Aquí está la continuación, al fin. No he tenido tiempo para subir el capítulo hasta hoy. Siento la espera.

Nota importante: Bueno, más que nota es una petición… ¿Alguien conoce algún buen nombre humano para Germania? Es que estuve buscando y no encontré nada. No es muy urgente, pero no me vendría mal tener algunas propuestas si conocéis alguno. Gracias.

Otra nota importante: Es acerca de los nombres humanos utilizados en este capítulo:

Roma: Octavio

Celtia: Aius

Iberia: Neitin

Antigua Grecia: Calypso

Y por motivos históricos, Laura (España del Norte) pasa a ser Celtiberia


Capítulo 10: Esperanza

Todo esto empezó mucho antes de que yo naciera, cuando los Antiguos no eran más que niños, y sus pueblos empezaban a formar sus culturas. Eran pocas las cosas que sabían aún sobre el mundo, pero hubo un detalle que no tardó en destacar: la mayoría podían realizar magia.

Con la magia, todo era más fácil: cazar y recolectar, si eran nómadas; mejorar las cosechas si ya habían logrado evolucionar al sedentarismo; proteger sus pueblos… No era de extrañar que compadeciesen, y en ocasiones se aprovechasen, de aquellas escasas naciones que no conocían la magia.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo, con el joven Mesopotamia como el mayor y más escalofriante ejemplo, hasta darse cuenta de que la magia iba acompañada de algo más: unos seres extraños que podían acabar con ellos como si se tratasen de humanos normales y corrientes. Los llamaron «Oscuros», porque implicaban el ocaso de todas las naciones. Y ni su magia ni su fuerza podía derrotarles; ni cuando les atacaban frontalmente ni cuando les contaminaban (pues, de aquella, los poseedores aún no existían). El terror no tardó en apoderarse de las naciones ante su impotencia.

Afortunadamente, se dieron cuenta de dos cosas: si establecían rituales purificatorios, podían quitarse a los contaminadores( los más peligrosos; pues de los ofensivos podían huir con relativa facilidad y sin tener que preocuparse por sus humanos dado que éstos ni les veían ni podían ser heridos por ellos), si bien siempre quedaba una pequeña impronta que atraía a más contaminadores. Y, además, si su pueblo también realizaba esos rituales, el efecto de los mismos era aún mayor e incluso gozaban de cierta inmunidad durante un tiempo.

Lo segundo de lo que se percataron fue de que cuanta más magia había, más poderosos eran los Oscuros, pues a medida que acababan con las naciones mágicas (las que les atraían más por afinidad mágica), su poder disminuía. Y como las naciones no mágicas no tenían ningún ritual verdaderamente efectivo con el cual defenderse y los Oscuros no desaparecerían aunque la magia lo hiciera porque se alimentaban de su propia energía, una vez la magia muriera, las naciones restantes se encontrarían totalmente indefensas.

Sin embargo, la única manera de prolongar su existencia se basaba, exactamente, en que la magia fuese olvidada casi por completo, para debilitar a los Oscuros. De manera que, un poco por azar, y sin saberlo, todas las naciones se pusieron de acuerdo en no enseñar magia a ninguna nación que surgiese como parte de su territorio o, en el peor de los casos, para sustituir a los caídos.

Y así la magia se vio condenada a la extinción. Y a los Antiguos no les parecía aguardar un futuro mejor. Hasta que Antigua Grecia tuvo una visión. En esa visión aparecía una nación joven aprendiendo muchas magias y, más tarde, derrotando a los Oscuros. Esa nación era su esperanza.

Esa nación era yo.

Y, poco tiempo después, por causas del azar o del destino, o quizás por la pura fuerza de su desesperación, todas las naciones mágicas cayeron en un trance que duró dos días y dos noches y durante el cual crearon un amuleto (un pendiente) que sería capaz de proteger a esa nación esperanzadora de los Oscuros. La nación encargada de explicárselo todo sería su tutor (su padre) fue la que guardó el pendiente hasta e día en que se lo tuviese que entregar.

Puede que el destino se burlase de sus suertes, o puede que, efectivamente, todo había ocurrido gracias a su desesperación, pero lo cierto fue que nunca más lograron repetir el milagro de crear semejante amuleto.

Ya sólo podían esperar a que su esperanza naciera. Y lo hizo. De una mezcla entre los pueblos de Celtia u los pueblos de Iberia; aproximadamente por el año setecientos antes de Cristo.

La nación con el mayor talento mágico que la Historia había visto.


No había ningún lugar que a Celtiberia le gustase más que un bosque: había comida por todas partes, podías hacerte un refugio, podías jugar al escondite, podías saltar por entre las ramas, podías jugar con las hojas, con los animales…En definitiva, para la pequeña nación lo podías hacer todo allí. Sobraba decir que, con apenas treinta años, sus expectativas resultaban fáciles de satisfacer.

Si querías hablar con ella, sólo tenías que dirigirte a un bosque; pero si no eras un celtíbero, o el propio Celtia, que también conocía los bosques como la palma de su mano, podía costarse encontrarla. Y mucho.

Pero Roma era muy perseverante, y a pesar de llevar casi dos horas perdido entre el follaje, no había manera de encontrar a la niña.

—¿Aún no te rindes? —le preguntó una voz femenina.

Roma se giró. Tras él, había una mujer. Cabello rebelde y caoba caía sobre sus hombros. Caobas sus ojos y fieras encerrados en ellos. Subestima a sus guerreros y te matarán. La Guerrera te matará. Caetra y tené * colgaban de su espalda, compañía completa por una lanza. Brazos musculosos de piel tostada. Cálido mar moldeando sus costas, atacando su arena. Extranjeros asentándose en ella. Pero la guerrera no teme. Circular* protegiendo su pecho. Murallas protegiendo sus ciudades. La cabeza del lince sagrado era la única protección que sus guerreros necesitaban. Que ella necesitaba. Sin embargo, grebas cubrían sus piernas y casco su cabeza. No haía que ser temerario.

Ibera.

Roma hizo un mohín.

—El Imperio Romano nunca se rinde.

Iberia se rió al oírlo. ¡Pero qué ocurrencias tenía ese hombre!

—Roma, eres una monarquía—le recordó.

—¡Pero un día seré un gran imperio! —le replicó— ¡Y os conquistaré a ti y al soso de tu marido! ¡Y entonces no podréis negaros a salir de fiesta conmigo! —Octavio gritó de alegría solo de imaginarse las fiestas (orgías) bacanales a las que irían todos juntos. A ver si lograba que Germania sonriese un poco y se llevase a alguna chica a la cama, que con esa cara tan poco agradable que tenía (si bien Roma encontraba adjetivos mejores, tales como cabreo o incluso amargado) le extrañaba que alguno de sus espejos metálicos* no se hubiese roto todavía.

—¿Estabais hablando de mi?

Casi como si de un fantasma se tratara, la imagen de Celtia apareció entre los troncos de los árboles y el musgo. Al romano casi le da in síncope del susto.

—Maldito brujo—refunfuñó Roma—. Casi me matas del susto.

—Druida—le corrigió Celtia, poniendo los ojos en blanco. El temor del romano hacia los fantasmas resultaba casi cómico. Casi. Por desgracia, tan sólo llegaba a resultar cargante.

Neitin rió con tapujos de la reacción romana y le dio un cariñoso puñetazo a su esposo en el hombro («Cariño, no necesito que me rompas el hombro de nuevo»), como sui hubiesen sido cómplices de la broma, desatada por puro azar.

—Lleva aquí casi dos horas buscando a Celtiberia—informó la íbera al recién llegado.

Aius alzó una de sus espesas cejas en un gesto que a Octavio se le antojó algo perturbador. ¡Gracias a Júpiter que la niña no había heredado semejante aberración en su cara!

Aius ignoró la mueca que el romano fue incapaz de reprimir y le señaló con un gesto de la cabeza la copa del árbol que tenía justo detrás. Roma y Iberia miraron y se encontraron con una joven nación sonriente. Sin dudar un instante, Celtiberia se lanzó a los brazos del autoproclamado imperio.

—¡Hola, tío Roma!

Él la saludó de una manera igual de efusiva y rascó su corta barba contra ella. ¡Cómo le gustaría tener hijos a él también! Aunque quería que le llamasen abuelo; Octavio quería sentirse venerable y sabio, aunque no estaba muy seguro de por qué. Quizá porque sus amigos tildaban su comportamiento de infantil.

Celtiberia se quejó de que le picaba su barba, y el romano la dejó en el suelo.

Poco después estaban comiendo todos juntos en el suelo, pese a que Roma no acababa de acostumbrarse a no comer tumbado y con la comida en una mesa a su alcance. Octavio también le contó historias sobre su casa que la niña escuchaba con atención. Era curiosa y le encantaban esas cosas. ¡Ojalá pudiera aprender historias de todo el mundo!

Tras la comida, dejaron que la niña volviese a jugar, perdiéndose en el bosque. O tal vez iba a visitar a alguno de sus poblados. Lo importante era que los mayores estaban solos.

—Bueno, Octavio—sonrió Neitin—, ¿y a qué se debe esta visita repentina?

La mirada de Octavio se ensombreció ligeramente y su sonrisa disminuyó un poco. El cambio no pasó inadvertido a la pareja, que le miraba, expectante y preocupada.

—Grecia* os llama


La bulliciosa colonia griega de Emporion olía a mar. La ciudad por el límite norte de la casa de Iberia. Grecia le había pedido que le dejase crear una ciudad y la nación autóctona se lo permitió: no solía haber problemas entre los ciudadanos griegos e íberos y las colonias facilitaban el comercio. Y el dinero y los bienes nunca estaban de más.

Las cuatro naciones adultas paseaban por el puerto, ganándose la mirada de varios transeúntes debido a sus dispares atuendos. No habían dicho nada desde que habían llegado a la ciudad y habían comenzado la caminata. Fuera lo que fuera lo que Grecia quería decirles, le estaba costando trabajo soltarlo. Celtia, nervioso por el tenso silenncio, le hizo la pregunta directamente. No se detuvieron, ni siquiera cuando Grecia respondió:

—He tenido una visión

Ninguno habló ante eso; no se lo esperaban. Grecia sólo les mandaba llamar por sus visiones si se trataban de algo gordo. Y lo peor era que no sabían si iban a ser buenas o malas noticias. La incertidumbre les carcomía, pero no presionaron a la griega. A su lado, un navío con los ojos algo descoloridos debido al agua y la salitre, se detuvo junto a un muelle, mientras el capitán gritaba órdenes en griegos a sus compañeros. Lo más probable era que fuesen comerciantes. No les prestaron atención.

Solo después de todo eso, Calypso habló:

—Aius—no se detuvieron, ni la griega se detuvo siquiera para mirarle, pese a dirigirse directamente a él—, ¿le has empezado a enseñar a tu hija la magia céltica? —le preguntó.

Sus acompañantes la miraron como si se hubiese vuelto loca.

—Sabes que no—le replicó él, con algo de dureza. El no poder enseñarle a su hija algo que para él era tan importante resultaba frustrante. Se trataba de un tema tabú entre las naciones con descendientes.

Grecia se detuvo y le miró a los ojos.

—Tendrás más hijos, dentro de varios siglos—le informó—. Uno de ellos nacerá con talento mágico. Aléjale de la magia todo lo que puedas. Apenas sabrá realizar con efectividad los conjuros más sencillos.

Celtia la miró en silencio sin saber muy bien que decir ante eso. Pero Calypso no había terminado.

—Sin embargo—continuó ella—, quien ahora nos importa ya ha nacido. Con más talento mágico que todos nosotros juntos. Y ya está preparada para saber—hizo una breve pausa. No pronunció su nombre, pero no era necesario. Neitin le cogió el brazo a su pareja con el corazón en un puño—. Déjala elegir. Y si acepta, enséñale. Enséñale a Celtiberia todo lo que sabes. Nosotros haremos lo mismo.

Aius no respondió de inmediato. Sabía desde hacía tiempo que él sería el tutor de la nación que pudiera salvarles (no en vano había sido él quien conservaba el amuleto protector), pero no creyó que quien tuviera que sufrir ese destino fuese Celtiberia, esa pequeña cría que se había encontrado un día en un bosque, que habían cuidado él y Neitin, y que había comenzado a llamarles «papá» y «mamá». La voz de Octavio le sacó de su ensoñación:

—Entonces, ¿esa niña nos va a salvar a todos? —le preguntó a Calypso visiblemente emocionado. Esperanza, al fin.

Sin embargo, la reacción de Grecia no fue la esperada: frunció el ceño como si fuera a echarse a llorar y bajó la mirada.

—Nosotros—murmuró— ya no tenemos esperanza. No puede salvarnos, por unas razones u otras. Pero—añadió, con una pequeña sonrisa—, sí puede salvar a nuestros hijos—recordó en ese momento la visión que llevaba teniendo un tiempo de ese niño de pelo castaño abrazando a un gato. Él sería su hijo y nacería dentro de mucho. Por el momento, sólo podía contentarse con las predicciones que tuviese. Pero era suficiente para que Calypso sintiese que, aunque ella ya no estuviera, todo merecería la pena si ese chiquillo lograba disfrutar de su vida.

Las naciones se sintieron desoladas al oír sus palabras. Pero en ese momento percibieron la segunda parte de la oración. A Octavio se le iluminó la mirada. ¡Iba a ser padre! ¡O tutor! ¡O abuelo! ¿Qué más daba? El caso era que una pequeña nación, algún día, corretearía por su casa y le preguntaría acerca de todo. Se emocionaba sólo de pensarlo.

Celtia no le escuchaba, sumido en sus pensamientos.

Si aceptaba, Celtiberia lo iba a pasar muy mal. No quería que estuviese expuesta a eso. Pero tampoco que lo rechazase, porque así demostraría ser una niña egoísta y malcriada que sólo pensaba en ella misma. O quizás una cobarde, y eso tampoco le gustaba. Pero podrían vivir todos juntos y felices en la península. «Y morir lentamente uno a uno» pensó. Pero entonces recordó que Calypso les había asegurado que, incluso si aceptaba, ellos morirían. El resultado era el mismo. Ni siquiera el aceptarlo y salvar a las futuras naciones y vivir con ellas resultaba un alivio porque si su hija aceptaba, se condenaría a la más absoluta soledad para poder salvarles.

«No» pensó entonces, sorprendiéndose a sí mismo. NO iba a estar sola porque él, se dio cuenta, no iba a vivir, no iba a estar con ella. No podía aconsejarla cuando su visión era tan reducida. No a aquella que había nacido con poder suficiente como para salvar al mundo.

Celtiberia no podía, en un futuro, llegar a estar sola. Porque era diferente. Porque, en realidad, ya estaba sola.

Auis apenas pudo contener las ganas de llorar.


La caetra: el escudo propio de los iberos, un escudo circular no muy grande, que se sujetaba al cuerpo del soldado mediante unas cuerdas, o tiras de cuero, que pasaban por el hombro y que otorgaban gran movilidad para combatir por el terreno tan irregular de la península. Este escudo podía tener variaciones en su protección metálica delantera o umbo.

La Téne: espada de doble filo y hoja recta de unos 60-90 cm, muy pesada y contundente, su uso se extendió por toda la Galia y por vastas zonas del mundo ibérico, sobre todo la zona nororiental. Los romanos temían mucho este tipo de armas y se horrorizaban por las terribles heridas que causaban. Esto se debía a que, mientras ellos estaban acostumbrados a armas de estoque, este tipo de espadas era de tajo y embestida con tajo, estrategia que producía unas heridas más grandes y escandalosas, y mutilaciones más impresionantes. Todo esto sale citado en las fuentes de la época como Polibio.

Circular: la armadura por excelencia de los iberos era una simple pero efectiva coraza, que cubría las partes más vitales del pecho y de la espalda. Se ponía sobre una especie de coraza de cuero y sobre una superficie acolchada para amortiguar los golpes contra el cuerpo al pararlo. Solía estar decorada con una cabeza de lince, un animal sagrado, vinculado con el mundo de los muertos, quizá haciendo ver que el dios del inframundo les protegía y la muerte huía de él. Se sujetaba pasando por el hombro y debajo de los brazos, lo que también ofrecía en menor medida una pequeña protección contra los tajos de las espadas.

Los espejos como utensilios de tocador y objeto manual fueron muy usados en las civilizaciones egipcia, griega, etrusca y romana. Se elaboraban siempre con metal bruñido, generalmente cobre, plata o bronce, a este proceso se le conoce como plateo. Tenían forma de placa redonda u oval, decorada ordinariamente con grabados o relieves mitológicos en el reverso y con mango tallado para asirlos cómodamente; de ellos, se conservan todavía muchos ejemplares en algunos museos arqueológicos. Realmente no encontré nada sobre su posible uso en los pueblos germanos, pero cuando se me ocurrió, me hizo mucha gracia, así que lo dejé así XD

Grecia: Antigua Grecia. Pero en esa época no es "Antigua", y además, Heracles no existe aún. De manera que la llamaré Grecia sólo. Lo mismo con Antigua Egipto cuando salga.


Reviews anónimos:

nihon-loover3:me alegro de que te guste ^^. Vaya, ¿durante los estudios? Espero no tener la culpa de notas inesperadas O.o ¡Me sentiría mal!