Cap. 10

Miércoles. El día había llegado. Iba a vomitar. Esperaba sentado en la orilla de mi cama, las manos firmemente presionando el borde, a que Rose saliera de bañarse. Estaba mareado y sentía el estómago totalmente revuelto. Mi hermana salió del baño unos minutos después.

- ¿Nauseas otra vez, Jazz? – suspiró.

Yo solo atine a asentir.

- Estarás bien, siempre te pasa cuando se acerca una fecha importante.

- Lo sé – dije rápidamente, sin abrir mucho la boca, temiendo que si separaba mucho mis labios de verdad vomitaría.

- Vamos – indico ella – hoy yo manejo.

Asentí otra vez y me levanté lentamente, sacando las llaves del bolsillo de mi pantalón y entregándoselas a mi hermana.

El camino a la escuela se me hizo eterno.

Salí del auto todavía algo mareado, sosteniendo mi peso en la puerta.

- ¿Necesitas ayuda? – preguntó Rosalie, ahora parecía comenzar a preocuparse. Le dediqué una pequeña sonrisa y negué con la cabeza. – De acuerdo, avísame si empeora.

- Claro, Rose.

Ella caminó hacia la entrada, hacia donde se encontraba Emmett. Él pasó sus brazos por la cintura de mi hermana, susurrando algo en su oído, un cumplido seguramente, que causó que ella se reclinara aún más contra él, manteniéndolo cerca, abrazándolo por el cuello.

Me acerqué lentamente, no queriendo interrumpir el momento, y justo cuando pasaba a su lado ellos terminaban de besarse.

- Por más que acepte su relación les agradecería que no hicieran eso cuando estoy presente – mascullé.

Rosalie rodó los ojos, pero sonrió suavemente.

- Ya veremos cuando tú y Alice hagan lo mismo – dijo Emmett.

Me había tomado desprevenido con ese comentario, lo que causo que me quedara callado por unos segundos, mi cerebro trabajando para conseguir una respuesta ingeniosa. La respuesta no llegó así que me limité a murmurar algo parecido a un "sin comentarios" y a seguir el camino hacia mi primera clase.

Encontré a Alice a la mitad del corredor. Con una mano cargaba una carpeta y con la otra movía una pluma, golpeteándola contra su pierna mientras avanzaba hacia donde yo estaba. Estaba vestida con un par de pantalones de mezclilla y una sencilla sudadera gris, no pude evitar echar un vistazo a mi atuendo. Sonreí, hacíamos juego.

- Hola – dijo, dando el último paso que faltaba para estar definitivamente frente a mí. No pude evitar soltar unas risitas ante mi anterior descubrimiento, Alice alzó las cejas, preguntándome silenciosamente.

- Combinamos – afirmé, causando que ella inclinara su cabeza para poder vernos. Cuando se dio cuenta de lo que hablaba también rió.

- Es miércoles – comentó como quien no quiere la cosa.

- Lo sé – suspiré.

- ¿Cómo estás?

- Aterrorizado.

Alice sonrió ante mi revelación y posó la mano que antes jugueteaba con la pluma en mi mejilla, pasando el objeto hacia su otra mano.

- Todo irá bien. – Parecía estar completamente segura, me miraba a los ojos, pidiéndome que confiara en ella, esperando ver mi reacción reflejada en ellos.

- Eso espero.

Bajó la mirada y se mordió el labio, estaba avergonzada.

Estire mi brazo derecho y levanté su barbilla, incitándola a mirarme. ¿Qué pasa?

Su mirada se torno suplicante y su mano izquierda se colocó sobre el brazo que yo mantenía levantado. No te enojes.

Mi pulgar trazó suavemente la línea de su mandíbula. Nunca.

En ese momento me di cuenta de lo que estábamos haciendo. Hablábamos sin hablar, interpretando cada uno de nuestros movimientos, como si nos conociéramos de toda la vida. Sabiendo perfectamente qué era lo que el otro quería decir.

- Le conté a Esme lo de su cumpleaños – confesó finalmente.

- ¿Y?

- Ella estaba preocupada y, bueno, aceptó darse una vuelta por las oficinas hoy en la tarde, solo para asegurarse de que todo estuviera bien.

Estaba diciendo la verdad, lo notaba en su tono, pero evitaba verme a los ojos, estaba ocultando algo.

- No me estás diciendo todo – aseguré con tono suave, no queriendo recriminárselo, pero sí hacerle saber que me había dado cuenta.

- Ella y Carlisle hablaron – continuó – y ambos acordaron en que, dado el hecho de que Emmett y Rose son pareja ahora y que tú y yo hemos desarrollado, y estoy citando aquí, una profunda amistad – hizo comillas en el aire con sus dedos en la última parte, acentuando el hecho de que no eran sus palabras – sería lo adecuado que en cuando cumplan dieciocho, si ustedes quieren claro, fueran a vivirse a nuestra casa. Podrían quedarse el tiempo que ustedes quisieran, y mis padres podrían ayudarlos a encontrar otro lugar en donde vivir mientras están con nosotros.

Estaba paralizado. Nos estaban dando la opción perfecta. Algo que resolvería nuestros problemas por lo menos durante los próximos meses.

- Alice, eso, eso sería – tartamudee – ¿podrías repetirlo?

- ¿Necesitas que lo diga más lento, Jasper? – su tono de evidente burla causo que yo rodara los ojos.

- Solo quiero asegurarme de que de verdad escuche lo que escuche.

- Sí, Jazz, mis padres les están ofreciendo un lugar para quedarse – aseguró con una gran sonrisa en el rostro. – Me extraña que no sospecharas desde antes, normalmente eres bastante observador y mi mamá a desarrollado un más que evidente cariño por ustedes.

- Yo he estado…

- Distraído, lo sé, pero no entiendo qué es lo que te tiene en las nubes.

Alcé las cejas inquiriendo en silencio si realmente no sabía qué era lo que me tenía tan distraído.

- No soy tan lenta, Jazz – dijo – sé que todo esto de tu cumpleaños te ha estado molestando, pero hay algo más, algo que no has querido decirme.

¿Cómo decírselo cuando ella era la causante de que estuviera en las nubes?

- No es nada, Al.

- En algún momento lo descubriré.

- Lo sé. - Ella sonrió inocentemente. – Cambiando de tema, ¿qué vas a hacer en la obra?

- ¿Obra? – Estaba confundido, no recordaba ninguna obra – ¿cuál obra?

- Ya sabes, para la clase de literatura – comenzó a caminar por el pasillo, y yo avancé tras ella, intentando alcanzarla pero aún así quedándome un poco detrás.

- No tengo ni idea de lo que estás hablando – admití. No podía ser que me hubiera olvidado de algo tan importante como eso, ¿verdad?

- ¿Hamlet? ¿Te suena? – Su tono era despreocupado y casi burlesco, pero pude distinguir un poco de preocupación debajo de eso.

- ¿Sinceramente? – yo seguía sin saber a qué se refería.

- Jasper – exclamó un poco alarmada, deteniéndose a la mitad del pasillo y girándose bruscamente para verme, lo que causó que yo casi chocara con ella.

- No hagas eso – mascullé.

- Lo siento – le quitó importancia con un movimiento de cabeza – ¿En serio no sabes de la obra?

- Quizá, pero mi memoria es bastante mala y con tantas cosas en la cabeza probablemente lo pasé por alto – acepté. – ¿Podrías refrescarme la memoria?

- La primera semana de clases, el maestro de literatura nos entregó a todos, los de tu grado y los del mío, una copia de Hamlet, él habló por casi toda la hora acerca de Shakespeare y luego dijo que tendíamos que hacer una obra basándonos en el libro, y que teníamos que decirle en qué puesto nos gustaría estar. ¿No lo recuerdas?

- Sí, eso creo. Algo así por lo menos.

- Entonces, ¿qué puesto elegiste? – Alice había regresado a su tono ligero y comenzó a caminar otra vez.

- No lo sé, creo que Rose lo eligió por mí.

Alice rió suavemente.

- Suena a algo que ella haría – confirmó.

- ¿Nos vamos? – pregunté con un todo apenas más alto que un susurro.

Rose volteo la cabeza, sorprendida. Había estado viendo por la ventana por casi media hora, no se movía, exceptuando el ocasional suspiro que dejaba escapar y que provocaba que sus hombros subieran y bajaran en un amplio y acompasado movimiento.

- ¿Hay otra opción? – inquirió. Sus brazos se mantenían firmemente cruzados en su pecho y podía notar como mantenía la mandíbula apretada.

- Siempre puedo decirles que te sentías mal – aseguré.

Extendí el brazo y coloqué mi mano izquierda sobre su hombro. Sus ojos se aguaron y una lágrima redó por su mejilla, dejando un rastro húmedo a su paso y causando que Rosalie agitara rápidamente la mano para apartarla.

- Te odio – mascullo.

- ¿Cómo?

- Detesto el poder que tienes sobre mí, Jasper. Un par de palabras y mira como me tienes. Sabes leerme tan bien...

- ¿Y no crees que tú tienes el mismo efecto en mi? – la interrumpí.

- Estoy segura de que puedo sacarte de tus casillas en cualquier momento, pero no creo poder hacer que te abras así.

- Tienes mucho más poder sobre mis emociones del que imaginas, Rosie.

La rodee con mis brazos. Dejando que enterrara su cabeza en mi hombro sentí como enroscaba sus brazos detrás de mi cuello.

- Última vez que me llamas Rosie, Jazzy – dijo, su tono era meloso, pero eso no le quitó lo amenazador a la frase.

- Lo mismo va para ti, hermana. Ahora tenemos que irnos antes de que Lily llame gritando porque vamos tarde.

- ¿Prometes que no te separarás de mí? – inquirió.

Flash-back.

Rosalie y yo, de ocho años, entrábamos por primera vez a una de las muchas oficinas de los servicios sociales. Mi torso seguía vendado, pero ya no dolía tanto como al principio y mi hermana se mantenía lo más pegada a mí que podía sin llegar a lastimarme mientras una mujer alta pero algo regordeta nos empujaba por la espalda hacia las sillas de espera. Su mano me molestaba e intenté sacudirla varias veces sin aparente resultado.

Llegamos a unas frías sillas de plástico azul en las que la mujer nos obligó a sentarnos hasta que alguien nos llamara. Estuvimos bastante quietos durante la primera media hora, pero pronto nos aburrimos, Rose, por su lado se bajó de la silla y comenzó a saltar utilizando los cuadrados de cerámica del piso para hacer su juego más entretenido, intentando evitar tocar las líneas. Yo, por otro lado comencé a mover mis piernas de adelante hacia atrás, alternando la derecha con la izquierda y manteniendo mi vista en el movimiento de mis pies y los zapatos negros de mi hermana que ocasionalmente se posaban frente a mí.

Casi una hora después de haber llegado un señor bastante arrugado y con cara de pocos amigos se paró frente a nosotros y nos dijo que lo siguiéramos. Agradecí silenciosamente que no nos guiara como la mujer de antes y me puse de pie para poder hacer como él había dicho. Rosalie se pegó a mí como antes y acerco su cabeza a mi oído, su cabello me hacía cosquillas en la mejilla.

- ¿Prometes que no te separarás de mí? – susurró apenas audiblemente, aún cuando lo estaba diciendo a centímetros de mi oreja.

- Sí, lo prometo, mientras los adultos nos lo permitan.

Fin Flash-back.

- Sí, lo prometo, mientras los adultos nos lo permitan – aseguré, usando el mismo diálogo que la primera vez que habíamos ido a las oficinas y que se había convertido en una especie de mantra, ya que lo repetíamos siempre que teníamos que regresar.

Reímos un poco ante nuestra pequeña broma privada y luego la incité a que recogiera sus cosas para poder irnos. Poco tiempo después estábamos sentados en el coche, dispuestos a no llegar tarde a nuestra cita otra vez.