Matthew se sentó a la mesa sin esperar a los demás y se quedó mirando el plato que tenía delante con los ojos tan abiertos que de haber mirado hacia abajo sin duda se le habrían caído de las cuencas. Estaba tan desesperado por comer algo, que tuvo que sentarse sobre sus propias manos para obligarse a esperar al resto de sirvientes y es que eran casi las cuatro de la tarde y aún no había probado bocado, de hecho tenía las tripas tan vacías que estaba seguro de que cuando al fin pudiera empezar a comer, oiría como la carne que habían preparado Ambrose y Samantha se estrellaba contra el fondo de su estómago.
—Venga sentaos de una vez, por el amor de dios… —murmuró impaciente mientras observaba al mayordomo lavarse las manos con innecesaria minuciosidad. —¿Acaso no tenéis estómago? —soltó un suspiró que en realidad sonó más como el soplido de un caballo y se echó hacia atrás en su silla para impedir que el olor de la comida alcanzara sus fosas nasales, pero por muchos esfuerzos que hiciera no conseguía calmar al monstruo que se había instalado en su estómago. «Vamos, vamos, no seáis tan dramático. Pensad que ahí fuera hay gente que pasa mucha más hambre que vos y aun así no va lloriqueando por las esquinas », se dijo a sí mismo mentalmente mientras sin querer, recordaba a la señorita Cross y la maldecía en silencio.
Cuando Lena le había pedido que se incorporara al servicio de Lysandre, Matthew se había imaginado realizando tareas similares a las que ya había hecho en casa de los Cross, no obstante, la escasez de personal le había obligado a: encargarse del cuidado del jardín, a preocuparse de hacer llegar la correspondencia del señor Ainsworth a la oficina de mensajeros del centro de Cardiff, a limpiar y por supuesto a cuidar de los caballos y a conducir la calesa del viudo siempre que éste tuviera que salir. Todo ello le dejaba los músculos agarrotados y adoloridos y en días como aquel, hambriento como un perro abandonado ya que no había dejado de trabajar desde que pusiera los pies fuera de la cama.
La doncella Samantha Sommers observó un tiempo prudencial al muchacho desde el otro lado de la cocina y no osó acercarse a éste hasta que se hubo asegurado de que sus pensamientos volaban lejos de aquella casa. Había pasado prácticamente un mes desde el día en que el atrevido de Bonham la había sorprendido mirando a través de la ventana del despacho de Ainsworth y aunque el chofer nunca había hecho ningún comentario al respecto, ni había hecho nada que pudiera ponerla en una situación difícil delante de su señor, la mente infantil de Sommers no dejaba de sugerir que debía devolverle el mal rato al muchacho para que así quedaran en paz, por supuesto no tenía intención de hacerle nada malo y desde luego no quería hacerle sentir mal, simplemente quería ver sus mejillas tan rojas como se habían puesto las suyas cuando él la había llamado. «Y ahora es el momento perfecto para hacerlo ».
—¡Eh, Matt! —Exclamó la joven mientras se acercaba a su presa —¿Por qué tenéis ese aspecto tan decaído? —se dejó caer sobre la silla que Bonham tenía a su izquierda, le miró unos segundos y acto seguido miró la comida que habían dejado sobre la mesa, todo mientras fingía no entender el porqué de su decadente estado anímico. —Me pregunto si todo esto no será… ¡¿No me digáis que estáis así por la comida?! —la muchacha inclinó ligeramente la cabeza para poder ver mejor su rostro y sonrió de oreja a oreja al ver la cara del sirviente: pálida por el hambre y con la mirada fija en la carne que le esperaba a pocos centímetros sobre la madera. —¡Oh ya lo creo, claro que lo es, podéis apostar el trasero a que es por eso! —exclamó entre carcajadas mientras le daba al muchacho unas palmaditas en la espalda.
Las tripas de Matthew se encargaron de replicar por él, no obstante el joven no se dio por satisfecho solo con aquella vergonzosa respuesta. —Dejad de proclamarlo a los cuatro vientos, os lo ruego —murmuró. —Hace más de nueve horas que no pruebo bocado, es comprensible que no me encuentre bien, ¿entendéis?
La discreta voz del muchacho solo logró hacer crecer la sonrisa de la sirvienta Sommers, que siempre mostraba demasiado interés en molestarle. —¡Oh vamos! —Matthew le cubrió la boca con la mano para evitar que volviera a gritar y solo cuando la joven bajó la mirada en gesto resignado y asintió con la cabeza, se permitió liberarla. —Matty no tenéis sentido del humor, yo solo pretendía haceros la espera un poco más amena, pero ya que no estáis de humor... —Sam dejó descansar las manos sobre su regazo y se sentó bien recta en la silla; su rostro se transformó en el de una mujer completamente diferente: más madura, elegante y refinada, y tan impresionante fue su cambio de actitud, que cualquiera que la hubiera visto sentada de aquel modo habría pensado que sin duda Lysandre se había equivocado y había contratado a una mujer de la alta sociedad para hacer de criada, sin embargo nadie puede cambiar quién es de la noche a la mañana y pronto Sommers destrozaría aquella apariencia de falso refinamiento con su siguiente alarido. —¡Ambrose, Matty dice que sois un maldito desconsiderado! —Llamó sin el menor atisbo de pudor, —¡Nuestro pequeño Matt se nos muere de hambre y vos perdéis tiempo lavándoos esas manos tan impecables que tenéis!
—¡¿Pero qué decís?! ¡Yo no he dicho nada de eso, retiradlo! —se quejó el chofer mientras trataba por todos los medios de volver a taparle la boca a Sam.
—¿Qué decís? —Gritó de nuevo la doncella —¿Que Ambrose pierde el tiempo lavándose porque con sus guantes nunca se ensucia las manos?
Bonham estaba a punto de ponerse serio y reprenderla, pero antes de que tuviera tiempo de abrir la boca, entró el mayordomo en la cocina y le dio un fuerte manotazo en la cabeza para hacerla callar. Al parecer no debía de ser la primera vez que la doncella se comportaba de aquel modo pues a juzgar por la mirada en los ojos del anciano, no se había creído nada de lo que ésta acababa de decirle a gritos.
—¿Queréis dejar de rebuznar como un asno señorita Sommers? ¿Acaso os habéis propuesto hacer del señor Ainsworth un desgraciado? —habló el mayordomo con voz gélida, mientras tomaba asiento frente a los dos jóvenes sirvientes y se colocaba la servilleta sobre el regazo. —Deberíais mostraros un poco más agradecida por poder seguir trabajando aquí y desde luego, deberíais empezar a comportaros como una mujer de vuestra edad. Esas tonterías que os salen por la boca solo perjudican al señor Ainsworth, vos mejor que nadie deberíais saberlo.
—No creo que haya sido para tanto, la muchacha solo estaba de broma y además a mí no me ha molestado en absol- —Matt entendió que había llegado el momento de callar cuando notó la estricta mirada de Ambrose clavada en su rostro, ¡era incluso peor que la que le dedicaba su padre cuando le regañaba!
Sam murmuró un suave 'gracias' antes de escurrirse en su asiento y agachar la cabeza arrepentida. Para cualquier espectador la situación no habría tenido el menor sentido, pero ellos tres sabían bien de qué iba aquel asunto; Lysandre había recibido aquella mañana la visita del representante de uno de los bancos más prestigiosos de Cardiff y la doncella no solo había olvidado llevarles el té sino que además al hacerlo iba tan distraída que casi derrama el contenido de la tetera sobre el distinguido invitado de Ainsworth. Al final el incidente había acabado con todo el té esparcido por el suelo y con su señor llevándose a la visita a su despacho para que Sommers no les molestara mientras limpiaba el estropicio de la sala de estar.
«A su despacho nada más y nada menos, cuando todos saben que ahí solo puede entrar la flor y nata de la alta sociedad »le recordó a Sam la odiosa vocecilla de su conciencia.
—Ahora comamos, nos espera una tarde muy larga por delante —dijo el mayordomo mientras cortaba la carne de su plato en trocitos perfectamente cuadrados y los apartaba a un lado para comerlos una vez que todo el filete estuviera cortado. —Vos tenéis que coser los botones de la chaqueta nueva del señor, me ha comentado que están algo sueltos, además os recuerdo que tenéis que ir al centro a comprar el salmón para la cena y cuando volváis tendréis que ayudarme a prepararla —habló con tono autoritario mientras se dirigía a Samantha. —Y en cuanto a vos, —empezó de nuevo, en aquella ocasión dirigiéndose al chofer —convendría que podarais los árboles del jardín, aquello empieza a parecer el patio trasero de una casa encantada, cuando terminéis tenéis que limpiar las ventanas del segundo piso, están tan llenas de porquería que apenas puede entrar la luz del sol y por supuesto, estad preparado en cualquier momento para llevar al invitado del señor de vuelta al centro.
—Pensé que sus amigos del banco se encargarían de recogerle… —comentó Bonham tratando de esconder lo mucho que le molestaba tener que hacer tantas cosas en tan poco tiempo. ¿Cómo esperaba que terminara todos sus quehaceres en una sola tarde? Solo en el jardín iba a estar horas por culpa de aquella estúpida obsesión perfeccionista del mayordomo y no quería ni imaginarse la de veces que Ambrose le obligaría a repasar las ventanas para borrar una de aquellas manchas invisibles que al parecer, solo el mayordomo era capaz de ver.
El anciano se llevó el tenedor a la boca, masticó el pedazo de carne de ternera hasta dejarlo hecho puré y tragó con toda la calma del mundo ignorando lo que acababa de decir Matthew.
—Es que no entiendo por qué un banco tan prestigioso es incapaz de encargarse de sus propios empleados, la verdad —seguía refunfuñando el chofer, mientras se llevaba cantidades obscenas de comida a la boca, masticaba con avidez y tragaba como si creyera que aquella podía ser su última comida. —Donde yo trabajaba antes, las cosas no se hacían así, ya lo creo que no.
—Es una cuestión de cortesía, creo —contestó Samantha que al fin parecía haberse recuperado de la regañina de Ambrose. —Así nuestro señor demuestra que es un hombre atento con sus invitados, hay que cuidar las apariencias, ¿no es así?
Matthew se limpió la boca con la manga de su nuevo uniforme y se encogió de hombros. —¿Cortesía? ¡Ja! Si queréis saber mi opinión, a mí todo esto me parece un intento desesperado de desembarazarse de ese hombre del banco y al mismo tiempo quedar como un señor, pero en realidad lo que parece es-
—Cuidad vuestras palabras, Matthew —Ambrose dejó el tenedor en su plato y se limpió la comisura de los labios con la servilleta de tela de su regazo. —Todo lo que necesitáis saber es que las órdenes de nuestro señor son absolutas, no necesitáis entender por qué habéis de ser vos quien lleve al señor Dougal de vuelta a Cardiff, del mismo modo que yo no necesito oír vuestros constantes quejidos, así que cerrad esa enorme boca vuestra, terminad de comer y volved al trabajo —y dicho aquello se levantó de su asiento, se llevó su plato para vaciar los restos en la basura y lo dejó en el fregadero, no sin antes añadir: —Y ya que tenéis tanta energía para cuestionar nuestros métodos, tendréis también fuerzas para fregar los platos.
Sam cerró los ojos al oír el castigo de Bonham y esperó hasta que el mayordomo se hubo marchado para darle una palmadita en la espalda al chofer. —No os preocupéis, a mí también me costó un poco adaptarme a las costumbres de los aristócratas, pero al final os habituaréis a hacer lo que os pidan sin rechistar y sin hacer preguntas —la doncella se acabó el último pedazo de carne de su plato, pero en lugar de levantarse y seguir el ejemplo del anciano, se quedó un rato más a hacer compañía a Matthew. —Y si no siempre podéis dejar que Ambrose os enseñe modales a su manera —se frotó la parte de la cabeza donde el mayordomo le había dado el correctivo y soltó una carcajada.
—No penséis mal de mí, no es que quiera quejarme o librarme de mis obligaciones, es solo que me parece muy raro que un hombre tan importante como el señor Ainsworth tenga tan pocos sirvientes. Es decir, en la última casa donde trabajé había más de un jardinero, cuatro doncellas, un ama de llaves, un mayordomo, dos choferes contándome a mí y un cocinero, y sin embargo aquí… —Matt tiró su tenedor sobre la mesa y se cruzó de brazos. —Aquí tenemos que hacerlo todo entre tres, aunque salta a la vista que no damos abasto y para colmo, se presenta la oportunidad de contratar a una nueva doncella y el señor la rechaza sin siquiera pensarlo dos veces.
—¿Habláis de vuestra hermana, verdad?
Bonham asintió por toda respuesta y añadió: —vive dios que necesita este trabajo, necesitamos todo el dinero que podamos conseguir para nuestro padre y el señor lo sabe, pero pareciera que Ainsworth no tiene corazón.
—¡No digáis eso! —intervino la doncella con tal vez demasiado entusiasmo. —Que se sepa, el señor todavía no ha tomado una decisión, así que no podéis descartar que un día vuestra hermana se incorpore a nuestra familia, y para colmo habláis sin conocer al señor. Es cierto que a veces peca de ser demasiado prudente, pero en estos tiempos que corren, ¿cómo podría no serlo? Además después de todo lo que ha tenido que sufrir… —Samantha se mordió el labio inferior y bajó la mirada. —No sabéis nada Matt, gracias a Ainsworth he podido vivir una vida envidiable, es cierto que tengo que trabajar duro cada día, pero sabe dios qué sería de mí ahora si no me hubiera acogido en su casa.
El chofer frunció el ceño y negó con la cabeza. —No pongo en duda vuestras palabras, pero sigo pensando que debería haber ayudado a mi hermana. ¿De qué tiene tanto miedo? Es cierto que Lena se propasó al gritarle de aquel modo —argumentó con vehemencia mientras se ponía en pie para dar más énfasis a sus palabras —pero también es cierto él la provocó. En lugar de mostrarse comprensivo con mi pobre hermana, que ha sufrido tanto, se dedicó a hundirla más y más en la miseria —cogió su plato y el de Sommers, tiró los restos de migas de pan y suciedad en la basura y los metió en el fregadero, después sumergió el estropajo en el cubo de agua que le habían dejado en el fregadero contiguo y empezó a enjabonar los platos. —Es injusto y me parece increíble que le defendáis.
Samantha se puso en pie y caminó hasta Bonham, entendía bien cómo se sentía, pero era incapaz de reconocer que su señor tal vez hubiera obrado con demasiada crueldad. ¿Cómo podría hacerlo después de haberse mostrado siempre tan bondadoso con ella?
—Os repito que su prudencia, aunque pueda parecer excesiva o incluso cruel, está justificada.
—Justificada… claro.
La doncella se quedó pensativa unos instantes, Matthew había demostrado ser una persona de confianza, ¿pero hasta qué punto podía fiarse de él? «si os quisiera algún mal ya le habría dicho a Lysandre que os vio en su despacho ».
—Semanas antes de morir, la señorita Valerie empezó a recibir cartas anónimas de uno de sus amantes, ella le había dejado por otro y el hombre estaba despechado.
Bonham sintió como los músculos de su mandíbula se relajaban y como se le abría la boca en gesto de sorpresa. —¿Amenazaban a la señora Ainsworth? —era la primera vez que conseguía una pista sobre el caso de Valerie, la primera vez que iba a poder llevarle a su señora información importante y no su habitual "todavía no he averiguado nada". Matthew quería enterarse de todo cuanto pudiese, pero sabía que debía ir con cuidado ya que si se mostraba demasiado ansioso levantaría las sospechas de Samantha y aquello tampoco le convenía.
—Pero eso es terrible, ¿la policía no ha hecho nada al respecto? Es muy posible que ese hombre sea el asesino de vuestra señora, ¿os dais cuenta?
—¿Estáis loco? —la joven dio un empujoncito a Matthew y empezó a enjuagar los platos que ya había limpiado el muchacho. —Este asunto no debe saberse jamás, si se supiera la reputación de mi señor se iría al infierno, nadie puede saber que su esposa le engañaba con otros, ¿entendéis?
—P-pero eso es… ¿no es más importante hacer justicia que guardar las apariencias? —Matthew no podía creer lo que escuchaba, acababa de aparecer otro sospechoso en escena y a nadie parecía importarle lo más mínimo. ¿Acaso era él el único cuerdo en aquella ciudad?
—No lo entendéis, os repito que son cartas anónimas, no puede demostrarse quién las ha enviado y su contenido es… tenéis que verlas vos mismo, yo no sería capaz de repetir las cosas que allí se dicen. Además, si os quedáis más tranquilo os diré que yo misma estoy investigando por mi cuenta para algún día poder llevar al malnacido que mató a mi señora ante la justicia.
Matthew dudó un instante, pero pronto decidió que preguntar no podía perjudicarle en nada, después de todo no había sido él quien había sacado el tema y se suponía que para él, el nombre de Valerie no era más que un simple nombre de mujer.
—¿Me las enseñaréis? —giró ligeramente la cabeza para poder mirar a su compañera a los ojos. —¿Me enseñaréis las cartas? De niño siempre soñé que me convertiría en detective y además es peligroso que investiguéis vos sola, seguro que os vendrá bien la ayuda de un joven fuerte y valiente que os proteja.
Sommers se quedó en silencio un momento, tenía el semblante tan serio que casi parecía una persona completamente distinta, arqueó una ceja y de pronto estiró los labios en una sonrisa sarcástica —¿Vos, fuerte y valiente? —la muchacha le quitó el estropajo de entre las manos y se lo tiró con suavidad a la cabeza mientras se reía, —¡qué optimista sois Matty!
—Siempre tenéis que burlaros de mí, ¿no es cierto? —Bonham recogió el estropajo del suelo y volvió al trabajo, tenía las mejillas teñidas carmesí y se notaba el pulso algo acelerado.
—No os enfadéis, solo bromeaba. En realidad me gustaría que me ayudarais, dos cabezas piensan mejor que una, ¿no es eso lo que se dice? —la joven hizo una pausa para humedecerse los labios y finalmente dijo: —Encontraos conmigo esta noche a las diez en el jardín y os enseñaré las cartas, pero sobre todo, guardad el secreto, nadie puede saber nada de este asunto.
