó Yuri, desviando la mirada. No habían hablado del tema desde el regreso de Otabek. No estaba preparado aun para preguntarle a su amigo sobre su matrimonio y su vida, temiendo escuchar los detalles.

—Es una buena chica.

— ¿Quieres callarte? —Aquel simple comentario había bastado para borrarle la sonrisa de la cara.

— ¿Estás...celoso, Yura? —preguntó Otabek divertido.

— ¡No! ¡Cállate de una buena vez! —chilló Yuri.

—No voy a callarme. —Otabek se puso serio y posó una mano en su hombro—. Haz hecho lo correcto al rechazar la propuesta de tu madre, Yuri. Pero deberás decirle a Viktor apenas tengas oportunidad.

—Apenas tenga oportunidad, sí, ya lo entendí. —Yuri rodó los ojos y se dejó caer sobre la almohada sin cuidado alguno—. Deberíamos dormir...—No tenía idea cuanto faltaba para el alba. Tal vez, Olga ya se estaba vistiendo para partir.

—Deberíamos. —Otabek se puso de pie no sin antes besar la frente caliente de Yuri.

—¿A dónde vas? —preguntó Yuri con el ceño fruncido—. Quédate conmigo.

—Voy a mi habitación. Prometo que mañana nos reuniremos a practicar un poco en el patio, ¿te parece bien? —Alzó una ceja y esbozó una sonrisa de lado, de aquellas que a Yuri tanto le gustaban—. Te estaré esperando allí al mediodía.

Por supuesto, le hubiese parecido mejor si Otabek regresaba a sus brazos para pasar la noche con él. Pero no quiso insistirle mucho, entendía que sintiera aun la desesperada necesidad de guardar sus apariencias, de aparentar ser el marido y el príncipe perfecto. Yuri había tirado aquello por la borda hacia muchísimo tiempo.

—Me parece bien —le dijo un tanto más animado—. Buenas noches, Beka.

—Duerme bien, Yura.


Por la mañana, no fue Otabek quien llamó a su puerta, sino su hermano Viktor. Estaba tan impaciente que entró como una flecha en la habitación apenas Yuri abrió la puerta, aún adormilado y con la túnica que había usado en el banquete. Se había quitado los pantalones luego de despedir a Otabek. Lo primero que hizo Viktor al entrar fue mirarlo de arriba abajo con una mueca.

—¿Qué te pasó? —chilló escandalizado.

—¿Has venido para regañarme, viejo? —espetó Yuri, poniéndose a la defensiva casi inmediatamente. De seguro se veía ridículo, con los cabellos hechos un desastre, la túnica arrugada y sin sus pantalones—. ¡Tú estabas igual o peor que yo anoche! —lo acusó.

Su hermano no pudo evitar soltar una sonora carcajada.

—Estás hablando con tu rey ahora, hermanito —replicó con una enorme sonrisa altanera—. Además, yo desperté temprano, me bañé y me puse ropa limpia. Tú acabas de despertar a media mañana y estás hecho un desastre.

—¿Vas a aprovecharte de tu posición para joderme? ¡Eres de lo peor, Viktor! —Yuri hizo amago de darle un puñetazo casi juguetón, pero sus movimientos eran tan torpes que Viktor atrapó su muñeca con una mano fuerte, sosteniéndola por encima de su cabeza.

—Pasarás a la historia como el rey más borracho de todos los tiempos —murmuró Yuri con los ojos verdes, fieros, clavados en el otro, que lo miraba con una pequeña sonrisa burlona.

—Espero que los anales reales puedan verme también como el rey que ganó una guerra en dos frentes.

El rostro de Yuri se ensombreció e inevitablemente relajó su cuerpo, permitiendo que Viktor lo soltara.

—¿De qué hablas?

—Lady Tanya Orlova y su sobrina desaparecieron del castillo por la noche, escabulléndose como sombras.

Desde luego que aquello no lo sorprendía para nada, y por eso mismo, se detuvo un instante antes de responder. Si le decía que lo sabía, Viktor no dudaría en acusarlo de traidor, y no estaría muy dispuesto a escuchar sus argumentos. Pero por otro lado sabía que tenía que decírselo de una vez por todas, no podía seguir fingiendo si quería que su hermano confiara en él. No había algo que Yuri deseara más que eso.

—Olga vino a despedirse de mí anoche. Me dijo que partiría con mi madre —murmuró Yuri evitando la mirada penetrante de Viktor.

—Entonces son unas traidoras.

— ¡Espera, Viktor!

—No me digas que tú...

Ya había empezado a insinuarlo. Tuvo que suponer que eso pasaría apenas empezara a hablarle de los planes de su familia.

— ¡Yo no soy ningún traidor! —se apresuró a responder, tal vez demasiado fuerte—. ¿Vas a dejarme hablar o no?

Viktor cerró la puerta de la habitación de Yuri, dispuesto a escucharle.

—Está bien, habla —dijo con frialdad.

—Mi madre es la traidora, Olga solo regresa a Perm para casarse con Igor Voronin y salvar a su hermana de tal destino. Ella es inocente.

Su hermano se llevó un dedo a los labios y frunció un poco el ceño. Cuando se ponía así de serio, podía llegar a ser intimidante.

—Lord Orlov y Lord Voronin... Eso no pinta bien... ¿sabes que de que trata esa traición de la que hablas?

—Sí —respondió Yuri avergonzado.

—Dime —respondió Viktor. A esas alturas le estaba siendo muy difícil controlarse para no perder la paciencia. Eso se hacía evidente en sus brazos, cruzados sobre su pecho, y sus labios apretados.

—Ellos... ellos tenían la intención de que yo te disputara tu derecho al trono e iniciara una guerra civil. Si me hubiese casado con Olga, mi tío me hubiese nombrado como su heredero, dándome el apoyo para rebelarme contra ti —explicó todo de manera imparcial, sin apresurarse a revelar su posición al respecto. Quería que Viktor comprendiera la situación antes de proseguir.

Pudo ver cómo, mientras él hablaba, los ojos de Viktor se abrían de par en par, muy azules, brillando de furia. Era una furia que el joven príncipe jamás había visto en su hermano mayor. Jamás.

—Lord Orlov, ¡ese bastardo malnacido! —estalló por fin. Apartó a Yuri de un leve empujón.

—Lo rechacé sin siquiera pensarlo ¡Me arrodillé ante ti y mi madre huyó por eso! —le recordó Yuri.

—Si sabías sobre esto, ¿por qué tardaste tanto tiempo en informarme? —inquirió Viktor sin apartar sus ojos de los de Yuri.

El chico podía comprender que su hermano se sintiera traicionado, pero encontraba muy ofensivo que se plantara frente a él de esa forma, acusándolo implícitamente de traición. Lo que más lo enfadaba era no tener una buena respuesta para eso, porque desde luego Viktor no entendería si le decía que aún no era el momento. Siempre era el momento para ser informado de una traición.

—Mi madre me lo soltó todo la noche anterior a la muerte del abuelo, ¿acaso querías que te lo dijera allí mismo? —Hablaba con completa sinceridad, pero aún a la defensiva—. ¡Estaba igual o más enfadado y decepcionado que tú ahora, Viktor! Lo siento por no haberte informado antes...tal vez debí haberlo hecho...

No obtuvo respuesta por parte de Viktor, que no dejaba de mirarlo, tal vez intentando creerle, o tal vez esperando que se le escapara la más pequeña prueba para poder encerrarlo en las mazmorras. A Yuri se le estrujó el pecho con solo pensar eso. En ese momento sintió mucha, mucha angustia e impotencia.

—Sabes que mi madre nunca me amó y nunca lo hará. Yo solo era una pieza en sus planes, ¿por qué me crees capaz de ponerme de su lado? —Hablaba con voz quebrada, con los ojos clavados firmemente en el suelo para que su hermano no pudiese ver todo su sufrimiento—. No quiero ser rey, Viktor.

"Yo solo quiero serle fiel a las personas que quiero, y a mí mismo" completó en su mente. Tal vez había aprendido un poco de Otabek en aquellos últimos días. Otabek, siempre tan sincero, con los demás y consigo mismo. Yuri había admirado aquello desde el primer momento, y por primera vez sentía que tenía la posibilidad de elegir convertirse en una persona honorable. En los días anteriores se había sentido como en una encrucijada, y tuvo frente a él la oportunidad de forjarse a sí mismo, de escoger uno u otro camino. Se sentía orgulloso de haber tomado una decisión correcta, ¿por qué Viktor tenía que venir a destrozar aquello?

No supo en qué momento los brazos de su hermano rodearon sus hombros para estrecharlo con fuerza, pero Yuri se dejó hacer, aun sin animarse a corresponder. Aquel contacto hizo que la presión en su pecho se aliviara y el labio inferior le temblara un poco. Se permitió soltar unas lágrimas cálidas sobre el hombro de Viktor, demasiado perdido en sus sentimientos como para recordar su orgullo. Sabía que no estaba mal llorar, y que su madre ya no estaría allí para recordarle lo contrario con sus permanentes miradas de reproche y desprecio.

—Lo siento, Yuri —murmuró su hermano—. Siento haber dudado de ti aunque sea por un segundo... y siento no haber sabido antes lo mucho que has sufrido. Creo que puedo llegar a entenderte.

Yuri por poco logró contener una risa amarga. Aquel era Viktor intentando disculparse, poniendo todo su corazón en sus palabras, como solía hacer con su esposa y con su hijo. Rara vez lo hacía con el arisco de su hermano, porque tal vez lo consideraba una pérdida de tiempo. No era el único que consideraba una pérdida de tiempo tratar con Yuri Plisetsky. Viktor tenía un buen corazón, nadie dudaba de eso, pero a veces podía estar tan ocupado pensando en sí mismo que no podía darse cuenta del sufrimiento ajeno. Por más que quisiera, Viktor jamás comprendería por completo la razón de la amargura en el corazón de Yuri, que a pesar de la felicidad temporal que podía llegar a experimentar, se había instalado para siempre en su corazón y no se iría jamás.

Su hermano tal vez podría entender el dolor de tener una madre ausente, pero él sabía que su difunta madre lo había amado más que a su vida —y lo había demostrado al morir por él—, la de Yuri había estado con él toda su vida y jamás le había demostrado afecto alguno. Tenía más recuerdos agradables de su nodriza que de su madre. Viktor tampoco comprendería nunca la frustración de tener un amor imposible, pero a Yuri no le dolía demasiado eso, ¿acaso no era aún más desgarrador el dolor de un amor no correspondido? Desde luego que sí, y el suyo era más que recíproco, aunque aún no le hubiese dicho a Otabek en palabras claras lo que sentía por él.

El abrazo de Viktor por fin se rompió y Yuri fue forzado a volver a la realidad. Se sentía un tanto aturdido, y no dejaba de mirar a su hermano como si este fuera un fantasma.

—Entonces puedo olvidarme de contar con las tropas y el oro de Lord Orlov y Lord Voronin para la guerra contra Acadia y Helvecia.

—Tampoco con Lord Astakhov y Lord Gurkovsky. —Yuri se mordió el labio.

Viktor lo miró con la boca apretada por unos instantes interminables.

— ¡Demonios, Yuri! —estalló nuevamente—. ¿Por qué recién me entero de todo esto?

— ¡Te dije que lo sentía! —contraatacó el muchacho, temiendo que su hermano volviese a cuestionar su lealtad.

—Tienes razón —respondió Viktor intentando calmarse un poco—. Tendremos que depositar toda nuestra confianza en nuestros aliados kazajos. No sabemos aún cuantas tropas poseen los reyes enemigos.

—¿Cuántas tropas puede darnos Kazajistán? —preguntó Yuri.

—El príncipe Otabek me ha dicho que nos asistirá con veinte mil jinetes. Cinco mil se quedarán en el castillo real de Kazajistán. No es número muy grande si se considera que es probable que Jean Leroy tenga unos sesenta mil hombres, y el rey de Helvecia lo asista con unos treinta mil. —Viktor hacía cálculos en su cabeza, olvidándose por momentos de la presencia de Yuri—. Tienen que sernos leales. Hasta el último de sus jinetes.

—Puedo asegurar que lo serán —respondió Yuri con toda seguridad.

La mirada de Viktor se llenó de curiosidad y alzó una ceja.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Nos han ofrecido una enorme proporción de sus tropas. Además, Otabek es mi amigo —se apresuró a responder lleno de convicción—. Su padre era buen amigo del nuestro, y hemos forjado una alianza matrimonial con ellos. Los vínculos de amistad y de sangre son fuertes.

—Entiendo —replicó el otro—. ¿Y cómo aseguras la lealtad de sus soldados? ¿Otabek ha comandado alguna vez las tropas de su padre?

—Eso... eso no lo sé. Es joven para tener experiencia en el campo de batalla, pero lo averiguaré.

—Me pregunto por qué su padre lo ha enviado a Otabek en lugar de ponerse él al frente de sus tropas. Son una sociedad guerrera por sobre todas las demás cosas.

—Tú tampoco tienes demasiada experiencia en la guerra, Viktor.

—Peleé una vez contra el padre de Jean Leroy. Como las demás veces, peleamos para defender la franja suroccidental del reino, nuestro principal motivo de discordia.

Por detrás de los intereses sobre las tierras, desde luego, estaban los rencores entre ambas familias reales, porque no era fácil olvidar una traición que le había supuesto una gran pérdida a Rusia.

La última guerra contra el reino de Acadia tuvo lugar diez años atrás, cuando Viktor recién cumplía los dieciocho años. Fue enviado al frente de los ejércitos rusos como segundo de su padre, pero la guerra duró tan solo dos meses y ambos regresaron con apenas unos rasguños. Rusia obtuvo una victoria aplastante, ganando la guerra tras dos batallas. Lograron humillar a Acadia y su rey sufrió una herida en la pierna que lo llevó a perder parte de esta, para luego desvanecerse lentamente hasta morir nueve años después. Ahora su hijo, con casi veinte años, buscaría una revancha para intentar conquistar aquella preciosa franja de tierra fértil, vital para un reino como el suyo, tan helado como Rusia.

—Era muy niño como para recordarlo, pero no tardé en aprender sobre eso. —Yuri esbozó una pequeña sonrisa de lado—. Padre y tú lo hicieron muy bien, comandando un ejército enorme donde el grueso de las tropas pertenecía a mi abuelo materno, el Lord Orlov de entonces.

—No necesitas recordármelo, Yuri —le cortó Viktor—. Hemos perdido un aliado poderoso, pero hemos ganado uno igual de fuerte, y más leal. —Viktor parecía querer confiar.

—Lo sé.

Se quedaron en silencio por unos momentos. Viktor parecía haberse olvidado del desastroso aspecto de Yuri, porque miraba al chico con respecto, como si fuera uno de sus caballeros, o eso quería pensar Yuri.

—Gracias por informarme sobre todo esto, Yuri.

—Es mi deber —respondió el muchacho con firmeza—. Pelearé a tu lado contra Acadia y Helvecia, y si Lord Orlov alza las armas contra ti, los aplastaremos.

Viktor tomó una gran bocanada de aire y alzó un poco el mentón, escudriñando el rostro determinado de su hermano sin decir una palabra. Finalmente, asintió una vez antes de despedirse y dejarlo solo en su habitación.

Sin moverse de donde estaba, tieso como una lanza, Yuri siguió a Viktor con la mirada hasta que la puerta se cerró dejándolo solo. Al instante pudo comprobar que se sentía más liviano, como si se hubiese quitado uno de los pesos que llevaba encima amenazando con asfixiarlo. Pero por más ocupada que tuviera su cabeza con aquellas cuestiones, Yuri Plisetsky jamás olvidaba las promesas que le hacían.

Se vistió apresuradamente con ropa abrigada, pero sin coger una capa que solo lograría molestarle. Colgó la espada de su cinturón y salió de la habitación a paso vivo, como si volviera a tener diez años y correteara por los corredores del castillo en busca de su abuelo, para que lo abrazara y le contara cuentos.

Otabek estaba ya en el pequeño patio de armas. Con la espada curva desenvainada, se movía con destreza sobre los adoquines de piedra, lanzando estocadas certeras al aire. Yuri, aprovechándose de sus pies ligeros y su capacidad para pasar desapercibido, se quedó junto a la entrada, observándolo. Fruncía el ceño y apretaba los labios cada vez que le fallaba a su blanco invisible, pero sin siquiera maldecir, Otabek retrocedía sobre sus pasos y volvía a ensayar el movimiento. Al rubio se le llenaba el corazón de secreta admiración al ver su perseverancia, pacífica y enardecida a la vez. Era una combinación tan discordante como perfecta.

Lo observó por un buen rato, regocijándose con sus movimientos firmes y con como cambiaba su rostro, completamente compenetrado en lo que estaba haciendo. ¿Cómo no había notado aún que su Yuri lo observaba de cerca? En silencio desenvainó la espada e ingresó en el patio.

—Yakov siempre me regañaba a voz de grito cuando yo le decía que en una batalla real, uno jamás piensa en dónde poner los pies —dijo, balanceando perezosamente la espada en el aire—. Siempre supe que el hombre pensaba lo mismo, pero no quería darme la razón.

Otabek se detuvo en seco al escuchar su voz, y en un instante envainó su espada para volverse hacia él.

—Yuri. —Pronunció su nombre casi sin aliento, intentando recuperarse de sus ejercicios previos—. Por un momento pensé que lo habías olvidado.

— ¿De verdad? —Se acercó a Otabek, aun jugando con su espada—. No, mi hermano me retuvo.

El otro joven lo miró con curiosidad, esperando a que continuara, esperando una respuesta en específico.

—Se lo dije. No parecía contento con la situación, pero confía en mi lealtad, y en la tuya.

—Bien.

Para cuando Otabek dijo esas palabras ambos ya estaban demasiado cerca, podían sentir la respiración ajena acariciar sus rostros. Como había hecho la noche anterior, Otabek tomó a Yuri por el mentón para reclamar un beso de su parte. Este no se opuso, y sonrió contra los labios ajenos, correspondiendo a aquel beso fugaz.

— ¿Vamos a pelear o no? —Yuri se apartó un poco y apuntó a Otabek con su espada.

El aludido solo se rió entre dientes por las palabras del más joven y desenvainó a Serik. Su acero chocó furiosamente contra el de Yuri, que se defendió de inmediato y contraatacó, dando inicio a una danza hipnótica y sublime, la favorita de ambos amantes.


¡Hola! He aquí el capítulo 10~ Me he demorado casi lo mismo que con el anterior pero este es el doble de largo, no estoy tan mal (?) ok no. Esto es producto de tener pseudo vacaciones y del haber postergado un examen final para septiembre, pero valió la pena.

Antes que nada, quería hacer un pequeño AVISO IMPORTANTE. He realizado un pequeño cambio en capítulos anteriores pero es necesario avisar para que no haya confusiones. Por fin nombré el reino de JJ (antes no tenía nombre) y es Acadia (un nombre antiguo para Canadá) y el de Chris es Helvecia (nombre antiguo para Suiza). Los verán mencionados bastante seguido de ahora en adelante y quería aclarar eso.

No sé si les había dicho pero la historia en principio iba a ser un one-shot, así que los primeros capítulos son medio la trama de ese one-shot, por eso no me preocupé mucho en detalles. Ahora a medida que la voy estructurando como longfic (que tiene para bastante) tengo que ir precisando esas cosas.

Aclaraciones menos importantes (si quieren léanlo, sino solo pasen, no es determinante. Tal vez algún día haga una aparado para reunir todas estas aclaraciones y curiosidades sobre las instituciones del fic y no dejarlas dispersas en notas de autor):

*Uno de mis nudos para este capítulo fue el tema de la coronación de Viktor y cómo hacer para sacar a la iglesia de en medio (porque en la edad media los obispos o los mismos papas coronaban a los reyes en el caso católico y los patriarcas en el ortodoxo, y no hay autoridad secular que pueda hacerlo porque la legitimidad monárquica era derecho divino). Como verán, yo para reemplazar a la iglesia usé la figura del Rey de Armas. Este magistrado de hecho existió en algunos reinos occidentales como Inglaterra y se ocupaba de algunas leyes además de ser el responsable de confeccionar las genealogías, establecer las leyes de los torneos (o sea leyes seculares) y de entregar las declaraciones de guerra (cuando las había, obvio). Yo en el fic manipulé un poco esta institución, porque dado que aquí la legitimidad viene de la línea dinástica y la capacidad de controlar militarmente un territorio (según uno de mis libros, en la edad media histórica en gran parte también, pero estaba fuertemente mediado por el derecho divino y eso se hacía presente en la coronación), el Rey de Armas en el período que pasa entre un rey y otro, tiene el deber de ser el guardián de la corona y entregarla correctamente al sucesor legítimo. Como expliqué en el capítulo, no hay forma de que él pueda usurparla porque lleva inmediatamente a su ejecución y obvio nadie va a ponerse de su lado. Bueno, esto es masomenos como me apropié de la institución y la hice funcional a la historia.

*La canción que cantan Viktor y Olga, "Oy to ne vecher", es una canción popular rusa originaria de los Urales, y trata sobre la rebelión de un líder cosaco en el siglo XVI. Tiene varias versiones, de hecho hay varios músicos que tienen su propia versión. Yo usé la versión más simple que se cree data del siglo XVII o XVIII pero fue recién recopilada de la tradición oral y escrita a finales del siglo XIX. Pueden buscarla si quieren, es muy linda, a mí me gusta mucho y tuve que incluirla en el fic jaja

Pero bueno, por lo demás...espero que les haya gustado. Me dio mucho gusto volver a escribir escenas OtaYuri (ya verán que me explayé mucho con ellas porque me encantan y ya se merecían estar juntos). La guerra parece cada vez más cerca y algunos personajes se irán por un tiempo (¿Esperemos que Tanya se vaya para siempre?). Extrañaré a Olga, pero puede que vuelva a aparecer, aún no lo sé...Por otro lado, Lord Orlov todavía no sabe que Yuri lo traicionó, ¿Qué hará al respecto?

Me disculpo por el capítulo tan largo (¡casi 19.000 palabras!), sé que a algunos les gusta pero a mí como lectora personalmente no me gustan tan largos porque tengo poco tiempo para leer :c Pensé dividirlo en dos partes, pero no sabía bien dónde hacer el corte y quedó así.

Muchas gracias a todos por sus comentarios, de verdad me alegran el día y me motivan mucho. Mil gracias también a mi maravillosa beta And-18 por la revisión y corrección de tan enorme capítulo~

¡Hasta el próximo capítulo! Prepárense que el 11 es un capítulo casi exclusivamente OtaYuri, pueden empezar a hacer sus apuestas sobre qué pasará~