—X—
Una vida en Norteamérica.
(***)
Guardaron silencio un largo rato, casi flotando, casi soñando. Ella se rebosó en la calidez durante cada segundo que permaneció dentro de los brazos de Taichi, meciéndose entre ellos, como si fueron hechos solo para ese cometido, como si no tuvieran un mejor uso para ellos que el de arrullarla y hacerla sentir en las nubes.
Cuando por fin habló, la voz de Sora brotó drogada y pausada.
—Ya lo he decidido.
—A Estados Unidos, ¿verdad? —La respuesta de Taichi le llegó como desde muy lejos.
Hace dos noches había sido la primera vez que Sora y Taichi se entregaron el uno al otro. Se fundieron en la pasión desbordada que durante tantos años fue prisionera de los prejuicios y de la moralidad de ambos jóvenes. Hicieron el amor una, dos y hasta tres veces, como si quisieran recuperar el tiempo que se arrebataron, como si el mañana no llegaría jamás y él hoy fuese un corto suspiro. Taichi le hizo el amor a Sora, sin pensar en nada que pudiera detenerle, dejándose llevar, manteniendo su promesa de que nada le haría alejarse otra vez de ella. Sora no hacía más que sentir las caricias suaves y fuertes que le esparcía su amado a lo largo de la espalda, de sus glúteos, muslos... Los besos del otro eran la promesa exquisita y explicita de un amor que parecía no tener fecha de vencimiento, que no se extinguía con el pasar del tiempo, que parecía eterno como para ser un amor mortal.
Se sintieron, más allá de una caricia, de un beso, de un gemido. Se sintieron y reconocieron como almas gemelas, como dos personas que no pueden vivir separados el uno del otro. Era cursi, quizá, pero ninguna historia de amor —verdadera, abrazadora, capaz de consumir y de resurgir de sus propias cenizas— en donde una de las partes pregonara nunca haber caído en lo absurdo de la cursilería, jamás, podría ser llamada historia de amor. Porque el amor es lo que hace que las personas cometan locuras, que sean absurdas, ridículas y que todo sentido común carezcan de total sentido. El amor es ser cursi y no importar para nada serlo. En ellos, en Tai y Sora, lo absurdo era el plato del día, como postre degustaban siempre una dosis de locura. Lo cursi no era más que el plus de ello.
Nada más se podía hacer, porque no había nada que hacer. A los locos hay que dejarles ser locos, a los cuerdos hay que dejarles en su agonía. Cada quien vive como desea vivir.
Esa madrugada, dos días después de su primer, tercera... y quita vez, en medio de la oscuridad, cuando una caricia tomaba el turno de las 3:00 a.m. y las palabras hacían su trabajo, dejando a los cuerpo descansar, Taichi le dijo a Sora que había sido ascendido.
—Eso es genial, Taichi —respondió llena de entusiasmo—. ¿Por qué no me lo había dicho antes?
—Porque recién me enteré esta mañana. Técnicamente es un nuevo puesto, nada que ver con lo que hago en Japón, pero pensaron que no podría haber nadie mejor preparado para esta tarea que yo.
—Me alegro por ti. Sé muy bien lo importante que es tu trabajo. Enhorabuena, mon amour.
Taichi lo meditó un poco. Parecía que estaba absorto en algo más, como si faltaba más por decir.
—¿Qué es lo que te preocupa? —inquirió ella.
Eran más de veinte años siendo amigos. Ya reconocía todos sus silencios, no era necesario que hablara para saber que algo iba mal.
Él le respondió:
—En lo maravilloso que será esta nueva etapa de mi vida.
—Eso no es de preocuparse.
—No, no lo es —Taichi suspiró hondo—. Me han nombrado embajador entre el Digimundo y la Tierra.
Sora se levantó, apoyando una mano contra el colchón, cubriendo su pecho con la tela delgada, intentando mirar dentro de la oscuridad el rostro del otro. Si hubiese habido la luz suficiente, seguro Taichi hubiera notado la sonrisa orgullosa de Sora. La sorpresa también era protagonista en aquella cara bronceada por el sol, pero estaba feliz, realmente feliz por su amigo de toda la vida.
—¡Eso es maravilloso!
Taichi reconocía que todos sus deseos se estaban dando uno tras otros, pero estos se llevaban tan poca ventaja que era posible que se sabotearan entre así, haciendo de este modo el tener que elegir cual de los dos necesitaba y cuál era un sueño infantil.
—La sede que unirá a los dos mundos estará en Estados Unidos —Allí radicaba el problema.
Taichi se mordió el labio. Sora no respondió de inmediato.
—Sigue siendo genial —le hzo saber la muchacha al cabo de un minuto.
—No digo que no lo aceptaré, porque ya acepté el trabajo, Sora. Pero quiero que vengas conmigo. Tú y yo. ¿Sería mucho pedir? ¿forzar todo esto?
No respondió, en cambio le besó en los labios. El beso supo a despedida para Taichi.
Y, entonces, cuando estuvieron en silencio y casi vencidos por el cansancio, ella le respondió con un sí.
—Sí —repitió—. A Estados Unidos. No sé, una vez allí...
—No importa. Haremos lo que podamos. —Alargó la mano hacia ella, tan despacio que creyó que jamás le tocaría.
Tiró de Sora hasta que las sensibles puntas de sus senos tocaron su pecho. El viento que se colaba a la habitación no sólo era caliente, sino también pesado, casi pegajoso. Las manos de Taichi flotaron por la espalda de Sora hasta cerrarse en sus nalgas y le levantaron, poniendo a la muchacha a ahorcadillas de su cuerpo.
La penetración fue asombrosa, una vez más.
Con la piel caliente y resbaladiza se unieron con una mínima sensación de roce o presión. La presencia en el interior de la otra era sólida e íntima, un punto fijo en un mundo acuático, como un cordón umbilical en los desplazamientos casuales del útero. Soltó un sonido de sorpresa al sentir los dedos de Taichi apretarse contra sus nalgas.
—Oh, me gusta —susurró, complacido.
—¿Qué te gusta? —preguntó.
—El ruido que has hecho. Ese gemido.
No podía ruborizarse. La piel ya había llegado al límite del en rojecimiento. Dejó que el pelo le cubriera el rostro.
—Lo lamento; no era mi intención ser tan ruidosa.
Rio y la carcajada profunda reverberó en las columnas del techo.
—He dicho que me gustaba. Y me gusta. Es una de las cosas que más me ha gustado de hacerte el amor, Sora. Los ruidos que haces. Lo apasionada que eres.
La sujetó más de cerca y puso la frente en su cuello. Taichi hizo un ligero movimiento de caderas y Sora respiró hondo para sofocar un nuevo gemido.
—Sí, así—murmuró con suavidad—. O... ¿así?
—Mmm —musitó ella.
Taichi volvió a reír, pero siguió haciéndolo.
Subía y bajaba las manos por la espalda y delineaba la curva de sus caderas. La respiración, de hecho, ya era más acelerada. Lo único que le sujetaba eran sus manos en los hombros de Taichi y la tensión que ejercía sobre él más abajo, los pies de Sora apenas y tocaban el colchón. Las manos suaves de Taichi exploraban con ternura y lentitud, como seduciendo a una víbora. Se deslizaban hacia sus nalgas y descendían para tantear y acariciar el tieso y excitado punto de unión. Se estremeció y exhaló con un jadeo involuntario.
—Taichi —suplicó con la voz ronca que retumbó en las cuatro esquinas de la cabaña—. Taichi, por favor.
—Todavía no, mon amour —Clavó las manos en la cintura de la otra para acomodarle y retenerle. Le presionó hacia abajo hasta que gruñó. —Todavía no. Tenemos tiempo. Y quiero escucharte gemir así otra vez. Quiero hacerte suspirar, como si tu corazón estuviera a punto de romperse, y gritar de deseo y, por fin, estallar en mis brazos.
El torrente surgió entre los muslos de Sora y se disparó como un dar do hacia lo hondo de sus entrañas. Se aflojó y sus manos resbala ron laxas e indefensas de los hombros de Taichi. Su espalda se arqueó y sus redondos senos resbaladizos por el sudor se aplastaron contra el pecho amplio del amante. Tembló en la oscuridad cálida y Taichi le sostuvo.
Se desplomó contra él, tan delicada como un pañuelo de seda se desliza sobre un cuerpo. No sabía —ni le importaba— qué sonidos había emitido, pero le sentía in capaz de hablar con coherencia. Hasta que Taichi comenzó a mecerse otra vez con la fuerza de un tiburón debajo de la sábana blanca.
—No —protestó—. Taichi, no. No puedo soportarlo otra vez. —La sangre todavía palpitaba en las yemas de sus dedos y el movimiento en su interior era una exquisita tortura.
—Puedes porque te amo. —Su voz emergía amortiguada por su cabello mojado—. Y lo harás porque te deseo. Pero esta vez, lo haremos juntos.
Sujetó sus caderas con firmeza y le impulsó con la potencia de las corrientes submarinas. Se aplastó contra él, como las olas contra las rocas y fue a su encuentro con la fuerza brutal del granito, la ancla en el caos embestidor.
Líquida como el agua del mar, contenida sólo por el marco de sus manos, gritó, el suave y ahogado grito de un marinero al ser succionado por las olas. Y oyó su propio grito, tan indefenso como el de ella.
(***)
—¿Dejará de ser extraño alguna vez?
Taichi rio.
—Por más que lo pienso es poco realista estar así... Tan cerca de ti. De este modo, pues. Entiendes lo que quiero decir, ¿no?
—Eres muy inocente, Sora. Supongo que sí, eventualmente no se sentirá como si le hicieras el amor a tu mejor amigo.
—Eres tan... suelto para decir las cosas. ¿Cómo no te sonrojas?
—Porque te amo y pienso que hacerte el amor es lo más natural del mundo, teniendo en cuenta ese factor en común.
Sora bajó la cabeza y se escondió detrás de sus lentes oscuros y sombrero de playa. Taichi le miró de soslayo con una sonrisa que no terminaba de mostrar. Sora era, simplemente, complicada. Estaba casi seguro que la razón por la que se molestó el otro día en el restaurante fue porque no le dijo "también te amo" cuando ella soltó las palabras mágicas. No iba a decir algo que en el momento no le preció cómodo decir. Quizá cómodo no definiría bien la situación, en realidad, no le pareció el momento adecuado. Irónicamente, cuando al fin lo dijo, no fue en el lugar más apropiado de todos. Ahora, parecía ser, que no podía dejar de decirle a su novia que la amaba, palabras que hacían que Sora se pusiera roja como tomate y que le rehuyera la mirada.
—¡Te ves tan mona cuando estás sonrojada! —Taichi se lanzó hacia ella y la abrazó en un abrazo de oso.
Sora rodó los ojos.
—Iré a nadar, ¿vienes?
Taichi arrugó su nariz y frunció la boca como respuesta. La muchacha se encogió de hombros y, luego de besar a su novio y posteriormente zafarse, desfiló hasta la orilla de la playa su traje de baño de dos piezas. Durante todo el trayecto Taichi no paró de ver como sus curvas se lucían con ese bañador rojo que llevaba puesto. Sora era sexy, más de lo que ella aceptaba ser. Taichi bendecía de mil maneras a Mimi y su idea de hacer que Sora dejara los trajes de baños completos colgados en el closet de la abuela para usar estos que, sin duda, le quedaban de maravillas. Seguía sin creer que su vida había tomado este rumbo. Las cosas estaban donde debían estar. Solo faltaba poner la última pieza para que su rompecabezas de felicidad estuviera completo: hablar con Yamato. De todos modos y, aunque le hiciera quedar como un mal amigo, eso no le robaba los pensamientos por ahora.
El día pasaba, el sol se ponía más benevolente, las olas se aplacaban y la multitud en la playa aumentaba. Sora salió del agua cuando no podía más con el hambre. Caminaron hasta el otro extremo de la playa y comieron pescado frito con ensalada cruda. Hablaron del clima, de los días de sol, de las playas nudistas, de sus amigos del yate y de sus familias en Odaiba, del viaje a Estados Unidos. Yamato. Bebieron cerveza, pidieron el postre, siguieron hablando, esta vez de lo dulce de su mousse de parchita, del juego de fútbol de la tarde pasada, de las noches que compartían últimamente, de querer escapar a cualquier lugar y quitarse con los dientes los trajes de baños. Esto último fue sugerencia de Taichi. Sora rio, Taichi siguió pensando que era buena idea. Regresaron a su puesto, donde aún estaban las tumbonas que horas antes hubo alquilado el muchacho. Durmieron un rato, nadaron cuando despertaron y regresaron a la cabaña.
La cama seguía allí y ya no parecía un impedimento para ellos. Taichi lanzó a su novia sobre el colchón y repartió tantos besos que pareció ilegal, una nueva forma de violación al espacio personal o quién sabe qué cosa, el abogado era Iori, no ellos.
Sora miraba fijamente a Taichi, mordió su labio inconscientemente, acarició la cabellera larga del otro y no dijo nada, ni una sola palabra, él la besó en la frente logrando que ella cerrara los ojos.
—Entonces, ¿Norteamérica, eh?
—No hay espacios para retractaciones.
—¿Crees que eso quiero?
—No. Sé que quieres estar conmigo.
—Quizá seas un poco presumido. ¿Te lo han dicho?
—¿Debería no presumir que estoy contigo? Eso sería una locura. Nadie con tres dedos de frente sería capaz de no presumir. Es más, debería de gritarlo. ¡Hey, mundo, estoy con la mujer más hermosa de todo los universos!
Sora tapó la boca de Taichi, pero él seguía gritando cosas como esa. Se rieron de lo loco que estaba Taichi y de lo reservada que era Sora. Así continuaron, jugando, besándose, riendo y peleando a modo de broma. La noche llegó y los pilló en la cama tomados de la mano, viendo una película de Ricky Kim, comiendo de un helado que pidieron en el restaurante del hotel.
Lejos, oculto dentro un bolso de mano, el teléfono de Taichi alumbraba mostrando en la pantalla de inicio el rostro de Pao, la novia no-oficial del muchacho. Insistió un par de veces, debido a que el celular estaba mudo, la llamada cayó directo al buzón. Al poco rato llegó un mensaje de texto:
*Importante, por favor, llámame de vuelta.*
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N/A: Un día digo una cosa, otro día otra. Pues, bien, por lo menos cumplí con el lime, ¿no? Pues, espero que haya sido bueno, porque no creo que me adentre a escribir uno más fuerte, no porque no pueda, sino porque creo que así cuadra con la historia. Hay una estrecha línea entre lo vulgar y lo erótico, creo que asumí el riesgo con clase, ¿no? Ustedes dirán.
He tomado como referencia para este capítulo un fragmento de una historia ya publicada, pero que no recuerdo el nombre de la autora ni del libro (lo leí por ahí, en una página).
Eso. Ciao! Grazzie mile.
