EL Anillo

Capitulo IX.

Decepciones

Por MaryLuz

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Muy de madrugada, Niel y Sigmur llegaron al teatro Place, estacionaron el auto en la parte trasera, dado que muy pronto se representaría una importante obra de teatro allí, no era extraño que estuvieran varios vehículos grandes cargados con material para la escenografía y el vestuario de los actores.

Lo único que alumbraba ese callejón, eran dos enormes lamparas que colgaban de la entrada trasera del teatro.

Un auto negro se estacionó en la parte de enfrente de la calle y sacando una cámara pudo alcanzar a tomar fotos de los dos hombres que atravesaban la puerta trasera del lugar. Al ver que estos se perdían dentro del teatro, saco el carrete de película de su cámara y lo escondió dentro de un segundo fondo en la guantera de su vehículo. Así mismo lo guardó con sus últimos apuntes del caso y puso un carrete nuevo en la cámara para seguir fotografiando el lugar.

Niel y Sigmur habían seguido por los pasillos del teatro hasta una de las habitaciones donde se encontraba otro hombre vestido de overol y con gorra. A simple vista era uno de tantos carpinteros que trabajaba en la escenografía del teatro.

- ¡Mis amigos!, los estaba esperando – dijo el hombre del overol.

- Parche, ¿cómo va todo? – dijo Niel acercándose hasta el hombre del overol para saludarlo.

- Perfecto, todo está listo, Dietter estará aquí el día convenido con el dinero. Es necesario que nada salga mal para esa fecha, espero que no haya otro problema como el que me trajeron hace unos días.

- No te preocupes amigo, eso lo tenemos solucionado – dijo Sigmur.

- Realmente espero que estén en lo cierto. Las cosas en el negocio nos dejaran más dinero del que nos podríamos imaginar. Hacer el trato directamente con Dietter nos dejará una ganancia del 75% y no del 25% como lo estabamos manejando – dijo el Parche dibujando una enorme sonrisa en su cara.

- ¡Es una cantidad enorme de dinero! – sonrió a su vez Sigmur.

- Tuviste una buena idea al utilizar este teatro como escondite, las bodegas de Harlem ya estaban llamando mucho la atención – dijo Niel sonriendo.

- Si, pensé que este era un buen lugar, aquí suelen representarse muchas obras y constantemente están llegando camiones cargados de mercancía, así que no sería sospechoso que llegaran más vehículos grandes cargados. Además este lugar tiene varios pasadizos entre los camerinos, nos dan muchas formas de escapar en el caso de que fuésemos descubiertos – Dijo el parche. Sin embargo Niel frunció el ceño ante ese comentario. El no pensaba ser descubierto, eso no entraba en sus planes – sin embargo después de esto, debemos borrar cualquier cosa con nos relacione con el lugar.

- Yo tengo una idea para deshacernos de ese problema – dijo Sigmur sonriendo.

La puerta se abrió de golpe, un chico entró corriendo sorprendiendo a todos los ocupantes de la habitación.

- ¿Qué sucede chico? – preguntó el Parche deteniendo a Sigmur y a Niel quienes se habían levantado asustados sacando sus pistolas.

- Hay un auto negro parado enfrente del callejón y un hombre gordo ha estado tomando fotos – dijo el chico al Parche.

- ¡Debe ser Miuler! – dijo Sigmur – ahora debemos actuar Niel, tendámosle una trampa al igual que lo hicimos con el otro polizonte.

- ¡Un momento! – Dijo el Parche – yo ya no quiero más cadáveres aquí, al rato esto parecerá un cementerio.

- Los sacaremos el día del estreno – dijo Niel.

- Bien, eso espero, mientras traeré otro sacó de cal, también lo meteré a ese en un saco de cal para evitar que huela demasiado.

Miuler había bajado de su auto y caminaba por el callejón observando los vehículos cargados que se encontraban estacionados en la parte trasera del teatro. Quien pasará por ese sitio podría imaginar que era parte de la escenografía para la obra que se presentaría en unos días. Pero el olfato del detective le decía que no era escenografía. Quitó una de las sogas que amarraba parte de la lona que cubría la carga del camión y pudo ver varías cajas cubiertas. Dejó su cámara en el suelo para poder subir y con un cuchillo abrió una de las cajas, al instante cayeron ante él varias armas. No eran armas comunes y corrientes, eran armas pertenecientes al ejercito de los estados unidos, ¿qué hacían cargadas en un camión de mudanza? Había más cajas de diferentes tamaños. Miuler abrió una mas pequeña y dentro habían varías bolsas con diferentes polvos y pastillas, al igual que hiervas. Miuler las reconoció al instante, ¡Drogas!. Bajó del camión para tomar su cámara que había dejado en el suelo para subir a la parte trasera del mismo. Cuando ya había bajado y se disponía a voltear sintió como algo frío tocaba su nuca.

- Esta será la última vez que intervengas ¡maldito polizonte! – dijo Sigmur apuntando su arma contra Miuler.

- ¡Esto ya no te servirá! – Dijo Niel al tiempo en que sacaba el carrete de la cámara de Miuler y lo lanzaba al aire – Tráelo adentro, la detonación se puede escuchar aquí afuera...

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Era extraño que Miuler no se hubiese comunicado con Albert en varios días, esperaba su reporte sobre Niel, sin embargo no tenía noticias suyas. Se había comunicado con George desde que Candy le comentara sobre su parecido con la madre de Joan y ya tenía en su poder la muñeca con la que Candy había llegado al hogar de Pony. Desde que llegó a Nueva York de nuevo había querido hablar con ese chico que había salvado a Candy de Niel, pero debido a sus múltiples ocupaciones le había sido imposible, sin embargo después de mucho tiempo, por fin tenía un poco de tiempo libre.

Albert caminaba por el pasillo de la comandancia de policía buscando al oficial Joan Miller. No le fue difícil localizarlo, viéndolo bien, su parecido con Candy era impresionante, si no fuera porque era hombre, diría que era ella.

- ¡Señor Miller! – dijo Albert al acercarse a Joan quien estaba hablando con Curt en el pasillo.

- Señor Andrew, ¡esto si es una sorpresa!, ¿puedo ayudarle en algo?, ¿Candy se encuentra bien? – dijo Joan algo preocupado, cosa que no le pareció agradar a Curt.

- Si, Candy está bien, me gustaría hablar con usted si tiene un poco de tiempo.

- Sí, claro que sí, aquí enseguida hay un pequeño restaurante, ¿podríamos vernos allí en unos 10 minutos?

- Lo estaré esperando.

Joan corrió a su escritorio ante la vista de Curt, dentro sacó una caja y corrió por el pasillo para dirigirse al restaurante. Curt lo siguió con la mirada mientras desaparecía.

- ¡No puedo creerlo! – dijo Albert al escuchar la historia de Joan y estar observando lo que él le mostraba.

- Cuando yo la vi la primera vez, mi corazón sintió que no estaba equivocado. Al ver esta muñeca – dijo tomándola entre sus manos – me da la esperanza de que ella sea la persona que busco.

- ¡Las muñecas son idénticas! – dijo Albert – pero esto no probaría que ustedes sean parientes.

- Lo sé – dijo Joan de forma triste – pero mi madre no me dijo nada más. Solo que ella había salido de Nueva York rumbo a Chicago embarazada hace 18 años, yo apenas iba a cumplir 2 años.

- ¿Quién es esta niña? – preguntó Albert al ver una foto de una niña de uno años. Usaba el cabello en una coleta y un bello vestido. Era la imagen que él conservaba de Candy la primera vez que se vieron en la colina de Pony. Tenía el cabello rizado y unos hermosos ojos que de ser a color aseguraría que eran verdes.

Joan se asomó para ver la foto que Albert señalaba y sintió como un rubor teñía sus mejillas, quizá esta era la prueba rotunda de que Candy y él eran realmente parientes. Después de cinco años, ya era hora de decir la verdad...

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Parecía que las cosas se complicaban en la vida personal de Albert, las cosas en los negocios iban viento en popa. Todos los acuerdos se estaban concretando de forma rápida y segura. Pero sus sentimientos por Candy no podían cambiar. Solo faltaban unos días para regresar a Chicago, tenía que tomar una decisión sobre ella. Las cosas no habían cambiado, ella seguía asistiendo a su diplomado mientras él asistía a esas interminables reuniones con los miembros de la Banca, mientras se gestionaban los asuntos para la Banca Londinense. Seguía observándola en silencio mientras cocinaba, platicaban animadamente de sus respectivos días, pero nada parecía cambiar.

Nada parecía indicarle que ella correspondía a sus sentimientos.

Albert seguía preocupado también por Niel y sus asuntos. En las últimas semanas no había echo acto de presencia, pero eso no quería decir que Candy no estuviera en peligro. Necesitaba hablar con Miuler y saber ¿qué había pasado con la investigación que le había solicitado?.

Los datos que Miuler le había dado sobre Vanessa lo desconcertaban, esa chica era menor de edad, sin embargo parecía mucho mayor. No había querido hacer nada, ni decir nada ya que su padre era el principal afectado por las acciones de su hija. Sin embargo, esa chica seguía persiguiéndolo y era algo que lo tenía sumamente preocupado. Aparecía en cada sitio en el que estaba y sus continuos asedios lo estaban cansando.

Hacía unas horas que la había visto y su actitud le había hecho decidirse a tomar cartas en el asunto. Esta vez no había sido una insinuación había sido muy directa con él.

Había estado esperando en el gran salón de Bofil y Asociados para una reunión con Bladimir, su hijo y sus principales socios. Cuando la puerta se abrió y apareció Vanessa caminando hasta él de forma sugestiva.

Ella se había acercado para abrazarlo, mientras él la alejaba de si, esas confianzas con él no le agradaban. Pero lo que escuchó en seguida lo dejó sumamente sorprendido.

- Albert Andrew me gustas mucho – dijo de forma sensual mientras él la mantenía alejada de él. Esto hizo que Albert se molestara, como era posible que le dijera semejante cosa.

- ¡Señorita Wilkins!, usted es una niña caprichosa a quien le gusta jugar

- ¡Una niña! – rio Vanessa poniendo las manos en su cintura – no soy ninguna niña – dijo de forma coqueta – y si vas a mi departamento el viernes en la noche te lo puedo demostrar – dijo ella, ante lo que Albert se sorprendió.

- ¡Señorita Wilkins!, ¿pero qué está usted insinuando?

- No insinuó nada, te estoy ofreciendo aquello que todos esos hombres en la sala desearían – dijo señalando la sala de reuniones de Bofil y Asociados.

- Pero ¿y su prometido? – dijo Albert sin salir de su sorpresa.

- Oh, no se lo diré, si tu no se lo dices – sonrió. La enorme puerta de la sala se abrió – ¡Querido! – se acerco ella a Estefano que entraba en la sala.

Mientras se colgaba del cuello de su prometido, Vanessa había señalado con la mano la hora, a las ocho. Albert no contestó, solo observo a esa chica que se alejaba del brazo del hijo de uno de los hombres más ricos de Nueva York.

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Candy iba saliendo del diplomado acompañada de Lisbeth, las dos platicaban animadamente sin percatarse que una persona se encontraba de espaldas a ellas. Candy no se dio cuenta que la chica de espaldas a ellas estaba parada, entonces choco con ella.

- ¡Oh, discúlpeme señorita! – dijo Candy apenada por haber chocado con ella. La chica volteo sonriendo a ella, a Candy le pareció ligeramente familiar su rostro.

- Oh, no te apures, pero tú eres Candy, ¿verdad? – Dijo ella sonriendo – te reconocí de inmediato, yo soy Vanessa Wilkins, nos vimos en el baile de la cruz roja – dijo la chica extendiendo su mano para presentarse. Candy sintió que las piernas le temblaban al momento que escuchó su nombre. ¡Ella era Vanessa Wilkins!, ¡Vanessa Wilkins! La chica en quien Albert estaba interesado. Sentía como su corazón latía de forma acelerada mientras veía como en cámara lenta que ella extendía su mano. Candy extendió a su vez la suya.

- Mucho gusto señorita – dijo Candy tratando de controlarse.

- El gusto es mío – sonrió ella - me alegra verte de nuevo, que te parece si te invitó un café para platicar un rato, que dices ¿aceptas? – Candy se sorprendió ante la invitación tan inesperada, pero ella no podía aceptar. Lisbeth estaba detrás de ella y pudo notar la palidez en el rostro de Candy, así que la tomó del brazo para indicarle que ella estaba allí. Candy entonces volteo para sonreírle.

- Te lo agradezco, pero mi amiga y yo tenemos que estudiar, quizá en otra ocasión.

- Oh, está bien, ya habrá otra ocasión. Quizá podamos ir todos juntos, no ¿crees? – dijo Vanessa sonriendo mientras se alejaba de ella diciendo adiós con la mano.

Candy se quedo observando como Vanessa se alejaba del lugar, realmente era una chica muy bella, de curvas perfectas y con un color rojo de cabello que llamaba mucho la atención. Entendía ahora porque Albert estaba interesado en ella, era una chica que podía interesar a cualquier hombre, era una mujer muy hermosa, una mujer, no una niña como ella.

Vanessa se fue sonriendo, había logrado su cometido, presentarse ante Candy y que ella se diera cuenta de la mujer contra la que competía. Pudo notar la palidez de su rostro al mencionar su nombre, eso era una buena señal. Solo completaría el cuadro la siguiente noche.

Candy puso su mano en el rostro para evitar que las lágrimas asomaran a sus ojos. Lisbeth que estaba a un lado de ella pudo comprender que algo ocurría con esa chica. Sin mencionar ninguna palabra ayudo a Candy tomándola del brazo para que pudiera llegar hasta el auto.

- Candy ¿quieres que vayamos a la pensión en lugar de que Harrison te lleve al departamento? – preguntó Lisbeth a Candy, ella aun se veía pálida. Candy solo asintió con la cabeza y Lisbeth le dio la dirección a Harrison.

El viaje a la pensión era realmente corto, estaba muy cerca del hospital. Candy y Lisbeth entraron a la habitación de Lisbeth y mandaron a Harrison con un mensaje para Albert en el que le avisaban que estaban juntas y no se preocupara por ella.

Candy se sentó en la cama de Lisbeth, se veía sumamente abatida y sería. Lisbeth se acercó a ella y tomándola de la mano le preguntó.

- Dime Candy, ¿acaso Albert está interesado en esa chica? – Candy solo veía al piso, una lágrima escurrió por su mejilla. Lisbeth se paro muy enojada – ¡no puedo creerlo! – Candy volteo a verla sorprendida de su reacción – ¿cómo es posible que te haga eso?, no puedo creer que estando casado contigo se interese en otra, ¡estos hombres! – dijo sumamente enfurecida.

Candy observaba a su amiga sorprendida, mientras sobre su mano izquierda acariciaba el anillo, ese anillo que había causado tantas confusiones. También ella, también Lisbeth pensaba que Albert y ella estaban casados.

- Pero nosotros, nosotros – comenzó nerviosa mientras Lisbeth volteaba a verla – nosotros no estamos casados – cosa que sorprendió mucho a Lisbeth.

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Curt y Joan iban circulando cerca del rió, tenían un reporte sobre el caso de Dietter en el que trabajaban, sin embargo no se habían topado con nada, ni con nadie. Pero algo en el lecho del río llamó la atención de Joan.

- ¡Curt detente! – dijo Joan al ir pasando por la rivera del río, la cual tenía hiervas y zacates sumamente altos.

- ¿Qué viste compañero? – dijo Curt al ver que Joan bajaba del auto y caminaba hasta las hiervas crecidas.

- Rápido trae unas cuerdas y átalas al auto.

Curt hizo lo que Joan le pedía. Entre la maleza cerca del río, había un auto negro sumamente deteriorado, habían querido borrar las huellas de pintura del auto, pero el color negro aun se notaba. Habían roto los cristales y arrancado las placas. Sin embargo algo en ese auto les parecía familiar.

Joan entró al vehículo y se puso a revisarlo, mientras Curt hacía lo mismo por debajo del mismo. Era un auto no tan viejo, ¿qué hacía a orillas del río y con muchas señales de violencia?, ¿de quién era ese auto?

- ¡Aquí hay algo! – dijo Joan sacando algo debajo de la guantera. Había un paquete pegado a un doble fondo bajo la guantera. Muy típico en autos de policías. Dentro de un sobre había un carrete de fotografía, un block de notas con algunos apuntes y una fotografía.

- ¡Vanessa Wilkins! – dijo Curt al observar la fotografía que Joan sacaba del sobre.

- Llevemos este carrete a la comandancia para que lo revelen – dijo Joan a su amigo – quizá con el contenido de las fotografías tengamos al dueño de este auto.

- ¿Que crees que signifiquen estas iniciales? – pregunto Curt al ver las iniciales sobre el block de notas – NL y SB.

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Albert ya había llegado al departamento, aun era temprano por lo que esperaba la llegada de Candy. Sus pensamientos aun estaban sobre esa chica que lo acosaba, ¿qué debería hacer con ella y con toda la información que ahora tenía?, ¿Bofil sabía sobre su futura nuera?

El timbre en la puerta lo sacó de sus pensamientos, ¿quién podría ser?. No podía ser Candy ya que ella traía sus propias llaves.

Al abrir la puerta se sorprendió. Era la última persona que esperaba ver en ese lugar. Ante sus ojos apareció Terry. Sus profundos ojos azules lo observaban sorprendido, no era a él a quien buscaba. Seguramente buscaba a Candy y se sorprendió de verlo en el departamento en lugar de ella.

- ¡Albert! – dijo Terry algo sorprendido.

- ¡Hola Terry! – Dijo Albert de forma cortes – ¿puedo ayudarte en algo?

- Si, quizá si – dijo Terry dudando por unos momentos – ¿puedo pasar? – Albert abrió más la puerta para que Terry pasara.

- Candy no está – dijo Albert – no debe tardar.

- No tardaré mucho.

Albert se acerco para ofrecerle algo de tomar. Terry aceptó el vaso de Whisky que Albert le tenía y permaneció de espaldas a él mientras se disponía a hablar.

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Lisbeth estaba sorprendida, habría jurado que tanto Albert como Candy estaban casados, jamás se imaginó que ella era solo su pupila. Se veían sumamente enamorados. Candy había explicado a Lisbeth como es que Albert era su tutor y no su esposo. Ahora se quitaba el anillo y se lo mostraba a su amiga.

- Creo que este anillo es el culpable de tantas confusiones Lisbeth, este anillo y nada más – dijo tendiéndoselo a su amiga.

- Parece un anillo de bodas, Candy – dijo Lisbeth observándolo detenidamente.

- Pero no lo es, fue un anillo que Albert me regalo en mi cumpleaños, la fecha que ves dentro es la fecha en que nací.

Lisbeth sintió como el rubor teñía sus mejillas, ella siempre había pensado que ellos eran esposos. ¡Que error había cometido! Pero al ver a su amiga tan apesadumbrada sabía que ella lo amaba, ella estaba enamorada de él y él de ella, de eso estaba segura.

- Candy, pero tú lo amas, ¿verdad? – le dijo regresándole el anillo.

- Yo, yo – dijo Candy nerviosa.

- Lo amas, lo sé.

- Pero él a mí no, solo me ve como su pequeña, como una niña a quien hay que cuidar.

- Eso no es verdad, estoy segura de que él también te ama.

- ¿Pero cómo puedes estar segura de eso?

- Primero se dan cuenta del fuego las personas que están fuera, que aquellas que se encuentran dentro – dijo Lisbeth sonriendo – Estoy segura de que esa chica, Vanessa, no significa nada para él, él te ama y tu debes decirle lo que sientes.

- ¿Qué? ¿Yo? ¿Decirle?, ¡no!, ¡no podría! – dijo Candy sintiendo como el rubor tenía sus mejillas.

- Si no lo haces, ¿cómo sabrá lo que tu sientes?, quizá él piensa igual que tu, que solo lo quieres como un hermano o como tu tutor. Debes decirle.

- ¡Pero Lisbeth!

- No seas cobarde, dile lo que sientes, estoy segura de que él siente lo mismo por ti. No tienes nada que perder.

- Si, si tengo mucho que perder, si él no corresponde a lo que siento entonces... perdería su amistad y eso me dolería mucho.

- ¿Pero si el corresponde a lo que sientes?

Candy se quedó pensando, amaba a Albert, realmente lo amaba, ¿debería ocultar sus sentimientos por el temor de no ser correspondida?, o ¿debería arriesgarse y confesar sus sentimientos?. Había ciertos detalles que le hacían imaginarse que Albert sentía algo más por ella que solo amistad. Esa mirada que seguía sin poder descifrar, esa brillante mirada que aparecía cuando la observaba creyendo que ella no lo veía.

- ¡Si Lisbeth!, ¡lo haré! – dijo Candy sonriendo, ante lo cual Lisbeth soltó un grito de alegría y abrazó a su amiga.

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Terry aun permanecía en el departamento que compartían Candy y Albert, sostenía en su mano una copa de Whisky que Albert le había proporcionado. Estaba buscando la mejor forma de hablar con su amigo, sabía a que había ido, pero por más intentos que hacía por poner sus sentimientos en palabras le resultaba algo sumamente difícil y más siendo Albert el principal afectado.

- Sé que has venido a hablar de Candy, Terry – Terry se sorprendió, quizá sus miradas hacia ella habían sido tan obvias que un hombre celoso podía haberse percatado. O un Hombre enamorado de su esposa como lo era Albert.

- No, no es de Candy, es más bien de mí de quien quiero hablarte – Terry siguió dándole la espalda mientras hablaba - me siento sumamente confundido, y tu siempre has sido mi amigo, ¿no se si pudiera confiarme a ti? – dijo Terry algo serio.

- Claro que si Terry, siempre podrás contar conmigo y si puedo ayudarte cuenta con ello.

- Gracias Albert – dijo Terry mientras se preparaba a confiarse a su amigo – Estoy sumamente confundido Albert – repitió – sé que quizá te afecte lo que te diga, pero escúchame sin interrumpirme – Terry volteo a ver la expresión de Albert y este solo asintió con la cabeza, entonces Terry continuo – Si, estoy confundido, verla de nuevo ha despertado muchas cosas en mi. Verla tan hermosa en esa fiesta me hizo sentirme celoso de ti – volteo a verlo, la expresión de Albert era indescifrable – Saber que tu la habías desposado, que tu habías entrado en su corazón ocupando mi lugar me hizo sentir odio hacia ti – Albert solo lo observaba sin pronunciar palabra alguna - Pero se que ella algún día tenía que hacer su vida. Que mejor que seas tú el dueño de su corazón y no ese patético de Niel – sonrió de forma sarcástica - Debo confesarte que verla en compañía de Niel en la terraza me hizo odiarla por unos momentos. ¿Cómo era posible que ella hubiera caído tan bajo al casarse con ese cobarde que no hacía más que molestarla cuando estabamos en el colegio? Pero no, eras tu su esposo y no él – levantó la vista hacia Albert que seguía observando cada uno de sus movimientos – No quiero faltarte al respeto cuando te digo que aun pienso en ella, no intentare nada, estas tu y siempre hemos sido amigos. No será ahora cuando te falte - Albert se acerco molesto a él.

- ¿Cómo que estoy yo? ¿Y Susana?, ¿acaso no piensas en tu esposa? – dijo Molesto.

- Susana y yo no estamos casados – dijo Terry sereno, Albert se sorprendió ante lo dicho por Terry – Fue un acuerdo de los dos. Vivimos juntos desde hace unos meses, pero sin hacer vida marital. No creí justo el que nos casáramos sin estar seguros. Cuando se lo propuse a Susana, ella estuvo de acuerdo. Nos casaríamos hasta que estuviéramos completamente seguros, además ella quería entrar caminando a la iglesia. Por eso ha hecho hasta lo imposible por caminar con la prótesis.

- Si no estabas seguro ¿por qué lo hiciste? – preguntó Albert más tranquilo.

- Porque en su momento si lo estaba – dijo Terry, Albert comprendió al momento estas palabras – Estaba seguro de haberla olvidado, hacía tiempo que no pensaba en ella con dolor y creí que ya había cicatrizado esa herida.

- Pero volviste a verla y cambiaste de opinión.

- Por eso te digo que estoy confundido. ¿Cómo saber si lo que siento por Candy ya no es amor y se ha convertido solo en un sueño?, ¿en un hubiera sido?, ¿en una añoranza?, ¿Cómo saber si el cariño que siento por Susana ha dejado de ser gratitud y se ha convertido en un amor sereno?, ¿Acaso lo sabes tú Albert?

Albert había guardado silenció ante los cuestionamientos de Terry, se veía sumamente abatido, pero nadie más que él mismo podría salir de su conflicto emocional.

- Cuando la mente duda, el corazón habla Terry – Terry volteo a verlo a los ojos – Tu corazón es el mejor consejero en estos casos, si tan solo sabes interpretar su lenguaje – Terry comenzó a sollozar y Albert se acercó poniendo un brazo sobre su hombro – Llora Terry si eso te hace sentir mejor, pero el llanto no arreglara tu dilema.

- Mi corazón habla, pero ¿y si mi corazón ha perdido la voz? – se preguntó Terry.

- Quizá solo está susurrando en voz baja Terry, solo tienes que saber escucharlo, poner atención.

- Gracias amigo, debo regresar con Susana debe estar preocupada por mi tardanza – dijo Terry disponiéndose a salir del departamento.

- ¡Suerte! – dijo Albert despidiéndose de Terry.

- Una cosa más Albert – dijo Terry deteniéndose en la puerta – No le menciones a Candy que he venido.

- No lo haré, no te preocupes por eso.

Albert se quedo observando por la ventana mientras Terry subía al auto y se marchaba. Aun se preguntaba si había hecho bien al ocultarle que ellos tampoco estaban casados, que había sido todo una mentira para que Candy soportara el trago amargo de saberlo casado con Susana. Quizá no era el momento, Terry se encontraba confundido y decirle que Candy también estaba soltera lo confundiría aun más. Terry debería decidir por si mismo, no importaba que creyera a Candy casada, debería darse cuenta si el amor que sentía por Susana era tan fuerte como para permanecer con ella el resto de su vida.

Sin embargo él debía tomar su propia decisión, ¿seguir amando a Candy en silencio? O ¿alejarse de ella y tratar de olvidarla?, sabía de antemano que Candy no lo quería, era fácil notarlo, por lo menos así lo creía él, para ella solo era su guardián, su paño de lagrimas, como su hermano, pero no había ningún otro sentimiento en su pequeña Candy.

Solo unos cuantos días más de compartirlos juntos...

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Ya era tarde y Candy no llegaba, sabía por Harrison que ella estaba con Lisbeth, así que decidió salir en su búsqueda en compañía de Harrison, quien esperaba las instrucciones de Albert para salir en busca de Candy.

Habían pasado un par de minutos de que Albert había salido del departamento cuando Terry regresó. Marcel se quedo mudo al verlo entrar en la recepción, era muy conocido en Nueva York, por lo cual no dijo ni media palabra cuando paso por delante de él y le dedicó una sonrisa.

Unos segundos después, Terry se paró en la recepción ante Marcel quien seguía sin dar crédito a sus ojos. Era la primera vez que lo veía en persona. Las anteriores veces en que Terry había estado en el departamento de Albert y Candy, Marcel no lo había visto.

- Disculpe, ¿el señor Andrew salió? – Preguntó Terry a Marcel, Marcel no pudo articular palabra y solo asintió con la cabeza – Oh, entiendo, tampoco está la señora Andrew ¿verdad? – Ante lo cual Marcel volvió a asentir con la cabeza – Bueno, ¿podría hacerme el favor de entregarles esto a cualquiera de los dos que llegue? – Marcel tomó el sobre de manos de Terry con mano temblorosa, al tiempo en que asentía con la cabeza – Muchas gracias señor – dijo Terry despidiéndose de Marcel.

- ¡Era Terruce Granchester, el actor! – Pensó sorprendido Marcel – ¡que tonto no le pedí su autógrafo! – dijo poniendo sus manos en el rostro.

Candy iba caminando rumbo al departamento, realmente estaba cerca y no quiso llamar a un taxi para que la llevara. Quería pensar y la noche le ofrecía el ambiente perfecto para hacerlo. Sentir el aire fresco de la noche le hacía que sus pensamientos se aclararan. Le había dicho a Lisbeth que le diría a Albert lo que sentía por él, pero... ¿cómo hacerlo?, nunca se le había declarado a un hombre, ¿cómo lo tomaría él?.

Albert iba pensando en lo que recién había hablado con Terry, él parecía sumamente confundido y abatido por todo, lo entendía muy bien. Candy era difícil de olvidar, él había tratado sin lograrlo por años. Aun podía recordar la primera vez que la vio como su hubiera sido ayer.

- ¡Harrison detente! – dijo Albert al ir pasando por un parque, sobre la banqueta de aquella calle pudo distinguir una figura femenina que caminaba pensativa – ¡Candy! – dijo mientras se bajaba del auto.

Candy pudo percatarse que un auto se paraba muy cerca, su corazón comenzó a latir de forma apresurada al ver que una figura alta bajaba de él y se acercaba a ella. Era Albert, su mirada se notaba preocupada y furiosa al mismo tiempo, ¿qué pasaba?

- ¡Candy! – Dijo Albert con un tono de voz que nunca había escuchado que se dirigiera a ella, estaba molesto – ¿cómo es posible que vengas caminando sola? – Dijo recriminándola por su acción – Sabes perfectamente que Niel esta buscando una oportunidad para hacerte daño.

- ¡Albert yo! – Dijo Candy viéndolo a los ojos, estaba molesto con ella – lo siento mucho, no pensé.

- ¡Candy! – Dijo Albert al ver que las lágrimas asomaban a sus ojos – nunca me perdonaría que algo te pasara – dijo acercándose a ella para abrazarla – tampoco me perdono el hacerte llorar, discúlpame Candy – dijo mientras acariciaba sus rebeldes rizos.

Candy entonces se abrazó a él con fuerza mientras escondía su rostro entre sus brazos, lo amaba tanto, como podría decirle lo que sentía. Se separó un poco de él para verlo a los ojos. Sus ojos brillaban como antes lo había visto, sentía como el rubor teñía sus mejillas.

- Albert yo, yo – dijo nerviosa. Albert la observó a los ojos, intrigado por estas frases y por la mirada en sus ojos – Yo, lo siento mucho, debí tomar un taxi – dijo bajando la mirada.

- Bueno, eso ya no importa, lo importante es que estas bien y a salvo, vayámonos a casa.

- Si, a casa – dijo Candy de forma triste. Había estado a punto de decirle lo que sentía, pero no había reunido el suficiente valor para hacerlo.

Al llegar al departamento Marcel entregó el sobre que Terry le había dejado a Albert.

- ¡Le dejaron esto señor Andrew! – dijo Marcel entregando el sobre a Albert, mientras Candy subía rumbo al departamento.

- Gracias Marcel – dijo Albert.

Albert entró al departamento al tiempo en que abría el sobre y sacaba del interior su contenido. Dentro estaban dos pases para la obra Otelo. Susana había cumplido su promesa de invitarlos, eran dos lugares para los palcos del teatro Place de Broadway que presentaba al actor Terruce Grandchester en el papel principal. La obra sería representada el viernes a las 9:00 PM.

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Por fin se conocía el contenido del carrete que Joan y Curt habían dejado en la comandancia, había varias fotografías interesantes en él. Al parecer la persona que había tomado las fotos era un investigador.

Había fotos del teatro Place de Broadway, varios camiones grandes que mostraban la placa de los mismos; también había fotos de varios hombres, entre los cuales se distinguieron a un hombre gordo, vestido de overol, al que se conocía con el nombre de El Parche, y a otro flaco y desgarbado conocido como Sigmur Beauville; también pudieron apreciar a un tercer hombre, que en ninguna de las fotografías había logrado salir bien, lo único que sabían de él era que vestía como un hombre rico, así que lo apodaron: él catrín. Pero las fotos más interesantes estaban al final, había fotos del contrabandista Dietter. Al parecer estos hombres mantenían contacto con él contrabandista más buscado de Nueva York.

- Vayan por Miller y Osborn – dijo el capitán de la comandancia.

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Era de madrugada, Curt y Joan se encontraban en el departamento del primero discutiendo el caso de Dietter, pero al tema volvió a salir: Candy y el interés que Joan tenía sobre ella.

Curt no podía imaginar el verdadero interés de Joan en ella.

Curt y Joan comenzaron a discutir de forma acalorada sobre el comportamiento de la rubia pecosa.

- No Joan – insistía Curt - Candy no es una chica para ti, que mujer se disfraza de hombre para entrar a una cantina en busca de su novio – seguía discutiendo – una chica debe ser dulce, amable, debe saber cerrar la boca y sobre todo, ser muy femenina y por supuesto bonita. ¿No me dirás que tu rubia tiene esas cualidades? - Joan seguía callado sin pronunciar palabra ante los ataques de Curt sobre Candy – no niego que es muy bonita, por eso fue fácil reconocerla cuando entró a la cantina...

- ¿Qué, qué?, ¿ahora me dirás que fuiste capaz de reconocerla cuando entró al bar? - se levantó Joan enojado del sillón en donde estaba.

- ¡Por supuesto que sí!, una mujer jamás podrá engañar a un hombre al vestirse como él – dijo muy seguro de sí mismo cruzando los brazos.

- ¿Estás seguro de lo que afirmas? – dijo Joan cada vez más molesto.

- ¡Por supuesto que estoy seguro! – dijo Curt levantando la voz.

Ambos discutían en voz alta, la mirada de Joan estaba sumamente encendida por el enojo, era la primera vez que Curt lo veía de esa forma. De una forma imprevista, Joan tomó el brazo derecho de Curt y se lo dobló hacía la espalda inmovilizándolo y acercándolo hasta él. Curt no sabía que pasaba, ¿qué era lo que tanto había enojado a Joan?, su cara estaba demasiado cerca de la de él y eso lo estaba poniendo nervioso.

Joan cerró los ojos, y sin que Curt se lo esperara, lo beso. La mirada de Curt permaneció abierta por el asombro. Joan, su compañero y amigo por casi dos años, lo estaba besando y lo peor del caso es que le estaba gustando, le gustaba tanto que sin darse cuenta cerró los ojos y comenzó a disfrutarlo.

Joan separó sus labios de los de Curt al tiempo en que un suspiro se escapó de los labios de él. Sin abrir sus ojos comenzó a sonreír. Joan no había perdido detalle de ello. Aun con los ojos cerrados, la cara de Curt fue desdibujando sus facciones para convertirse en una mueca de horror y sorpresa ante lo que acababa de suceder.

¡Joan Miller acababa de besarlo!.

La llave que Joan había aplicado a Curt se había aflojado, lo que este aprovechó para separarse bruscamente de su compañero haciéndose para atrás. Joan permaneció en su sitio con una medía mueca en el rostro, cruzó los brazos y siguió cada movimiento de su compañero. Curt se paseaba de un lado a otro de la sala, pasando sus manos por su cabello y su frente. Solo se repetía a si mismo - ¡No es posible!, ¡no es posible! - y veía a Joan. Habían tomado, si, pero no tanto como para no saber lo que hacían. Dejó de caminar parándose delante de su compañero para por fin hablarle.

- ¿Cómo es posible que me hayas echo eso? – dijo Curt casi al borde de la histeria.

- ¿No me dirás que no te gustó? – preguntó Joan tranquilamente. Curt se sorprendió ante el comentario. Si, ese era el problema, si le había gustado y mucho, pero no se lo diría, nunca admitiría que le había gustado el beso de un hombre.

- Pediré mi cambio, no podemos seguir siendo compañeros – dijo Curt de forma seria.

- No quieres estar cerca porque realmente te gustó – dijo Joan bastante calmado, lo que hacía que Curt estuviera cada vez más confundido - ¡Curt realmente eres un imbécil despistado! – dijo en forma divertida.

- ¿Qué quieres decir? – dijo Curt más confundido aun por su afirmación. Y comenzó a recordar.

Joan sabía muy bien cómo manejar las armas, estaba en el cuerpo policiaco de Nueva York desde antes de que él llegará a la ciudad, siempre lo ayudó en todo, se alegró mucho cuando el inspector lo asignó como compañero de Joan. En dos años de trabajo, habían vivido muchas aventuras. Varias veces Joan había arriesgado su vida por salvar la suya, principalmente por enfrentarse a las bandas de contrabandistas. Habían sufrido más accidentes que otros de sus compañeros.

Ahora Joan acababa de cambiar ante sus ojos, ¿cómo podrían seguir siendo amigos siquiera después de lo que había pasado?. Curt estaba sorprendido, confundido y sumamente dolido.

Acababa de perder a su mejor amigo, a su hermano. Jamás iba a poder verlo como antes.

Joan comenzó a quitarse el chaleco, la pistola aun colgaba de su hombro izquierdo y se la quitó también.

Curt levantó la vista y se quedó boquiabierto al ver lo que su amigo hacía, ¿por qué comenzaba a quitarse la ropa? Sus ojos comenzaron a seguir el movimiento de las manos de Joan que desabrochaban los botones de su camisa.

- ¿Qué haces? – preguntó algo asustado Curt, ¿acaso Joan intentaría hacerle algo en su propio departamento?

- Si te lo digo no me lo creerías, así que te lo voy a mostrar - dijo Joan terminando de desabrochar el último botón de su camisa – Soy mujer – dijo al mismo tiempo en que abría su camisa y dejaba a la vista un apretado corsé que disminuía sus senos a tal grado que no se notaban bajo una camisa algo suelta y un chaleco.

Curt se quedó atónito ante la mirada del pecho de su amigo, se acercó poco a poco hasta donde permanecía Joan, de forma incrédulo y extendió la mano para tocarlos cuando se detuvo y lo miro.

- Adelante, tócalos, son de verdad – Curt los empujó con un dedo y se dio cuenta que efectivamente eran verdaderos. Se volteo dándole la espalda a Joan y puso sus manos en la cara.

- ¡Soy un imbécil!, ¡un tonto imbécil! – repitió Curt. Joan se abrochó de nuevo la camisa.

- Lo dicho, no eres capaz de distinguir a un hombre de una mujer disfrazada. – rió Joan.

- ¿Pero tu nombre?, ¿tu forma de vestir?, ¿tu voz?, quizá sonaba un poco delgada, pero hay hombres que tienen la voz algo aguda, ¡jamás!, ¡jamás me lo imagine!.

- Me llamo Joan por error, mi nombre debió ser Joana, pero en el registro se comieron una letra. Ya sabes porque estoy aquí, eso te lo dije hace tiempo, solo te faltaba conocer este pequeño secreto. Fue mi hermano pequeño quien me dio esta idea.

- No sabía que tenías otro hermano - dijo Curt asombrado.

- Alguna vez te lo conté, no suelo hablar mucho de ello. Lo tenía, pero se metió en drogas y murió a causa de ellas. Por eso me interesan los casos de contrabando, si podemos detenerlos, jamás llegara a los distribuidores.

- Lo siento Joan, Joana – se corrigió.

- Sigo siendo Joan, el hecho de que sepas que soy mujer no cambia nada.

- Al contrario, cambia todo – Curt se acercó a Joan y la tomó por la nuca – A veces pensaba que me gustaban los hombres, porque me hacías sentir de una forma extraña. ¡Fui un idiota al no darme cuenta de que realmente eras una mujer!, y no sabes lo aliviado que eso me hace sentir ahora – Esta vez fue Curt quien besó a Joan.

Ambos escucharon un grito desde la calle que solicitaba a Curt, este se separó de mala gana de Joan y abrió la ventana para asomarse por ella.

- ¡Curt!

- ¿Qué ocurre?, ¿por qué molestas tan tarde?

- ¡Lo tenemos amigo!, ¿esta Miller contigo?

- Si aquí está, enseguida estamos contigo – Curt cerró la ventana y se dispuso a salir.

- Y antes de que nos vayamos, tonto, Candy es mi prima – dijo Joan sorprendiendo a su amigo.

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Solo faltaba un día más para terminar su estancia en Nueva York, el Hospital San Jacques solo tenía que entregar los diplomas a las participantes y los resultados de los exámenes presentados. Candy estaba segura de sacar una muy buena calificación. Desde que Albert había regresado, su atención en clase había vuelto.

Tenía todo listo, le daba tristeza regresar a Chicago después de los días que convivió con Albert, en ese tiempo se había dado cuenta de que lo amaba, realmente lo amaba.

Lisbeth insistía en que debía declararse, que esa chica Vanessa no era más que alguien que quería ganarle la partida, que ella debería luchar por el amor del hombre al que amaba. Lisbeth le daba los ánimos que necesitaba para decirle a Albert lo que sentía. Así es que esa noche, volvería a intentarlo.

Candy recién llegaba al departamento cuando escucho el repiqueteo del teléfono y corrió para contestarlo. Al mismo tiempo Albert abrió la puerta del departamento.

- ¡Diga! – dijo Candy alegremente sonriendo al ver a Albert en la puerta que contestando a su sonrisa.

- Soy su amiga – dijo la voz al teléfono. La sonrisa de Candy se borró al tiempo en que le dio la espalda a Albert. Él se extrañó ante la actitud de ella.

- Usted no es mi amiga – dijo en voz baja. Albert se sorprendió de que Candy hablara en voz baja – la última vez que me llamó me mintió – dijo Candy seria y nerviosa, sentía como las piernas le temblaban, cada que hablaba esa mujer era para decirle algo sobre Albert y Vanessa. Candy sintió como Albert tomaba el auricular a sus espaldas, mientras ella se sentaba observándolo y Albert escuchaba lo que la mujer al teléfono decía.

- Albert Andrew se verá mañana, viernes por la noche, con Vanessa Wilkins en su departamento, no lo esperes a dormir – Albert se sorprendió por lo que escuchaba, mientras apretaba el auricular por la furia. La mujer al teléfono esperaba alguna reacción de quien creía era Candy, pero al no escuchar nada solo agrego – no me des las gracias.

Clik.

Candy se levantó del sillón en donde se había sentado y caminó hasta la ventana dando la espalda a Albert. Ahora él sabía que alguien la mantenía al tanto de sus citas con Vanessa.

Albert observaba la actitud de Candy, ¿qué pasaba?, ella estaba fría ante él. ¿Cuántas veces había recibido llamadas de esa índole? ¿Qué tanto le decían?, ¿qué tanto de lo que le decían era verdad y qué tanto era mentira?

- ¿Desde cuándo recibes llamadas de este tipo? – dijo Albert acercándose a ella.

- Esta es la tercera desde que llegamos a Nueva York – contestó Candy sin voltearlo a ver, seguía viendo por la ventana.

- Candy – dijo Albert tomándola de los hombros para que lo viera – la persona que hablaba era Vanessa Wilkins – Candy se sorprendió al escuchar lo que Albert le decía, lo poco que ella había hablado con esa chica la tarde anterior no había sido suficiente como para reconocer su voz – Quiero explicarte – dijo Albert viéndola a los ojos. Pero ella bajo la vista apartándose un poco de él.

- No Albert, no es necesario que me expliques nada, si tú te ves con ella realmente me alegro por ti – dijo sin poder verlo a los ojos. Podía decirlo mostrándose feliz, pero su voz y su semblante decían lo contrario. Realmente si le importaba, pero si él era feliz con esa chica…

- Quiero hacerlo – dijo Albert. Entonces la tomó de la mano para llevarla hasta el sillón, he hizo que se sentara a un lado de él. Tomó de su portafolio un sobre grande y lo sacó para mostrárselo a Candy – Vanessa es una experta en comprometerse con hombres ricos – comenzó diciendo mientras Candy observaba las fotos que Albert le mostraba – solo busca el dinero, además de convertirse en dama de compañía nocturna – dijo Albert suavizando la palabra correcta.

- ¿Amante? – dijo Candy

- Si, en amante de hombres casados, todo por dinero. ¿Ves estas fotos? – Dijo mostrándole algunas que tenía sobre la mesa de centro de la sala – ella conoce a Niel – Candy se sorprendió, ahora entendía la presencia de Niel en aquel bar – Vanessa Wilkins ha andado detrás de mí casi desde que llegue a Nueva York, pero yo no estoy interesado en ella, nunca lo he estado y nunca lo estaré – Candy sonrió al escuchar sus palabras, él no estaba interesado en Vanessa, todo parecía ser un juego de esa chica – Mañana la buscare para decirle que nos deje en paz. Con todo lo que tengo, espero que reaccione y se aleje.

Candy estaba feliz, no había ninguna Vanessa que interesara a Albert, no sabía de nadie más, solo de ella. Ahora solo tenía que reunir el valor suficiente para decirle a Albert lo que sentía por él. Se había quedado pensativa en el sillón mientras escuchaba como su corazón latía. Buscaba las palabras correctas para decirle, cuando levantó la vista él ya no estaba. Buscó por toda la sala, nunca escuchó cuando se levanto, estaba tan absorta en escuchar sus propios latidos que nunca oyó cuando Albert le daba las buenas noches y se metía en su habitación para dormir.

Abrió muy despacio la habitación de Albert y lo vio descansar sobre la cama, había desabotonado su camisa y aun traía el pantalón puesto, realmente debería estar muy cansado para ir directo a la cama. Candy sonrió, mañana, mañana le diría todo, ahora estaba casi segura de que él correspondía a sus sentimientos. Mañana durante la obra, o al finalizar la obra, le diría todo.

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Albert abrió los ojos pesadamente, alcanzaba a escuchar ruidos en la casa, voces a los lejos, un sollozo ahogado, gritos de una mujer. ¿Qué pasaba?, ¿acaso estaba soñando?.

- ¡ALBERT!

Se escuchó un grito desgarrador que le hizo ponerse la carne de gallina, inmediatamente reconoció la voz de Candy que gritaba y lloraba de forma desesperada. Se levantó corriendo y entró en la habitación de Candy con el corazón en la boca, ¿qué le ocurría? ¿por qué gritaba y lloraba de esa forma?.

Al entrar al cuarto pudo ver que ella estaba acostada en su cama, pero se movía de forma inquieta, el sudor cubría su frente y las lágrimas bañaban su rostro.

- ¡Nooo! – volvió a gritar – ¡ALBERT! - dijo mientras se movió de forma violenta en su lugar. Albert comprendió que ella tenía una pesadilla, una horrible pesadilla para que estuviera así.

- ¡Candy!, ¡Candy!, ¡Despierta! – dijo Albert tomándola por los hombros.

Candy comenzó a abrir los ojos, la habitación estaba a obscuras porque aun era de madrugada, pero las luces del exterior se reflejaban sobre los rubios cabellos de él.

- ¿Albert? – dijo Candy en voz baja, aun no comprendía si ya había despertado o si aun seguía soñando. Entonces abrió grandemente los ojos al verlo frente a ella – ¡Albert!. ¡Albert estas bien!, ¡estás aquí! – dijo al tiempo en que se incorporaba en la cama y lo abrazaba muy fuerte volviendo a llorar.

- Claro que estoy bien Candy – dijo Albert contestando al abrazo – Tenías una pesadilla, me despertaron tus gritos.

- Era un sueño horrible Albert – dijo Candy separándose un poco de él para comprender que realmente estaba despierta – y ya es la segunda vez que sueño lo mismo. Soñaba que alguien te había herido...

- No te preocupes Candy, solo es un sueño, nada más que un sueño. Procura descansar, mañana es nuestro último día aquí – dijo Albert volviendo a acomodar a Candy en su cama.

- Lo intentare – Albert se había quedado observándola en su cama, ella sintió como el rubor teñía sus mejillas, quizá era ahora el momento de decirle algo – ¡Albert! – se incorporó en su cama haciendo que la sabana resbalara hasta la mitad de su cintura. El pudo observar el movimiento tan sensual de la sabana al recorrer su cuerpo, apartó la vista para verla a los ojos.

- ¿Qué sucede Candy? – preguntó él para apartar de su mente los pensamientos que le traicionaban. Candy mordió su labio inferior, lo tenía tan cerca y estaban solos, podía ver el reflejo de la luz exterior sobre los fuertes músculos de su pecho ya que no llevaba puesta la camisa del pijama. En algún momento él se había levantado para cambiarse después de que se fuera a descansar.

- Es... es que yo... – dijo Candy de forma nerviosa, su corazón latía acelerado haciendo que sus mejillas se tiñeran de un rojo carmesí intenso y que sintiera que el calor la embargaba. ¿Cómo confesar su amor?, ¿cómo decirle que lo amaba? – Quería darte las gracias por estar siempre conmigo – terminó por decir.

- Sabes que no tienes nada que agradecerme. Lo hago con mucho gusto. Ahora duerme – dijo depositando un tierno beso en su frente y saliendo de su habitación.

Candy se dejó caer de espaldas a la cama, ¡no era posible que hubiera desperdiciado semejante oportunidad!, era una cobarde, no pudo hacerlo. Entonces regreso a sus recuerdos el sueño de hacía unos momentos. Se puso a repasar mentalmente aquel sueño, un sueño en el que Albert era herido de muerte y ella sufría enormemente. No, no era que fuese a pasar, solo era una pesadilla, un mal sueño del que ya había despertado y Albert estaba bien.

Albert se fue a su habitación, pero daba vueltas en su cabeza ese sueño en el que Candy gritaba su nombre y lloraba, si, ya era la segunda vez que la veía llorar después de pronunciar su nombre, la primera vez fue en el tren cuando venían a Nueva York y ahora justo un par de días antes de partir. ¿Tendría alguna relación?, no, eso era algo imposible.

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Viernes tarde, siendo el último día del diplomado todas las enfermeras habían recibido sus diplomas y se disponían a salir del hospital. Risas, llantos, despedidas, después de tres meses de arduo estudio y convivencia, se respiraba un aire triste entre las compañeras. Más entre dos de ellas.

- Oh Candy, jamás creí tener una amiga tan buena como tú, ¡realmente te voy a extrañar! – dijo Lisbeth a Candy mientras la abrazaba antes de partir.

- Lisbeth, amiga, seguiremos en contacto, no te preocupes, que las amistades como la nuestra duran toda la vida. Además tú esposo y tú podrían ir a Chicago cuando gusten, ya saben que allá tienen su casa.

- Muchas gracias señorita Andrew, nos dará mucho gusto poder ir, y usted siéntase bienvenida en su casa de Pensilvania cuando guste – dijo el esposo de Lisbeth que había ido a recogerla.

- Muchas gracias, créame que le tomare la palabra – dijo Candy sonriendo.

- ¡Más te vale! – dijo Lisbeth igualmente sonriendo. Entonces se acercó para volverla a abrazar mientras le susurraba al oído – Hoy es tu oportunidad, en esa obra de teatro deberás decirle todo, no te lo perdonare si no lo haces.

- ¡Lisbeth! – dijo Candy sonrojándose.

- Adiós amiga, prometo escribirte y más vale que tú me escribas contándome todo – dijo mientras se alejaba del brazo de su esposo y ella quedaba parada a la entrada del hospital pensando en como decirle todo a Albert.

Mientras Candy caminaba hasta el auto con Harrison, un hombre se le acercó por la espalda. Harrison pudo notar lo cerca que estaba de ella, sabía por Albert que Candy corría peligro, pero conforme se acercaba Candy al auto, el hombre dejo ver su rostro. Harrison entonces se relajó y se quedó en su sitio, mientras el hombre detenía a Candy por el hombro.

- ¡Señorita pecas!

- ¡Terry! – dijo Candy asombrada al verlo – ¿Qué haces aquí?, deberías estar en el teatro preparándote para el estreno de la obra.

- Pecosa y entrometida – rio Terry, lo que hizo que ella también sonriera – si, debería estar ya en el teatro, pero antes de la obra quería hablar contigo, ¿podemos ir a algún sitio?.

- Pero ¿y la obra? – dijo Candy dudosa.

- No te preocupes por la obra, aún es temprano – sonrió él – ¿me permitirías invitarte un café para platicar un poco? – Candy dudaba un poco, pero sabía bien que esa era la última vez que le vería, entonces, ¿por qué no?, solo hablarían un poco de los viejos tiempos, cosa que no habían hecho las pocas veces en que se habían visto antes. Sonrió asintiendo con la cabeza.

- Solo permíteme avisar a Harrison para que me espere.

- Yo me encargaré de llevarte a tu departamento, prometo dejarte a tiempo para que te arregles para la obra.

Candy se acercó a Harrison y le dio un mensaje para Albert, no quería que se preocupara si no la veía llegar. Y ella se fue caminando con Terry.

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Apenas caía la tarde cuando el timbre de un lujoso departamento de Manhattan sonó. Vanessa se dio prisa en llegar hasta la puerta para abrir. Su sonrisa se incremento más al ver a una persona alta, de hermosos ojos azules y rubios cabellos, que se encontraba en la entrada.

- Por lo visto estás ansioso – dijo Vanessa de forma coqueta abriendo más la puerta para dejarlo pasar – te había dicho que a las ocho, pero que bueno que llegaste antes – dijo al tiempo en que se colgaba de su cuello para darle un beso. Pero Albert la detuvo de forma fría, cosa que la desconcertó. Entonces puso las manos en su cintura y dijo algo seductora – Eres muy frío, pero yo te haré entrar en calor – dijo al tiempo en que deslizaba un tirante de su vestido.

- Espero no te moleste el que haya traído compañía – dijo Albert al tiempo en que la puerta principal de su departamento se abrió y un Estefano furioso apareció ante una sorprendida Vanessa que se dio prisa en acomodar el tirante de su vestido.

- Estefano yo… – solo alcanzó a escuchar Albert al ir saliendo del lugar.

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Para Candy, Terry seguía siendo el mismo chico que había conocido en el barco rumbo a Londres, su forma rebelde y sarcástica de hacer bromas no había cambiado en nada. Él seguía haciéndole bromas sobre sus pecas, mientras llegaban a un café cerca del hospital. Entonces la plática dio un giro que Candy no esperaba.

- Realmente has cambiado mucho – dijo Terry mirándola fijamente a los ojos. – me sorprendió mucho verte en ese baile, nunca me imagine que volvería a verte, pero ahora convertida en una hermosa mujer y al lado de mi mejor amigo – Candy sintió como el rubor teñía sus mejillas.

- ¡Terry!, si para eso querías hablar conmigo será mejor que me vaya, no me gusta oírte hablar con amargura. Además, tú me dijiste que amabas a tu esposa y lo que dices no es digno – Terry la interrumpió.

- Nunca te dije que la amaba – Candy se sorprendió al escucharlo – solo te dije que había aprendido a quererla, pero tu nunca has desaparecido del todo de mi mente y de mi corazón.

- ¡Terry!...

- No Candy, déjame terminar. Se que esta será la última vez que te vea, el último momento que disfrute de tu compañía y quiero recordarte así como te veo ahora: más bella y más feliz que la última vez que nos vimos. Jamás les fallare a Albert, a Susana, o a ti. Lo que te estoy diciendo ahora a ti ya se lo he dicho a él. No, no me mires así. Necesitaba desahogarme y fui a tu departamento, por suerte no estabas y hable con Albert.

- ¿Con Albert?, ¿Cuándo? – dijo Candy sin creer lo que Terry le contaba.

- Hace unos días.

- ¿Pero qué le dijiste?

- Lo que siento por ti, lo que creo sentir – se corrigió.

- ¡Pero Terry! y él ¿qué te dijo?, ¿qué hizo? ¿Por qué no me dijo nada? – Candy preguntaba algo confundida, ¿por qué Albert no le había dicho de esa visita?.

- No te dijo nada porque yo se lo pedí. El sigue siendo mi amigo, el hombre integro que me ayudó en una pelea en Londres y me alegró mucho de que ustedes hayan terminado juntos y enamorados. Realmente lo admiro mucho por haberse ganado tu cariño y haber podido conservarlo. Si hubiese sido yo quien escuchara lo que yo le dije, le hubiese roto la cara – sonrió de forma melancólica – Sin embargo no lo hizo, al contrario, me escuchó, me entendió y como antes, me aconsejó.

- Albert – pensó Candy bajando la mirada para ver sobre su mano aquel anillo de oro – ¡Terry! – Dijo volviendo a mirarlo a los ojos – no puedes vivir en el pasado, tienes a tu lado a una mujer magnifica, una mujer que te adora y con quien puedes ser sumamente feliz. No puedes vivir siempre pensado en el ayer. Te digo ahora lo que tu me dijiste cuando me obligaste a subirme al caballo en Escocia, la vida sigue adelante, el pasado no volverá, hay que ver siempre hacía adelante. Lo que vivimos fue muy lindo y yo lo recordaré con mucho cariño, como parte de mi vida. Pero no podría vivir siempre pensando en lo que pudo ser y no fue.

- Sí, pero tú tienes a tu lado a un hombre como Albert.

- Y tú a una mujer como Susana.

- Pero no es como tú...

- Y nunca encontraras a una mujer como la que idealizas, no nos compares, lo que estás haciendo es atribuirme cualidades que no tengo, solo te estás haciendo daño, me estas idealizando, ni siquiera yo creo llenar los estándares de la mujer que imaginas como si fuera yo. Reacciona Terry, cuando menos te lo esperes puedes perder a ese mujer que está a tu lado y entonces te darás cuenta de lo que has perdido – dijo Candy mientras las lágrimas asomaban a sus ojos. Terry la observó sorprendido, no quería verla llorar, quería recordarla feliz y sonriente.

- ¡Candy! – Dijo tomando su mano por arriba de la mesa – te prometo que tratare de olvidar, te lo prometo – Candy retiró la mano y lo miró de forma dura.

- No Terry, que no sea por una promesa, hazlo de corazón. Debes escuchar lo que dice tu corazón – Que extraño, era la segunda vez que escuchaba esa frase. Primero de Albert y ahora de Candy.

- ¡Mi corazón dice que te ves hermosa! – dijo sonriendo de forma picara, cosa que le hizo sonreír.

- ¡Terry!- dijo sonriendo y el también rió.

- Lo amas mucho ¿verdad?

- Muchísimo – esta vez no le sorprendió la pregunta, ahora si sabía a quién se refería – Como jamás creí amar en la vida.

- Me alegra. Sabes... – dijo pensativo – No me ha dolido saberlo, al contrario, me alegra mucho – dijo sonriendo, mas sonriendo para si mismo que sonriendo con ella – Creo que es hora de irnos – dijo al tiempo en que se paraba y le daba la mano para salir de la cafetería.

Atardecía ya, la sombra que proporcionaban los edificios sobre el callejón donde se encontraba el restauran hacía que se viera un poco más obscuro de lo normal.

- ¡Candy! – dijo Terry deteniéndola cuando ya habían dado unos cuantos pasos fuera del restauran. Ella se volteó para verlo – Realmente me alegra haberte visto de nuevo tan bien y tan bonita - Candy sonrió, sabía que él lo decía de corazón y en un gesto involuntario ambos se abrazaron.

Terry hundió sobre el hombro de ella su cara, podía aspirar su perfume, podía sentir como sus rebeldes rizos rozaban su cuello provocándole cosquillas. ¿Si las cosas hubiesen sido distintas?, ¿si el destino hubiese sido más benévolo con él?, pero eso era algo con lo que tendría que vivir el resto de su vida.

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Albert regresaba de haber descubierto a Vanessa con Estefano Bofil. Esperaba que esa acción la mantuviera alejada de ellos. Observaba por la ventana la ciudad, las calles comenzaban a teñirse de obscuro, algunas comenzaban a ser alumbradas por las luces de los faroles. Estaba algo cerca del departamento, faltaba poco para llegar. Sabía que Candy ya debería estar en el, seguía dando vueltas a lo discutido con Terry, debería hacer algo, pero últimamente la actitud de Candy con él la sentía diferente, ¿si tan solo tuviera la seguridad de que no mal interpretaba las señales?, ¿si tan solo la actitud de Candy con él significaba que ya no lo veía como a un hermano, como a su tutor?. Tenía que arriesgarse. Si las cosas eran diferentes a lo que creía, entonces partiría a Londres - pero si su corazón estaba en lo cierto, si ella correspondía a sus sentimientos - pensaba mientras acariciaba el relicario en su cuello.

Levantó la vista solo para que una imagen imprevista llenara sus ojos.

- ¡Deténgase! – Pidió Albert al chofer – deténgase un momento aquí.

El taxi se detuvo en la esquina de una calle algo obscura. Albert observó la imagen ente sus ojos sin dar crédito a lo que veía: Afuera de un restaurante, bajo la luz de una farola, estaban ellos, ¡ellos!; Candy y Terry abrazados. Albert sintió como su corazón se hacía pedazos ante esa imagen. Sentía un profundo dolor en el pecho, acababa de decidir confesarle a Candy sus sentimientos, pero esta imagen lo cambiaba todo. Sobre su cuello colgaba aun el relicario, sentía como este se iba haciendo cada vez más pesado. Lo tomó entre sus manos y comenzó a apretarlo fuertemente.

- ¡Arranque! – le dijo al chofer, al tiempo en que tiraba fuertemente del relicario haciendo que la cadena se rompiera y este se abriera mostrando el dibujo sonriente de Candy ante sus ojos.

En pocos minutos Albert descendió del auto de alquiler y lo primero que vio fue a Harrison, ya sabía que le diría, seguramente Candy lo había mandado con un recado para él. Y no se equivoco, Candy le avisaba que llegaría un poco más tarde.

Entró en el departamento, se sentía sumamente deprimido y decepcionado ante la escena que había visto, daba por echo que ambos se habían reconciliado, que por fin Terry se había decidió y confesaba a Candy que la amaba y ella había decidió decirle que también le amaba.

Apretaba fuertemente el relicario en su mano, mientras entraba en su habitación. Sentía como este le quemaba, cuando abrió la mano, vio como él relicario se abría dejando ver a una Candy sonriente, había sido tanta la presión sobre este que se le había marcado en la palma de la mano. Viéndolo de nuevo lo dejó sobre el tocador para comenzar a vestirse, pero se sentía tan mal que no tenía ganas de asistir a la obra, sin embargo era necesario.

Había visto a Candy en brazos de Terry, se sentía molesto consigo mismo por haber hablado con él hacía varías noches.

- Quizá si no lo hubiese hecho – pensaba al tiempo en que se desabotonaba violentamente la camisa y la arrojaba sobre la cama - si no lo hubiese hecho y le hubiera confesado a Candy mi amor por ella, ya ni siquiera podría ser su amigo.

Escuchó como la puerta principal se abrió y se cerró y como Candy gritó que ya había llegado. Entonces escuchó la puerta de la habitación contigua que también se abrió y se cerró. Ella se escuchaba sumamente alegre y feliz. Él sabía ¿por qué? o por lo menos eso pensaba.

Para todos era una ocasión especial para vestir de gala, Albert usaba un Traje de color negro y camisa blanca, la chaqueta del traje era larga, como dictaba la moda de ese año. Una corbata anudada que cubría la parte superior de su saco. La vista era de un hombre alto, su cabello rubio algo largo, rozaba ligeramente su cuello. Pero sus hermosos ojos azules dejaban ver un poco de tristeza. Salió a la sala para esperar a Candy.

Tomó la botella de whisky que hacía unas noches había compartido con Terry y se sirvió un vaso mientras pensaba en lo que tenía que hacer.

Candy estaba emocionada, ensayaba una y otra vez la forma en la que le diría a Albert cuanto lo amaba. La noche anterior, cuando la despertó por la pesadilla, de nuevo estuvo a punto de decirle, pero no se atrevió. Lisbeth volvió a insistirle que le dijera esa noche, pero aun le asaltaban las dudad. A pesar de que ya le había explicado lo de Vanessa, aun le asaltaban las dudad. ¿Y si solo la veía como a su pequeña pupila?. No, no era posible, había muchas cosas en su actitud que le hacían suponer que él correspondía a su cariño. Se arriesgaría esa noche, durante o después de la obra le confesaría a Albert lo que sentía por él.

Albert seguía sentado en el sillón pensando en Candy, en su Dulce Candy.

- Puedo amarla toda la vida, pero nunca podría verla sufrir. Me alegra que se haya reconciliado con él. Si tú eres feliz Candy, yo seré feliz – dijo mientras se sentaba en el sillón y le daba un trago al whisky – Ya no hay nada que les impida ser felices juntos, yo no seré un obstáculo para tu felicidad. Si Susana aun no lo sabe, se que ella entenderá al igual que lo entiendo yo. Hoy, hoy es el último día que pasaremos juntos, ya veré que hago, tengo que alejarme, debo alejarme de ustedes. Debo ir a Londres, debo poner tierra de por medio, aun que se, lo se muy bien que ni así muriendo podría olvidarte. Me fui al Africa para ver si lograba olvidarte, pero fue peor, porque te soñaba, no había día en que no pensara en ti, te veía en cada cara de los nativos, en cada gesto, en cada palabra de ellos, en la misma luna. Y ahora... ahora que te he sentido entre mis brazos... no, nunca podría olvidarte.

Candy salió de su habitación con una enorme sonrisa. Albert estaba sentado en la sala cabizbajo. Ella se desconcertó ante la vista, él se veía mucho muy guapo vestido de gala, ¿pero su semblante? Su semblante denotaba tristeza y pesadez.

Candy no supo que pasaba. Entonces se acerco hasta él. El ruido que hizo el vestido al frotar la tela lo alertó de su presencia. Entonces levantó la vista para verla. Se topó con una hermosa imagen ante sus ojos, justo así le gustaría recordarla siempre. Sus hermosos ojos verdes brillaban con una chispa de felicidad y ¿esperanza?... si, esperanza era lo que veía en sus ojos. Usaba su hermoso cabello suelto, sujeto solo con una cinta, sus rebeldes rizos enmarcaban su bello rostro. Su hermosa silueta era dibujada por el vestido más hermoso que haya visto, era color azul marino, entallado a su pequeña cintura y con la falda mas estrecha de lo normal, formaba una especie de A que la hacía verse más delgada y alta. Los tirantes del vestido caían hacía los lados dejando al descubierto sus blancos hombros, esta vez no llevaba un chal para cubrirse. No usaba una sola gota de maquillaje, solo un poco de carmín en los labios, esos suaves y deliciosos labios que se moría por volver a probar. No llevaba joyas, solo una cinta al cuello y ese anillo de oro que él le había regalado y que tantos mal entendidos había causado.

- ¿Te gusta? – dijo Candy girando para que él pudiera observarla bien. Sin embargo no dijo nada, solo se quedo observándola tristemente.

- Te ves hermosa – le hubiese gustado decirle, pero de sus labios no salió una sola palabra – eres la mujer que tanto amo y de quien tendré que despedirme. Ya no puedo estar cerca de ti, tarde o temprano terminaría por decirte lo que siento y terminaremos esta hermosa relación que nos une y ambos terminaremos dañados Candy – Candy lo observó esperando algún comentario, pero él seguía perdido en sus pensamientos.

- ¿Albert? – preguntó intrigada ante su silencio.

- Te ves bien – fue lo único que él dijo. Candy se sintió desilusionada ante su comentario tan frió. Ella se había arreglado solo para él, pero él parecía no notarlo.

Albert se adelantó para abrir la puerta, entonces Candy caminó hasta él. Sentía que algo pasaba, pero no sabía que era, ¿por qué Albert parecía tan alejado de ella esa noche?.

- ¿Traes los boletos Albert? – preguntó Candy al pasar por delante de él en la puerta del departamento. Entonces él toco la bolsa de su camisa y de su chaqueta y se dio cuenta de que no los llevaba con sigo.

- Espera Candy, iré por ellos, los deje en mi habitación.

Candy se quedó parada en la puerta del departamento mientras Albert entraba a su habitación para tomar los boletos que se encontraban en el tocador.

Albert observó que junto a los boletos aun se encontraba el relicario abierto con la cadena rota. Tomó los boletos y se alejó del lugar. Pero sintió una fuerza que lo obligó a voltear para ver de nuevo el relicario. Sin regresar podía observar la foto de Candy que le sonreía, entonces terminó por regresar. Aun no sabía si tomarlo o no, por fin se decidió y lo tomó entre sus manos. Dudaba en dejarlo o cargarlo consigo, desde que Candy se lo había regalado no lo había dejado ni un momento. Así que lo guardó en la bolsa de su camisa junto con los boletos para la obra.

Ese día no había sido el mejor, estaba lleno de decepciones y aun no terminaba...

Continuara...

Notas de la autora

Ya llegamos al final. Está dividido en 2 partes. Pronto se las subiré.

Gracias por leer.