Disclaimer: Todos los personajes de Crepúsculo y su saga pertenecen a Stephenie Meyer. Las situaciones y personajes que no reconozcan son míos.
A un latido de ti/ Greendoe
Capítulo diez
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Sometimes I feel so happy
Sometimes I feel so sad
Sometimes I feel so happy
But mostly you just make me mad
Baby, you just make me mad
Linger on, you pale blue eyes (1)
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La memoria es una enemiga caprichosa y poco confiable, constante con su presencia día a día como la sombra de nuestro propio cuerpo. No hay forma perpetua de evadirla, solo pequeñas distracciones, porque siempre estará ahí, llamándose a sí misma de tal forma que nuestros pensamientos saltan de la niñez al hombre y la mujer adultos, y aunque su carácter es individual, tiene una terrible y hermosa forma de conectarnos con el recuerdo colectivo, formando así tantas perspectivas de un mismo evento hasta crear un verdadero caleidoscopio.
Por poner un ejemplo, hoy he recordado la tragedia de los rehenes en Teherán (2). Para todos los patriotas de bandera izada, los mismos idiotas que siempre han comprado la ilusión de Estados Unidos que les vende el cine, aquel evento fue una dura patada en las pelotas, no tan grave como Vietnam, desde luego, pero ciertamente vergonzoso. Llegado el momento, era imposible mostrarse indiferente al tema, pero para mí, y gracias a la magia de la memoria, se ha conectado indisolublemente a mi recuerdo de Elizabeth Masen.
Sucedió ese día, la mañana siguiente a la llegada de Michael a Forks, cuando yo despertaba desorientada tras haber pedido el asilo de un silencioso Masen. Desconcertada por el ambiente extraño en que me encontraba, me tomó algunos segundos reconocer las rumas de libros, la música y la guitarra vieja, pero por más que busqué, no hubo otra señal de Masen que las arrugadas sábanas al lado opuesto de la cama, signo de que de hecho había dormido ahí.
Dominada por la desazón, recordé la expresión del muchacho la noche anterior y una desagradable pesadez se alojó en la boca de mi estómago. No quería sentirme paranoica, pero lo cierto es que el aspecto sombrío y el inusual silencio, incluso para él, me habían tomado por sorpresa justo en el minuto en que deseaba pedir perdón cobarde y sutilmente. Con apenas una breve vacilación, Masen me había dejado entrar, cierto, pero su comportamiento distaba mucho del sujeto que deseaba desesperadamente agradar de antes, transformándose más bien en un buen samaritano a regañadientes. Por lo mismo, al despertar en soledad no me quedaban dudas de que mi presencia lo ahuyentaba, y aunque prefería tragar polvo, que lo único que esperaba de mí tras la noche era desaparecer de su casa tan pronto como fuera posible.
De la misma manera en que lo había hecho la vez anterior, en cualquier caso. Para él, conmigo siempre era cosa de fugas.
Resignada a lo inevitable, y dominada por esa premura tan propia de quien no es bienvenido, reuní las fuerzas para salir de entre las sábanas y ponerme presentable. Todavía un poco adormilada, até mi cabello en una coleta, tallé mis ojos y, una vez que encontré mi chaqueta, me vestí. En un arranque de culpa, remordimiento y deseos de congraciarme, hice esmeradamente la cama, pero no me atreví a tocar el resto de su desorden porque la experiencia me decía que en la lógica de la gente caótica, aquello debía tener una razón de ser. Finalmente, cuando asumí que no tenía nada más en qué alargar el tiempo y que llegar a mi propio e indiferente hogar era el destino, bajé por las escaleras dispuesta a partir.
La amplia sala era cálida y acogedora cuando llegué a la primera planta, pero no había nadie más que la tropa de animales a la que ya estaba acostumbrada. Harrison, siempre un gato en toda regla, me dirigió una mirada especulativa e indiferente desde el sofá rojo, pero al cachorro siberiano, que al parecer había logrado tras muchos intentos entrar a la casa con sus empantanadas patitas, me fue imposible verlo antes de que fuera demasiado tarde.
— Oye, no… – murmuré, frunciendo el ceño al ver que saltaba a mis piernas e intentaba marcar sus huellas en el pantalón – No, no, no… aléjate, tonta bola de pulgas…
—Doctor Pepper, ¡abajo!
Atrayendo la atención del perro, la desconocida y salvadora voz de una mujer me quitó al animal de encima. Con los ojos abiertos como platos, porque era como encontrarse a un fantasma, y viendo cómo el cachorro se retorcía en sus manos igual que un tonto y desesperado bebé, me quedé inmóvil sobre la tierra que pisaba y con una fría sensación helada recorriéndome la espalda, pero Elizabeth Masen, con su salvaje cabello, sus pies descalzos y una mirada entre somnolienta y divertida, me sonrió de oreja a oreja.
—Lo siento, guapa – murmuró, riendo cuando el perro intentó babearle la mejilla – Este chico tiene problemas de continencia.
Se dirigió a mí con confianza, como sin preguntarse qué rayos hacía yo en su mañana de fin de semana saliendo de la habitación de su hijo. Incluso pensando que Masen le hubiera avisado de mi aparición sorpresa por la noche, el desconcierto me impactó con demasiada fuerza para dejarme reaccionar con naturalidad, por lo que apenas esbocé una mueca extraña y la miré con timidez. Ella, en tanto, y para el inmenso placer del gato, avanzó hasta la puerta principal con el cachorro todavía en las manos, y tras reprenderlo en voz baja, lo dejó afuera antes de cerrar otra vez. Luego, se volvió hacia mí con su enorme sonrisa y un brillo entusiasta en sus verdísimos ojos.
—¡Desayuno! – Exclamó con vitalidad, añadiendo de inmediato – No puedes decirme que no, ya está listo y tenemos mucho del pastel de chocolate que te gusta.
Actualmente, una actualidad en la que me gustaría decir que la vida es perfecta y que jamás tengo días bajos – pero aquello sería una mentira grosera – desearía poder registrar con detalles particulares lo que supuso conocer a Elizabeth. Conocerla de verdad, digo, no solo bajo la dinámica de cliente y dueña de El gran Gatsby, acostumbrarse a esa sonrisa dulce y juguetona que parecía brotar de cada célula de su cuerpo. Para mí, que era una adolescente impresionable ante todo, entrelazar mi vida con la suya, tan distinta en costumbres, pasados y presentes, fue como rasgar vestiduras con mi antigua existencia, iniciar el proceso de abandono y atisbar lo que luego sería la nueva vitalidad de mis días.
Yo soy partidaria de que uno admira a ciertas personas con un fervor similar al amor apasionado, ese que no es real, pero si potente y ciego. Bueno, no es ilusorio decir que yo me enamoré de ella, porque Elizabeth Masen no era como nada de lo que hasta entonces conocía y como nada de lo que he conocido hasta hoy, una fuerza imponente que estaba dispuesta a jugar con la vida de la forma en que esta se le fuera disponiendo. Hoy, que la extraño tanto y deseo abrazarla y sentir su fuerte olor a lavanda, estoy más convencida que nunca de que ella tenía esa sabiduría que tantos hippies clichés quisieron aparentar, pero también sé que ella se reiría, que me golpearía juguetonamente la cabeza y se mofaría de mí como la niña de cuatro años que a veces parecía.
Así que no, no sé bien qué me llevó a aceptar su amable invitación contra todo sentido común, como si la relación tensa con su hijo no fuera un gigantesco cadáver en el camino. Antes de que pudiera comprenderlo o elaborar una salida, me vi sentada en uno de los cómodos cojines de su extraño comedor a punto de tomar desayuno.
—Aquí tienes – dijo, cuando volvió con una cafetera italiana y un platillo con panecillos y un generoso trozo de pastel.
—Gracias – murmuré, sintiéndome de pronto hambrienta al sentir el olor del café – Espero no estar acabando con toda la despensa.
—Oh, nada de eso – Se apresuró a decir la mujer, dando un sorbo a su taza – La verdad es que aquí no comemos muchos dulces, después de tantos años haciéndolos se pierde la magia.
En efecto, ella se puso a comer de un generoso tazón con cereales y leche, ignorando con tranquilidad las apetitosas tartas y los panecillos de anís, y aguzando de vez en cuando el oído para escuchar las noticias de la radio. Vagamente, noté que hablaban de la operación que se estaba llevando a cabo en Irán, pero era incapaz de despegar mis ojos de Elizabeth en sí, que de vez en cuando me dirigía una sonrisa distraída. Al cabo de un rato, volvió a prestarme atención.
—Esto es bastante descortés, guapa – Comentó como a la pasada, apretando los labios en señal de auto reprobación culpable – Pero la verdad es que no recuerdo tu nombre.
Como una tarada, parpadeé.
—¡Oh! – Farfullé desconcertada – Oh, lo siento, lo siento, sí. Quiero decir, sí, soy Bella.
—La hija del jefe – Cercioró Elizabeth, asintiendo con una sonrisa ante mi torpeza.
—Sí – murmuré avergonzada – Lo lamento, debí presentarme. Es su casa, después de todo…
—¡Bah! – Exclamó ella, haciendo un gesto con la mano como si espantara a una mosca – Francamente, Bella, los nombres bien poco importan. Pero bueno, yo soy Elizabeth, y debes decirme así porque no soy ni una dama ni una anciana.
—Elizabeth – Repetí, un poco desconcertada por esa presentación que de pronto me recordó todas las cosas que se decían de ella en Forks.
Ella sonrió divertida, asintiendo como un fanático del rock en un concierto. Por un segundo, algo en sus ojos me generó la incómoda sensación de que sabía lo que estaba pensando, probablemente asociando mi nombre con el de mi madre y el centenar de desplantes que le había hecho en los últimos años, pero deseché la idea en cuanto la mujer dejó de mirarme y echó un vistazo por una de las ventanas de la sala. Parecía levemente intrigada.
—Me pregunto por qué tardará tanto Edward – musitó para sus adentros, y luego me observó – ¿Tú no lo viste levantarse, cierto? No, no lo creo… ese niño despierta con el sol.
—Y yo duermo como una roca – Comenté, más por decir algo que nada. Parte del remordimiento que me había impulsado a huir de la casa lo antes posible regresó en ese momento.
—Ah, sí… yo no he podido hacerlo en quince años – Elizabeth rio – En realidad, quince y un poco más, porque ese mal le viene del padre.
Inconscientemente, mi cerebro dio un respingo al escuchar aquello. No parecía ser un tema para ella, por lo que podía intuir de su voz tranquila y media distraída, pero la curiosidad que todo el pueblo había sentido siempre marcaba presencia también en mí. Naturalmente, deseaba saber quién era aquel desconocido sujeto con el que la señorita Masen había caído sin pisar primero el altar, pero no tenía las agallas para inducir una especie de confesión.
Justo entonces, la puerta de entrada volvió a abrirse. Negándole vehementemente la entrada al siberiano, que soltó un aullido lastimero, y cargando una enorme cesta de leña, Masen entró dando entrecortados pasos hasta dejar la carga en el suelo. Llevaba las botas negras ya conocidas y sus mejillas estaban rojas por el frío, y no fue hasta que Elizabeth silbó para llamar su atención que nos miró.
—Buen día – dijo ella, sonriendo de manera brillante. Ceñudo, su hijo nos observó alternativamente.
—Hola – musitó en voz baja.
—Te demoraste – Acusó Elizabeth, poniendo rostro de circunstancias – Y tenía hambre, así que desayuné con Bella.
—Está bien.
Aunque solía hablar con tono de ultratumba, hubo algo en la expresión del muchacho que me hizo saber que estaba molesto por mi estancia extendida en la casa. No lo esperaba, ciertamente, y tampoco lo ocultaba de su usual y pacífico ánimo. Su madre, sin embargo, no pareció darle importancia a la expresión huraña que llevaba, porque rápidamente le indicó que se sentara mientras iba a preparar más café. Él obedeció en silencio, pero se ubicó lo más lejos de mí que pudo.
—¿Dormiste bien? – preguntó al cabo de un segundo, cuando nos quedamos solos.
—Sí, gracias. Espero no haberte pateado o algo así.
—No lo hiciste.
—Me alegro.
Inmersos en el silencio, evitamos mirarnos mientras un trozo de leña explotaba en la chimenea. En lo que se me antojó una eternidad, esperé a que regresara Elizabeth para desaparecer de ahí lo más pronto posible sin ser maleducada, pero estaba demasiado ansiosa y nerviosa como para tener paciencia. La actitud de Masen me desalentaba más de lo que era capaz de entender, y un pequeño rincón de mi corazón deseaba dejar de meterme en su antiguamente tranquila existencia.
Violenta, me levanté conteniendo la respiración y lo encaré, pero el muchacho apenas me contempló con expresión apática.
—¿Te vas? – dijo como si comentara el clima.
—Sí – respondí cortante, deseando decir otra cosa – Gracias por dejarme pasar la noche, y agradécele también a tu madre por el desayuno.
Masen asintió, pero no me miró ni lució interesado más que en lo que fuera que tuviera su pulgar. Conteniéndome, reprimí el deseo de mostrarle mi dedo medio y golpearlo en la coronilla para que me pusiera atención, pero no lo hice, porque no tenía nada más que hacer ahí y era bueno que lo comprendiera de una vez por todas. Haciendo el amago, sin embargo, fui detenida por la voz decepcionada de Elizabeth.
—¿Ya te vas? – preguntó, y sus ojos se abrieron grandes y manipuladores como los de cualquier muchacha guapa sin importar su época. Lucía genuinamente triste.
—Ah… sí – Balbuceé, señalando con un dedo a la puerta – Tengo que hacer un montón de cosas en mi casa.
—Tú también deberías irte ya, mamá – Interrumpió Masen, mucho más agradable que cuando me había dirigido sus escuetas palabras – Seth debe estar por llegar al café y hace mucho frío.
—Sí, papá.
Elizabeth puso los ojos en blanco por el tono omnipotente de su hijo, pero le sirvió para recordar sus obligaciones. Ágil, dejó el nuevo café en la mesa y desapareció por una puerta contigua a los ventanales principales que hasta entonces siempre había visto cerrada, y que supuse sería su habitación. En efecto, un minuto después reapareció envuelta en un grueso impermeable y con un gorro tapando su cabello, y se colocó las coloridas botas que la primera vez me habían llamado la atención.
—Bueno, Bella – dijo, colgándose un bolso de gastado cuero en el hombro – Espero verte pronto por aquí, porque la verdad es que siempre he tenido la impresión de que Edward le dice a sus amigos del instituto que yo muerdo.
Toda ingenuidad y tranquilidad, la mujer rio alegre por la idea, lo que de hecho era risible al comprobar su carácter amistoso, sin notar el cambio operado en el semblante de su hijo y en el mío propio. Preso del pánico, Masen abrió mucho sus ojos y me miró, esta vez y finalmente, frente a frente, y agitó su mano de una manera desesperada que jamás le había visto, como para que le siguiera el amén a todo lo que fuera a decir Elizabeth. Yo, que nunca lo había visto suplicar así ni siquiera cuando creía que le estaba tomando el pelo con lo de tener sexo, me quedé desconcertada en un principio, pero fui lo bastante rápida como para componer una expresión adecuada cuando su madre me miró.
Esbozando una sonrisa plácida, asentí de forma educada.
—Lo tomaré en cuenta, gracias – murmuré.
—Sin reservas – Corroboró Elizabeth, y agregó – Y por favor, quédate un par de minutos más. Edward nunca lo dirá, pero detesta comer solo.
Luego, antes de que su hijo pudiera avergonzarse como yo lo habría hecho por un comentario así, tomó unas llaves que estaban sobre la mesita del teléfono, besó mi mejilla, desordenó distraídamente el cabello de Masen y salió apresurada por la puerta, causando el inevitable alboroto del perro y la sensación del paso de un huracán. A través de la ventana, ambos la vimos avanzar hacia un Ford Mustang azul que no había visto jamás en mis dos breves estancias en Blue Moon, y después, cómo desaparecía el coche entre los árboles que ocultaban el camino.
Envueltos en aquel incómodo tira y afloja, permanecimos en silencio tanto como nos fue posible, observando siempre el paisaje que ofrecía la ventana y notando que la lluvia seguía formando pozas de agua sin parar.
—Debo irme – dije finalmente, convenciéndome en voz alta.
Masen me miró contrito, evidenciando de forma muy clara que deseaba decir algo antes de que me fuera.
—Gracias – murmuró de hecho, casi al instante y sin darme más que un vistazo rápido con aire cohibido – No tenías por qué mentir solo porque estaba mi madre.
—No es nada – Aseguré, encogiéndome de hombros.
—No le dije que eras mi amiga – Añadió nervioso él, y desordenó aún más su cabello, esta vez con las dos manos – Ella simplemente asume cosas, creo que piensa que tenemos algo.
Hizo una mueca extraña, algo semejante a una sonrisa y también a una disculpa, pero yo no pude evitar reír por la ironía del asunto.
—Bueno, no podemos negar el hecho de que nos acostamos, ¿no? – dije a modo de broma, sin pensar realmente en lo que estaba hablando.
Me sentí un poco más tonta de inmediato, sintiendo el calor ascender por mi cuello y mi corazón agitarse un poco más rápido por la vergüenza, pero Masen solo pareció realmente sorprendido de que acabara de tocar aquel tema con tanta ligereza.
—Creo que debería irme – dije, en lo que era como mi décimo intento por salir de ahí.
—Oye, espera.
Apaciguado por mi favor en condiciones extrema, Masen volvía a mostrarse tímido. Evaluando mi estado de ánimo, hizo el ademán de detenerme con la mano, pero acabó dejándola caer por temor a que fuera a mordérsela o algo así. Incierto, me observó fijamente antes de hablar.
—¿Qué pasa? – inquirí, incómoda como siempre que me miraba igual que a un experimento científico.
—¿De verdad tienes muchas cosas que hacer en tu casa? – preguntó a su vez él, contemplándome con cautela y alzando las manos a modo de defensa – No te ofendas, pero después de aparecer ayer por la noche…
No siguió diciendo nada más, porque era obvio a qué se refería y probablemente intuyó con sapiencia que yo no necesitaba escuchar el discurso entero. Soltando un suspiro, pues a esas alturas seguir con la guardia alta parecía un mal chiste, intenté resumir el panorama sin entrar en los detalles que por ningún motivo quería que supiera.
—Digamos que las cosas no están del todo bien en mi casa – Expliqué, esbozando una sonrisa cínica para quitarle el peso real al asunto – Y bueno, como sabes, mis amigas y yo estamos un poco enemistadas también, así que en realidad no tenía muchas opciones. De verdad te agradezco que me hayas dejado entrar, porque los asientos de mi coche son fríos y duros y una gran mierda sin fin…
—Puedes quedarte un poco más si quieres – Interrumpió entonces él.
Se encogió de hombros, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón y poniendo esa expresión de que no era la gran cosa, pero yo entendí muy bien que era su forma de decir que bajaba las hostilidades y quedábamos en el punto cero del inicio. Tregua, empezar de nuevo sin las estupideces de antes entremedio. En vista de que yo había dado señales de no ser una idiota completa, él dejaba de negar que fuera una persona decente.
—No te preocupes – Le aseguré, sin embargo, porque no quería imponerme– Sobreviviré.
—No, de verdad… – Masen se quedó callado, buscando las palabras precisas – Quiero decir, no me molesta, en serio. Puedes quedarte tanto como necesites.
—Oh, estupendo, comenzaré a traer mis cosas.
No sin cierta exasperación, él me miró con tolerancia mientras esperaba que lo tomara en serio, pero las comisuras de sus labios lo delataron con una pequeña sonrisa. Yo, que no estaba muy segura de qué cosa creer, si lo decía por un mero asunto de cortesía o porque así lo sentía, le devolví el gesto con incertidumbre y algo de desconfianza.
—¿Va en serio? – pregunté en voz baja, ilusionada con un par de horas más fuera de mi casa.
—Sí, claro… – Masen meció su cabeza de un lado a otro, sonriendo tenuemente – Además, recuerda que detesto comer solo.
Es una sensación extraña forzarte por sobre los límites sociales, es decir, tener que interactuar con una persona a la que has conocido siempre solo porque las circunstancias en que ambos se encuentran propician un laberinto sin salida. Según yo creía, Masen y yo no teníamos nada en común en condiciones normales, y por condición normal no me refiero a anular nuestras virginidades en conjunto, y no éramos lo bastante patéticos como para empezar a hablar de las entregas y proyectos de las pocas clases que teníamos en común. Él me estaba ofreciendo un poco de refugio por algunas horas, claro, pero afortunadamente, y antes de que pudiera arrepentirme, el muchacho tuvo la buena ocurrencia de encender el televisor y ahorrarnos así el nefasto silencio.
Tras prepararse él un desayuno como para dos personas, además de traerme otro suculento trozo de tarta, ambos nos acomodamos a prudente distancia y separados por Harrison en el sofá. Sin muchas posibilidades, decidió dejar el último capítulo de Saturday Night Live (3), que aquel día tenía como banda invitada a The Specials (4), esa mezcla extraña que por una vez no dejaba bien parada la música británica. Con solo unos segundos de música, me quedó claro que el muchacho pensaba lo mismo, porque soltó un suspiro exasperado al ver la bizarra dupla de Terry Hall y Neville Staples (5), este último con una metralleta de juguete en su mano, comenzar a saltar como un par de niñitos sobre el escenario.
—Dios, siento vergüenza ajena – susurré muy bajo, pero él me escuchó igualmente.
—Lo sé… – Comentó, sin despegar los ojos de la pantalla – Así es como Elvis Presley se revuelca en su tumba.
—¿Presley se está revolcando? – Esbocé una sonrisa irónica y sacudí la cabeza – Pero si todo esto es culpa suya. Ese otro negro, el guitarrista, se está moviendo igual que aquel farsante comedor de hamburguesas, con ese mismo temblor de pie estúpido.
Para mi sorpresa, Masen se ahogó con su café en cuanto dije aquello. Con los ojos llorosos, y ante mi completa perplejidad, me observó con reproche.
—¿Cuál es tu manía de ir contra todas las cosas que el resto aprecia? – Exclamó molesto – Elvis es el rey del rock, ellos solo lo están deformando.
—No intento ir contra todo – Me defendí, resoplando al entender las razones de su exabrupto – Y joder, Elvis no es el jodido padre del jodido rock.
—¿Quién es, entonces?
—Chuck Berry (6), por supuesto – Aseguré con rotundidad.
Masen puso los ojos en blanco.
—Por favor, en cualquier caso Bill Halley (7) – Repuso – Y de todas formas, ninguno le hace el peso a Elvis.
—Viniendo de alguien que prefiere The Doors a L.A Women (8) no sé si debo considerarlo como una opinión válida.
—¿Qué? – El muchacho me miró como si me hubiera vuelto loca, pero yo solo me encogí de hombros, porque de hecho mi argumento me parecía muy válido.
—¡Vamos, he visto tu habitación! – Expliqué, hablándole como si fuera una fiscal acusando a un delincuente – Todos tus recortes de The Doors son de la época inicial, y déjame decirte, eso habla mucho de ti como persona.
Esbocé una sonrisa suficiente, consciente de saberme ganadora de una disputa que por otro lado era completamente absurda. Masen, sin embargo, no se lo tomó tan a la ligera, porque tras contemplarme como si fuera una rareza, volvió a hundirse en el sofá con expresión molesta. Apretaba mucho los labios y su ceño estaba profundamente hundido, y había algo en la infantil forma en que se llevaba la taza a los labios que me hizo reír.
Eso solo lo enfadó aún más.
—Cielo santo – murmuré, incapaz de dejar de reír – Vamos, Masen, no te enojes. Lamento ser tan perra.
—Nadie te ha llamado perra – gruñó él.
—Ya, ya – No contenta con hacer enfadar el dueño, ahora el gato comenzaba a mirarme mal, lo que solo me divirtió más – Pero es lo que estás pensando.
—Tú no sabes lo que estoy pensando.
Masen me dirigió una mirada desagradable, como sabiendo que aquello solo me haría reír aún más fuerte, y yo comencé a soltar una risita repetitiva, tonta e incontrolable.
—Bien, ahora sí creo que estás siendo un poco perra, Swan – Declaró, haciendo como que volvía a prestar atención a la pantalla.
—Oh, oh… lo siento, lo siento.
—¡Swan!
—Swan, Swan, Swan – Repetí exasperada, imitando de forma muy pobre su voz – Joder, deja de llamarme así. Mi nombre es Bella.
No sé de qué rincón de mi mente salió aquello, pero la verdad es que fue lo que necesitaba para volver a la seriedad, y de paso también a una situación un tanto incómoda. Con su eterna expresión sorprendida, Masen se quedó con su taza de café a medio camino mientras me miraba, y fue tal la intensidad de sus ojos que me sentí de pronto expuesta, nerviosa y acorralada.
—Digo, si quieres, ¿no? – balbuceé, muy consciente de que me sonrojaba – Después de todo, me has visto el culo y las tet…
—¡Entiendo! – Me cortó el muchacho, alzando una mano para terminar con mi miserable espectáculo.
Avergonzada, me callé y clavé mis renuentes ojos en el programa que seguía andando, pero me resultaba imposible concentrarme en cualquier cosa con la insistente observación de Masen sobre mí. Al cabo de unos segundos, por suerte, él me dejó libre y volvió a tomar su taza como si nada hubiera pasado.
—En ese caso – murmuró luego con voz inocente – Tú puedes llamarme Edward.
De forma inconsciente, se pasó una mano por el cuello en un ademán nervioso y yo pude ver parte del Masen insoportablemente tímido al que estaba acostumbrada. Sabiendo que estaba dando un paso importante, porque son esos pequeños detalles los que construyen las relaciones con las personas, esbocé una sonrisa pequeña y amistosa, apenas visible mientras él se deshacía en su propio temor a ser rechazado.
—Edward – Cavilé, percibiendo lo extraño que sonaba – ¿No tienes un apodo o algo así? Edward es tan de los cincuenta…
Más como un suspiro aliviado que cualquier otra cosa, Masen resopló y puso los ojos en blanco al escucharme.
—Perdón por no tener un nombre tan contemporáneo como Isabella – musitó con acidez.
—Es Bella – Le corregí al punto, muy enfática – Bella.
—Bella, sí… lo que sea.
Asentí en silencio, dándole el visto bueno aunque algo desconcertada por aquel momento tan extraño. Sintiéndome inusualmente cómoda, y traspasando un poco más los límites de las buenas costumbres, noté lo mucho que se demoraba en acabar el café que tenía en las manos, por lo que no pensé demasiado al quitarle la taza mientras estaba distraído. Para mi sorpresa, y explicando la expresión divertida que puso en cuanto se dio cuenta, aquello no era el increíble café que preparaba su madre para El gran Gastby, no podría haber sido café ni en el rincón más infecto del mundo, aunque sí tenía el gusto amargo y refrescante de una buena cerveza helada.
Una cerveza en taza de café, claro estaba.
—¡¿Estás tomando alcohol a las diez de la mañana?! – Exclamé incrédula, mirándole con los ojos abiertos e inspeccionando el contenido con desconfianza. En efecto, el líquido era levemente transparente, se veía y olía como una cerveza – Masen, esto es repugnante incluso para Mike Newton, ¿cuál es tu problema?
—Es Edward, ¿recuerdas? – dijo con tono indiferente, arrebatándome la taza de nuevo y dándole un sorbo con tranquilidad.
Por alguna razón, no pareció entender mi escándalo por descubrirlo tomando cerveza tan temprano por la mañana, o al menos en un inicio lo ignoró con toda la calma del mundo. Ante la insistencia de mi mirada, sin embargo, que demandaba a claras cuentas una explicación con una similitud sorprendente a la de Renée escandalizada, acabó suspirando.
—Sí, es cerveza – Explicó aburrido – Me gusta la cerveza, a mi madre no le importa que me guste la cerveza, y como no soy un alcohólico todavía creo que puedo tomarla cuando me dé la gana.
—A las diez de la mañana – Le recordé, dejando en evidencia lo que pensaba de eso. Él rio.
—Suenas como la hija del jefe de policía – dijo divertido, esbozando una sonrisa absurda de medio lado que me incitó a golpearlo. No lo hice – Mira, la verdad es que los fines de semana no tengo nada que hacer salvo cuando voy a ayudar a mi madre al café. No es que pase echado tomando cerveza, pero tampoco es tan grave.
Todo eso lo dijo con su acostumbrado tono educado, pero había algo en su voz que dejaba entrever una cierta decepción en el fondo. Sus ojos, más aún, tenían un brillo propio de la crítica y la tolerancia de las personas mayores, y pronto entendí que se debía a que yo me estaba comportando igual que cualquiera de los buenos habitantes de Forks. No era que tomar cerveza antes del medio día me pareciera una costumbre muy sana, que no me lo parecía, pero la verdad era que toda mi reacción se debía más a un tema de hábito y moral. En nuestro pueblo no se tomaba alcohol antes de la hora de almuerzo porque era mal visto, necesitado y denigrante, propio de los vagos propensos a perder sus vidas, pero no era más que eso, un hábito. Después de todo, Masen no se veía en ningún sentido como un borracho.
—¿No te da ni un poco de asco? – pregunté, moderando ahora mi tono para que entendiera que respetaba su absurda costumbre. Él alzó las cejas.
—No – dijo resuelto – ¿No te da ni un poco de asco comerte toda esa tarta? Porque yo no podría.
Entendiendo el punto, le mostré el dedo medio.
Después de Saturday Night Live vino Star Trek (9) y un terrible aunque divertido programa de ventas que ofrecía costosos equipamientos de pesca en Seattle. Desde luego, aquello me hizo pensar en mi padre y la discusión que habíamos tenido la noche anterior, pero estaba demasiado cómoda ausentándome de mis problemas para sentir algo más que indignación por el trato que me había dado. En algún momento, Masen se levantó para ir a ordenar las cosas que se habían ensuciado con el desayuno, declinando para ello mi oferta de ayudarlo, y yo me quedé cómodamente sentada frente a la pantalla y recibiendo el calor de la chimenea. Harrison, que al parecer había entendido que iba a quedarme todavía un rato más, acabó enrollándose como una espiral sobre mi regazo y comenzó a ronronear.
—Eres una criatura despreciable – le susurré, pero me ignoró como tan bien sabía y volvió a dormir.
Al cabo de un rato, dejé de sentir el ruido propio del movimiento de vajilla en la cocina y Masen volvió a aparecer por la sala. Pareció desconcertado al verme ahí, tan felizmente dispuesta en medio de su casa, pero no dijo nada y para mi completo desconcierto se dirigió hacia las escaleras que llevaban a su habitación. Unos minutos después, volvió con un gastado y delgado libro que me tomó tiempo reconocer.
—Lolita – Leí, una vez que me lo tendió sin decir nada.
—Me lo pediste ayer – Recordó, y yo asentí medio asombrada por su memoria.
—Es cierto, gracias – murmuré, pasando un dedo por la portada y abriéndolo en la primera página – ¿Es bueno? La señora Collins me lo recomendó.
—No lo sé, no lo he leído.
Mientras volvía a sentarse, seguí escudriñando entre las primeras insustanciales páginas en blanco para llegar a las que realmente importaban, pero una pequeña y apretada caligrafía en tinta azul oscura me llamó la atención antes de lograrlo. Escrita en la esquina inferior derecha, quien fuera que la hubiera puesto ahí parecía conocer muy bien a su destinatario, porque ni el tamaño ni la ubicación hacían fácil dar con el mensaje. Críptico y misterioso, su contenido avivó de inmediato mi curiosidad: "Para Edward – decía – Por su revolucionario cumpleaños número dieciséis y todos lo que vendrán. Te quiere. C."
De reojo, observé al Edward Masen real, que cambiaba de canal en canal aburrido de las propagandas, y me pregunté quién era el misterioso o misteriosa C que le había regalado aquel libro, y por qué no lo había leído. Después de todo, libros y lecturas había muchas, pero si se trataba de un presente especial de alguna persona debía tener alguna clase de significado especial y, personalmente, lo habría privilegiado. Por la forma en que había hablado, tampoco parecía que se tratara de un tema secreto, pero decidí no preguntar nada porque no quería ser una cotilla y además era algo demasiado íntimo. En cambio, dejé el libro a un lado esperando recordar llevármelo y acaricié a Harrison tras las orejas. Como el animal me odiaba, se sintió ofendido y saltó al suelo hasta alejarse lo más posible de mí.
—Pero qué hijo de puta – musité para mis adentros, y Masen rio burlón – No me mires así, tu gato simplemente me vuelve loca. ¡Eh, déjala ahí! Los domingos hacen estrenos.
Ahí, con esas palabras y esa elección, puedo hacer hoy una inflexión extraña. Cuando dije que asocio los rehenes de Teherán con Elizabeth, a esa noticia con su rostro amable al hablar por primera vez, lo dije en serio y sin ambigüedades, segura de mis sentimientos aunque no de mis recuerdos, pero sé también que nada tiene que ver en mi memoria con Edward. Para mí, la transformación de Masen a Edward fue cosa de una hora, porque las cosas con las personas importantes, y ya deben saber que él es importante, cambian de la misma manera en que las nubes se mueven a través del cielo. Y él cambió ahí, ese mismo día que parecía otro con respecto al de Elizabeth.
Edward, el primer Edward, es Taxi Driver (10) si debo asociarlo a algo. Es esa música insoportable, ese saxo medio erótico que sale cada vez que Robert de Niro se pasea en su taxi por los barrios de prostitutas en Nueva York. Cada vez que veo aquella película, y aunque es buena y terrible y sobrecogedora, mi cerebro es siempre un poco más pacífico, a cada momento algo menos lento y cada vez más incoherente. Es lo calmado y lo impredecible, y ese era Edward, el primero y original.
—Nunca pude ver esta película en el cine – dijo él cuando comenzó.
—Yo tampoco, no tenía la edad.
—¿Sabes de qué va?
—Ni idea, algo de un tipo que se vuelve loco según me contó Rick, el de la tienda de Port Angeles.
Absortos, metidos en esa sofocante habitación en una fría mañana de lluvia, ambos descubrimos que Taxi Driver era el tabú por excelencia de cualquier madre normal de adolescente, la definición de la prohibición para menores de edad en las salas de cine y todo lo que un joven habría deseado encontrar en una cinta en los años 80. Explícita y violenta, observamos hacia la pantalla bajo los efectos de un trance, conteniendo el aliento y sintiendo esa ansiedad propia de los inexpertos sometidos a lo que se les oculta. Era mirar únicamente hacia la pantalla o morir.
Entonces apareció la escena del cine, esa en que Travis, el protagonista, lleva a la chica buena, rubia y muy americana a ver una película que habla y muestra sexo. Incómoda, me removí en el sofá al ver las imágenes de una mujer siendo aplacada por varios cuerpos de hombres desnudos, y para mi mortificación, me descubrí excitada, sensible desde luego a cualquier cosa que pudiera estimular mis nerviosos terminales tan humanos y débiles.
Sintiendo mi respiración pesada, me descubrí mirando de forma inconsciente a Masen, que por otro lado me había estado mirando de vuelta hace bastante tiempo. No dijimos nada, nos observamos con esa insoportable y exquisita sensación de ansiedad acumulándose en cada una de nuestras extremidades. Parpadeando confusa, intenté volver a poner atención en la película y lo que sucedía, pero de pronto aquello había dejado de importar y no era capaz de ignorar la presencia ineludible de Edward, apenas a unos centímetros de mí, tan cerca que si hacía un movimiento extraño con la pierna, sí, por supuesto que podía tocarlo.
Como tenía la garganta seca, tuve que toser antes de hablar en voz baja:
—¿Me pasas la cerveza, por favor? – pregunté con el tono más formal que fuera capaz de concebir.
Él, que parecía igual de confundido que yo, frunció el ceño con mi extraña petición, pero acabó pasándome la taza que había tenido entre las manos hasta entonces. Dando un largo trago, acabé tomándomela toda y se la devolví sin palabras.
—Lo siento – murmuré, y me levanté abruptamente para ir al baño.
Luego de cerrar la puerta tras de mí, apoyé la espalda contra la pared y observé mi reflejo vivo en el espejo, tan acusador como instigador. Tenía mis ridículas pupilas dilatadas, la mirada vidriosa y los labios húmedos, y como si no bastara con todo eso, sentí mis pezones tensos bajo la ropa.
Y eso era, tan simple si te dejabas ir y tan nefasto si lo forzabas. Eso, mirarse y ver, no al sujeto racional y moral de todos los días, sino aquella parte más instintiva y animal, eso era el deseo sexual, lo real, lo palpable. Igual que los bebés, me exploré con las manos en el rostro, los brazos y el vientre, y era un simple cúmulo de nervios que me gritaban lo evidente. Ni siquiera necesitaba prestar a las partes más puramente sexuales de mi cuerpo, este era mucho más sutil cuando lo deseaba.
Yo lo entendía, nunca antes mejor como en ese momento. Respirando profundo, reuní el valor y salí del baño en el que me había refugiado y avancé determinada hasta las escaleras. Dominada por la premura, llegué hasta la desordenada habitación y registre alrededor del pequeño cofre que había visto antes, y sintiéndome afortunada, encontré lo que buscaba. Después bajé. Edward me recibió igual de desconcertado y quizá aún más sorprendido.
—¿Te vas? – Alcanzó a preguntar, toda ingenuidad a través de su voz.
Mi respuesta fue un beso cabal, húmedo, largo y profundo. Sexual. Él tambaleó, tomado con la baja guardia como era lógico, pero me correspondió con una intensidad, una grosería y una falta general de decencia que me contestó que sí, que tampoco se podía sacar de la cabeza la perturbadora imagen de la película. Ayudada por sus manos, me senté a horcajadas y lo sentí excitado, y aquello siempre ha sido la clave conmigo, él lo sabe con una petulancia espantosa.
—Necesitamos… – susurró con voz ronca, cuando abandoné su boca y comencé a besar su cuello.
—Lo tengo, lo fui a buscar – dije al instante, y le pasé sin perder tiempo el delgado sobre que había encontrado.
Así llegué a mi segunda vez, esa que no es cinematográfica, que no es en ningún sentido peor que la primera y que te permite empezar a acostumbrarte al cuerpo de un hombre y a esa obscenidad deliciosa que se crea. Llevando plenamente el control, me mecí sobre Masen y también me volví loca al sentir sus manos calientes en mi cintura, porque yo lo deseaba tocándome y besándome en todas partes, pero sobre todo así, guiándome y dejándose guiar hasta que mis movimientos se volvieran frenéticos en búsqueda del necesitado orgasmo.
Jadeante, aplaqué mi elaborada respiración contra su boca y fui hacia adelante y hacia atrás, y todo otra vez, hasta que me desenvolví en la espiral que era al fin y al cabo. Igual que una deshilvanada marioneta humana, me desplomé sobre su cuerpo semi desnudo en cuanto ambos acabamos, cerrando los ojos un momento para disfrutar el placentero sopor posterior al mismo acto. Él, tranquilizando su respiración, comenzó a jugar con mi cabello.
—¿Te quedas a almorzar? – preguntó apenas con un murmullo, todavía con esa increíble voz ronca que adquiría cuando estaba excitado.
—Quizá – respondí, con una ligereza propia de la euforia – Una hora, un par de horas… quizá.
1) Extracto de la canción Pale Blue eyes de The Velvet Undreground, grupo norteamericano de rock alternativo que se formó en los 60. Aunque no fue muy popular, es uno de los grupos en la música posterior.
2) La crisis de los rehenes en Teherán, capital de Irán, se genera entre 1979 y 1981. Tras el inicio de la revolución iraní, el nuevo gobierno toma como rehenes a varios diplomáticos y ciudadanos de Estados Unidos.
3) Saturday Night Live es un late show norteamericano, usualmente en vivo, que comenzó en la década de los 70 y sigue hasta la actualidad. Combina humor con música e invitados. Por supuesto, me he tomado la licencia de que Edward y Bella lo estén viendo en la mañana.
4) The Specials es una banda británica formada en 1977 que mezcla el punk, el ska y el pop.
5) Terry Hall y Neville Staples son miembros de la banda. Los dos siguen activos.
6) Chuck Berry es un guitarrista, compositor e intérprete fundamental para el rock and roll. Todavía vivo, comenzó a tocar en la década de los 50. Una de sus canciones más conocidas es Johhny B. Goode.
7) Bill Halley murió en 1981 y es considerado uno de los fundadores del rock and roll, siendo la mayor competencia de Elvis Presley.
8) The Doors y L.A Women son dos de los discos de la banda norteamericana The Doors, representando por separado épocas musicales del grupo muy diversas.
9) Creo que ya lo había mencionado en otro capítulo, pero bueno. Star Trek o Viaje a las estrellas es una serie de ciencia ficción estadounidense que comienza a emitirse en 1966 hasta la actualidad.
10) Taxi Driver es una película de Martin Scorcese en la que trabaja Robert de Niro y Jodie Foster. La película, de 1976, sigue a un veterano de Vietnam inestable que, deseoso de reinsertarse en la sociedad, comienza a trabajar como taxista.
Hola, personas lindas! Ya, pateo la perra y culpo a mis clases de todo tipo de atraso, porque cuando estaba de vacaciones todo esto era hermoso y mi vida iba bien. Pero bueno, a ver qué les ha parecido el capítulo, como ven, eh... esto es más divertido que otros capis. Gracias a las chicas a las que no pude responder por ser o estar de anónimos: Blueskys, espero que estés cada vez más confundida :B, girlbook y anabell, gracias por sus palabras.
Eso, espero leernos pronto. Chao, chao.
